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lunes, 27 de julio de 2026

CHICAS MALAS

Claudia Isabel Lonfat

 

Esos ochenta metros, los que separaban mi casa de la casa de la Polaca, los caminé enojada. Arrastrando los pies para gastar la media suela recién hecha de mis Guillerminas. Quería descargar ese cúmulo de pequeños odios, antes de que la Polaca me empezara a hurgar con su mirada inquisidora. Porque si la vieja notaba mi furia, empezarían las preguntas, y yo no quería responder nada que tuviera más de dos palabras. Menos con ella, que era chusma y siempre hacía comentarios desubicados.

—Qué milagro que hayas venido a jugar con Teresita —dijo entornando los ojos, hasta casi cerrarlos, y así se quedaban, como telones rotos y deslucidos, pero luego, de pronto, los abría, y su color turquesa surgía tan hermoso como breve.

Yo sabía que mi presencia no era una sorpresa. La Polaca le pedía a mi mamá que visitara a su hija, Teresita, porque no tenía amigas. Después mamá me mortificaba con reclamos, que más tarde concluían con la típica presión.

—¿Por qué no vas a jugar un rato con Teresita?

—No quiero —le contesté cortante.

—¿Qué te cuesta, si es una chica buena?

—Me aburro, no quiero.

Después de que mamá empezaba a hacer exhalaciones ruidosas, como un toro antes de la cornada, yo sabía lo que se venía: una perorata tan insoportable como innecesaria. No la escuchaba. Había aprendido a pausarla dentro de mi cabeza, hasta que nombraba a Gachi, mi amiga, y también mi límite.

—Bueno, muy bien, no vayas. Siempre vos y tu amiga Gachi van a ser las chicas malas —dijo con resentimiento—. Por eso no vas a ir a lo de tu amiguita hasta que te levante el castigo.

Calculé rápido las consecuencias y reculé. Estaba muy enojada como para ponerme a razonar con mamá.

—Bueno… voy —le contesté.

 

Teresita me miraba desde el patio de la cocina, mientras la Polaca, su madre, fingía sorpresa o demencia. Para qué engañarnos; ambas sabían que yo no quería estar ahí, lo cual era horrible, humillante y hasta perverso. Prefería, mil veces, seguir de largo esos treinta y seis metros que faltaban hasta lo de Gachi; treinta y seis metros reales, que medimos uniendo elásticos viejos que no servían, con algunas sogas, y después terminábamos la medición final con el metro de costura. Para algunos, Gachi era “la chica mala”; para mí, la amiga más divertida.

Cuando la Polaca terminó su indagatoria, Teresita, con cierta timidez, me llamó para que fuera hacia el patio. La Polaca nos dijo que jugáramos en la terraza, que iba de compras y volvía pronto. Teresita, que siempre miraba al piso y me resultaba difícil de definir, ahora me observaba con sus ojos azules y sonreía.

—Isa, se me ocurre una idea genial —dijo efervescente y me dejó sin reacción—. Vamos a saltar a la casa de al lado y de ahí a las terrazas; ahora no hay nadie, todos salieron.

La seguí sin dudar. No era complicado. Teníamos que trepar sin esfuerzo la baranda que separaba su terraza del patio del vecino. Luego subir una escalera externa al segundo piso y una segunda escalera externa al tercero, que además era la esquina.

Teníamos una vista impresionante de los alrededores; veía mi terraza y también el pasillo de Gachi. Un gran árbol no me permitía observar más detalles de su casa, lo cual me parecía genial porque, con Gachi, fumábamos en ese patio para que no quedara olor a pucho dentro de la casa. Ahora, sabía que era seguro.

Esas casas desconocidas nos mostraban algunos de sus secretos: cuartos escondidos en las terrazas, palomares, pajareras, palmeras, piletas de natación, juegos de plaza, hermosos parques; hasta un auto antiguo y un pavo real. También la vimos a la Polaca llegando a la esquina, así es que bajamos.

Nos sentamos en la mesa del comedor fingiendo que hablábamos del colegio. Entró con los labios fruncidos, luego se metió a un cuartito, y volvió con una anciana que parecía momificada. La mujer, de edad indescifrable por las infinitas arrugas, chillaba como un gato. La Polaca la sentó y le metió los pies en una palangana con agua caliente. Luego, con una tenaza, le empezó a cortar las uñas, que eran gruesas como pezuñas. La vieja lloraba y la insultaba en un idioma incomprensible. Teresita se descomponía de la risa.

El día aún no había terminado para mí. La Polaca me iba a llevar a la Escuela Científica Basilio, de la cual era directora. Lo había arreglado todo con mi mamá a mis espaldas. Viajamos en el 181 hasta Beiró y Lope de Vega, caminamos tres cuadras hasta una casa antigua que era una sede de la ECB. La casa era enorme; el recibidor tenía una mesa central con una escultura y a su alrededor varios ambientes con puertas dobles. En el fondo del salón se veía una especie de puerta de garaje, de cuatro hojas, parecida a la de los cines. Los adultos entraban por esa puerta, pero nosotros solo teníamos acceso a las habitaciones donde había juegos de mesa, papeles, lápices y un proyector de diapositivas. Con Teresita, y los otros niños, jugábamos al tutifruti, hasta que ella me agarró de la mano y me hizo salir.

—Quiero que veas algo —me lo dijo al oído mientras miraba a su alrededor a ver si venía alguien.

Abrió lentamente una de las hojas de la puerta grande del fondo donde estaban los adultos, y obviamente la Polaca.

Lo que vi parecía ser el escenario de una película de terror. Se trataba de una especie de teatro con muchas butacas, casi todas ocupadas por gente que hacía algo extraño con las manos; las acercaban y alejaban, haciendo movimientos convulsivos. Y los que estaban en el escenario se encontraban como idos. Uno de ellos, un hombre joven, hablaba sin parar con voz de mujer.

—Mi marido me envenenó —decía una y otra vez con los ojos desorbitados.

La Polaca le hacía preguntas.

—¿Quién sos? ¿Qué nos querés comunicar?

—Es boluda tu mamá —le dije angustiada a Teresita—. Le está diciendo, el tipo o tipa, que la envenenaron, y ¿cómo puede hablar si está envenenada, o sea muerta…?

—Es un médium —contestó Teresita como si fuera lo más normal del mundo.

—No entiendo, el muerto parece vivo —acoté, sintiendo una especie de corriente extraña recorriéndome toda.

—El muerto está dentro del cuerpo de uno vivo —dijo Teresita.

Se ve que mi cara reflejaba todo el miedo que sentía, porque Teresita se empezó a reír como un demonio.

—¿Le tenés miedo a los fantasmas? ¡Jódete! —me dijo—. Yo le tengo más miedo a los vivos —agregó.

El fantasma, junto con el médium, se cayeron despatarrados en el escenario de madera. Desde donde estábamos podíamos ver el culo gordo de la Polaca, mientras intentaba, en vano, levantarlo.

 

Los días siguientes tuve pesadillas horrendas por culpa de Teresita. Lo primero que hice fue contarle a Gachi.

—Así, con esa cara de boluda que tiene, timidona y siempre con la mirada en el piso… viste, resultó ser una víbora.

