Mostrando entradas con la etiqueta Finn Audenaert. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Finn Audenaert. Mostrar todas las entradas

martes, 16 de diciembre de 2025

¡UN AÑO NUEVO COMO NINGÚN OTRO!

Finn Audenaert

 

Rosa Holderman está cabeceando en el sillón. A su alrededor, el confeti de colores festivos cubre la alfombra. Tras los fuegos artificiales ha llegado el silencio. Ya es bastante pasada la una de la madrugada. El nuevo año ha comenzado.

En la somnolencia de esas horas tardías, Rosa piensa en su familia. Eerhard tiene ahora ochenta años y sigue soltero. ¿Qué será de ese muchacho? Por su hija Heraki no se preocupa tanto. Vive con su marido en Nueva Mauritania y se tuesta felizmente al sol en playas interminables, en compañía de sus hijos y nietos. Ay –suspira Rosa–, ojalá pudiera, como en 2072, ir otra vez a visitar a mi prole bronceada.

Eerhard abre la puerta suavemente.

—¿Mamá, ya estás dormida?

Una pregunta tan típica de Eerhard. Bienintencionada, pero un poco torpe. A Rosa no le sorprende que el chico, después de tantos años, siga viviendo con ella.

—Sí, Hardje, todavía estoy saboreando un poco la alegría que ilumina al mundo entero. Ven, siéntate conmigo.

—Qué silencioso está todo, mamá. ¿Pongo el altavoz?

Eerhard no soporta el silencio, lo sabe Rosa. Todos esos años solo en compañía de su madre. Seguro que el muchacho anhela algo de emoción, música, alegría. ¿Por qué hoy también se ha quedado en casa en lugar de salir a la ciudad?

—Sí, hijo, elige una buena ultraseñal.

Rosa prefiere leer. Es adicta a los cuentos posmodernos, de esos en los que los príncipes atraviesan crisis de identidad y buscan consejo en ranas. Las princesas observan con desaprobación desde el fondo. A Rosa le gusta una buena dosis de desesperación seguida de un final feliz inesperado. Desde que se jubiló anticipadamente hace cinco años, literalmente devora las horas del día leyendo. Tres comidas y dos libros al día. Esa es la dieta de Rosa. Ah, perderse a la antigua en voluminosos libros encuadernados en cuero. A la dama le gusta aferrarse a costumbres en desuso. Su hijo es más amigo de las novedades: holomúsica y esas cosas.

Eerhard avanza arrastrando los pies hasta el altavoz. Su muñeca cruje tan fuerte que Rosa –que ya no oye demasiado bien a la venerable edad de ciento dieciséis años– percibe el sonido desde el otro lado de la habitación. Ella le asiente con ánimo.

—Dale una buena vuelta, Hardje. El botón está un poco atascado. Sí, quizá deberíamos escuchar más música.

Poco después, la ultraseñal Roostalgia suena en la sala de estar. ¡Ah, los viejos éxitos de antaño! Rosa y Eerhard alcanzan a oír todavía la coda de Bohemian Rhapsody.

So you think you can stop me and spit in my eye…

La figura familiar de Scaramouche proyecta sombras en las paredes del salón mientras resuenan las últimas notas. El payaso saluda con elegancia a Rosa y a Eerhard y luego se disuelve lentamente en el papel pintado de flores anticuadas. Je, qué clásico.

—Oh, mamá, esto lo cantábamos en la academia, al empezar las clases de Geografía Imaginaria. Caught in a landslide / no escape from reality-y-y! ¡Qué tiempos tan hermosos! Mamá, me alegro tanto de que me dejaras ir a la academia de fantasía. La banca no era lo mío.

—Sí, querido, cada uno tiene sus talentos. Estoy muy orgullosa de tus ultracasts. No veo la hora de que tu serie sobre alquimia filosófica salga en forma de libro.

Eerhard resplandece de orgullo. La verdad es que no suele recibir muchos comentarios sobre su trabajo. Su madre no sabe que él mismo paga la impresión de sus libros. Ya nadie lee libros. Excepto Rosa, claro.

El lector de streaming pasa a publicidad de búnkeres de hiperespacio. Quince por ciento de descuento en los modelos estándar. ¡Adiós atmósfera! ¿Tiene que ser esto justo al inicio del nuevo año?, piensa Rosa. Esa guerra con el Imperio de Fardazor parece no terminar nunca. La anciana suspira profundamente. En ciento dieciséis años no ha cambiado tanto.

—Mamá, ¿todo bien? De repente te ves tan apesadumbrada.

Pero apenas Eerhard expresa su preocupación, ya irrumpe la siguiente canción en la sala. Uf, por lo menos no es publicidad. Rosa va a tranquilizar a su hijo cuando reconoce las primeras notas. ¡Es un auténtico clásico!

