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domingo, 8 de marzo de 2026

EN LAS MINAS DE KOLTAN

Finn Audenaert

 

¿Cuánto tiempo llevaba cavando? Había perdido toda noción del tiempo. Solo podía recordar que ese era su primer pensamiento en muchísimo tiempo. No sabía nada, no sentía nada, no tenía hambre, no tenía sed. Solo existía el cavar constante, el remover monstruoso. La necesidad de ir más profundo. De estar más cerca. Más cerca de… lo desconocido.

Primero había encontrado el corindón. Capas que relucían con intensidad, rojas y azules, habían quemado lo poco que aún le quedaba de vista. ¿Acaso todavía tenía ojos? En silencio se había abierto camino, arañando hacia abajo. Apenas había pasado los rubíes y los zafiros, se topó con extraños objetos poliédricos, cada uno no más grande que un puño, apretados unos contra otros. Con los dedos sangrantes tanteó su superficie lisa, negándose a pensar en la razón de su existencia allí, tan hondo en la tierra. Uno por uno desenterró los objetos y, con esfuerzo, los empujó hacia atrás. De pronto, sobre él sintió que uno de aquellos objetos misteriosos explotaba. La tierra tembló sin piedad. En verdad, el suelo lo había engullido por completo. No se detuvo a pensar cómo podía respirar. Por todos lados lo presionaban la tierra cálida y compactada y los ángulos afilados de los objetos misteriosos. El sudor le corría hacia los ojos apagados, formaba charcos sucios justo bajo sus pestañas. Su sudor y sus lágrimas trazaban surcos estrechos en la tierra reseca pegada a su cara y volvían a alisar, en finas espirales, su rostro áspero. Abrió la boca de par en par y la tierra entró en él, le llenó la garganta hasta el fondo. Durmió.

En su sueño inquieto debió de haberse removido, abriéndose paso aún más abajo. Todo el cuerpo le ardía. En todas partes sentía heridas abiertas donde la grava lo raspaba. Tragó algo de tierra y, con toda violencia, sintió surgir la urgencia de bajar, siempre bajar. Desde el pecho se le extendió un resplandor por todo el cuerpo. Cuando el calor alcanzó sus brazos extendidos hacia abajo, de pronto fue consciente de un vacío enorme. Una caverna. Sus dedos se retorcieron un instante, inútiles en el aire, y luego volvieron, con esfuerzo, hacia su cuerpo comprimido. Se zafó haciendo palanca y cayó sin remedio en el espacio, desacostumbrado a la ausencia de esa presión y ese apretujamiento que, desde que tenía conciencia de esta vida, lo habían rodeado como un útero hostil.

Con lo que le quedaba de manos se limpió la cara de sangre, sudor y mugre. Los muñones que rozaban su piel lo devolvieron a sí mismo. Había llegado a su destino. La pesada sensación de expectación que lo invadió fue tan intensa que el estómago y los pulmones parecían encogérsele al mismo tiempo. Se dobló hacia delante. En una arcada larga vomitó tierra, pequeñas piedras y raíces de plantas, una y otra vez, hasta que gran parte del espacio en el que se encontraba volvió a llenarse y lo rodeó una leve presión. Le chorreó mucosidad arenosa de la nariz. Con brusquedad empujó con los codos la tierra suelta para alejarla de sí.

Torpe, cayó de rodillas y palpó el entorno de formas irregulares con masas de carne que apenas podían pasar por manos. Se sentía extraño. No era la materia sólida con la que había luchado todo ese tiempo. La tierra se deslizaba suave sobre sus brazos velludos. En el fondo percibió una corriente fría. El frescor le hizo bien a su cuerpo recalentado. Lentamente se arrastró en dirección al frío. Una niebla de vapor de agua parecía envolverlo ahora; formaba gotas sobre su cuerpo. Cuanto más avanzaba, más enderezaba la espalda. Al final pudo ponerse completamente de pie. La escarcha se extendió despacio por su rostro. Ahora helaba con fuerza. Sus profundas cuencas oculares pronto se llenaron de cristales centelleantes. La capa blanca cubrió sus labios azulados y se extendió hasta el fondo de su cuello, rodeó enseguida todo su torso. Con avidez estiró los brazos hacia la fuente del frío. Carámbanos crecieron en los muñones de sus manos. Con esos dedos frágiles abrazó con cuidado la esfera helada que flotaba ante él, y sintió que la muerte caía sobre su cuerpo como un viejo amigo. Su máscara de escarcha se resquebrajó con un crujido y mostró una sonrisa apacible.