—Hay que desconfiar de las que tienen cara de boludas, son las peores —dijo Gachi.

Nos fumamos un cigarrillo Le Mans largo, que tenía gusto a pasto seco meado por los gatos, y empezamos a cranear la venganza, porque si había algo que no podíamos permitir era que Teresita se burlara de alguna de nosotras.

Gachi tuvo una buena idea que entre las dos fue tomando forma. Ella había visto una película en la que un grupo de jóvenes jugaba a las cartas. El perdedor se sacaba una prenda, y así hasta que terminaba el juego. Con Gachi planeamos marcar cartas y tenerlas duplicadas para que la perdedora fuera siempre Teresita, y así desplumarla en un rato.

No iba a ser fácil. La Polaca no dejaba que Teresita fuera a la casa de nadie, ni siquiera a la mía, así es que teníamos que ir a su terreno para lograr nuestro plan. Para eso se tenían que dar varias condiciones: que Teresita se quedara sola, que Gachi pudiera entrar a la casa sin ser vista por la Polaca.

Pasaron algunas semanas, entre exámenes y clases de dibujo y pintura, hasta que vi a la Polaca en la parada del 181. Me quedé en el kiosco mirando la vidriera hasta que llegó el colectivo. Luego crucé para espiar a Teresita desde la ventana del comedor de su casa, que estaba siempre entreabierta. Ella estaba sentada en la cocina, con su abuela, la anciana que chillaba y hablaba en otro idioma. Corrí esos pocos metros hasta la casa de Gachi y le avisé que había llegado el momento. Desandé el camino hacia la casa de Teresita con Gachi pisándome los talones. Golpeé la persiana y vi sus ojos del otro lado.

—Ya te abro —dijo, y noté una alegría ácida en su tono.

No se sorprendió al ver a Gachi. Me pareció raro, pero creí que era por su bajo poder de reacción. Entramos al comedor. Agarró a la vieja del brazo y se la llevó. La pobre anciana se resistía, intentaba agarrarse de la silla y lloraba sin lágrimas, diluyendo sus gestos entre las infinitas arrugas. Teresita la arrastró hacia una habitación y cerró la puerta.

De pronto se transformó. Ya no era la mosquita muerta que se miraba los pies estando con su madre.

—Vinimos a jugar con vos —le dije con un falso entusiasmo.

—¿A qué quieren jugar? —preguntó con cierta inocencia que no me convenció. Por un segundo vi un extraño reflejo en sus ojos.

—Trajimos cartas —le contesté.

Gachi sacó, del bolsillo de su campera, un mazo de cartas, y las dejó sobre la mesa. Eran viejas, con las esquinas redondeadas por el uso y el dorso de un azul desgastado. Teresita las miró con una curiosidad que no parecía del todo genuina.

—¿Y a qué jugamos? —preguntó, deslizando un dedo sobre el doce de espada.

—A la escoba de quince. El que pierde… se saca una prenda —dijo Gachi, lanzándome una mirada rápida.

Era nuestra jugada maestra. Habíamos marcado los naipes con unos pequeños puntos casi imperceptibles en los bordes, usando un esmalte de uñas transparente que había robado de la cartera de la madre de Gachi. Yo tenía las cartas claves escondidas en el elástico del pantalón, listas para ser intercambiadas en un descuido.

Teresita sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos azules, que ahora parecían fríos como el hielo.

—De acuerdo —aceptó—. Pero juguemos a algo más interesante. El que pierde no se saca una prenda… el que pierde bebe esto.

De debajo de la mesa sacó una botella de plástico llena de un líquido amarillento y turbio.

—¿Qué es eso? —pregunté, sintiendo un escalofrío.

—Un mejunge que hice. Tiene vinagre, jugo de limón, picante, jabón líquido y un poco de la medicina de la abuela. Le da un color lindo, ¿no?

Gachi y yo nos miramos. Nuestro plan se estaba yendo a pique. Esto era mucho más siniestro que quitarse una remera. Teresita no era la víctima que esperaba ser desplumada; era la directora de un juego perverso del que no conocíamos las reglas.

—No —dije, tratando de sonar firme—. Jugamos a lo que dijimos.

—¿Le tienen miedo? —nos provocó, inclinándose hacia adelante—. Pensé que ustedes eran las chicas malas. ¿Un poquito de vinagre las asusta?

Su tono era desafiante. Retirarnos ahora sería una humillación mayor que la que habíamos planeado para ella. Gachi, siempre más audaz, encogió los hombros.

—Dale. Pero vos primero, Teresita. Seguro que perdés.

La partida comenzó. Teresita barajó con una habilidad sospechosa. Repartió las cartas y los primeros minutos fueron normales. Gachi y yo nos comunicábamos con miradas, intentando hacer nuestra trampa. Pero Teresita ganaba las rondas. No todas, pero sí las suficientes. Era increíblemente buena, o nosotras increíblemente torpes. Gachi bebió primero un trago del mejunge. Hizo una mueca de asco, tosió, pero aguantó. Luego me tocó a mí. La mezcla era repugnante, ácida y jabonosa, quemándome la garganta.

Teresita no perdió ni una sola mano.

—Tenés suerte —le dije con la voz ronca.

—No es suerte —respondió ella, colocando sus cartas sobre la mesa—. Es práctica. Mamá y yo jugamos mucho a las cartas cuando no viene gente.

De pronto, lo entendí. La mirada en el piso, la timidez, era su manera de observar, de calcular. En su territorio, con sus reglas, ella siempre ganaba. Habíamos subestimado por completo a nuestro enemigo. Éramos unas aficionadas intentando engañar a una profesional.

Gachi, verde por efecto del brebaje, hizo un gesto. Era la señal para abortar la misión.

—Bueno, nos tenemos que ir —anuncié, levantándome. Las piernas me flaqueaban un poco.

Teresita no hizo nada. Se quedó sentada, con una sonrisa de triunfo tranquila en los labios.

—¿Vinieron a jugar conmigo? —preguntó, casi susurrando—. Qué lindo. Vuelvan cuando quieran. Tengo más cosas para mostrarles.

 

Salimos apresuradamente, casi tropezando en el umbral. El aire de la calle nunca me había parecido tan puro. Vomitamos, y caminamos en silencio los treinta y seis metros hasta la casa de Gachi, sintiendo cómo el sol de la tarde nos golpeaba la nuca.

Una vez a salvo en su patio, bajo la sombra del gran árbol, Gachi encendió dos Le Mans. Me pasó uno.

—La hija de puta nos cagó —resumió, exhalando el humo con fuerza.

Asentí. No había otra explicación. Ella nos había visto venir desde lejos. Nuestro plan, que nos pareció tan astuto, era transparente para alguien criado en la niebla de la Polaca y los espíritus.

—¿Y ahora? —pregunté.

Gachi miró el cigarrillo.

—Ahora nada. Nos ganó. A las víboras no se las enfrenta en su propio pozo. Se las evita.

 

Esa fue la última vez que crucé esos ochenta metros. Le dije a mi madre que si me obligaba a ir otra vez, le contaría a todos sobre la sesión de espiritismo y el médium que hablaba con voz de mujer. El terror en sus ojos fue instantáneo. El miedo al qué dirán, a que su hija fuera la chusma que destapara el escándalo de la directora, fue más fuerte que su deseo de quedar bien con la Polaca. Nunca más me presionó.

