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sábado, 5 de septiembre de 2026

EL OCASO DE LOS DIOSES

Csaba Béla Varga

 

El rayo del dios Pritvi cayó con un estruendo y Thigod se desplomó.

Los cazadores y, algo más atrás, las mujeres recolectoras y los niños ocultos entre los espesos matorrales contemplaban la lucha con los ojos muy abiertos. Thigod, Señor del Universo, el Desgarrador, el Ojo de las Tinieblas, siguió jadeando durante un rato; después, el enorme cuerpo amarillo y negro dejó de estremecerse. Allí yacía la poderosa criatura, como una cabra con el cuello degollado. Como un cerdito negro de vientre colgante abatido por el hacha de hueso de un cazador.

Siguiendo al dios Pritvi, los cazadores más valientes se atrevieron a acercarse a Thigod. No osaban tocarlo –todavía no–, pero ya parloteaban a menos de un paso del cuerpo inmóvil. Observaron cómo los profundos ojos verdes se volvían vidriosos y cómo la sangre teñía de negro la tierra rojiza de la selva.

Cuando el dios Pritvi se aseguró de que la divinidad estaba muerta, se volvió y contempló orgullosamente a la tribu. Se echó la magia al hombro. Apoyó la mano sobre ella exactamente como los cazadores hacían con sus lanzas de bambú, que nunca habían servido de nada contra Thigod. Desde que el mundo era mundo.

Todos comprendieron que algo nuevo acababa de comenzar.

Las hogueras ya ardían bajo la Roca de la Luna cuando regresaron al asentamiento. Era una noche clara y sin nubes. Por primera vez desde la creación del mundo, los hombres no tenían que temer a los demonios nocturnos. El dios Pritvi se subió sobre la piel de dios extendida encima de la roca. A la luz de la Luna creciente, su sombra cubrió a los hombres.

–¡Miren hacia el cielo! –ordenó el dios Pritvi–. ¿Ven las estrellas?

—¡Las vemos! —respondieron los hombres, las mujeres recolectoras, los niños que cuidaban los cerditos y también los ancianos.

—Miren el cielo —gritó Pritvi, y ya nadie recordaba al inquieto alborotador desterrado que unos años atrás había abandonado el asentamiento en una canoa robada—. ¿Ven las naves monstruosas?

—Las vemos —respondieron en voz baja y con inseguridad, porque todavía no se atrevían a hablar demasiado de las naves monstruosas que dominaban el cielo. Durante diez estaciones de lluvias el cielo había permanecido sucio.

—¿Ven el fuego en el cielo? ¿Ven los cadáveres de los monstruos? ¿Ven el triunfo de los dioses?

—¡Lo vemos! —mintieron a coro.

Querían creer que lo que decía el dios Pritvi era verdad. Al fin y al cabo, era un dios. Ante sus propios ojos había matado a Thigod mediante la magia. Al invencible. Al antiguo dios. Él, que era el nuevo.

—¡Hemos derrotado a los monstruos! —les anunció orgullosamente Pritvi—. El mundo pertenece al pueblo-pueblo.

Comprendieron que aquello era motivo de alegría. Por lo tanto, se alegraron. Aunque no entendían cómo podía existir un pueblo-pueblo. Cabra-cabra, sí. Pez-pez, sí. Pero hasta entonces solo había existido un pueblo. Ellos. No muchos. Nosotros, pensaban. Ellos. Enemigos. Alimento o peligro. Y ahora había pueblo-pueblo. No eran nosotros, pero tampoco enemigos ni alimento.

Era difícil de comprender.

—Pero todavía nos queda una tarea.

 

—Buenas noches. Mi nombre es Smith. John Smith. Soy testigo de una época extraordinaria. Estuve allí desde el principio. Estaba sentado en la sala cuando el Presidente anunció el contacto. Muchos de ustedes me escucharon cuando todas las emisoras del mundo transmitieron en directo el Apretón de Manos en la Luna. Al igual que ustedes, yo también hablé del nacimiento del Nuevo Orden Mundial. Yo también creí en la Hermandad de la Razón, como todos en Washington, Moscú y Pekín.

Yo también me decepcioné.

Yo también grité de alegría la primera vez que pude viajar en un deslizador antigravitatorio. Yo también hice una mueca la primera vez que comí kvafffr y la primera vez que bebí szulimosh. Yo también maldije a nuestros políticos de miras estrechas por perder el tiempo peleándose antes de tomar las grandes decisiones.

Y ya conocía a Carlito cuando todavía nadie sabía que era el Elegido de Dios.

En la cantina de la isla-plataforma petrolera, todos contemplaban las imágenes atornilladas a la pared. Una placa de vidrio impecablemente limpia protegía de la humedad salina el barato icono estampado en dorado. Manos cuidadosas limpiaban de su superficie el hollín de las velas votivas y el incienso.

En la pantalla del antiquísimo televisor en blanco y negro, Smith guardó silencio durante unos instantes. Sabía que debía conceder ese tiempo a la devoción y al agradecimiento. Cuando volvió a hablar, los petroleros y los guardianes dirigieron inmediatamente la mirada hacia la pantalla. Como siempre, escucharon sus palabras con profunda reverencia.

—Parece increíble que todo comenzara hace apenas quince años. En aquella época, cinco mil millones de personas vivían en Santa Terra. ¿Pueden imaginarlo? ¿Lo ricos y poderosos que éramos? ¿El Paraíso terrenal? ¿La inconcebible prosperidad del cambio de milenio? ¿El derroche?

Un murmullo indignado respondió a sus preguntas. La mayoría de los trabajadores todavía recordaba aquellos tiempos. Los guardianes eran demasiado jóvenes, pero las plegarias diarias les habían enseñado cómo debían reaccionar.

—Hoy solo somos setenta millones, ¡pero el mundo nos pertenece! ¡Somos los dueños de Santa Terra! Nuestros guardianes están apostados al pie del Monte Olimpo, en Marte, y nuestras naves vigilan los límites del cinturón de asteroides. Venus es nuestro y muy pronto la cruz de Carlito brillará sobre todo el sistema solar.

Un estruendoso clamor acogió el anuncio. Como ocurría siempre que el gastado disco de la película llegaba a ese punto.

—Pero recordemos los tiempos pasados. Cuando todavía creíamos que nosotros éramos el mundo. ¿Recuerdan que los extraterrestres establecieron contacto con nosotros inmediatamente después de que los chinos llegaran a la Luna? Nos prometieron paz, prosperidad y felicidad.

En la pantalla aparecieron las plazas de las grandes ciudades abarrotadas por multitudes de millones de personas. Nueva York, Shanghái, Bombay, El Cairo. Guirnaldas de flores. Nubes de palomas blancas. Globos.

—Recibimos infinidad de regalos.

El televisor mostró al presidente de Estados Unidos separándose de sus guardaespaldas y subiendo a una lancha aérea. Al presidente ruso, sosteniendo el reluciente arado robótico mientras abría un surco en las tierras vírgenes de Siberia. Al alcalde de Londres tendiéndole unas tijeras a un extraterrestre durante la inauguración del puente de veinte carriles sobre el canal de la Mancha.

—Nos alegramos como niños. Después los extraterrestres se retiraron a la Luna. Pero antes dejaron caer que les gustaría iniciar negociaciones más serias con el representante de la Tierra.

Algunos gimieron en la cantina. A nadie le gustaba oír que alguien se refiriera a Santa Terra por su nombre pagano.

—Y entonces las naciones intentaron decidir quién debía representar a nuestro mundo.