La canción la transporta de inmediato a su infancia. Es uno de sus recuerdos más tempranos. Debía de tener unos seis años. Recuerda vivamente aquella tarde inflando globos hasta quedarse sin aliento. Su madre la había recostado un momento en el sofá y entonces la radio había puesto esta canción. Un instante delicioso que Rosa ha atesorado todos estos años.

No more champagne

And the fireworks are through

Eerhard se incorpora de golpe. Bueno, digamos que se sienta un poco más erguido en el sillón.

—¡Eh, esa también la conozco!

Rosa y Eerhard se miran. Un momento de íntima conexión justo al final de este día festivo.

—¡Agnetha! —jubila Eerhard. (Siempre le había parecido la más bonita. El muchacho tiene debilidad por las rubias).

—¡Y Frida! —susurra Rosa.

—Sí, y los chicos también, mamá. Benny y Björn, creo. ¿No eran ellos los que componían las canciones?

—Oye, hijo, tira un poco del cable de rebobinado. Nos hemos perdido el principio.

Eerhard se levanta del sillón y se acerca al altavoz. Un modelo hecho a medida para el cumpleaños ciento doce de Rosa. Con ese regalo de la tienda de la esquina, Eerhard había querido darle un poco de variedad a su madre. Mamá no podía pasarse todo el día leyendo. Especialmente para ella había mandado colocar esos cables vintage en la parte frontal del aparato. Desde el sillón se podían manejar, en teoría, moviendo la mano en la dirección correcta. Pero como Rosa usaba tan poco el aparato, los cables a veces fallaban. Así que toca hacerlo a mano. A Eerhard no le importa. Esta canción quiere oírla en todo su esplendor, con coreografía incluida.

La música mágica comienza. Qué inicio tan deliciosamente melancólico. Dentro de nada el estribillo abrirá la canción a la esperanza y la alegría, lo saben Rosa y Eerhard.

Madre e hijo suspiran embelesados. Ante ellos, Agnetha canta con solemnidad. La alfombra parece fundirse con su vestido blanco de fiesta, tan bien combinan los colores. Ella le guiña un ojo a Eerhard. Él se mueve un poco incómodo. Je, qué experiencia. ¡Viva la holomúsica! Por cierto, ¿no había sido ABBA un pionero de esa técnica deliciosamente anticuada? Para este tipo de entretenimiento, Radio Roostalgia era garantía segura. Había elegido bien la ultraseñal.

En el estribillo, Frida asoma por la puerta. Sus rizos se mecen con sus líneas vocales. La sala se va llenando cuando Benny entra por la ventana y Björn sale del televisor. Parece que hoy hay una segunda fiesta de Año Nuevo.

Durante la siguiente estrofa, los pies de Rosa y Eerhard se convierten en bloques de arcilla. ¡Ja! Igual que en la canción. Muy bien pensado. Ambos golpean felices el suelo con sus flamantes terrones al ritmo de la música. Pequeños trozos de arcilla saltan sobre la alfombra. No importa: cuando la música termine, todo se disolverá en la nada.

Seems to me now

that the dreams we had before

are all dead, nothing more

 

A Rosa se le ocurre una idea. Levanta su multipen en el aire. Una llama tenue comienza a moverse al compás de la música. Eerhard la imita enseguida. Automáticamente la luz del salón se atenúa un poco. Qué ambiente tan acogedor.

 

May we all have our hopes

Our will to try

If we don’t we might as well

lay down and die

You and I

 

¡Qué final tan hermoso! Los cuatro músicos hacen una profunda reverencia. Rosa y Eerhard aplauden con entusiasmo. Así se cierra el año como debe ser.

Eerhard se dispone a levantarse. De tanto cantar y balancearse le ha entrado hambre. En la cocina quedan todavía unas ricas galletas instantáneas, lo sabe. Pero casi se va de bruces al ponerse en pie. Asustado, mira hacia abajo. ¡Sus pies siguen siendo de arcilla! ¿Cómo puede ser? La canción terminó hace rato. El lector de streaming repasa ahora en el altavoz una lista de fin de año.

Alarmado, Eerhard mira a su madre. Ella, desde el sofá, le levanta el pulgar.

—No te preocupes, hijo. Mira a tu alrededor.

Solo entonces Eerhard lo ve. ¡Agnetha, Frida, Benny y Björn siguen en la habitación! ¿Qué más nos ocurrirá esta noche?, piensa. Se sienta de nuevo, algo inseguro. Su madre parece confiar más. Claro, a su edad ya lo ha vivido todo.

—Percibimos mucho amor en este espacio —empieza Agnetha.

—Vuestro vínculo es muy fuerte —añade Frida.

Benny y Björn asienten enérgicamente. Parecen ser más bien del tipo silencioso.

