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lunes, 6 de julio de 2026

LA PECERA DEL GIGANTE

Ricardo Bernal

 

Entonces el gigante me puso en una pecera; por suerte no tenía agua pues nunca aprendí a nadar. ¡Por favor señor gigante, déjeme salir! Nada de eso chiquilín, ¡ya verás como vamos a divertirnos! En la mano derecha el gigante tenía una caja de choco krispis del tamaño de un edificio: se echó un puñado a la boca y arrojó otros pocos a la pecera; toma, para que no te mueras de hambre. El gigante me miró con curiosidad, luego sonrió y me cerró un ojo. Al rato regreso, dijo antes de alejarse; voy a buscarte compañía. Me quedé solo con mis miedos. ¿Compañía?, ese gigante estaba demasiado loco, lo mismo podía traer una tarántula, grande como su mano, que una muchacha de mi especie. Recorrí la pecera: medía veinte pasos de largo por doce de ancho y el piso estaba cubierto de piedras de colores. En una esquina encontré el enorme esqueleto de un pez, en otra había un castillo de plástico lleno de moho. Entré al castillo, tuve que agacharme para poder cruzar la puerta. ¿Estaré soñando? ¿Qué demonios hago yo en una pecera? Salí; a un lado del castillo había una tapa de gerber llena de agua. Bebí un poco, aparentemente el agua estaba limpia. Me senté en una piedra y saqué todo lo que traía en las bolsas de mi abrigo: un libro de poesía, un ajedrez electrónico, mi pequeño amuleto contra el mal de ojo. Ninguna cuerda, ninguna cantimplora llena de poción mágica para volar y escaparme así de mi triste destino. Lloré un buen rato. Luego recogí un choco krispis, en mis manos era del tamaño de una baguette. Lo mordí: ¡auch!, demasiado duro. En fin, era preferible eso a morirme de hambre. Llegó la noche y entré al castillo. El frío me calaba hasta los huesos, pero era mayor mi cansancio así que me quedé dormido.

 

¡Yuju yuuuju!, canturreó el gigante. Abrí los ojos y me puse de pie como impulsado por un resorte: ya era de día. Mira a quién tenemos aquí; el enorme guante de cuero se abrió despacio, en la palma estaba un hombre melenudo y harapiento... ¿Fagus? No podía creerlo: era mi hermano mayor al que creíamos muerto desde hace cuatro años en la guerra de Constantinopla. Fagus fue arrojado al interior de la pecera. Al reconocerme corrió hacia mí y nos abrazamos entre lágrimas y gritos de felicidad. ¡Déjense de cursilerías!, rugió el gigante desde arriba, la fetidez de su aliento casi nos hace vomitar. La situación es la siguiente, dijo el gigante; hoy es lunes, me voy a ir de viaje pero regresaré el próximo domingo. Para entonces, uno de ustedes debe estar muerto. Si los encuentro vivos a los dos, no sólo me los tragaré de un solo bocado, sino que iré a pisotear su ciudad hasta que no quede piedra sobre piedra. El gigante emitió una diabólica carcajada que hizo temblar su barriga como si fuera una gelatina. Luego metió la mano al bolsillo de su chaleco y sacó un dedal, arrojando su contenido a la pecera. Aquí tienen armas para que peleen a muerte. Fagus y yo vimos incrédulos las viejas pistolas del pirata Francis Drake, el martillo de Thor, la espada de Isildur que durante tantas generaciones había estado en el museo de nuestra ciudad. ¡Ejem!, exclamó el gigante; ahora que si lo que quieren es una muerte romántica... Del otro bolsillo sacó un frasco verde, le dio vueltas a la tapa que resultó ser un gotero, y vertió tres gotas de un líquido ambarino en el dedal, colocándolo luego en la pecera. Un solo trago de este veneno provocará una muerte instantánea en cualquiera de ustedes, dijo el gigante. Otra cosa: si se les ocurre la ridícula idea de hacer un pacto suicida y los encuentro muertos a ambos, inundaré de alcohol su ciudad y le prenderé un cerillo. ¡Cómo me voy a divertir viendo a sus congéneres correr chamuscados en todas direcciones! Bueno mis pequeños amigos, espero que la pasen bien en mi ausencia; y el gigante emitió otra terrible carcajada. ¡Ah!, olvidaba darles su comida: tomó la caja de choco krispis y nos arrojó un puñado. ¡Hasta el domingo! Los pasos del gigante se alejaron, haciendo retumbar las paredes transparentes de nuestra cárcel.

