miércoles, 1 de abril de 2026

MALEFICIA DESCIENDE

Alexander Zelenyj

 

—El escultor dijo que las piezas están destinadas a ser representaciones de dones del Cielo.

Los dos hombres –el emperador Adriano y su cuestor, Casteleo– estaban de pie, uno junto al otro, evaluando las tres esculturas en el atrio bañado por el sol de la villa del emperador. La luz del día, que entraba por el compluvium y las ventanas, reverberaba en el agua apacible del estanque situado en el centro de la estancia. Un santuario ocupaba una esquina, mientras que las máscaras funerarias de antepasados muertos miraban ciegamente desde sus armarios alineados a lo largo de una pared.

La pieza que retenía la atención de ambos se alzaba sobre un pedestal bajo de marfil que acentuaba su tamaño, de diez pies de largo, y su forma, que era cilíndrica. La mitad superior tenía el aspecto de una gran urna, lisa y sin ornamentos; o tal vez de la maza de un gigante. Estrías decorativas y estilizadas, semejantes a las aletas de un gran pez, se elevaban a intervalos regulares desde la base cuadrada. La escultura, y las dos esculturas que la acompañaban, parecían llenar el espacioso recinto, exhalando un aura poderosa. Verdaderamente, aquellas obras de arte tenían presencia. En efecto, habían desplazado la conversación que los dos hombres sostenían acerca de los recientes acontecimientos políticos, la construcción del muro en Britania, la restauración del Panteón, los continuos problemas con los partos.

—Esta resulta bastante fálica —observó Casteleo y, dirigiendo la mirada hacia las otras dos esculturas, añadió—: Esas dos me recuerdan a un pez extraño y gordo, y a un huevo gigantesco.

En efecto, las formas bulbosas de las piezas evocaban con precisión las descripciones del cuestor.

—Como siempre, perspicaz en tu crítica artística —bromeó el emperador, y añadió, con mayor calidez—: Es maravilloso tenerte de regreso de tu viaje al extranjero, amigo mío, y recibirte aquí en Tíbur. He echado muchísimo de menos tus sabios consejos en estos últimos días. Cuanto más envejezco, más dependo de tu juicio. —Y luego, volviéndose de nuevo hacia las esculturas, agregó—: Están esculpidas en mármol, por ese vagabundo devenido profeta, Gallius, aunque sigue siendo un misterio cómo llegó a poseer tanto mármol. Dijo que cada una de ellas era de tamaño natural respecto de sus equivalentes en el mundo real.

—¿Dones del Cielo, dices? Pero ¿de qué son esculturas? —dijo Casteleo, frunciendo el ceño ante la pieza que tenían delante, tratando de extraer significado de su forma lisa y peligrosa, de su economía de detalles—. Yo había pensado que esta era una urna.

—Diferentes encarnaciones… de Dios.

Casteleo volvió hacia su compañero una mirada indignada y deleitada a la vez.

—¿Encarnaciones de un único Dios cristiano? ¿Entregándose a sí mismo como obsequio al pueblo?

—Eso parece. De hecho, el nombre que Gallius dio a esta pieza que tenemos ante nosotros fue «Dios en el Niño».

Los ojos de Casteleo se agrandaron.

El emperador soltó una carcajada.

—Dirige tu mirada a la inscripción.

—¿Inscripción?

—Ahí —dijo el emperador, señalando un lugar cerca de la mitad del objeto.

Casteleo se inclinó y entornó los ojos ante los caracteres grabados allí.

—Esta lengua… no puedo leerla.

—Ni yo. Como sentía curiosidad, mandé llamar a un intérprete.

—¿Y qué dijo que significaba la inscripción?

—Tampoco él pudo leerla y no fue capaz de identificar el idioma. Sin embargo…

—¿Sí?

