Mostrando entradas con la etiqueta Rogelio Ramos Signes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rogelio Ramos Signes. Mostrar todas las entradas

viernes, 21 de agosto de 2026

UNA HISTORIA MUY FÁCIL DE OLVIDAR

Rogelio Ramos Signes

                                                           

Estábamos en casa de Margarita viendo televisión, cuando cortaron la película para dar la noticia. Stella Maris fue la primera en sentirse conmovida. Se puso pálida en el acto; ella era la única de nosotros que había leído esas historias fantásticas que su padre le recomendaba a todo el mundo, y seguramente andaba sensibilizada. Después fue Manuel quien opinó que deberíamos volver a nuestras casas. Pero como siguieron pasando la película no le hice caso y seguí con Margarita frente al televisor. Stella Maris y Manuel se fueron casi corriendo, sin ningún tipo de enojo, pero recomendándonos que cerráramos bien las ventanas y atrancáramos las puertas. Luego salieron por el fondo.

No habrían pasado ni diez minutos cuando el miedo también se apoderó de nosotros. Y no fue tanto por el estado de alerta en que nos tenían a través de la televisión, sino por los vecinos que corrían gritando, las madres que llamaban a sus chicos, y por algunas armas de fuego que vimos intercambiar de casa en casa; aunque todos supieran de antemano que eso nada solucionaría.

Más o menos en ese momento cortaron la transmisión. Creo que nos quedamos con ganas de saber qué pasaría con aquel vaquero ciego llegando al pueblo, pero Margarita ya se había contagiado del temor general. Dijo, totalmente convencida, que el mejor lugar para escondernos era la parte de arriba del placard; y, mientras buscábamos una escalera, nos olvidamos de la película.

Ya estábamos bien resguardados allí (y divertidos también ¿para qué negarlo?), cuando el señor Gabrielli empezó a golpear la puerta. Decía que a pesar de habernos escondido en un buen lugar, él creía en la mayor seguridad de su sótano, y por eso nos invitaba a salir. Margarita le contestó que se fuera tranquilo, que en ese lugar estábamos bien guarecidos, que teníamos una pala para defendernos (lo que era mentira), y que muchas gracias. Ella siempre quería quedarse a solas conmigo, aunque no sé si sentiría algo especial por mí. Lo que sí resultaba notable era la satisfacción con que observaba mi asombro cuando me revelaba esas cosas tan privadas que yo no me animaba a preguntarle. Para un chico de doce años, una muchacha de veinte es la mujer total; además yo andaba abierto a todo tipo de fantasías. Vivir sus confesiones furtivamente, era vivirlas con más intensidad.

El señor Gabrielli volvió casi al instante y, desde el jardín, nos aconsejó que nos cuidáramos mucho. “La radio dice que ya viene por el Kilómetro 15 y la Calle de los Manzanos, más o menos” nos dijo. Y luego se fue, seguramente a su sótano.

En la parte más alta del placard pudimos hacer un espacio para guardar la escalera, que utilizaríamos en caso de emergencia. No sé por qué Margarita, a toda costa, trataba de restarle importancia al pánico que vivía la ciudad; decía que nosotros teníamos cosas más importantes en qué pensar, pero ignoro hasta qué punto tenía razón. Yo ya estaba arrepintiéndome de no haber corrido hasta mi casa, donde mi madre estaría con los nervios de punta suponiendo que andaba por la calle. Después sonó el teléfono cerca de quince minutos. Recién a la noche me enteré de que había sido mi hermana la que llamó con tanta insistencia. Ni Margarita ni yo, en ese momento, nos atrevimos a bajar del refugio.

Poco después de las 4 de la tarde escuchamos una explosión, y nos quedamos callados, esperando que alguien gritara. Pero el silencio se prolongó hasta las 6, o algo más, y esas dos horas fueron terribles, porque abundaron en imaginaciones tontas, en suposiciones que indefectiblemente nos llevaron hasta el borde del miedo.

Ya estaba oscureciendo cuando Margarita dijo que no podíamos seguir escondidos, que bajáramos al patio y viéramos si había alguna forma de enterarnos de lo que estaba sucediendo en ese momento. Tal vez me proponía eso porque yo no respondía a sus requerimientos en el placard. No sé. Estaba asustado. Prendimos la radio. Las emisoras locales transmitían entrecortadamente, abundaban las descargas y todo daba la impresión de que las estaciones también habían sido abandonadas.

El patio era como una fotografía de colores apagados, todo estaba quieto, detenido, en silencio; un silencio ensordecedor, molesto; un silencio que cubría el campo y la ciudad, y que parecía hacerse más despiadado en nuestro barrio. De la puerta de la cocina para atrás, el fondo era como otra fotografía pero con los mismos colores. Un trozo de papel de diario, con el que había estado limpiando el caño de la bicicleta horas antes, permanecía en el mismo lugar. Las hojas del nogal seguían amontonadas contra la puerta del lavadero, y el termómetro del tapajuntas pasaba ligeramente de los 35 grados. Fue Margarita quien descubrió que lo único que se movía era el hule que protegía las plantitas de lechuga en el fondo, casi en el límite con el cobertizo del señor Gabrielli.

Más asustados que curiosos, y sin trasponer la puerta de la cocina, empezamos a tirar piedras y cuanta cosa tuvimos a mano, para ver de qué se trataba. Primero el silencio fue sólo silencio, luego fue unos leves quejidos, y finalmente un llanto, y supimos que, fuese lo que fuese, se trataba de alguien con más temor que nosotros mismos. Luego el hule se levantó lentamente, y pudimos verla. Una calamidad. Era Stella Maris, que cuando dejó de llorar nos dijo que no había podido saltar la tapia, y que no sabía por dónde había escapado Manuel. Después nos contó que la explosión de las 4 de la tarde había sido en la usina y que por eso faltaba luz en toda la ciudad, según lo que había escuchado desde su escondite. De no haber sido por ella no nos habríamos enterado, porque cuando prendimos la radio ya había música de nuevo, a pesar de que las emisoras locales habían sido abandonadas.

Entre los tres nos armamos de valor para recorrer la zona, y fuimos siguiendo la línea de la arboleda. Si bien es el camino más largo para llegar hasta el arroyo, es allí donde las posibilidades se multiplican, por la cantidad de pasajes peatonales que van abriéndose a cada lado. La oscuridad ya había ganado el puente, cuando vimos cómo el hombrecito rubio dejaba la motocicleta contra uno de los pilotes, y luego entraba en el hueco; el mismo hueco donde en invierno sacábamos las mojarritas más grandes del arroyo. Margarita fue quien descubrió el cartel de “Peligro” en medio de la ruta (nunca había estado eso allí) y a los hombres con cámaras apostados en los árboles, como cuervos en medio de la oscuridad a la espera de algo. Seguramente fue miedo lo que nos empujó hasta el quiosco de bebidas, donde terminamos ocultándonos luego de forzar la puerta. Aquello era violación de propiedad privada, y bien que lo sabíamos, pero no sólo no habíamos entrado para robar, sino que nadie en esas circunstancias (ni la policía) iba a cuestionarnos algo. Y allí nos quedamos, casi conteniendo la respiración y tomados de la mano, mirando por las hendijas el hueco de las mojarritas, por donde el hombrecito rubio había entrado con una linterna.

Yo me puse a fabricar un avioncito con una hoja de diario que encontré en el suelo. Nunca pude saber qué significa esa manía, que tuve antes y que todavía tengo, de hacer aviones cuando estoy nervioso. Ése, como el trozo de papel era bastante grande, tenía unos pliegues especiales en la punta que le permitirían, una vez lanzado hacia arriba, hundirse en el aire con más facilidad y luego planear.