 

El gusto de volver a vernos era mayor que la amenaza del gigante. El resto del día, Fagus y yo nos la pasamos hablando. Me contó cómo lo habían hecho esclavo de guerra en Constantinopla; estuve tres años trabajando de sol a sol en un molino, me daban de comer basura y latigazos, hasta hoy en la mañana cuando el gigante me liberó, aplastando con sus tenis a mis verdugos. Me preguntó por sus hijas. Están bien, aunque al ver que no regresabas te dieron por muerto y pusieron otra lápida junto a la tumba de tu esposa. ¿No se han casado? No, pero dudo que sigan solteras mucho tiempo. ¿Y tú qué has hecho?, preguntó Fagus. Me casé hace medio año con Lia, la hija del herrero. ¡Pero si es una niña! No, reí; te aseguro que ha crecido bastante desde tu ausencia. Hablamos de los amigos, de cómo había sido reconstruida la ciudad después de la guerra. Luego nos callamos un buen rato. Contemplé a Fagus: estaba esquelético, ceniciento, ¿dónde había quedado aquel guerrero impresionante que hacía correr al enemigo con sólo llevar la mano al pomo de su espada y decir ¡bu!? Su triste mirada me recordó al primer jabalí que maté con mis propias manos, una de esas miradas donde no hay esperanza ni razón alguna para seguir de pie sobre la tierra. Llegó la noche. Tratábamos de no pensar. Conocíamos de sobra a los gigantes, no en balde nuestro padre había encontrado el fin de sus días en el estómago de uno de ellos. ¡Maldición!, grité golpeando con mis puños las gruesas paredes de la pecera; ¡maldito gigante hijo de puta! Lágrimas de rabia surcaron mis mejillas hasta que los brazos enflaquecidos de Fagus me abrazaron. ¡Cálmate, hermano!, no tiene caso perder la cordura. Vamos a dormir, mañana pensaremos qué hacer. Debe de haber una salida.

 

El martes y el miércoles pasaron volando, las horas eran granos de arena en el reloj del destino. Fagus y yo nos rompimos la cabeza buscando la forma de escapar. No tiene caso hermano, supón que logramos fugarnos: el gigante no nos lo perdonaría y su venganza sería incendiar nuestra ciudad. Era cierto. Además ni siquiera podríamos bajar de la mesa, la enorme mesa sobre la que descansaba nuestra cárcel. Después de una amarga noche de insomnio llegó el jueves. En la penumbra del amanecer, las armas tiradas entre las piedras de la pecera brillaban como burlándose de nosotros. Quedaban muy pocos choco krispis. El silencio era cada vez más denso. Evitábamos mirarnos. Evitábamos estar cerca. Si Fagus entraba al castillo de plástico, yo salía, y viceversa. Ni siquiera los duros años de la guerra nos habían preparado para una situación como ésa.

 

Durante todo el jueves lo único que hicimos fue recorrer la pecera a grandes pasos. Parecíamos autómatas. Varias veces sorprendí a Fagus murmurando incoherencias, quizá sin darme cuenta yo hacía lo mismo. Poco antes del anochecer Fagus se detuvo frente a mí, sus ojos eran dos obsidianas encendidas. Hermano, dijo poniendo sus manos en mis hombros; he decidido tomarme el veneno y acabar de una vez por todas con esta angustia. El horror aceleró los latidos de mi corazón: ¡No Fagus, eso no! ¡En tal caso echémoslo a la suerte! Una sonrisa de ultratumba arrugó el rostro de mi hermano, es mejor que yo muera, soy el más viejo; tú tienes una esposa, una vida por delante. Yo en cambio soy hombre muerto desde el día en que me atraparon mis verdugos. No, Fagus, yo no podría vivir con tu sacrificio a cuestas, ¡echémoslo a la suerte, y que Dios se apiade de nosotros! Entonces recordé mi ajedrez electrónico, ¡una partida de ajedrez, claro! De la bolsa de mi abrigo saqué el estuche; al mirarlo pensé en un sarcófago diminuto. Un honorable duelo entre hermanos, esa era la única, la espantosa solución. Fagus, juguemos una partida de ajedrez, el perdedor tendrá que tomarse el veneno. Fagus estuvo de acuerdo, había sombras alrededor de sus ojos decrépitos. Decidimos comenzar la partida al día siguiente.

 

Esa noche no pude dormir ni un segundo. De niños, nuestra instrucción bélica incluía al ajedrez. Para nosotros era más que un simple juego: en el tablero aprendimos las tácticas, los misteriosos caminos para llegar a la victoria. Quien en la vida de la guerra aplica las leyes del ajedrez, sabe que el factor suerte puede reducirse a cero. Al amanecer Fagus y yo bebimos agua y comimos nuestra diaria ración de alimento, medio choco krispis cada uno. Luego desdoblé el tablero encima de una piedra y colocamos las piezas en silencio. Yo jugaría con blancas, Fagus con negras. Aunque anteriormente muy pocas veces había logrado ganarle a Fagus en el ajedrez, eso se compensaba con los cuatro años que él había dejado de practicar, cuatro años en los que yo derroté a varios campeones. Así comenzó la partida: peón cuatro rey, peón cuatro rey. Caballo tres alfil rey, caballo tres alfil dama. Alfil cuatro alfil, peón tres dama... Para uno de nosotros, este era el último juego.

