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jueves, 4 de junio de 2026

LAS GAFAS DEL AMOR, 1966

Alexander Zelenyj

 

—¡Bienvenido, amigo!

Stanley Dufferin se sobresaltó al oír aquella voz estruendosa irrumpiendo en sus confusos pensamientos, y una de las bolsas de plástico que llevaba se le resbaló de las manos enguantadas para caer sobre el suelo embaldosado con un golpe sordo que no logró ocultar el pequeño pero inconfundible crujido que lo acompañó: el pescadorcito de cerámica que encabezaba la lista de regalos navideños de Rebecca, la última pieza que necesitaba para completar su más reciente colección de figurillas de cerámica horrendas; esta basada en un tema a lo Huck Finn: un muchacho desaliñado, descalzo, de cabello revuelto, con una línea de pesca colgando desde el muelle de porcelana hasta unas aguas imaginarias. Y era el último de aquellos malditos engendros sobre la estantería de Sears.

Alzó la vista hacia el origen de la interrupción, concentrando toda su creciente furia, sus niveles de estrés disparados, y pensando también en la decepción que pronto le causaría a su esposa.

Un vendedor le sonreía con la sonrisa más radiante que Stanley hubiera visto jamás. El hombre, de mejillas redondas y rojizas, parecía esperar algo con evidente entusiasmo. Saber que realmente le había hablado a él multiplicó la furia de Stanley por diez.

—¿Qué? —gruñó Stanley. Luego, señalando la bolsa caída a sus pies, añadió—: Gracias. Por gritarme hice caer esto y se rompió el regalo que había dentro.

La sonrisa del vendedor no se desvaneció. De hecho, soltó una carcajada cordial y dijo:

—¡Qué importa eso, amigo! Cuando vea lo que vendo, todos los regalos de este centro comercial... demonios, ¡de este mundo!, le parecerán insignificantes en comparación. ¡Venga a echar un vistazo!

Le hacía señas hacia una pequeña mesa plegable instalada en el corto anexo que conducía al patio de comidas y al conjunto de kioscos de más allá. Allí no había negocios verdaderos, solo una pequeña cabina fotográfica junto a la pared opuesta, cerca de la salida.

La curiosidad hizo avanzar a Stanley. Se abrió paso entre la gente que entraba y salía del centro comercial. Al llegar a la mesa vio una docena de gafas con montura de plástico negro colocadas sobre pequeños soportes de terciopelo. Detrás había varias cajas marrones de cartón; la superior estaba abierta y dejaba ver filas de estuches plásticos negros, probablemente conteniendo un par de gafas cada uno.

—No necesito gafas —dijo Stanley con voz aburrida, recuperando su irritación.

El vendedor soltó otra carcajada.

—¡Estas no son gafas comunes, amigo!

Stanley arqueó una ceja.

—De acuerdo. ¿Y qué hacen estas gafas extraordinarias?

Miró el par más cercano: las lentes ligeramente tintadas reflejaban la intensa iluminación del techo. ¿Gafas de sol graduadas?

El vendedor parecía completamente inmune al escepticismo y al tono sarcástico de Stanley.

—Al ponerse estas gafas, todas las personas a las que mire se transformarán ante sus ojos. Cada persona que vea aparecerá, en todos y cada uno de sus detalles, como... Mila Kunis.

Stanley frunció el ceño.

—¿Quién?

Empezaba a exasperarse. Solo seguía allí por curiosidad. Mila Kunis... el nombre le resultaba vagamente familiar, aunque no conseguía recordar de dónde...

—La actriz, amigo —dijo el vendedor—. Sale en televisión y en el cine. Morena y hermosa.

Esperó sonriente.

—No me suena... Mire, yo...

Entonces la recordó. Solía ver de vez en cuando una comedia donde ella aparecía, sobre un grupo de amigos adolescentes en los años setenta.

—Ah, sí. Ya sé quién es. —Miró al vendedor, que seguía observándolo expectante—. Entonces, ¿qué hacen exactamente? Las gafas.

El vendedor adoptó una expresión paciente.

—Ya se lo dije, amigo. Con estas gafas verá a la señorita Mila Kunis dondequiera que mire. Cada mujer que vea –cada hombre también– aparecerá como la señorita Kunis en todos sus detalles exactos. ¿Está casado? ¿Tiene pareja?

—¿Por qué...? ¿Por qué alguien querría esto?

Oyó lo lejana y pequeña que sonaba su propia voz. Pensó en Rebecca esperándolo en casa: un par de años menor que él, todavía conservaba la figura y, tras once años y medio de matrimonio, seguían llevándose bastante bien, considerando todo. Mila Kunis ciertamente era hermosa, según recordaba, pero...

Una tensión apareció en los ojos del vendedor.

