Ricardo Bernal
Despierta Luis, son las
siete. Sí mamá. Detrás de los cerros ya se asomaba el sol, con sus lentes
oscuros y una sonrisa bobalicona. Voy a prepararte unos sandwiches, dijo Madre,
y salió de la habitación quitándose los tubos de la cabeza. Luis se estiró, todos
sus huesos crujieron al mismo tiempo. ¡Por fin! Sábado 17 de abril: este día es
más importante que navidad o mi cumpleaños. Hizo a un lado las sábanas como si
fueran el cadáver de un fantasma derrotado en sueños. Se levantó; el sol, con
sus amarillos dedos de aguja, le tocó los ojos suavemente. Luis, todo sonrisas,
miró sus avioncitos, miró su colección de monstruos desarmables marca Acme,
miró el gol retratado en uno de los posters que su hermano había colgado en la
pared. Miró el reloj. ¿Dónde estarán mis zapatos? Una mueca poco terrenal lo
sorprendió desde el espejo: ¿De veras soy ese niño flaco y despeinado con la
carne color leche? ¿Soy el tonto del mundo, con diez años recién cumplidos y un
solo diez en aritmética? Quisiera conocer los bosques, hacerme amigo de los
duendes. Quisiera perderme en las entrañas de un dragón. ¡Ándale, hijo, se hace
tarde!, gritó Madre desde la cocina. Luis abrió cajones, la ropa voló y en un
santiamén estuvo listo para la gran ocasión. Otra vez se miró en el espejo,
acomodándose el nudo de la pañoleta. Hizo un saludo scout con su mano
izquierda, los monstruos desarmables marca Acme celebraron el acontecimiento
arrancándose las cabezas unos a otros. Luis los miró solemne. Luego abrió su
querido diario y anotó la fecha subrayándola varias veces: no todos los días se
va uno de campamento por primera vez. En aquellos tiempos no había calendarios.
Las fechas se anotaban en la espalda de una tortuga, en el interior de los
árboles, en los colores del cielo. Las capas geológicas hablaban de oscuros
amaneceres donde la conciencia reptaba de un lado a otro buscando un poco de
luz. Y Dios inventó el ojo, uno de los instrumentos más perfectos de la
creación. Peces, anfibios, insectos, reptiles, aves; aunque los ojos de todas
las bestias jamás sumarían el ojo que la conciencia necesitaba para mirarse a
sí misma. Entonces nacieron los hombres, con ojos nuevos y palabras azules
debajo de la lengua. Y uno entre ellos se distinguió por su forma de mirar:
Caín era su nombre. Dicen que fue el primer asesino pero no hubo testigos y la
historia nunca podrá ser comprobada. Ahora Caín huye por senderos de espinas y
salamandras. Arriba, entre las nubes espesas de la tempestad, gira el ojo de
Dios como la enorme luz de un reflector. Abajo, en la tierra, un ejército de
ángeles armados con espadas, linternas y redes buscan a Caín debajo de las
piedras, en el fango de los pozos, en el interior de los árboles. Hay furia
ciega en la mirada de Dios. Hay horror en los ojos de Caín. Beto y Miguel
tocaron el timbre mientras Luis se limpiaba los bigotes de chocolate con una
servilleta. Ya llegaron tus amigos, apúrate o los va a dejar el camión. Sí
mamá. Pórtate bien y obedece al jefe de manada, no se te olviden tus sandwiches
que me costó mucho trabajo hacerlos. No, mamá. Se duermen temprano y no te
acerques a la fogata. No, mamá. Dame un beso; y Luis se paró de puntitas para
alcanzar el cachete de la saludable ballena que lo miraba con ojos saltones y
maternales. Ya vete, córrele. Sí, mamá. Afuera el sol se inflaba como pez globo
enfurecido; no había nubes en el cielo. Luis saludó a sus amigos con un
complicado ritual de palmadas y ruiditos. Miguel y Beto. Beto y Miguel. Beto,
Miguel y Luis. Algo así como Hugo, Paco y Luis, pero sin salir en las
caricaturas. Los tres amigos cruzaron las calles deprisa, cargando sendos
mochilones en sus espaldas. ¿Qué trajiste? Mi flauta, mi brújula y mi navaja
scout, ¿Y tú? Un encendedor. ¿Para qué? Para prender la fogata, buey. No seas
tarado, el chiste de los campamentos es encender el fuego con piedras. ¿Con
piedras? Ni que fuéramos cavernícolas. ¿Tú qué trajiste? Pues mira; y Beto sacó
varios ejemplares del Playboy y el Penthouse. ¡No te pases! si lo ven los
grandes nos van a castigar. No te preocupes, aparte de nosotros tres, nadie
verá a nuestras novias. Un viejo autobús anaranjado tocaba el cláxon en la
esquina mientras dos guías quinceañeras daban instrucciones a los niños que
iban llegando. ¡Apúrense! Ya nos vamos. Caín se miró las manos ensangrentadas.