—Gallius hizo una serie de notas y bocetos mientras trabajaba en las esculturas, y también están en mi poder. En esas notas, entre otras cosas, aparece este mismo mensaje —hizo un gesto hacia las palabras en el mármol— y su traducción al latín. Al parecer, él tampoco tenía idea de qué era esta lengua extranjera, pero estaba convencido de comprenderla; de ahí la traducción que añadió.

—Todo este asunto se vuelve más curioso a cada instante —dijo Casteleo—. Pero ¿qué dice, supuestamente?

Volviendo la vista hacia los extraños caracteres, Adriano citó en voz alta:

—«Saludos al Emperador».

Casteleo parecía conmocionado.

—Yo… Esto es demasiado… audaz. ¿Cree el escultor que es el recipiente a través del cual Dios te habla a ti, su emperador? Más bien debería hablar de ti como de su Señor. Y afirmar que esta aberración –agitó una mano hacia la escultura– deba ser la encarnación de una deidad, romana o de cualquier otra índole… ¡es un sacrilegio!

Adriano asintió con gravedad.

—Eso parecería, sí. Según me han dicho, Gallius tuvo una serie de visiones que dieron como resultado la creación de estas esculturas: entró en lo que sus conocidos aseguran que fue un estado de fuga, esculpiendo durante días enteros sin descanso, sin comida ni agua, completando esta trinidad de esculturas en apenas una semana. Al final, por supuesto, fue llevado ante un médico. Puede uno imaginar las sangrías y las sanguijuelas que le aplicaron. —Hizo un gesto hacia las otras dos esculturas—. A esta –tu pez gordo– la llamó «Un Segundo Beso», mientras que a esta –tu huevo de gigante– la llamó «La Prueba». No conozco el significado de esos nombres.

—Encuentro las piezas de algún modo… obscenas. Todas ellas. —Y como Adriano no respondió, Casteleo añadió—: Hay razones suficientes para hacer ejecutar a Gallius por su sacrilegio.

—No hace falta pensar en ello ahora: se ahorcó mientras recibía tratamiento por su conducta excéntrica. —Luego, más reflexivamente, Adriano añadió—: Aunque, pensándolo bien, algunos podrían interpretar su inscripción como un gesto generoso, como una muestra de amor hacia su emperador. Supongo que jamás lo sabremos.

—Me he perdido mucho en estos últimos días —dijo Casteleo; su voz expresó cierto aturdimiento.

—En efecto, y eres mucho más afortunado por ello —lo tranquilizó Adriano—. Encarcelamientos, torturas, ejecuciones, artistas que se ahorcan… No me agradan tales acontecimientos, aunque me temo que tienen su lugar. Forman parte del orden natural de las cosas. —Suspiró, echando de menos en ese instante a la anterior emperatriz, ya fallecida: Pompeya Plotina, que tan a menudo le había brindado sus sabios consejos; a veces sentía que ella había sido su conciencia y que, sin ella, era un gobernante más insensible—. Curiosamente —dijo luego, saliendo de su ensoñación—, Gallius sostenía que la inscripción no se refiere a mí.

—¿Entonces a quién?

El emperador se encogió de hombros.

—Afirmaba que no lo sabía. Su visión, decía, contenía únicamente aquello que logró plasmar en las esculturas. Pero juraba que, en su fuero interno, sabía que no hablaba de mí.

Casteleo sacudió la cabeza, desconcertado. Le tocó a él soltar una risita.

—Arte blasfemo, sin duda. Y, sin embargo, aquí reposa su obra, en tu hogar, mi señor… muy audaz por tu parte, debo decir, acoger un mensaje supuestamente divino, interpretado a través de un plebeyo y al parecer dedicado a ti… incluso si el propio Gallius lo definía de otra manera. —Señaló la barba de Adriano y añadió—: Pero, al fin y al cabo, tú eres más audaz que la mayoría, mi señor. ¿Y cuántos hombres te imitan y ahora llevan barba también? Muchísimos, muchísimos.

Y Casteleo se pasó la mano por su propia barba pulcramente recortada, sonriendo.