—Porque ninguno de nosotros es feliz, amigo —dijo—. ¿O no lo sabía? ¿Y esa cara? ¿Qué pasa? ¿También se había engañado un poco a sí mismo? Pero en el fondo lo siente, ¿verdad? Esa enorme infelicidad, ese descontento, ese anhelo por algo que, cuando uno lo piensa durante mucho tiempo, comprende que jamás tuvo, aunque siempre lo deseó, y teme –o incluso sabe en su corazón– que nunca llegará a tener. Mire a su alrededor, amigo, y dígame qué ve.

Los ojos del vendedor recorrieron a la gente que pasaba por el concurrido corredor. Stanley hizo lo mismo y vio rostros agotados; miradas apagadas; expresiones de pura determinación forzada, como si los dueños de aquellas caras hicieran todo lo posible por empujarse entre la multitud de compradores para llegar a... ¿dónde? ¿Y para qué? La expresión más cercana a la alegría auténtica que vio fue la de un niño regordete devorando un helado de fresa con concentración maniática mientras su madre lo arrastraba sujetándolo por los hombros como si fuera un autómata sin voluntad.

—Aquí, amigo. Pruébese un par.

El vendedor sostenía un pequeño estuche plástico ante Stanley. La tapa forrada en terciopelo azul estaba abierta y revelaba unas gafas plegadas en su interior.

Stanley las miró con desconfianza.

—No habla en serio.

La sonrisa del vendedor no vaciló.

—Esto es algo muy serio, amigo. Después de todo, negocio con la felicidad. Y últimamente está en niveles críticos.

Stanley no sabía si reír o inquietarse ante la propuesta y las afirmaciones del hombre. Miró en silencio las gafas ofrecidas. Luego soltó una risita y, dejando las bolsas y paquetes a sus pies, tomó las gafas y se las puso. ¿Por qué no seguirle el juego? Después de todo era Navidad y...

Un grito ahogado escapó de su garganta.

Stanley contempló la multitud de Mila Kunis que avanzaba por el centro comercial. Permaneció varios minutos observando en silencio, maravillado por las cálidas sonrisas que tantas mujeres idénticas le dirigían.

Se quitó las gafas.

La sonrisa del vendedor se había vuelto aún más amplia, más extática.

—¿Cuál es el veredicto, amigo?

Stanley volvió a ponerse las gafas.

—¿Cómo...? ¿Cómo lo hace?

Ahora alternaba entre levantarse las gafas para mirar por debajo de las lentes y volver a colocárselas.

—Secreto profesional, amigo —respondió el vendedor—. Soy el inventor. Si revelara mi secreto, aparecerían compañías para explotar mi invento por todas partes de la noche a la mañana, llevándose mi negocio. Y el negocio, aunque sea temporada navideña, no está precisamente en auge. ¡Así que no, gracias!

Stanley miró la mesa. Las filas de estuches y gafas parecían ahora algo milagroso.

—Pero ¿por qué... ella? ¿Qué querría yo con Mila Kunis?

El vendedor soltó una risita y le guiñó un ojo.

—Bueno, para empezar es una mujer joven y hermosa. Pero esta temporada la línea es ecléctica, así que si Mila no le interesa, ¿qué tal... Bruce Willis? ¿No? ¿Meg Ryan? ¿O el gran Lance Henriksen? ¡Ya sé! ¡Kurt Russell! Guapo y duro. ¿Quién no ama a Kurt?

Stanley seguía mirando a la multitud con las gafas puestas, completamente hipnotizado.

—Sí... claro que es hermosa, pero... más allá de eso, ¿qué querría yo de ella en mi vida? Quiero decir, de Mila Kunis.

El vendedor le dedicó su sonrisa imposible.

—¿Por qué no tenerla para compartir sus pensamientos? Sus preocupaciones sobre la vida cotidiana y el mundo. Tener conversaciones con ella que empiecen después de cenar y terminen en las horas insondables de la madrugada, cuando todos duermen y ambos pueden liberarse del peso que cargan día tras día. Tener a alguien... tener algo nuevo y emocionante en su vida, algo que le devuelva la esperanza del mañana. Porque, si es como la mayoría de nosotros, amigo, quizá perdió parte de aquella vieja esperanza en algún punto del camino. Y la esperanza es como una flor: riéguela lo suficiente y crecerá hasta convertirse en el amor que siempre quiso tener, pero quizá nunca tuvo... o que perdió demasiado pronto.

A Stanley le costaba apartar la vista de la marea de Mila Kunis que fluía frente a él. Una parte de él quería reír. Otra, llorar de felicidad. Otra más deseaba gritarle al mundo entero aquel descubrimiento.

Se volvió hacia el vendedor.

—Es usted un gran vendedor.

Mila Kunis le sonrió desde el otro lado.

