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martes, 2 de junio de 2026

EL RITUAL DE LA CALLE TORIBIO

Rogelio Ramos Signes

 

Anaclara y Reemberto, los dos menores, cubrían el circuito derecho. Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús y yo, hacíamos el trayecto izquierdo. Al fondo, unos metros más atrás del punto donde nos tocábamos las dos brigadas luego de cada vuelta, estaba el bisabuelo acostado en el cajón (¿el ataúd se dice?).

La gente había comenzado a llegar después del almuerzo; no porque temiera pasar hambre durante el velorio, sino porque al bisabuelo se le ocurrió morirse pasadas las 2 de la tarde. La noticia corrió con la velocidad de las piernas de un vecinito que jugaba a las bolillas por allí, justo cuando el bisabuelo dijo “c’est fini”, que es una expresión y nada más. El bisabuelo, que era de Alcoy, provincia de Valencia, dijo “prou”, o dijo “adéu”, no “c’est fini”. Pero en mi barrio, típico barrio de provincia del norte argentino, adéu y c’est fini es casi lo mismo; un sonidito, un respirito trágico.

El comando de la derecha (Anaclara y Reemberto, ya lo dije) partía de la puerta de calle, giraba por la vereda, retomaba por el pequeño parral de la familia, rodeaba la casa, ingresaba por el fondo de la carpintería del tío Vicente y llegaba hasta la habitación que hacía las veces de sala velatoria.

El comando de la izquierda (Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús y yo, también lo dije), una vez separado del comando de la derecha en la propia puerta de la casa, giraba hacia la vereda, daba vuelta a la ochava, rodeaba la casa por la calle Toribio, ingresaba a la vivienda por el saloncito de peluquería que funcionaba al fondo, y llegaba a la pieza del prou y del adéu; es decir, a la habitación del bisabuelo donde el bisabuelo “dormía su último sueño”. Eso escuchamos decir.

Allí, al costado del cajón, un enjambre de parientas revocadas de negro hasta los pies musitaba algunos rezos que se entremezclaban y producían el efecto de una triste colmena. Las llamitas de las velas, inmóviles, parecían líneas incandescentes dibujadas al efecto. Y las flores, que apreciadas de una en una seguramente serían fragantes y agradables, en conjunto tornaban el recinto en algo irrespirable, como un establo en plena actividad. Ese era el punto, precisamente, en el que nos encontrábamos los integrantes de las dos brigadas. Allí, los cuatro primos, nos pasábamos un informe informal de lo que habíamos escuchado en nuestras correspondientes rondas. “Se apagó como un fosforito” decía Reemberto, parodiando a alguna vecina, mientras se mordía los labios, como aguantándose las lágrimas.

Lo que no podíamos aguantarnos era la risa. Alguien que se apaga como un fosforito, en algún momento debió haberse encendido ¡flash! como un joven, esbelto y saludable fósforo parrillero. Además la tía Maricarmen siempre había dicho que el abuelo (abuelo para ella, pero no para nosotros, se entiende) era “medio fosforito”; es decir, temperamental; es decir, calentón; es decir, de pocas pulgas. Y la imagen del bisabuelo, y de su larguísima vida (94 años), reducida al rectángulo de una caja de fósforos, nos parecía muy triste pero también muy graciosa; porque, convengamos, “medio fosforito” querrá decir “de bastante mal carácter”, pero palabra por palabra (y a todos los primos nos fascinaban las palabras) “medio fosforito” también quería decir que no era ni siquiera un miserable fósforo. ¡Bah! Los mayores siempre decían tonteras. Por eso es que nos abrazábamos entre los cuatro, alguno decía compungidamente “Se apagó como un fosforito”, y llorábamos de risa.

Ese era el momento en el que alguna parienta nos decía “¡Juicio, juicio!” con la mano presta para una bofetada, y nosotros volvíamos a nuestra ronda, a ese trabajo impago pero necesario: Anaclara y Reemberto por la derecha, Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús y yo por la izquierda. Puerta. Vereda. Ochava. Calle Toribio. Peluquería y, otra vez, el bisabuelo, que hasta hacía un momento se había apagado “como un fosforito”, pero que ahora, por obra y gracia del finísimo oído de Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús (¿puedo decirle Licha, que es como le decíamos los primos?), se había muerto “como un pajarito”. ¡Caramba! ¿Cómo mueren los pajaritos? ¿Con las patitas encogidas? ¿Diciendo “pío”, lentamente? Es difícil saberlo, porque el bisabuelo (hasta donde la información que manejábamos era buena) había dicho “prou”, y no “pío”. Además, no es lo mismo un pájaro que muere de un hondazo, que un pájaro que muere a los 94 años, harto de no hacer nada, o de mirar a las chicas que entran a la peluquería: las caderas de aquella, el escote de esta otra; cansado de ese repetido acto de magia en el que las mujeres entran morochas (morenas, decía él) y salen rubias.

Decidimos entonces que las dudas existenciales quedarían para después, para cuando estuviésemos lejos del teatro de operaciones y todo fuera un recuerdo, sin cuerpo presente. Nos abrazamos los cuatro, uno de nosotros dijo, en medio de pucheros, “Murió como un pajarito”, lloramos de risa, alguna tía (o vecina, o tutora, o encargada) nos exigió “¡Juicio, juicio!” con la mano remontada para el bife, y partimos hacia una nueva recorrida; en aras de un arduo trabajo no reconocido en su momento, pero que al día siguiente, posiblemente, pasaría a formar parte de la mochila lexicográfica en los anales del barrio. (¿Cabrá el término mochila en lo que estoy diciendo? ¿La palabra lexicográfica significará lo que estoy suponiendo ahora, al momento de esta despojada crónica? ¿El vocablo anales no suena un poco desfachatado en un texto sobre un bisabuelo pájaro que quedó medio fosforito?). Ya veremos.

Puerta. Vereda. Parral. Carpintería del tío Vicente y, otra vez, el bisabuelo allí, haciendo su última siesta, definitiva, sin despertador.

Esa vez fui yo quien recogió una frase: “Dios se lo llevó a su lado”. Pero si Dios se lo había llevado a su lado, y el bisabuelo todavía estaba allí, ante nuestros ojos (como suele decirse), significaba que Dios también estaba allí, invisible, acechante. Y nos entró el miedo, porque Dios no nos había dicho “¡Juicio, juicio!” ni ninguna de esas mandoneadas, y si nos había levantado la mano no teníamos como saberlo porque, ya lo dije, era invisible. Y, bueno, en circunstancias así ya no era tan divertido el juego, y decidimos que el barrio y la ciudad y la provincia, y hasta el país y el continente, se quedarían sin nuestro fino estudio de la lengua local. Ellos se lo buscaron, metiéndolo a Dios en estas cuestiones de entrecasa.

Anaclara, con toda la frustración de sus 8 años pintada en la cara, se quedó sin poder decir la frase que había recolectado: “Colgó los guantes”. ¡Colgó los guantes! Pero si el bisabuelo no había sido boxeador. El bisabuelo había sido viñatero (siempre alguien aclaraba: “Un viñatero de los chicos”, que quiere decir que era un viñatero con pocas tierras, no un viñatero para los niños, se entiende). El bisabuelo también había sido fresador, pero no sabíamos qué significaba eso, y había tenido un almacén y, ya bastante viejito, había sido tornero en la carpintería de su nieto, el tío Vicente. Pero ¿qué podíamos hacer nosotros por la desazón de Anaclara, siempre dejada de lado por ser la menor? Ni mis 9 años ni los 10 de Licha podían hacer algo por ella. Reemberto, en cambio, que también tenía 8, había sido el primero en introducir su fosforito que, apagado y todo, encendió la mecha de ese trabajo tan poco valorado. ¡Qué niño tan gracioso este Reemberto! Pero tuve que ser yo (otra vez yo) quien metiera la pata. Podría haber callado aquello de “Dios se lo llevó a su lado”, y pasar el informe de otras frases que también escuché: “Pasó a mejor vida”, lo que ya supone un juicio de valor y hasta una envidia; o “Levantó los documentos”, aunque a esa nunca la entendí muy bien; o “Se olvidó de respirar”, lo que era un despropósito, porque el bisabuelo sería un viejito caprichoso pero no era un tonto, y sólo un tonto puede olvidarse de respirar. Aunque, con el tiempo, a casi tres años de aquel día, he vuelto a pensar en todo eso y, olvidarse de respirar debe ser una de esas cuestiones a las que les llaman metáfora. La gente no se olvida de respirar; la gente, a lo sumo, deja de respirar porque no puede seguir haciéndolo o porque ya no lo quiere hacer más. El olvido es otra cosa. Y yo nunca me olvidé de ese día; y cuando dentro de un mes ingrese al colegio secundario (que será el Nacional y tendré una materia llamada Literatura) haré una redacción sobre la vida y sobre la muerte que, según mi papá, son dos de los únicos tres temas que existen (“el otro tema es el amor” escuché que una vez le decía a mi mamá, mientras le daba un beso). Y si yo le pregunto, cosa que lo pone muy feliz, acerca de otros temas, como la tierra, por ejemplo, él me contesta que la tierra tiene que ver con la vida y con el amor. Mi padre ama la tierra; pero creo que ya me fui por las ramas. Será porque todavía me faltan unos días para entrar en el colegio secundario y nunca tuve Literatura, que es “el arte de combinar las palabras para expresar sentimientos”, según me dijo mi hermano, que ya tuvo Literatura en tres oportunidades, y que tres veces tuvo que rendirla, con profesora particular y todo.