La película mostró ahora el salón de la Asamblea de las Naciones Unidas. Los jefes de Estado gesticulando furiosamente. El secretario general arrancado de detrás del atril. El presidente francés golpeando con el puño al mandatario australiano. La puerta cerrándose de golpe tras las delegaciones africanas que abandonaban la sala. Los bomberos llegando apresuradamente. El edificio de las Naciones Unidas en llamas. El embajador chino colgado de una farola. Los restos del avión del presidente ruso. Los restos del avión del presidente japonés. Las patrulleras irlandesas buscando los restos del avión del canciller alemán. La bandera sobre el ataúd del vicepresidente estadounidense.

El suelo metálico de la cantina empezó a temblar casi imperceptiblemente, pero nadie lo notó. Las imágenes de la Gran Caída, contempladas ya mil veces, seguían fascinando a los supervivientes.

—Y entonces se desató el Infierno...

Miles de soldados blancos, negros y amarillos con equipo de combate. Portaaviones en los estrechos. Miembros de la Guardia Nacional repartiendo máscaras antigás entre los niños. Cientos de miles de civiles cavando trincheras. Columnas interminables de tanques. Enormes antenas de radar girando a gran velocidad. Después, los primeros aviones. El primer misil.

Y la primera nube en forma de hongo.

Un corpulento trabajador que estaba junto a la puerta se secó una lágrima. No era el único que lloraba. Apenas había alguien en aquella cantina de suelo tembloroso que no hubiera perdido a buena parte de su familia durante aquellos días.

Pero ¿por qué temblaba el suelo?

—Los extraterrestres esperaron traicioneramente durante tres días. Esperaron hasta que Washington, Moscú, Pekín y Tokio quedaron destruidas. Hasta que Corea, Pakistán, Argentina, Zimbabue e Israel ardieron hasta quedar reducidos a cenizas. Entonces atacaron y destruyeron todas las armas nucleares.

La puerta de la cantina se abrió de golpe. Un guardián con el rostro cubierto de ampollas y la armadura humeante por el ácido cayó dentro.

—¡Kraken! ¡Kraken! —gritó.

Los guardianes empuñaron sus fusiles de plasma y se precipitaron hacia la puerta. Los trabajadores, armados con martillos y cuchillos, corrieron hacia la salida. Desde afuera ya se oía claramente el rugido del monstruo que asediaba la plataforma.

—Nos impusieron la Paz Estelar. Prohibieron la guerra. Desmantelaron los ejércitos. Finalmente nos pusieron bajo tutela.

El televisor siguió hablando durante un rato, pero ya no quedaba nadie para escucharlo.

—Lo diré de manera sencilla, para que todos puedan entenderlo —continuó el dios Pritvi.

 

Tres hermosas jóvenes espantaban de su cuerpo las moscas y los mosquitos. Pronto darían a luz hijos fuertes y valientes como el propio dios Pritvi. Otras dos, sentadas algo más atrás, abanicaban la magia con expresión reverente.

Delante de Pritvi, el pueblo-pueblo-pueblo estaba acuclillado en el suelo. Todos los hombres y mujeres de tres asentamientos. Tres lenguas, mil años de enemistad.

—Las muchas islas y el agua bajo el cielo no lo son todo.

Esperó un instante y contempló atentamente sus rostros. Quería que aceptaran sus palabras no solo por miedo, sino que también las comprendieran. Al fin y al cabo, eso era lo que había ordenado el Teniente.

—Muy, muy lejos viven los dioses. Son ricos y poderosos. Tienen muchísimas cabras y muchísimos peces.

Esta vez buscó con la mirada a las mujeres.

—Sus hijos no mueren al nacer. Sus mujeres no mueren cuando dan a luz.

Un murmullo apagado fue la respuesta. Pritvi reconoció para sí que el Teniente tenía razón. Si conseguía que las mujeres se pusieran de su parte, obtendría el apoyo de todas las tribus.

Así que continuó.

Les habló de la caída de los dioses. Les contó cómo los demonios de las tinieblas habían envidiado su riqueza y la luz del Sol. Les explicó cómo habían enfrentado entre sí a los dioses más poderosos: Uesa, Chin, Rus. Cómo se habían derrumbado los mundos construidos con luz.

Los demonios descendieron nuevamente y convirtieron a dioses malvados en amos del mundo. Dioses que los adoraban. Ejércitos de hombres perversos se reunieron a su alrededor. Mataban y devoraban a quienes se negaban a inclinarse ante los demonios. Los buenos luchaban, pero carecían de un líder. Su causa estaba a punto de fracasar.

—Yo también luché entre los dioses buenos —declaró Pritvi con orgullo.

Sacó del bolsillo de sus pantalones cortos caqui una fotografía arrugada. En la gastada imagen, Pritvi estaba en la primera fila de un grupo de guerreros uniformados. Junto a él estaba el Teniente. El dios de los dioses. Pritvi no sabía leer la lengua de los dioses, pero le habían dicho que el cartel decía: 2.º Batallón de Voluntarios de Borneo.

—Luché tan bien que me entregaron este mundo, hasta donde alcanza la vista. Porque los dioses se enfrentaron a los demonios y a sus servidores. Y entonces...

Se volvió y, con pasos ágiles, se acercó al viejo árbol del consejo. Una tela de camuflaje cubría todavía la placa de vidrio.

—Voy a enseñarles el nombre del dios más importante. El que se sacrificó por nosotros. Por el pueblo y por el pueblo-pueblo. El que entró en la luz y destruyó al rey de los demonios.

Arrancó la tela que cubría el icono dorado.

—¡Aquí está! —gritó—. ¡Car Li To, salvador del mundo! —En ese preciso instante, el pájaro de los dioses pasó rugiendo sobre la aldea.

 

—Entonces era un don nadie de tercera categoría y sigo siéndolo ahora —se quejó Smith ante su vaso.

La prostituta papú de cabello teñido de rubio se había marchado de su lado hacía rato, pero él estaba demasiado borracho para haberse dado cuenta.

—¿Crees que algo cambió porque esos malditos extraterrestres nos descubrieron y nos sometieron? Quiero decir, ¿mejoró mi vida? No, ni un poco. ¿Y después de que los derrotáramos y los expulsáramos? ¿Porque ahora decimos Santa Terra?

Levantó la vista hacia el espejo de la pared. Smith, John Smith, le devolvió una mirada burlona.

—Sobreviví, eso es todo. Pero no porque sea guapo o inteligente. Ni porque sea mejor que los cuatro mil quinientos millones que ardieron en tres días. O que los quinientos millones que murieron durante la Ocupación y la Rebelión. Las epidemias, el hambre, los monstruos extraterrestres que vagaban libremente, las hordas caníbales o los escuadrones de la muerte de la Guardia Gris. Hasta ahora solo he tenido suerte. ¡Y pensar que todo había empezado tan bien!

El cantinero puso delante de él otro szulimosh. Con una rodaja de limón y hielo. Como lo bebía todo el mundo. Smith se lo zampó de un trago.

—¿Crees que la gente corriente comprendió siquiera una mínima parte de todo aquello? ¿Cambió su vida? Quiero decir, aparte de que exterminaron a sus familias y tuvieron que pasar meses viviendo en búnkeres. ¿O de que las ratas gigantes de ocho patas que vivían en los basureros de los extraterrestres devoraron todo y a todos en sus aldeas? Ni hablar. No entendieron nada. Volvimos a caer en la Edad Media. ¿Santa Terra? Era mucho más sencillo explicarlo todo mediante dioses y espíritus malignos. Vudú y yuyu, eso era lo que necesitábamos. Y héroes.