No habían pasado ni cinco minutos desde que entramos en el quiosco, cuando oímos un grito desgarrador que salía de la cueva; y luego, una orden casi silenciosa de los hombres que estaban sobre los árboles. Sólo se oía el ronroneo de las filmadoras apuntando hacia el hueco, al momento en que apareció el cíclope.

Tendría unos tres metros de alto aproximadamente, según lo que estimó Margarita. Bajo el brazo derecho llevaba el cuerpo exánime del hombrecito rubio, que con su linterna alumbraba obstinadamente hacia el descampado. En cuanto al gigante, como única vestimenta llevaba unos trapos atados a la panza; casi una tonta censura para alguien tan fuera de las normas. Eso me hizo suponer por un instante que estábamos asistiendo a la filmación de una película, con los hombres y sus cámaras y toda esa locura inexplicable. Por eso debe haber sido que, ajeno al peligro y totalmente a expensas de mis doce años, salí gritando del escondite; y tratando de hacer blanco a unos diez metros de distancia, le arrojé el avioncito al gigante ¡un hermoso planeador de punta reforzada que se elevó por sobre su cabeza, y que luego volvió a pasarle frente a su único ojo, hasta descender junto a mis pies por casualidad! Si aquello era una película, esa escena espontánea valía millones. Y volví a arrojar el avión al aire.

El cíclope estaba maravillado, siguiendo la trayectoria del avión. Su único ojo, que relucía a la altura de la frente entre una maraña de crenchas enredadas, era como un radar enloquecido siguiendo al juguetito. Y fue tan así, que maravillado de verlo girar alrededor de su atormentada cabeza, dejó caer al pobre infeliz que cargaba bajo el brazo. Deslumbrado, torpe y divertido al mismo tiempo, quiso capturar el papel que volaba, pero sólo logró despedazarlo con su manaza.

El rubio de la motocicleta cayó ruidosamente sobre el agua que corría entre los restos de los viejos pilotes. Luego el agua se volvió muy oscura, muy roja y tétricamente oscura. Allí fue cuando tomé conciencia de la realidad y eché a correr. Frente a mí todo era pasto que me azotaba las piernas, y el delator canto de los grillos. Nunca pensé que el quiosco con las chicas estuviese tan lejos, hasta que cerca de la empalizada de cañas huecas me di cuenta de que estaba corriendo en otra dirección. Me ganó el desaliento.

Casi me desmayo del susto cuando algo me tocó la espalda. Era Margarita, que me había seguido en todo momento sin que yo me hubiese dado cuenta.

Mientras sacábamos fuerzas de nuestra mutua y temerosa compañía, me dijo que Stella Maris había escapado en cuanto apareció el cíclope, y que, si todo había salido bien, ya nos estaría esperando en su casa. Esa posibilidad, esa simple posibilidad, me pareció una maravilla. Cuando miré hacia atrás, el gigante arrojaba a alguien por el aire, tratando de hacerlo volar como a un avioncito de papel. Indirectamente, me sentí culpable.

En la comisaría de la ruta había infinidad de autos detenidos. Allí estaban mis padres, desesperados, mirando hacia el puente sin poder hacer nada; también estaban los padres de Margarita. Todos lloraban de angustia, y siguieron llorando (pero de alegría) una vez que nos vieron. Un hombre gordo increpaba a un policía, tratándolo de cobarde, por no hacer fuego contra la figura maciza que en ese momento había ganado el puente. El cabo se disculpaba diciendo que si fuera por él ya le hubiese disparado, pero que eran orden superiores tratar de capturarlo con la menor violencia posible. Entre la gente que curioseaba, más allá del miedo que podía infundirle la presencia del cíclope, corría la versión que desde un helicóptero le tirarían redes para tratar de capturarlo vivo. Creo que esa noche ninguno logró dormir. Mis padres decidieron que, hasta que pasara el peligro, fuéramos unos días a casa de mi abuela, en Carcarañá. Así que recogimos un par de bolsos, y hacia allá partimos.

Al día siguiente, los diarios de la provincia en la primera página reproducían fotos del gigante (a decir verdad, más espeluznante allí que personalmente) y también confirmaban la sospecha de Margarita, estimando que sobrepasaba los tres metros de altura. El hombrecito rubio que fuera arrojado al agua, estaba fuera de peligro, con apenas unos cortes en la espalda, según la información. En un recuadro, destacada del resto, una nota informaba que un helicóptero con redes preparadas sobrevolaba la zona, al menos hasta el cierre de la edición.

“Noticia vieja” dijo mi abuelo esa mañana mientras desayunábamos. En la televisión ya habían pasado imágenes del helicóptero volviendo a la base, después de haber fracasado en el intento. El ogro de la cueva, como ya lo llamaban en todos lados, había vuelto a esconderse en el boquete que años atrás fuera la salida de las cloacas, y que para mí ha seguido siendo con los años el hueco de las mojarritas.

A la tarde la radio anunció que, en un momento de descuido de las fuerzas de seguridad, el cíclope había aprovechado para arrimarse al arroyo a beber agua, y que de inmediato había vuelto a esconderse. Esa noticia, justo es que lo diga, me pareció maravillosa. Tal vez porque lo vi de cerca, quizá porque logré despertarle algo de interés con mi avioncito, pero lo cierto es que aquel gigante me resultaba simpático; inquietante y simpático al mismo tiempo. “Como la nenita ciega con el monstruo de Frankenstein” sintetizó mi papá, y todos se rieron; pero tenían miedo.

Hacia la noche, también por la radio, anunciaron que una brigada trataba de sacarlo de la cueva utilizando gases lacrimógenos. Al parecer, toda la zona del puente había sido evacuada, y sólo quedaba el control caminero y el personal afectado al operativo.

El diario del sábado decía que era imposible sacarlo de la madriguera, y que un policía, que en horas de la tarde había entrado con un lanzallamas, no lograba salir y tampoco respondía a los altoparlantes. Sin decirlo explícitamente, se daba a entender que se trataba de una víctima fatal.

A la tarde, la televisión desmintió ésa y otras versiones que elevaba el número de agentes suicidas que se animaron a entrar por el boquete. Asimismo se informaba que un tal sargento Padilla, que había ingresado con un lanzallamas, había logrado salir un par de horas después por una grieta lateral, veinte metros más adelante. Esa grieta, presumiblemente abierta por el propio ogro de la cueva, le habría servido a él mismo para escapar, ya que el policía del lanzallamas no pudo encontrarlo.

Los días que siguieron fueron de total incertidumbre, ya que el cíclope no daba señales de vida ni dejaba rastros de su paso por parte alguna. Hasta que el Día de Reyes (el mismo 6 de enero, a las 4 de la tarde) una señora de la zona oeste aseguró haber visto a un hombre, como de dos metros y medio de alto, tirar un perro al aire, cerca del paradero del ómnibus. Y volvió a desatarse el pánico.

Las dos carreteras que conducían hacia la ciudad se vieron inutilizadas por los destrozos de la gente que huía y por los accidentes automovilísticos. El tránsito estuvo detenido durante horas, mientras los más alarmistas avanzaban a campo traviesa, destrozando cultivos. En ese momento, gente del vecindario negaba en la seccional la versión del hombre arrojando al perro; pero rato más tarde otra mujer se solidarizaba con la anterior, asegurando que su propio animal había sido la víctima. Por la noche se volvía a vivir el mismo desconcierto de días anteriores. Nosotros ya habíamos vuelto de la casa de mi abuela, y mis padres tenían la idea de que esa vez el cíclope no iba a molestar los barrios del sur.

