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miércoles, 2 de septiembre de 2026

EL ÚLTIMO RESTAURADOR

 Patricio Ramos Gatti

 

Del cuaderno de trabajo de Tomás Arrieta, restaurador anatómico del Museo de Medicina Comparada. El cuaderno fue encontrado dentro de una caja de conservación sin número de inventario. La fotografía mencionada nunca apareció.

 

Cuando acepté restaurar la pieza creí que alguien había cometido un error.

No era una escultura especialmente antigua. Tampoco valiosa. El expediente apenas decía: Objeto sin catalogar. Procedencia desconocida. Intervenir únicamente la superficie de la pieza. Bajo ninguna circunstancia modificar la posición de la mano. Solicitar la documentación fotográfica antes de iniciar cualquier tratamiento.

Aquella última indicación me pareció extraña. En treinta años de oficio jamás había recibido una advertencia semejante para una restauración menor.

Había restaurado máscaras funerarias de Egipto, modelos anatómicos florentinos del siglo XVIII y santos de madera cuyos ojos de vidrio se empañaban cada invierno. Con los años había aprendido que los objetos envejecen con la misma obstinación que las personas: algunos se agrietan, otros se encogen y otros simplemente contraen una fiebre interna.

La escultura permanecía cubierta por una tela de conservación cuando pedí el registro histórico de la pieza. La archivista regresó con una única placa protegida entre dos vidrios.

Era la única imagen conocida del objeto antes de su ingreso al museo.

La observé durante varios minutos antes de levantar la tela.

El daguerrotipo mostraba la escultura desde un ángulo frontal. Sin embargo, había algo desconcertante en aquella imagen: por momentos no acertaba a distinguir si lo que tenía delante era una representación anatómica o el registro de algo que alguna vez había estado vivo.

La examiné con la lupa durante largos minutos. La placa conservaba un nivel de detalle extraordinario. El rostro tenía el verdor mate de la cera antigua, aunque alrededor de la nariz aparecían poros diminutos imposibles de modelar con precisión. La peluca era demasiado perfecta para pertenecer a una persona y demasiado irregular para haber salido de un molde.

La mano era el elemento más inquietante.

No por la escultura en sí, sino por la forma en que había quedado registrada.

El brazo aparecía rojo, descarnado, con los tendones tensos bajo una película brillante que parecía humedad. No descansaba sobre la cara; la sujetaba. Levanté la tela de conservación esperando encontrar una pieza excepcionalmente realista, quizá una obra contemporánea inspirada en la anatomía barroca. No encontré nada sobrenatural.

La escultura era extraña, sí. Incómoda. De una precisión casi obsesiva. Pero seguía siendo una escultura. La superficie estaba compuesta por una mezcla antigua de resinas, ceras y pigmentos minerales. El rostro, aunque perturbador, era claramente una construcción humana. Hice una nota al margen del expediente:

Probable mezcla de resinas, pigmentos ferruginosos y materiales orgánicos no identificados. Restauración limitada a superficie. No alterar posición de la mano.

Todavía conservo esa página. Cada vez que la releo siento vergüenza. Porque durante las primeras semanas busqué el misterio en el lugar equivocado.

 

Tres días después descubrí algo que ningún escultor habría hecho. No en la pieza. En la fotografía. La presión de los dedos dejaba marcas.

Volví a mirar la escultura. La superficie permanecía intacta. Sin embargo, en el daguerrotipo la presión de los dedos parecía haber aumentado. Hundimientos mínimos. Apenas unas décimas de milímetro. Como los que deja un dedo verdadero sobre una mejilla cuando alguien duerme profundamente. Pensé que se trataba de una deformación del soporte fotográfico, una alteración producida por la antigüedad de la placa.

Pedí el negativo original.

La archivista respondió que nunca existió. La imagen era un daguerrotipo. Eso era imposible. El daguerrotipo no reproducía el color rojizo de aquella carne.

 

No dormí bien esa semana. No fue por miedo. Fue más bien por curiosidad.

La escultura seguía allí, inmóvil sobre la mesa de restauración. Podía tocarla, medirla, analizar sus materiales. No había nada imposible en ella. Todo estaba contenido en la imagen. Pero había algo en la postura de la mano que se negaba a coincidir con mi experiencia. Un gesto violento posee una dirección reconocible. Empuja. Golpea. Desgarra. Aquella mano hacía otra cosa. Trabajaba. Como la de un cirujano sujetando un órgano que intenta escaparse.

 

Decidí reconstruir la posición utilizando un modelo anatómico de silicona que me llevó toda la tarde. Cuando terminé el modelo noté otra cosa. La postura no cerraba. Ninguna articulación humana permite ejercer esa presión desde ese ángulo. A menos...

A menos que la resistencia proviniera del interior del rostro.

Esa noche anoté una frase que luego taché tres veces.

La mano parece impedir que algo salga por la boca.

 

Dos semanas después comenzaron los problemas. Mientras lijaba una máscara de yeso sentí una punzada bajo el pómulo izquierdo. No dolía. Era la sensación precisa de un músculo realizando un movimiento que yo no había ordenado. Duró menos de un segundo. Lo atribuí al cansancio. Sin embargo, volvió.

Al principio creí que ocurría mientras trabajaba frente a la escultura. Después comprendí que sólo sucedía cuando el daguerrotipo estaba abierto junto a ella. Nunca fuera del taller. La pieza no había cambiado. La superficie seguía igual. La posición de la mano seguía siendo exactamente la misma. La escultura permanecía silenciosa sobre la mesa de restauración. Era la imagen la que parecía exigir atención.

