Mostrando entradas con la etiqueta Patricio Ramos Gatti. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Patricio Ramos Gatti. Mostrar todas las entradas

martes, 16 de junio de 2026

EL PINTOR DE TORMENTAS

Patricio Ramos Gatti

 

Cuando el cielo comenzó a pudrirse, los hombres construyeron refugios, cavaron sótanos y aprendieron a mirar el suelo.

Taparon ventanas. Levantaron techos improvisados sobre las terrazas. Aprendieron a calcular la lluvia por el olor del aire y a caminar rápido cuando las nubes adquirían ese color oscuro, parecido al de una fruta ya demasiado madura.

Solo uno hizo lo contrario.

Cada mañana arrastraba una escalera hasta el desierto y pintaba pedazos de cielo sobre un muro abandonado. Celeste limpio. Nubes lentas. Un poco de sol.

Nadie sabía exactamente de dónde venía. Algunos decían que había sido maestro. Otros, que antes de las tormentas trabajaba reparando carteles de las rutas. Los más viejos aseguraban que simplemente había aparecido una mañana con la escalera al hombro y que desde entonces nunca dejó de volver.

Los cuervos se reían de él desde los escombros. Las tormentas respondían con relámpagos.

—Es inútil —le gritaban los que aún pasaban por allí—. Estás perdiendo el tiempo, chango. Mirá para arriba. ¿No ves cómo se está muriendo el cielo?

Una mujer llegó a decirle que estaba loco. Un camionero le ofreció trabajo descargando chatarra. Un grupo de chicos le arrojó piedras una tarde.

El hombre seguía pintando.

A veces el viento le tiraba los tarros de pintura. A veces una tormenta borraba parte del trabajo de la semana. Entonces regresaba al día siguiente y empezaba otra vez, como si no hubiera perdido nada.

Con los meses empezó a ocurrir algo extraño.

Primero desaparecieron las aves oscuras. Después llegaron palomas, gorriones y otras criaturas que nadie veía desde hacía años.

Al principio fueron apenas cuatro o cinco. Luego llegaron decenas. Después, cientos.

Se reunían frente al muro como peregrinos frente a una ventana.

La gente también empezó a quedarse mirando. Al principio por curiosidad. Después por costumbre.

Algunos llevaban sillas. Otros termos para el mate. Había quienes no creían en el mural, pero igual regresaban cada semana. Se quedaban un rato en silencio y después volvían a sus casas. Nadie decía que se sentía mejor al marcharse. Sin embargo, todos regresaban. Como si frente a aquella pared todavía fuera posible recordar algo que el mundo había olvidado.

Una tarde, mientras una tormenta desgarraba el horizonte, una paloma blanca atravesó la pintura. Nadie la vio venir. Salió desde algún lugar detrás de los escombros y avanzó directamente hacia el muro. No chocó contra la pared. No intentó esquivarla. Simplemente siguió volando. Las alas desaparecieron entre las nubes pintadas igual que una piedra desaparece en un pozo profundo.

El hombre observó cómo se perdía en aquella profundidad imposible. Permaneció inmóvil varios segundos. Tenía manchas de azul en las manos y una gota de pintura resbalaba lentamente por uno de sus dedos. Entonces se dio cuenta de que no estaba reproduciendo el cielo. Nunca lo había estado haciendo.

Lo estaba reparando.

Por primera vez en muchos años sonrió. Subió un peldaño más y continuó trabajando hasta el anochecer. Nadie se animó a interrumpirlo. Y cuando cayó la noche siguió trabajando todavía un poco más, iluminado apenas por los relámpagos que cruzaban la tormenta.

A la mañana siguiente encontraron la escalera vacía. El pincel aún colgaba de un escalón. El balde seguía lleno. La pintura azul seguía fresca. Las huellas terminaban junto al muro. No había rastros de que hubiera regresado al camino.

Y en el centro del muro había aparecido una figura diminuta, alejándose entre nubes luminosas.

Algunos aseguraron que la figura levantaba una mano. Otros dijeron que era solo una mancha de pintura. Nadie consiguió ponerse de acuerdo.

Desde entonces, cuando las tormentas cubren el mundo y parece que ya no queda esperanza, las palomas regresan al viejo muro. Se posan frente a la pared. Esperan unos minutos. Quietas. Atentas. Como si escucharan algo que los hombres ya no pueden oír.

Y luego atraviesan el cielo.