Muy por encima de esa estatua congelada, muchas capas más arriba, donde podían verse nubes y donde un viento suave susurraba entre los arbustos, allí, en la llanura minera cerca de Koltan, un sonido fue creciendo. Primero llenó la llanura desnuda. Luego trepó por las montañas que bordeaban el valle de Bilsoen por todos lados. El estruendo se volvió tan fuerte que alcanzó el cielo, donde las nubes, casi como asustadas, parecieron huir con rapidez. En medio del bramido, cuatro hombres vestidos con una ostentación excesiva estaban inclinados sobre un agujero profundo. Eran los señores de las minas de Koltan. Con los años, la tierra les había dado una riqueza inconmensurable. Alrededor de sus vientres gruesos colgaban pesados cinturones sembrados de gemas de todos los colores. En la cabeza llevaban tiaras pomposas en las que estaban engastadas las piedras más preciosas. Hasta las suelas de sus zapatos estaban hechas de minerales valiosos. El alboroto que llenaba el valle tenía su origen en aquellos acaudalados señores. Sus gritos de júbilo resonaban en el ancho pozo, se amplificaban y rebotaban. Sus exclamaciones volvían a subir desde la cavidad en la tierra y se elevaban al cielo como vapor de escarcha.

¡Había llegado el tiempo de cosechar! El Removedor, su instrumento sin voluntad, había cumplido su tarea. En una de las cámaras de bálsamo de Koltan, los señores de las minas –que nunca habían prestado demasiada atención a los decretos del sultán sobre el valor de la Vida y la Muerte–, tras una larga búsqueda, habían encontrado un cadáver adecuado, con un alma tan cargada que aún no estaba lista para partir al reino de los muertos. A ese no-muerto lo sacaron en secreto de la ciudad y lo llevaron a la gran llanura. Con conjuros y hierbas despertaron a la criatura. Le miraron fijamente a los ojos negros y le hablaron largo rato, mientras hacían gestos místicos. Debía bajar, hundirse en la profundidad. Allí, el errante, encontraría su destino.

Mientras sus últimos gritos de alegría se apagaban, la esfera de brillo glorioso ascendió desde el pozo. De ella colgaban aún los carámbanos del desdichado de abajo. Como dedos admonitores, señalaban a los cuatro señores. Ellos rieron, inconscientes del peligro. Ya tenían riqueza, más de la que podían desear. Quien poseía casi todo solo anhelaba una cosa: el control absoluto sobre todos los demás. El prójimo era la posesión suprema. Donde su ilustre gobernante trataba a su pueblo con benevolencia –a los cuatro les repelía esa idea– y deseaba prosperidad a sus ciudadanos, los señores de las minas tenían otros planes. Gracias a esa esfera, pronto todos los koltaneses serían tan desprovistos de voluntad como el no-muerto Removedor, que en ese día bendito se había cavado una tumba nueva. No, no faltaba mucho para que la plaga de la esclavitud volviera a descender sobre el orgulloso Koltan. Los señores de las minas tenían grandes expectativas puestas en la esfera. ¿Acaso las leyendas no hablaban de la omnipotencia del cuerpo celeste que, siglos atrás, fue tragado por la tierra por orden del Señor de la Cúpula, Aquel que era alabado por el pueblo en todo momento? ¿No temía el Señor de la Cúpula a esa estrella hasta tal punto que, con un esfuerzo extremo, la había forzado dentro de una esfera y la había desterrado al subsuelo, como única de sus creaciones?

¡Qué poder debía de encerrar aquella pequeña esfera! Durante años, los señores de las minas habían buscado, en oscuros cuartos apartados, en escritos polvorientos, indicios sobre la ubicación de esa arma definitiva. Los cabellos de los señores ya eran plateados cuando, bajo las losas de piedra de la cámara funeraria de Nur Al Fatah, a ocho metros de profundidad en tierra consagrada, hallaron un mapa que, aun después de tanto tiempo, parecía asombrosamente nuevo.

¿Pero qué importaban los años transcurridos? Bien alimentados y en plena forma gracias a la buena vida, a los señores de las minas todavía les aguardaba una vejez espléndida. ¡Tras la riqueza, también la fama y el poder sin mezcla serían su parte! Allí donde otros ancianos debían esperar la muerte en la miseria, ocultos con vergüenza tras cortinas descoloridas, los ambiciosos señores de las minas pasarían sus últimos años como los potentados de Koltan, como los gobernantes de todas las regiones visibles desde la torre más alta de Koltan. Más aún: su reino crecería con tal fuerza que, cada año que siguieran vivos, construirían una torre nueva, cada vez más alta, que ofreciera vista a los territorios conquistados. Las torres se clavarían profundamente en el cielo y allí desafiarían al Señor de la Cúpula. ¿Y el sultán? Ese benévolo protector del pueblo, cuyo nombre apenas podían pronunciar por desprecio, sería su felpudo, una sombra enloquecida que deambularía sin rumbo por el palacio, temerosa de provocar la ira de sus amos.

Una risa profunda brotó de sus gargantas robustas. Con avidez, uno de los gordos extendió la mano hacia la esfera. Como atraída por los dedos carnosos llenos de anillos, la esfera flotó suavemente hacia el señor de las minas al que llamaban Waïs, Señor de la Abundancia. Él le habló a la esfera con tono imperioso.