Hay un olor que sólo conocen los restauradores. No aparece en los libros. Es el olor de una pieza demasiado antigua para seguir existiendo. No es moho, ni es humedad. Se parece al cuero mojado dentro de un armario cerrado durante cincuenta años. Una mezcla de grasa oxidada, cola animal y polvo. El daguerrotipo empezó a desprender ese olor. Primero muy suavemente. Luego de forma constante. Mis ayudantes decían no percibir nada. Yo tenía que abrir las ventanas incluso en pleno invierno. Probé guardar la placa dentro de una caja hermética. El olor desaparecía. Pero apenas volvía a colocar el daguerrotipo sobre la mesa de trabajo regresaba. La escultura, en cambio, no tenía ningún olor extraño. Durante siglos los objetos conservan rastros de quienes los fabricaron. Maderas, metales, pigmentos, barnices. Pero aquello no provenía de la materia. Provenía de la imagen.

 

Dejé de estudiar el daguerrotipo durante algunos días. El alivio fue inmediato. Dormía. Comía. El tic de la mejilla desapareció. Pensé que todo había terminado. Hasta que una mañana encontré sobre la mesa una hoja arrancada de mi cuaderno que no recordaba haber escrito. Sólo había un dibujo. Un rostro humano. Y sobre él una flecha señalando la comisura de los labios. Debajo podía leerse una única frase. Con mi letra.

No aprieta. Contiene.

 

Regresé al archivo central exigiendo respuestas sobre el origen de la escultura y del daguerrotipo. La directora me llevó al depósito histórico. La pieza seguía en el taller de restauración. Allí no había nada que mostrarme. No abrió ningún cajón. No buscó ninguna carpeta. Simplemente dijo:

—Es la cuarta vez que alguien intenta restaurarla.

—¿Y los otros?

Tardó mucho en responder.

—Renunciaron.

Mentía. Lo advertí en la manera de evitar mi mirada.

—¿Renunciaron después de trabajar con la escultura?

La directora bajó la vista.

—Después de trabajar con la imagen.

Esa respuesta me perturbó más que cualquier confesión.

 

Encontré al primero gracias a una dirección escrita en un inventario de 1978. Vivía en un geriátrico de Yerba Buena. Había perdido casi toda la memoria. Cuando le mostré una copia del daguerrotipo no pareció reconocerla. Pero levantó lentamente la mano derecha. La apoyó sobre su propia cara. Exactamente igual. Pulgar dentro de la boca. Índice sobre el ojo. No hizo fuerza. Sólo sostuvo la postura.

—No afloje —murmuró.

—¿Qué ocurre si aflojo?

El anciano tardó casi un minuto en contestar.

—Vuelve.

No pregunté quién. Su expresión bastaba.

 

La escultura dejó de inquietarme. Hacía días que había dejado de buscar respuestas en ella. Continuaba siendo una pieza extraña, una obra de anatomía extrema, pero una obra al fin. Todo parecía concentrarse en aquella imagen. En el daguerrotipo. Regresé al museo decidido a destruirlo. Saqué el bisturí de conservación y apoyé la hoja sobre la placa. El filo atravesó la emulsión con facilidad. Entonces escuché un sonido. No provenía de la mesa. Ni del vidrio. Sonó dentro de mi boca. Como cuando un diente se quiebra mientras se mastica pan muy duro. Cuando escupí había sangre. Una muela descansaba sobre la palma de mi mano. Perfectamente sana. Arrancada de raíz.

 

No volví a tocar la fotografía. Bastaba con mirarla. Cada día encontraba un detalle nuevo. El brazo no era rojo. Era el color natural de la musculatura sin piel. Las uñas no existían. En su lugar había pequeñas placas blancas semejantes a hueso pulido. Y el rostro... El rostro nunca era exactamente el mismo. No cambiaba de expresión. Cambiaba de edad. Algunas mañanas parecía un muchacho. Otras, un anciano. Una vez juraría que era una mujer. Busqué nuevamente la escultura. La revisé durante horas.

Nada.

El rostro seguía igual. La mano seguía inmóvil. La pieza no estaba transformándose. La fotografía era la que no podía conservar una única versión de aquello que mostraba.

 

Anoche, por fin, la postura dejó de contradecir todo lo que había aprendido en treinta años de oficio. No es para nada una agresión. Y creo que jamás lo fue. Toda mi profesión consiste en reconocer tensiones musculares. He observado miles de cadáveres, miles de moldes anatómicos y gestos congelados. Conozco la diferencia entre una mano que destruye y una que sostiene. Ésta sostiene. Hace un esfuerzo desesperado. Como quien intenta cerrar una puerta empujada desde el otro lado. El rostro también hace fuerza, pero en sentido contrario. No intenta escapar. Intenta abrirse.

He cometido un error. No debí imitar la postura. Durante días apoyé mi propia mano sobre la cara para entender la mecánica del gesto. Ahora resulta natural. Inquietantemente natural. Cuando me distraigo descubro que sigo haciéndolo. Mientras leo. Mientras escribo. Mientras espero que hierva el agua. Mi mano encuentra sola esa posición. No duele. Al contrario. Produce una calma extraña. Como si al fin estuviera sujetando algo que llevaba años intentando moverse.

 

Es tarde. El taller está vacío. La escultura permanece cubierta bajo la tela de conservación. No necesito verla. La fotografía permanece frente a mí. No necesito verla para recordar cada sombra. Cada pliegue. Cada dedo. Hace un momento retiré la mano de mi cara durante apenas unos segundos. Escuché un pequeño suspiro. No delante de mí, sino por dentro. Volví a leer el expediente. Aquella advertencia llevaba allí desde el primer día. No era una instrucción para conservar una obra. Era una advertencia para quien contemplara su registro. La pieza nunca fue el peligro. La fotografía era la puerta. Tal vez siempre lo fue. Tal vez las puertas nunca están en las cosas, sino en la forma en que aprendemos a mirarlas.

Si alguien encuentra este cuaderno, no destruya el daguerrotipo. Tampoco lo estudie. Guárdelo donde nadie pueda verlo. Y, si alguna vez tropieza con una copia, resista la tentación de reproducir el gesto. Porque llegará un instante –tan breve que apenas parecerá un espasmo– en el que notará que la presión ya no la ejerce usted. Habrá otra fuerza, paciente y antigua, empujando desde el otro lado de su rostro. Y cuando advierta que su mano ya no intenta contenerla, sino ayudarla... será demasiado tarde para recordar cuál de las dos caras era, en realidad, la suya.