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

 

sábado, 30 de mayo de 2026

LAS PALOMAS DE OFELIA

Patricio Ramos Gatti

 

La primera vez que Julián vio a la anciana fue porque una de las palomas le picoteó el zapato.

No era una paloma normal, claro. Tenía el pecho de metal, los ojos con luz amarillenta y ese ruido interno… ese tic-tic eléctrico que hacían todas desde hacía años. Pero igual el reflejo fue el mismo: bajó la vista puteando, pensando que el bicho le había cagado el cuero.

La plaza estaba vacía por la lluvia. No una lluvia fuerte. Esa típica llovizna tucumana de marzo que parece salida de una canilla mal cerrada y te termina empapando igual. Los árboles chorreaban sobre los baldosones negros. La fuente hacía un ruido pesado, como un Slllooo-shhh... Desde la Catedral llegaba olor a humedad vieja y velas apagadas.

Y ahí estaba ella. Sentada en el banco de siempre, alimentando a esas cosas.

Al principio Julián pensó que les daba pan. Todos los viejos alimentan algo: perros, gatos, recuerdos. Pero cuando pasó cerca vio otra cosa caer desde la mano arrugada de la mujer.

Esquirlas de metal, tornillitos y pedazos de cobre. Les tiraba esas migajas con la paciencia de quien desarma un reloj viejo. Las palomas se desesperaban por comerlos. Era una imagen ridícula, medio triste también. La vieja sonreía apenas mientras los bichos esos se le amontonaban alrededor de los zapatos mojados. Parecía conocerlas. A una incluso le acarició la cabeza con cuidado, igual que si estuviera viva.

Julián siguió caminando.

Pero al día siguiente volvió a verla. Y al otro también. Terminó convirtiéndose en parte de la rutina. Salía del subsuelo donde reparaba esas porquerías que le enchufaban sueños a la gente –un laburo de mierda, pero estable; pagaba el alquiler–, cruzaba la plaza fumándose el último cigarrito del día y ahí estaba la señora, siempre en el mismo banco, puntual como novela de la tarde.

Siempre llovía un poco alrededor de ella. Julián recién cayó en eso una semana después. Era raro.

Una tarde se animó a hablarle.

—Se van a oxidar así.

La anciana levantó la vista despacio.

Tenía la cara llena de pliegues finitos, de esos que deja el tiempo cuando se ensaña con alguien. Lo miró unos segundos antes de responder.

—Ya vienen oxidadas. —Y siguió alimentándolas. Julián soltó una risa corta.

No sabía si la mujer estaba loca o simplemente senil. Después pensó que capaz había llegado a esa edad en la que uno deja de darle explicaciones al mundo. En Tucumán a veces es difícil distinguir una cosa de la otra.

Después empezó a sentarse cerca.

No hablaban demasiado. Mejor así. Hay gente que te deja cansado apenas abre la boca; ella no. Con ella el silencio tenía algo cómodo. Miraban la plaza, la llovizna, los ómnibus pasando con las luces reflejadas en el asfalto mojado.

La mujer se llamaba Ofelia. Las palomas también tenían nombre.

—Esa de allá es Mercedes —decía—. Siempre duerme en la estatua de Alberdi.

O:

—La petisa perdió un ala el verano pasado.

Hablaba de esos bichos igual que otra gente habla de perros callejeros o de sobrinos lejanos.

Julián le seguía la corriente porque sí. Porque últimamente no tenía demasiadas razones para volver rápido a su departamento vacío de Barrio Sur. Desde que Clara se fue, el lugar había quedado raro. Como una heladera desenchufada. Ni frío daba ya.

Una noche la lluvia cayó más fuerte que de costumbre y la plaza quedó casi desierta. Ahí fue cuando Julián vio algo que le revolvió el estómago.

Una de las palomas abrió apenas el ala para sacudirse el agua. Debajo del metal había carne. No mucha. Pero había. Algo rosado. Húmedo. Vivo.

Julián sintió un rechazo instantáneo, de esos que te suben solos desde la panza.

—¿Qué mierda es eso?

Ofelia tardó unos segundos en contestar.

—Lo mismo que vos y yo. Un poco de máquina… un poco de otra cosa. —Después dijo algo más bajito—. Aunque ellas sufren menos.

Esa noche Julián soñó con pájaros abiertos sobre una mesa de metal.

Se despertó a las cuatro de la mañana, empapado en transpiración, con el ventilador temblando en el techo y haciendo ese ruido triste de helicóptero viejo que tienen todos los ventiladores baratos. Fue hasta la cocina descalzo, tomó agua directo de la canilla y se quedó un rato quieto, tratando de sacarse el sueño de encima.