Seguramente era su propia sangre pues la muerte de Abel había sido un trabajo
limpio: la quijada de burro giró en exacta órbita hasta apagar con un golpe
perfecto la mirada luminosa de su querido hermanito. ¡Maldición! Aún después de
muerto, Abel siguió sonriendo y ni siquiera los buitres se acercaron a devorar
su carne perfumada. Así había sido siempre; Abel: un niño completamente blanco,
Caín: un niño gris y confundido que hacía enfurecer a las piedras y agriaba las
manzanas con solo tocarlas. Ahora Caín jadeaba en un bosque desconocido. A lo
lejos brillaban las luces de la gran ciudad. Imaginó a los ángeles entrando
brutalmente en todas las casas, interrogando a los pobres hombres, rompiendo
con sus hachas los roperos que pudieran ocultarlo. La risa de Caín espantó a un
conejo. Siguió caminando; cruzó ríos, desfiladeros y valles hasta llegar a un
lugar de poca vegetación. Arriba las estrellas eran jeroglíficos narrando
historias terribles. Caín desdobló sus mapas, prendió un encendedor para alumbrarse.
Parece que estoy perdido. No importa, suspiró; los ángeles se han quedado
atrás. Sus perros tardarán mucho tiempo en encontrar mi rastro. Arriba el sol
sudaba como un luchador chino. El traqueteante autobús recorría la autopista.
Luis, Beto y Miguel estaban sentados en la parte trasera; en vez de cantar
canciones idiotas bajo la desafinada dirección de Vhanta, miraban las
multicolores figuras de un cómic. ¿Ya viste Beto?, éste es el Doctor Complot,
su rayo metafísico puede destruir a Psiquiatramán. La ilustración mostraba a un
barrilesco gángster con muchos ojos, tentáculos y garfios, sentado en una media
luna. ¡Ni madres!; los setecientos años que pasó Psiquiatramán en el Templo de
los Derviches Asesinos le dieron suficientes poderes como para acabar con el
Doctor Complot y toda su familia. ¡Vean esto!, dijo Miguel señalando otra
página. ¡Órale! Está padrísimo. Es el Castillo de la Eterna Desolación, ahí
vive la Princesa Devoracorazones y su sangrienta corte de saxofonistas
cibernéticos. ¿Y éste? ¡Ah!, pues es nada menos que Wozzek, el perro
individual... Luis, Beto y Miguel. Sus edades sumaban treinta años, y las
aventuras que habían pasado juntos eran suficientes como para escribir una
historia mil veces mejor que la de cualquier cómic. Luis miró por la ventana:
qué lejos se iba quedando la mirada protectora de Madre, los alaridos de su
hermana recién divorciada, la absoluta indiferencia que fosilizó para siempre a
Papá en un sillón de la sala. Ahora Luis iba a pasar varias noches sin su
familia, y no sólo eso, iba a ser en el bosque, acompañado de sus queridísimos
camaradas. Amigos, va a estar de pelos este campamento. ¡Claro!, Miguel trajo
una casa de campaña redonda, se supone que sólo caben dos personas, pero
nosotros nos vamos a acomodar perfectamente, ya lo verás. ¿Cuánto falta para
llegar, Vhanta? No coman ansias niños, el camino es parte de la diversión;
ahora, vamos todos a cantar "Is this the real life?, is this just
fantasy..?" Luis Luis Luis, eres feliz como una lombriz. ¿Que qué? Los
tres amigos soltaron la carcajada al mismo tiempo. Afuera el sol, con una
brocha en la mano, pintaba de amarillo la espalda del autobús. Después de mucho
andar, Caín encontró la entrada a una especie de mina; olía a detergente y
estaba repleta de hongos blancos y pegajosos. En el interior las paredes tenían
una extraña luminosidad verde. Caín recorrió pasillos, subió escaleras, cruzó
puentes colgantes. Por último se detuvo en una bifurcación donde había un
oxidado letrero de metal: PROHIBIDO EL PASO. TOQUE LA CAMPANA. Algo brillaba en
el suelo, medio oculto entre un montón de polvo y huesos. Caín levantó el
pesado objeto: era la campana, ¿cuánto tiempo llevaba ahí? La sacudió con
fuerza, el lúgubre tañido le provocó escalofríos. Poco después vio luces, oyó
pasos que se acercaban por el pasillo de la izquierda. Apareció un viejo con
una antorcha. Miró a Caín con el único ojo que le quedaba en la monstruosa
cabeza. Junto al viejo había otros: todos tenían la piel hecha jirones, estaban
tan deformes que difícilmente se distinguían como algo humano. Caín comprendió,
estaba en un leprosario subterráneo tal vez más antiguo que Adán y Eva, sus
padres. ¿Quiénes son ustedes? No hijo, ¿Quién eres tú y qué buscas aquí? Caín
miró a los leprosos bajo la luz naranja de la antorcha: vio sus bocas de
ventosa, la ciudad derrumbada de sus dentaduras. Decidió contarles la verdad,
de alguna manera sabía que esos seres no iban a traicionarlo. Desenredó su
historia: describió detalladamente el asesinato de Abel, las astillas de horror
que se habían instalado detrás de sus ojos mientras huía de las huestes
celestiales. Los leprosos lo miraban inexpresivos. Cuando Caín terminó de
hablar, el viejo, quien seguramente era el jefe, le indicó que los siguiera.