Inquieto, Stanley se quitó las gafas y volvió a ver al vendedor. Sí, era atractiva. No podía negarlo. Pensó en hacer el amor con su esposa mientras la experimentaba como una celebridad joven y hermosa. Eso sería apenas un añadido frente a la sensación mucho más importante de evasión total que aquel milagro extraño podía darle. Sintió los primeros indicios de excitación y, sobresaltado y avergonzado, sacudió la cabeza y trató de pensar en los aspectos más prácticos de la situación.

—¿Cómo se llama su empresa? —preguntó Stanley, con la voz distante por la fascinación que le producía el objeto temblando entre sus manos.

El vendedor volvió a exhibir su sonrisa felina.

—Soy mi propio jefe, amigo. Autónomo toda la temporada navideña.

—¿Quién fabrica las gafas?

El vendedor levantó las manos.

—Estos son mis socios. Los diez dedos más fieles del mundo.

—¿Las hace todas... usted solo?

Había verdadero asombro en la voz de Stanley. Y al oírlo comprendió que ya había aceptado el milagro de las afirmaciones del vendedor.

—Completamente solo —dijo el hombre con orgullo.

—Pero... ¿cómo? ¿Dónde trabaja?

El vendedor se encogió de hombros.

—Tengo un taller. Paso mucho tiempo allí.

La sonrisa jamás desaparecía. Evidentemente disfrutaba del aire misterioso de sus palabras y del efecto que producían.

—¿Cómo se llama?

—¿Mi nombre? Eso no importa. Piense en mí como el hombre de la visión. ¿Y usted?

—Stanley...

Stanley ya se había puesto de nuevo las gafas y observaba a la gente pasar.

—Todo esto suena... no parece real. Parece inventado.

El vendedor soltó una carcajada.

—Mire a su alrededor. ¿Ve muchas cosas reales aquí, con o sin mis gafas?

Casi contra su voluntad Stanley se quitó otra vez las gafas para examinar a quienes lo rodeaban: hombres y mujeres apresurados, con miradas duras y decididas mientras se abrían paso entre interminables oleadas de compradores cargados de bolsas y paquetes envueltos para regalo, todos con los mismos ojos vacíos avanzando por aquella atmósfera tan característica de los centros comerciales en Navidad: hostilidad apenas contenida envuelta en guirnaldas coloridas.

La música navideña del sistema de sonido le pareció entonces especialmente triste.

Volvió a mirar al vendedor y encontró, por supuesto, aquella expresión de jovialidad perfecta esperándolo. El hombre lo observaba serenamente y Stanley no lograba decidir si en él también había la tristeza que veía en todas partes y que seguramente lo esperaba en el espejo. La idea se le ocurrió de inmediato.

—¿Y si me miro al espejo con ellas puestas?

—Allí estará ella, tan hermosa como siempre. O Kurt Russell, si prefiere esa opción.

—¿Hace lentes de contacto también? ¿O solo gafas?

Stanley se sintió culpable, pero las implicaciones prácticas de la situación acudieron a su mente: hacer el amor con su esposa usando aquellas gafas absurdas...

El vendedor pareció impresionado.

—¡Pensamos igual, usted y yo! —dijo, señalándose la sien—. Están en desarrollo, amigo, pero solo hay una cierta cantidad de horas cada día y un solo par de manos para trabajar toda la noche.

Casi para sí mismo, Stanley murmuró:

—Pero esto parece tan... incorrecto.

El vendedor respondió de inmediato, como si hubiera defendido aquella idea muchas veces.

—¿Pero quién va a saberlo? ¡Es solo fantasía, amigo! ¡Nadie sale herido con mis gafas!

Con cautela, Stanley preguntó:

—Por curiosidad... ¿cuánto cuestan?

—Precio especial navideño: quinientos exactos. Yo me hago cargo de los impuestos. Mi regalo de Navidad para usted.

Los ojos de Stanley se abrieron de par en par. Su mandíbula cayó ligeramente y una sonrisa sardónica apareció en sus labios.

—Eso es un robo a mano armada, amigo.

El vendedor fingió sentirse herido, aunque apenas redujo la sonrisa.

—Hasta los santos tienen que comer, una vez calculados los costos de producción y mano de obra —dijo riendo—. Además, quinientos dólares por felicidad no es mucho, considerando todo.

Una ira súbita e inesperada recorrió a Stanley.

—¿Felicidad? Vamos. ¿Llama felicidad a algo tan superficial como esto? Si es que funciona, porque todavía no estoy cien por ciento convencido. Tal vez haya un truco que no veo. ¿Y aun así llama felicidad a esto?

Por primera vez el rostro del vendedor se tornó serio.

—Es más de lo que tiene la mayoría de ellos.

Stanley lo observó en silencio. Sintió náuseas repentinas, un sudor frío cubriéndole la piel. Una mujer apresurada lo golpeó con el codo al pasar. Un hombre de aspecto hosco lo empujó un instante después. Se sobresaltó al oír el llanto de un niño que una madre maldiciendo arrastraba entre la multitud. De pronto se sintió atrapado, claustrofóbico en aquel corredor abarrotado. Su corazón latía más rápido que antes, y ya latía demasiado rápido desde que se había puesto las gafas.