—A veces dudo de que los extraterrestres realmente quisieran hacernos daño. Al fin y al cabo, durante la Ocupación fue el Gobierno Mundial el que cometió los abusos. Los mercenarios de la Guardia Gris iban a bordo de los deslizadores antigravitatorios. Los extraterrestres se limitaron a averiguar cuál era la banda más poderosa entre los supervivientes de la guerra nuclear. Convirtieron al jefe de esa banda en Presidente Mundial y le dieron carta blanca. En un almacén de Shanghái encontraron veinte mil metralletas y cien mil chaquetas Mao grises. Así nació la Guardia Mundial, la Guardia Gris. Y enseguida se pusieron a imponer el orden. A su manera.

El fortísimo aguardiente de otro mundo no respondió desde el vaso. Ni siquiera se movió.

—Naturalmente, los gobiernos, reyes y jeques que poco a poco empezaban a recuperarse opusieron resistencia. Estallaron revueltas por hambre. Los soldados, por supuesto, sí tenían qué comer. No tardaron mucho en capturar a los líderes rebeldes. Carlito estaba entre ellos. ¡Claro que no era español! Había aparecido desde algún lugar de Europa Oriental. De allí debía de venirle esa inclinación al martirio. Había sido intérprete en las Naciones Unidas. Un tipo taciturno y solitario, siempre con cara de estar ofendido.

El Presidente Mundial, ese maldito animal fascista, decidió decapitar la Rebelión. Quería quebrar el espíritu de la gente. Su voluntad. Destruir toda esperanza. Por entonces todavía funcionaban algunos canales de televisión por satélite. Instaló cámaras en la cámara de ejecución y después activó el haz.

Como en las películas.

El haz blanco avanzaba apenas un centímetro por minuto, pero allí donde llegaba la materia viva se desintegraba. Todos aquellos presidentes, jeques y reyes retrocedieron mientras pudieron. Pero finalmente llegaron a la pared. Empezaron a pisotearse unos a otros. Gritaban, lloraban; algunos enloquecieron. Abajo, en la Tierra, quien no estaba sentado frente al televisor cuando comenzó la transmisión ya había llegado para entonces. Los Grises proyectaron las imágenes sobre las nubes. Toda la humanidad contemplaba la transmisión. Los guerrilleros, los muyahidines, los partisanos. Todos los miembros de la resistencia.

Eso era precisamente lo que quería el Presidente Mundial.

Pero no había contado con Carlito.

Smith bebió rápidamente otro szulimosh. Sintió cómo se agitaba en su estómago, pero precisamente eso era lo bueno.

—Entonces llegó la luz. La luz brillante y asesina. Avanzaba perfectamente recta. A quien tocaba, simplemente dejaba de existir. Como si una motosierra increíblemente rápida lo cortara en láminas del grosor de un átomo. Ni siquiera echaban humo. ¿Quién podría olvidar aquellos gritos?

Acabaron rápidamente con la primera cámara y trasladaron el haz a la segunda. Allí todos gemían y lloraban, arañaban el hormigón con uñas y dientes intentando alejarse.

Todos menos Carlito.

Si el Presidente Mundial no hubiera sido el animal que era, habría apagado las cámaras en cuanto enfocaron a Carlito, que permanecía de pie en medio de la sala. El muchacho estaba mortalmente pálido, rígido como una cruz de mármol. Dijo algo, pero nadie lo entendió porque aquella lengua, junto con el pueblo que la hablaba, se había evaporado sin dejar rastro durante la conflagración mundial.

Y todas las cámaras mostraron cómo empezó a caminar hacia la luz.

En el búnker desde el que yo contemplaba la transmisión, para entonces todos estábamos destrozados. Varios se habían vuelto las armas contra sí mismos. Pero cuando aquel muchacho empezó a caminar, de pronto algo cambió. Algo nos tocó. Nos agarró y nos puso de pie.

Caminaba lentamente hacia una muerte segura, con una serenidad absoluta en el rostro. Como si hubiera descendido de la cruz. Solo se detuvo un instante. Miró hacia atrás, hacia los estadistas. Después entró sencillamente en el rayo mortal. Como quien atraviesa una puerta. El presidente polaco lo siguió. Después, el indonesio. Con la espalda recta, orgullosos, conscientes de lo que hacían. Entonces los Grises interrumpieron la transmisión. Pero ya era demasiado tarde.

—El resto es historia. La mitad de los Grises se pasó a nuestro lado y trajo consigo las naves espaciales. La otra mitad estaba muerta antes de que terminara el día. Y un misil ruso de treinta años de antigüedad impactó de lleno contra la base extraterrestre. Lo llamamos Juicio Divino, aunque seguramente no fue más que una avería. Pero llegó en el momento justo. Para cuando alcanzamos la Luna, el Vaticano, desde Río, ya había beatificado a Carlito. Los hindúes estaban convencidos de que Shiva se había encarnado en él. Los musulmanes reconocieron inmediatamente al Mahdi. Les dio fuerza a todos. Fe.

—Señor Smith, señor John Smith, el helicóptero está a punto de partir. Vamos.

Smith miró el icono que colgaba de la pared y después se encaminó hacia la salida con paso vacilante.

 

Cuando aterrizó también el pequeño escarabajo de los dioses, el pueblo-pueblo ya había desempaquetado los huevos del pájaro de los dioses. De los largos huevos verdes salieron magias como aquella con la que el dios Pritvi había abatido al tigre. Todos temían al dios Teniente, sobre todo cuando empezó a pinchar uno tras otro los hombros del pueblo-pueblo con su cuchillo de mosquito.

—El agua de los dioses ahuyenta a los espíritus de las enfermedades —explicó Pritvi.

Los dioses le habían dado una nueva chaqueta verde con estrellas plateadas. Pritvi permanecía orgullosamente de pie entre el pueblo-pueblo y los muchos dioses.

—Sargento, ¿habla inglés? —preguntó el dios bajo y encorvado, que parecía enfermo.

—Poco. Chino también, sir —respondió Pritvi.

Miró al Teniente buscando ayuda, pero este estaba ocupado con las vacunas. Para Smith aquello no representaba ningún problema.

—El gran hablador lejano te escucha y te ve, sargento —explicó—. Tú y tu aldea estarán en la gran noticia. Yo mostrar tú, ustedes en placas plateadas, aquí, allá, arriba también, en barcos de dioses, muy, muy lejos.

Pritvi sonrió tontamente a la cámara.

—Ahora tu pueblo recibe buenos fusiles. ¿Qué harán con los fusiles? ¿Aquí, en gran selva?

—Grandes dioses buenos fusiles fuerza. Vida larga, suerte. Pueblo-pueblo va selva. Buscaremos demonios. Todos. Buscaremos dioses malos. Aunque escondan. Pueblo-pueblo fuertevaliente. Dragónvaliente. Tigrevaliente.

—Dígame, sargento, ¿qué le ha dado el contacto? ¿Qué ha cambiado en la vida de su pueblo?

—No entiendo —respondió Pritvi sonriendo.

Quería marcharse. Quería ser él quien explicara a los cazadores cómo funcionaban los fusiles.

—No entiendo, no importa. Nosotros vamos. Matamos dioses malos. Todos.

—Gracias, sargento —concluyó Smith con una alegría fingida—. Como pueden ver, queridos espectadores, ya está en marcha la eliminación de los mutantes que andan sueltos y de los focos de resistencia extraterrestre. O, como lo ven estas buenas, incorruptas y sencillas personas, la guerra de los dioses...

