Alexander Zelenyj
—El escultor dijo
que las piezas están destinadas a ser representaciones de dones del Cielo.
Los dos hombres –el emperador
Adriano y su cuestor, Casteleo– estaban de pie, uno junto al otro, evaluando
las tres esculturas en el atrio bañado por el sol de la villa del emperador. La
luz del día, que entraba por el compluvium y las ventanas, reverberaba
en el agua apacible del estanque situado en el centro de la estancia. Un
santuario ocupaba una esquina, mientras que las máscaras funerarias de
antepasados muertos miraban ciegamente desde sus armarios alineados a lo largo
de una pared.
La pieza que retenía la atención de
ambos se alzaba sobre un pedestal bajo de marfil que acentuaba su tamaño, de
diez pies de largo, y su forma, que era cilíndrica. La mitad superior tenía el
aspecto de una gran urna, lisa y sin ornamentos; o tal vez de la maza de un
gigante. Estrías decorativas y estilizadas, semejantes a las aletas de un gran
pez, se elevaban a intervalos regulares desde la base cuadrada. La escultura, y
las dos esculturas que la acompañaban, parecían llenar el espacioso recinto,
exhalando un aura poderosa. Verdaderamente, aquellas obras de arte tenían
presencia. En efecto, habían desplazado la conversación que los dos hombres
sostenían acerca de los recientes acontecimientos políticos, la construcción
del muro en Britania, la restauración del Panteón, los continuos problemas con
los partos.
—Esta resulta bastante fálica
—observó Casteleo y, dirigiendo la mirada hacia las otras dos esculturas,
añadió—: Esas dos me recuerdan a un pez extraño y gordo, y a un huevo
gigantesco.
En efecto, las formas bulbosas de
las piezas evocaban con precisión las descripciones del cuestor.
—Como siempre, perspicaz en tu
crítica artística —bromeó el emperador, y añadió, con mayor calidez—: Es
maravilloso tenerte de regreso de tu viaje al extranjero, amigo mío, y
recibirte aquí en Tíbur. He echado muchísimo de menos tus sabios consejos en estos
últimos días. Cuanto más envejezco, más dependo de tu juicio. —Y luego,
volviéndose de nuevo hacia las esculturas, agregó—: Están esculpidas en mármol,
por ese vagabundo devenido profeta, Gallius, aunque sigue siendo un misterio
cómo llegó a poseer tanto mármol. Dijo que cada una de ellas era de tamaño
natural respecto de sus equivalentes en el mundo real.
—¿Dones del Cielo, dices? Pero ¿de
qué son esculturas? —dijo Casteleo, frunciendo el ceño ante la pieza que tenían
delante, tratando de extraer significado de su forma lisa y peligrosa, de su
economía de detalles—. Yo había pensado que esta era una urna.
—Diferentes encarnaciones… de Dios.
Casteleo volvió hacia su compañero
una mirada indignada y deleitada a la vez.
—¿Encarnaciones de un único Dios cristiano?
¿Entregándose a sí mismo como obsequio al pueblo?
—Eso parece. De hecho, el nombre
que Gallius dio a esta pieza que tenemos ante nosotros fue «Dios en el Niño».
Los ojos de Casteleo se agrandaron.
El emperador soltó una carcajada.
—Dirige tu mirada a la inscripción.
—¿Inscripción?
—Ahí —dijo el emperador, señalando
un lugar cerca de la mitad del objeto.
Casteleo se inclinó y entornó los
ojos ante los caracteres grabados allí.
—Esta lengua… no puedo leerla.
—Ni yo. Como sentía curiosidad,
mandé llamar a un intérprete.
—¿Y qué dijo que significaba la
inscripción?
—Tampoco él pudo leerla y no fue
capaz de identificar el idioma. Sin embargo…
—¿Sí?
—Gallius hizo una serie de notas y
bocetos mientras trabajaba en las esculturas, y también están en mi poder. En
esas notas, entre otras cosas, aparece este mismo mensaje —hizo un gesto hacia
las palabras en el mármol— y su traducción al latín. Al parecer, él tampoco
tenía idea de qué era esta lengua extranjera, pero estaba convencido de
comprenderla; de ahí la traducción que añadió.