Con un leve gesto hacia la mesa dijo:

—Me llevo un par. Y también unas de Kurt Russell.

El vendedor sonrió radiante. Sacó dos pares de gafas de detrás de la mesa y los sostuvo contra el pecho mientras extendía la otra mano. Stanley extrajo los billetes de su cartera y los depositó allí. Vio cómo los dedos del vendedor se cerraban sobre ellos y desaparecían dentro de la chaqueta con la habilidad de un mago.

—De nada, Stanley —dijo. Luego añadió con un guiño—: Disfrute esta noche de su cita con su dama, amigo. Porque sin amor este mundo está per-di-do.

Stanley se alejó pensando en Rebecca, sintiendo una culpa extraña y nueva. Claro que lo era: nunca antes había cedido a las perversidades explotadoras de una tecnología así... si es que “tecnología” era la palabra correcta. Tal vez “magia” estuviera más cerca de definir aquello que acababa de comprar...

—¡Stanley!

Stanley se dio vuelta sobresaltado.

El vendedor le hacía señas mientras trotaba hacia él. Stanley se apartó hacia la pared del corredor y esperó, incómodo. Cuando el hombre llegó, jadeando y sonriendo con aquella expresión perfecta de catálogo, dijo:

—Pensé que le daría la primicia, Stan, ahora que ya es un buen cliente. Si le gusta la línea 2024, espere a ver lo que tenemos preparado. La próxima temporada será retro-veraniega. ¿Qué le parecería contagiarse de “fiebre felina” y salir con las Gatúbelas de los años sesenta? Julie Newmar, Eartha Kitt y Lee Meriwether.

Los nombres golpearon a Stanley como un impacto físico. Retrocedió un poco y parpadeó. De pronto estaba de nuevo en 1966, con doce años, escondido en su habitación infantil rodeado de cajas de historietas, novelas pulp y paredes cubiertas con imágenes de héroes y heroínas, villanos y villanas que adoraba; mujeres imposibles por las que estaba condenado a suspirar como si alguna vez hubiese poseído y perdido su amor.

Pensó en la continuación de aquel refugio infantil: la cueva masculina de su adultez donde el niño seguía vivo, saludable y enfermizo al mismo tiempo, mientras su esposa fingía no mirar demasiado.

“Oh, Stanley, ¿alguna vez vas a madurar?”

Y recordó a sus primeros amores secretos ronroneando seductoramente desde la pantalla del televisor, provocándole sus primeras erecciones y sus primeros deseos por la compañía femenina. Sí, Stanley había estado ridícula y desesperadamente enamorado de las tres Gatúbelas entre 1966 y 1967. Y con unas gafas capaces de traerlas a su vida todos los días, en cada mirada... quizá la vida sería mejor que durante todos aquellos años perdidos desde que era un niño sonrojándose de emoción en el sótano de sus padres, adorando la televisión como un ídolo resplandeciente.

Dios, cuánto las había amado. Había sido un amor tan puro, tan inocente y simple, tan agradable...

—Anóteme para los tres pares —dijo Stanley, incapaz de contener la sonrisa.

El vendedor soltó una carcajada y arañó el aire como un gato.

—¡Miaaau! ¡De nada! Aquí tiene mi tarjeta. Súmese a mi lista de correo. Será el primero en la fila para conocer a las Gatúbelas de sus sueños.

Y volvió trotando hacia su improvisada mesa en medio del bullicio del centro comercial, justo a tiempo para recibir a un nuevo grupo de hombres y mujeres reunidos alrededor de sus mercancías demoníacas o milagrosas.

Stanley se abrió paso entre la multitud, con los estuches plásticos y su regalo tan especial acomodados cálidamente dentro del bolsillo de su abrigo. A sus espaldas le llegaba la voz del vendedor, llena de humor y una locura jubilosa que actuaba como un bálsamo contra el desagradable estruendo comercial de las fiestas.

—¡Feliz Navidad! ¡Y todos son bienvenidos!

Alexander Zelenyj es un escritor canadiense de ficción especulativa, conocido por la fusión de géneros en sus relatos, lo que da como resultado un estilo visionario y original que desafía las categorías convencionales. Es autor de Blacker Against The Deep Dark, Songs For The Lost, Ballads To The Burning Twins: The Complete Song Lyrics Of The Deathray Bradburys, Experiments At 3 Billion AM y Black Sunshine. Zelenyj reside en Windsor, Ontario, con su esposa, la escritora Elizabeth J.M. Walker, editora jefa de la revista Litzine 398.

 

 

miércoles, 1 de abril de 2026

MALEFICIA DESCIENDE

Alexander Zelenyj

 

—El escultor dijo que las piezas están destinadas a ser representaciones de dones del Cielo.