—Escucha a tus nuevos comandantes, maravilla flotante. El Señor de la Cúpula te derribó a la tierra antaño, en la Última Batalla. Se te cometió una gran injusticia. ¡Ea, pues, estrella, ahora eres libre! Rompe tu indigna cáscara y ve donde quieras, por Koltan y sus alrededores, y ejerce tu fuerza devastadora sobre todos cuantos encuentres. Penetra en los deseos más ocultos de los koltaneses y de los pueblos inferiores. Hazlos a todos tus adoradores. Solo una cosa debes tener en cuenta. Mientras el pueblo te idolatre en templos y alabe tu sabiduría infinita y tu omnipotencia, nosotros, los señores de las minas de Koltan, guiaremos la ciudad y le devolveremos la gloriosa fama que tenía antes de que el débil sultán pusiera por delante el bienestar de su pueblo. Nuestro elevado reino no debe limitarse a las puertas y murallas de la ciudad; no, Koltan debe extender su pompa y su potencia por todo el continente. De océano a océano acabaremos gobernando, con los koltaneses como nuestro poderoso ejército. Tan sin voluntad los harás que cumplirán las tareas más crueles. Con tanto ardor lucharán que pasarán a cuchillo a cualquier poder extraño. Habla, estrella: ¿estás de acuerdo?

La esfera empezó a brillar con violencia. Bramó en una lengua extinta que los señores de las minas no conocían, pero que, de manera extraña, comprendieron.

—Criaturas insignificantes… Domináis el arte de devolver la vida a los muertos. Ahora también queréis convertir a los vivos en vuestros seguidores serviles. Ja, ¡tenéis grandes ambiciones para vuestra corta vida! ¿Acaso no comprendéis que yo soy la eternidad? Ese impostor de arriba a quien llamáis, adulando, el Señor de la Cúpula, en tiempos remotos me atrajo al subsuelo con un ardid. ¿De verdad pensáis que yo, por mi propia fuerza, no puedo romper a través de los muchos minerales, menas y campos mineros y, si así lo deseo, a través de mi propia cáscara?

Los señores de las minas empezaron a temblar y a sacudirse. Waïs habló con inseguridad.

—Pero ¿por qué entonces permaneciste abajo, estrella? Las leyendas dicen que tú, la más poderosa de las estrellas, querías ser liberada y que recompensarías generosamente a tus libertadores.

La esfera descendió hasta quedar justo frente a los ojos de Waïs.

—Lo veo en ti y en tus miserables compañeros: crecisteis bajo el débil gobierno del maldito Señor de la Cúpula y del frágil sultán. Creéis comprender el poder puro, pero os equivocáis. Así como el Señor de la Cúpula me atrajo a la profundidad, también sedujo a los más débiles de los vuestros para que vinieran a buscarme. ¿Qué Dios no querría obtener una prueba de su omnipotencia? Sí, el Señor de la Cúpula creó al hombre a su imagen. La vanidad no le es ajena. Durante siglos, los koltaneses supieron contenerse a pesar de largos períodos de calamidad y obedecieron a su protector celestial. Pero ese orgulloso gobernante de arriba siguió dudando de vuestra devoción. Por eso, al fin, os concedió un mundo de abundancia y paz, un reino donde era dichoso morar. Y sí: liberados de preocupaciones terrenales, ¡acabasteis cayendo en la tentación! Los más audaces entre vosotros se sintieron listos para burlarse de la protección del Señor de la Cúpula y tomar el timón por vuestra cuenta. Bien: ¡entonces ahora experimentaréis lo que es ser completamente libres! Él, allá arriba, se retira ofendido y me deja el campo abierto. ¿Pensáis convertir a todos en Removedores? ¿Queréis transformar a los vivos en un ejército de no-muertos? ¡Insensatos! ¿No sabéis que ese es el privilegio de aquel a quien acabáis de liberar? Yo soy el Mal, que habéis soltado otra vez sobre la humanidad. Temblad ahora, atrasados, porque para mí sois todos iguales, ya seáis ricos o pobres, poderosos o insignificantes. Yo no soy como el Señor de la Cúpula, que dio a los sabios el poder de gobernar sobre los necios. ¡Junto con vuestro sultán, os arrastraréis ante mí!

De la esfera salieron destellos cegadores. La cáscara se quebró y la estrella encerrada en ella se hizo cada vez más grande. Uno por uno, los señores de las minas, antes tan altivos, cayeron pesadamente sobre la arena que se levantaba. Sus rostros estaban retorcidos de terror hasta casi volverse irreconocibles. Sin apartar la vista, miraban la estrella, que se expandía sobre la llanura. Waïs, a quien antes llamaban con respeto el Señor de la Abundancia, se mordió la lengua, la arrancó y masticó sus restos sangrientos. Rayan el Portador de Agua, fuera de sí, se arrancó las orejas. La sangre le brotó bajo el cabello negro y se mezcló, rojo parduzco, con la arena. Hamza el León, que había sido tan intrépido, sacó un puñal de su cinturón ricamente adornado, rasgó su vestidura y se destripó. Las tripas del León se retorcían como gusanos en el polvo. Imran el Silencioso, que había imaginado con más fervor a Koltan como imperio mundial, encogido por completo, se metió los pies en la boca y empezó a roer sus propios dedos.