 

Había que cuidarse de los caballos de Fagus: se metían en todas partes entorpeciendo mis tácticas de ataque. Las jugadas se llevaban cada vez más tiempo conforme avanzaba la partida, habíamos puesto un límite de una hora por tirada. Para el atardecer, Fagus se había apoderado de mi torre, y aunque yo le había comido un alfil y tres peones, su posición era muy ventajosa; seguramente ya había planeado una estrategia indestructible. Cerré los ojos, vi a dos niños pequeños jugando al ajedrez bajo la supervisión de un viejo maestro; estaban en un salón cuya terraza daba a los jardines, los hermosos jardines que eran el orgullo de nuestro padre. La cadena de pensamientos me llevó hasta los ojos de mi mujer: estaba triste, muy triste. Hasta antes de ser atrapado por el gigante, mi futuro había sido una promesa de feliz vejez al lado de mi esposa. Jaque, dijo Fagus moviendo su dama y haciéndome regresar a la realidad. Cubrí el ataque con mi torre y miré a mi hermano, de alguna extraña manera su presencia me incomodaba: el gigante había logrado que ahora lo viera como un enemigo. Si Fagus gana, pensé, voy a tener que asesinarlo. Un escalofrío recorrió mi espalda; no, no puedo matar a mi propio hermano, tengo que concentrarme en la partida. Al anochecer, la falta de luz nos obligó a suspender el juego, así que nos fuimos a dormir. Me di cuenta de que en todo el día sólo habíamos hablado para anunciar los jaques. Me quedé dormido de inmediato.

 

Y llegó el sábado, y llegó la tarde del sábado. Jaque mate. Fagus miró el tablero con incredulidad: era cierto, pese a su gran ventaja material, al mover mi caballo había dejado al descubierto el ataque de una torre, aplicando así el inevitable jaque mate. Yo tampoco podía creerlo; durante las larguísimas horas de juego, Fagus había ido recortando mi ejército hasta dejarme tan solo un caballo, una torre, mi rey y dos peones. Las piezas amontonadas en el flanco de su rey, en vez de protegerlo, le cerraron las posibles salidas. Vi a Fagus, su sorpresa y disgusto me convencieron de que no se había dejado ganar. Excelente... excelente mate, dijo Fagus; luego se levantó muy despacio, como si hubiera estado sentado trescientos años detrás del tablero. Yo no pude mirarlo a los ojos. Mi corazón era jalado por dos fuerzas contrarias: el pesar por la próxima muerte de mi hermano, y la dulce esperanza de volver a los brazos de mi esposa en cuanto el gigante me liberara. Faltaba poco para el anochecer. Ahora lo sabía: esa iba a ser la última noche en la vida de Fagus. Quise hablar pero las palabras se negaron a salir de mi boca. No podía llorar, ni siquiera sabía cómo definir las sensaciones que me invadieron. Con mucho cuidado guardé las piezas en su estuche, doblé el tablero y me dirigí al interior del castillo. No me atreví a enfrentar a Fagus en su dolor, ojalá me mate mientras duermo, pensé; ojalá esto sólo fuera una pesadilla.

 

El domingo en la mañana, después de compartir el último choco krispis, Fagus se bebió el veneno. Yo había imaginado ese día como una fecha memorable en la que uno de los dos hablaría de cosas trascendentes antes de morir. La verdad es que no estuve con Fagus en los últimos momentos. No sé qué pensó, ni fui testigo de sus últimas palabras, si es que las dijo. Yo estaba en el castillo pensando en una última, desesperada salida para evitar el sacrificio de mi hermano; tal vez si finge que está muerto, tal vez si nos escondemos... Entonces oí un grito y al salir corriendo del castillo vi a Fagus en el suelo, retorciéndose como un jabalí malherido. ¡Hermano!, grité tomándolo en mis brazos. Por lo menos el gigante no había mentido: la muerte de Fagus fue instantánea.

 

Han pasado dos semanas desde entonces. El gigante nunca regresó. El cadáver de mi hermano está cada vez más putrefacto. Cada vez es más difícil masticar su carne.