A veces veía a Teresita en la parada del 181. Ya no miraba al piso. Me buscaba con la mirada, esos ojos que ahora sabía que eran como los de su madre: hermosos y breves, pero llenos de un conocimiento antiguo y retorcido. Y siempre, siempre, esbozaba la misma sonrisa pequeña y ácida.


Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3, Cuentos de terror, Primera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

 

 

 

domingo, 14 de junio de 2026

LOS TILOS AL 400

Claudia Isabel Lonfat

 

La dirección estaba en la vieja libretita de Muriel, esa que mantenía cuidada de cualquier posible extravío o accidente. No fue difícil darme cuenta cuál era el dato que necesitaba porque era la única dirección que no tenía escrito el nombre, y eso era justo lo que Muriel quería; ocultarlo a mis ojos, que yo nunca supiera quién era realmente, para no tener que gritarle en la cara que ella era una mentirosa, una apropiadora.

Los Tilos al 400, zona sur, solo eso, anotado en la página veintitrés de la libretita que huele a café rancio y humedad. El sur es grande, con muchas localidades barrios y asentamientos donde los nombres de las calles se repiten, pero después de descartar aquellas cuya numeración no coinciden,  me quedó Banfield.

Los acontecimientos se fueron concatenando desde que un hombre y una mujer aparecieron por el barrio, a pocos metros de mi casa. Al principio pensé que podían ser testigos de Jehová,  vendedores de paraísos y otras hierbas, o tal vez una pareja que evaluaba el barrio antes de comprar alguna propiedad, pero al tiempo, esas presencias terminaron por perturbarme. Si bien algún que otro vecino se sentía espiado por los intrusos que nunca hablaban con nadie, terminaron por naturalizarlo. Incluso se dijo que hubo una denuncia, pero no prosperó porque fue desestimada en la misma comisaría.

Mientras tanto, por la TV,  se podía ver a las Abuelas de Plaza de Mayo anunciando que pronto habría noticias sobre los nuevos nietos recuperados. Inmediatamente se me cruzaron muchas cosas por la cabeza; la decisión de hacerme un ADN, mis continuas sospechas de ser adoptada, de no pertenecer a ningún lugar, de sentir la otredad como si fuera hueso y piel.  

Tenía doce años cuando le pregunté a Muriel a quién me parecía. No encontraba ni un rasgo similar a ellos. En esa ocasión, y en las sucesivas, buscaba algo que limpiar, quizás algún objeto imaginario, para no tener que mirarme a los ojos mientras me mentía,  diciendo que era parecida a una de mis abuelas.

Las fotos que tenía de mis abuelas eran algo borrosas pero se podía notar claramente que una de ellas era rubia y la otra muy alta, características que yo no poseo, y que no son ni cercanas a la piel morena que solo yo tengo, y nadie más en toda la familia. Por otro lado, Toro, mi apropiador, era sargento de la federal, ahora está jubilado. Un ACV lo había dejado mudo y con medio cuerpo paralizado. La enfermedad le servía de excusa para hacerse el boludo, y no responder a mis continuas preguntas. Muriel me decía que lo dejara en paz, que no lo torturara porque no podía hablar ni pensar.

No les creía a ninguno de los dos. Era curioso escucharle decir que yo lo torturaba a él.

Posiblemente “Toro” haya sido el apodo de batalla que le pusieron sus compañeros en esa guerra sucia. Un toro con cuernos punzantes atacando a sus víctimas, desgarrando cuerpos juveniles, en medio de la más absoluta indefensión. Y yo, y tantos otros, naciendo en ese escenario, con el estigma de la muerte y de la mentira,  cómo sentir piedad por ese hombre que me crió y hasta me dio cariño y cuidados de hija, con toda esa historia oscura detrás.

En Los Tilos al 400 está la respuesta a todas mis preguntas, lo sé, aunque nadie me lo diga, yo lo sé. Lo dicen mis ojos cada vez que me miro al espejo y estudio mi cara redonda y morena, mi pelo negro y grueso que no puedo acomodar y que tiende a abultarse groseramente, como si tuviera un arbusto en la cabeza. En Los Tilos al 400 voy a conocer mi historia, no la fabricada por ellos, y no van a poder mentirme más ante la contundencia de un ADN, con las Abuelas recorriendo mi historia, reescribiéndola por mí, a pesar de que ellos no quieran que eso suceda.

La estación Banfield está próxima, dos paradas, algunas cuadras y mi destino se revelará por fin. Imaginé tantos escenarios, tantos diálogos, tantas caras parecidas a la mía, dónde hallarme y descansar de esta soledad que me habita desde que tengo memoria.

Quizás solo sea un pensamiento mágico, una solución instantánea para mis ausencias, o para cada hueco que no pude llenar con nada; ni estudiando, ni haciendo todo lo que tenía ganas de hacer, porque mis apropiadores me dieron mucha libertad, me dejaron elegir. Pude recibirme de ingeniera, de traductora, y hasta de enfermera. Ellos pagaron cada carrera sin ninguna queja, privándose de todo para que pudiera realizarme; incluso Toro, hizo trabajitos en algunos boliches de la ciudad para conseguir ingresos extras; salía de la comisaría y se iba directamente cada fin de semana a custodiar la entrada de alguna de las discos de la zona.

Cuando pienso en Toro antes del ACV, me cuesta asociarlo con el monstruo mudo que mira raro cuando le hago preguntas sobre mi origen. A veces me da la sensación de que sus manos inmóviles se crispan sobre el apoyabrazos de la silla de ruedas, y que sus ojos se inyectan de sangre, pero luego todo parece tener la monotonía de un cuadro en blanco y negro; vuelvo a mirar y nada.

Estación Banfield, calle French derechito hasta llegar a Los Tilos. Un local muy pequeño y antiguo con toda la pintura descascarada lleva pintado el número 400 en el marco de la puerta de madera. Ningún cartel que me oriente, puede ser cualquier cosa, desde una casa de computación hasta una de antigüedades, una imprenta o una relojería.

Giro la muñeca para ver la hora, son las catorce y treinta y tres. De todos modos toco el timbre y espero, o desespero, pero voy a quedarme hasta que salga o entre alguien, total, hace semanas que me dieron vacaciones forzosas en el trabajo. Fue cuando empecé a entregar mal todos los planos, justo yo, después de haber sido la empleada perfecta durante años. El ingeniero Ponce me dijo que no me quería despedir solo por estar pasando un mal momento, de ahí lo de las vacaciones. Yo las llamo “vacaciones” para no tener que explicar nada a Muriel y Toro, cuando en realidad se trata de una licencia por tiempo indeterminado.

No soporto tener la mirada de Muriel por sobre mis hombros cada instante, y sus silencios, porque nunca me dice nada. Ni una palabra, pero hasta ese silencio, o los ojos colgados de Toro, me suenan a reproche, a queja, a desilusión. Preferiría que me griten, me cuestionen, o me digan algo sobre mi indumentaria andrógina, mi pelo creciendo hacia arriba, les debe molestar mucho. Cuando me llené el cuerpo de tatuajes sentí que Muriel se desgarraba por dentro, y secretamente hasta disfruté por eso, pero no reaccionó ni siquiera después que me mutilé la piel.