Asustados con la posibilidad de que Dios estuviese allí, invisible, parado junto al féretro del bisabuelo, mirándonos y amonestándonos con la mirada, convinimos que lo mejor sería salir en silencio por el pasillo y sentarnos en la vereda, con los pies en el agua cristalina de la acequia, porque hacía mucho calor. Allí pensaríamos y decidiríamos los pasos a seguir.

Licha fue la que tuvo la idea; ella era (y es) la mayor y, a la hora de tomar decisiones, eso se nota. Dijo que no podíamos tenerle miedo a Dios. “Sólo se le tiene miedo a los enemigos” dijo, y dijo también que el miedo a Dios era algo que los mayores nos habían metido en la cabeza, y que si Dios estaba allí, junto al bisabuelo (“al bisabuelo Rafael” dijo; se ve que ella conocía a otro bisabuelo, con otro nombre) era porque el bisabuelo había sido una buena persona, que se había quedado viudo muy joven y que había criado a sus hijas con mucho amor, en la fe de Cristo (en esa parte Licha se persignaba, tal vez porque sí tenía miedo y no se animaba a decirlo) y que el único gustito que se había dado en la vida fue hacerse traer desde su tierra (Alcoy, provincia de Valencia, España, ya lo dije) papeles chiquititos y súper suaves para armar sus cigarrillos con tabaco de acá nomás. ¡Sus famosos pitillos! Por todo eso, dijo Licha, y porque los mayores no tienen derecho a adueñarse ni de Dios ni del dolor de los niños, que a veces se manifiesta a través de la risa (textuales palabras de ella), es que teníamos que tomar cartas en el asunto, inmovilizar a toda esa manga de adultos embusteros (hombres como mastines, mujeres como sargentos custodiando al pobre viejo), y dejarnos llevar por nuestros sentimientos, porque nosotros también éramos buenos, como el bisabuelo (dicen que los ancianos y los niños están al margen de las contaminaciones del alma) y que, como no teníamos otra ocasión para darnos nuestro propio gustito más que poniendo a los grandes en su sitio cuando se desubicaban (“ya que ni los papelitos súper suaves de Alcoy nos producen placer” dijo, textual, textual), íbamos a neutralizar a los mayores durante un buen rato.

“¿De qué manera?” preguntamos los tres, a coro, como en las novelas de la radio. Y ella, entonces, en voz muy baja, nos explicó; habló de una película, habló de un libro sin tapas que su papá tenía en la biblioteca, habló de una anciana que vivía del otro lado de la ciudad, habló de muchas cosas. Y entendimos. Por eso entramos al baño y sacamos el frasco de las gotitas tranquilizantes, sin que nos vieran. Por eso entramos a la cocina, también sin que nos vieran, y volcamos el contenido del frasco en la gran olla con café. Por eso le ofrecimos una taza a cada uno de los adultos (tía, tío, vecina, vecino). Y como nadie nos dijo que no (¿quién iba a decirle que no a unos niños que han tomado una iniciativa tan simpática?), en poco más de media hora los tuvimos a todos dormidos en sus sillas, roncando (o no), despatarrados (o no), inofensivos.

Entonces cerramos la puerta de calle, para que desde afuera pareciera que el velorio ya había terminado, y a nadie se le ocurriese llegarse por la casa. Si alguien llamaba, nadie respondería. Los intrusos se lamentarían (o se alegrarían) por haberse enterado tarde, volverían a sus hogares y allí no habría pasado nada. Dispondríamos de un tiempo (no sabíamos de cuánto) sólo para nosotros y para el bisabuelo, y para Dios también, si es que decidía unirse a la partida.

Con total tranquilidad entramos a la habitación donde estaba el cuerpo; tenía el mismo gesto pícaro que siempre le vimos, así que no nos dio miedo. Apagamos todas las velas; o sea que la “capilla ardiente”, como le decían las viejas, dejó de ser ardiente, y nunca fue capilla. Levantamos al bisabuelo entre los cuatro; curiosamente, pesaba muy poco. Reemberto recordó que algunos parientes le decían “el abuelo chiquito”; porque antes de ser bisabuelo había sido abuelo, y porque se había ido achicando con los años. Cruzándole nuestros brazos por debajo del cuerpo lo llevamos por el salón comedor, luego por el costado del baño, por la galería y, finalmente, por un pasillo entre dos melgas del parral hasta la carpintería del tío Vicente. Lo sentamos en su vieja sillita de tornero, frente a la máquina que había usado durante años, le pusimos los brazos sobre la manivela y le improvisamos un ritual que, tal vez, no significaba demasiado, pero que de acuerdo con nuestro ánimo simbolizaba mucho, porque lo hicimos especialmente para él. En definitiva, alguien que a los 94 años todavía se entusiasmaba con los escotes de las chicas que iban a la peluquería, merecía eso y mucho más.

Anaclara, que siempre fue la más decidida, se subió al columpio del sauce; y mientras Licha la hamacaba, ella arrancaba hojitas del árbol, a cada empellón. Cuando llegaba al punto más alto de su recorrido, decía rapidito “acá me pongo a cantar, adentro de este oratorio, pa’ ver si puedo sacar est’alma del purgatorio”. Una y otra vez, sin descanso, sin detenerse para tomar aire, hablando para afuera y hablando para adentro “acá me pongo a cantar, adentro de este oratorio, pa’ ver si puedo sacar est’alma del purgatorio”. Ida y vuelta. Arriba y abajo. Con hojitas de ida (que dejaba caer sobre el bisabuelo cuando volaba sobre él), y sin hojitas de vuelta.

Reemberto y yo (ya se sabe que los varones somos más tontos y más flojos) no podíamos dejar de llorar; aunque no sé porqué, si en verdad no estábamos tristes. Dios, si es que estaba allí, no parecía haberse molestado con nosotros, porque ni detenía el columpio ni hacía saltar chispas de las ramas del sauce, y el bisabuelo seguía con su sonrisa, que era seguramente su gesto preferido, porque ése fue el que eligió para llevarse a donde fuera que después se fue. La leña del brasero, donde el tío Vicente calentaba la tetera para tomar mate, nos vino bien para sahumar la misa. Hojas frescas y humo, y unas gotas de agua destilada de la máquina torneadora (a falta de agua bendita) y unas palabras que saqué de no sé qué recuerdo (“ñan arca cu-cú que desbarranca, toca tarro escalera, vuela bajo y antarca”) dieron resultado.   

Entre tanto zarandeo, entre tanto oficio visto, o escuchado, o soñado, o supuesto, o inventado, el bisabuelo dijo alguna cosilla entre dientes; el bisabuelo dijo algo así como “Verge Maria, mare de Déu” (una frase incompleta, pero respetuosa), mientras una orquesta campesina, con tamboriles y zampoñas, a lo lejos, más allá de la vista, más allá de la imaginación y más allá del ánimo, tocaba una melodía de su tierra, que iba y venía con el viento, como un columpio inexistente. En fin. No tuvimos tiempo de treparlo a la hamaca, o no nos animamos, pero el trámite funcionó, con todos sus condimentos; y Dios (invisible, o desinteresado, o haciendo la siesta junto a la parentela) no dijo ni mú.