Los dos hombres –el emperador Adriano y su cuestor, Casteleo– estaban de pie, uno junto al otro, evaluando las tres esculturas en el atrio bañado por el sol de la villa del emperador. La luz del día, que entraba por el compluvium y las ventanas, reverberaba en el agua apacible del estanque situado en el centro de la estancia. Un santuario ocupaba una esquina, mientras que las máscaras funerarias de antepasados muertos miraban ciegamente desde sus armarios alineados a lo largo de una pared.

La pieza que retenía la atención de ambos se alzaba sobre un pedestal bajo de marfil que acentuaba su tamaño, de diez pies de largo, y su forma, que era cilíndrica. La mitad superior tenía el aspecto de una gran urna, lisa y sin ornamentos; o tal vez de la maza de un gigante. Estrías decorativas y estilizadas, semejantes a las aletas de un gran pez, se elevaban a intervalos regulares desde la base cuadrada. La escultura, y las dos esculturas que la acompañaban, parecían llenar el espacioso recinto, exhalando un aura poderosa. Verdaderamente, aquellas obras de arte tenían presencia. En efecto, habían desplazado la conversación que los dos hombres sostenían acerca de los recientes acontecimientos políticos, la construcción del muro en Britania, la restauración del Panteón, los continuos problemas con los partos.

—Esta resulta bastante fálica —observó Casteleo y, dirigiendo la mirada hacia las otras dos esculturas, añadió—: Esas dos me recuerdan a un pez extraño y gordo, y a un huevo gigantesco.

En efecto, las formas bulbosas de las piezas evocaban con precisión las descripciones del cuestor.

—Como siempre, perspicaz en tu crítica artística —bromeó el emperador, y añadió, con mayor calidez—: Es maravilloso tenerte de regreso de tu viaje al extranjero, amigo mío, y recibirte aquí en Tíbur. He echado muchísimo de menos tus sabios consejos en estos últimos días. Cuanto más envejezco, más dependo de tu juicio. —Y luego, volviéndose de nuevo hacia las esculturas, agregó—: Están esculpidas en mármol, por ese vagabundo devenido profeta, Gallius, aunque sigue siendo un misterio cómo llegó a poseer tanto mármol. Dijo que cada una de ellas era de tamaño natural respecto de sus equivalentes en el mundo real.

—¿Dones del Cielo, dices? Pero ¿de qué son esculturas? —dijo Casteleo, frunciendo el ceño ante la pieza que tenían delante, tratando de extraer significado de su forma lisa y peligrosa, de su economía de detalles—. Yo había pensado que esta era una urna.

—Diferentes encarnaciones… de Dios.

Casteleo volvió hacia su compañero una mirada indignada y deleitada a la vez.

—¿Encarnaciones de un único Dios cristiano? ¿Entregándose a sí mismo como obsequio al pueblo?

—Eso parece. De hecho, el nombre que Gallius dio a esta pieza que tenemos ante nosotros fue «Dios en el Niño».

Los ojos de Casteleo se agrandaron.

El emperador soltó una carcajada.

—Dirige tu mirada a la inscripción.

—¿Inscripción?

—Ahí —dijo el emperador, señalando un lugar cerca de la mitad del objeto.

Casteleo se inclinó y entornó los ojos ante los caracteres grabados allí.

—Esta lengua… no puedo leerla.

—Ni yo. Como sentía curiosidad, mandé llamar a un intérprete.

—¿Y qué dijo que significaba la inscripción?

—Tampoco él pudo leerla y no fue capaz de identificar el idioma. Sin embargo…

—¿Sí?

—Gallius hizo una serie de notas y bocetos mientras trabajaba en las esculturas, y también están en mi poder. En esas notas, entre otras cosas, aparece este mismo mensaje —hizo un gesto hacia las palabras en el mármol— y su traducción al latín. Al parecer, él tampoco tenía idea de qué era esta lengua extranjera, pero estaba convencido de comprenderla; de ahí la traducción que añadió.

—Todo este asunto se vuelve más curioso a cada instante —dijo Casteleo—. Pero ¿qué dice, supuestamente?

Volviendo la vista hacia los extraños caracteres, Adriano citó en voz alta:

—«Saludos al Emperador».

Casteleo parecía conmocionado.

—Yo… Esto es demasiado… audaz. ¿Cree el escultor que es el recipiente a través del cual Dios te habla a ti, su emperador? Más bien debería hablar de ti como de su Señor. Y afirmar que esta aberración –agitó una mano hacia la escultura– deba ser la encarnación de una deidad, romana o de cualquier otra índole… ¡es un sacrilegio!

Adriano asintió con gravedad.