Hizo una breve pausa para aumentar el efecto.

—Están contemplando el ocaso de los dioses. No se vayan. Les habló John Smith, Televisión Mundial, Borneo.

El antiquísimo avión de carga australiano se había marchado hacía mucho cuando Smith y su camarógrafo terminaron de filmar. La tripulación del helicóptero también estaba preparada para partir. Solo lo esperaban a él.

La larga hilera de nativos empezó a internarse lentamente en las profundidades de la selva.

Smith permaneció de pie, con el agua hasta las rodillas, contemplándolos desde la sombra de los rotores. Sus dedos tamborileaban nerviosamente sobre la credencial de plástico que colgaba de su cuello.

Quién sabe qué pasaba por su mente.

Quién sabe por qué apareció aquella expresión de anhelo en sus ojos.

Lo único seguro es que el helicóptero regresó al aeródromo sin él.

El ocaso de los dioses era algo que no podía perderse.

Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.


 

lunes, 6 de julio de 2026

EL SEGUNDO ASTRONAUTA

Csaba Béla Varga

 

¿Crees que el cosmonauta soviético Yuri Gagarin fue el primer astronauta de la humanidad? ¡Ojalá tuvieras razón!

 

Hum, el segundo astronauta de la humanidad, estaba de pie junto al mar contemplando las barcas que navegaban hacia el lugar donde nacía el sol. Él también era pescador, como casi todos los habitantes de la aldea situada al pie de las cumbres nevadas cubiertas de pinos.

En aquella época todavía brillaban dos lunas en el cielo. Corría el vigésimo milenio antes de Cristo, si alguno de nosotros hubiera sabido escribir.

Hum era alto, de anchos hombros, espalda recta, ojos oscuros y nariz aguileña. Para evitar malentendidos, conviene aclarar que ya era un auténtico Homo sapiens. Durante los siglos anteriores, la confederación tribal que, tras la gran separación y la larga migración, acabaría siendo antepasada tanto de los sioux americanos como de los celtas europeos, había exterminado sin piedad a las demás especies humanas de las Siete Islas. En aquellos tiempos avanzaban con paso firme hacia la dominación mutua y el descubrimiento de la esclavitud, aunque para esto último todavía tendrían que modificar un poco el menú de los banquetes de la victoria.

La bahía en cuya orilla se encontraba Hum se convertiría, veinte años después, en el puerto principal de Angra Manju, o, como hoy la conocéis, Atlántida.

Las barcas desaparecieron detrás de la gigantesca roca que recordaba la silueta de un hombre erguido, y Hum se volvió. Apretó con fuerza el hacha de obsidiana viva, afilada como una navaja, que la noche anterior había intercambiado con Vivanhan por nueve pieles de tiburón, y echó a correr con paso ligero y seguro. Su camino ascendía hacia los acantilados costeros. Ambos habían asumido un enorme riesgo, pues los dioses, apenas llegaron, prohibieron portar armas. A cualquiera que encontraran con obsidiana o con hueso pulido le esperaba la muerte.

Alcanzó la aldea, escondida bajo la sombra de los árboles siempre verdes, pero no redujo la velocidad. Los hombres estaban en el mar o cultivaban los campos bajo un calor ya sofocante. Solo Ferkah, el antiguo jefe guerrero, gravemente quemado, no había salido con ellos. Al oír el ritmo de las pisadas levantó la cabeza con esfuerzo y volvió el rostro hacia Hum. Alzó su puño ennegrecido por las quemaduras para desearle buena fortuna en la batalla.

Las mujeres, luciendo sus nuevas faldas de vivos colores y exhibiendo las joyas hechas con un metal brillante desconocido hasta hacía poco, observaron su carrera en silencio y con gesto sombrío. Los ancianos, que todavía recordaban los tiempos en que la Madre Luna aún no había arrebatado el poder a las jefas del clan, lo siguieron con la misma hostilidad que los jóvenes, las muchachas y las mujeres recién casadas.

Hum no pudo dejar de advertir que las mujeres casadas llevaban el cabello peinado exactamente igual que las solteras. Poco tiempo atrás aquello habría sido inconcebible. Poco tiempo atrás, cuando Hum, el joven héroe destinado a convertirse en jefe de guerra, era el favorito de todas.

Antes de la llegada de los dioses.

Zare, la hermana de Kháli, lo esperaba junto al primer pino, bloqueando el estrecho sendero donde tantas veces Hum se había encontrado con su amada.

—No deberías ir tras ella —dijo con voz fría y con aquella expresión inescrutable e inquietante que había hecho que, durante la Fiesta de la Primavera, Hum eligiera a la hermana mayor en lugar de a Zare.

¿Solo habían pasado cuatro años? ¿O aquello pertenecía a otra era del mundo?

—Apártate de mi camino —gruñó él, mirando por encima de su cabeza.

—Si sigues adelante, vas hacia la muerte.

—Tú debes saberlo. Eres la más sumisa de las servidoras de los dioses.

—Yo sirvo al Conejo de la Luna, a la Gran Madre, a la vida fecunda, al único dios. De los nuevos dioses solo aprendo. Nadie los conoce mejor que yo. —Lo miró fijamente a los ojos—. Y sé que morirás si intentas recuperar a Kháli.

—Kháli es mi prometida. No permitiré que nadie me la arrebate. La amo y ella también me ama. Estoy seguro de que el señor Taszter se la llevó por la fuerza.

—Si la amas, querrás que sea feliz. ¿No es así?

—Claro. Quiero hacerla feliz.

—¿Y qué puedes ofrecerle tú, pescador? ¿Guerrero? ¿Hijo de los hombres?

—Será mi esposa. Seremos felices. Tendremos hijos. Le construiré una casa hermosa. Nunca le faltará nada.

—¿Y en esa hermosa casa pasará el día pendiente de todos tus deseos? ¿Lavará tu ropa? ¿Morirá dando a luz, como tantas otras? ¿Envejecerá sin haber hecho otra cosa que repetir la vida de su madre y de su abuela? ¿Esperará el día en que le traigan la noticia de tu muerte durante una cacería de ballenas o en una batalla? ¿Se quedará ciega encorvada sobre el huso?

—No. Mi esposa no tendrá que trabajar. Ya no vivimos en el viejo mundo. Volveremos a vencer a las tribus malvadas. Tendremos esclavos.

—Los dioses no permitirán que hagáis la guerra. ¿Ya olvidaste lo que ocurrió con los guerreros de Ferkah? ¡Ardieron!

—Aun así quiero salvarla.

—¿Salvarla de qué? ¿De la felicidad? ¿Dónde podría ser más feliz que en la casa de los dioses? Allí comerá su comida, beberá sus bebidas y cantará sus canciones.

Hum levantó la vista hacia el cielo, atónito. La roja hoz de la Luna Menor aún era perfectamente visible, y el pescador sabía que, en algún lugar allá arriba, flotaba el palacio de los dioses. ¡Ni siquiera las águilas podían llegar tan alto!

—¿La llevarán al hogar de los dioses? ¿A los cielos? ¿El dios señor Taszter se la llevará con él?

—Sí. —Zare no pudo ocultar su decepción—. La eligieron a ella, aunque yo aprendí sus enseñanzas con mucho más empeño. Los dioses también la prefieren a ella. Será la primera que ascienda a los cielos.

—¿A los cielos? ¿Hasta los cielos?

Hum sabía que solo podría llegar allí cuando su cuerpo hubiera muerto y su alma emprendiera el camino hacia el reino del Conejo de la Luna.