Ricardo Bernal nació en la Ciudad de México, en 1962. Es narrador y poeta egresado de la SOGEM e investigador de cine y literaturas anómalas. Se ha especializado en literatura fantástica, horror y ciencia ficción. Ha sido director del consejo editorial de La Mandrágora; coordinador del Diplomado de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción en la Universidad del Claustro de Sor Juana desde 1996. Becario del FONCA en cuento de 1994 a 1995 y del Instituto Quintanarroense de Cultura. Premio Nacional de Cuento Salvador Gallardo Dávalos 1991 por La palabra de los niños y 1992 por Leyendas de la muerte azucarada. Premio Nacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz 1995 por el libro Ciudad de Telarañas. Desde 1992 imparte cursos, talleres y diplomados de literatura fantástica, horror, ciencia ficción, historia de las animaciones, cine negro, astrología simbólica y tarot.

 

martes, 16 de diciembre de 2025

HAY HORROR EN LOS OJOS DE CAÍN

Ricardo Bernal

 

Despierta Luis, son las siete. Sí mamá. Detrás de los cerros ya se asomaba el sol, con sus lentes oscuros y una sonrisa bobalicona. Voy a prepararte unos sandwiches, dijo Madre, y salió de la habitación quitándose los tubos de la cabeza. Luis se estiró, todos sus huesos crujieron al mismo tiempo. ¡Por fin! Sábado 17 de abril: este día es más importante que navidad o mi cumpleaños. Hizo a un lado las sábanas como si fueran el cadáver de un fantasma derrotado en sueños. Se levantó; el sol, con sus amarillos dedos de aguja, le tocó los ojos suavemente. Luis, todo sonrisas, miró sus avioncitos, miró su colección de monstruos desarmables marca Acme, miró el gol retratado en uno de los posters que su hermano había colgado en la pared. Miró el reloj. ¿Dónde estarán mis zapatos? Una mueca poco terrenal lo sorprendió desde el espejo: ¿De veras soy ese niño flaco y despeinado con la carne color leche? ¿Soy el tonto del mundo, con diez años recién cumplidos y un solo diez en aritmética? Quisiera conocer los bosques, hacerme amigo de los duendes. Quisiera perderme en las entrañas de un dragón. ¡Ándale, hijo, se hace tarde!, gritó Madre desde la cocina. Luis abrió cajones, la ropa voló y en un santiamén estuvo listo para la gran ocasión. Otra vez se miró en el espejo, acomodándose el nudo de la pañoleta. Hizo un saludo scout con su mano izquierda, los monstruos desarmables marca Acme celebraron el acontecimiento arrancándose las cabezas unos a otros. Luis los miró solemne. Luego abrió su querido diario y anotó la fecha subrayándola varias veces: no todos los días se va uno de campamento por primera vez. En aquellos tiempos no había calendarios. Las fechas se anotaban en la espalda de una tortuga, en el interior de los árboles, en los colores del cielo. Las capas geológicas hablaban de oscuros amaneceres donde la conciencia reptaba de un lado a otro buscando un poco de luz. Y Dios inventó el ojo, uno de los instrumentos más perfectos de la creación. Peces, anfibios, insectos, reptiles, aves; aunque los ojos de todas las bestias jamás sumarían el ojo que la conciencia necesitaba para mirarse a sí misma. Entonces nacieron los hombres, con ojos nuevos y palabras azules debajo de la lengua. Y uno entre ellos se distinguió por su forma de mirar: Caín era su nombre. Dicen que fue el primer asesino pero no hubo testigos y la historia nunca podrá ser comprobada. Ahora Caín huye por senderos de espinas y salamandras. Arriba, entre las nubes espesas de la tempestad, gira el ojo de Dios como la enorme luz de un reflector. Abajo, en la tierra, un ejército de ángeles armados con espadas, linternas y redes buscan a Caín debajo de las piedras, en el fango de los pozos, en el interior de los árboles. Hay furia ciega en la mirada de Dios. Hay horror en los ojos de Caín. Beto y Miguel tocaron el timbre mientras Luis se limpiaba los bigotes de chocolate con una servilleta. Ya llegaron tus amigos, apúrate o los va a dejar el camión. Sí mamá. Pórtate bien y obedece al jefe de manada, no se te olviden tus sandwiches que me costó mucho trabajo hacerlos. No, mamá. Se duermen temprano