Cuando los cuatro terminaron su miserable faena, miraron hacia donde estaba su torturador. Sin embargo, la estrella ya no flotaba sobre la llanura. El ídolo maligno había puesto rumbo hacia la ciudad. El cielo sobre los señores de las minas de Koltan se volvió negro como el carbón. Se levantó un viento atronador sobre la llanura. El Señor de la Cúpula había abandonado a su pueblo. Imran el Silencioso abrió la boca, escupió sus dedos y lanzó un grito.

—Koltan… ¿qué hemos hecho?

Desde la ciudad se elevó un retumbar ominoso.

Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

 

viernes, 20 de febrero de 2026

LA CIUDAD, OBSTRUIDA

Finn Audenaert

 

Cuando la enfermedad estalla de manera inesperada, no hay lugar para contemplaciones. Primero caen los niños, su llanto en agonía, coda de la existencia de todos. Cadáveres de párvulos llenan las calles que gimen, donde hasta hace poco jugaban. Las madres se plantan horrorizadas frente a las ventanas, se arrancan el cabello. Los padres, con el rostro como un paño descolorido, aferran a sus amadas por la espalda. Brazos tensos que deben salvar o, al menos, retener. Todo se sella herméticamente, como la vez anterior. El duelo. Solo. Puede. Vivirse. A. Distancia. ¡Oh, el horror ha regresado! Pronto zumba y pulula sobre los cuerpos sin alma: moscas, ratas, cucarachas. Groningen se paraliza.

La muerte escarlata avanza alegremente por el lodazal de sangre y pinta las fachadas con patrones de gotas. El noble señor Escarlatina ha aterrizado por novena vez. Se intentó ahogarlo en aguas turbias, asarlo en la hoguera, arrancarle el alma con cuerdas ásperas. Con esfuerzo se lo diseccionó y, finalmente, se lo diagnosticó fuera de existencia. Pero no hay un “finalmente”, no con el noble señor. Se ha fracasado; la nobleza es y seguirá siendo inasible. Groningen es su ciudad, y todos lo sabrán en las pocas horas que restan antes de que devore a quienes se atrevieron a desafiarlo. Que primero lloren a su descendencia muerta.

Cuando cae la noche, vuelve a extender sus garras. Un bramido llena la plaza Damsterplein, aplasta toda novedad. Lo que no se reconoce no cuenta. Carros relucientes, herméticamente cerrados. Luces intermitentes verdes y rojas –¡rojas!– y líneas blancas rectas. Groningen se disfraza una y otra vez. Inútil… Lo intempestivo arrasa sin miramientos. Sus uñas raspan el vidrio. Tintineo, cuerpos torpes caen en el charco que no deja de expandirse. La sangre ya les llega a las rodillas, y el noble señor mide ahora varios metros de altura.

En la Papengang, detrás de un muro donde las salpicaduras escarlata del señor se funden sin fisuras en patrones más caprichosos, un niño está arrodillado. Cabello largo y negro, hombros frágiles, rostro pálido. Una niña se quedó enferma en casa durante el Día Nacional del Juego al Aire Libre. Una tos persistente. Myra había insistido.

—Mamá, mis amiguitos.

Un breve silencio.

—Luego —había dicho la madre.

¿Luego? Myra sabía que no se refería a hoy. Porque la niña, al igual que el noble señor, conoce la verdad impía: quien ha alcanzado los años de la sabiduría miente. ¡Miente!

Y sin embargo. Sobre su hombro izquierdo, se apoya la mano temblorosa de la madre. A la derecha, la pesada garra del padre. Los papás siempre son un poco bestias.

—Reza —susurran—. La leyenda dice que el último niño nos salvará.

Eso Myra nunca lo oyó en un libro de cuentos.

Reza, pero no sabe a quién.

—¡Invocá a Groningen misma! —grita su madre, fuera de sí.

Pero si la ciudad sufre, ¿cómo podría ayudar?

—La sangre, siempre la sangre —gruñe su padre—, siglo tras siglo.

Su voz es aún más grave de lo habitual. San-gre.

Myra tose desde hace años. Ganglios enfermos. Hospital adentro, hospital afuera. A veces se pregunta si algún día será mamá. En una llovizna persistente, durante una de esas estancias interminables en el Hospital Martini, miraba desde un tercer piso más allá de las tristes plantas de interior. En el estacionamiento latía, marcaba el ritmo, vivía: el Sistema Circulatorio. Qué simples los colores, azul y rojo. Qué claras las esquinas rectas. Horas enteras se quedaba mirándolo.

San-gre. La voz de su padre es brutalmente ahogada por el engendro de afuera.

—¡Venganza!

¿Cómo pueden sonidos tan ásperos ser nobles?

—Sálvanos.

Su plegaria comienza sobria.

—Hazlo por mamá, papá y Mientje, mi canario. Yo quie…

—Apúrate, niña —jadea la madre.