Ya son las dieciséis en punto, ¿a qué hora abrirán los negocios en este pueblo? Golpeo de nuevo con más energía, casi escandalosamente, y desde una ventanita espía alguien. Me grita que el señor Grillo murió hace más de un año, que el local está cerrado  y de vez en cuando viene Guadalupe, la hija de Grillo.

¿Quién será Grillo? ¿Cómo alguien se puede llamar Grillo? Grillo…Grillo. ¿Grillo?

—Señora, ¿a qué se dedicaba Grillo?

—A lavar alfombras —me grita la mujer que espía por la ventanita.

Ahora ya sé quien es Grillo; es el señor que cada cuatro meses va con un viejo Fiat Europa blanco, cargado de cosas, para hacerle una limpieza profunda a todas las alfombras de Muriel. Esta es una desilusión más para anotar en mi larga lista de desilusiones, y ya no sé cuantas van, muchas. Y si a esto le sumo el resultado del ADN, que según Abuelas, no coincide con ninguno del banco de datos, técnicamente, no soy hija de desaparecidos. Pero lo que más me sorprende es el otro resultado, el de los análisis que hice por mi cuenta, con muestras de pelo de Muriel y Toro, que da noventa y nueve por ciento de compatibilidad conmigo. Esto último es una payasada, cómo voy a ser hija de Muriel y Toro, con esta cara redonda y la tez morena, ¿Y sí me robaron de algún parque? Siempre salen noticias de chicos desaparecidos, hay caritas en las cajas de leche, en las vidrieras de los comercios, en los diarios. La gente dice al verlos “como si se los hubiese tragado la tierra”.

 Yo creo que está la mano negra de Toro acá, como él fue cana, seguro conoce mucha gente pesada y trucharon el ADN. Si en este país la justicia no existe, es lo que dicen todos, no existe.


Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3, Cuentos de terror, Primera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

 

 

sábado, 2 de mayo de 2026

BOCATO DI CARDINALE

 

Claudia Isabel Lonfat

 

Miro por TV un documental sobre criaturas marinas. Siempre les envidié que pudieran respirar con el agua entrándole por todos sus orificios. Yo me siento una criatura discapacitada; si me entran dos gotas de agua por la nariz, me ahogo, a tal punto que mis rinitis tienen el triste destino de curarse solas, o prolongarse de manera indefinida, al no poder introducir dos gotas en mis orificios nasales. Tampoco puedo conseguir abrir los ojos bajo el agua sin temor a quedarme ciego por el cloro, las algas, los bichos microscópicos o cualquier bacteria asesina durmiendo en las profundidades.

Un hombre investiga la vida anodina de los peces. No sé si es un biólogo o un aficionado. Observa esas diminutas formas y colores, sus peculiaridades, como danzan juntos y parecen un solo cuerpo creando una coreografía. Entre ellas asoma otra criatura, muy diferente al resto. Parece una deidad india por sus múltiples brazos; se encuentra cara a cara con un pulpo, un pulpo hembra, al que puede diferenciar por el tamaño de sus tentáculos.

Un mundo nuevo se abre ante sí, inesperado y procaz. El pulpo tiende sus trampas para cazar, se camufla con todo lo que su habitad le ofrece para sobrevivir en ese medio hermoso y hostil; conchas marinas, caparazones abandonados por sus viejos moradores, esqueletos y demás restos de otras formas de vida que puedan adherirse a sus tentáculos.
Hace una performance del camuflaje perfecto en forma de obra de arte; una verdadera maravilla que ningún artista podría imitar. Así se esconde de sus depredadores que a diario la merodean atraídos por su olor.

El hombre observa a cierta distancia, un día, una semana, un mes, hasta que se hace el milagro inesperado: ella conecta con él. Primero le arrima un tentáculo, estudia su morfología, su textura. Las sopapitas le succionan la piel como una caricia, así de leve.
Cada día repite la misma ceremonia. A veces ella lo ignora o él no la encuentra. Siente que lo está estudiando desde alguno de sus refugios. De pronto lo sorprende, arrebatándole el cuerpo en un extraño abrazo. Ahora es una diosa que le ofrece su confianza, entregándole todo: “Aquí estoy, este es mi cuerpo", le dice con su ritual.

Pero ese mundo que no es tan peligroso para él, sí puede serlo para ella. Tiembla cada vez que acecha el tiburón; que poco a poco va ganando terreno descifrando sus movimientos. Ella va mudando sus trincheras. Les muestra a las criaturas de su entorno, y al hombre, sus variadas estrategias para burlar al depredador, pero esta vez falla, se distrae jugando con los peces, danzando juntos la melodía del arrecife. Está lejos de su bunker entre las rocas.

El tiburón llega y comienza una carrera contra el tiempo. Cuando parece que la va a atrapar, algo mágico la salva; quizás el destino, los peces amigos, las rocas, los esqueletos o la arquitectura del fondo marino. Logra llegar al refugio; el tiburón también. Pero ella no consigue meter su cuerpo completo a tiempo y pierde uno de sus tentáculos. Por el momento el depredador se conforma, ante el estupor del hombre que ahora teme por su vida, aún así no deja de filmar hasta que le falta el aire y debe subir a la superficie. Siente que ella es su responsabilidad.

Dicen que cuando uno salva una vida, esa vida le pertenece para siempre. Comprueba que no es solo un cliché, y que para él comienza la vigilia. Sabe que ella puede sucumbir a una infección o que su vulnerabilidad la hará presa fácil. Por eso vuelve angustiado cada día, con el temor de no hallarla. Pero comprende que él no es una criatura marina, no puede cuidarla todo el tiempo. Solo le acerca el alimento que necesita y que ya no puede cazar, y espera confiado en que sabrá preservarse.

Piensa solo en ella. Le preocupa también su obsesión por verla; se duerme y se despierta con el mismo pensamiento. Comprende que todo es una locura. Es un molusco. Miles de personas los comen a diario sin culpa, simplemente los arrojan al agua hirviendo, y ya. Pero él sabe que no es un simple pulpo, que hay algo más en esa extraña forma de vida, más allá de sus tres corazones y nueve cerebros; uno en cada tentáculo. Lo puede sentir cuando sus ojos oscuros se clavan en los suyos. Sabe que jamás será el mismo, que algo en su interior cambió para siempre.

Los meses pasaron de sobresalto en sobresalto. El tentáculo que se llevó el tiburón creció de nuevo; como una flor arrancada, volvió a surgir con toda su belleza. Pero de pronto su actitud cambió, ella empezó a quedarse mucho tiempo en el bunker. Apenas salía para cazar, hasta que simplemente dejó de hacerlo. También rechazaba la comida que él le iba dejando. Se fue debilitando de a poco, pero igual se esforzó hasta desovar. Luego salió derrotada, moribunda, sin herramientas ni estrategias. Hasta los pequeños peces se llevaban pedazos de su cuerpo inerte.