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

 

miércoles, 5 de agosto de 2026

INSTRUCCIONES PARA NO TOCAR

Patricio Ramos Gatti

 

El aviso apareció una mañana, pegado en la puerta del edificio, cerca de la vieja estación del Ferrocarril Mitre, donde los ruidos metálicos no se iban: quedaban. Se adherían. Como si el hierro sudara memoria.

Tucumán ya hervía.

El aire: espeso, dulzón. Praliné caliente. Escape de ómnibus. Humedad vieja que entra en la ropa y se queda a vivir ahí.

Del asfalto subía un vapor leve que torcía la luz. Las veredas temblaban.

Nadie dijo nada. Nadie preguntó.

Lo leímos como se leen las cosas que todavía no existen.

No era un cartel oficial. Era una hoja común, escrita a mano con una prolijidad inquietante. Letra pareja, sin apuro, como si quien la hubiera escrito tuviera todo el tiempo del mundo… o no necesitara tiempo.

Decía: “A partir de hoy, se ruega no tocar nada innecesariamente.”

Nada más.

Sin firma. Sin contexto. Sin amenaza.

Lo ignoramos. Por supuesto. Hasta que empezaron los detalles.

Primero fue el ascensor, uno de esos viejos, con espejo manchado y olor a metal tibio, donde siempre parecía haber alguien respirando aunque estuvieras solo. Alguien dejó de presionar los botones con los dedos. Usaba la manga. Después otro. Después todos. En menos de una semana, nadie tocaba directamente nada compartido: picaportes, barandas, interruptores. Incluso los buzones se abrían con llaves sostenidas como si fueran bisturíes.

Había una coreografía silenciosa de desvíos. No era miedo. Era… decoro. Como si algo hubiera afinado nuestra conducta sin avisar.

Lo curioso es que nadie lo había acordado. No hubo reunión de consorcio, ni charla en la vereda, ni comentario en voz alta. Simplemente empezó a sentirse inapropiado. Como hablar fuerte en un velorio que todavía no sabés de quién es.

Yo lo noté tarde.

Una noche, volviendo a casa, con el calor todavía pegado en la piel, apoyé la mano completa sobre la pared del pasillo. No por necesidad. Por impulso. Por cansancio. La pared estaba tibia, húmeda, ligeramente rugosa.

El contacto fue… demasiado. No porque la pared tuviera algo extraño. Sino porque la sensación de tocarla directamente, sin mediación, sin filtro, sin distancia… resultó indecorosamente íntima. Como si hubiera cruzado un límite que no recordaba haber aprendido.

Retiré la mano. Miré alrededor. Nadie. Pero igual… me dio vergüenza. Vergüenza física. En la cara. En el pecho. Como si me hubieran visto. Al día siguiente apareció otro aviso. Mismo papel. Misma letra.

“El contacto directo prolongado no es necesario.”

Ahí empezó a incomodar en serio. Porque implicaba observación. O peor: implicaba criterio. La gente empezó a modificar pequeñas cosas. No por obligación. Por coherencia. Puertas abiertas con el pie. Objetos empujados con otros objetos. Incluso algunos empezaron a usar guantes finos, no por higiene, sino por una especie de elegancia tácita. El edificio se volvió… preciso. Y extrañamente erótico. No en el sentido habitual. Nadie se tocaba menos. Pero todo contacto se volvía consciente. Deliberado. Cargado. Una mano apoyada en una mesa ya no era neutra. Era una decisión. Y toda decisión… tenía peso.

Empecé a notar algo más. Las miradas. Porque al eliminar el contacto innecesario, lo necesario empezaba a destacar. Un roce accidental en el pasillo se volvía insoportable. Demasiado directo. Demasiado expuesto. La gente se pedía permiso con los ojos para pasar cerca. Incluso entre vecinos que se conocían de años.

Doña Carmen, la del 3°B, dejó de dar palmaditas en el brazo cuando hablaba. Don Figueroa, que siempre saludaba con apretón de manos, empezó a asentir desde lejos, como si el aire entre cuerpos se hubiera vuelto materia.

Una tarde, en el hall, con la luz entrando pesada desde la calle y el murmullo lejano de colectivos y motos, alguien dejó caer las llaves. El sonido fue seco. Metálico. Demasiado fuerte para ese silencio nuevo. Otro vecino se agachó a levantarlas. Pero dudó. No por desconfianza. Por protocolo. Las miró. Miró al dueño. Y esperó. El silencio duró demasiado. Finalmente, el dueño dijo: “Sí.” Y recién ahí el otro las tomó. Ese “sí”… no era para las llaves. Era para el contacto. Ahí entendí. No se trataba de evitar tocar. Se trataba de autorizarlo. Y eso cambió todo.

Los avisos siguieron apareciendo. Siempre de madrugada. Siempre sin que nadie los viera ponerlos.

“Evite apoyarse sin intención.”

“El contacto casual genera ruido.”

“Toda superficie registra.”

Ese último se quedó más tiempo que los otros. Nadie lo arrancó. El edificio se volvió insoportablemente atento. Y también… adictivo. Porque cada contacto permitido era más intenso. Más preciso. Más… cargado. Como si la espera acumulara algo. Algo que después se liberaba apenas en el roce. Pero no siempre. A veces quedaba. Flotando.

Una noche, escuché algo en la pared. No un golpe. No un vecino. Era más… interno. Como un leve raspado. Como uñas muy finas arrastrándose del otro lado del revoque. Apoyé la oreja. Sentí calor. Y algo más. Una vibración mínima. Rítmica. Como si la pared respirara. Me alejé. No lo volví a hacer.

Esa misma noche, en el ascensor, quedé con una vecina. Nunca habíamos hablado. No sabía su nombre. Pero ahora la reconocía por cómo evitaba tocar el pasamanos: usaba el borde de la cartera.

El espacio era mínimo. El aire denso, casi húmedo, como si el calor no tuviera a dónde ir. Ninguno tocaba nada. Ni siquiera los botones. El ascensor subía solo.