—Todo este asunto se vuelve más
curioso a cada instante —dijo Casteleo—. Pero ¿qué dice, supuestamente?
Volviendo la vista hacia los extraños
caracteres, Adriano citó en voz alta:
—«Saludos al Emperador».
Casteleo parecía conmocionado.
—Yo… Esto es demasiado… audaz.
¿Cree el escultor que es el recipiente a través del cual Dios te habla a ti, su
emperador? Más bien debería hablar de ti como de su Señor. Y afirmar que
esta aberración –agitó una mano hacia la escultura– deba ser la encarnación de
una deidad, romana o de cualquier otra índole… ¡es un sacrilegio!
Adriano asintió con gravedad.
—Eso parecería, sí. Según me han
dicho, Gallius tuvo una serie de visiones que dieron como resultado la creación
de estas esculturas: entró en lo que sus conocidos aseguran que fue un estado
de fuga, esculpiendo durante días enteros sin descanso, sin comida ni agua,
completando esta trinidad de esculturas en apenas una semana. Al final, por
supuesto, fue llevado ante un médico. Puede uno imaginar las sangrías y las
sanguijuelas que le aplicaron. —Hizo un gesto hacia las otras dos esculturas—. A
esta –tu pez gordo– la llamó «Un Segundo Beso», mientras que a esta –tu huevo
de gigante– la llamó «La Prueba». No conozco el significado de esos nombres.
—Encuentro las piezas de algún
modo… obscenas. Todas ellas. —Y como Adriano no respondió, Casteleo añadió—: Hay
razones suficientes para hacer ejecutar a Gallius por su sacrilegio.
—No hace falta pensar en ello
ahora: se ahorcó mientras recibía tratamiento por su conducta excéntrica. —Luego,
más reflexivamente, Adriano añadió—: Aunque, pensándolo bien, algunos podrían
interpretar su inscripción como un gesto generoso, como una muestra de amor
hacia su emperador. Supongo que jamás lo sabremos.
—Me he perdido mucho en estos
últimos días —dijo Casteleo; su voz expresó cierto aturdimiento.
—En efecto, y eres mucho más
afortunado por ello —lo tranquilizó Adriano—. Encarcelamientos, torturas,
ejecuciones, artistas que se ahorcan… No me agradan tales acontecimientos,
aunque me temo que tienen su lugar. Forman parte del orden natural de las cosas.
—Suspiró, echando de menos en ese instante a la anterior emperatriz, ya
fallecida: Pompeya Plotina, que tan a menudo le había brindado sus sabios
consejos; a veces sentía que ella había sido su conciencia y que, sin ella, era
un gobernante más insensible—. Curiosamente —dijo luego, saliendo de su
ensoñación—, Gallius sostenía que la inscripción no se refiere a mí.
—¿Entonces a quién?
El emperador se encogió de hombros.
—Afirmaba que no lo sabía. Su
visión, decía, contenía únicamente aquello que logró plasmar en las esculturas.
Pero juraba que, en su fuero interno, sabía que no hablaba de mí.
Casteleo sacudió la cabeza,
desconcertado. Le tocó a él soltar una risita.
—Arte blasfemo, sin duda. Y, sin
embargo, aquí reposa su obra, en tu hogar, mi señor… muy audaz por tu parte,
debo decir, acoger un mensaje supuestamente divino, interpretado a través de un
plebeyo y al parecer dedicado a ti… incluso si el propio Gallius lo definía de
otra manera. —Señaló la barba de Adriano y añadió—: Pero, al fin y al cabo, tú
eres más audaz que la mayoría, mi señor. ¿Y cuántos hombres te imitan y ahora
llevan barba también? Muchísimos, muchísimos.
Y Casteleo se pasó la mano por su
propia barba pulcramente recortada, sonriendo.