Después de caminar muchas horas llegaron a un elevador. Todos entraron en
silencio. El elevador comenzó a bajar. ¡Miguel! ¡Beto! ¡Miren, vamos por encima
de las nubes! La autopista se había convertido en un estrecho camino que se
retorcía en lo alto del precipicio. El chofer del autobús mantenía alertas los
cinco sentidos: su pie derecho saltaba constantemente del acelerador al freno.
¿Ya vieron todos esos árboles allá abajo? ¡Por fin llegamos al bosque! Vhanta
se había cansado de tanto cantar y dormía con la cabeza recargada en el vidrio,
las demás guías leían el manual scout mientras masticaban sus sandwiches
concienzudamente. El autobús apenas podía seguir su trayectoria, pasaba las
curvas con las llantas a pocos centímetros del borde. De pronto el sol clavó
espadas rojas en los ojos azules del chofer obligándolo a soltar el volante.
Los niños gritaron. El autobús voló en cámara lenta hacia la bostezante oquedad
del precipicio. Luis cerró los ojos. Estamos aquí, dijo el viejo señalando un
punto con el hueso de su dedo índice; para salir del otro lado tienes que irte
por este pasillo. Caín miró el pergamino, era un mapa de todas las grutas,
cuevas y minas del mundo. Alguna vez había oído decir que los continentes
estaban comunicados entre sí por medio de túneles que pasaban por debajo de los
océanos. Que seres milenarios vivían en esos túneles desde tiempos anteriores
al Paraíso. De ser ciertas esas teorías, los leprosos son entonces
descendientes de... ¿O no? ¿Cuántos años tienes?, le preguntó Caín al viejo.
Todos los leprosos rieron. ¿Sabes, Caín? La lepra que corrompe nuestra carne es
lo de menos, lo verdaderamente difícil es soportar la inmortalidad. ¿Ustedes
son inmortales? Sí, tan inmortales como todas las criaturas imperfectas que ha
hecho Dios. Tú fuiste el primer asesino, nosotros somos los primeros enfermos.
Dios es terrible, no quiere olvidar sus errores y por eso nos mantendrá
despiertos hasta el día en que decida morir. ¿Morir Dios? Todos los leprosos
volvieron a reírse. Ya no hagas más preguntas Caín: toma este mapa, te llevará
muy lejos de la mirada de Dios y sus ejércitos. Aquí tienes también un pan
mágico, lo preparé con mis propias manos. No temas contagiarte Caín, y vete,
vete ya. Caín se alejó de los leprosos sin dar las gracias ni despedirse.
Recorrió túneles, galerías, pasadizos; el mapa se deshacía en sus manos
conforme iba avanzando. Al día siguiente salió a la superficie. Luis abre los
ojos, tiene sangre en la cara y su lengua está partida en dos. Junto a él hay
un cuerpo: es su amigo Miguel, aunque la cabeza pertenece a Freddy Krueger.
Luis se levanta con dificultad. Ve los restos humanos sembrados alrededor.
Cincuenta pasajeros, Luis es el único sobreviviente. ¿Acaso el cielo esconde
tras su máscara otro cielo? Hay enormes llamaradas en el autobús volcado; el
motor muge, agoniza, muere. En lo alto del precipicio el camino serpentea: no
se ve ningún coche. Un silencio de mercurio baña la escena. Arriba el sol es un
bebé recién nacido, las nubes lo arropan lentamente. Luis camina: la existencia
es un gran guiñol, una pesadilla gore en este escenario de fierros retorcidos.
Luis ve a su amigo Beto descansando sin piernas en la rama de un árbol: está
tranquilo, su ojo derecho es una roja esfera navideña colgándole de la cara.