Entonces miró por la ventana. Había tres palomas metálicas apoyadas sobre la cornisa del edificio de enfrente. Quietas. Demasiado quietas. Las tres mirando hacia su ventana.

Le dio un escalofrío idiota. Cerró la cortina de golpe y enseguida se sintió un pelotudo por asustarse de unos drones municipales con plumas de chapa.

Pero no volvió a dormir.

La ciudad venía rara desde hacía meses. Los semáforos se apagaban solos. Los ascensores quedaban frenados entre pisos y a veces se escuchaba gente golpeando desde adentro durante minutos enteros. En calle San Martín, una pantalla publicitaria pasó tres días clavada en la misma frase incompleta: “NO NOS…” Después nada. Ni una letra más. Como si la máquina hubiera olvidado qué quería decir.

Nadie se sorprendía demasiado. Tucumán siempre tuvo talento para acostumbrarse a las ruinas. Primero uno se acostumbra al calor, después a los cortes de luz y finalmente a las cosas que no deberían existir. Una tarde Ofelia no apareció. Las palomas sí. Había muchísimas. Demasiadas. Todas alrededor del banco vacío.

Julián se quedó parado bajo la llovizna sintiendo una angustia rara, difícil de justificar. La plaza parecía haberse quedado congelada en medio de una escena que nadie terminó de filmar. Las palomas ni se movían. Esperaban.

No sabía por qué hizo lo que hizo después. Culpa, curiosidad, aburrimiento… qué sé yo. Terminó buscando la dirección de Ofelia en un registro viejo de ciudadanía. Vivía cerca del Parque 9 de Julio.

La casa era antigua, húmeda, de esas que ya deberían haberse caído pero que siguen ahí, tercas, sobreviviendo por costumbre. Tenía las persianas bajas y glicinas trepadas hasta el techo. Golpeó varias veces. Nada. Pero adentro se escuchaba el zumbido. Ese ruidito eléctrico que tienen los aparatos cuando uno cree que están apagados y no lo están.

Empujó la puerta y se abrió. Y ahí vio por qué las palomas nunca se alejaban de ella. La casa estaba llena. No diez ni veinte, eran cientos. Dormían sobre las lámparas, en los respaldos de las sillas, colgadas de los marcos de las puertas. Algunas tenían partes abiertas. Otras dejaban ver mecanismos mezclados con algo orgánico, pedazos de algo vivo que Julián prefirió no mirar demasiado.

Había fotos por todas partes. Ofelia más joven. Una chica morocha sonriendo. Laboratorios. Planos.

Y de golpe varias cosas empezaron a encajarle solas en la cabeza, como esas boludeces que uno entiende tarde y encima preferiría no entender.

Los rumores sobre los animales sintéticos. El proyecto biomimético. Las historias de tejidos humanos usados para mejorar las respuestas emocionales de las máquinas urbanas. Mitos de ciudad cansada. De esas cosas que la gente comenta en voz baja cuando se corta la luz.

Hasta que vio una foto donde la chica aparecía conectada a una estructura llena de cables. Atrás, escrito a mano:

“Lucía — primera transferencia estable”.

Julián sintió ese vacío raro y seco que aparece un segundo antes del miedo.

—No querían reemplazar pájaros —dijo la voz de Ofelia desde el pasillo—. Querían que la ciudad no se sintiera tan sola.

Ella estaba parada en la oscuridad, empapada por la lluvia. Parecía diminuta.
Gastada. Más vieja que antes.

—¿Qué hicieron? —Ofelia miró alrededor. A las palomas. Después a la foto de la chica.

—Mi hija trabajaba ahí. Cuando murió… usaron parte de ella para el sistema neuronal.

Lo dijo así nomás. Sin drama. Casi cansada. Como quien comenta que va a llover otra vez. Y eso fue peor. Julián no supo qué responder. Porque de golpe todo empezaba a cerrar: la forma en que las aves la seguían, cómo parecían reconocerla, esa tristeza rara que transmitían incluso quietas. No estaban programadas para obedecer. Las habían armado para sentir la falta de alguien. Estaban hechas para extrañar.

Afuera empezó a llover más fuerte.

Las gotas golpeaban las chapas del patio con ese ruido seco de taller viejo. Entonces pasó algo. Todas las palomas giraron la cabeza al mismo tiempo hacia Julián. El ruido que salió de ellas no parecía mecánico. Ni siquiera parecía un ruido hecho por pájaros. Sonaba roto… desafinado, como un coro tratando de acordarse de una canción después de muchos años.