Sorpresivamente, en el diario de la mañana se publicaba una foto del ogro de la cueva muy cerca de un cameraman que lo estaba filmando. De acuerdo con la estatura del hombre del noticiero, se podía apreciar que el monstruo apenas superaba los dos metros de altura. El pelo le caía sobre la cara, de la que se destacaba el ya popular ojo, similar a cualquier otro ojo. La fotografía (según el diario) había sido tomada poco después de la medianoche en un basural, y se hacía hincapié en que el grandote fue sorprendido mientras estaba muy fastidiado tratando inútilmente de hacer volar un gato. Tanto el cameraman como el fotógrafo que consiguió la placa declararon que se trataba de un hombre muy alto, del que lo único que espantaba era su traza infeliz y un olor insoportable. Dijeron también (por otra parte en el diario ya se apreciaba) que tenía unos pantalones destruidos, arremangados hasta la rodilla, y que cargaba a la espalda una lata de aceite con desperdicios. Al mediodía la televisión mostró brevemente lo que ya había mostrado el diario, pero en movimiento.

En algún momento se pensó que los bomberos podrían detenerlo con violentos chorros de agua; luego se estimó que seis o siete hombres provistos de sogas lo apresarían fácilmente, pero el ogro (me resulta ridículo nombrarlo así) tenía la cualidad de esconderse con facilidad. Tal vez por eso las noticias eran contradictorias, sobre todo las que se referían a su estatura.

Al día siguiente, por la mañana, unos niños que llegaban a la escuela avisaron a su maestra que, al costado de un camino lateral que conduce al mercado, habían visto a un hombre muy grande y feo durmiendo en el suelo, abrazado a una lata de aceite. Enseguida se avisó a la policía. Guiado por los chicos, un grupo de diez o doce agentes cercó el lugar con armas de fuego y redes listas para la acción. Por medio de un altoparlante trataron de despertarlo, pero por lo que demoraba en aparecer se supuso que habría escapado, o que tenía un sueño muy profundo. Así es que los hombres, confiados en que nada encontrarían por allí, avanzaron tranquilamente entre los pastos; hasta que se toparon con él. Primero escaparon asustados. Luego, para dar una cierta imagen de valentía, y porque eran seguidos por un grupo de curiosos, volvieron sobre sus pasos, le echaron encima infinidad de redes, lo amarraron con cuerdas, y lo patearon en el pecho hasta que se despertó. Entre varios lo llevaron hasta una camioneta; no parecía tan pesado. Lo exhibieron por las calles del sector sur. Las veredas estaban atiborradas de gente. Algunas personas le gritaban insultos, otras se reían; no parecía tan grande. Cuando el vehículo policial (que daba vueltas y vueltas como un carromato anunciando un circo) pasó frente al bar Santa Lucía, donde yo estaba esperando con mi papá, el cíclope lloraba.

Todo esto sirvió para que se vendieran más diarios que nunca, para que los reporteros gráficos se lucieran y para que el público se desconcertara más de lo que ya estaba.

Una declaración oficial afirmaba que la estatura del monstruo (también me resulta tonto decirle monstruo) era de un metro noventa y siete centímetros, que desde hacía un día lloraba sin parar y que no articulaba palabras; se suponía que era mudo. El médico de la jefatura dijo que poseía sólo un ojo porque el otro, aparentemente, se le había reventado hacía años, no pudiendo precisar cuántos, y que el párpado se le había cicatrizado sobre la piel. El mal uso de la vista, o un golpe, o una deformidad de nacimiento, había desplazado el otro ojo ligeramente hacia el centro de la cara; y eso era todo.

Lo cierto es que a la semana de la espectacular acción de la policía, ya nadie se acordaba de comentar algo acerca del grandulón que había despertado el miedo en toda una ciudad.

Hay cosas que no comprendo ni voy a comprender: la crueldad de la gente aparentemente normal, nuestra crueldad, por ejemplo. No hay arma más certera que el olvido, ni drama más cruel que ese instante de mentira que hace acreedor al hombre de una fama equívoca. Doce años, a lo sumo, tendría yo cuando sucedió aquello; así que ya han pasado muchos, pero muchos más.

Recuerdo que cerca de un año lo tuvieron bajo vigilancia médica y policial; luego fue el experimento de todos los psicólogos de ésta y de muchas otras ciudades, hasta que se lo abandonó por completo. Ni siquiera se trató de recompensarlo de alguna manera, después de tanto golpe. Creo que la única persona que hizo algo por él fue una maestra sin trabajo, que si bien no pudo saber cómo perdió la voz, ni siquiera por señas, lo adiestró acerca del trato diario: ese modo eminentemente cruel de la supervivencia.

Ahora, a muchos años de la historia que acabo de relatar, él es casi un anciano, un tonto más de los muchos que recorren la ciudad una y mil veces, parándose frente a las vidrieras, riéndose de nada, ganando a veces unos pesos a cambio del modesto oficio de echarse bultos a la espalda, desplazando su grotesca masa de animal insulso, siendo objeto de las bromas más crueles, todavía. En fin, sirviendo de pasatiempo al ocio eterno de los muchachos.

A veces, cuando me cruzo con él y tengo tiempo, le hago un avioncito con una hoja de papel de diario, y sigo mi camino. A veces también, se escucha alguna voz que lo llama desde un bar: “Che tuerto, vení a tomarte una cerveza”. Y todo así, por el estilo.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016).

 

jueves, 2 de julio de 2026

EL GALLO DE ADENAUER PIRANGA

Rogelio Ramos Signes

 

No se trataba de un zorzal colorado, de esos que bellamente cantan en su nido, ni de una calandria castaña del chaco boliviano, ni siquiera de un vistoso saracurú. Para nada. Se trataba de un gallo; de un gallo común, con plumas blancas ligeramente manchadas y cresta desprolija. Se trataba de un gallo viejo y bastante maltrecho. Yo creo factible que hasta fuera sordo; sin una pizca de intuición, por supuesto; siempre cercado por el hambre y muy afecto a la grandilocuencia.

El gallo, en cuestión, era propiedad de Adenauer Piranga, el antiguo verdulero del barrio, y me tenía cansado. Su orgullo, tal vez (y siempre que los gallos practiquen ese tipo de arrogancia), era comportarse diferente de otros gallos; y esa particularidad, precisamente, era la que me hacía detestarlo, maldecirlo, augurarle un futuro de cuchillo, cacerola e inminente puchero. Pero no. El maldito adefesio cantor, que tal vez no era sordo, sino simplemente estúpido y desconsiderado, cantaba todo el día. ¡Dónde se ha visto que un gallo cante a cada rato! Ni siquiera el gallo bíblico, que cantó tres veces, lo hacía todo el tiempo. Este gallo sí. Cantaba al amanecer, como cualquier gallo normal, pero también durante la mañana, como si se tratara de una colación gratuita para el oído de los demás; y cuando yo ponía música y quería dejarme llevar por la caricia de los violines, él cantaba fuera de tono; y cantaba a la hora de la siesta (lo odiaba, lo odiaba; en verdad lo odiaba), y cantaba cuando yo hurgaba, con gran dificultad y aguzando el oído, la onda corta de mi vieja radio; y cantaba al anochecer, cuando sus pobres gallinitas querían hacer noni; y durante la cena, y a la medianoche, y a cualquier hora. Cantaba porque sí. Era un martirio.