De alguna manera ella le estaba diciendo “Hasta acá llegué”, entonces él comprendió que nada podía hacer contra su naturaleza. Tuvo el raro privilegio de ser testigo de su valentía y espectacular final. Ella ya lo había dado todo. Era un milagro, y ahora se entregaba a su destino, dejando que el tiburón la tomara entre sus fauces para ser finalmente su alimento.

No hay vidas insignificantes, hasta un cefalópodo lo entiende.


Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3, Cuentos de terror, Primera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

miércoles, 11 de marzo de 2026

EL VENTILADOR

Claudia Isabel Lonfat

 

Las siestas de verano en el pueblo siempre fueron largas y aburridas. Los adultos preferían acortar el día durmiendo, para escaparle a las horas más calurosas, y nos obligaban a permanecer de cúbito dorsal hasta las cinco de la tarde. Yo miraba el vetusto y enclenque ventilador de techo, cuyas aspas giraban con la misma lentitud de la siesta, y recordaba el día que papá lo trajo de la ciudad. Estaba contento el viejo, pensando que nos proveía de cierto confort, como cada una de las veces que viajaba y traía algo que según él servía para que mamá se “luciera”.

Al principio, con los primeros viajes, a mamá se le iluminaban los ojos. Supongo que creía que ese "lucimiento" se relacionaba con algún vestido, algo de oro comprado en cuotas, o quizás zapatos con plataforma como los que usaban las mujeres de la TV. Pero después de ver a papá sacar de su embalaje objetos polvorientos, como una licuadora, cuchillos, lámparas de pie de segunda mano, o una vieja alfombra, percibía la desilusión de mamá, y sus ojos se volvían a opacar, sin haber exhalado una sola queja.

La realidad era que el ventilador no servía para nada; jamás pudimos conseguir que esas aletas metálicas, grises, casi inertes, pudieran tirar un poco de alivio sobre nuestros cuerpos acalorados. El viejo había reemplazado la araña de bronce de la sala con bellos caireles de cristal, por un armatoste ruidoso y feo, pero luego, después del chasco sufrido por la inutilidad del artefacto, volvió a colocar la araña en su sitio, y el ventilador pasó a formar parte del escaso mobiliario de mi pieza, quizás pensando que al ser tan diminuta, allí sí podría cumplir su función específica.

A veces, agobiado en medio del estío, miraba el girar perezoso de sus aspas hasta ser invadido por las náuseas y caer en la cuenta de que había encontrado una manera de sacarle provecho al ventilador. Llevaba su tiempo, pero al final lo conseguía, las náuseas volvían, y de esa manera le hacía creer a la vieja que me había caído mal la comida, razón por la cual se mortificaba tanto, que se desvivía por atenderme y preparar jugos de fruta. Me sentía mimado cuando ella me pasaba la mano por la frente para calcular la fiebre, y yo notaba, o creía notar, un suspiro ahogado de alivio al comprobar que estaba bien. Eso me llenaba de felicidad. Ver ese destello de preocupación en sus ojos, hacía que valiera la pena todo ese tiempo empleado en mirar esas sucias aspas moviéndose sin parar.

Pero algo pasó. Las náuseas se fueron quedando; ya no necesitaba ver su monótono girar. Incluso, hasta la fiebre era real, y no solo la resultante del deseo impoluto de recibir las caricias de mamá.

No me animé a decirle al médico que vino con papá de la ciudad, que las náuseas me las provocaba yo mismo mirando fijo el movimiento de las aspas del ventilador de techo. Y al observar su actitud, tan serio en su ropa blanca, empezaba a percibirlo como uno más de los tantos objetos inservibles que papá nos traía.

 El doctor fruncía el entrecejo y hablaba. Los ojos de mamá tenían una expresión tan triste y desoladora, que permanecían así hasta cuando se sonreía, como los de las mujeres en las pinturas románticas antiguas. Fue tal la tristeza que vi en ellos, que no aguanté más y le pedí a papá que tirara de una vez por todas el ventilador.


Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3, Cuentos de terror, Primera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

 

domingo, 25 de enero de 2026

NUNCA HUBO OTRA MUJER COMO GILDA

 Claudia Isabel Lonfat

 

No fue hasta después de unos veinte años de la muerte del abuelo Alfonso, que caí en la cuenta de que esa historia contada una y otra vez siendo yo un adolescente, y que concluía con la frase “Nunca hubo una mujer como Gilda”, podía ser real.

La prueba que avalaría la historia del abuelo fue el hallazgo de una foto de Gilda con la dedicatoria: Para Adolf con afecto, y en cuyo dorso se leía: jamás olvidaré los momentos que pasamos juntos.

La foto fue encontrada por los obreros, después de que fuera demolida la vieja casa de Avellaneda que el abuelo habitó toda su vida; heredada de sus padres, y a la vez, estos de los suyos. Estaba en una especie de nicho oculto en el cuartito de herramientas. Como si el viejo hubiese querido protegerla de cualquier hecatombe futura, lo que explicaría la exagerada construcción de un nicho de hormigón, en el cual incrustó una especié de caja fuerte sellada, que después cerró y tapó con una columna.

La casa estaba destruida por la humedad, era inhabitable, por lo menos desde hacía cuarenta años. Se me ocurrió pedirles a los obreros que guardaran cualquier objeto de hierro o bronce. Al tirar la columna, apareció la caja de hierro, tuve la suerte de que al frente de la demolición estuviera un arquitecto amigo, de lo contrario, otra sería la historia.

Apenas tuve la foto en mi poder, averigüé sobre Rita Hayworth, cuyo nombre real era Margarita Carmen Cansino, y hasta conseguí un libro ilustrado sobre su vida, donde había algunas imágenes con dedicatorias para amigos o familiares, incluso una carta y un listado de compras; algo bastante inusual, porque el biógrafo se interesó por los objetos y pequeñas historias de Rita, y no por sus triunfos actorales ni fracasos amorosos.

La letra se veía igual a la de la foto del abuelo. No podía imaginarlo tan psicópata como para falsificar su letra, o que algún amigo le haya jugado una broma. Tampoco era tan tonto, pero por encima de cualquier análisis debo decir que la letra, a simple vista, era la misma.

Recordaba perfectamente la historia, cada secuencia, incluso con detalles, porque le pedí muchas veces que me la narrara al percibir el brillo de su mirada y la felicidad que le producía recordarla. Según el abuelo, yo era el único depositario de esa historia y debía cuidarla.

Corría el año ‘76 y llevaba un par de años de viudo, cuando en un cabaret del bajo de la ciudad se encontró con la mujer más fascinante que alguien pudiera imaginar. Había ido solo, con la idea de tomar algo y ver algún espectáculo non sancto. Me había elegido a mí para contar su historia porque sabía que nunca juzgaría su conducta, en parte, porque el mismo me había enseñado que era la manera correcta de vivir y además calzaba perfecto con mi filosofía de vida.