Ofelia cerró los ojos.

—¿Sabés qué pasa cuando una ciudad se queda sin memoria?

Julián tragó saliva. No contestó. —La vieja acarició una de las aves que tenía sobre el hombro, despacio, como quien calma un perro asustado—. Empieza a inventarse fantasmas.

Y durante un segundo, apenas uno, Julián tuvo la sensación espantosa de que las palomas lo estaban mirando con pena. Como si supieran algo sobre él. Sobre Clara. Sobre las noches vacías en su departamento. Sobre esa tristeza muda que llevaba encima desde hacía años. Después una de ellas se acercó dando pequeños pasos metálicos. Y apoyó en su pie un tornillo diminuto. Como una ofrenda. O un recuerdo.

Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

sábado, 14 de marzo de 2026

LA CIUDAD QUE ENSAYA TU DESAPARICIÓN

Patricio Ramos Gatti

 

La primera vez que Mateo sintió que la ciudad lo estaba imitando fue un martes a las tres de la tarde, justo cuando estaba a punto de bostezar. Había vuelto del trabajo caminando por la avenida Belgrano, con ese cansancio que le dejaba la oficina: una especie de ausencia pegajosa detrás de los ojos. Iba por la vereda cuando vio, al otro lado de la calle, a un hombre que bostezaba exactamente al mismo tiempo que él.

Pero no fue eso lo inquietante.

Lo inquietante fue que el hombre se adelantó medio segundo.

Como si supiera que Mateo estaba a punto de abrir la boca. Como si no lo imitara: como si lo ensayara.

—Estoy cansado —murmuró Mateo para convencerse a sí mismo de que nada raro ocurría.

El hombre del otro lado también movió los labios.

Pero no dijo estoy cansado.

Dijo algo más largo.

Algo que Mateo no alcanzó a leer.

Una corriente eléctrica le recorrió el estómago. Sintió que algo invisible había intentado meterse bajo su piel para acomodarse. Sacudió la cabeza, aceleró el paso y prometió ignorarlo.

Pero la ciudad ya había empezado.

 

El segundo episodio ocurrió esa misma noche.

Mateo vivía en un departamento de dos ambientes, con un balcón que daba a un edificio gris donde siempre había ropa colgada en los balcones. Un paisaje común: toallas descoloridas, remeras estiradas, medias sin par. Aquella noche salió al balcón con una taza de té y vio algo diferente.

Una toalla de color rosa.

Perfectamente doblada.

Apenas moviéndose con la brisa.

La toalla se parecía demasiado a una que él tenía en su baño.

Demasiado.

La miró mejor.

Tenía la misma mancha, esa forma irregular como de mapa semiborrado que había aparecido después de derramar jabón líquido.

Cuando pestañeó, la toalla flotó un instante, como si la soplara un viento mayor que el de la ciudad.

Y entonces cayó al piso del balcón vecino… con un sonido metálico.

Como si fuera otra cosa.

Mateo retrocedió de un salto, tiró el té y cerró la puerta.

Durmió con las luces encendidas.

Lo cual no impidió que la ciudad siguiera.

 

A la mañana siguiente, salió apurado. Bajó las escaleras del edificio –el ascensor tardaba demasiado, siempre había tardado demasiado– pero a medida que descendía por los peldaños sintió un pulso extraño.

Un ritmo que no pertenecía a sus pasos.

Un tac

un tac

un tac

Un segundo par de pasos siguiéndolo a dos escalones de distancia, sincronizados con la exactitud de una coreografía siniestra.

Mateo se detuvo en seco.

Los pasos también.

Con un leve retraso.

Como si la cosa que lo seguía estuviera ajustando la distancia.

Miró hacia arriba.

No había nadie.

—No voy a caer en esto —se dijo.

Abrió la puerta a la calle con una fuerza exagerada, buscando la luz, el ruido, cualquier cosa que lo devolviera al mundo normal.

Pero lo que encontró fue peor.

El semáforo de la esquina lo estaba mirando.

No es que tuviera ojos.

No es que se hubiese transformado en nada.

Pero Mateo sintió, con una claridad absoluta, que la luz roja estaba pendiente de él. No de la calle. No de los autos. De él.

Como si ese aparato, que había visto miles de veces sin importancia, estuviera evaluando sus tiempos, escuchando su respiración, memorizando cada latido de su cuerpo.

—Estoy paranoico —repitió.