A decir verdad, el verdulero Adenauer Piranga, el dueño de ese engendro, estaba fascinado con el bicho. Mis permanentes ofertas de comprárselo chocaban siempre con sus negativas. Tal vez se me notaba demasiado en la cara cierto proyecto de cascotazo y al hoyo. ¡Au revoir pajarito, causante de mis peores pesadillas! Por su culpa tuve las más enconadas discusiones con mi esposa, que había inventado un ejercicio sencillísimo para convertir en silencio los ruidos molestos. Ella lo trabajaba desde la voluntad, pero conmigo no dio resultado. Por su culpa (sí, por culpa de ese disparate de la naturaleza; de ese fraudulento flamenquito enano) me vi envuelto en ríspidos enfrentamientos con algún funcionario de la Secretaría de Protección a los Animales; funcionario con nariz de tucán, ojos de lechuza y copete de martín pescador, convengamos. ¡Por Dios! ¿Quién puso aves en mi camino? Las aves están bien para una suculenta suprema al horno, pero no para que te sobresalten con sus ocurrencias a cada rato.

Así, sin grandes cambios, pasaron estos dos últimos años. ¿Cuánto tiempo vive un gallo? me pregunto, y busco bibliografía; pero, al parecer, los libros que consulto me empujan a pensar que los gallos viven hasta que se mueren. ¡En fin!

Lo cierto es que un día, un día cualquiera, el frente de la verdulería amaneció sin sus pizarroncitos con ofertas; en su lugar había un gran cartel que anunciaba la maravillosa, la milagrosa, la extraordinaria, la asombrosa, la portentosa y nunca vista proeza de Boreal, “El despertador ecológico”, “El minuto preciso”, “El milagro de los corrales”. Pura cháchara para referirse a ese pajarraco de porquería. Aunque, debo reconocerlo, a mí también me picó la curiosidad y fui a ver de qué se trataba todo aquello.

Por empezar, la verdulería ya no era una verdulería; la puerta de entrada había sido sustituida por un ventanuco con apoyabrazos, detrás del cual podía verse la cara de la hija menor de Adenauer Piranga y un taco de papel con entradas para asistir a las proezas del gallo. ¡No lo podía creer! ¡Pagar entrada para ver esa inmundicia! Si por lo menos uno tuviese la oportunidad, como en las quermeses, de pagar un boleto y conseguir tres dardos para tirarle a un globo; estaría muy bien. El precio de un boleto, por caro que fuera, si me daba la oportunidad de tirarle aunque fuesen tres pedradas a ese esperpento, me parecía un regalo. Pero no. No era así.

Ese día, en absoluto silencio, me alejé de la improvisada taquilla; entré en mi casa, me encerré en el baño y lloré.

A la tarde, ya con otro espíritu, decidí enterarme de qué era lo que estaba pasando; aceptaría las reglas del juego y, si era posible, jugaría para ganar. Mi casa comparte la pared medianera con la ex verdulería, y mi curiosidad iba en aumento cada vez que el ignominioso monstruo cantaba y una muchedumbre enardecida aplaudía. ¿Estaríamos ante un hecho milagroso? ¿Dios se estaría comunicando a través de un ave cualunque y en extremo bullanguera? ¿O tal vez este gallo era una pieza de colección, “El doméstico del sol” del que hablaba Góngora; “El barbado de coral que ciñe su púrpura turbante”, “El nuncio canoso”, “El lascivo esposo vigilante”? Había que investigar y, contra mis más arraigados  principios, salí de mi casa, me colgué una sonrisa en la boca, pagué la entrada, atravesé un largo pasillo y llegué hasta un tinglado que Adenauer Piranga había levantado en el fondo de su terreno. Por suerte todavía quedaban dos o tres sillas sin ocupar, entre las doscientas localidades de cada función, según leí en un folletito pésimamente impreso, y peor redactado, que me dieron cuando compré el boleto de entrada.

La puesta del espectáculo era simple pero impactante. El gallo se paseaba por una tarima, ida y vuelta, ida y vuelta, con cara de... ¡cómo expresarlo!, con cara de gallo, de gallo estúpido, impertérrito; a veces mirando el piso (esperando encontrar una lombriz imposible, supongo); a veces mirando al público con esos típicos movimientos casi mecánicos que tienen los gallos; y aquel gallo, mucho más todavía. ¡Si no parecía de este mundo, el condenado! Adenauer Piranga también se paseaba, aunque por el piso, delante de la tarima y en sentido inverso al desaliñado pajarraco. Adenauer iba, el gallo venía; el gallo iba, y Adenauer volvía envuelto en un discurso que no daba ninguna explicación, pero que nos llenaba de palabras incomprensibles e hipnóticas; malditas palabras que guardo en mi memoria: que las aves faisánidas, que la cola con cobija arqueada, que los tarsos y los espolones, que la cresta bifurcada y las carúnculas rojas y el pico convexo para guardar secretos y los amaneceres en Ceilán. Y bueno, allí (en Ceilán, precisamente; es decir, en Sri Lanka) parecía estar el pilar de su argumento para tontos. ¡Puro verso! Aseguraba que el gallo extrañaba su tierra de origen y era por eso que cantaba según el amanecer de Ceilán; o sea, a las 5 de la tarde de este país de locos, de esta ciudad de locos, de este barrio de locos crédulos e irrecuperables.

Pero allí no terminaba todo, el gallo (ese gallo ruin, maldito, vil hasta lo indecible) era, según las palabras de su dueño, fruto de un largo enriquecimiento de la especie, con sangre de otras aves del Golfo Pérsico; y de los lagos de Ontario, en Canadá; y de las Islas Baleares; y de la cuenca del Orinoco; y de los prolijos gallineros de Leningrado; y de las planicies de Angola; y de los hielos de Laponia. En fin, que esa bazofia de gallo tenía permiso curricular y pasaporte estridente para cantar a cualquier hora del día o de la noche, rememorando los amaneceres de cualquier terrenito de este planeta.

La jugada de Adenauer Piranga era perfecta. Se la descubrí la undécima vez que pagué la entrada para ver, y escuchar, el espectáculo de ese mamarracho cubierto de plumas.

Adenauer Piranga se había aprendido de memoria el nombre de cientos y cientos de lugares exóticos, y los iba largando de a uno, cada cuatro o cinco minutos, para que la concurrencia bramara de placer.

“Ahora son las 6 de la mañana en Atenas” vociferaba como un poseso para que lo escucharan hasta los de la última fila y, agitando las manos frente a la insostenible cara del gallo, continuaba: “A ver. A ver. ¿Qué tiene para decirnos Boreal? Hable, maestro.” Y el maestro Boreal largaba su analfabeto quiquiriquí hasta rompernos los tímpanos. Entonces todos aplaudían y vitoreaban el nombre del “Doméstico del Sol”, del incomparable “Nuncio canoso”, y yo hervía de rabia pegado a la silla, recocinándome en mi propia ponzoña.