y no te acerques a la fogata. No, mamá. Dame un beso; y Luis se paró de puntitas para alcanzar el cachete de la saludable ballena que lo miraba con ojos saltones y maternales. Ya vete, córrele. Sí, mamá. Afuera el sol se inflaba como pez globo enfurecido; no había nubes en el cielo. Luis saludó a sus amigos con un complicado ritual de palmadas y ruiditos. Miguel y Beto. Beto y Miguel. Beto, Miguel y Luis. Algo así como Hugo, Paco y Luis, pero sin salir en las caricaturas. Los tres amigos cruzaron las calles deprisa, cargando sendos mochilones en sus espaldas. ¿Qué trajiste? Mi flauta, mi brújula y mi navaja scout, ¿Y tú? Un encendedor. ¿Para qué? Para prender la fogata, buey. No seas tarado, el chiste de los campamentos es encender el fuego con piedras. ¿Con piedras? Ni que fuéramos cavernícolas. ¿Tú qué trajiste? Pues mira; y Beto sacó varios ejemplares del Playboy y el Penthouse. ¡No te pases! si lo ven los grandes nos van a castigar. No te preocupes, aparte de nosotros tres, nadie verá a nuestras novias. Un viejo autobús anaranjado tocaba el cláxon en la esquina mientras dos guías quinceañeras daban instrucciones a los niños que iban llegando. ¡Apúrense! Ya nos vamos. Caín se miró las manos ensangrentadas. Seguramente era su propia sangre pues la muerte de Abel había sido un trabajo limpio: la quijada de burro giró en exacta órbita hasta apagar con un golpe perfecto la mirada luminosa de su querido hermanito. ¡Maldición! Aún después de muerto, Abel siguió sonriendo y ni siquiera los buitres se acercaron a devorar su carne perfumada. Así había sido siempre; Abel: un niño completamente blanco, Caín: un niño gris y confundido que hacía enfurecer a las piedras y agriaba las manzanas con solo tocarlas. Ahora Caín jadeaba en un bosque desconocido. A lo lejos brillaban las luces de la gran ciudad. Imaginó a los ángeles entrando brutalmente en todas las casas, interrogando a los pobres hombres, rompiendo con sus hachas los roperos que pudieran ocultarlo. La risa de Caín espantó a un conejo. Siguió caminando; cruzó ríos, desfiladeros y valles hasta llegar a un lugar de poca vegetación. Arriba las estrellas eran jeroglíficos narrando historias terribles. Caín desdobló sus mapas, prendió un encendedor para alumbrarse. Parece que estoy perdido. No importa, suspiró; los ángeles se han quedado atrás. Sus perros tardarán mucho tiempo en encontrar mi rastro. Arriba el sol sudaba como un luchador chino. El traqueteante autobús recorría la autopista. Luis, Beto y Miguel estaban sentados en la parte trasera; en vez de cantar canciones idiotas bajo la desafinada dirección de Vhanta, miraban las multicolores figuras de un cómic. ¿Ya viste Beto?, éste es el Doctor Complot, su rayo metafísico puede destruir a Psiquiatramán. La ilustración mostraba a un barrilesco gángster con muchos ojos, tentáculos y garfios, sentado en una media luna. ¡Ni madres!; los setecientos años que pasó Psiquiatramán en el Templo de los Derviches Asesinos le dieron suficientes poderes como para acabar con el Doctor Complot y toda su familia. ¡Vean esto!, dijo Miguel señalando otra página. ¡Órale! Está padrísimo. Es el Castillo de la Eterna Desolación, ahí vive la Princesa Devoracorazones y su sangrienta corte de saxofonistas cibernéticos. ¿Y éste? ¡Ah!, pues es nada menos que Wozzek, el perro individual... Luis, Beto y Miguel. Sus edades sumaban treinta años, y las aventuras que habían pasado juntos eran suficientes como para escribir una historia mil veces mejor que la de cualquier cómic. Luis miró por la ventana: qué lejos se iba quedando la mirada protectora de Madre, los alaridos de su hermana recién divorciada, la absoluta indiferencia que fosilizó para siempre a Papá en un sillón de la sala. Ahora Luis iba a pasar varias noches sin su familia, y no sólo eso, iba a ser en el bosque, acompañado de sus queridísimos camaradas. Amigos, va a estar de pelos este campamento. ¡Claro!, Miguel trajo una casa de campaña redonda, se supone que sólo caben dos personas, pero nosotros nos vamos a acomodar perfectamente, ya lo verás. ¿Cuánto falta para llegar, Vhanta? No coman