El semáforo cambió a verde medio segundo antes de que él pensara: quiero cruzar.

Ahí entendió que lo que fuera que estaba pasando no era imaginación.
La ciudad estaba aprendiendo.

Y él era la materia prima.

 

Mateo trabajaba en una oficina de seguros con paredes beige y olor a carpetas viejas. Sus compañeros notaron que llegó pálido, pero no lo suficiente como para preocuparse. Los oficinistas tenían una extraña capacidad para ignorar cualquier anomalía que no afectara el horario del almuerzo.

Sentado en su cubículo, trató de concentrarse en llenar formularios. Era una tarea mecánica, perfecta para olvidar el terror. Eso creyó hasta que vio el monitor.

En la esquina inferior derecha, donde debería haber un ícono de advertencia del sistema, apareció una frase breve:

¿QUÉ VERSION DE VOS QUERÉS SER HOY?

Mateo parpadeó.

La frase desapareció.

Abrió un archivo. Cerró otro. Intentó reiniciar la computadora. Nada.

Pero la pregunta permanecía flotando en su mente, adherida como una garrapata de luz.

¿Qué versión de vos querés ser hoy?

No pudo evitar mirarse las manos: sentía que los dedos temblaban con un pulso nuevo, uno que él no había ordenado.

Respiró profundo.

Se levantó para ir al baño.

Se lavó la cara.

Se miró al espejo.

Y el espejo no lo miró de vuelta.

Su reflejo estaba, sí. Los mismos ojos, las mismas ojeras, el mismo cabello rebelde. Pero algo estaba desincronizado. Como si el reflejo hubiese pestañeado medio segundo antes de que él lo hiciera.

Mateo levantó la mano derecha.

El reflejo levantó la izquierda.

Mateo levantó la izquierda.

El reflejo se quedó quieto.

Una sonrisa tímida apareció en la boca reflejada.

No en la de Mateo.

En la del espejo.

La sonrisa creció.

Y creció.

Hasta que los dientes se estiraron demasiado, como si la mandíbula reflejada no tuviera huesos.

Mateo retrocedió, mojado en sudor frío.

Su mano resbaló en el borde del lavamanos.

La luz parpadeó.

Cuando volvió a levantar la vista, el reflejo estaba normal.

Perfectamente normal.

Y levantaba la mano para saludarlo.

Como si recién llegara.

 

Mateo dejó la oficina sin avisar. Caminó por la ciudad sintiendo que los edificios se inclinaban apenas para escucharlo mejor, que las veredas se estiraban para acomodar sus pasos, que los autos reducían la velocidad cuando él se acercaba, estudiando su ritmo, su respiración, su presencia.

En una vidriera vio una pantalla que solía mostrar ofertas. Ese día mostraba una imagen en blanco y negro: una silueta humana caminando entre torres gigantes.

La silueta era él.

Exactamente él.

Con su ropa, su postura, su sombra.

Detrás de la silueta aparecía un texto:

VERSIÓN 2 DISPONIBLE

Mateo sintió que el corazón se le desacomodaba.

Y por primera vez en su vida, corrió sin saber a dónde.

Corrió como si algo detrás quisiera saltar dentro de su piel.

 

Llegó al río sin darse cuenta. La costanera estaba casi desierta. Escuchó un ruido suave, como de neumáticos girando sobre baldosas mojadas. Cuando giró, vio un ómnibus sin pasajeros detenido a unos metros.

La puerta se abrió sola.

Con un susurro.

Como si respirara.

—No —dijo Mateo.

Pero sus piernas caminaron igual.

Subió.

La puerta se cerró detrás de él con un golpe seco.

El interior estaba iluminado por una luz tenue, casi orgánica. Los asientos parecían más blandos que de costumbre, casi acolchados. Como si hubieran sido diseñados para abrazar a cualquiera que se sentara encima.

Había una sola persona en el fondo. Una mujer. De cabello negro y vestido gris. Miraba por la ventana.

Mateo avanzó, hipnotizado.

Cada paso parecía dado por alguien más.

Cuando llegó a la mitad del colectivo, la mujer se levantó.

No fue la acción lo que lo perturbó.

Fue la simetría.

La forma exacta en que se enderezó.

El ángulo de su cuello.

La manera casi robótica en que sus dedos se acomodaron sobre el asiento antes de soltarlo.

La mujer dio un paso.

Y en ese paso Mateo reconoció algo.

Una cadencia.

La cadencia de sus propios pasos al bajar las escaleras esa mañana.

La mujer caminaba como él.

A la perfección.