—El arte es arte —dijo Adriano, ignorando los cumplidos de su consejero—. Soy un conocedor, como bien sabes. Ya sea el mendigo más humilde que talla una rama de abedul convirtiéndola en el águila romana de sus ensueños, no muestro preferencia por maestro artesano alguno. Y estas piezas contienen una… inevitabilidad a la que no pude resistirme. Simplemente deben existir en este mundo. Solo quisiera descifrar su misterio: por algo me he encontrado completamente incapaz de resignarlas al basurero. Gallius dijo que, en su visión, las vio como dones, como ya te he dicho, cayendo del Cielo a la tierra, en una tierra y un tiempo lejanos. Dios regresando al pueblo, o algo por el estilo. —Hizo un gesto despectivo con la mano en el aire y agregó—: Gran parte de esto me llega de segunda mano, a través de los hombres que envié a buscar las piezas. El propio Gallius no aparecía por ninguna parte cuando contemplé las obras por primera vez, a instancias de un colega coleccionista. Para cuando logré localizarlo, ya se había quitado la vida.

—Algunos lo consideraban un profeta —murmuró Casteleo, en voz baja, como si temiera ser oído por alguien fuera de la habitación, o quizá aprensivo ante las visiones descritas por su emperador. Se inclinó un poco más hacia la escultura, reevaluando su factura, su visión. Susurró—. Pero otros siempre creyeron que solo era un lunático.

—En efecto —dijo Adriano—. En efecto. —Y luego, con una voz amortiguada por la necesidad de revelar un secreto, continuó—: Lo más interesante de todo es que Gallius afirmaba que las piezas contienen algo en su interior.

Casteleo alzó una ceja.

—¿Son huecas?

Movió el puño hacia la escultura como si fuera a golpear la superficie de mármol con los nudillos, aunque lo dejó suspendido ahí con incertidumbre, como si le inquietara tocar el objeto.

—Desde luego pesan muchísimo —dijo el emperador pensativamente—, lo que sugiere que son bloques macizos, o que aquello que contienen es muy pesado y, ciertamente, está encerrado muy de cerca dentro de sus caparazones de mármol.

Recordó cómo una docena de hombres se había afanado para trasladar las esculturas al atrio: primero, usando el complicado artilugio de rodillos de madera y cuerdas para izar las piezas desde los tres carros separados en los que habían llegado desde la ciudad; y después, como los rodillos no cabían por la puerta y las cosas pesaban demasiado para que los hombres pudieran cargarlas, tuvieron que mandar traer una grúa. Adriano había observado a los trabajadores caminar con un ritmo constante dentro de la gran rueda de madera, enrollando las cuerdas aseguradas alrededor de la escultura para elevarla lentamente en el aire. Las piezas fueron descendidas con éxito, una por una, a través del ancho compluvium del atrio, guiadas hacia un lado del estanque central de la habitación y depositadas sobre los pedestales vacíos que aguardaban su llegada. En conjunto, aquello había resultado ser una tarea mucho más formidable que trasladar cualquiera de las otras muchas obras de arte exhibidas por toda la villa.

—¿Reveló el profeta-artista lo que se ocultaba en la trinidad de su obra final?

El emperador advirtió que en la voz de su amigo ya no había el menor asomo de burla casual al hablar del escultor, un hecho asombroso dado que Casteleo era conocido por mostrar desprecio al hablar de la mayoría de las personas, y en especial de los plebeyos. Y eso tan poco después de haberse referido a las esculturas como aberraciones.

—Sí lo hizo —dijo el emperador—. Fuego. Dijo que había un gran fuego dentro de las esculturas.

Casteleo lo observó en silencio un momento antes volver a hablar.

—¿Una metáfora? ¿Una alusión al fuego creativo –la pasión– que el artista vertió en estas obras?

El emperador reflexionó un instante.

—Tal vez. Aunque…

—¿Sí, mi señor? —Casteleo habló con rapidez, con un temblor de excitación en la voz.