—Solo un amor tan fuerte puede atarnos un poco más a nuestros queridos oyentes —dice Agnetha—. Esta noche pueden pedir cuatro deseos.

Hay magia en el aire, eso está claro. En un mundo lleno de maravillas tecnológicas, por suerte aún hay sitio para otro tipo de milagros, piensa Eerhard. Su madre parece haber leído sus pensamientos y asiente.

Benny da un paso al frente. Con voz ronca pero amable pregunta:

—¿Cuál es vuestro primer deseo?

Rosa no necesita pensarlo mucho.

—Me gustaría ver otra vez a Heraki y a su familia. A mi hija. A mi yerno. ¡A mis queridos nietos! Hace tanto tiempo…

Rosa y Eerhard oyen un sonido detrás de ellos. La pared, detrás del sofá, se desliza y desaparece. Heraki, su marido Thorhes y sus hijas Mirate, Cantate y Hécate entran en la sala. Las niñas se lanzan al cuello de Rosa. Heraki abraza a su hermano. Thorhes, siempre tan tranquilo, sonríe junto al sofá. ¡No es poca cosa aparecer de repente a kilómetros de distancia, en casa de los suegros!

Rosa llora a mares. Eerhard también tiene que contener las lágrimas. ¡Qué noche!

Benny sonríe y señala a Björn, que da un paso adelante.

—¿Y cuál es vuestro segundo deseo?

Eerhard siente que ahora le toca a él.

—Bueno, eh, señor Björn, a la vuelta de la esquina hay una tienda de regalos y allí ayuda la señorita Zazi al dueño. Zazi siempre me mira tan bonito cuando compro un regalito para mi madre. Pero cuando quiero decirle lo mucho que me gusta, la voz se me quiebra. Y entonces me preguntaba, señor Björn…

No ha terminado siquiera la frase cuando Zazi desciende, sentada en una nubecilla, a través de la claraboya. Lleva una túnica dorada con pendientes a juego. Qué aparición, piensa Eerhard. Zazi baja con elegancia de su nube y se sienta cómodamente en el sofá. Eerhard no cabe en sí de felicidad. Primero la mira tímidamente –ella le sonríe con amabilidad– y luego mira a los demás, todos sentados en un sofá que parece alargarse cada vez más.

—Bueno, Eerhard, ¿querías decirme algo?

Zazi lo mira con picardía. Para su propia sorpresa, Eerhard empieza a hablar sin parar. Al principio tartamudea un poco, pero pronto las frases completas fluyen de su lengua. Zazi escucha divertida. Sí, piensa, por fin se anima. Ya podré subir un poco otra vez los precios rebajados de la tienda. Suelta una risita traviesa y sigue escuchando con interés. Qué cantidad de cosas interesantes tiene este hombre que contar.

Rosa observa la escena encantada. Ella y Heraki intercambian una mirada cómplice. Sí, eso parece que va a salir bien en ese lado del sofá.

Frida alza graciosamente un brazo.

—¿Tienen un tercer deseo?

Frida mira a Heraki con cariño.

—Oh, ¿podemos pedirlo nosotras también? Y eso que ya estamos tan mimadas… Pues bien, deseo que en este mundo haya más espacio para los valores y placeres de antaño. Por las virtu-cartas de mamá noto cuánto disfruta con sus libros.

De pronto, una luz solar intensa entra por la ventana. ¡Y eso en plena noche! Ante sus ojos, la familia ve surgir una gran tienda al otro lado de la calle. ¡El registro estatal que estaba allí ha desaparecido sin más! Rosa entrecierra los ojos para leer el letrero, pero no distingue bien las letras.

—Paraíso de los Libros, mamá.

Eerhard le sonríe. Ahora ya no tendrá que ir a recoger sus ultracasts impresos en las afueras de la urbanización. Bastará con cruzar la calle.

Rosa se queda soñando despierta, imaginando todas esas hermosas novelas que sin duda brillan en el Paraíso de los Libros. No hace falta decir que la tienda está bañada en un resplandor especial.

Agnetha se acerca a la familia con los brazos abiertos. Con un amplio gesto hace desaparecer los pies de arcilla de Rosa y Eerhard.

—Antes de dejarlos, queridos oyentes, queremos cumplir un último deseo.

La cantante mira al hombre silencioso del sofá.

—Un yerno también es un miembro muy querido de la familia, querido Thorhes. ¿Cuál es tu deseo para el nuevo año?

Thorhes es más bien práctico. Se aclara la garganta y formula modestamente su petición:

—¿Paz mundial? ¿Podría ser?

Agnetha, Frida, Benny y Björn comienzan a reír suavemente. Saludan a la familia y se disuelven en la nada.