Adiós Beto, felices sueños. Luis recorre el bosque. Hay intestinos tirados en
el suelo. Brújulas, cobijas, dedos, infernales antifaces de carne mirando en
silencio las nubes. Hay un sandwich mordido junto a un hormiguero, sus negros
habitantes comienzan a explorar el aguacate y el jamón. Luis se topa con el cuerpo
de Vhanta: su posición es ridícula, como si fuera una barbie recién salida de
la licuadora. El viento despeina las páginas de uno de los Penthouse que Beto
cargaba en su mochila, las dulces muchachas sin ropa les sonríen a los
cadáveres mutilados. Luis busca un encendedor. Hay que prender la fogata. Hay
que montar la casa de campaña. Hay que organizar los juegos y explorar los
alrededores. Luis cierra los ojos, en el interior de su cabeza Miguel vuela
papalotes y Beto recorre el mundo montado en una bicicleta nueva. Luis hace un
saludo scout. Luego se recarga en un árbol y vomita el desayuno. Vomita la cena
del día anterior. los caramelos comidos durante toda su vida. Luis vomita su
niñez. Antes de desvanecerse, siente que unos brazos lo rodean. Caín recorrió
los bosques: había mariposas verdes, pájaros transparentes cantando un blues en
las ramas de los abedules. Ya ningún ángel lo perseguía, así que se sentó bajo
la sombra de un árbol y comió una parte del pan que le había dado el viejo
leproso. Miró las nubes como oscuros pulpos retorciéndose en el cielo: pronto
llovería. Luego se quedó dormido. Soñó con Abel, quien en su sueño era muy
anciano y estaba rodeado de niños vestidos de blanco. ¡Mira Caín!, dijo Abel;
estos son mis nietos, van a construir ciudades de cristal encima de las
catacumbas donde se arrastran tus nietos. Caín despertó, había una gota de
sangre en el dorso de su mano, una avispa volaba hacia las nubes. Adiós árbol,
necesito un arroyo para lavar mis pies. Caín recorrió veredas, cortó flores,
pisoteó alacranes. Después de mucho andar llegó a un claro. Se detuvo. Miró la
escena con incredulidad: el autobús naranja ardía en medio del caos. ¡Maldita
sea! ¡Un accidente! Las llamas llegaban hasta el cielo y había niños muertos
por doquier. Entonces oyó ruidos: cerca de ahí, un diminuto niño vomitaba
apoyándose en un árbol. Caín sintió el dolor de Luis como una tormenta de
alfileres en el corazón, corrió hacia él, logró sostenerlo antes de que se
desmayara. Los dedos de Caín fueron instrumentos de ternura: acarició al niño,
le quitó la pañoleta y limpió la sangre de su cara. No te mueras. No te mueras.
No te mueras. Caín abrazaba al pequeño Luis con todas sus fuerzas. No te mueras
hermano, quiero que juguemos en este bosque; cazaremos ardillas, nos
alimentaremos con la carne de los ángeles que se atrevan a cruzar nuestro
camino. Caín miró hacia arriba, había lágrimas en sus ojos borrando todo
horror, había palabras de misericordia moviendo sus labios: Padre nuestro que
estás en los infiernos... Comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia.
Es como un milagro
incompleto, dijo el doctor; su hijo fue el único sobreviviente pero está en
coma y no sabemos si va a despertar. Madre miró a Luis: tenía la cabeza
vendada, un tubito transparente bajaba hasta las venas de su delgado brazo. El
doctor salió sin hacer ruido. Hijito de mi alma, tal vez sea mejor que no
despiertes nunca, no estoy preparada para decirte que murieron tus amigos. El
Cristo de la cabecera abrió los ojos, Madre no se dio cuenta. Había luz en el
rostro de Luis. ¡Qué extraño!, estoy segura de que puedes escucharme, dijo
Madre saliendo de la habitación. En el pasillo una enfermera siniestra empujaba
un carrito lleno de frascos azules y verdes. Madre llegó a la terraza del
hospital. Encendió un cigarro, hacía once años que no fumaba. A lo lejos se oía
el ruido de los coches, el desesperado ladrido de un perro. Arriba había una
luna llena, ciega y enorme como el ojo de Dios. Madre sacó un pañuelo y apretó
los dientes, pero por más esfuerzos que hizo no pudo llorar.
Ricardo Bernal nació en la Ciudad de México, en 1962. Es
narrador y poeta egresado de la SOGEM e investigador de cine y literaturas
anómalas. Se ha especializado en literatura fantástica, horror y ciencia
ficción. Ha sido director del consejo editorial de La Mandrágora;
coordinador del Diplomado de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción en la
Universidad del Claustro de Sor Juana desde 1996. Becario del FONCA en
cuento de 1994 a 1995 y del Instituto Quintanarroense de Cultura. Premio
Nacional de Cuento Salvador Gallardo Dávalos 1991 por La palabra de los
niños y 1992 por Leyendas de la muerte azucarada. Premio
Nacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz 1995 por el libro Ciudad
de Telarañas. Desde 1992 imparte cursos, talleres y diplomados de
literatura fantástica, horror, ciencia ficción, historia de las animaciones,
cine negro, astrología simbólica y tarot.