—El arte es arte —dijo Adriano,
ignorando los cumplidos de su consejero—. Soy un conocedor, como bien sabes. Ya
sea el mendigo más humilde que talla una rama de abedul convirtiéndola en el
águila romana de sus ensueños, no muestro preferencia por maestro artesano
alguno. Y estas piezas contienen una… inevitabilidad a la que no pude
resistirme. Simplemente deben existir en este mundo. Solo quisiera
descifrar su misterio: por algo me he encontrado completamente incapaz de
resignarlas al basurero. Gallius dijo que, en su visión, las vio como dones,
como ya te he dicho, cayendo del Cielo a la tierra, en una tierra y un tiempo
lejanos. Dios regresando al pueblo, o algo por el estilo. —Hizo un gesto
despectivo con la mano en el aire y agregó—: Gran parte de esto me llega de
segunda mano, a través de los hombres que envié a buscar las piezas. El propio
Gallius no aparecía por ninguna parte cuando contemplé las obras por primera
vez, a instancias de un colega coleccionista. Para cuando logré localizarlo, ya
se había quitado la vida.
—Algunos lo consideraban un profeta
—murmuró Casteleo, en voz baja, como si temiera ser oído por alguien fuera de
la habitación, o quizá aprensivo ante las visiones descritas por su emperador. Se
inclinó un poco más hacia la escultura, reevaluando su factura, su visión. Susurró—.
Pero otros siempre creyeron que solo era un lunático.
—En efecto —dijo Adriano—. En
efecto. —Y luego, con una voz amortiguada por la necesidad de revelar un secreto,
continuó—: Lo más interesante de todo es que Gallius afirmaba que las piezas
contienen algo en su interior.
Casteleo alzó una ceja.
—¿Son huecas?
Movió el puño hacia la escultura
como si fuera a golpear la superficie de mármol con los nudillos, aunque lo
dejó suspendido ahí con incertidumbre, como si le inquietara tocar el objeto.
—Desde luego pesan muchísimo —dijo
el emperador pensativamente—, lo que sugiere que son bloques macizos, o que
aquello que contienen es muy pesado y, ciertamente, está encerrado muy de cerca
dentro de sus caparazones de mármol.
Recordó cómo una docena de hombres
se había afanado para trasladar las esculturas al atrio: primero, usando el
complicado artilugio de rodillos de madera y cuerdas para izar las piezas desde
los tres carros separados en los que habían llegado desde la ciudad; y después,
como los rodillos no cabían por la puerta y las cosas pesaban demasiado para
que los hombres pudieran cargarlas, tuvieron que mandar traer una grúa. Adriano
había observado a los trabajadores caminar con un ritmo constante dentro de la
gran rueda de madera, enrollando las cuerdas aseguradas alrededor de la
escultura para elevarla lentamente en el aire. Las piezas fueron descendidas
con éxito, una por una, a través del ancho compluvium del atrio, guiadas
hacia un lado del estanque central de la habitación y depositadas sobre los
pedestales vacíos que aguardaban su llegada. En conjunto, aquello había
resultado ser una tarea mucho más formidable que trasladar cualquiera de las
otras muchas obras de arte exhibidas por toda la villa.
—¿Reveló el profeta-artista lo que
se ocultaba en la trinidad de su obra final?
El emperador advirtió que en la voz
de su amigo ya no había el menor asomo de burla casual al hablar del escultor,
un hecho asombroso dado que Casteleo era conocido por mostrar desprecio al
hablar de la mayoría de las personas, y en especial de los plebeyos. Y eso tan
poco después de haberse referido a las esculturas como aberraciones.
—Sí lo hizo —dijo el emperador—.
Fuego. Dijo que había un gran fuego dentro de las esculturas.
Casteleo lo observó en silencio un
momento antes volver a hablar.
—¿Una metáfora? ¿Una alusión al
fuego creativo –la pasión– que el artista vertió en estas obras?
El emperador reflexionó un
instante.
—Tal vez. Aunque…
—¿Sí, mi señor? —Casteleo habló con
rapidez, con un temblor de excitación en la voz.