El lugar tenía un pequeño escenario rodeado de luces de colores y uno de esos micrófonos antiguos que usaban las divas de Hollywood en las películas. Estaba repleto de gente, más de las que el sitio podía contener, por esa razón el abuelo había decidido salir a respirar el aire fresco de la noche, pero justo cuando estaba yendo hacia la salida, un aplauso efusivo, seguido de expresiones de admiración, despertó su curiosidad, y giró para mirar hacia el escenario que se hallaba iluminado con luces tenues. Una cabellera rojiza y leonada le impactó en las pupilas. Se aproximó como pudo, a los codazos y pisotones, hasta encontrarse lo bastante cerca y poder observar a la mujer portadora de esa hermosa cabellera. Pudo ver que se trataba de Gilda, la misma que había enamorado a varias generaciones de hombres, y por qué no de mujeres, desde su sensualidad y belleza.
Creyó que el corazón le iba a explotar como si fuera un adolescente enamorado. Respiró profundo y sintió que una erección descomunal se abría paso entre su ropa interior, al ver su piel de porcelana y su boca roja enmarcando una dentadura perfecta. Un hombre que estaba a su lado, al notar la cara de bobalicón del abuelo, le dijo que era una travesti increíblemente parecida a Gilda. Eso no cambió la condición dentro de su ropa interior, lo cual en cierta forma le provocó algo de pudor, pero se quedó de todos modos alucinado por su belleza.

Gilda cantó una canción lastimera, mientras dejaba que el tajo de su vestido mostrara su pierna torneada hasta llegar casi a su nacimiento. Con refinado encanto conseguía mostrar, sin llegar a lo burdo, y cuando menos lo esperaban, al sonar un platillo, sacudía rítmicamente el cuerpo, como si fuera un latigazo. Cuando la canción terminó, entornó los ojos azules de largas pestañas arqueadas, frunció la boca como dándoles un beso a todos, y se retiró entre aplausos y chiflidos.

El abuelo salió del local inmerso en la magia de la mujer, no vio a los dos hombres enormes de la salida, que cerraban el paso como si fueran una barrera de músculos, y se los llevó por delante. Los tipos reaccionaron con violencia, acostumbrados a los desmanes, lo cual le valió algunos cachetazos. En ese momento la mujer salía por una puerta lateral, con la misma ropa que usó para cantar, y vio cuando le pegaban al abuelo. Fue cuando ocurrió lo más inesperado. Gilda se acercó, tomó al abuelo de la mano y lo llevó al interior del cabaret, pero por la entrada lateral, la misma que usó para salir. Mientras tanto, la barrera de músculos, tapaba la salida.

La estaba mirando de cerca, como en estado hipnótico, según sus propias palabras. Ella buscaba algo en su enorme bolso y le hablaba, pero el abuelo no entendía ni una palabra de su idioma, hasta que en determinado momento dijo algo en español.

—Eres encantador. —Y le sonrió como solo Gilda podría hacerlo. Se dio cuenta, si bien era la misma belleza, que se habían sumado muchos años sobre ese rostro maravilloso. Que su silueta era más gruesa y ahora tenía un corsé que le ayudaba a sujetar sus pechos ya no tan voluptuosos, y su cintura no era de avispa. Entendió que esa magia que la rodeaba, en parte era ilusión; habían pasado por lo menos treinta años de la escena en la que Gilda había recibido el famoso cachetazo de manos de su galán. Sacó de su bolso una foto que ilustraba perfectamente lo que el abuelo recordaba de sus películas. Una Gilda joven, vestida como la de ahora y hasta con el mismo maquillaje, luego la firmó y le agregó unas líneas en el dorso, mientras decía: Esto es para presumir, y agregó nobody will believe you. Le dio la mano, enfundada en un largo guante, y se despidió. El abuelo salió detrás de ella repitiendo por dentro esas palabras que no había entendido, una y otra vez. Los grandotes que lo cachetearon se le pusieron adelante para evitar que la siga, entonces en un español bastante claro, Gilda dijo: Los hombres se van a la cama con Gilda y se despiertan conmigo. Subió a un auto y se fue para siempre.

—Tuvo suerte —le dijo uno de los musculosos—, se comenta que a cada país que va, elige solo a uno.

Demasiadas emociones lo dejaron atontado, y perdió la oportunidad de preguntarle a los tipos algo más sobre la enigmática mujer, porque cuando volvió por respuestas, ellos no estaban, no pertenecían al cabaret sino que fueron contratados en forma privada por su representante.

El abuelo me dijo que su vida había cambiado a partir de lo sucedido, que había sido chata, sin emociones, y con muchas responsabilidades, hasta que un solo hecho provocó un giro de ciento ochenta grados, y había decidido que sería feliz todo el tiempo que le quedara por delante.

Después de repasar una y otra vez la historia y mirar sus fotos, no tengo dudas: nunca hubo una mujer como Gilda. 

Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3Cuentos de terrorPrimera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

martes, 23 de diciembre de 2025

EL HUECO

Claudia Isabel Lonfat

Desde hace un tiempo Galo está raro. Yo me doy cuenta porque desaparece por un período y luego regresa con algún amorío retorcido de esos que siempre terminan mal. Su último romance fue con una paraguaya que sabía interpretar muy bien sus perversiones sexuales, pero esta vez la locura le duró poco, cuando se dio cuenta que no era solo sexo; decidió cortar por lo sano.

Me llamó con la excusa de fumarse unos porritos conmigo; unos, que según él, los venía reservando desde hace un tiempo para mí. El lugar, los bosques de Palermo, lo eligió él. Es uno de sus preferidos porque puede pernoctar entre travestis juguetonas, aerobistas, gente bizarra o corriente; una jungla urbana bien variada.

Nos encontramos a medio camino y seguimos juntos hacia un claro del bosque. Hacía rato que yo no iba, desde los tiempos en que me gustaba festejar la primavera en medio de un gentío púber histérico coreando alguna canción de moda.

La última vez la recuerdo muy bien por lo mal que concluyó; tocaba el grupo heavy “Beso negro” y un montón de pendejos pasados de cervezas calientes, comenzaron a arrojar los envases sobre la multitud que saltaba como monos frente a la banda. Las botellas explotaban a nuestro alrededor, hasta que una atravesó el mini lago o charco, y rozó la cabeza del líder del grupo; fue cuando revoleó su guitarra emparchada y nos mandó a cagar a todos, con su falsa expresión heavy, y haciendo una especie de pucherito con sus labios pintados de color negro. Luego, un mastodonte con los ojos en blanco, me tomó de la muñeca y arrimó su cara peluda a la mía, con la clara idea de darme un beso, pero por suerte pude reaccionar a tiempo y darle con la rodilla en las pelotas. Lo dejé tendido a orillas del charco y salí corriendo para nunca regresar; hasta hoy.

Mientras se rompía el hielo entre Galo y yo, me quedé mirando algunas plantas medio aplastadas por los perros y los chicos que andaban en bicicleta sobre ellas. El paisaje, si bien era el mismo, había cambiado en cuanto a su prolijidad; las rosas y plantas en general, estaban cuidadas, y los caminitos de ladrillo se veían bien delineados.

Caminamos eludiendo grupos de atletas que elongaban apoyados en los árboles, mientras me iba preparando para cualquier cosa que pudiera pasar, porque tanto Galo como yo éramos proclives a vivir situaciones extrañas. Estuve desde temprano con ese presentimiento, una sensación de ahogo y de vacío en el estómago. Algo parecido al miedo, pero más difícil de aceptar.