—Eso parecería, sí. Según me han dicho, Gallius tuvo una serie de visiones que dieron como resultado la creación de estas esculturas: entró en lo que sus conocidos aseguran que fue un estado de fuga, esculpiendo durante días enteros sin descanso, sin comida ni agua, completando esta trinidad de esculturas en apenas una semana. Al final, por supuesto, fue llevado ante un médico. Puede uno imaginar las sangrías y las sanguijuelas que le aplicaron. —Hizo un gesto hacia las otras dos esculturas—. A esta –tu pez gordo– la llamó «Un Segundo Beso», mientras que a esta –tu huevo de gigante– la llamó «La Prueba». No conozco el significado de esos nombres.

—Encuentro las piezas de algún modo… obscenas. Todas ellas. —Y como Adriano no respondió, Casteleo añadió—: Hay razones suficientes para hacer ejecutar a Gallius por su sacrilegio.

—No hace falta pensar en ello ahora: se ahorcó mientras recibía tratamiento por su conducta excéntrica. —Luego, más reflexivamente, Adriano añadió—: Aunque, pensándolo bien, algunos podrían interpretar su inscripción como un gesto generoso, como una muestra de amor hacia su emperador. Supongo que jamás lo sabremos.

—Me he perdido mucho en estos últimos días —dijo Casteleo; su voz expresó cierto aturdimiento.

—En efecto, y eres mucho más afortunado por ello —lo tranquilizó Adriano—. Encarcelamientos, torturas, ejecuciones, artistas que se ahorcan… No me agradan tales acontecimientos, aunque me temo que tienen su lugar. Forman parte del orden natural de las cosas. —Suspiró, echando de menos en ese instante a la anterior emperatriz, ya fallecida: Pompeya Plotina, que tan a menudo le había brindado sus sabios consejos; a veces sentía que ella había sido su conciencia y que, sin ella, era un gobernante más insensible—. Curiosamente —dijo luego, saliendo de su ensoñación—, Gallius sostenía que la inscripción no se refiere a mí.

—¿Entonces a quién?

El emperador se encogió de hombros.

—Afirmaba que no lo sabía. Su visión, decía, contenía únicamente aquello que logró plasmar en las esculturas. Pero juraba que, en su fuero interno, sabía que no hablaba de mí.

Casteleo sacudió la cabeza, desconcertado. Le tocó a él soltar una risita.

—Arte blasfemo, sin duda. Y, sin embargo, aquí reposa su obra, en tu hogar, mi señor… muy audaz por tu parte, debo decir, acoger un mensaje supuestamente divino, interpretado a través de un plebeyo y al parecer dedicado a ti… incluso si el propio Gallius lo definía de otra manera. —Señaló la barba de Adriano y añadió—: Pero, al fin y al cabo, tú eres más audaz que la mayoría, mi señor. ¿Y cuántos hombres te imitan y ahora llevan barba también? Muchísimos, muchísimos.

Y Casteleo se pasó la mano por su propia barba pulcramente recortada, sonriendo.

—El arte es arte —dijo Adriano, ignorando los cumplidos de su consejero—. Soy un conocedor, como bien sabes. Ya sea el mendigo más humilde que talla una rama de abedul convirtiéndola en el águila romana de sus ensueños, no muestro preferencia por maestro artesano alguno. Y estas piezas contienen una… inevitabilidad a la que no pude resistirme. Simplemente deben existir en este mundo. Solo quisiera descifrar su misterio: por algo me he encontrado completamente incapaz de resignarlas al basurero. Gallius dijo que, en su visión, las vio como dones, como ya te he dicho, cayendo del Cielo a la tierra, en una tierra y un tiempo lejanos. Dios regresando al pueblo, o algo por el estilo. —Hizo un gesto despectivo con la mano en el aire y agregó—: Gran parte de esto me llega de segunda mano, a través de los hombres que envié a buscar las piezas. El propio Gallius no aparecía por ninguna parte cuando contemplé las obras por primera vez, a instancias de un colega coleccionista. Para cuando logré localizarlo, ya se había quitado la vida.

—Algunos lo consideraban un profeta —murmuró Casteleo, en voz baja, como si temiera ser oído por alguien fuera de la habitación, o quizá aprensivo ante las visiones descritas por su emperador. Se inclinó un poco más hacia la escultura, reevaluando su factura, su visión. Susurró—. Pero otros siempre creyeron que solo era un lunático.

—En efecto —dijo Adriano—. En efecto. —Y luego, con una voz amortiguada por la necesidad de revelar un secreto, continuó—: Lo más interesante de todo es que Gallius afirmaba que las piezas contienen algo en su interior.

Casteleo alzó una ceja.

—¿Son huecas?

Movió el puño hacia la escultura como si fuera a golpear la superficie de mármol con los nudillos, aunque lo dejó suspendido ahí con incertidumbre, como si le inquietara tocar el objeto.

—Desde luego pesan muchísimo —dijo el emperador pensativamente—, lo que sugiere que son bloques macizos, o que aquello que contienen es muy pesado y, ciertamente, está encerrado muy de cerca dentro de sus caparazones de mármol.