Han pasado casi tres años desde el velorio y, todavía, cada vez que nos encontramos con Anaclara, Reemberto y Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús, no logramos hablar de esa siesta de verano en la que el bisabuelo muerto, mientras todos dormían, dijo alguna frase bajo una lluvia de hojitas verdes.

Cuando el giro del columpio ya no permitió que Anaclara llegara hasta alguna rama, dimos por terminado el rito: levantamos de la silla al bisabuelo, hicimos el camino inverso y lo acostamos nuevamente en el cajón; encendimos las velas, abrimos la puerta de calle y nos sentamos en un banco de madera, al aire libre, a esperar que comenzaran a despertarse los intratables dormilones.

“¡Juicio, juicio!” dijo alguien entre bostezos, y ese fue el comienzo de la vuelta a la realidad. Luego siguieron otros bostezos, algunas toses, una que otra frase sin el menor sentido, mientras todos, de a uno o en conjunto, se alisaban las ropas, se miraban de reojo y se componían el peinado, para que los otros (tan dormidos como ellos) no se diesen cuenta de que, aún con el cuerpo allí presente, igual se habían echado una siestita.

A las 5 de la tarde empezaron a llegar maestras con guardapolvos y gente desconocida para nosotros. Allí nos enteramos de que, entre sus múltiples trabajos, el bisabuelo también había sido jardinero en la escuela del barrio. Cuando llegaron once muchachos muy transpirados, con camisetas rojas y una pelota de fútbol, nos enteramos de que el bisabuelo también había sido aguatero en el Club Persevera y Triunfarás. Alguien, no sé quién (un tío, un vecino, un desaprensivo) dijo “Se apagó como un fosforito”. Otro (no menos tío, ni menos vecino) dijo “Murió como un pajarito”, y todo siguió así: tarde, noche, madrugada, mañana y mediodía. Por suerte nadie dijo que Dios se lo había llevado con él. Anaclara, Reemberto, Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús (¿puedo decirle Licha?) y yo, suspiramos aliviados.

Cuando a las 2 de la tarde llegaron los empleados de la funeraria para cerrar el ataúd, el tío Vicente y su esposa (sin poder explicárselo todavía) continuaban encontrando y sacando hojitas de sauce de entre las ropas del muerto.

El bisabuelo, impecable como siempre (a pesar de la larga jornada), seguía sonriendo.


Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016).

 

martes, 7 de abril de 2026

A REY MUERTO, REY PUESTO

Rogelio Ramos Signes

No sé jugar al ajedrez. Nunca supe y, tal vez, ya nunca aprenda. Un mal maestro me enseñó solo a comer las piezas del contrario, y mi propio desinterés hizo el resto. Ninguna jugada preparada adorna mi ingesta de sacrificados peones y de incautos alfiles. Ningún destello de mi imaginación inventa movidas arriesgadas. No obstante eso, sé que siempre hay alguien peor.

Hoy me sucedió algo que da peso a esta afirmación. Yo estaba sentado a mi mesa de siempre en el Bar y Billares “El Ocioso” cuando se presentó un joven de aspecto inquietante; no porque atemorizara, sino porque parecía estar a minutos del suicidio. Me estiró su mano pálida y sin fuerzas, como si me extendiera una empanada fría sobre una servilleta de papel, se presentó como “Lucio Negador, flogger”, se acomodó el mechón de pelo que le tapaba el ojo izquierdo, para que se lo cubriera todavía más y, sin mayores preámbulos, me dijo “Yo juego con las negras”. Se sentó frente a mí y empezamos. Alguien le habría dicho que yo era presa fácil, porque creí ver en el brillo de la múltiple ferretería que perforaba y adornaba sus labios y sus cejas cierto festejo prematuro.

El mozo, que se había acercado para ver si íbamos a pedir algo, nos vio tan concentrados en el juego que estábamos a punto de iniciar que se retiró sin preguntarnos.

Apenas iniciado el juego, sin ningún motivo que lo justificara, tomó su rey y lo tiró al cesto de la basura. Mientras lo sustituía por un sacacorchos, de esos que parecen un hombrecito con los brazos a los costados, gritó con una voz finita “A rey muerto, rey puesto”.

Como no entendí que pretendía y como tampoco quería entablar una conversación con él, seguí en lo mío y en pocos segundos le comí dos peones y un caballo. Con gesto heroico (supongo) tomó el sacacorchos que ocupaba el lugar del rey, lo tiró al cesto y lo cambió por un paquete de galletitas saladas, mientras gritaba otra vez “A rey muerto, rey puesto”. Otros dos peones, un alfil y una torre fueron mi botín de guerra, al tiempo en que Lucio Negador, el flogger, gritaba “A rey muerto, rey puesto” por tercera vez, y tiraba a la basura el paquete de galletitas sustituyéndolo por un embudo de plástico.

Tras un segundo viaje inútil hasta nuestra mesa, el mozo del bar volvió a retirarse haciéndose cruces sobre la boca y besándose el nudillo del pulgar derecho.

No sé si tiene sentido seguir relatando esa partida de ajedrez que le gané con la técnica del tenedor libre (le comí todas las piezas), pero quisiera aclarar algo. Yo reconozco jugar mal, por falta de interés y por haber tenido un mal maestro; pero ¿quién le enseñó a jugar a este sujeto que cambiaba su rey por un miserable embudo de plástico?

Creo que corresponde precisar que cuando le dije “Jaque mate”, su rey ya no era un embudo, sino una manzana verde, luego de haber sido un ridículo osito de peluche. También corresponde que aclare que en cuanto le di el jaque, me levanté y me fui, dejándolo allí con su manzana, no fuera cosa que él considerara que había llegado el momento de suicidarse y mañana saliéramos en los diarios.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016).

 

 

 

jueves, 12 de marzo de 2026

VEINTISIETE INTENTOS DE APROXIMACIÓN A JUBIPÉN ITSARA (EL GAMULANO)

Rogelio Ramos Signes

 

1. Cansado de vivir de sus defectos, Jubipén Itsara (El Gamulano), una tarde en que ladraba a las ruedas de un camión, optó por ser normal.

 

2. Alicia, y no Gladys ni Estela, fue quien descubrió la metamorfosis de Jubipen Itsara (El Gamulano) a pesar de cuanta cosa diversa pueda escucharse por ahí.

 

3. Desde niño Jubipén Itsara gustaba discutir a sus vecinas, conspirar con sus compañeros de manualidades, e inventar frases célebres. De allí lo de Gamulano.

 

4. Huérfano e insigne desde el primer día de su vida, Jubipén rondó las talabarterías buscando su propia identidad, pero sólo contrajo el vicio de los verdugos misericordiosos: el silencio.

 

5. Buscando su propia identidad fue que Jubipén dio con un alquimista liberal y un latinista retirado. De allí lo de Itsara.

 

6. Si a cada Jubipén (es tradición) corresponde un Itsara; a cada Jubipén Itsara corresponde una Iracema Snif, con quien se casó a la medianoche de un 31 de diciembre, saludados por las bombas, cornetas y petardos de todo el país; tal vez de todo el mundo.

 

7. La vida del matrimonio Itsara fue un martirio, si también se entiende por martirio la sucesión de los días pendiendo de una cruz (pasatiempo que practicaron), con las manos agujereadas, una corona de espinas y todo eso. “Hoy por ti, mañana por mí” fue el lema del matrimonio, mientras se flagelaban mutuamente según cayeran los dados sobre un plato odiosamente cóncavo.

 

8. La joven Snif, esposa de Jubipén Itsara desde un 31 de diciembre a la medianoche, nació de mujer mulata y de granado alemán. Por eso aullaron los coyotes. Por eso menguó la luna y perdió brevas la higuera. De allí Iracema.

 

9. Iracema Scherwitz, esposa de Jubipén y madre de un talento menor nacido hacia la primavera, adquirió el llanto como única forma de expresión. Por eso Snif.

 

10. Jubipén Itsara (El Gamulano) fue hombre de hogar, hasta donde el hogar se lo permitió, y ciudadano de cada bar que acertó a inaugurar en su camino.