Todo lo que Adenauer Piranga tenía que hacer (ese día lo observé desde la primera fila) era ponerse un grano de maíz (un único y miserable grano de maíz) entre los dedos de la mano que agitaba frente a los ojos planos del deleznable gallo, mientras formulaba su idiotísima pregunta: “A ver, Boreal. A ver, maestro. ¿Qué tiene para decirnos de los amaneceres de Estocolmo?”, y el bicharraco largaba su palabra única a las 22 horas de este castigado país, sólo porque en Suecia eran las 5 de la mañana, o algo así. El gallo, al que seguramente hambreaba sin atenuantes, lo que quería era comerse el mísero maicito. Eso era todo. ¿En qué otra cosa puede pensar un gallo cuando ve un grano de maíz? ¿En una chica corriendo por una playa? ¿En un gol en contra faltando cinco minutos para el final? ¿En una película de Bergman? ¡No! Un gallo que ve un grano de maíz piensa en un grano de maíz, y quiere comérselo; y Adenauer Piranga, muy astutamente, cuando el público de pie aplaudía a rabiar, tomaba al gallo en sus brazos, lo acariciaba y sin que nadie se diera cuenta le deslizaba dentro de su asqueroso pico el insignificante premio, minúscula recompensa para alguien que había quiquiriqueado en honor a la ciudad de Estocolmo, cuna de Bergman, patria de futbolistas que hacen goles cinco minutos antes del final (a favor o en contra), tierra de bellísimas muchachas que se pasean por todas las playas del mundo.

Así las cosas, no tenía sentido hacer desaparecer ese gallo, aparentemente multilingüe y cosmopolita. Cualquier otro gallo, con una tentación por delante, podría cantar su palabrita en el idioma terráqueo que le pidieran y en honor a los puntos más alejados y caprichosos del planeta. Juro que estuve a punto de desenmascararlo, o de buscar otro gallo que hiciera lo mismo. Incluso pensé en comprar un perro que respondiera con ladridos a mis preguntas, a cambio de una pelotita de alimento balanceado y con la remota esperanza de que, en un torpe descuido de mi parte, saltara la tapia y se engullera al viejo y famélico gallo de mentiroso pedigrí. Pero no fui capaz. Adenauer Piranga, como solemos decir en estos andurriales, le había encontrado el agujero al mate; lo que no es poco en épocas tan difíciles como esta. Y no iba a ser yo, precisamente, quien le pusiera palos en la rueda a un exitoso empresario local, a un tesonero ejemplo de la actividad privada, a un vecino que está interesado en comprarme la casa (a muy buen precio, convengamos) para agrandar su tinglado.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016).

 

martes, 2 de junio de 2026

EL RITUAL DE LA CALLE TORIBIO

Rogelio Ramos Signes

 

Anaclara y Reemberto, los dos menores, cubrían el circuito derecho. Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús y yo, hacíamos el trayecto izquierdo. Al fondo, unos metros más atrás del punto donde nos tocábamos las dos brigadas luego de cada vuelta, estaba el bisabuelo acostado en el cajón (¿el ataúd se dice?).

La gente había comenzado a llegar después del almuerzo; no porque temiera pasar hambre durante el velorio, sino porque al bisabuelo se le ocurrió morirse pasadas las 2 de la tarde. La noticia corrió con la velocidad de las piernas de un vecinito que jugaba a las bolillas por allí, justo cuando el bisabuelo dijo “c’est fini”, que es una expresión y nada más. El bisabuelo, que era de Alcoy, provincia de Valencia, dijo “prou”, o dijo “adéu”, no “c’est fini”. Pero en mi barrio, típico barrio de provincia del norte argentino, adéu y c’est fini es casi lo mismo; un sonidito, un respirito trágico.

El comando de la derecha (Anaclara y Reemberto, ya lo dije) partía de la puerta de calle, giraba por la vereda, retomaba por el pequeño parral de la familia, rodeaba la casa, ingresaba por el fondo de la carpintería del tío Vicente y llegaba hasta la habitación que hacía las veces de sala velatoria.

El comando de la izquierda (Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús y yo, también lo dije), una vez separado del comando de la derecha en la propia puerta de la casa, giraba hacia la vereda, daba vuelta a la ochava, rodeaba la casa por la calle Toribio, ingresaba a la vivienda por el saloncito de peluquería que funcionaba al fondo, y llegaba a la pieza del prou y del adéu; es decir, a la habitación del bisabuelo donde el bisabuelo “dormía su último sueño”. Eso escuchamos decir.

Allí, al costado del cajón, un enjambre de parientas revocadas de negro hasta los pies musitaba algunos rezos que se entremezclaban y producían el efecto de una triste colmena. Las llamitas de las velas, inmóviles, parecían líneas incandescentes dibujadas al efecto. Y las flores, que apreciadas de una en una seguramente serían fragantes y agradables, en conjunto tornaban el recinto en algo irrespirable, como un establo en plena actividad. Ese era el punto, precisamente, en el que nos encontrábamos los integrantes de las dos brigadas. Allí, los cuatro primos, nos pasábamos un informe informal de lo que habíamos escuchado en nuestras correspondientes rondas. “Se apagó como un fosforito” decía Reemberto, parodiando a alguna vecina, mientras se mordía los labios, como aguantándose las lágrimas.

Lo que no podíamos aguantarnos era la risa. Alguien que se apaga como un fosforito, en algún momento debió haberse encendido ¡flash! como un joven, esbelto y saludable fósforo parrillero. Además la tía Maricarmen siempre había dicho que el abuelo (abuelo para ella, pero no para nosotros, se entiende) era “medio fosforito”; es decir, temperamental; es decir, calentón; es decir, de pocas pulgas. Y la imagen del bisabuelo, y de su larguísima vida (94 años), reducida al rectángulo de una caja de fósforos, nos parecía muy triste pero también muy graciosa; porque, convengamos, “medio fosforito” querrá decir “de bastante mal carácter”, pero palabra por palabra (y a todos los primos nos fascinaban las palabras) “medio fosforito” también quería decir que no era ni siquiera un miserable fósforo. ¡Bah! Los mayores siempre decían tonteras. Por eso es que nos abrazábamos entre los cuatro, alguno decía compungidamente “Se apagó como un fosforito”, y llorábamos de risa.

Ese era el momento en el que alguna parienta nos decía “¡Juicio, juicio!” con la mano presta para una bofetada, y nosotros volvíamos a nuestra ronda, a ese trabajo impago pero necesario: Anaclara y Reemberto por la derecha, Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús y yo por la izquierda. Puerta. Vereda. Ochava. Calle Toribio. Peluquería y, otra vez, el bisabuelo, que hasta hacía un momento se había apagado “como un fosforito”, pero que ahora, por obra y gracia del finísimo oído de Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús (¿puedo decirle Licha, que es como le decíamos los primos?), se había muerto “como un pajarito”. ¡Caramba! ¿Cómo mueren los pajaritos? ¿Con las patitas encogidas? ¿Diciendo “pío”, lentamente? Es difícil saberlo, porque el bisabuelo (hasta donde la información que manejábamos era buena) había dicho “prou”, y no “pío”. Además, no es lo mismo un pájaro que muere de un hondazo, que un pájaro que muere a los 94 años, harto de no hacer nada, o de mirar a las chicas que entran a la peluquería: las caderas de aquella, el escote de esta otra; cansado de ese repetido acto de magia en el que las mujeres entran morochas (morenas, decía él) y salen rubias.

Decidimos entonces que las dudas existenciales quedarían para después, para cuando estuviésemos lejos del teatro de operaciones y todo fuera un recuerdo, sin cuerpo presente. Nos abrazamos los cuatro, uno de nosotros dijo, en medio de pucheros, “Murió como un pajarito”, lloramos de risa, alguna tía (o vecina, o tutora, o encargada) nos exigió “¡Juicio, juicio!” con la mano remontada para el bife, y partimos hacia una nueva recorrida; en aras de un arduo trabajo no reconocido en su momento, pero que al día siguiente, posiblemente, pasaría a formar parte de la mochila lexicográfica en los anales del barrio. (¿Cabrá el término mochila en lo que estoy diciendo? ¿La palabra lexicográfica significará lo que estoy suponiendo ahora, al momento de esta despojada crónica? ¿El vocablo anales no suena un poco desfachatado en un texto sobre un bisabuelo pájaro que quedó medio fosforito?). Ya veremos.