Myra traga saliva, un olor rancio invade la sala. Una presencia antiquísima desciende sobre ella, pone las palabras en su boca. ¿Groningen misma?

—Sistema Circulatorio, guardián de los enfermos, arráncate del asfalto. Allí aguarda aquel que nunca se sacia.

La tierra tiembla. Algo se libera, lejos y a la vez cerca.

Por docenas, los súbditos renuentes desaparecen en su boca abierta. El noble señor se llena, merodeando por la ciudad. Cuando se lanza sobre los sintecho, flotando en el mar rojo del parque Pioenpark, choca contra una estructura extraña, hierro que quiebra la superficie espumosa y no deja de crecer. El azul se extiende hacia la izquierda, el rojo –otra vez su color– hacia la derecha.

Myra lo ve ocurrir detrás de sus ojos. Siente la lucha bajo su piel. El Sistema Circulatorio cruje; el sonido es delicioso, y aprieta al ahora flácido señor. El estruendo de su danza mortal llega hasta la sala. Un golpe sordo. Luego: nada.

Myra abre los ojos, mira a sus padres.

—Ha terminado —dice—. El señor ha sido sometido. Por ahora.

Un latido regular resuena.

—La ciudad ha sido desobstruida. El Sistema Circulatorio regresa a su lugar fijo, donde velará para siempre.

Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

martes, 16 de diciembre de 2025

¡UN AÑO NUEVO COMO NINGÚN OTRO!

Finn Audenaert

 

Rosa Holderman está cabeceando en el sillón. A su alrededor, el confeti de colores festivos cubre la alfombra. Tras los fuegos artificiales ha llegado el silencio. Ya es bastante pasada la una de la madrugada. El nuevo año ha comenzado.

En la somnolencia de esas horas tardías, Rosa piensa en su familia. Eerhard tiene ahora ochenta años y sigue soltero. ¿Qué será de ese muchacho? Por su hija Heraki no se preocupa tanto. Vive con su marido en Nueva Mauritania y se tuesta felizmente al sol en playas interminables, en compañía de sus hijos y nietos. Ay –suspira Rosa–, ojalá pudiera, como en 2072, ir otra vez a visitar a mi prole bronceada.

Eerhard abre la puerta suavemente.

—¿Mamá, ya estás dormida?

Una pregunta tan típica de Eerhard. Bienintencionada, pero un poco torpe. A Rosa no le sorprende que el chico, después de tantos años, siga viviendo con ella.

—Sí, Hardje, todavía estoy saboreando un poco la alegría que ilumina al mundo entero. Ven, siéntate conmigo.

—Qué silencioso está todo, mamá. ¿Pongo el altavoz?

Eerhard no soporta el silencio, lo sabe Rosa. Todos esos años solo en compañía de su madre. Seguro que el muchacho anhela algo de emoción, música, alegría. ¿Por qué hoy también se ha quedado en casa en lugar de salir a la ciudad?

—Sí, hijo, elige una buena ultraseñal.

Rosa prefiere leer. Es adicta a los cuentos posmodernos, de esos en los que los príncipes atraviesan crisis de identidad y buscan consejo en ranas. Las princesas observan con desaprobación desde el fondo. A Rosa le gusta una buena dosis de desesperación seguida de un final feliz inesperado. Desde que se jubiló anticipadamente hace cinco años, literalmente devora las horas del día leyendo. Tres comidas y dos libros al día. Esa es la dieta de Rosa. Ah, perderse a la antigua en voluminosos libros encuadernados en cuero. A la dama le gusta aferrarse a costumbres en desuso. Su hijo es más amigo de las novedades: holomúsica y esas cosas.

Eerhard avanza arrastrando los pies hasta el altavoz. Su muñeca cruje tan fuerte que Rosa –que ya no oye demasiado bien a la venerable edad de ciento dieciséis años– percibe el sonido desde el otro lado de la habitación. Ella le asiente con ánimo.

—Dale una buena vuelta, Hardje. El botón está un poco atascado. Sí, quizá deberíamos escuchar más música.

Poco después, la ultraseñal Roostalgia suena en la sala de estar. ¡Ah, los viejos éxitos de antaño! Rosa y Eerhard alcanzan a oír todavía la coda de Bohemian Rhapsody.

So you think you can stop me and spit in my eye…

La figura familiar de Scaramouche proyecta sombras en las paredes del salón mientras resuenan las últimas notas. El payaso saluda con elegancia a Rosa y a Eerhard y luego se disuelve lentamente en el papel pintado de flores anticuadas. Je, qué clásico.

—Oh, mamá, esto lo cantábamos en la academia, al empezar las clases de Geografía Imaginaria. Caught in a landslide / no escape from reality-y-y! ¡Qué tiempos tan hermosos! Mamá, me alegro tanto de que me dejaras ir a la academia de fantasía. La banca no era lo mío.

—Sí, querido, cada uno tiene sus talentos. Estoy muy orgullosa de tus ultracasts. No veo la hora de que tu serie sobre alquimia filosófica salga en forma de libro.