—Pues hay más en este personaje,
Gallius, de lo que la mayoría había pensado.
—¿Ah, sí?
Adriano asintió, frunciendo el
ceño.
—Sí. Todas las pruebas sugieren que
era… un hechicero. Casteleo miró al emperador en silencio, esperando—. A veces —siguió
diciendo Adriano—, nos decimos a nosotros mismos que hemos dejado atrás
nociones como estas. Que tales ideas pertenecen al pasado y que comprendemos
nuestro mundo de forma distinta de como lo hacíamos antaño. Que los amuletos y
libros de hechizos que algunos todavía guardan ocultos en sus casas no son más
que una adhesión inofensiva a la superstición. —Hizo una pausa, levantando la
mano hacia la escultura pero, al igual que Casteleo, sin permitirse tocar su lisa
superficie. Y concluyó—: Pero nos engañamos: la hechicería permanece en el
mundo.
El emperador cruzó la habitación
hasta uno de los armarios y abrió sus puertas. Cuando regresó, sostenía un
objeto ahuecado entre las manos. Era un globo grande y liso, y parecía tallado
en el mismo mármol que las esculturas.
—A esta pieza Gallius la llamó Plutón.
Casteleo frunció el ceño ante el
globo.
—¿Por qué? ¿Tiene algún significado
relacionado con el inframundo? ¿O con el propio Plutón?
El panteón de los dioses romanos
era vasto y celebrado, y atribuir el nombre de una deidad a una obra de arte no
podía ser un accidente.
—Gallius afirmó no saberlo tampoco;
dijo que era simplemente otro componente de su visión. Pero, lo más interesante
de todo, también afirmó que golpear esta escultura menor con gran fuerza
actuará de algún modo como catalizador y, por medios que no alcanzo a
comprender, hará que una de las esculturas… se abra, revelando ese supuesto
fuego que contiene. No sé a cuál de las esculturas se refería, ya que ese
conocimiento se perdió con la vida del artista. Tal vez habría esculpido piezas
compañeras semejantes para las otras dos esculturas si la muerte no hubiera
interrumpido su trabajo.
Casteleo pasó la mirada del globo
en manos de Adriano a la escultura semejante a una urna, y luego a las demás.
Cuando habló, su tono era apagado.
—Fantasía, sin duda… aunque, si fuera
verdad, entonces…
Adriano lo observó con seriedad, y
su susurro fue como la revelación de un oscuro secreto.
—Maleficia.
La palabra pareció quedar
suspendida en el aire como humo.
—No puedo entender cómo… —empezó
Casteleo, sacudiendo la cabeza con expresión perturbada. Luego, con una
jovialidad fingida en la voz, agregó—: Bueno, puede que todo esto no sea más
que una gran trampa, como digo. Una farsa a gran escala. Gallius era un
excéntrico, al fin y al cabo, según todas las versiones. No lo olvidemos.
—Quizá —dijo Adriano con voz
distante.
Aquello bastó para silenciar a
Casteleo, alimentando el temor que había ido creciendo en él de manera
constante.
Adriano dejó la pieza en el suelo
junto a las otras, delante de la escultura en forma de urna, y como si
estuviera incapacitado para hacer otra cosa, continuó estudiando las esculturas
sin hacer comentario alguno; y cuanto más las miraba, Adriano sentía crecer la
presencia de aquellas cosas, su poder. También parecía pulsar desde ellas una
tristeza, que penetraba en su corazón; y en la estancia misma, y en el mundo
más allá de la estancia donde, visible a través de las ventanas anchas y altas
de la villa, el fuego final del atardecer cedía con rapidez ante la oscuridad
de la noche, cubriendo las lejanas colinas sabinas con una sombra melancólica.
—Mi señor —dijo Casteleo, sin
aliento—. No lo había advertido antes. ¡Mira!
Señalaba con un dedo la flor roja
acomodada en la base de la escultura.
—Una adelfa.
—Y otra —dijo Adriano, mirando
fijamente—. ¡Y allí, otra más!