Puerta. Vereda. Parral. Carpintería del tío Vicente y, otra vez, el bisabuelo allí, haciendo su última siesta, definitiva, sin despertador.

Esa vez fui yo quien recogió una frase: “Dios se lo llevó a su lado”. Pero si Dios se lo había llevado a su lado, y el bisabuelo todavía estaba allí, ante nuestros ojos (como suele decirse), significaba que Dios también estaba allí, invisible, acechante. Y nos entró el miedo, porque Dios no nos había dicho “¡Juicio, juicio!” ni ninguna de esas mandoneadas, y si nos había levantado la mano no teníamos como saberlo porque, ya lo dije, era invisible. Y, bueno, en circunstancias así ya no era tan divertido el juego, y decidimos que el barrio y la ciudad y la provincia, y hasta el país y el continente, se quedarían sin nuestro fino estudio de la lengua local. Ellos se lo buscaron, metiéndolo a Dios en estas cuestiones de entrecasa.

Anaclara, con toda la frustración de sus 8 años pintada en la cara, se quedó sin poder decir la frase que había recolectado: “Colgó los guantes”. ¡Colgó los guantes! Pero si el bisabuelo no había sido boxeador. El bisabuelo había sido viñatero (siempre alguien aclaraba: “Un viñatero de los chicos”, que quiere decir que era un viñatero con pocas tierras, no un viñatero para los niños, se entiende). El bisabuelo también había sido fresador, pero no sabíamos qué significaba eso, y había tenido un almacén y, ya bastante viejito, había sido tornero en la carpintería de su nieto, el tío Vicente. Pero ¿qué podíamos hacer nosotros por la desazón de Anaclara, siempre dejada de lado por ser la menor? Ni mis 9 años ni los 10 de Licha podían hacer algo por ella. Reemberto, en cambio, que también tenía 8, había sido el primero en introducir su fosforito que, apagado y todo, encendió la mecha de ese trabajo tan poco valorado. ¡Qué niño tan gracioso este Reemberto! Pero tuve que ser yo (otra vez yo) quien metiera la pata. Podría haber callado aquello de “Dios se lo llevó a su lado”, y pasar el informe de otras frases que también escuché: “Pasó a mejor vida”, lo que ya supone un juicio de valor y hasta una envidia; o “Levantó los documentos”, aunque a esa nunca la entendí muy bien; o “Se olvidó de respirar”, lo que era un despropósito, porque el bisabuelo sería un viejito caprichoso pero no era un tonto, y sólo un tonto puede olvidarse de respirar. Aunque, con el tiempo, a casi tres años de aquel día, he vuelto a pensar en todo eso y, olvidarse de respirar debe ser una de esas cuestiones a las que les llaman metáfora. La gente no se olvida de respirar; la gente, a lo sumo, deja de respirar porque no puede seguir haciéndolo o porque ya no lo quiere hacer más. El olvido es otra cosa. Y yo nunca me olvidé de ese día; y cuando dentro de un mes ingrese al colegio secundario (que será el Nacional y tendré una materia llamada Literatura) haré una redacción sobre la vida y sobre la muerte que, según mi papá, son dos de los únicos tres temas que existen (“el otro tema es el amor” escuché que una vez le decía a mi mamá, mientras le daba un beso). Y si yo le pregunto, cosa que lo pone muy feliz, acerca de otros temas, como la tierra, por ejemplo, él me contesta que la tierra tiene que ver con la vida y con el amor. Mi padre ama la tierra; pero creo que ya me fui por las ramas. Será porque todavía me faltan unos días para entrar en el colegio secundario y nunca tuve Literatura, que es “el arte de combinar las palabras para expresar sentimientos”, según me dijo mi hermano, que ya tuvo Literatura en tres oportunidades, y que tres veces tuvo que rendirla, con profesora particular y todo.

Asustados con la posibilidad de que Dios estuviese allí, invisible, parado junto al féretro del bisabuelo, mirándonos y amonestándonos con la mirada, convinimos que lo mejor sería salir en silencio por el pasillo y sentarnos en la vereda, con los pies en el agua cristalina de la acequia, porque hacía mucho calor. Allí pensaríamos y decidiríamos los pasos a seguir.

Licha fue la que tuvo la idea; ella era (y es) la mayor y, a la hora de tomar decisiones, eso se nota. Dijo que no podíamos tenerle miedo a Dios. “Sólo se le tiene miedo a los enemigos” dijo, y dijo también que el miedo a Dios era algo que los mayores nos habían metido en la cabeza, y que si Dios estaba allí, junto al bisabuelo (“al bisabuelo Rafael” dijo; se ve que ella conocía a otro bisabuelo, con otro nombre) era porque el bisabuelo había sido una buena persona, que se había quedado viudo muy joven y que había criado a sus hijas con mucho amor, en la fe de Cristo (en esa parte Licha se persignaba, tal vez porque sí tenía miedo y no se animaba a decirlo) y que el único gustito que se había dado en la vida fue hacerse traer desde su tierra (Alcoy, provincia de Valencia, España, ya lo dije) papeles chiquititos y súper suaves para armar sus cigarrillos con tabaco de acá nomás. ¡Sus famosos pitillos! Por todo eso, dijo Licha, y porque los mayores no tienen derecho a adueñarse ni de Dios ni del dolor de los niños, que a veces se manifiesta a través de la risa (textuales palabras de ella), es que teníamos que tomar cartas en el asunto, inmovilizar a toda esa manga de adultos embusteros (hombres como mastines, mujeres como sargentos custodiando al pobre viejo), y dejarnos llevar por nuestros sentimientos, porque nosotros también éramos buenos, como el bisabuelo (dicen que los ancianos y los niños están al margen de las contaminaciones del alma) y que, como no teníamos otra ocasión para darnos nuestro propio gustito más que poniendo a los grandes en su sitio cuando se desubicaban (“ya que ni los papelitos súper suaves de Alcoy nos producen placer” dijo, textual, textual), íbamos a neutralizar a los mayores durante un buen rato.

“¿De qué manera?” preguntamos los tres, a coro, como en las novelas de la radio. Y ella, entonces, en voz muy baja, nos explicó; habló de una película, habló de un libro sin tapas que su papá tenía en la biblioteca, habló de una anciana que vivía del otro lado de la ciudad, habló de muchas cosas. Y entendimos. Por eso entramos al baño y sacamos el frasco de las gotitas tranquilizantes, sin que nos vieran. Por eso entramos a la cocina, también sin que nos vieran, y volcamos el contenido del frasco en la gran olla con café. Por eso le ofrecimos una taza a cada uno de los adultos (tía, tío, vecina, vecino). Y como nadie nos dijo que no (¿quién iba a decirle que no a unos niños que han tomado una iniciativa tan simpática?), en poco más de media hora los tuvimos a todos dormidos en sus sillas, roncando (o no), despatarrados (o no), inofensivos.

Entonces cerramos la puerta de calle, para que desde afuera pareciera que el velorio ya había terminado, y a nadie se le ocurriese llegarse por la casa. Si alguien llamaba, nadie respondería. Los intrusos se lamentarían (o se alegrarían) por haberse enterado tarde, volverían a sus hogares y allí no habría pasado nada. Dispondríamos de un tiempo (no sabíamos de cuánto) sólo para nosotros y para el bisabuelo, y para Dios también, si es que decidía unirse a la partida.