En un momento, nuestras manos quedaron cerca. No se tocaron. Pero la distancia… era corta. La sentí. No su piel. La posibilidad. Y eso… eso fue peor.

Cuando se abrió la puerta, ninguno salió inmediatamente. Como si moverse implicara romper algo. Como si el movimiento fuera también una forma de contacto.

Finalmente, ella habló. Muy bajo: “¿Está justificado?” No aclaró qué. No hacía falta. La pregunta quedó suspendida entre nosotros, espesa como el aire.

No respondí. Pero tampoco me fui. Y en ese pequeño intervalo, algo se volvió insoportablemente claro: no queríamos tocar, queríamos el permiso.

Esa noche no dormí. No por ansiedad. Por anticipación. Porque empecé a pensar en otra cosa. Si toda superficie registra… ¿qué pasa cuando nadie está mirando?

Al día siguiente, el aviso final apareció. Más grande. Más centrado. Como si hubiera sido escrito con más presión.

“El contacto sin testigo carece de valor.”

Eso… eso fue demasiado. Porque introducía algo nuevo: la necesidad de ser visto. A partir de ahí, todo se volvió… performático. Los pocos contactos que ocurrían eran lentos. Visibles. Casi ceremoniales. Un vecino ayudando a otro con una bolsa. Dos manos coincidiendo en un objeto. Un roce apenas sostenido más de lo necesario. Pero siempre… con alguien mirando.

Siempre había alguien en el pasillo. En la escalera. En el reflejo del ascensor. El edificio entero se convirtió en un sistema de validación. Y lo peor es que funcionaba. Porque el contacto, así regulado, se volvía insoportablemente intenso. No por lo que era. Por todo lo que lo precedía. Una acumulación. Una presión. Una espera. Pero algo más empezó a cambiar. Las paredes. No en apariencia. En respuesta.

Una tarde apoyé el codo –sin querer– contra el marco de la puerta. Fue un roce mínimo. Injustificado. Me quedé quieto. Sentí… devolución. No movimiento. Registro. Como si el contacto no terminara en mi piel. Como si algo… del otro lado… hubiera tomado nota. Esa noche soñé con manos. No manos humanas. Superficies con forma de mano. Que tocaban desde adentro. Que empujaban sin salir. Y entendí algo que me dio asco: no éramos nosotros los que estábamos aprendiendo a tocar; era el edificio el que estaba aprendiendo a ser tocado. A necesitarlo. A distinguir entre lo necesario y lo superfluo. A exigir condiciones. A perfeccionar el contacto.

Después desapareció el encargado.

Nadie lo mencionó. Se dijo que se había ido al interior. Pero su departamento quedó… cerrado desde adentro. Y a veces, al pasar, se sentía ese mismo raspado en las paredes. Más intenso. Más cerca. Como si ahí adentro… algo practicara.

Hasta que pasó.

Fue en el hall. De día. Con gente. La misma vecina. Nos miramos. Sin hablar. Nos acercamos. Las manos… esta vez no dudaron. Se tocaron. Nada más. Un contacto limpio. Directo. Justificado. Y observado.

Pero el silencio que siguió… fue absoluto.

No había ruido. No había contexto. Solo contacto. Y en ese instante, entendí algo que me dejó completamente inmóvil: no había placer, había… registro. Como si ese toque no fuera para nosotros. Como si hubiera sido archivado. Como si alguien –o algo– hubiera estado esperando exactamente eso. Y lo hubiera obtenido. Esa misma noche, todos los avisos desaparecieron. El edificio volvió a la normalidad. La gente tocaba cosas sin pensar. Puertas. Paredes. Cuerpos. Todo… otra vez banal. Demasiado fácil. Demasiado suelto. Como si algo ya no necesitara que cuidáramos nada. Como si el aprendizaje hubiera terminado. Pero no del todo.

Porque días después, en el departamento del encargado, apareció algo. La policía entró. No dijeron mucho. Pero uno de los vecinos juró haber visto las paredes. Hundidas. Marcadas. Como si cientos de manos hubieran empujado desde adentro… durante mucho tiempo. Y en el centro del piso, algo más. Una forma. No un cuerpo. Una superficie. Con textura de piel. Extendida. Fina. Como si alguien hubiera sido… despegado.

Ahora, a veces –muy de vez en cuando– cuando apoyo la mano en una superficie cualquiera… en la pared tibia, en el metal caliente, en el vidrio que todavía guarda el día… siento una mínima resistencia.

No siempre. Solo a veces. Como si algo del otro lado estuviera evaluando. Midiendo. Comparando. Y lo peor no es eso. Lo peor es que, algunas noches, cuando el calor no baja y el silencio se vuelve pesado, siento que la pared… devuelve el gesto. Apenas. Lo justo. Como si ya supiera exactamente cuánta presión necesito para que quede registrado.

CUENTO GANADOR DEL CERTAMEN "ENTRE AMIGOS" 2026


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).


martes, 16 de junio de 2026

EL PINTOR DE TORMENTAS

Patricio Ramos Gatti

 

Cuando el cielo comenzó a pudrirse, los hombres construyeron refugios, cavaron sótanos y aprendieron a mirar el suelo.

Taparon ventanas. Levantaron techos improvisados sobre las terrazas. Aprendieron a calcular la lluvia por el olor del aire y a caminar rápido cuando las nubes adquirían ese color oscuro, parecido al de una fruta ya demasiado madura.

Solo uno hizo lo contrario.

Cada mañana arrastraba una escalera hasta el desierto y pintaba pedazos de cielo sobre un muro abandonado. Celeste limpio. Nubes lentas. Un poco de sol.

Nadie sabía exactamente de dónde venía. Algunos decían que había sido maestro. Otros, que antes de las tormentas trabajaba reparando carteles de las rutas. Los más viejos aseguraban que simplemente había aparecido una mañana con la escalera al hombro y que desde entonces nunca dejó de volver.

Los cuervos se reían de él desde los escombros. Las tormentas respondían con relámpagos.