 

11. Cuentan que Jubipén era diestro para las tareas manuales, parco para los besos y un tanto distraído.

 

12. De la primera distracción surgió Caifás, un talento menor nacido hacia la primavera. Se dice (sólo se dice, porque no hay archivos) que los primeros días del crío fueron un tormento.

 

13. Hacia la primavera, y en el espacio que va del 14 al 15 de noviembre, Alicia Estrázulas de Varela y Cross redescubrió al Gamulano, pero ya era tarde.

 

14. Sobrecogido por los espacios interiores de su infancia, Jubipén Itsara abandonó los vicios del destete; fijación oral a la que hizo añicos una noche de cigarrillos, gomas de mascar y alguna ginebra.

 

15. Temeroso de todo lo que no fuese natural, Jubipén Itsara fundó el Club de Enemigos de Jubipén Itsara, secundado por un descendiente directo de Rousseau y el más serio biografista de Lao Tsé.

 

16. En la Universidad Taoísta de su barrio, exactamente, fue que Jubipén instaló un quiosco de emparedados y gaseosas. El "Tao-Te-Ching" (que así se llamaba) le dejó pérdidas cuatro semanas antes de inaugurado y un peligroso indicio de reumatismo articular.

 

17. Distanciado a muerte de los naturalistas del Club de Enemigos de Jubipén Itsara, y a la vez escapando a los acreedores del "Tao-Te-Ching Nourishing Kiosk", conoció a Blonda Cruz, la mujer vegetal de pájaros en la cabeza.

 

18. Iracema Snif y Blonda Cruz inspiraron a Guay Descartes la novela éxito del último verano.

 

19. "Hombre perro, mujer llanto, niña olivo" fue llevada al cine por los franceses, a la televisión por una cooperativa de California, y al video por un ejecutivo de Madrid.

 

20. Libro condensado en Colombia, prendedor en Buenos Aires, historieta en México y remera estampada en Alabama, la novela de Guay Descartes dio la vuelta al mundo en menos de ochenta días.

 

21. Como toda historia que pierde intimidad, la historia del Gamulano fue una guía telefónica. ¡Una tortura!

 

22. Pobre, desnutrido y prematuramente avejentado, Jubipén Itsara fue a la vida lo que un príncipe ruso en el exilio fue a París: suspiros y destellos.

 

23. Alicia, y no Gladys ni Estela, sino Alicia Estrázulas de Varela y Cross murió de amor por lo imposible, por el tiempo y “por un hombre pobre, desnutrido y prematuramente avejentado, como un príncipe ruso en el exilio”. Jubipén. Jubipén Itsara. Jubipén Itsara (El Gamulano) fue el peor de los verdugos: la mató con la indiferencia.

 

24. Caifás Itsara, un talento menor nacido en primavera, ingresó al ambiente de la gente linda de la mano de su madre y en brazos de su padrastro Lucas, un cantante belga que vendía bien en aquella temporada.

 

25.  Loco y triste de locura y tristeza elementales, Jubipén reflejó su desgracia en un viejo espejo durante los 29 primeros días de un mes que no fue febrero.

 

26. Imaginando desenlaces felices para un radioteatro que auguraba truculencias, fue que Itsara, sin saberlo, ingresó al bovarysmo.

 

27. Una tarde en que miraba fornicar despreocupadamente a dos hormigas, Jubipén Itsara (El Gamulano) cansado de ser normal, optó por ladrar a las ruedas de un camión.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016).

 

sábado, 14 de febrero de 2026

NOMBRES, APODOS Y FECHAS

Rogelio Ramos Signes

a mi hermana Lucía 

 

 La tía Karen se llamaba Juana Limosnera; Juana Limosnera Charinou, exactamente; pero sus amigas del Loteo Arco Iris le decían Karen, porque era una moda de entonces ponerse un seudónimo al estilo de las actrices del cine. Con el tiempo el “Karen” de la tía Karen se convirtió en Karen Chari, simplemente porque abundaban las Karen en Barrio Tejedor y en Villa Llíber y en el Loteo también.

Juana Limosnera Charinou había nacido el 12 de noviembre del año 42 al fondo de una carpintería que su familia alquilaba en las afueras de la ciudad. Sus padres eran chipriotas; y ella, al igual que sus tres hermanas mayores, argentina. Asistió a una escuela pública, como todos los niños de su barrio, y paralelamente trabajó como mandadera en la fábrica de dulce de leche de su tío Doro Claridepirgos. El dulce de leche Tío Doro era el dulce del barrio, por excelencia; así como las papas fritas Don Abel eran las papas fritas de la zona, sin otras que las igualaran.

Perpetua Charinou, hermana mayor de Juana Limosnera (o de Karen, o de Karen Chari, como se prefiera) había nacido el 6 de marzo, pero siempre festejaba su cumpleaños dos días antes del comienzo de las clases, cayera cuando cayera, ya fuese el mismo día, o a fines del mes anterior, o bastante entrado marzo.

Bartolomea Charinou, su otra hermana, era la artista plástica de la familia. Desde muy pequeña dibujaba con gran soltura y poseía el don natural de resolver con pocos trazos caricaturas verdaderamente imaginativas.

Exuperancia, la menor de las tres mayores, que por algún motivo desconocido (sugerencia de vecinos, discusión de último momento, o la casualidad que en ese punto viniese al caso) fue la única en ser anotada también con el apellido de la madre (Claridepirgos) pero a la española; es decir, al final; y fue también la primera en dejar la familia. Exuperancia Charinou Claridepirgos huyó con un gitano revendedor de colchones usados de pueblo en pueblo; y fue, también, la primera en regresar al seno familiar, a hacer un silencio total sobre esa etapa de su vida y, con el correr de los años, a hacerse cargo de los ancianos padres, sin vocación para ello pero también sin renuncias.

En la misma escuela a la que asistieron todas las hermanas, o en el mismo barrio (conocido como El Loteo) donde ellas crecieron, se gestaron los apodos que luego las cuatro mujeres usaron el resto de sus vidas. Perpetua sería Jani; Bartolomea, Gala; Exuperancia, Perla; y Juana Limosnera, Karen, ya se dijo, o Karen Chari, que también se dijo. Los apodos elegidos por sus compañeritas cada vez que una de las niñas fue ingresando a la escuela, o fue incorporándose a la vida social del barrio, desagradó a sus padres; pero ¿para qué negarlo? los nombres elegidos por ellos para bautizar a sus hijas nunca fueron del agrado de las niñas. Ellas hubiesen preferido llamarse Rosa, o Cecilia, o Stella Maris (muy en boga por entonces), o Graciela. ¡Pero no!

El paso bautismal de Bartolomea a Gala fue casi una necesidad para la segunda de las niñas Charinou; por un lado, porque en la escuela las maestras habían comenzado a decirle Segunda, sólo porque su hermana Perpetua ya tenía dos años de antigüedad en el establecimiento educativo, lo que la convertía en la primera; y por otro lado, porque el nombre Bartolomea había pasado a ser una broma despiadada, típica de la edad. Las otras alumnas (digamos las apodadas Dorothy o Greta o Marilyn) se encargaban de hacer circular la insidiosa pregunta: “¿Qué hace Segunda mientras Bartolo mea?”.

El 6 de marzo, con un almuerzo solemne y muy medido, la familia recordaba a santa Perpetua de Cartago, muerta involuntariamente a manos de un joven gladiador; inspiradora del nombre de la mayor de las hijas. A la noche otra era la historia. Perpetua Charinou (convertida en Jani) salía con sus amigos a dar vueltas en motocicleta por el parque, a beber cerveza negra y a escuchar discos de Elvis en la fonola del bar Babilonia.

El 24 de agosto (día de san Bartolomé), Bartolomea, sus hermanas, sus padres y su tío, repetían el sobrio rito del almuerzo en familia, en honor al apóstol despellejado en el siglo I por un salvaje rey pagano. A la noche, Bartolomea (es decir, Gala) posaba desnuda para su amigo Juan Carlos Sánchez que poco y nada sabía de pintura, pero que ponía mucho empeño en el uso del pincel y alentaba a su manera a la futura artista, retratándola año tras año. Si eso la convertía en Gala es una referencia que escapa a los datos que maneja este escriba.