—Perdón… —balbuceó Mateo—. ¿Nos conocemos?

La mujer inclinó la cabeza, estudiándolo. Sus ojos eran profundos, neutros, como si aún no tuvieran un color decidido.

—Todavía no —dijo ella con voz suave—. Pero estoy aprendiendo.

—¿Aprendiendo qué?

—A ser vos.

Mateo sintió que todo el aire del ómnibus se comprimía alrededor de su pecho.

—No… no entiendo…

—La ciudad nos está reemplazando —dijo la mujer, como quien comenta el clima—. A todos. Es más eficiente así. Más limpio. Más… interesante. Pero para reemplazarte necesita copiarte. Y para copiarte necesita una versión de prueba.

Sonrió.

No una sonrisa malvada.

Una sonrisa casi tímida, casi educada.

Pero completamente ajena a lo humano.

—Esa versión soy yo.

Mateo retrocedió tambaleando.

La mujer avanzó con sus mismos movimientos, sus mismas torpezas, la misma rigidez en la cadera derecha, el mismo temblor leve en el párpado cuando estaba cansado.

Era él.

Era un él mejorado.

Un él paciente.

Un él perfecto.

—No te preocupes —dijo ella—. De verdad no es doloroso. Solo toma un instante. La ciudad ya lo decidió.

—¿El qué decidió?

Ella se acercó lo suficiente como para que Mateo sintiera el olor de su piel: un aroma extraño, como a electricidad limpia.

—Que vos sos la versión descartable.

Mateo quiso correr, gritar, saltar por la ventana.

Pero su cuerpo respondió con una lentitud que no le pertenecía.

Como si otra fuerza guiara los músculos.

Como si su propio reflejo estuviera tomando las decisiones antes que él.

La mujer tocó su rostro con una suavidad insoportable.

—Es simple —susurró—. Vos dormiste demasiado. La ciudad despertó primero.

Y entonces Mateo sintió el deslizamiento.

Como si una capa translúcida de su propio cuerpo se desprendiera por dentro, deslizándose hacia adelante, hacia la mujer, que la absorbía como una copia final.

Vio su propio gesto formarse en su rostro.

Vio su propio parpadeo.

Su propia respiración.

Su propia vida, pero sin él.

Y por un instante, justo antes de que el vacío lo alcanzara, entendió la verdad:

La ciudad no necesitaba destruirlo.

Solo necesitaba una versión más eficiente.

La mujer inhaló profundamente.

Abrió los ojos.

Y continuó caminando con la plena naturalidad de alguien que ya había encontrado su lugar en el mundo.

El colectivo arrancó solo, con un pálido suspiro mecánico.

Las luces de la ciudad titilaron como si celebraran el nacimiento de algo nuevo.

Y en alguno de esos parpadeos, sin ceremonias ni testigos,

Mateo dejó de existir.

O, peor aún:

Existió alguien que lo hacía mejor.


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

 

domingo, 14 de diciembre de 2025

LA CARTÓGRAFA DEL ÚLTIMO ATLAS

Patricio Ramos Gatti

 

Había pasado toda su vida dibujando mapas que nunca miraba nadie.

Luz Marina Paredes –geógrafa, cartógrafa, tímida experta en silencios– trabajaba en la Sección de Proyecciones Especiales del Observatorio del Cerro Sombra, en el norte de Chile. Era un edificio pequeño, encajado entre rocas volcánicas grises y antenas que sonaban con el viento. La mayoría de los astrónomos trabajaban de noche, pero ella trabajaba a media tarde, cuando el Sol dejaba las sombras más largas y las montañas parecían figuras que se inclinaban para observarla.

Su tarea era sencilla: actualizar un mapa global, un atlas que nadie imprimía desde hacía décadas. Los mapas ahora eran digitales, automáticos, perfectos. Pero el Ministerio había decidido que alguien debía seguir trazando una edición artesanal, por tradición más que por necesidad. “Lo simbólico importa,” dijo alguna vez la directora. Y como nadie más quiso hacerse cargo, Luz Marina aceptó.

Dibujaba costas, montañas, ríos que ya no corrían, fronteras que cambiaban sin avisar. Tenía manos delicadas, precisas, que daban la impresión de escuchar mientras avanzaban sobre el papel. Le gustaba el silencio del estudio, le gustaba el olor de las tintas, le gustaban los mapas porque eran, de alguna manera, una forma de conversación con el mundo.

Un martes frío de agosto de 2025, mientras ajustaba la curvatura de la costa de Groenlandia, vio algo que la hizo detener la mano.

