Finn Audenaert
Rosa Holderman está
cabeceando en el sillón. A su alrededor, el confeti de colores festivos cubre
la alfombra. Tras los fuegos artificiales ha llegado el silencio. Ya es
bastante pasada la una de la madrugada. El nuevo año ha comenzado.
En la somnolencia de esas horas
tardías, Rosa piensa en su familia. Eerhard tiene ahora ochenta años y sigue
soltero. ¿Qué será de ese muchacho? Por su hija Heraki no se preocupa tanto.
Vive con su marido en Nueva Mauritania y se tuesta felizmente al sol en playas
interminables, en compañía de sus hijos y nietos. Ay –suspira Rosa–, ojalá
pudiera, como en 2072, ir otra vez a visitar a mi prole bronceada.
Eerhard abre la puerta suavemente.
—¿Mamá, ya estás dormida?
Una pregunta tan típica de Eerhard.
Bienintencionada, pero un poco torpe. A Rosa no le sorprende que el chico,
después de tantos años, siga viviendo con ella.
—Sí, Hardje, todavía estoy
saboreando un poco la alegría que ilumina al mundo entero. Ven, siéntate
conmigo.
—Qué silencioso está todo, mamá.
¿Pongo el altavoz?
Eerhard no soporta el silencio, lo
sabe Rosa. Todos esos años solo en compañía de su madre. Seguro que el muchacho
anhela algo de emoción, música, alegría. ¿Por qué hoy también se ha quedado en
casa en lugar de salir a la ciudad?
—Sí, hijo, elige una buena
ultraseñal.
Rosa prefiere leer. Es adicta a los
cuentos posmodernos, de esos en los que los príncipes atraviesan crisis de
identidad y buscan consejo en ranas. Las princesas observan con desaprobación
desde el fondo. A Rosa le gusta una buena dosis de desesperación seguida de un
final feliz inesperado. Desde que se jubiló anticipadamente hace cinco años,
literalmente devora las horas del día leyendo. Tres comidas y dos libros al
día. Esa es la dieta de Rosa. Ah, perderse a la antigua en voluminosos libros
encuadernados en cuero. A la dama le gusta aferrarse a costumbres en desuso. Su
hijo es más amigo de las novedades: holomúsica y esas cosas.
Eerhard avanza arrastrando los pies
hasta el altavoz. Su muñeca cruje tan fuerte que Rosa –que ya no oye demasiado
bien a la venerable edad de ciento dieciséis años– percibe el sonido desde el
otro lado de la habitación. Ella le asiente con ánimo.
—Dale una buena vuelta, Hardje. El
botón está un poco atascado. Sí, quizá deberíamos escuchar más música.
Poco después, la ultraseñal
Roostalgia suena en la sala de estar. ¡Ah, los viejos éxitos de antaño! Rosa y
Eerhard alcanzan a oír todavía la coda de Bohemian Rhapsody.
So you think you can stop me and spit in my
eye…
La figura familiar de Scaramouche
proyecta sombras en las paredes del salón mientras resuenan las últimas notas.
El payaso saluda con elegancia a Rosa y a Eerhard y luego se disuelve
lentamente en el papel pintado de flores anticuadas. Je, qué clásico.
—Oh, mamá, esto lo cantábamos en la
academia, al empezar las clases de Geografía Imaginaria. Caught in a landslide / no escape from
reality-y-y! ¡Qué
tiempos tan hermosos! Mamá, me alegro tanto de que me dejaras ir a la academia
de fantasía. La banca no era lo mío.
—Sí, querido, cada uno tiene sus
talentos. Estoy muy orgullosa de tus ultracasts. No veo la hora de que tu serie
sobre alquimia filosófica salga en forma de libro.
Eerhard resplandece de orgullo. La
verdad es que no suele recibir muchos comentarios sobre su trabajo. Su madre no
sabe que él mismo paga la impresión de sus libros. Ya nadie lee libros. Excepto
Rosa, claro.
El lector de streaming pasa a
publicidad de búnkeres de hiperespacio. Quince por ciento de descuento en los
modelos estándar. ¡Adiós atmósfera! ¿Tiene que ser esto justo al inicio del
nuevo año?, piensa Rosa. Esa guerra con el Imperio de Fardazor parece no
terminar nunca. La anciana suspira profundamente. En ciento dieciséis años no
ha cambiado tanto.
—Mamá, ¿todo bien? De repente te
ves tan apesadumbrada.
Pero apenas Eerhard expresa su
preocupación, ya irrumpe la siguiente canción en la sala. Uf, por lo menos no
es publicidad. Rosa va a tranquilizar a su hijo cuando reconoce las primeras
notas. ¡Es un auténtico clásico!
La canción la transporta de
inmediato a su infancia. Es uno de sus recuerdos más tempranos. Debía de tener
unos seis años. Recuerda vivamente aquella tarde inflando globos hasta quedarse
sin aliento. Su madre la había recostado un momento en el sofá y entonces la
radio había puesto esta canción. Un instante delicioso que Rosa ha atesorado
todos estos años.