Antes de que puedan recuperarse de la sorpresa, Rosa, Eerhard, Heraki, Thorhes y las nietas oyen la melodía inconfundible de las noticias en el altavoz.

—Queridos oyentes, esta noticia acaba de llegar. ¡Nos complace traerles una feliz novedad! La Alianza de Terra y el Imperio de Fardazor acaban de anunciar negociaciones oficiales. Ambas partes informan que durante la última semana ya mantuvieron conversaciones exploratorias. Tras una guerra de más de sesenta años, por fin asoma algo de esperanza en el horizonte. No hay mejor noticia para dar la bienvenida al nuevo año.

—¡Esto merece champán!

Eerhard, por suerte, había puesto varias botellas a enfriar por la mañana. Al levantarse había tenido ese presentimiento…

Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

 

miércoles, 12 de junio de 2024

¿QUIÉN SUEÑA EN LA IMPONENTE DUNWICH HOUSE?

Finn Audenaert

 

Quien escribe o lee, nunca está solo. Nunca.

Eddy vive en el ático. Se encarga de los monstruos. Tiene treinta mil. Durante el día hacen ruido. Patean por todos lados, comen con mucho alboroto. Cuando el sol se pone, Eddy los acuesta amorosamente, cada uno en su propio libro. Suavemente los cubre con la portada. Las pequeñas criaturas duermen cómodamente bajo las tapas blandas. Sus hermanos mayores solo aceptan duras tapas robustas.

Durante el día, Eddy trabaja en el mundo de los adultos. Traje impecable. El cabello hacia atrás. Las manos despojadas de los anillos que lo protegen a él y a sus compañeros del ático de la maldad de la gente. Con un poderoso sentido del deber, cuida el oro de la ciudad. Trata las monedas con el mismo cuidado que a sus monstruos. Les sopla el polvo, las pule con sus inmaculadas mangas blancas, las cuenta meticulosamente y las guarda una por una, a salvo en la caja fuerte.

En ese momento, los monstruos están libres. Al menos los herbívoros. Abren la ventana con el hocico, pastan en los geranios, inhalan el aire fresco. Desde Dunwich House miran la ciudad torre y anhelan aventuras lejanas.

Cuando Eddy llega a casa, esperan ansiosamente a que suba las escaleras. Apenas ha abierto la puerta, vienen a frotarse contra él. Sí, los herbívoros son afectuosos. Como mascotas.

Pero Eddy prefiere a los carnívoros y los omnívoros. ¡Monstruos salvajes! ¡Monstruos de verdad! Rugen cuando Eddy los suelta al regresar. Están tan indignados de haber estado encerrados todo el día... Ese es el momento más peligroso. Las bestias braman, gritan, castañetean. Se acercan amenazadoramente a Eddy, lo rodean. Lo encierran cada vez más, allí, en ese alto ático lleno de estanterías de libros.

Eddy levanta una mano de manera conciliadora.

—Este es el pacto que hicimos. ¿Quién sigue leyendo sus historias de vida, mis queridas criaturas salvajes? Dunwich House es como el arca de Noé. Los he salvado del diluvio del olvido. Aquí, en el refugio de mi nido de lectura, les dejo merodear en el polvo. Huélanse entre ustedes. Limpien el plumaje de los demás. Devoren los mejores filetes que mi esposa prepara para ustedes con amor. Beban la sangre que mi hija extrae para ustedes. ¡Vivan! Pero recuerden, mis animales de ensueño, el mundo allá afuera ha terminado con ustedes. Si salen por la puerta, les espera la desgracia. Sus descendientes han sido desterrados a salas oscuras y pequeños armarios. La gente se horroriza viéndolos, seguros detrás de una pantalla. Pero si los ven en estado salvaje, ¡entran en pánico! Los míseros sin imaginación solo conocen lagartos gigantes que derriban decorados de cartón, rascacielos en países orientales que son pisoteados. Si aparecen por allá afuera, les exigen a sus gobernantes que los bombardeen. Una lluvia de fuego. Armas nucleares. —Eddy extiende los brazos. Se ensancha y bloquea el último resplandor del atardecer que inunda el ático en un resplandor dorado—. Mejor, queridos amigos, es brillar en el crepúsculo que arder a pleno sol.

Los monstruos inclinan humildemente la cabeza. Saben que su amo quiere lo mejor para ellos. Cuando Eddy los acuesta, asienten en comprensión. En los libros del ático, todos los habitantes encuentran su consuelo. Cuando duermen juntos, sueñan con muchos universos.

 

En memoria de Eddy C. Bertin, el hombre que era Dunwich House.

 

Título original: Wie droomt daar in het machtige Dunwich House?

Traducción del neerlandés: Sergio Gaut vel Hartman & IA GPT

 

Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

 

  

EN CASA AJENA (OCHO)