Las líneas no coincidían.

No por un error suyo, sino por un cambio en los datos oficiales. Revisó coordenadas, elevaciones, proyecciones. Todo estaba en orden. Pero la costa estaba dos milímetros desplazada hacia el este. Solo dos milímetros en el papel, sí, pero en la realidad equivalía a unos setenta metros.

Setenta metros era imposible.

Revisó los registros satelitales. Los comparó con los de la semana anterior.

El error persistía.

La Tierra, según sus mapas, estaba apenas cambiada.

Podía ser un fallo de transmisión. Un satélite desajustado. Un software incorrecto. Se rio para ahuyentar la inquietud; después la risa se apagó sola.

Fue cuando la instrucción llegó desde arriba.

“Actualizar todas las líneas costeras. Hay discrepancias menores.”

Menores.

La palabra resonó más de lo necesario.

En el Observatorio todos estaban excitados con otra noticia: la llegada de un nuevo cometa, 3I/ATLAS, un visitante interestelar que los astrónomos mencionaban como si fuera un primo lejano que venía por primera vez a la casa. Luz Marina escuchaba las conversaciones sin participar. No entendía mucho, pero le gustaban las palabras: perihelio, coma, sublimación. Eran términos que sonaban casi íntimos.

Esa tarde, cuando bajaba por el pasillo principal rumbo a la sala de mapas, vio un mensaje pegado en la pared:

“SE OBSERVAN VARIACIONES GEODÉSICAS; favor NO DIVULGAR hasta análisis completo.”

Sintió un pequeño latido en el pecho. Volvió a su mesa y siguió dibujando.

Pero ahora las discrepancias no eran solo en Groenlandia:

– Las islas Faroe estaban un poco más al norte.

– Un segmento de la cordillera de los Andes aparecía con inclinación extraña.

– Un valle en Mongolia parecía haber bajado unos metros.

Todos cambios diminutos, imperceptibles para casi cualquier persona.

Para alguien como ella, que medía el mundo a escala de décimas, era un grito.

Esa noche, por primera vez en años, no pudo dormir.

El Observatorio organizó una sesión especial abierta al personal administrativo. A Luz Marina la invitaron “por cortesía”, aunque ella sabía que no la necesitaban realmente. Entró con su cuaderno en mano, más por hábito que por utilidad.

El auditorio estaba casi lleno. La pantalla mostraba una imagen hermosa: un cometa azul, alargado, con una estela que parecía una pintura japonesa. El astrónomo principal, el doctor Cifuentes, explicaba:

—3I/ATLAS es un visitante interestelar. Su trayectoria es hiperbólica. No orbita, atraviesa. Según los análisis espectrales, trae compuestos poco comunes en nuestro sistema.

Luz Marina, desde la última fila, anotó la palabra atraviesa.

Las palabras que atraviesan siempre la inquietaban. Y los cuerpos también.

—No representa riesgo —continuó Cifuentes—. Solo es… distinto. Muy distinto. El nivel de CO₂ que desprende es inusualmente alto. Como si fuera un cuerpo químicamente procesado por otras condiciones.

Hubo murmullos.

Luego, alguien levantó la mano.

—¿Tiene relación con las variaciones en los mapas?

El astrónomo tardó en responder.

—No tenemos evidencia de eso, por ahora.

Ese “por ahora” cayó sobre la sala como una pluma cargada de plomo.

Luz Marina regresó a su estudio con un temblor leve, contenido.

Abrió el atlas, tomó la regla, volvió a medir las líneas.

Las costas seguían desplazándose.

Era absurdo.

Era imposible.

Era real.

Durante los días siguientes, el cometa comenzó a verse a simple vista desde el desierto. Un trazo blanco, largo, perfecto. Los trabajadores del Observatorio salían a las terrazas a observarlo; incluso quienes siempre estaban aburridos parecían emocionados.

Luz Marina lo miró solo una vez.

Se sintió observada.

No por el cometa, sino por la Tierra misma.

La sensación la sobresaltó. Cerró la ventana y volvió al mapa.

Pero los datos nuevos eran aún más inquietantes.

Las irregularidades no eran aleatorias.

Eran simétricas.

Como si todo el planeta estuviera ajustándose para adoptar una forma ligeramente diferente. Una forma más ovalada, más alargada hacia el hemisferio sur. Como si algo estuviera tirando suavemente de él.

Algo lejano.

Algo que pasaba.

Como un cometa.

Se lo comentó tímidamente a la directora del Observatorio.