Con total tranquilidad entramos a la habitación donde estaba el cuerpo; tenía el mismo gesto pícaro que siempre le vimos, así que no nos dio miedo. Apagamos todas las velas; o sea que la “capilla ardiente”, como le decían las viejas, dejó de ser ardiente, y nunca fue capilla. Levantamos al bisabuelo entre los cuatro; curiosamente, pesaba muy poco. Reemberto recordó que algunos parientes le decían “el abuelo chiquito”; porque antes de ser bisabuelo había sido abuelo, y porque se había ido achicando con los años. Cruzándole nuestros brazos por debajo del cuerpo lo llevamos por el salón comedor, luego por el costado del baño, por la galería y, finalmente, por un pasillo entre dos melgas del parral hasta la carpintería del tío Vicente. Lo sentamos en su vieja sillita de tornero, frente a la máquina que había usado durante años, le pusimos los brazos sobre la manivela y le improvisamos un ritual que, tal vez, no significaba demasiado, pero que de acuerdo con nuestro ánimo simbolizaba mucho, porque lo hicimos especialmente para él. En definitiva, alguien que a los 94 años todavía se entusiasmaba con los escotes de las chicas que iban a la peluquería, merecía eso y mucho más.

Anaclara, que siempre fue la más decidida, se subió al columpio del sauce; y mientras Licha la hamacaba, ella arrancaba hojitas del árbol, a cada empellón. Cuando llegaba al punto más alto de su recorrido, decía rapidito “acá me pongo a cantar, adentro de este oratorio, pa’ ver si puedo sacar est’alma del purgatorio”. Una y otra vez, sin descanso, sin detenerse para tomar aire, hablando para afuera y hablando para adentro “acá me pongo a cantar, adentro de este oratorio, pa’ ver si puedo sacar est’alma del purgatorio”. Ida y vuelta. Arriba y abajo. Con hojitas de ida (que dejaba caer sobre el bisabuelo cuando volaba sobre él), y sin hojitas de vuelta.

Reemberto y yo (ya se sabe que los varones somos más tontos y más flojos) no podíamos dejar de llorar; aunque no sé porqué, si en verdad no estábamos tristes. Dios, si es que estaba allí, no parecía haberse molestado con nosotros, porque ni detenía el columpio ni hacía saltar chispas de las ramas del sauce, y el bisabuelo seguía con su sonrisa, que era seguramente su gesto preferido, porque ése fue el que eligió para llevarse a donde fuera que después se fue. La leña del brasero, donde el tío Vicente calentaba la tetera para tomar mate, nos vino bien para sahumar la misa. Hojas frescas y humo, y unas gotas de agua destilada de la máquina torneadora (a falta de agua bendita) y unas palabras que saqué de no sé qué recuerdo (“ñan arca cu-cú que desbarranca, toca tarro escalera, vuela bajo y antarca”) dieron resultado.   

Entre tanto zarandeo, entre tanto oficio visto, o escuchado, o soñado, o supuesto, o inventado, el bisabuelo dijo alguna cosilla entre dientes; el bisabuelo dijo algo así como “Verge Maria, mare de Déu” (una frase incompleta, pero respetuosa), mientras una orquesta campesina, con tamboriles y zampoñas, a lo lejos, más allá de la vista, más allá de la imaginación y más allá del ánimo, tocaba una melodía de su tierra, que iba y venía con el viento, como un columpio inexistente. En fin. No tuvimos tiempo de treparlo a la hamaca, o no nos animamos, pero el trámite funcionó, con todos sus condimentos; y Dios (invisible, o desinteresado, o haciendo la siesta junto a la parentela) no dijo ni mú.

Han pasado casi tres años desde el velorio y, todavía, cada vez que nos encontramos con Anaclara, Reemberto y Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús, no logramos hablar de esa siesta de verano en la que el bisabuelo muerto, mientras todos dormían, dijo alguna frase bajo una lluvia de hojitas verdes.

Cuando el giro del columpio ya no permitió que Anaclara llegara hasta alguna rama, dimos por terminado el rito: levantamos de la silla al bisabuelo, hicimos el camino inverso y lo acostamos nuevamente en el cajón; encendimos las velas, abrimos la puerta de calle y nos sentamos en un banco de madera, al aire libre, a esperar que comenzaran a despertarse los intratables dormilones.

“¡Juicio, juicio!” dijo alguien entre bostezos, y ese fue el comienzo de la vuelta a la realidad. Luego siguieron otros bostezos, algunas toses, una que otra frase sin el menor sentido, mientras todos, de a uno o en conjunto, se alisaban las ropas, se miraban de reojo y se componían el peinado, para que los otros (tan dormidos como ellos) no se diesen cuenta de que, aún con el cuerpo allí presente, igual se habían echado una siestita.

A las 5 de la tarde empezaron a llegar maestras con guardapolvos y gente desconocida para nosotros. Allí nos enteramos de que, entre sus múltiples trabajos, el bisabuelo también había sido jardinero en la escuela del barrio. Cuando llegaron once muchachos muy transpirados, con camisetas rojas y una pelota de fútbol, nos enteramos de que el bisabuelo también había sido aguatero en el Club Persevera y Triunfarás. Alguien, no sé quién (un tío, un vecino, un desaprensivo) dijo “Se apagó como un fosforito”. Otro (no menos tío, ni menos vecino) dijo “Murió como un pajarito”, y todo siguió así: tarde, noche, madrugada, mañana y mediodía. Por suerte nadie dijo que Dios se lo había llevado con él. Anaclara, Reemberto, Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús (¿puedo decirle Licha?) y yo, suspiramos aliviados.

Cuando a las 2 de la tarde llegaron los empleados de la funeraria para cerrar el ataúd, el tío Vicente y su esposa (sin poder explicárselo todavía) continuaban encontrando y sacando hojitas de sauce de entre las ropas del muerto.

El bisabuelo, impecable como siempre (a pesar de la larga jornada), seguía sonriendo.


Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016).

 

martes, 7 de abril de 2026

A REY MUERTO, REY PUESTO

Rogelio Ramos Signes

No sé jugar al ajedrez. Nunca supe y, tal vez, ya nunca aprenda. Un mal maestro me enseñó solo a comer las piezas del contrario, y mi propio desinterés hizo el resto. Ninguna jugada preparada adorna mi ingesta de sacrificados peones y de incautos alfiles. Ningún destello de mi imaginación inventa movidas arriesgadas. No obstante eso, sé que siempre hay alguien peor.

Hoy me sucedió algo que da peso a esta afirmación. Yo estaba sentado a mi mesa de siempre en el Bar y Billares “El Ocioso” cuando se presentó un joven de aspecto inquietante; no porque atemorizara, sino porque parecía estar a minutos del suicidio. Me estiró su mano pálida y sin fuerzas, como si me extendiera una empanada fría sobre una servilleta de papel, se presentó como “Lucio Negador, flogger”, se acomodó el mechón de pelo que le tapaba el ojo izquierdo, para que se lo cubriera todavía más y, sin mayores preámbulos, me dijo “Yo juego con las negras”. Se sentó frente a mí y empezamos. Alguien le habría dicho que yo era presa fácil, porque creí ver en el brillo de la múltiple ferretería que perforaba y adornaba sus labios y sus cejas cierto festejo prematuro.

El mozo, que se había acercado para ver si íbamos a pedir algo, nos vio tan concentrados en el juego que estábamos a punto de iniciar que se retiró sin preguntarnos.