ansias niños, el camino es parte de la diversión; ahora, vamos todos a cantar "Is this the real life?, is this just fantasy..?" Luis Luis Luis, eres feliz como una lombriz. ¿Que qué? Los tres amigos soltaron la carcajada al mismo tiempo. Afuera el sol, con una brocha en la mano, pintaba de amarillo la espalda del autobús. Después de mucho andar, Caín encontró la entrada a una especie de mina; olía a detergente y estaba repleta de hongos blancos y pegajosos. En el interior las paredes tenían una extraña luminosidad verde. Caín recorrió pasillos, subió escaleras, cruzó puentes colgantes. Por último se detuvo en una bifurcación donde había un oxidado letrero de metal: PROHIBIDO EL PASO. TOQUE LA CAMPANA. Algo brillaba en el suelo, medio oculto entre un montón de polvo y huesos. Caín levantó el pesado objeto: era la campana, ¿cuánto tiempo llevaba ahí? La sacudió con fuerza, el lúgubre tañido le provocó escalofríos. Poco después vio luces, oyó pasos que se acercaban por el pasillo de la izquierda. Apareció un viejo con una antorcha. Miró a Caín con el único ojo que le quedaba en la monstruosa cabeza. Junto al viejo había otros: todos tenían la piel hecha jirones, estaban tan deformes que difícilmente se distinguían como algo humano. Caín comprendió, estaba en un leprosario subterráneo tal vez más antiguo que Adán y Eva, sus padres. ¿Quiénes son ustedes? No hijo, ¿Quién eres tú y qué buscas aquí? Caín miró a los leprosos bajo la luz naranja de la antorcha: vio sus bocas de ventosa, la ciudad derrumbada de sus dentaduras. Decidió contarles la verdad, de alguna manera sabía que esos seres no iban a traicionarlo. Desenredó su historia: describió detalladamente el asesinato de Abel, las astillas de horror que se habían instalado detrás de sus ojos mientras huía de las huestes celestiales. Los leprosos lo miraban inexpresivos. Cuando Caín terminó de hablar, el viejo, quien seguramente era el jefe, le indicó que los siguiera. Después de caminar muchas horas llegaron a un elevador. Todos entraron en silencio. El elevador comenzó a bajar. ¡Miguel! ¡Beto! ¡Miren, vamos por encima de las nubes! La autopista se había convertido en un estrecho camino que se retorcía en lo alto del precipicio. El chofer del autobús mantenía alertas los cinco sentidos: su pie derecho saltaba constantemente del acelerador al freno. ¿Ya vieron todos esos árboles allá abajo? ¡Por fin llegamos al bosque! Vhanta se había cansado de tanto cantar y dormía con la cabeza recargada en el vidrio, las demás guías leían el manual scout mientras masticaban sus sandwiches concienzudamente. El autobús apenas podía seguir su trayectoria, pasaba las curvas con las llantas a pocos centímetros del borde. De pronto el sol clavó espadas rojas en los ojos azules del chofer obligándolo a soltar el volante. Los niños gritaron. El autobús voló en cámara lenta hacia la bostezante oquedad del precipicio. Luis cerró los ojos. Estamos aquí, dijo el viejo señalando un punto con el hueso de su dedo índice; para salir del otro lado tienes que irte por este pasillo. Caín miró el pergamino, era un mapa de todas las grutas, cuevas y minas del mundo. Alguna vez había oído decir que los continentes estaban comunicados entre sí por medio de túneles que pasaban por debajo de los océanos. Que seres milenarios vivían en esos túneles desde tiempos anteriores al Paraíso. De ser ciertas esas teorías, los leprosos son entonces descendientes de... ¿O no? ¿Cuántos años tienes?, le preguntó Caín al viejo. Todos los leprosos rieron. ¿Sabes, Caín? La lepra que corrompe nuestra carne es lo de menos, lo verdaderamente difícil es soportar la inmortalidad. ¿Ustedes son inmortales? Sí, tan inmortales como todas las criaturas imperfectas que ha hecho Dios. Tú fuiste el primer asesino, nosotros somos los primeros enfermos. Dios es terrible, no quiere olvidar sus errores y por eso nos mantendrá despiertos hasta el día en que decida morir. ¿Morir Dios? Todos los leprosos volvieron a reírse. Ya no hagas más preguntas Caín: toma este mapa, te llevará muy lejos de la mirada de Dios y sus ejércitos. Aquí tienes también