Lanzó un rugido y apartó a la muchacha de un brusco empujón antes de echar a correr tan rápido como pudo. Zare gritó al chocar contra el áspero tronco oscuro del árbol, aunque no cayó al suelo. Contempló cómo el hombre se alejaba y ni siquiera ella estaba segura de si la lágrima que resbaló por su mejilla era fruto del dolor.

—Vas hacia la muerte, insensato —susurró.

Al caer la tarde, Hum llegó al Bosque de los Rostros de Piedra. En otro tiempo él mismo había ayudado a colocar el grueso disco de piedra roja sobre la cabeza de la estatua más reciente para impedir que el alma del gran jefe regresara entre los vivos. El corazón le golpeaba el pecho cuando alcanzó el extremo de las largas hileras de gigantescas cabezas erigidas en la empinada ladera. Se detuvo junto a la primera de ellas, levantada sin duda por un pueblo de frente huidiza y mandíbulas anchas en honor de su caudillo, y, ocultándose tras la piedra cubierta de musgo, entrecerró los ojos para observar el inmenso disco plateado, de casi mil pasos de diámetro, que dominaba la meseta.

Los monstruos avanzaban hacia las aberturas del disco como si fueran hormigas. Ya no les tenía miedo. Sabía que eran estúpidas criaturas de metal que solo hacían lo que los dioses les ordenaban. Y ni siquiera demasiado bien. Probablemente aquel día ya habían terminado de cosechar piedra.

Hum no vaciló. Corrió hacia ellos y se dejó caer dentro del cesto del último monstruo. Los fragmentos de roca triturada le desgarraron el vientre y los muslos hasta hacerlos sangrar, pero no prestó atención al dolor. Permaneció inmóvil hasta que el vientre del disco los engulló.

Los relatos de las muchachas y, más recientemente, de las mujeres casadas que habían entrado en el disco le permitieron encontrar sin dificultad el sendero por donde los dioses acostumbraban caminar. Hum se acuclilló sobre el suelo liso y blanco como la nieve y comenzó a olfatear. Percibió, muy débilmente, el olor de Kháli. De pronto, la tierra tembló bajo sus pies, de un modo semejante a cuando Angra Manju sacudía las montañas y las islas. Pero la sensación que siguió era distinta de cualquier cosa que Hum hubiera experimentado jamás en su vida como Homo sapiens. Era como si su cuerpo se hubiera convertido en roca. Al mismo tiempo sintió que caía, mientras una fuerza implacable lo aplastaba contra la lisa losa blanca. La sangre comenzó a brotar de su nariz y de sus oídos.

Con enorme esfuerzo logró darse la vuelta y quedar boca arriba. No percibía el paso del tiempo; ignoraba cuánto había durado aquel tormento. Se pasó un dedo bajo la nariz y contempló con estupor la sangre que la manchaba.

Entonces, de pronto, lo comprendió todo.

—Ya debemos de estar en los cielos —pensó.

Y si era así, entonces estaba muerto. Con la mano ensangrentada se frotó la frente hasta teñirla de rojo, tal como era costumbre despedir a los muertos. Así su alma tampoco regresaría para atormentar a los vivos.

El disco dio un sacudón y Hum comenzó a flotar. Si hasta entonces había albergado alguna duda, ya no le quedaba ninguna: había muerto. Solo los muertos podían volar. Sin embargo, antes de que su alma pidiera entrar en la morada de la Madre Luna, aún debía cumplir aquello para lo que había venido.

Apenas formuló ese pensamiento, recuperó el peso y su cuerpo descendió nuevamente hasta el suelo. Se puso de pie. De algún modo se sentía más liviano que en su tierra. En la pared blanca descubrió una ventana circular cubierta por una materia transparente. Y allí fuera, increíblemente cerca, brillando con una intensidad que jamás había visto, ni siquiera cuando había escalado la montaña más alta para demostrar su valor, contempló la Luna.

Comprendió al instante que era una señal.

La Madre Luna le había devuelto el cuerpo durante el tiempo suficiente para cumplir su misión.

Hum dejó de temer por completo a los nuevos dioses. La Madre Luna estaba con él.

Como el cazador nato que era, avanzó sin hacer el menor ruido, guiado únicamente por sus instintos.

—Hay un solo dios —susurró—. La Madre Luna, y nadie más—. ¡Hay un solo dios! —gritó cuando el hacha de obsidiana cayó sobre el cráneo del sorprendido dios—. ¡Hay un solo dios! —jadeó cuando hubo acabado también con el séptimo.

Las paredes comenzaron a lanzar gritos, mientras gemas rojas destellaban allí por donde pasaba. Hum jamás había sido tan feliz. Nunca habría imaginado que estar muerto pudiera resultar tan maravilloso.

Entonces algo comenzó a gritar dentro de su mente. Algo quería advertirle que existía una señal, que nada marchaba como debía, que algo terrible estaba ocurriendo. Miró los dos cadáveres tendidos frente a él. De repente advirtió, con una claridad insoportable, que las ropas de aquellos dos dioses estaban empapadas de sangre roja. Roja. ¡La sangre de los dioses no era roja!

Percibió el olor de la carne quemada al mismo tiempo que el delicado perfume de Kháli. Entró por la puerta por la que había escapado corriendo su última víctima. Lo que vio lo obligó a lanzar un alarido. Deseó haber muerto de verdad unos instantes antes.

Kháli yacía extendida sobre una amplia mesa cubierta de sangre. Su hermoso cabello negro como la noche había sido arrancado junto con el cuero cabelludo. Brazos y piernas estaban sujetos a la mesa mediante relucientes abrazaderas. Desde la entrepierna hasta el pecho le habían abierto el cuerpo, y en su interior penetraban tentáculos semejantes a medusas, por cuyo interior circulaba un fluido palpitante. Otro tentáculo sostenía el corazón todavía latiendo de la muchacha dentro de un recipiente lleno de un líquido transparente.

Hum se lanzó junto a la mesa. Aulló de dolor. Aunque todavía percibía el aliento de Kháli, aunque aún veía la luz en sus ojos, se pasó los dedos por sus propias heridas y con su sangre le untó la frente. Allá arriba, el cuerpo tardaba mucho en aceptar que su dueño ya estaba muerto.

El dios señor Taszter lo esperaba en el salón más grande.

El gigante de piel metálica contempló en silencio al hombre que acababa de entrar. En su rostro dorado, semejante al de un ángel, no se reflejaba emoción alguna. Solo los cuatro animales tendidos delante de su trono comenzaron a gruñir con ferocidad. Ellos ya habían aprendido a disfrutar del sabor de la carne humana.

Hum no sintió miedo. Sabía que nadie llegaría tan deprisa como él junto a la Madre Luna. Kháli seguramente ya habría llegado y pronunciaría una buena palabra en su favor para facilitarle la entrada en el reino de la felicidad.

El dios hizo un gesto. Los animales se lanzaron enloquecidos sobre Hum. Antes de que el león pudiera hincarle los dientes en el hombro, antes de que la serpiente lograra morderlo, Hum hizo girar el hacha de piedra.

Los dioses debieron de ser grandes guerreros, temibles señores en el mundo del que procedían. Sin duda habían concebido estrategias crueles y tácticas ingeniosas para derrotar a sus enemigos. Tal vez habían mandado ejércitos conquistadores de estrellas. Seguramente estaban por encima de todos los demás y despreciaban incluso a quienes apenas eran un poco inferiores a ellos en inteligencia o fuerza. Eran más poderosos que el oso y más sabios que la serpiente.