Apenas iniciado el juego, sin ningún motivo que lo justificara, tomó su rey y lo tiró al cesto de la basura. Mientras lo sustituía por un sacacorchos, de esos que parecen un hombrecito con los brazos a los costados, gritó con una voz finita “A rey muerto, rey puesto”.

Como no entendí que pretendía y como tampoco quería entablar una conversación con él, seguí en lo mío y en pocos segundos le comí dos peones y un caballo. Con gesto heroico (supongo) tomó el sacacorchos que ocupaba el lugar del rey, lo tiró al cesto y lo cambió por un paquete de galletitas saladas, mientras gritaba otra vez “A rey muerto, rey puesto”. Otros dos peones, un alfil y una torre fueron mi botín de guerra, al tiempo en que Lucio Negador, el flogger, gritaba “A rey muerto, rey puesto” por tercera vez, y tiraba a la basura el paquete de galletitas sustituyéndolo por un embudo de plástico.

Tras un segundo viaje inútil hasta nuestra mesa, el mozo del bar volvió a retirarse haciéndose cruces sobre la boca y besándose el nudillo del pulgar derecho.

No sé si tiene sentido seguir relatando esa partida de ajedrez que le gané con la técnica del tenedor libre (le comí todas las piezas), pero quisiera aclarar algo. Yo reconozco jugar mal, por falta de interés y por haber tenido un mal maestro; pero ¿quién le enseñó a jugar a este sujeto que cambiaba su rey por un miserable embudo de plástico?

Creo que corresponde precisar que cuando le dije “Jaque mate”, su rey ya no era un embudo, sino una manzana verde, luego de haber sido un ridículo osito de peluche. También corresponde que aclare que en cuanto le di el jaque, me levanté y me fui, dejándolo allí con su manzana, no fuera cosa que él considerara que había llegado el momento de suicidarse y mañana saliéramos en los diarios.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016).

 

 

 

jueves, 12 de marzo de 2026

VEINTISIETE INTENTOS DE APROXIMACIÓN A JUBIPÉN ITSARA (EL GAMULANO)

Rogelio Ramos Signes

 

1. Cansado de vivir de sus defectos, Jubipén Itsara (El Gamulano), una tarde en que ladraba a las ruedas de un camión, optó por ser normal.

 

2. Alicia, y no Gladys ni Estela, fue quien descubrió la metamorfosis de Jubipen Itsara (El Gamulano) a pesar de cuanta cosa diversa pueda escucharse por ahí.

 

3. Desde niño Jubipén Itsara gustaba discutir a sus vecinas, conspirar con sus compañeros de manualidades, e inventar frases célebres. De allí lo de Gamulano.

 

4. Huérfano e insigne desde el primer día de su vida, Jubipén rondó las talabarterías buscando su propia identidad, pero sólo contrajo el vicio de los verdugos misericordiosos: el silencio.

 

5. Buscando su propia identidad fue que Jubipén dio con un alquimista liberal y un latinista retirado. De allí lo de Itsara.

 

6. Si a cada Jubipén (es tradición) corresponde un Itsara; a cada Jubipén Itsara corresponde una Iracema Snif, con quien se casó a la medianoche de un 31 de diciembre, saludados por las bombas, cornetas y petardos de todo el país; tal vez de todo el mundo.

 

7. La vida del matrimonio Itsara fue un martirio, si también se entiende por martirio la sucesión de los días pendiendo de una cruz (pasatiempo que practicaron), con las manos agujereadas, una corona de espinas y todo eso. “Hoy por ti, mañana por mí” fue el lema del matrimonio, mientras se flagelaban mutuamente según cayeran los dados sobre un plato odiosamente cóncavo.

 

8. La joven Snif, esposa de Jubipén Itsara desde un 31 de diciembre a la medianoche, nació de mujer mulata y de granado alemán. Por eso aullaron los coyotes. Por eso menguó la luna y perdió brevas la higuera. De allí Iracema.

 

9. Iracema Scherwitz, esposa de Jubipén y madre de un talento menor nacido hacia la primavera, adquirió el llanto como única forma de expresión. Por eso Snif.

 

10. Jubipén Itsara (El Gamulano) fue hombre de hogar, hasta donde el hogar se lo permitió, y ciudadano de cada bar que acertó a inaugurar en su camino.

 

11. Cuentan que Jubipén era diestro para las tareas manuales, parco para los besos y un tanto distraído.

 

12. De la primera distracción surgió Caifás, un talento menor nacido hacia la primavera. Se dice (sólo se dice, porque no hay archivos) que los primeros días del crío fueron un tormento.

 

13. Hacia la primavera, y en el espacio que va del 14 al 15 de noviembre, Alicia Estrázulas de Varela y Cross redescubrió al Gamulano, pero ya era tarde.

 

14. Sobrecogido por los espacios interiores de su infancia, Jubipén Itsara abandonó los vicios del destete; fijación oral a la que hizo añicos una noche de cigarrillos, gomas de mascar y alguna ginebra.

 

15. Temeroso de todo lo que no fuese natural, Jubipén Itsara fundó el Club de Enemigos de Jubipén Itsara, secundado por un descendiente directo de Rousseau y el más serio biografista de Lao Tsé.

 

16. En la Universidad Taoísta de su barrio, exactamente, fue que Jubipén instaló un quiosco de emparedados y gaseosas. El "Tao-Te-Ching" (que así se llamaba) le dejó pérdidas cuatro semanas antes de inaugurado y un peligroso indicio de reumatismo articular.

 

17. Distanciado a muerte de los naturalistas del Club de Enemigos de Jubipén Itsara, y a la vez escapando a los acreedores del "Tao-Te-Ching Nourishing Kiosk", conoció a Blonda Cruz, la mujer vegetal de pájaros en la cabeza.

 

18. Iracema Snif y Blonda Cruz inspiraron a Guay Descartes la novela éxito del último verano.

 

19. "Hombre perro, mujer llanto, niña olivo" fue llevada al cine por los franceses, a la televisión por una cooperativa de California, y al video por un ejecutivo de Madrid.

 

20. Libro condensado en Colombia, prendedor en Buenos Aires, historieta en México y remera estampada en Alabama, la novela de Guay Descartes dio la vuelta al mundo en menos de ochenta días.

 

21. Como toda historia que pierde intimidad, la historia del Gamulano fue una guía telefónica. ¡Una tortura!

 

22. Pobre, desnutrido y prematuramente avejentado, Jubipén Itsara fue a la vida lo que un príncipe ruso en el exilio fue a París: suspiros y destellos.

 

23. Alicia, y no Gladys ni Estela, sino Alicia Estrázulas de Varela y Cross murió de amor por lo imposible, por el tiempo y “por un hombre pobre, desnutrido y prematuramente avejentado, como un príncipe ruso en el exilio”. Jubipén. Jubipén Itsara. Jubipén Itsara (El Gamulano) fue el peor de los verdugos: la mató con la indiferencia.

 

24. Caifás Itsara, un talento menor nacido en primavera, ingresó al ambiente de la gente linda de la mano de su madre y en brazos de su padrastro Lucas, un cantante belga que vendía bien en aquella temporada.

 

25.  Loco y triste de locura y tristeza elementales, Jubipén reflejó su desgracia en un viejo espejo durante los 29 primeros días de un mes que no fue febrero.

 

26. Imaginando desenlaces felices para un radioteatro que auguraba truculencias, fue que Itsara, sin saberlo, ingresó al bovarysmo.

 

27. Una tarde en que miraba fornicar despreocupadamente a dos hormigas, Jubipén Itsara (El Gamulano) cansado de ser normal, optó por ladrar a las ruedas de un camión.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016).

 

INCIDENTE EN FLANDES