Recordó cómo una docena de hombres se había afanado para trasladar las esculturas al atrio: primero, usando el complicado artilugio de rodillos de madera y cuerdas para izar las piezas desde los tres carros separados en los que habían llegado desde la ciudad; y después, como los rodillos no cabían por la puerta y las cosas pesaban demasiado para que los hombres pudieran cargarlas, tuvieron que mandar traer una grúa. Adriano había observado a los trabajadores caminar con un ritmo constante dentro de la gran rueda de madera, enrollando las cuerdas aseguradas alrededor de la escultura para elevarla lentamente en el aire. Las piezas fueron descendidas con éxito, una por una, a través del ancho compluvium del atrio, guiadas hacia un lado del estanque central de la habitación y depositadas sobre los pedestales vacíos que aguardaban su llegada. En conjunto, aquello había resultado ser una tarea mucho más formidable que trasladar cualquiera de las otras muchas obras de arte exhibidas por toda la villa.

—¿Reveló el profeta-artista lo que se ocultaba en la trinidad de su obra final?

El emperador advirtió que en la voz de su amigo ya no había el menor asomo de burla casual al hablar del escultor, un hecho asombroso dado que Casteleo era conocido por mostrar desprecio al hablar de la mayoría de las personas, y en especial de los plebeyos. Y eso tan poco después de haberse referido a las esculturas como aberraciones.

—Sí lo hizo —dijo el emperador—. Fuego. Dijo que había un gran fuego dentro de las esculturas.

Casteleo lo observó en silencio un momento antes volver a hablar.

—¿Una metáfora? ¿Una alusión al fuego creativo –la pasión– que el artista vertió en estas obras?

El emperador reflexionó un instante.

—Tal vez. Aunque…

—¿Sí, mi señor? —Casteleo habló con rapidez, con un temblor de excitación en la voz.

—Pues hay más en este personaje, Gallius, de lo que la mayoría había pensado.

—¿Ah, sí?

Adriano asintió, frunciendo el ceño.

—Sí. Todas las pruebas sugieren que era… un hechicero. Casteleo miró al emperador en silencio, esperando—. A veces —siguió diciendo Adriano—, nos decimos a nosotros mismos que hemos dejado atrás nociones como estas. Que tales ideas pertenecen al pasado y que comprendemos nuestro mundo de forma distinta de como lo hacíamos antaño. Que los amuletos y libros de hechizos que algunos todavía guardan ocultos en sus casas no son más que una adhesión inofensiva a la superstición. —Hizo una pausa, levantando la mano hacia la escultura pero, al igual que Casteleo, sin permitirse tocar su lisa superficie. Y concluyó—: Pero nos engañamos: la hechicería permanece en el mundo.

El emperador cruzó la habitación hasta uno de los armarios y abrió sus puertas. Cuando regresó, sostenía un objeto ahuecado entre las manos. Era un globo grande y liso, y parecía tallado en el mismo mármol que las esculturas.

—A esta pieza Gallius la llamó Plutón.

Casteleo frunció el ceño ante el globo.

—¿Por qué? ¿Tiene algún significado relacionado con el inframundo? ¿O con el propio Plutón?

El panteón de los dioses romanos era vasto y celebrado, y atribuir el nombre de una deidad a una obra de arte no podía ser un accidente.

—Gallius afirmó no saberlo tampoco; dijo que era simplemente otro componente de su visión. Pero, lo más interesante de todo, también afirmó que golpear esta escultura menor con gran fuerza actuará de algún modo como catalizador y, por medios que no alcanzo a comprender, hará que una de las esculturas… se abra, revelando ese supuesto fuego que contiene. No sé a cuál de las esculturas se refería, ya que ese conocimiento se perdió con la vida del artista. Tal vez habría esculpido piezas compañeras semejantes para las otras dos esculturas si la muerte no hubiera interrumpido su trabajo.

Casteleo pasó la mirada del globo en manos de Adriano a la escultura semejante a una urna, y luego a las demás. Cuando habló, su tono era apagado.

—Fantasía, sin duda… aunque, si fuera verdad, entonces…

Adriano lo observó con seriedad, y su susurro fue como la revelación de un oscuro secreto.

Maleficia.

La palabra pareció quedar suspendida en el aire como humo.

—No puedo entender cómo… —empezó Casteleo, sacudiendo la cabeza con expresión perturbada. Luego, con una jovialidad fingida en la voz, agregó—: Bueno, puede que todo esto no sea más que una gran trampa, como digo. Una farsa a gran escala. Gallius era un excéntrico, al fin y al cabo, según todas las versiones. No lo olvidemos.

—Quizá —dijo Adriano con voz distante.

Aquello bastó para silenciar a Casteleo, alimentando el temor que había ido creciendo en él de manera constante.