Pero, si alguna vez habían conocido el uso del hacha, hacía mucho que lo habían olvidado. Sus ojos mágicos podían detectar el metal desde muy lejos. Sus redes tejidas con fuego eran capaces incluso de impedir el paso de la luz del sol. Sin embargo, aquel hacha había sido fabricada con madera y piedra por las manos seguras de un artesano. El movimiento, practicado miles de veces, la lanzó describiendo un arco perfecto. Voló más deprisa que en el mundo de abajo. No le dio tiempo al gran señor. El negro hueso de la Tierra alcanzó su objetivo. El metal crujió.

La divina sangre verdosa y la divina médula amarillenta salpicaron la túnica plateada, borrando y embarrando la huella de la sangre de la muchacha humana, que empezaba lentamente a secarse.

La Luna brillaba en las ventanas circulares cuando el cuerpo del segundo astronauta terrestre cayó sobre el blanco suelo y los monstruosos híbridos de mundos extraños hundieron sus dientes en su carne.

Su cuerpo no sufrió durante mucho tiempo. Y su alma atravesó rápidamente la puerta del Conejo de la Luna. La lanzadera, ya sin tripulación, se aproximó siguiendo una trayectoria irregular a la base de los extraterrestres instalada sobre la luna menor de la Tierra. Como no respondió a las llamadas, la base activó de inmediato su sistema de defensa.

Abajo, junto al árbol que crecía al borde del sendero, Zare pudo contemplar con toda claridad el destello que iluminó el cielo nocturno.


Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.

domingo, 24 de mayo de 2026

MONSTRUO SOLITARIO

Csaba Béla Varga 

 

“Las civilizaciones aisladas, pero viables, tras superar el choque cultural, son perfectamente capaces de reintegrarse a la civilización galáctica sin mayores dificultades.”
Fragmento del Manual de Antropología Cósmica

 

 

Periferia Galáctica, en algún lugar del espacio profundo

El almirante supremo Dascoleo lanzó una mirada de disgusto al teniente que se agitaba nervioso frente a él.

—¿Por qué me viene con semejantes estupideces, hombre? ¡Muestre un poco de iniciativa y resuelva el asunto usted mismo!

—Pero, señor, yo solo pensaba que...

—Usted no piense, teniente, o terminará destinado a una base de observación solar. ¿No ve que quiero cenar antes del híper salto?

—Los radares de profundidad detectaron señales de civilización muy débiles en el borde de la zona pacificada. Tal vez sea una base de los rebeldes...

A través de las ventanas del puente de mando, el almirante contempló cómo los relucientes buques de guerra se acomodaban lentamente alrededor del crucero imperial en formación de salto. Aquella temible flota finalmente podría dejar atrás la Periferia y, en el futuro, imponer la voluntad de la corte imperial en los mundos más civilizados de los sistemas interiores. Escuadrones de cazas pasaban junto a la nave insignia.

—Idioteces. Debe de ser algún mundo bárbaro perdido en medio de la nada. Envíe un bombardero semi cíborg.

—Entendido, mi señor. Tras destruir los objetivos, el bombardero llegará a alguna guarnición del sector dentro de uno o dos años.

—Y nosotros dejaremos orden detrás de nosotros. Bien, me voy a comer. Los saltos siempre me revuelven el estómago.

Veinte minutos después, un CB Barracuda abandonó la compuerta de lanzamiento trasera de uno de los destructores. El responsable de suministros de la flota imperial, que acababa de aplastar en sangre la rebelión xeno, eliminó la nave de la lista de unidades en ruta hacia el sistema Shoga.

Tras completar la operación, apartó la vista de la pantalla con aburrimiento. No prestó atención al mensaje emergente que indicaba que el poder de las unidades imperiales había disminuido un 0,0000000000001 por ciento.

 

Periferia, planeta Nova Tierra, Palacio de Arkonium

Alguien sacudió el hombro del arkon de Rogros. El Padre del Pueblo gimió y miró alrededor de la sala con expresión desconcertada. En el húmedo gran salón de la antigua Asamblea Planetaria, oficiales borrachos yacían desparramados sobre el piso cubierto de vómito y charcos de alcohol, entre prostitutas medio desnudas que babeaban por efecto de las drogas.

—¿Qué demonios pasa? —le rugió Rogros al sirviente que había interrumpido la celebración.

Hacía tres meses que la Unión había eliminado los últimos focos de resistencia de la Confederación. Las columnas de tanques de Rogros habían entrado triunfalmente en la capital y desde entonces él era el amo del mundo entero. El primer hombre de todo el planeta. Había logrado lo que ningún caudillo había conseguido antes. Las purgas todavía continuaron durante un mes; las noches de Novapolis eran iluminadas por las agonías de los prisioneros arrojados a hogueras de queroseno, pero desde entonces el arkon estaba aburrido. Ya no quedaba nadie a quien derrotar.

—Es Dom Roshill, señor. Quiere hablar de inmediato con vuestra excelencia.

Al entrar en su despacho, Rogros activó con un chasquido la enorme pantalla que cubría la pared. En el monitor en blanco y negro apareció el profesor doctor doctor Roshill, principal ideólogo de la Unión. El Cerebro.

—¡Aquí está la prueba, Rogros, aquí, en mis manos! ¡Sí existe inteligencia entre las estrellas! ¡Sí somos descendientes de los dioses del espacio! —agitó triunfante la cinta perforada del telegrama.

—¿Qué demonios quieres? ¿Ocurrió algo?

—¡Una nave del espacio, Rogros! Apareció en el borde del sistema solar y se acerca cada vez más. ¡Lo que siempre dije! ¡Aquí está la prueba! ¡Los dioses han regresado!

Rogros se despejó en un instante. Aunque el tema favorito de Roshill le importaba muy poco, durante los largos años de lucha por el poder absoluto había oído miles de veces la teoría del científico: el pueblo gherri, la tribu que daba los dirigentes de la Unión, descendía de dioses astronautas. A diferencia de todos los demás pueblos inferiores y esclavos de Nova Tierra. Él mismo sabía que ningún hallazgo arqueológico tenía más de dos mil años de antigüedad, pero el pasado del único mundo habitado del sistema no le interesaba en lo más mínimo. Como señor de la guerra de la Unión, vivía para la lucha y para el presente.

Y ahora había aparecido un nuevo adversario.

Justo a tiempo.

 

Base espacial B 417, luna minera Helene

Con la bandeja en la mano, Jonniby se detuvo un instante, pero nadie quiso hacerle lugar en ninguna mesa. El hombre detrás de él recibió su ración, avanzó y lo empujó con el hombro. Jonniby se dio vuelta con expresión amarga y, como siempre, se acercó al estante fijado a la pared oscura del comedor para comer solo aquella soja aguada y maloliente. Una bonita muchacha de cocina de cabello corto recogía las bandejas. Pasó junto a Jonniby como si el muchacho no existiera.

En la sala reinaba un ambiente opresivo. B 411, B 412 y B 413 habían sido destruidas y, según decían, el monstruo ya había abandonado las lunas de Poseidón y se preparaba para aniquilar las pequeñas bases alrededor de Artemisa. Era imposible resistirlo. En un solo día recorría distancias para las que incluso los transbordadores más modernos heredados de la Confederación necesitaban meses. Utilizaba armas con las que los científicos de Nova Tierra ni siquiera se atrevían a soñar, aunque la guerra mundial de cuarenta años había impulsado enormemente el desarrollo de la tecnología militar. Tal vez tuvieran razón quienes afirmaban que el encuentro entre civilizaciones excluía toda cooperación. La más débil, la menos desarrollada, estaba condenada a perecer.