un pan mágico, lo preparé con mis propias manos. No temas contagiarte Caín, y vete, vete ya. Caín se alejó de los leprosos sin dar las gracias ni despedirse. Recorrió túneles, galerías, pasadizos; el mapa se deshacía en sus manos conforme iba avanzando. Al día siguiente salió a la superficie. Luis abre los ojos, tiene sangre en la cara y su lengua está partida en dos. Junto a él hay un cuerpo: es su amigo Miguel, aunque la cabeza pertenece a Freddy Krueger. Luis se levanta con dificultad. Ve los restos humanos sembrados alrededor. Cincuenta pasajeros, Luis es el único sobreviviente. ¿Acaso el cielo esconde tras su máscara otro cielo? Hay enormes llamaradas en el autobús volcado; el motor muge, agoniza, muere. En lo alto del precipicio el camino serpentea: no se ve ningún coche. Un silencio de mercurio baña la escena. Arriba el sol es un bebé recién nacido, las nubes lo arropan lentamente. Luis camina: la existencia es un gran guiñol, una pesadilla gore en este escenario de fierros retorcidos. Luis ve a su amigo Beto descansando sin piernas en la rama de un árbol: está tranquilo, su ojo derecho es una roja esfera navideña colgándole de la cara. Adiós Beto, felices sueños. Luis recorre el bosque. Hay intestinos tirados en el suelo. Brújulas, cobijas, dedos, infernales antifaces de carne mirando en silencio las nubes. Hay un sandwich mordido junto a un hormiguero, sus negros habitantes comienzan a explorar el aguacate y el jamón. Luis se topa con el cuerpo de Vhanta: su posición es ridícula, como si fuera una barbie recién salida de la licuadora. El viento despeina las páginas de uno de los Penthouse que Beto cargaba en su mochila, las dulces muchachas sin ropa les sonríen a los cadáveres mutilados. Luis busca un encendedor. Hay que prender la fogata. Hay que montar la casa de campaña. Hay que organizar los juegos y explorar los alrededores. Luis cierra los ojos, en el interior de su cabeza Miguel vuela papalotes y Beto recorre el mundo montado en una bicicleta nueva. Luis hace un saludo scout. Luego se recarga en un árbol y vomita el desayuno. Vomita la cena del día anterior. los caramelos comidos durante toda su vida. Luis vomita su niñez. Antes de desvanecerse, siente que unos brazos lo rodean. Caín recorrió los bosques: había mariposas verdes, pájaros transparentes cantando un blues en las ramas de los abedules. Ya ningún ángel lo perseguía, así que se sentó bajo la sombra de un árbol y comió una parte del pan que le había dado el viejo leproso. Miró las nubes como oscuros pulpos retorciéndose en el cielo: pronto llovería. Luego se quedó dormido. Soñó con Abel, quien en su sueño era muy anciano y estaba rodeado de niños vestidos de blanco. ¡Mira Caín!, dijo Abel; estos son mis nietos, van a construir ciudades de cristal encima de las catacumbas donde se arrastran tus nietos. Caín despertó, había una gota de sangre en el dorso de su mano, una avispa volaba hacia las nubes. Adiós árbol, necesito un arroyo para lavar mis pies. Caín recorrió veredas, cortó flores, pisoteó alacranes. Después de mucho andar llegó a un claro. Se detuvo. Miró la escena con incredulidad: el autobús naranja ardía en medio del caos. ¡Maldita sea! ¡Un accidente! Las llamas llegaban hasta el cielo y había niños muertos por doquier. Entonces oyó ruidos: cerca de ahí, un diminuto niño vomitaba apoyándose en un árbol. Caín sintió el dolor de Luis como una tormenta de alfileres en el corazón, corrió hacia él, logró sostenerlo antes de que se desmayara. Los dedos de Caín fueron instrumentos de ternura: acarició al niño, le quitó la pañoleta y limpió la sangre de su cara. No te mueras. No te mueras. No te mueras. Caín abrazaba al pequeño Luis con todas sus fuerzas. No te mueras hermano, quiero que juguemos en este bosque; cazaremos ardillas, nos alimentaremos con la carne de los ángeles que se atrevan a cruzar nuestro camino. Caín miró hacia arriba, había lágrimas en sus ojos borrando todo horror, había palabras de misericordia moviendo sus labios: Padre nuestro que estás en los infiernos... Comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia.