Adriano dejó la pieza en el suelo junto a las otras, delante de la escultura en forma de urna, y como si estuviera incapacitado para hacer otra cosa, continuó estudiando las esculturas sin hacer comentario alguno; y cuanto más las miraba, Adriano sentía crecer la presencia de aquellas cosas, su poder. También parecía pulsar desde ellas una tristeza, que penetraba en su corazón; y en la estancia misma, y en el mundo más allá de la estancia donde, visible a través de las ventanas anchas y altas de la villa, el fuego final del atardecer cedía con rapidez ante la oscuridad de la noche, cubriendo las lejanas colinas sabinas con una sombra melancólica.

—Mi señor —dijo Casteleo, sin aliento—. No lo había advertido antes. ¡Mira!

Señalaba con un dedo la flor roja acomodada en la base de la escultura.

—Una adelfa.

—Y otra —dijo Adriano, mirando fijamente—. ¡Y allí, otra más!

Los hombres dieron la vuelta a la escultura en direcciones opuestas hasta encontrarse al otro lado. La pieza entera estaba envuelta en aquellas flores.

—¿No las puso ahí un sirviente? —dijo Casteleo.

—No, desde luego no sin mi permiso. Pero ¿cómo no habíamos visto antes las flores?

—Un misterio, mi señor. Es como si hubieran brotado mientras admirábamos las piezas.

—Parece que estamos rodeados de misterios. Y de… hechicerías.

Le dirigió a su amigo una mirada prolongada y grave antes de volver al armario del que había sacado el globo de mármol. Cuando regresó, traía en la mano un rollo de papiro.

—Estos son los bocetos y notas que dejó Gallius —dijo—. La totalidad de las notas aparece tanto en latín como en la misma lengua misteriosa grabada en la escultura.

Desenrollando el papiro, llegó al pasaje que buscaba y se lo mostró a Casteleo, quien leyó las palabras garabateadas allí en una cursiva apenas legible.

«La adelfa roja fue la primera flor en florecer entre los escombros irradiados de Hiroshima. Desde entonces, la flor ha simbolizado tanto los peligros de la guerra nuclear como la esperanza de un futuro más pacífico.»

Cuando levantó la vista del papiro, estaba pálido y asustado.

—¿Qué es “Hiroshima”? —preguntó con voz débil.

—No lo sé.

—Y esto… —Casteleo volvió a mirar el papiro—. Esta “guerra nuclear”, ¿qué significa?

—De lo único que estoy seguro, amigo mío —dijo Adriano—, es de que la adelfa roja ha aparecido sobre esta escultura, y antes no estaba ahí. La conexión entre este suceso y el texto de Gallius está fuera de toda duda.

Casteleo se atrevió a pronunciar las palabras en voz alta:

—¡Es un hechizo!

Se quedaron mirándose, sin hablar, perdidos en sus pensamientos. Luego, en medio del profundo silencio, el emperador se aventuró a decir:

—Amigo mío… ¿puedo confiarte algo?

Los ojos de Casteleo estaban clavados en él.

—Por supuesto.

Su susurro resonó con fuerza en el atrio que se oscurecía.

Adriano llevó la mano bajo sus ropas y desenvainó el gladius de la vaina que pendía de su cinturón. La luz del crepúsculo relució en la hoja de acero.

—Todo el día –en realidad, desde que las esculturas llegaron aquí hace dos días– he sentido el deseo más extraño, casi imposible de extinguir… de golpear esta escultura hermana –y aquí señaló con la espada el globo de mármol que descansaba en el suelo– con el pomo de mi gladius. Poner en marcha la supuesta magia que la vincula a la escultura mayor. Sacrificar la obra de arte para que yo pueda ver el fuego que el profeta-artista prometió que yace en su corazón. Y… desatarlo. El fuego.

Los hombres se observaron mutuamente con expectación. Casteleo se encontró asintiendo, lenta y vacilantemente al principio, y luego con gran avidez.

El emperador, habiendo recibido la sanción de su consejero de confianza y viejo amigo, se volvió de nuevo hacia las esculturas. Examinó con avidez cada una de las piezas de la trinidad por turno, y luego contempló el globo de mármol con una intensa concentración. Y alzó la espada sobre el globo. Y, en su corazón, sintió la rectitud de aquel acto, aunque su mente no pudiera comprenderlo.

Alexander Zelenyj es un escritor canadiense de ficción especulativa, conocido por la fusión de géneros en sus relatos, lo que da como resultado un estilo visionario y original que desafía las categorías convencionales. Es autor de Blacker Against The Deep Dark, Songs For The Lost, Ballads To The Burning Twins: The Complete Song Lyrics Of The Deathray Bradburys, Experiments At 3 Billion AM y Black Sunshine. Zelenyj reside en Windsor, Ontario, con su esposa, la escritora Elizabeth J.M. Walker, editora jefa de la revista Litzine 398.

 

(URO)BORIS Y YO