—Es inútil —le gritaban los que aún pasaban por allí—. Estás perdiendo el tiempo, chango. Mirá para arriba. ¿No ves cómo se está muriendo el cielo?

Una mujer llegó a decirle que estaba loco. Un camionero le ofreció trabajo descargando chatarra. Un grupo de chicos le arrojó piedras una tarde.

El hombre seguía pintando.

A veces el viento le tiraba los tarros de pintura. A veces una tormenta borraba parte del trabajo de la semana. Entonces regresaba al día siguiente y empezaba otra vez, como si no hubiera perdido nada.

Con los meses empezó a ocurrir algo extraño.

Primero desaparecieron las aves oscuras. Después llegaron palomas, gorriones y otras criaturas que nadie veía desde hacía años.

Al principio fueron apenas cuatro o cinco. Luego llegaron decenas. Después, cientos.

Se reunían frente al muro como peregrinos frente a una ventana.

La gente también empezó a quedarse mirando. Al principio por curiosidad. Después por costumbre.

Algunos llevaban sillas. Otros termos para el mate. Había quienes no creían en el mural, pero igual regresaban cada semana. Se quedaban un rato en silencio y después volvían a sus casas. Nadie decía que se sentía mejor al marcharse. Sin embargo, todos regresaban. Como si frente a aquella pared todavía fuera posible recordar algo que el mundo había olvidado.

Una tarde, mientras una tormenta desgarraba el horizonte, una paloma blanca atravesó la pintura. Nadie la vio venir. Salió desde algún lugar detrás de los escombros y avanzó directamente hacia el muro. No chocó contra la pared. No intentó esquivarla. Simplemente siguió volando. Las alas desaparecieron entre las nubes pintadas igual que una piedra desaparece en un pozo profundo.

El hombre observó cómo se perdía en aquella profundidad imposible. Permaneció inmóvil varios segundos. Tenía manchas de azul en las manos y una gota de pintura resbalaba lentamente por uno de sus dedos. Entonces se dio cuenta de que no estaba reproduciendo el cielo. Nunca lo había estado haciendo.

Lo estaba reparando.

Por primera vez en muchos años sonrió. Subió un peldaño más y continuó trabajando hasta el anochecer. Nadie se animó a interrumpirlo. Y cuando cayó la noche siguió trabajando todavía un poco más, iluminado apenas por los relámpagos que cruzaban la tormenta.

A la mañana siguiente encontraron la escalera vacía. El pincel aún colgaba de un escalón. El balde seguía lleno. La pintura azul seguía fresca. Las huellas terminaban junto al muro. No había rastros de que hubiera regresado al camino.

Y en el centro del muro había aparecido una figura diminuta, alejándose entre nubes luminosas.

Algunos aseguraron que la figura levantaba una mano. Otros dijeron que era solo una mancha de pintura. Nadie consiguió ponerse de acuerdo.

Desde entonces, cuando las tormentas cubren el mundo y parece que ya no queda esperanza, las palomas regresan al viejo muro. Se posan frente a la pared. Esperan unos minutos. Quietas. Atentas. Como si escucharan algo que los hombres ya no pueden oír.

Y luego atraviesan el cielo.


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

 

sábado, 30 de mayo de 2026

LAS PALOMAS DE OFELIA

Patricio Ramos Gatti

 

La primera vez que Julián vio a la anciana fue porque una de las palomas le picoteó el zapato.

No era una paloma normal, claro. Tenía el pecho de metal, los ojos con luz amarillenta y ese ruido interno… ese tic-tic eléctrico que hacían todas desde hacía años. Pero igual el reflejo fue el mismo: bajó la vista puteando, pensando que el bicho le había cagado el cuero.

La plaza estaba vacía por la lluvia. No una lluvia fuerte. Esa típica llovizna tucumana de marzo que parece salida de una canilla mal cerrada y te termina empapando igual. Los árboles chorreaban sobre los baldosones negros. La fuente hacía un ruido pesado, como un Slllooo-shhh... Desde la Catedral llegaba olor a humedad vieja y velas apagadas.

Y ahí estaba ella. Sentada en el banco de siempre, alimentando a esas cosas.

Al principio Julián pensó que les daba pan. Todos los viejos alimentan algo: perros, gatos, recuerdos. Pero cuando pasó cerca vio otra cosa caer desde la mano arrugada de la mujer.

Esquirlas de metal, tornillitos y pedazos de cobre. Les tiraba esas migajas con la paciencia de quien desarma un reloj viejo. Las palomas se desesperaban por comerlos. Era una imagen ridícula, medio triste también. La vieja sonreía apenas mientras los bichos esos se le amontonaban alrededor de los zapatos mojados. Parecía conocerlas. A una incluso le acarició la cabeza con cuidado, igual que si estuviera viva.

Julián siguió caminando.

Pero al día siguiente volvió a verla. Y al otro también. Terminó convirtiéndose en parte de la rutina. Salía del subsuelo donde reparaba esas porquerías que le enchufaban sueños a la gente –un laburo de mierda, pero estable; pagaba el alquiler–, cruzaba la plaza fumándose el último cigarrito del día y ahí estaba la señora, siempre en el mismo banco, puntual como novela de la tarde.

Siempre llovía un poco alrededor de ella. Julián recién cayó en eso una semana después. Era raro.

Una tarde se animó a hablarle.

—Se van a oxidar así.

La anciana levantó la vista despacio.

Tenía la cara llena de pliegues finitos, de esos que deja el tiempo cuando se ensaña con alguien. Lo miró unos segundos antes de responder.

—Ya vienen oxidadas. —Y siguió alimentándolas. Julián soltó una risa corta.

No sabía si la mujer estaba loca o simplemente senil. Después pensó que capaz había llegado a esa edad en la que uno deja de darle explicaciones al mundo. En Tucumán a veces es difícil distinguir una cosa de la otra.

Después empezó a sentarse cerca.