No more champagne
And the fireworks are through
Eerhard se incorpora de golpe.
Bueno, digamos que se sienta un poco más erguido en el sillón.
—¡Eh, esa también la conozco!
Rosa y Eerhard se miran. Un momento
de íntima conexión justo al final de este día festivo.
—¡Agnetha! —jubila Eerhard.
(Siempre le había parecido la más bonita. El muchacho tiene debilidad por las
rubias).
—¡Y Frida! —susurra Rosa.
—Sí, y los chicos también, mamá.
Benny y Björn, creo. ¿No eran ellos los que componían las canciones?
—Oye, hijo, tira un poco del cable
de rebobinado. Nos hemos perdido el principio.
Eerhard se levanta del sillón y se
acerca al altavoz. Un modelo hecho a medida para el cumpleaños ciento doce de
Rosa. Con ese regalo de la tienda de la esquina, Eerhard había querido darle un
poco de variedad a su madre. Mamá no podía pasarse todo el día leyendo.
Especialmente para ella había mandado colocar esos cables vintage en la parte
frontal del aparato. Desde el sillón se podían manejar, en teoría, moviendo la
mano en la dirección correcta. Pero como Rosa usaba tan poco el aparato, los
cables a veces fallaban. Así que toca hacerlo a mano. A Eerhard no le importa.
Esta canción quiere oírla en todo su esplendor, con coreografía incluida.
La música mágica comienza. Qué
inicio tan deliciosamente melancólico. Dentro de nada el estribillo abrirá la
canción a la esperanza y la alegría, lo saben Rosa y Eerhard.
Madre e hijo suspiran embelesados.
Ante ellos, Agnetha canta con solemnidad. La alfombra parece fundirse con su
vestido blanco de fiesta, tan bien combinan los colores. Ella le guiña un ojo a
Eerhard. Él se mueve un poco incómodo. Je, qué experiencia. ¡Viva la
holomúsica! Por cierto, ¿no había sido ABBA un pionero de esa técnica
deliciosamente anticuada? Para este tipo de entretenimiento, Radio Roostalgia
era garantía segura. Había elegido bien la ultraseñal.
En el estribillo, Frida asoma por
la puerta. Sus rizos se mecen con sus líneas vocales. La sala se va llenando
cuando Benny entra por la ventana y Björn sale del televisor. Parece que hoy
hay una segunda fiesta de Año Nuevo.
Durante la siguiente estrofa, los
pies de Rosa y Eerhard se convierten en bloques de arcilla. ¡Ja! Igual que en
la canción. Muy bien pensado. Ambos golpean felices el suelo con sus flamantes
terrones al ritmo de la música. Pequeños trozos de arcilla saltan sobre la
alfombra. No importa: cuando la música termine, todo se disolverá en la nada.
Seems to me now
that the dreams we had before
are all dead, nothing more
A Rosa se le ocurre una idea.
Levanta su multipen en el aire. Una llama tenue comienza a moverse al compás de
la música. Eerhard la imita enseguida. Automáticamente la luz del salón se
atenúa un poco. Qué ambiente
tan acogedor.
May we all have our hopes
Our will to try
If we don’t we might as well
lay down and die
You and I
¡Qué final tan
hermoso! Los cuatro músicos hacen una profunda reverencia. Rosa y Eerhard
aplauden con entusiasmo. Así se cierra el año como debe ser.
Eerhard se dispone a levantarse. De
tanto cantar y balancearse le ha entrado hambre. En la cocina quedan todavía
unas ricas galletas instantáneas, lo sabe. Pero casi se va de bruces al ponerse
en pie. Asustado, mira hacia abajo. ¡Sus pies siguen siendo de arcilla! ¿Cómo
puede ser? La canción terminó hace rato. El lector de streaming repasa ahora en
el altavoz una lista de fin de año.
Alarmado, Eerhard mira a su madre.
Ella, desde el sofá, le levanta el pulgar.
—No te preocupes, hijo. Mira a tu
alrededor.
Solo entonces Eerhard lo ve.
¡Agnetha, Frida, Benny y Björn siguen en la habitación! ¿Qué más nos ocurrirá
esta noche?, piensa. Se sienta de nuevo, algo inseguro. Su madre parece confiar
más. Claro, a su edad ya lo ha vivido todo.
—Percibimos mucho amor en este
espacio —empieza Agnetha.
—Vuestro vínculo es muy fuerte
—añade Frida.
Benny y Björn asienten
enérgicamente. Parecen ser más bien del tipo silencioso.
—Solo un amor tan fuerte puede
atarnos un poco más a nuestros queridos oyentes —dice Agnetha—. Esta noche
pueden pedir cuatro deseos.
Hay magia en el aire, eso está
claro. En un mundo lleno de maravillas tecnológicas, por suerte aún hay sitio
para otro tipo de milagros, piensa Eerhard. Su madre parece haber leído sus
pensamientos y asiente.
Benny da un paso al frente. Con voz
ronca pero amable pregunta:
—¿Cuál es vuestro primer deseo?
Rosa no necesita pensarlo mucho.