—Pues hay más en este personaje, Gallius, de lo que la mayoría había pensado.

—¿Ah, sí?

Adriano asintió, frunciendo el ceño.

—Sí. Todas las pruebas sugieren que era… un hechicero. Casteleo miró al emperador en silencio, esperando—. A veces —siguió diciendo Adriano—, nos decimos a nosotros mismos que hemos dejado atrás nociones como estas. Que tales ideas pertenecen al pasado y que comprendemos nuestro mundo de forma distinta de como lo hacíamos antaño. Que los amuletos y libros de hechizos que algunos todavía guardan ocultos en sus casas no son más que una adhesión inofensiva a la superstición. —Hizo una pausa, levantando la mano hacia la escultura pero, al igual que Casteleo, sin permitirse tocar su lisa superficie. Y concluyó—: Pero nos engañamos: la hechicería permanece en el mundo.

El emperador cruzó la habitación hasta uno de los armarios y abrió sus puertas. Cuando regresó, sostenía un objeto ahuecado entre las manos. Era un globo grande y liso, y parecía tallado en el mismo mármol que las esculturas.

—A esta pieza Gallius la llamó Plutón.

Casteleo frunció el ceño ante el globo.

—¿Por qué? ¿Tiene algún significado relacionado con el inframundo? ¿O con el propio Plutón?

El panteón de los dioses romanos era vasto y celebrado, y atribuir el nombre de una deidad a una obra de arte no podía ser un accidente.

—Gallius afirmó no saberlo tampoco; dijo que era simplemente otro componente de su visión. Pero, lo más interesante de todo, también afirmó que golpear esta escultura menor con gran fuerza actuará de algún modo como catalizador y, por medios que no alcanzo a comprender, hará que una de las esculturas… se abra, revelando ese supuesto fuego que contiene. No sé a cuál de las esculturas se refería, ya que ese conocimiento se perdió con la vida del artista. Tal vez habría esculpido piezas compañeras semejantes para las otras dos esculturas si la muerte no hubiera interrumpido su trabajo.

Casteleo pasó la mirada del globo en manos de Adriano a la escultura semejante a una urna, y luego a las demás. Cuando habló, su tono era apagado.

—Fantasía, sin duda… aunque, si fuera verdad, entonces…

Adriano lo observó con seriedad, y su susurro fue como la revelación de un oscuro secreto.

Maleficia.

La palabra pareció quedar suspendida en el aire como humo.

—No puedo entender cómo… —empezó Casteleo, sacudiendo la cabeza con expresión perturbada. Luego, con una jovialidad fingida en la voz, agregó—: Bueno, puede que todo esto no sea más que una gran trampa, como digo. Una farsa a gran escala. Gallius era un excéntrico, al fin y al cabo, según todas las versiones. No lo olvidemos.

—Quizá —dijo Adriano con voz distante.

Aquello bastó para silenciar a Casteleo, alimentando el temor que había ido creciendo en él de manera constante.

Adriano dejó la pieza en el suelo junto a las otras, delante de la escultura en forma de urna, y como si estuviera incapacitado para hacer otra cosa, continuó estudiando las esculturas sin hacer comentario alguno; y cuanto más las miraba, Adriano sentía crecer la presencia de aquellas cosas, su poder. También parecía pulsar desde ellas una tristeza, que penetraba en su corazón; y en la estancia misma, y en el mundo más allá de la estancia donde, visible a través de las ventanas anchas y altas de la villa, el fuego final del atardecer cedía con rapidez ante la oscuridad de la noche, cubriendo las lejanas colinas sabinas con una sombra melancólica.

—Mi señor —dijo Casteleo, sin aliento—. No lo había advertido antes. ¡Mira!

Señalaba con un dedo la flor roja acomodada en la base de la escultura.

—Una adelfa.

—Y otra —dijo Adriano, mirando fijamente—. ¡Y allí, otra más!