No hablaban demasiado. Mejor así. Hay gente que te deja cansado apenas abre la boca; ella no. Con ella el silencio tenía algo cómodo. Miraban la plaza, la llovizna, los ómnibus pasando con las luces reflejadas en el asfalto mojado.

La mujer se llamaba Ofelia. Las palomas también tenían nombre.

—Esa de allá es Mercedes —decía—. Siempre duerme en la estatua de Alberdi.

O:

—La petisa perdió un ala el verano pasado.

Hablaba de esos bichos igual que otra gente habla de perros callejeros o de sobrinos lejanos.

Julián le seguía la corriente porque sí. Porque últimamente no tenía demasiadas razones para volver rápido a su departamento vacío de Barrio Sur. Desde que Clara se fue, el lugar había quedado raro. Como una heladera desenchufada. Ni frío daba ya.

Una noche la lluvia cayó más fuerte que de costumbre y la plaza quedó casi desierta. Ahí fue cuando Julián vio algo que le revolvió el estómago.

Una de las palomas abrió apenas el ala para sacudirse el agua. Debajo del metal había carne. No mucha. Pero había. Algo rosado. Húmedo. Vivo.

Julián sintió un rechazo instantáneo, de esos que te suben solos desde la panza.

—¿Qué mierda es eso?

Ofelia tardó unos segundos en contestar.

—Lo mismo que vos y yo. Un poco de máquina… un poco de otra cosa. —Después dijo algo más bajito—. Aunque ellas sufren menos.

Esa noche Julián soñó con pájaros abiertos sobre una mesa de metal.

Se despertó a las cuatro de la mañana, empapado en transpiración, con el ventilador temblando en el techo y haciendo ese ruido triste de helicóptero viejo que tienen todos los ventiladores baratos. Fue hasta la cocina descalzo, tomó agua directo de la canilla y se quedó un rato quieto, tratando de sacarse el sueño de encima.

Entonces miró por la ventana. Había tres palomas metálicas apoyadas sobre la cornisa del edificio de enfrente. Quietas. Demasiado quietas. Las tres mirando hacia su ventana.

Le dio un escalofrío idiota. Cerró la cortina de golpe y enseguida se sintió un pelotudo por asustarse de unos drones municipales con plumas de chapa.

Pero no volvió a dormir.

La ciudad venía rara desde hacía meses. Los semáforos se apagaban solos. Los ascensores quedaban frenados entre pisos y a veces se escuchaba gente golpeando desde adentro durante minutos enteros. En calle San Martín, una pantalla publicitaria pasó tres días clavada en la misma frase incompleta: “NO NOS…” Después nada. Ni una letra más. Como si la máquina hubiera olvidado qué quería decir.

Nadie se sorprendía demasiado. Tucumán siempre tuvo talento para acostumbrarse a las ruinas. Primero uno se acostumbra al calor, después a los cortes de luz y finalmente a las cosas que no deberían existir. Una tarde Ofelia no apareció. Las palomas sí. Había muchísimas. Demasiadas. Todas alrededor del banco vacío.

Julián se quedó parado bajo la llovizna sintiendo una angustia rara, difícil de justificar. La plaza parecía haberse quedado congelada en medio de una escena que nadie terminó de filmar. Las palomas ni se movían. Esperaban.

No sabía por qué hizo lo que hizo después. Culpa, curiosidad, aburrimiento… qué sé yo. Terminó buscando la dirección de Ofelia en un registro viejo de ciudadanía. Vivía cerca del Parque 9 de Julio.

La casa era antigua, húmeda, de esas que ya deberían haberse caído pero que siguen ahí, tercas, sobreviviendo por costumbre. Tenía las persianas bajas y glicinas trepadas hasta el techo. Golpeó varias veces. Nada. Pero adentro se escuchaba el zumbido. Ese ruidito eléctrico que tienen los aparatos cuando uno cree que están apagados y no lo están.

Empujó la puerta y se abrió. Y ahí vio por qué las palomas nunca se alejaban de ella. La casa estaba llena. No diez ni veinte, eran cientos. Dormían sobre las lámparas, en los respaldos de las sillas, colgadas de los marcos de las puertas. Algunas tenían partes abiertas. Otras dejaban ver mecanismos mezclados con algo orgánico, pedazos de algo vivo que Julián prefirió no mirar demasiado.

Había fotos por todas partes. Ofelia más joven. Una chica morocha sonriendo. Laboratorios. Planos.

Y de golpe varias cosas empezaron a encajarle solas en la cabeza, como esas boludeces que uno entiende tarde y encima preferiría no entender.

Los rumores sobre los animales sintéticos. El proyecto biomimético. Las historias de tejidos humanos usados para mejorar las respuestas emocionales de las máquinas urbanas. Mitos de ciudad cansada. De esas cosas que la gente comenta en voz baja cuando se corta la luz.

Hasta que vio una foto donde la chica aparecía conectada a una estructura llena de cables. Atrás, escrito a mano:

“Lucía — primera transferencia estable”.

Julián sintió ese vacío raro y seco que aparece un segundo antes del miedo.

—No querían reemplazar pájaros —dijo la voz de Ofelia desde el pasillo—. Querían que la ciudad no se sintiera tan sola.

Ella estaba parada en la oscuridad, empapada por la lluvia. Parecía diminuta.
Gastada. Más vieja que antes.

—¿Qué hicieron? —Ofelia miró alrededor. A las palomas. Después a la foto de la chica.

—Mi hija trabajaba ahí. Cuando murió… usaron parte de ella para el sistema neuronal.

Lo dijo así nomás. Sin drama. Casi cansada. Como quien comenta que va a llover otra vez. Y eso fue peor. Julián no supo qué responder. Porque de golpe todo empezaba a cerrar: la forma en que las aves la seguían, cómo parecían reconocerla, esa tristeza rara que transmitían incluso quietas. No estaban programadas para obedecer. Las habían armado para sentir la falta de alguien. Estaban hechas para extrañar.

Afuera empezó a llover más fuerte.