Galo me apartó del camino y me empujó hacía un sector donde no había movimiento de aerobistas ni de niños. Daba a un lateral, cerca de los galpones del ferrocarril, más precisamente antes de llegar a la estación. Cuando miré para atrás me di cuenta de que habíamos andado un buen trecho y nos habíamos alejado de los bosques. En esa zona un alambrado separaba las vías de la vereda.

Algunos cirujas tenían su ranchito o su fogón; seguimos un trecho más, hasta que no vimos a nadie por los alrededores.

—Loca, acá nadie nos va a molestar —dijo Galo, mientras armaba tranquilo un porro.
Lo encendió y fuimos pitando. Al rato empezamos a cantar un viejo tema de Aquelarre, y terminamos recorriendo el repertorio del Flaco Spinetta, con voces muy patéticas y desafinadas.
   Íbamos por el segundo porro cuando Galo me señaló un hueco bajo el alambrado que le llamó la atención. Pudimos notar a simple vista que no apuntaba al otro lado como para salir a la vereda, sino que iba por debajo aunque se veía tan oscuro, tan negro, que no podíamos saber cuán profundo era. No había animales, ni nada, al menos inmediatamente a la boca de entrada. Nos acercamos más y con un tirante de madera que encontramos apoyado junto al hueco, tanteamos para ver si tocábamos algo. Un escalofrió me recorrió la espalda, y a Galo también, a juzgar por la expresión casi convulsa de sus hombros y brazos.

—Ceci, esto me da mala espina. —Lo dijo con cierto miedo expresado en el leve temblor de su voz—. Pero igual me encantaría entrar —agregó.

Entró primero él y me llamó. Metí un pie, luego otro, y ya sentada, me fui deslizando de a poco hacia adentro. Era mucho más grande de lo que imaginaba, y muy oscuro, por lo que no lograba siquiera ver a Galo, a quien rozaba con un pie. Sin embargo, por encima de mi cabeza había cierta transparencia que no podía definir, como un halo, humo o reflejo de algo, que parecía una forma humana. Ahí fue cuando decidí reprimir hasta mis pensamientos. Galo se quedó mudo por un tiempo bastante largo, o quizás me pareció. Pero a pesar de no poder distinguirlo, sabía que su mudez se debía a que estaba viendo lo mismo que yo; algo que no se podía definir ni explicar. Al rato sentí su mano tanteando mi cadera, y la tomé fuerte. Galo me respondió apretando más fuerte todavía.

No sé cuánto tiempo permanecimos en el hueco, ni cómo salimos de allí. Tampoco sé si nos hablamos en ese camino de vuelta, o si nos subimos al tren. Por alguna razón inexplicable, todo eso ha desaparecido de mi memoria.

Al día siguiente, acosada por mil dudas, volví a recorrer ese tramo, tal cual lo habíamos hecho el día anterior; pasé por el rancho de los cirujas y los fogones. Me acerqué al alambrado, a la misma altura donde Galo me señalaba el hueco, pero no había nada. Fui una y otra vez pegada al alambrado, tocando la tierra para ver si estaba suelta, tratando de averiguar si alguien habría rellenado el hueco, pero no, la tierra estaba dura y compacta. No existían indicios de ninguna abertura o arreglo reciente. Volví corriendo, sin aliento, hacia donde estaba el rancho de los cirujas. Les pregunté si habían visto algo raro o trabajadores del ferrocarril haciendo reparaciones durante la noche, pero negaron todos con un movimiento de cabeza, como si estuvieran automatizados.

Mientras recorría los metros que me separaban de la estación, traté de encontrarme conmigo misma para recuperar esos momentos en el hueco, o al menos algo que me ayudara a desenredar ese desorden mental. Me senté en un banco frente a las vías, y mientras escuchaba por el altoparlante el horario de salida del próximo tren, Galo se puso frente a mí, como saliendo de la nada. Me levanté de un salto.

—¿Vos también volviste al hueco? —le pregunté.

—Ya no está —me respondió en un susurro.

Le conté que había recorrido la zona y que le pregunté a los cirujas si habían visto algo.

—Yo hice lo mismo —me dijo con la mirada perdida.

 

Galo salió de mi vida casi de inmediato. Me doy cuenta de que a él le afectó mucho más que a mí la experiencia en el hueco. Que él necesitaba una explicación lógica, mientras que yo intentaba escaparle al análisis profundo, y solo me quedaba con una respuesta inmediata. Que todo pudo haber sido producto de nuestra propia necesidad de que algo suceda; algo que nos hiciera despegar de la rutina donde estábamos estancados. O quizás solo fue un delirio producto del porro, que suena más coherente, dadas las circunstancias.  
   Sigo viendo publicaciones de Galo en facebook, pero esta vez son solo viejas propagandas de los setenta, y ya no responde; es como si él también estuviera automatizado.

En general me niego a recordar lo que pasó, pero como el subconsciente es algo que no se puede controlar, entonces sueño. Y en esos sueños atravieso una dimensión donde las personas no están corporizadas. Son solo almas flotando entre puertas invisibles, y allí no mora la soledad, porque el espíritu abarca el hueco donde solía latir un corazón.

Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3Cuentos de terrorPrimera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

sábado, 8 de noviembre de 2025

DOCE HORAS

Claudia Isabel Lonfat

 

Abrió los ojos sin saber donde estaba. El pulso acelerado, la garganta seca, como si hubiese corrido sin parar durante mucho tiempo. Por un instante la confusión y el miedo lo habían sobrepasado. Respiró profundo varias veces, pero sintió que se ahogaba. Estaba hiperventilando. Tomó una bolsa, encerró su boca y nariz. Apretó bien para que no se fugara el aire. Después de un rato el ritmo cardíaco se normalizó. Enchufó la cafetera. Puso café y agua. Dos tazas de café con unas lágrimas de leche serían suficientes para arrancar el día. Mientras bebía de a sorbos, largos y ruidosos, se observaba las manos. Notó un leve temblor, incipiente, que luego sofocaría con una pastilla, la primera del día. Tenía las uñas largas y con una línea oscura debajo, los dedos índice y medio amarillentos por la nicotina. Hacía unos meses que fumaba uno tras otro sin parar, hasta llegar a los cuatro paquetes.  Antes fumaba uno que otro porro, y solo porque le convidaban. No quería quedar como un snob, como esos que predican el veganismo y están en contra de todo. Te clavan la mirada. Se horrorizan de los zapatos de cuero, del maquillaje testeado en animales. De todos los laboratorios. De las fábricas de animales de moda, de los circos, las corridas de toros, el tiro al pichón. Incluso de los plumeros, como si vieran al mismo diablo abrazado a un tapado de piel de leopardo.

Miró el reloj, uno grande y antiguo que había heredado de su abuela, y que tenía un martillito que golpeada y producía un sonido similar a las campanas. Le gustaba usarlo porque le recordaba lindos momentos de su infancia, quizás los únicos que valieron la pena. Todavía no había ido al baño, le fallaron los reflejos rutinarios más básicos. Entró esquivando el espejo. No quería ver su rostro deteriorado, prematuramente avejentado. Sabía que sus ojeras estaban más intensas. Sus labios, rojos y gruesos, como un pedazo de carne cruda con un tajo mal hecho, le daban esa expresión colgada, animal. Tenía las mejillas hundidas, las orejas pequeñas, de niño, que ocultaba con unos mechones de pelo raído que él mismo cortaba.