El 12 de noviembre el almuerzo familiar era consagrado al patriarca de Alejandría san Juan Limosnero, prematuramente huérfano. Con una bendición a las apuradas y siempre con un libro bajo el brazo (que era parte del atuendo de los años 60) Karen Chari se despedía de cada uno de los comensales con un beso a la argentina (es decir, en la mejilla derecha) y desaparecía por quince horas. Por entonces, nadie sabía adónde iba; y hoy tampoco lo sabemos. Tal vez ese sea (aunque no lo creo) el motivo de este relato. Pero veamos por qué camino nos lleva la descomedida prosa.

Finalmente, el 30 de diciembre, cuando la cocina ya rebosaba  de comidas exquisitas a la espera de la gran fiesta del día siguiente, la familia Charinou, en sentido recogimiento, rezaba por el alma de san Exuperancio de Asís. Qué cosas hacía Exuperancia (alias Perla) llegada la noche, era otra de las tantas incógnitas de esta ligera biografía de familia. Mientras ella vivió con el gitano, todas son suposiciones al respecto; pero cuando volvió del exilio, su destino, por lo general, fue el dormitorio cerrado con llave y por voluntad propia.

Enemiga acérrima, por entonces, del santoral que había inspirado a sus padres en la elección de nombres decididamente a contramano con los gustos de la época (¿o de las épocas? ¿o de todas las épocas, sería la correcta manera de expresar?), Karen (ex Juana Limosnera Charinou) incendió, al descuido, la biblioteca parroquial y se inscribió como alumna en una academia de danzas modernas. Por sus condiciones naturales, por su imaginación, pero sobre todo por su empeño, en apenas seis meses se convirtió en la primera bailarina del grupo, en la cara visible de los afiches que empapelaban la ciudad promocionando actos culturales, y en “firme promesa” para el nuevo cine nacional. Protagonizó dos películas en quince días, dirigida por un cineasta belga enrolado en el cine de bajo presupuesto.

Un productor norteamericano (un irreverente de esos que a todo lo miden con el diámetro de un dólar), que abominaba de esas “películas baratas”, pretendió lanzarla al estrellato en el Gran País del Chicle e inventarle un seudónimo a partir del apodo que ya tenía Juana Limosnera. En pocas palabras: quiso que Karen Chari se convirtiera en Karen Milk. Y, casi al pasar, pretendió que le hicieran cirugía estética en la nariz, en el mentón y en el rasgado de los ojos, además de hacerse implantar grandes prótesis plásticas en los senos, para que estos concordaran con su nuevo apellido. Salvo por algunos detalles, aquel hombre tenía todo más o menos claro y se lo dijo, café de por medio: la primera película que haría con Karen Charik se titularía “Bébeme (pero no te indigestes)”, la segunda “Eso les pasa por golosos”; pero, antes de que lograra proponerle el título de la tercera película, debió salir corriendo en busca de un odontólogo con parte de sus dientes en la mano.

Famosa desde entonces, también, por su carácter enérgico y por su feminidad de bien, Juana Limosnera Charinou, alias Karen Chari la Pocas Pulgas, dio la vuelta al mundo con su nuevo espectáculo musical. “Stupid, go home” (tal cual el título) la llenó de aplausos, críticas favorables y dinero.

Así pasaron los años. Así el señor Charinou dejó la vieja carpintería y se asoció con su cuñado Doro Claridepirgos en la fábrica de dulce de leche por mucho tiempo. Así ambos transfirieron la fábrica a parientes más jóvenes y se jubilaron. Así cada uno puso en el país su cuota de esfuerzo, de alegría y de desazón; su cuota de vida. Así. Así. Así. Hasta que el 12 de noviembre de 1992, el mismo día que cumplía 50 años, Karen Chari (la consagrada y talentosa y envidiada y admirada Karen Chari) regresó al país, a la provincia, a la ciudad y al barrio que la habían visto nacer.

Apenas traspuso el umbral y abrió la puerta encontró a sus padres y a su tío Doro en torno a la mesa familiar, rezando una oración en honor al patriarca chipriota que hacía medio siglo le había dado su nombre a aquella deliciosa chiquilla. “Acá toy” dicen que dijo, haciéndose la gachona. Se dicen tantas cosas. Se habla de regresiones. Se complica lo simple. Lo cierto es que ninguno podía creerlo. Les costó reconocerse, pero se abrazaron y llenaron todo de una extraña algarabía, resuelta sin palabras en honor a la hija que, tras tantos y tantos años, volvía al hogar paterno para quedarse, para serenar su ánimo, para reubicarse en los viejos espacios abandonados, para gozar de los logros alcanzados en la distancia y también para “hacerse cargo de los viejos” como dicta la tradición. Hasta la propia Exuperancia, que vivía encerrada en su habitación desde el fracaso de su huída con aquel gitano, salió a ver qué pasaba. Envejecida y huraña dentro de sus casi 53 años se encontró con todo el éxito y con toda la seguridad de su hermanita menor abalanzándose sobre ella para abrazarla, para decirle “Perla. Perla. Perlita querida”, un apodo que pertenecía a viejos mundos: es decir, al pasado. Y lloraron y se besaron y la vida les recordó que todavía quedaba mucho camino por delante y que un gitano de mierda era sólo eso; un pobre ser humano que deshonraba a la comunidad húngara, y a la comunidad chipriota, y a la comunidad argentina, y (ya que estaban) a cada uno de los vecinos de aquel barrio de trabajadores llamado Loteo Arco Iris, aunque ya no fuera un loteo; pero, ya se sabe, que los nombres no siempre tienen relación con las cosas. Y ése, aunque no lo parezca, podría ser el motivo de este informe.

Hacia la noche, cuando los padres ya descansaban, Juana Limosnera y Exuperancia (es decir: la recién retornada Karen y la recuperada Perla) visitaron a su hermana Bartolomea, alias Gala, que se reponía de un largo festejo hispano-chipriota que había durado un mes y que había sido el corolario del casamiento de Gregoria, su única hija, con Celso Fernández, último contador de la fábrica de dulce de leche Tío Doro y actual gerente del establecimiento.

Una hora más tarde, Karen, Perla y Gala se dirigieron hacia un country privado, en las afueras, para encontrarse con Perpetua, la mayor de las cuatro hermanas, a la que (salvo una que otra amiga de la infancia) ya nadie le decía Jani. Perpetua había enviudado dos veces en el mismo día. Su primer marido había muerto en un accidente de aviación en el cual, por esas casualidades que le agregan encanto a las desgracias, también viajaba su segundo marido. Perpetua tenía cuatro hijas (dos de cada matrimonio) que vivían todas en diferentes países, había olvidado definitivamente su amor por las motocicletas y por la música de rock, y había logrado hacerse de una fortuna considerable produciendo papelería comercial: hojas membretadas, tarjetas en relieve, anotadores y otros artículos de oficina. ¿Quién no tuvo alguna vez una Agenda Perpetua? Fruto de la oportunidad, también, y del mandato inconsciente que imponen ciertos nombres, las agendas imaginadas por Perpetua Charinou crearon un estilo y un producto genérico, totalmente ajeno al transcurrir de los años. Porque, a decir verdad, con el apodo Jani (escrito Honey, o como fuera) ¿qué se podría haber hecho más allá de un cuadernito de 16 páginas?

A partir de aquel inolvidable 12 de noviembre la vida se convirtió en un acogedor remanso para el viejo matrimonio Charinou Claridepirgos, que pudo asistir a la plácida madurez de sus hijas (mujeres sin hombres, pero felices; aunque tal vez, felices por eso).

El 9 de julio, cuando el país se llenaba de escarapelas y de escenarios folclóricos desbordados de zambas y chacareras para festejar otro aniversario del histórico congreso, nació la primera bisnieta de los bisabuelos inmigrantes. Gregoria había dado a luz, mediante cesárea (como lo imponía la medicina comercial de entonces), una hermosísima niña de ojos absortos y cráneo soberbio. Los bisabuelos, como era de esperar, apelaron al santoral para averiguar qué nombre le había caído en suerte a la angelita, y también para saber a la protección de qué mártir habría que encomendarla.