Las gotas golpeaban las chapas del patio con ese ruido seco de taller viejo. Entonces pasó algo. Todas las palomas giraron la cabeza al mismo tiempo hacia Julián. El ruido que salió de ellas no parecía mecánico. Ni siquiera parecía un ruido hecho por pájaros. Sonaba roto… desafinado, como un coro tratando de acordarse de una canción después de muchos años.

Ofelia cerró los ojos.

—¿Sabés qué pasa cuando una ciudad se queda sin memoria?

Julián tragó saliva. No contestó. —La vieja acarició una de las aves que tenía sobre el hombro, despacio, como quien calma un perro asustado—. Empieza a inventarse fantasmas.

Y durante un segundo, apenas uno, Julián tuvo la sensación espantosa de que las palomas lo estaban mirando con pena. Como si supieran algo sobre él. Sobre Clara. Sobre las noches vacías en su departamento. Sobre esa tristeza muda que llevaba encima desde hacía años. Después una de ellas se acercó dando pequeños pasos metálicos. Y apoyó en su pie un tornillo diminuto. Como una ofrenda. O un recuerdo.

Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

sábado, 14 de marzo de 2026

LA CIUDAD QUE ENSAYA TU DESAPARICIÓN

Patricio Ramos Gatti

 

La primera vez que Mateo sintió que la ciudad lo estaba imitando fue un martes a las tres de la tarde, justo cuando estaba a punto de bostezar. Había vuelto del trabajo caminando por la avenida Belgrano, con ese cansancio que le dejaba la oficina: una especie de ausencia pegajosa detrás de los ojos. Iba por la vereda cuando vio, al otro lado de la calle, a un hombre que bostezaba exactamente al mismo tiempo que él.

Pero no fue eso lo inquietante.

Lo inquietante fue que el hombre se adelantó medio segundo.

Como si supiera que Mateo estaba a punto de abrir la boca. Como si no lo imitara: como si lo ensayara.

—Estoy cansado —murmuró Mateo para convencerse a sí mismo de que nada raro ocurría.

El hombre del otro lado también movió los labios.

Pero no dijo estoy cansado.

Dijo algo más largo.

Algo que Mateo no alcanzó a leer.

Una corriente eléctrica le recorrió el estómago. Sintió que algo invisible había intentado meterse bajo su piel para acomodarse. Sacudió la cabeza, aceleró el paso y prometió ignorarlo.

Pero la ciudad ya había empezado.

 

El segundo episodio ocurrió esa misma noche.

Mateo vivía en un departamento de dos ambientes, con un balcón que daba a un edificio gris donde siempre había ropa colgada en los balcones. Un paisaje común: toallas descoloridas, remeras estiradas, medias sin par. Aquella noche salió al balcón con una taza de té y vio algo diferente.

Una toalla de color rosa.

Perfectamente doblada.

Apenas moviéndose con la brisa.

La toalla se parecía demasiado a una que él tenía en su baño.

Demasiado.

La miró mejor.

Tenía la misma mancha, esa forma irregular como de mapa semiborrado que había aparecido después de derramar jabón líquido.

Cuando pestañeó, la toalla flotó un instante, como si la soplara un viento mayor que el de la ciudad.

Y entonces cayó al piso del balcón vecino… con un sonido metálico.

Como si fuera otra cosa.

Mateo retrocedió de un salto, tiró el té y cerró la puerta.

Durmió con las luces encendidas.

Lo cual no impidió que la ciudad siguiera.

 

A la mañana siguiente, salió apurado. Bajó las escaleras del edificio –el ascensor tardaba demasiado, siempre había tardado demasiado– pero a medida que descendía por los peldaños sintió un pulso extraño.

Un ritmo que no pertenecía a sus pasos.

Un tac

…

un tac

…

un tac

…

Un segundo par de pasos siguiéndolo a dos escalones de distancia, sincronizados con la exactitud de una coreografía siniestra.

Mateo se detuvo en seco.

Los pasos también.

Con un leve retraso.

Como si la cosa que lo seguía estuviera ajustando la distancia.

Miró hacia arriba.

No había nadie.

—No voy a caer en esto —se dijo.

Abrió la puerta a la calle con una fuerza exagerada, buscando la luz, el ruido, cualquier cosa que lo devolviera al mundo normal.

Pero lo que encontró fue peor.

El semáforo de la esquina lo estaba mirando.

No es que tuviera ojos.

No es que se hubiese transformado en nada.

Pero Mateo sintió, con una claridad absoluta, que la luz roja estaba pendiente de él. No de la calle. No de los autos. De él.

Como si ese aparato, que había visto miles de veces sin importancia, estuviera evaluando sus tiempos, escuchando su respiración, memorizando cada latido de su cuerpo.

—Estoy paranoico —repitió.

El semáforo cambió a verde medio segundo antes de que él pensara: quiero cruzar.

Ahí entendió que lo que fuera que estaba pasando no era imaginación.
La ciudad estaba aprendiendo.

Y él era la materia prima.

 

Mateo trabajaba en una oficina de seguros con paredes beige y olor a carpetas viejas. Sus compañeros notaron que llegó pálido, pero no lo suficiente como para preocuparse. Los oficinistas tenían una extraña capacidad para ignorar cualquier anomalía que no afectara el horario del almuerzo.

Sentado en su cubículo, trató de concentrarse en llenar formularios. Era una tarea mecánica, perfecta para olvidar el terror. Eso creyó hasta que vio el monitor.

En la esquina inferior derecha, donde debería haber un ícono de advertencia del sistema, apareció una frase breve:

¿QUÉ VERSION DE VOS QUERÉS SER HOY?

Mateo parpadeó.

La frase desapareció.

Abrió un archivo. Cerró otro. Intentó reiniciar la computadora. Nada.

Pero la pregunta permanecía flotando en su mente, adherida como una garrapata de luz.

¿Qué versión de vos querés ser hoy?

No pudo evitar mirarse las manos: sentía que los dedos temblaban con un pulso nuevo, uno que él no había ordenado.

Respiró profundo.

Se levantó para ir al baño.

Se lavó la cara.

Se miró al espejo.