Los hombres dieron la vuelta a la
escultura en direcciones opuestas hasta encontrarse al otro lado. La pieza
entera estaba envuelta en aquellas flores.
—¿No las puso ahí un sirviente?
—dijo Casteleo.
—No, desde luego no sin mi permiso.
Pero ¿cómo no habíamos visto antes las flores?
—Un misterio, mi señor. Es como si
hubieran brotado mientras admirábamos las piezas.
—Parece que estamos rodeados de
misterios. Y de… hechicerías.
Le dirigió a su amigo una mirada
prolongada y grave antes de volver al armario del que había sacado el globo de
mármol. Cuando regresó, traía en la mano un rollo de papiro.
—Estos son los bocetos y notas que
dejó Gallius —dijo—. La totalidad de las notas aparece tanto en latín como en
la misma lengua misteriosa grabada en la escultura.
Desenrollando el papiro, llegó al
pasaje que buscaba y se lo mostró a Casteleo, quien leyó las palabras
garabateadas allí en una cursiva apenas legible.
«La adelfa roja fue la primera flor
en florecer entre los escombros irradiados de Hiroshima. Desde entonces, la
flor ha simbolizado tanto los peligros de la guerra nuclear como la esperanza
de un futuro más pacífico.»
Cuando levantó la vista del papiro,
estaba pálido y asustado.
—¿Qué es “Hiroshima”? —preguntó con
voz débil.
—No lo sé.
—Y esto… —Casteleo volvió a mirar
el papiro—. Esta “guerra nuclear”, ¿qué significa?
—De lo único que estoy seguro,
amigo mío —dijo Adriano—, es de que la adelfa roja ha aparecido sobre esta
escultura, y antes no estaba ahí. La conexión entre este suceso y el texto de
Gallius está fuera de toda duda.
Casteleo se atrevió a pronunciar
las palabras en voz alta:
—¡Es un hechizo!
Se quedaron mirándose, sin hablar,
perdidos en sus pensamientos. Luego, en medio del profundo silencio, el
emperador se aventuró a decir:
—Amigo mío… ¿puedo confiarte algo?
Los ojos de Casteleo estaban
clavados en él.
—Por supuesto.
Su susurro resonó con fuerza en el
atrio que se oscurecía.
Adriano llevó la mano bajo sus
ropas y desenvainó el gladius de la vaina que pendía de su cinturón. La luz del
crepúsculo relució en la hoja de acero.
—Todo el día –en realidad, desde
que las esculturas llegaron aquí hace dos días– he sentido el deseo más
extraño, casi imposible de extinguir… de golpear esta escultura hermana –y aquí
señaló con la espada el globo de mármol que descansaba en el suelo– con el pomo
de mi gladius. Poner en marcha la supuesta magia que la vincula a la escultura
mayor. Sacrificar la obra de arte para que yo pueda ver el fuego que el
profeta-artista prometió que yace en su corazón. Y… desatarlo. El fuego.
Los hombres se observaron
mutuamente con expectación. Casteleo se encontró asintiendo, lenta y
vacilantemente al principio, y luego con gran avidez.
El emperador, habiendo recibido la
sanción de su consejero de confianza y viejo amigo, se volvió de nuevo hacia
las esculturas. Examinó con avidez cada una de las piezas de la trinidad por
turno, y luego contempló el globo de mármol con una intensa concentración. Y
alzó la espada sobre el globo. Y, en su corazón, sintió la rectitud de aquel
acto, aunque su mente no pudiera comprenderlo.
Alexander Zelenyj es un escritor
canadiense de ficción especulativa, conocido por la fusión de géneros en sus
relatos, lo que da como resultado un estilo visionario y original que desafía
las categorías convencionales. Es
autor de Blacker Against The Deep Dark, Songs For The Lost, Ballads
To The Burning Twins: The Complete Song Lyrics Of The Deathray Bradburys,
Experiments At 3 Billion AM y Black Sunshine. Zelenyj reside
en Windsor, Ontario, con su esposa, la escritora Elizabeth J.M. Walker, editora
jefa de la revista Litzine 398.

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