Si todo seguía su curso normal (si los deshielos continuaban sucediendo en las altas cumbres y si los peces todavía nadaban bajo el agua) la niña tendría que llamarse Verónica, que era un nombre puesto a rodar nuevamente con bastante aceptación, alguien le bordaría una “ve corta” en cada ropita, la harían hincha del club Vélez Sársfield y le enseñarían a saludar elevando los dedos índice y mayor bien abiertos. En fin. “Y luego le diremos Pocha, o Cuqui, o Carucha, nunca Verónica, ironizó la tía Karen, Karen Chari, nunca Milk, nunca capricho del prepotente Norte. Pero esta vez no, queridos míos. Su santa no sufrió por ella, así que ella no sufrirá por Verónica. Se llamará como su madrina y su madrina será la tía Exuperancia, y nadie la llamará Perla y será muy feliz a pesar del nombre.”

Y como se produjo un silencio que nadie se atrevió a cortar con un rezongo, o con un argumento de esos con los pies sobre la tierra, quedó decidido que la pequeña se llamaría Exuperancia, como su tía-abuela, y que no le dirían Perla (ni Pinky, ni Chiche, ni Lala), y que no permitirían que alguien se riera de nombre tan antojadizo para una pequeña nacida en el día de santa Verónica (la monja del corazón herido), y que no tendría por qué aparecer un gitano en su vida a envolverla con palabras falsas, ni alguna de esas lacras. Y aunque en las altas montañas siguieron produciéndose los deshielos y los peces continuaron nadando bajo el agua, ni siquiera Celso Fernández (padre de la criatura y propietario de Dulces Tío Doro) se animó a decir “¡Me cacho en estos chipriotas!”. Esa vez la palabra no escrita fue la palabra escrita.

La niña de los ojos absortos creció, heredó Dulces Tío Doro (que con el tiempo pasaría a ser Exuperancia Lácteos) y comprendió que la enérgica tía Karen, la autora de “Stupid, go home”, tenía razón una vez más: “Los nombres no convierten una cerca en una fortaleza. Las fortalezas, si cumplen su cometido, terminarán mereciendo su propio nombre”. ¿A quién se le hubiese ocurrido ponerle un apodo al bondadoso pero enérgico tío Doro? ¿Quién hubiese comprado una amariconada Agenda Jani?

El tío Doro no llegaría a ver los carteles que en la ruta anunciaban los encantos de Exuperancia Lácteos; los bisabuelos Marto Tecuso Charinou y Fredesvinda Claridepirgos, sí los vieron, pero ya estaban tan viejos que tal vez no lograron interpretar esa prepotencia de los nuevos tiempos.

Dios no le dio hijos a la tía Karen. Le dio, sí, un nombre inmisericorde que no pudo defender (Juana Limosnera; justo a la enemiga natural de la limosna), le dio la valentía de valerse por sí misma, la suerte de hacerse respetar, el reconocimiento de lograr que la quisieran, el elogio de que algunos buscaran sus consejos. Lo demás es mera anécdota. Las fórmulas fijas no se repiten, si no el mundo ya habría volado en pedazos de puro aburrido. Fue el apodo Karen, también, lo que convirtió a la tía Juana Limosnera en un ser contradictorio y único. En el error de fábrica empezó a tomar forma su encanto. Repito “En el error de fábrica empezó a tomar forma su encanto.”

Desgraciadamente esta frase no entró en su lápida por más que lo intentamos.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016). 

sábado, 22 de noviembre de 2025

EL TREN, LA LLUVIA, ELLA Y LOS CANGREJOS

Rogelio Ramos Signes

 

Cuando llegamos ya había tres personas en el coche. Como no parecían estar cansadas, pensamos que acababan de llegar; tal vez unos minutos antes que nosotros. Pero luego, cuando el señor de las botas labradas, muy amable, se levantó de su asiento para encendernos los cigarrillos, le vimos los hongos en la espalda y comprendimos que se trataba de un hombre con mucha paciencia.

En la ventanilla que daba a otras vías se reflejaba una cara. Luego de acostumbrarnos a la semioscuridad del coche, supimos que era la verdadera cara de un viajante de comercio, hombre ya entrado en décadas, que esperaba allí, como todos, el incierto momento de la partida. Por la ventanilla, también, y por la sonrisa del viajante, comprendimos que nos habíamos apresurado demasiado al sacar la comida del bolso y terminar con las hamburguesas durante nuestra primera hora de espera.

Ella me dijo que el jueves a las nueve de la mañana salía el colectivo de la escala, motivo por el cual tendríamos que hacer tiempo en algún bar; algo más de cuatro horas, tal vez. “Cuatro horas se pasan volando” le dije; y el reflejo del viajante en el vidrio volvió a reírse por tercera vez, a dos horas de estar sentados. Había demasiada neblina como para poder ver la trocha de los accidentes (así le decían) y hasta parecía que las ventanillas hubieran estado empañadas por el lado de afuera desde hacía mucho tiempo. En verdad estábamos aburridos y, tanto como para sentir algo, sentíamos frío. El señor de las botas se ajustó la corbata y nos estuvo mirando hasta bastante tarde.

La tercera persona, aparte de nosotros, era un joven de anteojos oscuros, recostado en actitud indiferente junto a una pila de libros. La cuarta, que subió dando saltitos de pájaro mientras yo intentaba iniciar una charla con el joven de los anteojos, era una mujercita diminuta de flequillo y traje sastre, que en cuanto ocupó su asiento lo primero que hizo fue preguntarle a ella si ya habían pasado pidiendo los boletos. Ella me miró y me dijo que la mujercita se parecía mucho a su prima de la posta. “No. No han pasado pidiendo los boletos todavía” le contesté a la del flequillo, y le recriminé a ella su mala costumbre de no contestar a las preguntas.

Esa noche el hombre de las botas labradas posiblemente tuvo una pesadilla, porque se levantó varias veces y quiso estrangular al viajante de comercio, que terminó corriendo a lo largo del pasillo y por entre los asientos desocupados, amenazándolo con un cuchillo. “Después de cuatro meses uno se acostumbra” dijo el joven de los libros, y casi al amanecer logró dormirse. La segunda pregunta de la pasajera del flequillo hizo sonreír nuevamente la cara del viajante reflejada en el vidrio: “¿Se puede saber a qué hora sale este tren?”.

Al día siguiente, bastante temprano, oímos la campana de la estación, y tres o cuatro horas después, cuando estábamos a punto de discutir, volvimos a escucharla. Ella, con mucha resolución, me dijo que iba a ver si alguien podía servirnos el desayuno; pero, al cabo de quince minutos volvió desorientada, y ya no quiso abrir la boca ni siquiera para protestar. Es muy raro que se quede callada tanto tiempo seguido, pensé. En una de ésas, el viaje es la solución.

A media mañana el joven despertó de un salto, desparramando los libros por el pasillo. “Conmigo no se meta” le gritó al señor de las botas labradas, mientras éste, sin moverse de su asiento, le contestaba que a él ni lo tenía en cuenta. La mujer del flequillo, indiferente a esa rencilla, se puso a hojear algunos libros. Luego, cuando el joven se calmó (o cuando terminó de despertarse), intercambió con él algunas opiniones, en voz muy baja pero que igual llegaban a mis oídos, acerca de una novela policial en la que el muerto implícitamente hacía recaer las culpas sobre un mayordomo imaginario. A poco de escuchar la conversación, supuse que en un par de semanas, a lo sumo, esa pareja daría que hablar dentro del vagón.

A la tarde, desde la banderola del baño, me llegaron unos silbidos como de alerta y un ruido de pasos a la carrera. Yo estaba intrigado por unas cucarachas muertas y endurecidas que encontré junto al inodoro, y no le presté atención a lo demás. Recién cuando volví a los asientos del coche me di cuenta de que alguien se había sentado junto a ella, que en ese momento estaba ofreciéndole pastillas en forma de corazoncitos, y que luego se presentó como no sé quién, profesor de educación física.

Hacía tiempo que no hablaba tanto de fútbol como esa noche. El profesor, según dijo, viajaba para presentarse en un programa de preguntas y respuestas en la televisión sobre el tema de la selección nacional. En una libreta tenía consignados algunos nombres que le costaba memorizar, pero no eran más de una docena. Sabía formaciones completas de equipos de cincuenta años atrás, y recordaba hasta en los mínimos detalles las jugadas que llevaron a los goles definitivos. En los días que siguieron fuimos entrando en confianza, tanto que, a pedido suyo, yo iba tomándole algunos datos fundamentales, que posiblemente figuraran en las primeras preguntas del concurso. A veces, como una forma de descanso, formábamos seleccionados posibles (sin preocuparnos por las diferentes épocas de los jugadores) e imaginariamente los hacíamos enfrentar con tal o cual equipo extranjero. Fueron días muy buenos, hasta que surgieron dos problemas difíciles de superar; eso nos hizo sentar en diferentes puntas del coche. Primero: que sus datos referidos a muchos años atrás no siempre concordaban con las anécdotas de fútbol que mi padre me había contado (sagradas para mí) y discutimos muy fuerte. Segundo: que empecé a darme cuenta de que ella se sentía atraída por él.