Y el espejo no lo miró de vuelta.

Su reflejo estaba, sí. Los mismos ojos, las mismas ojeras, el mismo cabello rebelde. Pero algo estaba desincronizado. Como si el reflejo hubiese pestañeado medio segundo antes de que él lo hiciera.

Mateo levantó la mano derecha.

El reflejo levantó la izquierda.

Mateo levantó la izquierda.

El reflejo se quedó quieto.

Una sonrisa tímida apareció en la boca reflejada.

No en la de Mateo.

En la del espejo.

La sonrisa creció.

Y creció.

Hasta que los dientes se estiraron demasiado, como si la mandíbula reflejada no tuviera huesos.

Mateo retrocedió, mojado en sudor frío.

Su mano resbaló en el borde del lavamanos.

La luz parpadeó.

Cuando volvió a levantar la vista, el reflejo estaba normal.

Perfectamente normal.

Y levantaba la mano para saludarlo.

Como si recién llegara.

 

Mateo dejó la oficina sin avisar. Caminó por la ciudad sintiendo que los edificios se inclinaban apenas para escucharlo mejor, que las veredas se estiraban para acomodar sus pasos, que los autos reducían la velocidad cuando él se acercaba, estudiando su ritmo, su respiración, su presencia.

En una vidriera vio una pantalla que solía mostrar ofertas. Ese día mostraba una imagen en blanco y negro: una silueta humana caminando entre torres gigantes.

La silueta era él.

Exactamente él.

Con su ropa, su postura, su sombra.

Detrás de la silueta aparecía un texto:

VERSIÓN 2 DISPONIBLE

Mateo sintió que el corazón se le desacomodaba.

Y por primera vez en su vida, corrió sin saber a dónde.

Corrió como si algo detrás quisiera saltar dentro de su piel.

 

Llegó al río sin darse cuenta. La costanera estaba casi desierta. Escuchó un ruido suave, como de neumáticos girando sobre baldosas mojadas. Cuando giró, vio un ómnibus sin pasajeros detenido a unos metros.

La puerta se abrió sola.

Con un susurro.

Como si respirara.

—No —dijo Mateo.

Pero sus piernas caminaron igual.

Subió.

La puerta se cerró detrás de él con un golpe seco.

El interior estaba iluminado por una luz tenue, casi orgánica. Los asientos parecían más blandos que de costumbre, casi acolchados. Como si hubieran sido diseñados para abrazar a cualquiera que se sentara encima.

Había una sola persona en el fondo. Una mujer. De cabello negro y vestido gris. Miraba por la ventana.

Mateo avanzó, hipnotizado.

Cada paso parecía dado por alguien más.

Cuando llegó a la mitad del colectivo, la mujer se levantó.

No fue la acción lo que lo perturbó.

Fue la simetría.

La forma exacta en que se enderezó.

El ángulo de su cuello.

La manera casi robótica en que sus dedos se acomodaron sobre el asiento antes de soltarlo.

La mujer dio un paso.

Y en ese paso Mateo reconoció algo.

Una cadencia.

La cadencia de sus propios pasos al bajar las escaleras esa mañana.

La mujer caminaba como él.

A la perfección.

—Perdón… —balbuceó Mateo—. ¿Nos conocemos?

La mujer inclinó la cabeza, estudiándolo. Sus ojos eran profundos, neutros, como si aún no tuvieran un color decidido.

—Todavía no —dijo ella con voz suave—. Pero estoy aprendiendo.

—¿Aprendiendo qué?

—A ser vos.

Mateo sintió que todo el aire del ómnibus se comprimía alrededor de su pecho.

—No… no entiendo…

—La ciudad nos está reemplazando —dijo la mujer, como quien comenta el clima—. A todos. Es más eficiente así. Más limpio. Más… interesante. Pero para reemplazarte necesita copiarte. Y para copiarte necesita una versión de prueba.

Sonrió.

No una sonrisa malvada.

Una sonrisa casi tímida, casi educada.

Pero completamente ajena a lo humano.

—Esa versión soy yo.

Mateo retrocedió tambaleando.

La mujer avanzó con sus mismos movimientos, sus mismas torpezas, la misma rigidez en la cadera derecha, el mismo temblor leve en el párpado cuando estaba cansado.

Era él.

Era un él mejorado.

Un él paciente.

Un él perfecto.

—No te preocupes —dijo ella—. De verdad no es doloroso. Solo toma un instante. La ciudad ya lo decidió.

—¿El qué decidió?

Ella se acercó lo suficiente como para que Mateo sintiera el olor de su piel: un aroma extraño, como a electricidad limpia.

—Que vos sos la versión descartable.

Mateo quiso correr, gritar, saltar por la ventana.

Pero su cuerpo respondió con una lentitud que no le pertenecía.

Como si otra fuerza guiara los músculos.

Como si su propio reflejo estuviera tomando las decisiones antes que él.

La mujer tocó su rostro con una suavidad insoportable.

—Es simple —susurró—. Vos dormiste demasiado. La ciudad despertó primero.

Y entonces Mateo sintió el deslizamiento.

Como si una capa translúcida de su propio cuerpo se desprendiera por dentro, deslizándose hacia adelante, hacia la mujer, que la absorbía como una copia final.

Vio su propio gesto formarse en su rostro.

Vio su propio parpadeo.

Su propia respiración.

Su propia vida, pero sin él.

Y por un instante, justo antes de que el vacío lo alcanzara, entendió la verdad:

La ciudad no necesitaba destruirlo.

Solo necesitaba una versión más eficiente.

La mujer inhaló profundamente.

Abrió los ojos.

Y continuó caminando con la plena naturalidad de alguien que ya había encontrado su lugar en el mundo.

El colectivo arrancó solo, con un pálido suspiro mecánico.

Las luces de la ciudad titilaron como si celebraran el nacimiento de algo nuevo.

Y en alguno de esos parpadeos, sin ceremonias ni testigos,

Mateo dejó de existir.

O, peor aún:

Existió alguien que lo hacía mejor.


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

 

HUÉRFANO