Eerhard resplandece de orgullo. La verdad es que no suele recibir muchos comentarios sobre su trabajo. Su madre no sabe que él mismo paga la impresión de sus libros. Ya nadie lee libros. Excepto Rosa, claro.

El lector de streaming pasa a publicidad de búnkeres de hiperespacio. Quince por ciento de descuento en los modelos estándar. ¡Adiós atmósfera! ¿Tiene que ser esto justo al inicio del nuevo año?, piensa Rosa. Esa guerra con el Imperio de Fardazor parece no terminar nunca. La anciana suspira profundamente. En ciento dieciséis años no ha cambiado tanto.

—Mamá, ¿todo bien? De repente te ves tan apesadumbrada.

Pero apenas Eerhard expresa su preocupación, ya irrumpe la siguiente canción en la sala. Uf, por lo menos no es publicidad. Rosa va a tranquilizar a su hijo cuando reconoce las primeras notas. ¡Es un auténtico clásico!

La canción la transporta de inmediato a su infancia. Es uno de sus recuerdos más tempranos. Debía de tener unos seis años. Recuerda vivamente aquella tarde inflando globos hasta quedarse sin aliento. Su madre la había recostado un momento en el sofá y entonces la radio había puesto esta canción. Un instante delicioso que Rosa ha atesorado todos estos años.

No more champagne

And the fireworks are through

Eerhard se incorpora de golpe. Bueno, digamos que se sienta un poco más erguido en el sillón.

—¡Eh, esa también la conozco!

Rosa y Eerhard se miran. Un momento de íntima conexión justo al final de este día festivo.

—¡Agnetha! —jubila Eerhard. (Siempre le había parecido la más bonita. El muchacho tiene debilidad por las rubias).

—¡Y Frida! —susurra Rosa.

—Sí, y los chicos también, mamá. Benny y Björn, creo. ¿No eran ellos los que componían las canciones?

—Oye, hijo, tira un poco del cable de rebobinado. Nos hemos perdido el principio.

Eerhard se levanta del sillón y se acerca al altavoz. Un modelo hecho a medida para el cumpleaños ciento doce de Rosa. Con ese regalo de la tienda de la esquina, Eerhard había querido darle un poco de variedad a su madre. Mamá no podía pasarse todo el día leyendo. Especialmente para ella había mandado colocar esos cables vintage en la parte frontal del aparato. Desde el sillón se podían manejar, en teoría, moviendo la mano en la dirección correcta. Pero como Rosa usaba tan poco el aparato, los cables a veces fallaban. Así que toca hacerlo a mano. A Eerhard no le importa. Esta canción quiere oírla en todo su esplendor, con coreografía incluida.

La música mágica comienza. Qué inicio tan deliciosamente melancólico. Dentro de nada el estribillo abrirá la canción a la esperanza y la alegría, lo saben Rosa y Eerhard.

Madre e hijo suspiran embelesados. Ante ellos, Agnetha canta con solemnidad. La alfombra parece fundirse con su vestido blanco de fiesta, tan bien combinan los colores. Ella le guiña un ojo a Eerhard. Él se mueve un poco incómodo. Je, qué experiencia. ¡Viva la holomúsica! Por cierto, ¿no había sido ABBA un pionero de esa técnica deliciosamente anticuada? Para este tipo de entretenimiento, Radio Roostalgia era garantía segura. Había elegido bien la ultraseñal.

En el estribillo, Frida asoma por la puerta. Sus rizos se mecen con sus líneas vocales. La sala se va llenando cuando Benny entra por la ventana y Björn sale del televisor. Parece que hoy hay una segunda fiesta de Año Nuevo.

Durante la siguiente estrofa, los pies de Rosa y Eerhard se convierten en bloques de arcilla. ¡Ja! Igual que en la canción. Muy bien pensado. Ambos golpean felices el suelo con sus flamantes terrones al ritmo de la música. Pequeños trozos de arcilla saltan sobre la alfombra. No importa: cuando la música termine, todo se disolverá en la nada.

Seems to me now

that the dreams we had before

are all dead, nothing more

 

A Rosa se le ocurre una idea. Levanta su multipen en el aire. Una llama tenue comienza a moverse al compás de la música. Eerhard la imita enseguida. Automáticamente la luz del salón se atenúa un poco. Qué ambiente tan acogedor.

 

May we all have our hopes

Our will to try

If we don’t we might as well

lay down and die

You and I

 

¡Qué final tan hermoso! Los cuatro músicos hacen una profunda reverencia. Rosa y Eerhard aplauden con entusiasmo. Así se cierra el año como debe ser.

Eerhard se dispone a levantarse. De tanto cantar y balancearse le ha entrado hambre. En la cocina quedan todavía unas ricas galletas instantáneas, lo sabe. Pero casi se va de bruces al ponerse en pie. Asustado, mira hacia abajo. ¡Sus pies siguen siendo de arcilla! ¿Cómo puede ser? La canción terminó hace rato. El lector de streaming repasa ahora en el altavoz una lista de fin de año.

Alarmado, Eerhard mira a su madre. Ella, desde el sofá, le levanta el pulgar.