Cuando la chica del flequillo, al cabo de diez días, se cansó de preguntar qué pasaba con el tren que no salía, comenzaron a aparecer cucarachas muertas bajo las botas labradas del anciano, que, al parecer, dormía imperturbable desde la tarde anterior. Por entonces ya era compañera de asiento del joven de los libros, e imaginé que se acostaban juntos en cuanto vi forzada la puerta del otro vagón.

Creo que fue durante una siesta cuando hicimos por primera vez las paces con el profesor de educación física (digo por primera vez, porque hubo otras dos). Él, incluso, fue quien me dijo que el viajante de comercio (que seguía reflejándose en el vidrio de la ventanilla) no era lo que decía, sino un agente del gobierno con funciones secretas a cumplir dentro del mismo vagón. Por eso cuando ella, en voz baja, preguntó qué se traería entre manos, el profesor dijo que el joven de los libros tampoco era lo que aparentaba, sino un activista estudiantil de “nebulosa trayectoria”, palabras textuales. De ahí en más, como si se hubiese desencajado algún elemento en un rompecabezas comandado por nadie, la joven del flequillo comenzó a peinarse hacia un costado, adoptando unos anteojos redondos de muy poco aumento. La incógnita, por entonces, siguió siendo el señor gordo de las botas labradas que ya llevaba un día sin despertar.

Para ayudar a la convivencia, centramos nuestro reducto de acción en el baño. Todas las mañanas ella barría las cucarachas muertas, y después de la campana desayunábamos con las provisiones del profesor, que parecían multiplicarse bíblicamente y hasta amenazaban con durarnos toda la vida. Hicimos un juramento que no caducaría ni siquiera cuando el tren hubiera partido, en el caso que el tren partiera alguna vez. Fijamos un código de señas especiales con los dedos de la mano derecha, e incluso nos dispusimos a la lucha frontal en cuanto el pasaje no respondiera a los movimientos previstos.

Dos días después vino el segundo problema con el profesor, cuando descubrí que quienes habían descalabrado la puerta del otro vagón no eran los jóvenes estudiantes, sino él en acuerdo con ella. Al parecer, la acción era simple y había contado con la complicidad silenciosa de todos: ellos esperaban que yo me durmiera, para ir a revolcarse entre los asientos, en unas orgías que duraban hasta el amanecer. La chica de lentes (la ex joven del flequillo), ajena a nuestras sospechas acerca de su relación con el muchacho de los libros, dijo que había visto al viejo gordo mover una mano; eso quería decir que ya no dormía más, luego de tres días seguidos. Por ese motivo empezamos a zamarrearlo y, como no logramos que despertara, lo tiramos al suelo y le sacamos las botas labradas (que son las que ahora llevo puestas). Recién fue cuando empezamos a despegarle los hongos de la espalda y de la nuca que el vagón se llenó de ese inconfundible olor a cadáver que anticipa el tránsito entre dos estados. Esa fue la primera vez que vimos la cara del viajante de comercio fuera del reflejo en la ventana, inclinada sobre el pecho del gordo descalzo, haciendo muecas de dolor, desesperándose por hablar y finalmente dejando escapar un aullido interminable.

El profesor, que era el más friolento, se quedó con el gabán del finado, motivo por el cual discutimos mucho y casi nos golpeamos. Pero logré recapacitar a tiempo, y acepté que mi resentimiento con ese hombre venía desde que descubrí su jueguito con ella, a mis espaldas; y entonces sí, me dije que estaba mezclando dos cosas que nada tenían que ver, y lo dejé que se quedara con el gabán.

Nunca comprendí la actitud de ella, pero tampoco mi reacción; siempre nos habíamos movido con un criterio bastante amplio. Ella tenía sus amigos y podía salir sin mí cuantas veces quisiera. Pero esa vez había ido demasiado lejos, había comprometido el silencio de personas que no conocíamos, y había dejado que mi desconocimiento me pusiera en ridículo; todo eso retardó un poco más las segundas paces con el profesor.

El joven de los anteojos oscuros nos permitió que dispusiéramos de algunos de sus libros para el funeral del gordo. Con bastante esfuerzo, volvimos a sentarlo en el lugar donde había estado siempre. Como las hojas eran demasiado pequeñas para envolverlo, tuvimos que disponer de cuatro libros íntegros para poder empapelarlo hasta el cuello; y si sólo dejamos visible la cabeza fue porque el viajante de comercio no podía hacerse a la idea de que aquella cabeza de toro ya no formara parte de la pared en que la habíamos conocido.

Esa tarde, la chica de lentes y yo bajamos del coche y fuimos caminando hasta la estación. En el trayecto, no tan breve como el recuerdo que de él tenía, me estuvo contando los problemas que ocasiona el hecho de usar flequillo. “Eso calza la frente” me dijo, pero parece que era un gusto de la madre verla peinada así, y ella sufría mucho por ese motivo. “A mí siempre me gustaron las frentes bien amplias” me confesó.

Mientras caminábamos yo pensaba qué cosas la relacionarían con la muerte del anciano gordo, y trataba de imaginar hasta qué punto serían verdaderas las sospechas del profesor cuando la relacionaba afectivamente con el joven de los libros. “Cuando cumplí veinte años –me dijo– comencé a darme cuenta de que no debe descuidarse la parte física. Aunque parezca algo superficial, no lo es, porque permite que nos encontremos mejor dispuestos para enfrentar anímicamente cualquier tipo de problemas.” Luego siguió comentándome algo acerca del flequillo, relacionado con aquel tema, y yo le contesté que se la veía muy bien con el pelo hacia un costado. “Ya cumplí los veinticuatro” me dijo casi en secreto, como si alguien pudiera escucharla; y yo le contesté que apenas aparentaba dieciocho. A las mujeres les encantan esas mentiras. Lo cierto es que estábamos llegando a la primera oficina de la estación cuando vimos que un hombre, que estaba de espaldas, escribía encorvado sobre una vieja máquina. Pero al detenernos frente al transparente (todo fue cosa de un segundo), ya había desaparecido.

Estuvimos llamándolo hasta la noche, pero recién apareció dos horas más tarde para decirnos que volviéramos al vagón, que el tren partiría de un momento a otro.

Nos pareció ridículo decirle que hacía más de un mes que esperábamos la partida del tren (él seguramente ya lo sabía), así que regresamos sin ninguna prisa.

Cuando subimos al vagón, ella miró a la joven de lentes como recriminándole mi tardanza; ¿sería porque siempre pensamos que los demás son capaces de hacer lo que nosotros hacemos?; pero si de algo ella podía estar segura era de mi fidelidad. En tanto, el gordo muerto seguía supervisando, con la cabeza al descubierto, el movimiento normal de lo que sucedía y de lo que no sucedía en el coche.

No recuerdo si fue esa noche o al día siguiente cuando el profesor me acercó una aspirina para calmarme el dolor de cabeza, e hicimos las paces por segunda vez. Aunque no lo conversamos, quedó sentado que ella estaría permanentemente junto a mí; y que si él quería decirle algo, antes tendría que consultarlo conmigo. Además explicitamos un trabajo que él, y sólo él, debería realizar: tendría que ir pidiéndole al joven de lentes oscuros que le prestara los libros, de uno en uno. La idea era tratar de descubrir, a través de la lectura, su posible participación en la muerte del anciano.