Salió del baño sin cepillarse los dientes. Ni siquiera se dio cuenta. Abrió el segundo cajón del chifonier y sacó un porta cosméticos de tela, deformado por su contenido. Lo guardó en su mochila. Luego lo volvió a sacar y esta vez corrió el cierre. Nunca había visto una de cerca, tampoco de lejos. No brillaba como en las películas, y olía feo. Un olor desconocido e indescriptible. Lo más rápido y seguro sería dejarla suelta en la mochila, para luego meter la mano y ya.

La logística había sido muy rudimentaria. Meses de observación, estudiar sus movimientos, cada rutina. Seguir en las redes sociales, entrar y salir en los perfiles activos de cientos de personas.  Leer cada publicación con mucho cuidado, abrir varios perfiles amistosos. Son muy desconfiados, no es fácil. Hay aliados en el mismo edificio, alguien que finge ser lo que no es. Se la da de vecina piola, de mujer de mundo, pero nada es lo que parece.

Se dio cuenta de que la mañana se hizo mediodía entre cavilaciones y pensamientos muertos. Se sirvió el segundo, tercero o cuarto café del día. Los nervios otra vez. Acidez, reflujo, nauseas.  Hay que salir, caminar entre la gente, fingir normalidad, alisar la mirada, el rictus amargo de la boca. Comportarse como un transeúnte más. Como un empleadito del montón.  Con esas ropas pobretonas, ¿qué otra cosa podría reflejar? Sueldo básico, fijo más comisiones, propinas. Vendedor de chucherías que nadie necesita. Alfajores, turrones, algodón de azúcar. Rifas para los bomberos o los ex combatientes de Malvinas. “ Tenés que jugarte. Tenés que salir a que te rompan la cara, que te maten, que te pisen…” tarareó por dentro. Moviendo los labios. Haciendo playback con sus pensamientos.”Tenés que amar a cualquiera. Tenés que odiar a cualquiera” La acidez empeoraba al ritmo mudo de la canción. Esa canción que su padre odiaba y que estaba en el único cassette que le había quedado de su hermano mayor. Hasta que un día lo rompió y ya no quedó nada porque su hermano nunca volvió.

Se metió en una librería. Revolvió la mesa de ofertas. Clásicos en ediciones baratas impresas en papel reciclado que se parece al papel higiénico berreta del supermercado chino.. Novelas de autores desconocidos que nadie compró, o saldos de otros tiempos que durmieron demasiado en sótanos polvorientos. Poetas suicidados de abandono y excesos. Militantes de la vida sana. Autobiografías que a nadie le interesa. Todo mezclado con revistas coleccionables de tejidos o manualidades con regalito incluido. Una tijerita con cabeza de colibrí para cortar hilo y lana. Un mini bastidor para bordar. Lentejuelas y canutillos transparentes. Imitación de relojes antiguos. Todos los relojes iguales. Revolvió cosa por cosa lo que había en la mesa. Ese remolino de ofertas. Un poco para hacer tiempo y otro poco por curiosidad.

En la calle todo empezaba a ser caótico. Gente apurada para volver a sus trabajos. Chicos saliendo de los restoranes de comidas rápidas con las papitas en las manos o una gaseosa. Excedidos de peso. Nada de actividad física y demasiado tiempo frente a la computadora o celular. Solos o mal acompañados. Chicos para ser responsables y  grandes para tener niñera.

Caminó hacia la plaza más cercana. Se sentó en un banco de piedra con las cagadas de paloma chorreando. Salpicadas como un brochazo en la tela. Un shot de mierda dulzona en tonos de grises. La caca seca es veneno para los asmáticos. Es una mezcla de ácido úrico y minerales. También de agua y comida.

Una mirada lisérgica de la realidad no estaría mal. Hay otra realidad y otra más. Infinitas realidades.  Todas son verdaderas o todas son falsas. Ahora mismo un viejito con mirada bonachona saca de una bolsa algo que les tira a las palomas. Será un simple alimento o quizás veneno. Tal vez su mirada no sea bonachona sino de burla. De una secreta satisfacción. Como si les dijera a las palomas “tengo el poder de joderte y te voy a joder”. Abrió la mochila y sacó el pastillero. Tomó la segunda, tercera o cuarta pastilla. Ya no recordaba. Como tampoco recordaba la cantidad de cafés que había bebido.

Cuando la vecina piola llame se termina todo. Un alboroto lo sacó de sus pensamientos. Justo en el momento que una respuesta asomaba y el vacío doloroso volvía a instalarse en su estómago. Las palomas aletearon ubicándose alrededor de un pan que tiró alguien al pasar. Se veían enojadas. Ninguna quería compartirlo. Se atacaban picoteándose unas a otras y el pan pasaba de una pata al pico de la atacante desmigajándose. Los pedazos salpicaban y las palomas que no participaban de la disputa terminaron por comerse casi todo el botín de guerra. Se rio. Quizás inconscientemente sabía que la vida era así. Siempre había alguien que se quedaba con la mejor parte.

Él había nacido para perder. Para no trascender, como millones de personas en el mundo. Vidas insignificantes. Innecesarias. Tal vez estaba frente a  la única oportunidad de romper con ese destino y no morir paloma. De pronto sintió náuseas. Asco por esos animales que la gente alimentaba pero también odiaban porque se habían adueñado de las plazas. De los monumentos y balcones. De los campanarios de las iglesias y los techos. Por eso les ponían trampas mortales donde sus patas quedaban ensartadas. Tironeaban tanto para zafar que se arrancaban los dedos. Tres dedos tienen. Tres dedos que se convirtieron en el símbolo de la paz. Elegido por los hippies. Vagos y roñosos. La escoria social que dio el puntapié inicial de la destrucción.

No sabía cuántas horas habían pasado. Ya estaba como anestesiado. Hasta las palomas se habían ido a sus provisorios refugios. Sintió vibrar el celular en sus costillas inferiores donde tenía apoyada la mochila. Era de noche pero estaba muy iluminado. Cruzó la plaza. Fue adquiriendo ritmo con cada zancada.

Cuando llegó a destino había mucha gente. Volvió a vibrar el celular. Era la señal de que lo tenían a la vista. La tercera vez que vibró significaba que debía avanzar. Se metió entre la gente que cantaba y repetía su nombre como un mantra. Algunos llevaban niños sobre los hombros que la querían tocar. Ella los abrazaba y les sonreía. Los niños se veían felices. Él no entendía ese sentimiento. Quería arrancar esa imagen de sus pupilas y comerse los ojos para que no quedara nada de ella. Quería odiarla más si es que fuera posible tanto.

Estaba bien cerca. Casi podía olerla. Abrió la mochila. Sacó el arma y le apunto a la cara. La bala se negó a salir. Volvió a gatillar en el preciso instante en el que ella se agachó para recoger algo. Tampoco salió. Algunos le saltaron encima y le quitaron el arma mientras murmuraba: “Malditas palomas”.

Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3Cuentos de terrorPrimera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

AMERICALUGAR: del 11-S al 9-N