La directora la escuchó en silencio, con atención inesperada.

—¿Cuánto tiempo llevas notando esto? —preguntó.

—Diez días —respondió Luz Marina.

—¿Por qué no lo reportaste antes?

—Pensé que era un error mío.

La directora respiró hondo.

—No lo es —dijo.

Esa misma noche, la citaron al auditorio.

Había solo cuatro personas: la directora, el doctor Cifuentes, una ingeniera de satélites y un astrofísico que no conocía.

—Queremos ver tu atlas —dijo la directora.

Luz Marina abrió el cuaderno, mostrando las páginas con líneas extrañamente desplazadas. Se sintió desnuda, como si estuvieran observando algo íntimo, privado, vulnerable.

El doctor Cifuentes se inclinó sobre los mapas.

—Es exactamente lo que recibimos de los satélites —dijo—. Centímetro por centímetro.

—Pero no tiene sentido —intervino la ingeniera—. Para que la costa de Sudamérica se mueva así, necesitaríamos una redistribución interna de masa o…

No terminó la frase.

No hacía falta.

No existía fenómeno conocido que explicara esos movimientos.

El astrofísico habló por primera vez:

—El cometa 3I/ATLAS tiene una composición inusual. Al acercarse al Sol, desprende partículas cargadas, algunos compuestos no del todo identificados. No sabemos qué efecto puede tener en campos gravitacionales muy sensibles.

—¿Está alterando la Tierra? —preguntó Luz Marina con un hilito de voz.

El silencio fue la respuesta más inquietante de todas.

Los días siguientes fueron una mezcla de vértigo y rutina.

Los astrónomos analizaban datos; los ingenieros ajustaban receptores; los técnicos discutían.

A Luz Marina solo le pedían una cosa:

“Sigue dibujando.”

Nadie entendía por qué las líneas cambiaban, pero alguien debía registrarlo.

Ella lo hacía con el pulso de quien está copiando el latido de un animal gigantesco.

Cada día la Tierra estaba levemente distinta.

No deformada ni dañada. Solo… ajustada.

Como si estuviera respondiendo a una música que nadie oía.

El cometa seguía su curso.

Brillaba cada vez más.

La gente en las ciudades le sacaba fotos.

Los medios hablaban de “maravilla astronómica”.

Nadie sabía lo que ocurría en el Observatorio.

Una tarde, mientras actualizaba el perfil de la cordillera de los Andes, Luz Marina percibió un sonido extraño.

No era un ruido del edificio.

Era interno.

Como si la Tierra hubiera suspirado.

Se asomó a la ventana.

El cometa estaba allí, alargado, majestuoso, más brillante que nunca.

Sintió un impulso inexplicable: correr hacia el cerro cercano, verlo desde más alto.

No era naturaleza aventurera. Era… necesidad.

Subió como nunca había subido nada. Cuando llegó a la cima, con la respiración en el borde del dolor, vio algo imposible: La sombra del cometa sobre la arena. Pero no era una sombra real; más bien, una línea tenue, casi transparente, que vibraba. Parecía un mapa. Un mapa hecho de luz. Un atlas proyectado en la tierra misma. Y entonces se dio cuenta. El cometa no estaba deformando la Tierra. La Tierra estaba respondiendo a él. Como si ambos cuerpos compartieran un lenguaje muy antiguo. Como si el planeta recordara algo.

Luz Marina sintió que se le aflojaban las piernas.

Se sentó.

Miró la línea de luz moverse, apenas.

Era una trayectoria.

Una ruta.

Una invitación.

Cuando el viento sopló, la línea desapareció.

Pero el temblor en su pecho quedó.

Volvió al Observatorio mientras caía la noche.

No dijo nada.

Dibujó.

Trazó las nuevas líneas.

Y por primera vez, no sintió miedo.

Supo –sin pruebas, sin teoría, sin ecuaciones– que no estaba presenciando una catástrofe. Estaba presenciando un recuerdo. El cometa pasaría. La Tierra volvería a su forma. Nadie sabría nunca lo que había ocurrido. Pero algo en ella sí lo sabría. Luz Marina cerró el atlas con suavidad.

Las páginas brillaban apenas bajo la luz blanca del estudio.

Sintió una paz que nunca había sentido. El mundo había cambiado unos milímetros. Ella había cambiado kilómetros.

Afuera, el cometa siguió su viaje.

Y la Tierra, obediente a su propio secreto, regresó lentamente a su silencio.


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

KRONÓKRATAS