El comandante de la base, Dom Romer, permanecía de pie en el centro de la sala con los brazos cruzados. Nada escapaba a sus ojos penetrantes.

Jonniby había oído los rumores más absurdos, aunque, mientras preparaba sus exámenes, apenas abandonaba su camarote lleno de libros, del tamaño de un ataúd. No es que alguna vez saliera demasiado. El personal confederado que aún no había sido ejecutado gracias a sus conocimientos especializados susurraba acerca de la venganza de los dioses. Los mineros de gas de la Unión, en cambio, consideraban aquel horror surgido de improviso un arma secreta del enemigo derrotado. Nadie dudaba, sin embargo, de que tarde o temprano el arkon Rogros acabaría enfrentándolo.

 

El maltrecho CB Barracuda emergió de la boca de la caverna. Desplegó sus redes recolectoras para recargar las cámaras de plasma agotadas durante la destrucción del objetivo anterior. El bombardero tripulado por una dotación parcialmente ciborgizada no había sido diseñado para misiones como aquella, pero aun así se desempeñaba de maravilla. Los soldados de piel escamosa y ampollada que flotaban en el líquido incoloro hacía mucho que no se sentían tan bien. Después de tantas humillaciones y derrotas, por fin saboreaban la dulzura de la victoria. En regiones más civilizadas no habrían tenido demasiadas oportunidades contra los mezones o los zarg. En casa, tarde o temprano, los obsoletos Barracuda acabarían desmantelados y fundidos, mientras que a la tripulación le aguardaría el desempleo en la superficie. Allí, en cambio, podían sentirse dioses.

Dioses de la destrucción.

Y no era una sensación desagradable.

—¿Otra vez tuviste mala suerte? —preguntó Yom, el maestro armero.

—No, simplemente no tenía nada que hacer. Pensé en bajar para ayudar un poco —respondió Jonniby.

—¿Así que no te enviaron como castigo? ¡Eso sí que es nuevo! ¿Por qué no cortejas a las chicas o sales a divertirte con tus amigos?

—Estoy pensando en esa nave extraterrestre. Qué súper civilización debe ser si envían una sola nave para conquistar un sistema solar entero. Además, no tengo amigos. Y las chicas... bueno, no suelen hablarme.

—Estás loco, muchacho. Hay que vivir mientras uno es joven. —El hosco y solitario maestro armero siguió trabajando en uno de los lanzacohetes—. El monstruo llegará pronto. Quiero que esta pequeña belleza funcione para entonces. No es un arma milagrosa, pero es lo único que tenemos.

—¿Puedo ayudar en algo?

—Claro, si no te molesta ensuciarte.

 

—¿Señor? —El comandante Romer permanecía rígido frente a la diminuta pantalla en blanco y negro.

—Sé breve —Arkon Rogos observó a su subordinado con expresión sombría. Un ladrón, un malversador, o quizás alguien de origen dudoso. De lo contrario, no lo habrían escondido en ese agujero de piedra en medio de la nada, pensó el caudillo—. No podemos enviar ayuda —dijo—. Nuestros ocho transbordadores fueron destruidos. Todavía faltan meses para iniciar la producción de los cohetes portanaves Brutal de la Unión. Así que tendrás que resolver la situación con tus propios medios. Y rápido.

—¿Autoriza la ejecución de mi plan, mi señor?

—No tenemos alternativa. La nave llegada de las estrellas debe ser destruida.

—La destruiremos, señor.

—Solo una cosa, Romer. ¿A quién piensas enviar a la mina?

—El teniente Roskhal es mi mejor hombre. Un verdadero tipo duro. Sangre gherri cien por ciento pura.

—Entonces ¿por qué lo desterraron a ese agujero?

—Violó a unas monjas de una raza inferior.

—¿Y quién no lo hizo? ¿Solo por eso?

—Frente a las cámaras de la Televisión Mundial, señor. Dos días después del funeral del arzobispo.

—¡Debieron ejecutarlo!

—No fue posible, señor. El general Dom Robald es su padrino.

—Entiendo —el dictador de Nova Tierra tamborileó pensativo con los dedos—. No, Romer, tendrás que enviar a otro. Es una misión suicida y no quiero que alguna familia noble consiga un mártir. Busca a alguien por quien nadie derrame lágrimas. Una rata solitaria. Que no tenga amigos, amantes ni parientes influyentes. Envía a uno de esos contra el monstruo.

—Tengo justo a alguien así, señor. Un imbécil perdido. No bebe, no anda con mujeres. Un ratón de biblioteca. La muerte será una liberación para él.

 

—Después de la destrucción de B 415 —dijo Romer—, los exploradores encontraron el escondite del monstruo. Se refugia en esta mina. Aquí podremos atraparlo.

—Podemos introducir el explosivo por esta galería. Pero ¿cómo apuntaremos? El control remoto no funciona a través de media milla de roca —le preguntó Yom al comandante.

—No hará falta control remoto. Enviaremos una bomba viviente.

—¿Quién llevará la carga? ¿Algún soldado de asalto?

—Claro que no. Ese chico que a veces baja por aquí. Total, no tiene mucho que perder —Romer escupió con desprecio.

 

Jonniby permanecía agazapado en el suelo, abrazándose las rodillas y temblando. Como tantas otras veces, estaba aterrorizado. Romer lo había mandado llamar, le explicó lo que debía hacer y luego se marchó. Ni siquiera se interesó por saber qué opinaba del asunto. No es que Jonniby hubiera tenido el valor de negarse. Nunca había sabido decir que no. El capellán militar de la colonia minera lo bendijo apresuradamente y le aseguró que todos sabrían en qué clase de gran héroe se había convertido. Pasó toda la noche dando vueltas sin dormir, imaginando mil veces la forma espantosa en que moriría. Entre una oleada de terror y otra trató de pensar en algo más alegre, pero no se le ocurría nada. Como si su vida hubiera estado formada únicamente por habitaciones estrechas e idénticas. El orfanato, el internado, el cuartel, la biblioteca, las pequeñas celdas universitarias. Habitaciones estrechas, frías y vacías. Nunca había nadie. Siempre estuvo solo, como si fuera un leproso.

O un monstruo.

Golpearon la puerta. Se recompuso y salió. Para su sorpresa, no vino a buscarlo un soldado de asalto, sino Yom.

—Vamos —dijo el anciano con el rostro rígido.

—No puedo, me tiemblan las piernas —gimió.

—Bebe esto —el maestro armero le ofreció una cantimplora metálica—. Te ayudará.

La bebida casi le abrasó la garganta, pero una cálida oleada lo inundó y consiguió ponerse en marcha.

—¡Mantente erguido! —lo reprendió Yom—. Todos te estarán mirando. ¡Muéstrales a las chicas cómo es un héroe solitario!

De verdad todos conocían la misión. Todo el personal de la base se apiñaba en el abarrotado corredor. También las chicas. Jonniby descubrió con asombro que las mujeres claramente se habían dado cuenta de que existía. Eso nunca le había ocurrido antes. Se ruborizó, pero se enderezó y avanzó hacia la esclusa exterior con la espalda recta. La multitud murmuró. Jonniby habría jurado que nadie se burlaba de él.

Era una sensación extraña.

 

Llevaban seis horas avanzando en el vehículo oruga por la superficie rocosa y sin atmósfera de la luna. Sobre ellos brillaban miles de estrellas. La espiral ardiente de la galaxia se veía con absoluta claridad. Millones de estrellas, millones de planetas. Y a través del infinito espacio había llegado hasta ellos un monstruo asesino.