Como ya dije, no sé si fue esa noche o al día siguiente cuando hicimos las paces con el profesor, pero sí recuerdo perfectamente que era cerca del mediodía cuando quise sacar mi bolso de atrás de la barandilla y, sin querer, tiré al suelo la valija de cartón del viajante de comercio. Por la propia vejez de la cerradura, la valija se despanzurró y aparecieron corpiños de los más variados modelos, tamaños y colores. No tendría sentido negar que aquello fue una sorpresa; grata, para las mujeres, y simplemente sorpresa para los demás. Recuerdo que el profesor me dijo al oído que los corpiños tanto podían ser artículos de trabajo como el motín ambulante de un fetichista degenerado. El viajante, lejos de molestarse o de sonrojarse por la evidencia, guardó todo en la valija con sumo cuidado, y dejó afuera dos corpiños, que le ofreció a las damas con un galante movimiento de cabeza. Ella quedó encantada con el suyo (siempre le gustó la ropa íntima de colores fuertes), y la joven de lentes lo guardó en la cartera, con apuro, casi sin mirarlo y sin agradecer. Totalmente metido en su papel de investigador, esa noche el profesor volvió a hacer otro tanto con la valija del viajante, que esta vez no se abrió, pero que sirvió para descubrir que el hombre era mudo.

A las ocho de la mañana, como todas las mañanas a esa hora, sonaron las campanadas y cada uno se dispuso a realizar sus trabajos habituales. El profesor, a elucubrar argumentos policiales de ínfima categoría; ella, a rasparse las uñas con una limita de acero, por si le habían crecido desde la mañana anterior; el joven de los anteojos oscuros, a marcar con trazos rojos algunas frases del libro que leía; la chica de lentes (la ex joven del flequillo, ya se dijo), a ensayar caras de extrema inocencia ante el vidrio de la ventanilla; el mudo (más conocido como el viajante, o como el de los corpiños), a resoplar por la nariz, ante la imposibilidad de decir con palabras “así es la vida”, refiriéndose a la muerte del gordo, que ya había entrado en su segunda semana de resignada descomposición; y yo, ¿qué puedo decir de mí, salvo que andaba espiando, sólo por ver si cruzaban entre ellos alguna mirada digna de recordar?

En la víspera de Navidad llegamos a la conclusión de que no teníamos con nosotros nada que pudiera servirnos para festejar esa fecha. Ellas fueron dos veces hasta la estación para ver si conseguían algo, pero sólo encontraron las ventanas y las puertas invadidas por telarañas. Sin otra posibilidad más que el desencanto, volvimos a la desazón de los primeros días. La chica de lentes y yo, de puro aburridos, comenzamos a leer los libros del joven; ella conversó con el profesor (bajo mi consentimiento, que quede claro) y descubrieron que contándose chistes, y anotándolos en un cuaderno, podían pasar un par de días divertidos; el profesor, además, me pidió prestadas las botas del muerto y se entretuvo casi una semana con eso; y entre todos nos fuimos turnando para sentarnos junto al viajante de corpiños y hacerle compañía durante sus múltiples suspiros de nariz. Puedo asegurar, sin equivocarme, que ni siquiera nos dimos cuenta de los cambios ocurridos en el nuevo año, en los que recién reparamos un mes después. A saber: la campana dejó de sonar a las ocho para sonar a las ocho y media; desaparecieron del baño las cucarachas muertas; y el pelo del profesor, antes ligeramente canoso, cobró un tinte amarillento que, desde su apariencia deportiva y ganadora, lo arrojó sin escalas a la decrepitud. Otro tanto sucedió a mediados de febrero, cuando descubrimos que desde la puerta del coche hasta la primera oficina de la estación ya no había 148 pasos de bota, sino 234; y, hacia fines de marzo, 325 pasos de mujer, lo que significaba algo así como 290 y hasta 295 pasos de los nuestros. Ya para entonces, el joven de los libros había dejado de usar los dientes postizos, lo que reveló su edad verdadera, y ella me confesó que ya no me aguantaba, pasándose los días íntegros junto al mudo. El profesor me dijo que ese era un clásico comportamiento de coquetería femenina, porque ella deseaba, en verdad, estrenar uno corpiño cada día; “hasta agotar stock” como hubiesen dicho en la radio. Entonces vino la tercera pelea entre el profesor y yo, esa vez a los golpes. Batalla en la cual yo fui el más estropeado, o el único, pero en ningún momento dejé de defenderla, atribuyéndole todos los defectos que se me ocurrieron, menos el de interesada. Pero sucedió que en esos días, casi a principios de abril, tuvimos una semana de muchísimo calor, acrecentado aún más por las chapas metálicas del coche, sin aislación alguna, y anduvimos casi desnudos. Por eso no tuve más remedio que pedirle disculpas al profesor de educación física, pues ella lució en esa semana casi todos los corpiños de la valija, convirtiendo el pasillo del vagón en la pasarela de un desfile de modas. Luego vinieron tres días de lluvia, en los que salimos a bañarnos a un costado del tren, todos amigos y sin inhibiciones, sin ningún tipo de compromiso entre nosotros, aunque el más perjudicado volví a ser yo. La chica de lentes resultó tener un cuerpo increíble bajo el pacato traje sastre, y el primero en sentir el llamado de la naturaleza fue el joven de los libros, que desnudo y mal alimentado parecía una rana escuálida. O sea que ella pasó a segundo plano frente al éxito de la chica de lentes, que sin lentes y sin flequillo era aún mejor, y creo que todos tuvimos algo que agradecerle esa noche; la primera noche de lluvia.

Casi al amanecer, por sobre el ruido ensordecedor del agua golpeando en el techo del vagón, oímos los quejidos del joven que, con una pulmonía y una debilidad insalvable, aullaba de muerte. Al día siguiente, tal vez por la lluvia, no escuchamos la campana, pero igual, suponiendo que ya había sonado y como el joven hacía varias horas que no respiraba, comenzamos a rodearle el cuerpo con las hojas de los libros que quedaban, hasta cubrirlo completamente. Luego lo sentamos junto al bulto de papeles descoloridos que marcaban el sitio donde alguna vez hubo un hombre gordo, y no volvimos a reparar en él hasta que terminó la lluvia, dos días después.

Al cabo de esos dos días, el mudo tomó las riendas del vagón, que es una manera folclórica de decir que se hizo cargo de todas las decisiones. Reconozco que con gestos y señas se hizo entender bastante bien, y organizó el trabajo para detener la correntada de agua que, bajando desde el oeste, entraba por la puerta del fondo. Tal vez esos días fueron los peores, ya que no pudimos distraernos ni un segundo. No tuve tiempo ni siquiera para disculparla o para llorarla, cuando el profesor la trajo ahogada desde el otro vagón. Simplemente le dije que la tirara por la ventanilla, como habíamos hecho esa mañana con los otros dos, y le pedí que nos ayudara a sostener la puerta, porque con tantas arremetidas del agua terminaría desintegrándose.

No sé bien cuántos días estuvimos así, pero recuerdo que la mañana en que pudimos abrir la puerta sin miedo al agua tampoco escuchamos la campana. Un vaho putrefacto se levantó en los campos y también en el vagón, y si la niebla era la forma física de ese vaho, también cubrió la trocha de los accidentes y el aire, hasta mucho más arriba de nuestras cabezas. Las ventanillas chorrearon un líquido amarillento, con mucho más de viejos vómitos que de herrumbre, y el barro se endureció sobre los asientos, que crujieron penosamente resignándose al nuevo huésped.

Por entonces, a pesar de que ya nos habíamos acostumbrado a no comer, la chica de lentes volvió de una de sus excursiones con la falda llena de cangrejos, que devoramos en un santiamén y salimos a buscar más. De una de esas recorridas, que duraron desde el fin de la inundación hasta que volvió a alzarse el polvo a los costados del tren, una semana después o algo así, fue que el profesor no regresó; y, como había dejado su portafolios colgado en el perchero del baño, lo dimos por muerto en algún lugar más allá de nuestra vista. Confieso que en lo más profundo, en lo más oscuro de mis sentimientos, experimenté un alivio o una variedad de alegría que todavía no puedo descifrar.

Cuando al cabo de esa semana amainaron los vientos y se afianzaron el sol y el frío, volvimos a ver la estación, casi a la distancia de siempre, y no quisimos contar los pasos; simplemente nos echamos a caminar. El viajante abrazó por la cintura a la chica de lentes, y ella me tomó del brazo. Antes de subir a la camioneta de la policía, que colaboraba con las brigadas de salvataje, decidimos hacernos los mudos, para que no nos abrumaran con preguntas. La verdad es que eso no le costó demasiado al viajante de corpiños. Todavía me río cada vez que me acuerdo.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016). 

EL BESO DE LA DRÍADA