—Me gustaría ver otra vez a Heraki
y a su familia. A mi hija. A mi yerno. ¡A mis queridos nietos! Hace tanto
tiempo…
Rosa y Eerhard oyen un sonido
detrás de ellos. La pared, detrás del sofá, se desliza y desaparece. Heraki, su
marido Thorhes y sus hijas Mirate, Cantate y Hécate entran en la sala. Las
niñas se lanzan al cuello de Rosa. Heraki abraza a su hermano. Thorhes, siempre
tan tranquilo, sonríe junto al sofá. ¡No es poca cosa aparecer de repente a
kilómetros de distancia, en casa de los suegros!
Rosa llora a mares. Eerhard también
tiene que contener las lágrimas. ¡Qué noche!
Benny sonríe y señala a Björn, que
da un paso adelante.
—¿Y cuál es vuestro segundo deseo?
Eerhard siente que ahora le toca a
él.
—Bueno, eh, señor Björn, a la
vuelta de la esquina hay una tienda de regalos y allí ayuda la señorita Zazi al
dueño. Zazi siempre me mira tan bonito cuando compro un regalito para mi madre.
Pero cuando quiero decirle lo mucho que me gusta, la voz se me quiebra. Y
entonces me preguntaba, señor Björn…
No ha terminado siquiera la frase
cuando Zazi desciende, sentada en una nubecilla, a través de la claraboya.
Lleva una túnica dorada con pendientes a juego. Qué aparición, piensa Eerhard.
Zazi baja con elegancia de su nube y se sienta cómodamente en el sofá. Eerhard
no cabe en sí de felicidad. Primero la mira tímidamente –ella le sonríe con
amabilidad– y luego mira a los demás, todos sentados en un sofá que parece
alargarse cada vez más.
—Bueno, Eerhard, ¿querías decirme
algo?
Zazi lo mira con picardía. Para su
propia sorpresa, Eerhard empieza a hablar sin parar. Al principio tartamudea un
poco, pero pronto las frases completas fluyen de su lengua. Zazi escucha
divertida. Sí, piensa, por fin se anima. Ya podré subir un poco otra vez los
precios rebajados de la tienda. Suelta una risita traviesa y sigue escuchando
con interés. Qué cantidad de cosas interesantes tiene este hombre que contar.
Rosa observa la escena encantada.
Ella y Heraki intercambian una mirada cómplice. Sí, eso parece que va a salir
bien en ese lado del sofá.
Frida alza graciosamente un brazo.
—¿Tienen un tercer deseo?
Frida mira a Heraki con cariño.
—Oh, ¿podemos pedirlo nosotras
también? Y eso que ya estamos tan mimadas… Pues bien, deseo que en este mundo
haya más espacio para los valores y placeres de antaño. Por las virtu-cartas de
mamá noto cuánto disfruta con sus libros.
De pronto, una luz solar intensa
entra por la ventana. ¡Y eso en plena noche! Ante sus ojos, la familia ve
surgir una gran tienda al otro lado de la calle. ¡El registro estatal que
estaba allí ha desaparecido sin más! Rosa entrecierra los ojos para leer el
letrero, pero no distingue bien las letras.
—Paraíso de los Libros, mamá.
Eerhard le sonríe. Ahora ya no
tendrá que ir a recoger sus ultracasts impresos en las afueras de la
urbanización. Bastará con cruzar la calle.
Rosa se queda soñando despierta,
imaginando todas esas hermosas novelas que sin duda brillan en el Paraíso de
los Libros. No hace falta decir que la tienda está bañada en un resplandor
especial.
Agnetha se acerca a la familia con
los brazos abiertos. Con un amplio gesto hace desaparecer los pies de arcilla
de Rosa y Eerhard.
—Antes de dejarlos, queridos
oyentes, queremos cumplir un último deseo.
La cantante mira al hombre
silencioso del sofá.
—Un yerno también es un miembro muy
querido de la familia, querido Thorhes. ¿Cuál es tu deseo para el nuevo año?
Thorhes es más bien práctico. Se
aclara la garganta y formula modestamente su petición:
—¿Paz mundial? ¿Podría ser?
Agnetha, Frida, Benny y Björn
comienzan a reír suavemente. Saludan a la familia y se disuelven en la nada.
Antes de que puedan recuperarse de
la sorpresa, Rosa, Eerhard, Heraki, Thorhes y las nietas oyen la melodía
inconfundible de las noticias en el altavoz.
—Queridos oyentes, esta noticia
acaba de llegar. ¡Nos complace traerles una feliz novedad! La Alianza de Terra
y el Imperio de Fardazor acaban de anunciar negociaciones oficiales. Ambas
partes informan que durante la última semana ya mantuvieron conversaciones
exploratorias. Tras una guerra de más de sesenta años, por fin asoma algo de
esperanza en el horizonte. No hay mejor noticia para dar la bienvenida al nuevo
año.
—¡Esto merece champán!
Eerhard, por suerte, había puesto
varias botellas a enfriar por la mañana. Al levantarse había tenido ese
presentimiento…
Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