Los hombres dieron la vuelta a la escultura en direcciones opuestas hasta encontrarse al otro lado. La pieza entera estaba envuelta en aquellas flores.

—¿No las puso ahí un sirviente? —dijo Casteleo.

—No, desde luego no sin mi permiso. Pero ¿cómo no habíamos visto antes las flores?

—Un misterio, mi señor. Es como si hubieran brotado mientras admirábamos las piezas.

—Parece que estamos rodeados de misterios. Y de… hechicerías.

Le dirigió a su amigo una mirada prolongada y grave antes de volver al armario del que había sacado el globo de mármol. Cuando regresó, traía en la mano un rollo de papiro.

—Estos son los bocetos y notas que dejó Gallius —dijo—. La totalidad de las notas aparece tanto en latín como en la misma lengua misteriosa grabada en la escultura.

Desenrollando el papiro, llegó al pasaje que buscaba y se lo mostró a Casteleo, quien leyó las palabras garabateadas allí en una cursiva apenas legible.

«La adelfa roja fue la primera flor en florecer entre los escombros irradiados de Hiroshima. Desde entonces, la flor ha simbolizado tanto los peligros de la guerra nuclear como la esperanza de un futuro más pacífico.»

Cuando levantó la vista del papiro, estaba pálido y asustado.

—¿Qué es “Hiroshima”? —preguntó con voz débil.

—No lo sé.

—Y esto… —Casteleo volvió a mirar el papiro—. Esta “guerra nuclear”, ¿qué significa?

—De lo único que estoy seguro, amigo mío —dijo Adriano—, es de que la adelfa roja ha aparecido sobre esta escultura, y antes no estaba ahí. La conexión entre este suceso y el texto de Gallius está fuera de toda duda.

Casteleo se atrevió a pronunciar las palabras en voz alta:

—¡Es un hechizo!

Se quedaron mirándose, sin hablar, perdidos en sus pensamientos. Luego, en medio del profundo silencio, el emperador se aventuró a decir:

—Amigo mío… ¿puedo confiarte algo?

Los ojos de Casteleo estaban clavados en él.

—Por supuesto.

Su susurro resonó con fuerza en el atrio que se oscurecía.

Adriano llevó la mano bajo sus ropas y desenvainó el gladius de la vaina que pendía de su cinturón. La luz del crepúsculo relució en la hoja de acero.

—Todo el día –en realidad, desde que las esculturas llegaron aquí hace dos días– he sentido el deseo más extraño, casi imposible de extinguir… de golpear esta escultura hermana –y aquí señaló con la espada el globo de mármol que descansaba en el suelo– con el pomo de mi gladius. Poner en marcha la supuesta magia que la vincula a la escultura mayor. Sacrificar la obra de arte para que yo pueda ver el fuego que el profeta-artista prometió que yace en su corazón. Y… desatarlo. El fuego.

Los hombres se observaron mutuamente con expectación. Casteleo se encontró asintiendo, lenta y vacilantemente al principio, y luego con gran avidez.

El emperador, habiendo recibido la sanción de su consejero de confianza y viejo amigo, se volvió de nuevo hacia las esculturas. Examinó con avidez cada una de las piezas de la trinidad por turno, y luego contempló el globo de mármol con una intensa concentración. Y alzó la espada sobre el globo. Y, en su corazón, sintió la rectitud de aquel acto, aunque su mente no pudiera comprenderlo.

Alexander Zelenyj es un escritor canadiense de ficción especulativa, conocido por la fusión de géneros en sus relatos, lo que da como resultado un estilo visionario y original que desafía las categorías convencionales. Es autor de Blacker Against The Deep Dark, Songs For The Lost, Ballads To The Burning Twins: The Complete Song Lyrics Of The Deathray Bradburys, Experiments At 3 Billion AM y Black Sunshine. Zelenyj reside en Windsor, Ontario, con su esposa, la escritora Elizabeth J.M. Walker, editora jefa de la revista Litzine 398.

 

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