—¿Habías estado aquí afuera alguna vez? —preguntó Yom.

—¿En la superficie? Nunca.

—Vale la pena venir. Cuando miras el cielo, te ves obligado a enfrentarte contigo mismo. A pensar qué hiciste bien y qué hiciste mal. Las estrellas purifican el alma.

Jonniby miró al anciano sin comprender. Nunca antes lo había oído hablar tanto.

—Tengo miedo —dijo—. Queremos adherir una vieja mina magnética a la invencible máquina de guerra de una súper civilización. No tengo ninguna posibilidad. Debe ser una nave terriblemente avanzada, el arma más moderna de los extraterrestres, si enviaron una sola para conquistar un sistema entero y ocho mil millones de personas.

—No era eso lo que esperabas, ¿verdad? Tus libros hablaban de majestuosas flotas de naves espaciales de kilómetros de longitud. Discos de acero del tamaño de montañas sobre las grandes ciudades del mundo. Enormes armadas amenazantes. ¡Rayos mortales resplandecientes! ¡Terribles máquinas tentaculares!

—Sí. Un enemigo gigantesco. Una resistencia heroica. No una nave diminuta, más pequeña incluso que un transbordador.

—Llegó sola y aun así puede destruirnos. Un monstruo solitario. En las montañas, cuando yo era niño, cazaban osos grises con hachas. Eso sí era un verdadero horror. No estaba permitido tener armas de fuego. Los cazadores solo tenían posibilidades de sobrevivir si sorprendían al oso mientras dormía. Nosotros sabemos dónde duerme la bestia. Allí la atraparemos.

—Sabrá que me acerco. Debe tener sensores y radares superiores. Está muchísimo más avanzada que nosotros.

—Solo detecta tecnología. Radiación, máquinas en funcionamiento. Desde aquí arrastraremos el torpedo. Hay una vieja galería inclinada que conduce a la mina. Cuando te dé la señal, bajarás por ella. Irás deslizándote montado sobre el torpedo. El monstruo estará debajo de ti. Caerás sobre él, te adherirás y después... tres segundos y boom.

—Lo sé. Dom Romer también me lo explicó.

—¿Y no le preguntaste cómo ibas a salir antes de la explosión? —En el enorme traje protector solo se veían los ojos del anciano.

—Ni se me ocurrió.

Yom detuvo el vehículo, descendió y levantó junto al torpedo una caja metálica parecida a una mochila.

—Él es demasiado importante para ocuparse de detalles tan pequeños. Armé esto mientras tú limpiabas el torpedo.

—¿Qué es?

—Tu boleto hacia un mundo mejor.

 

El CB Barracuda apagó sus motores y avanzó únicamente impulsado por sus elevadores antiG hacia la entrada de la mina abandonada que utilizaban como escondite. Muy lejos detrás de él, al otro lado del mar de polvo, seguía brillando el cráter donde hacía poco vivían cinco mil personas en la base B 417. Los soldados semi cíborg todavía conocían otros dos objetivos en la luna. Cuando terminaran con ellos, partirían hacia el único planeta habitado del sistema.

De pronto, el instrumento del navegante detectó una emisión radial junto a la entrada de la caverna. El mensaje era breve, tal vez una sola palabra, pero los aparatos igualmente reaccionaron. El artillero activó el turboláser de a bordo y en la pantalla apareció enseguida una diminuta figura adherida a la roca.

—¿Un explorador bárbaro?

—Destrúyanlo.

Jonniby oyó la orden y, justo después, vio el destello en el borde de la pared rocosa.

—¡Yom! —gritó al micrófono, olvidando todas las normas de seguridad—. ¡¿Qué ocurre contigo?!

No obtuvo respuesta.

Agarró el cable de liberación y tiró de él. El torpedo montado sobre los patines comenzó a deslizarse cuesta abajo. El muchacho aferró con fuerza el timón y contempló el frente con los dientes apretados. Avanzaba a toda velocidad por la oscuridad con media tonelada de explosivos bajo el cuerpo.

El torpedo aceleraba. Unos segundos más y alcanzaría la boca del túnel, el lugar por donde el monstruo debía pasar camino a su escondite. De pronto, de la oscuridad emergió el fragmento de una antiquísima viga de hormigón. Jonniby apartó la cabeza, pero aun así la viga le rozó el casco. Luego el deslizamiento terminó y el torpedo quedó suspendido en el vacío.

Como si el tiempo se hubiera detenido.

Jonniby observó inmóvil cómo debajo de él aparecía lenta, muy lentamente, el monstruo. No parecía aterrador ni la máquina de guerra más avanzada de una civilización lejana. Más bien daba la impresión de estar gastado, deteriorado y castigado por las tormentas.

El torpedo alcanzó el blanco. Se estremeció violentamente al chocar contra el lomo de la nave y, desde sus costados, saltaron los ganchos dentados de cabeza diamantina desmontados de antiguas máquinas mineras. El impacto arrojó al muchacho fuera del asiento. Tras girar varias veces en el aire, fue a estrellarse contra algo que sobresalía de la parte trasera de la nave. No perdió el conocimiento, pero el golpe lo dejó incapaz de moverse.

A través de una estrecha y gruesa ventana creyó ver el interior de la nave: había personas que flotaban en cilindros de vidrio y lo miraban estupefactas. Aunque parte de sus rostros estaba cubierta de metal y de sus narices salían tubos pulsantes, era imposible no advertir su sorpresa.

Jonniby apartó la mirada de aquellos seres mitad humanos mitad máquina y logró ponerse de pie. Detrás de él, el mecanismo explosivo del torpedo adherido a la nave indicaba que faltaban apenas unos segundos para la detonación.

La nave continuó flotando lentamente a través del gigantesco recinto. Jonniby levantó la vista. Bajo la luz del casco distinguió el estrecho pozo vertical del que Yom le había hablado. Apretó los dientes, se enderezó y golpeó el botón de la infernal mochila que llevaba en la espalda.

Los cohetes se activaron al instante y lo lanzaron hacia arriba como un petardo de fuegos artificiales. Solo que, esta vez, el resplandor del estallido no brilló sobre él, sino muy por debajo.

 

—¡Felicitaciones, joven héroe! —Dom Rogos, Padre del Pueblo, sonreía jovialmente bajo el fuego cruzado de las cámaras—. Llegarás lejos. Sigue así, muchacho.

Jonniby observó confundido al amo del mundo. O mejor dicho, al amo del planeta. Al dictador de un único planeta habitado. Porque en aquella nave había seres humanos. Más o menos iguales que ellos. Y tarde o temprano llegarían más naves. Entonces descubrirían que Nova Tierra no era el mundo entero, sino solo una isla.

Y el jefe de los nativos de aquella isla apenas era una figura más o menos importante entre muchas otras. No el amo todopoderoso del universo. No aquella especie de dios que él había imaginado hasta entonces. Ese pensamiento hizo vibrar algo en su interior. Como si una enorme piedra hubiera caído de sus hombros. Se enderezó, hizo una reverencia y se mezcló entre los festejantes que se agitaban en el salón iluminado.

Claro que cambiar el mundo todavía podía esperar un poco.

Cuando una muchacha hermosa, realmente hermosa, se acercó al joven héroe y, con un gesto completamente natural, lo tomó del brazo para invitarlo a bailar, Jonniby sintió que la tierra se abría bajo sus pies. Pero entonces recordó las palabras de Yom. Se irguió y posó la mano sobre la de la muchacha.

Durante el baile solo le pisó el pie una vez.

La nueva vida realmente había comenzado.

Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.

INCIDENTE EN FLANDES