Finn Audenaert
Cuando la
enfermedad estalla de manera inesperada, no hay lugar para contemplaciones.
Primero caen los niños, su llanto en agonía, coda de la existencia de todos.
Cadáveres de párvulos llenan las calles que gimen, donde hasta hace poco
jugaban. Las madres se plantan horrorizadas frente a las ventanas, se arrancan
el cabello. Los padres, con el rostro como un paño descolorido, aferran a sus
amadas por la espalda. Brazos tensos que deben salvar o, al menos, retener.
Todo se sella herméticamente, como la vez anterior. El duelo. Solo. Puede.
Vivirse. A. Distancia. ¡Oh, el horror ha regresado! Pronto zumba y pulula sobre
los cuerpos sin alma: moscas, ratas, cucarachas. Groningen se paraliza.
La muerte escarlata avanza
alegremente por el lodazal de sangre y pinta las fachadas con patrones de
gotas. El noble señor Escarlatina ha aterrizado por novena vez. Se intentó
ahogarlo en aguas turbias, asarlo en la hoguera, arrancarle el alma con cuerdas
ásperas. Con esfuerzo se lo diseccionó y, finalmente, se lo diagnosticó fuera
de existencia. Pero no hay un “finalmente”, no con el noble señor. Se ha
fracasado; la nobleza es y seguirá siendo inasible. Groningen es su ciudad, y
todos lo sabrán en las pocas horas que restan antes de que devore a quienes se
atrevieron a desafiarlo. Que primero lloren a su descendencia muerta.
Cuando cae la noche, vuelve a
extender sus garras. Un bramido llena la plaza Damsterplein, aplasta toda
novedad. Lo que no se reconoce no cuenta. Carros relucientes, herméticamente
cerrados. Luces intermitentes verdes y rojas –¡rojas!– y líneas blancas rectas.
Groningen se disfraza una y otra vez. Inútil… Lo intempestivo arrasa sin
miramientos. Sus uñas raspan el vidrio. Tintineo, cuerpos torpes caen en el
charco que no deja de expandirse. La sangre ya les llega a las rodillas, y el
noble señor mide ahora varios metros de altura.
En la Papengang, detrás de un muro
donde las salpicaduras escarlata del señor se funden sin fisuras en patrones
más caprichosos, un niño está arrodillado. Cabello largo y negro, hombros
frágiles, rostro pálido. Una niña se quedó enferma en casa durante el Día
Nacional del Juego al Aire Libre. Una tos persistente. Myra había insistido.
—Mamá, mis amiguitos.
Un breve silencio.
—Luego —había dicho la madre.
¿Luego? Myra sabía que no se
refería a hoy. Porque la niña, al igual que el noble señor, conoce la verdad
impía: quien ha alcanzado los años de la sabiduría miente. ¡Miente!
Y sin embargo. Sobre su hombro
izquierdo, se apoya la mano temblorosa de la madre. A la derecha, la pesada
garra del padre. Los papás siempre son un poco bestias.
—Reza —susurran—. La leyenda dice
que el último niño nos salvará.
Eso Myra nunca lo oyó en un libro
de cuentos.
Reza, pero no sabe a quién.
—¡Invocá a Groningen misma! —grita
su madre, fuera de sí.
Pero si la ciudad sufre, ¿cómo
podría ayudar?
—La sangre, siempre la sangre
—gruñe su padre—, siglo tras siglo.
Su voz es aún más grave de lo
habitual. San-gre.
Myra tose desde hace años. Ganglios
enfermos. Hospital adentro, hospital afuera. A veces se pregunta si algún día
será mamá. En una llovizna persistente, durante una de esas estancias
interminables en el Hospital Martini, miraba desde un tercer piso más allá de
las tristes plantas de interior. En el estacionamiento latía, marcaba el ritmo,
vivía: el Sistema Circulatorio. Qué simples los colores, azul y rojo. Qué
claras las esquinas rectas. Horas enteras se quedaba mirándolo.
San-gre. La voz de su padre es brutalmente
ahogada por el engendro de afuera.
—¡Venganza!
¿Cómo pueden sonidos tan ásperos
ser nobles?
—Sálvanos.
Su plegaria comienza sobria.
—Hazlo por mamá, papá y Mientje, mi
canario. Yo quie…
—Apúrate, niña —jadea la madre.
Myra traga saliva, un olor rancio
invade la sala. Una presencia antiquísima desciende sobre ella, pone las
palabras en su boca. ¿Groningen misma?
—Sistema Circulatorio, guardián de
los enfermos, arráncate del asfalto. Allí aguarda aquel que nunca se sacia.
La tierra tiembla. Algo se libera,
lejos y a la vez cerca.
Por docenas, los súbditos renuentes
desaparecen en su boca abierta. El noble señor se llena, merodeando por la
ciudad. Cuando se lanza sobre los sintecho, flotando en el mar rojo del parque
Pioenpark, choca contra una estructura extraña, hierro que quiebra la
superficie espumosa y no deja de crecer. El azul se extiende hacia la
izquierda, el rojo –otra vez su color– hacia la derecha.
Myra lo ve ocurrir detrás de sus
ojos. Siente la lucha bajo su piel. El Sistema Circulatorio cruje; el sonido es
delicioso, y aprieta al ahora flácido señor. El estruendo de su danza mortal
llega hasta la sala. Un golpe sordo. Luego: nada.
Myra abre los ojos, mira a sus
padres.
—Ha terminado —dice—. El señor ha
sido sometido. Por ahora.
Un latido regular resuena.
—La ciudad ha sido desobstruida. El
Sistema Circulatorio regresa a su lugar fijo, donde velará para siempre.
Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

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