—No te preocupes, hijo. Mira a tu alrededor.

Solo entonces Eerhard lo ve. ¡Agnetha, Frida, Benny y Björn siguen en la habitación! ¿Qué más nos ocurrirá esta noche?, piensa. Se sienta de nuevo, algo inseguro. Su madre parece confiar más. Claro, a su edad ya lo ha vivido todo.

—Percibimos mucho amor en este espacio —empieza Agnetha.

—Vuestro vínculo es muy fuerte —añade Frida.

Benny y Björn asienten enérgicamente. Parecen ser más bien del tipo silencioso.

—Solo un amor tan fuerte puede atarnos un poco más a nuestros queridos oyentes —dice Agnetha—. Esta noche pueden pedir cuatro deseos.

Hay magia en el aire, eso está claro. En un mundo lleno de maravillas tecnológicas, por suerte aún hay sitio para otro tipo de milagros, piensa Eerhard. Su madre parece haber leído sus pensamientos y asiente.

Benny da un paso al frente. Con voz ronca pero amable pregunta:

—¿Cuál es vuestro primer deseo?

Rosa no necesita pensarlo mucho.

—Me gustaría ver otra vez a Heraki y a su familia. A mi hija. A mi yerno. ¡A mis queridos nietos! Hace tanto tiempo…

Rosa y Eerhard oyen un sonido detrás de ellos. La pared, detrás del sofá, se desliza y desaparece. Heraki, su marido Thorhes y sus hijas Mirate, Cantate y Hécate entran en la sala. Las niñas se lanzan al cuello de Rosa. Heraki abraza a su hermano. Thorhes, siempre tan tranquilo, sonríe junto al sofá. ¡No es poca cosa aparecer de repente a kilómetros de distancia, en casa de los suegros!

Rosa llora a mares. Eerhard también tiene que contener las lágrimas. ¡Qué noche!

Benny sonríe y señala a Björn, que da un paso adelante.

—¿Y cuál es vuestro segundo deseo?

Eerhard siente que ahora le toca a él.

—Bueno, eh, señor Björn, a la vuelta de la esquina hay una tienda de regalos y allí ayuda la señorita Zazi al dueño. Zazi siempre me mira tan bonito cuando compro un regalito para mi madre. Pero cuando quiero decirle lo mucho que me gusta, la voz se me quiebra. Y entonces me preguntaba, señor Björn…

No ha terminado siquiera la frase cuando Zazi desciende, sentada en una nubecilla, a través de la claraboya. Lleva una túnica dorada con pendientes a juego. Qué aparición, piensa Eerhard. Zazi baja con elegancia de su nube y se sienta cómodamente en el sofá. Eerhard no cabe en sí de felicidad. Primero la mira tímidamente –ella le sonríe con amabilidad– y luego mira a los demás, todos sentados en un sofá que parece alargarse cada vez más.

—Bueno, Eerhard, ¿querías decirme algo?

Zazi lo mira con picardía. Para su propia sorpresa, Eerhard empieza a hablar sin parar. Al principio tartamudea un poco, pero pronto las frases completas fluyen de su lengua. Zazi escucha divertida. Sí, piensa, por fin se anima. Ya podré subir un poco otra vez los precios rebajados de la tienda. Suelta una risita traviesa y sigue escuchando con interés. Qué cantidad de cosas interesantes tiene este hombre que contar.

Rosa observa la escena encantada. Ella y Heraki intercambian una mirada cómplice. Sí, eso parece que va a salir bien en ese lado del sofá.

Frida alza graciosamente un brazo.

—¿Tienen un tercer deseo?

Frida mira a Heraki con cariño.

—Oh, ¿podemos pedirlo nosotras también? Y eso que ya estamos tan mimadas… Pues bien, deseo que en este mundo haya más espacio para los valores y placeres de antaño. Por las virtu-cartas de mamá noto cuánto disfruta con sus libros.

De pronto, una luz solar intensa entra por la ventana. ¡Y eso en plena noche! Ante sus ojos, la familia ve surgir una gran tienda al otro lado de la calle. ¡El registro estatal que estaba allí ha desaparecido sin más! Rosa entrecierra los ojos para leer el letrero, pero no distingue bien las letras.

—Paraíso de los Libros, mamá.

Eerhard le sonríe. Ahora ya no tendrá que ir a recoger sus ultracasts impresos en las afueras de la urbanización. Bastará con cruzar la calle.

Rosa se queda soñando despierta, imaginando todas esas hermosas novelas que sin duda brillan en el Paraíso de los Libros. No hace falta decir que la tienda está bañada en un resplandor especial.

Agnetha se acerca a la familia con los brazos abiertos. Con un amplio gesto hace desaparecer los pies de arcilla de Rosa y Eerhard.

—Antes de dejarlos, queridos oyentes, queremos cumplir un último deseo.

La cantante mira al hombre silencioso del sofá.

—Un yerno también es un miembro muy querido de la familia, querido Thorhes. ¿Cuál es tu deseo para el nuevo año?