 

Es como un milagro incompleto, dijo el doctor; su hijo fue el único sobreviviente pero está en coma y no sabemos si va a despertar. Madre miró a Luis: tenía la cabeza vendada, un tubito transparente bajaba hasta las venas de su delgado brazo. El doctor salió sin hacer ruido. Hijito de mi alma, tal vez sea mejor que no despiertes nunca, no estoy preparada para decirte que murieron tus amigos. El Cristo de la cabecera abrió los ojos, Madre no se dio cuenta. Había luz en el rostro de Luis. ¡Qué extraño!, estoy segura de que puedes escucharme, dijo Madre saliendo de la habitación. En el pasillo una enfermera siniestra empujaba un carrito lleno de frascos azules y verdes. Madre llegó a la terraza del hospital. Encendió un cigarro, hacía once años que no fumaba. A lo lejos se oía el ruido de los coches, el desesperado ladrido de un perro. Arriba había una luna llena, ciega y enorme como el ojo de Dios. Madre sacó un pañuelo y apretó los dientes, pero por más esfuerzos que hizo no pudo llorar.

Ricardo Bernal nació en la Ciudad de México, en 1962. Es narrador y poeta egresado de la SOGEM e investigador de cine y literaturas anómalas. Se ha especializado en literatura fantástica, horror y ciencia ficción. Ha sido director del consejo editorial de La Mandrágora; coordinador del Diplomado de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción en la Universidad del Claustro de Sor Juana desde 1996. Becario del FONCA en cuento de 1994 a 1995 y del Instituto Quintanarroense de Cultura. Premio Nacional de Cuento Salvador Gallardo Dávalos 1991 por La palabra de los niños y 1992 por Leyendas de la muerte azucarada. Premio Nacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz 1995 por el libro Ciudad de Telarañas. Desde 1992 imparte cursos, talleres y diplomados de literatura fantástica, horror, ciencia ficción, historia de las animaciones, cine negro, astrología simbólica y tarot.

jueves, 25 de abril de 2024

PLANETAS


Ricardo Bernal

La enorme araña de silicio saca sus patas puntiagudas. Nubes de vapor violeta la rodean como si fuera un querubín sin rostro. Comienza el descenso, lento y noble; cuando las ocho patas tocan por fin la superficie del planeta rojo, un silencio de eones zumba alrededor. El silencio.

Dentro de la araña, los hombres miran la formidable pantalla que les muestra el panorama exterior. Aunque llevan décadas estudiando al planeta rojo, ahora pueden ver, extasiados, las montañas de cuarzo, los remolinos de fuego, el viento verde. Se sabe que Marte estuvo alguna vez habitado por criaturas inteligentes, traslúcidas y viscosas, quienes construyeron castillos de arcilla y plástico en alguna parte. Según los mapas, las ruinas de esos castillos se encuentran hacia el norte, más allá de las montañas. Arriba, Phobos y Deimos lo miran todo con ojos de furia eterna. Pero ahora los hombres están a punto de bajar y verlo todo con sus propios ojos. Ojos orgánicos; ojos de carne. Este momento es el resumen de muchos años de tecnología y avances científicos. Los hombres se ponen sus escafandras negras tatuadas de símbolos, aguardan a que se abra la compuerta y la escalinata descienda hacia abajo como un cuchillo.

Comienza el descenso. Hormigas humanas y temerosas. Hormigas lentas. Lo que ven los hombres a través del visor de sus cascos es una pesadilla: bosques de coníferas, autopistas solitarias, cielos grises sembrados de jirones albos. El crepúsculo coronado por un solo astro de cara blanca y bobalicona en medio del firmamento. Pueden ver al conejo de la luna y entienden que es el mismo satélite que sus tatarabuelos astronautas visitaron alguna vez a bordo de una desvencijada carcacha espacial. Sus miradas aturdidas perciben las tímidas luces de una ciudad humana que confirman la pesada broma.

Nunca llegaremos a Marte, dice el más viejo de los hombres.

El pavoroso calamar de vidrio saca sus obtusos tentáculos. Nubes de vapor anaranjado la rodean como si fuera un querubín sin rostro. Comienza el descenso, lento y noble; cuando los ocho tentáculos tocan por fin la superficie del planeta azul, un silencio de eones zumba alrededor. El silencio.

Dentro del calamar, los marcianos miran la formidable pantalla que les muestra el panorama exterior. Aunque llevan décadas estudiando al planeta azul, ahora pueden ver, extasiados, los bosques de confieras, las montañas de piedra tosca, los ríos cristalinos que bajan hacia el océano. Se sabe que la Tierra estuvo alguna vez habitada por criaturas inteligentes, musculosas y densas, quienes construyeron autopistas y ciudades metálicas en alguna parte. Según los mapas, las ruinas de esas ciudades se encuentran hacia el oeste, más allá del mar. Arriba, el único satélite lo mira todo como un estúpido cíclope. Pero ahora los marcianos están a punto de bajar y verlo todo con sus propios ojos. Ojos orgánicos; ojos de carne. Este momento es el resumen de muchos años de oraciones y evolución mística. Los marcianos se introducen en sus crisálidas, verdes y luminosas, aguardan a que se abra la ventosa y la escalinata se desenrolle hacia abajo como la lengua de una mariposa. 

Comienza el descenso. Lombrices marcianas y temerosas. Lombrices lentas. Lo que ven los marcianos a través de los antifaces es una pesadilla: montañas de cuarzo, remolinos de fuego, el viento verde. El crepúsculo coronado por las dos eternas lunas. Sus cerebros aturdidos se cimbran con el canto agudo de las sombras fosforescentes que se extiende por el planeta rojo para confirmar la pesada broma.

Nunca llegaremos a la Tierra, dice el más viejo de los marcianos.


Ricardo Bernal es poeta, cuentista e investigador de cine y literaturas anómalas. Desde 1992 imparte cursos, talleres y diplomados de literatura fantástica, horror, ciencia ficción, historia de las animaciones, cine negro, astrología simbólica y tarot. Es director académico de La Biblioteca de la Mandrágora.

AMERICALUGAR: del 11-S al 9-N