Thorhes es más bien práctico. Se aclara la garganta y formula modestamente su petición:

—¿Paz mundial? ¿Podría ser?

Agnetha, Frida, Benny y Björn comienzan a reír suavemente. Saludan a la familia y se disuelven en la nada.

Antes de que puedan recuperarse de la sorpresa, Rosa, Eerhard, Heraki, Thorhes y las nietas oyen la melodía inconfundible de las noticias en el altavoz.

—Queridos oyentes, esta noticia acaba de llegar. ¡Nos complace traerles una feliz novedad! La Alianza de Terra y el Imperio de Fardazor acaban de anunciar negociaciones oficiales. Ambas partes informan que durante la última semana ya mantuvieron conversaciones exploratorias. Tras una guerra de más de sesenta años, por fin asoma algo de esperanza en el horizonte. No hay mejor noticia para dar la bienvenida al nuevo año.

—¡Esto merece champán!

Eerhard, por suerte, había puesto varias botellas a enfriar por la mañana. Al levantarse había tenido ese presentimiento…

Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

 

miércoles, 12 de junio de 2024

¿QUIÉN SUEÑA EN LA IMPONENTE DUNWICH HOUSE?

Finn Audenaert

 

Quien escribe o lee, nunca está solo. Nunca.

Eddy vive en el ático. Se encarga de los monstruos. Tiene treinta mil. Durante el día hacen ruido. Patean por todos lados, comen con mucho alboroto. Cuando el sol se pone, Eddy los acuesta amorosamente, cada uno en su propio libro. Suavemente los cubre con la portada. Las pequeñas criaturas duermen cómodamente bajo las tapas blandas. Sus hermanos mayores solo aceptan duras tapas robustas.

Durante el día, Eddy trabaja en el mundo de los adultos. Traje impecable. El cabello hacia atrás. Las manos despojadas de los anillos que lo protegen a él y a sus compañeros del ático de la maldad de la gente. Con un poderoso sentido del deber, cuida el oro de la ciudad. Trata las monedas con el mismo cuidado que a sus monstruos. Les sopla el polvo, las pule con sus inmaculadas mangas blancas, las cuenta meticulosamente y las guarda una por una, a salvo en la caja fuerte.

En ese momento, los monstruos están libres. Al menos los herbívoros. Abren la ventana con el hocico, pastan en los geranios, inhalan el aire fresco. Desde Dunwich House miran la ciudad torre y anhelan aventuras lejanas.

Cuando Eddy llega a casa, esperan ansiosamente a que suba las escaleras. Apenas ha abierto la puerta, vienen a frotarse contra él. Sí, los herbívoros son afectuosos. Como mascotas.

Pero Eddy prefiere a los carnívoros y los omnívoros. ¡Monstruos salvajes! ¡Monstruos de verdad! Rugen cuando Eddy los suelta al regresar. Están tan indignados de haber estado encerrados todo el día... Ese es el momento más peligroso. Las bestias braman, gritan, castañetean. Se acercan amenazadoramente a Eddy, lo rodean. Lo encierran cada vez más, allí, en ese alto ático lleno de estanterías de libros.

Eddy levanta una mano de manera conciliadora.

—Este es el pacto que hicimos. ¿Quién sigue leyendo sus historias de vida, mis queridas criaturas salvajes? Dunwich House es como el arca de Noé. Los he salvado del diluvio del olvido. Aquí, en el refugio de mi nido de lectura, les dejo merodear en el polvo. Huélanse entre ustedes. Limpien el plumaje de los demás. Devoren los mejores filetes que mi esposa prepara para ustedes con amor. Beban la sangre que mi hija extrae para ustedes. ¡Vivan! Pero recuerden, mis animales de ensueño, el mundo allá afuera ha terminado con ustedes. Si salen por la puerta, les espera la desgracia. Sus descendientes han sido desterrados a salas oscuras y pequeños armarios. La gente se horroriza viéndolos, seguros detrás de una pantalla. Pero si los ven en estado salvaje, ¡entran en pánico! Los míseros sin imaginación solo conocen lagartos gigantes que derriban decorados de cartón, rascacielos en países orientales que son pisoteados. Si aparecen por allá afuera, les exigen a sus gobernantes que los bombardeen. Una lluvia de fuego. Armas nucleares. —Eddy extiende los brazos. Se ensancha y bloquea el último resplandor del atardecer que inunda el ático en un resplandor dorado—. Mejor, queridos amigos, es brillar en el crepúsculo que arder a pleno sol.

Los monstruos inclinan humildemente la cabeza. Saben que su amo quiere lo mejor para ellos. Cuando Eddy los acuesta, asienten en comprensión. En los libros del ático, todos los habitantes encuentran su consuelo. Cuando duermen juntos, sueñan con muchos universos.

 

En memoria de Eddy C. Bertin, el hombre que era Dunwich House.

 

Título original: Wie droomt daar in het machtige Dunwich House?

Traducción del neerlandés: Sergio Gaut vel Hartman & IA GPT

 

Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

 

  

FATA MORGANA