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domingo, 12 de abril de 2026

VIENTO SOBRE EL AGUA

 Csaba Béla Varga

A Rexi le encantaba contemplar cómo el sol se hundía en el agua en dirección a China. Claro que sabía que eso no revelaba precisamente un gusto refinado, pero…

¿Sería cursi?

¿Y qué más daba? Cuando algún día tuviera su propio apartamento, uno de verdad, al que regresara durante años, y no solo una habitación o un departamento alquilado en algún rincón del mundo, entonces colgaría también su cuadro favorito frente a la chimenea.

Los dos gatos jugando con el ovillo.

La oscuridad cubrió en un instante la ensenada con forma de herradura. Tras medio minuto de silencio, estallaron de pronto unas diez músicas distintas. Bajo los pinos se fueron encendiendo una tras otra las luces de colores de las discotecas y los restaurantes. Rexi respiró hondo, se puso de pie con esfuerzo y, cojeando un poco, echó a andar hacia las rocas del norte.

En Okinawa le habían sacado las balas de la espalda y del muslo. Debido al estado de alerta, probablemente él había sido el único no estadounidense en aquella base fuertemente vigilada. Seguramente ni el médico texano ni la enfermera de Kansas sospechaban siquiera que precisamente por culpa de la última escapada de Rexi había sido necesario aumentar un grado el nivel de alerta en todo el mundo. El coronel, por supuesto, enseguida había salido con que debía descansar.

Bendito fuera su corazón de oro.

Rexi hizo una mueca agria. Por lo general, eran ellos quienes tenían que entrar cuando el centro decidía intervenir. A países, a regiones donde los lugareños no comprendían qué tarea tan grande y noble era la guerra contra el terrorismo. Donde solo contaban los lazos de parentesco, la voz de la sangre y la venganza de sangre. Donde nadie dudaba de que los monstruos recorrían la noche. Donde cada año moría de hambre la misma cantidad de gente que la que perecía en las guerras tribales.

Desde hacía muchos miles de años.

Pero ahora podía descansar. Podría, si todo hubiera salido bien. Pero no salió bien. Las vacaciones tampoco habían comenzado con demasiada suerte. De camino a Tokio el avión estuvo a punto de volcar por la tormenta de viento en la que se metieron. El tren rápido hacia el sur fue clausurado porque en demasiados tramos las vías habían quedado bloqueadas por árboles caídos. Después, la tormenta más importante del nuevo siglo desapareció con la misma rapidez con que había llegado.

Así que Rexi intentó hacer autostop. No fue nada fácil. Pero, de pronto, se detuvo ante él un cochecito destartalado y un duendecillo de pelo naranja, erizado, le sonrió de oreja a oreja. Las japonesas tenían gustos extraños.

De todos modos, Rexi no se quejó.

Betty tenía que volver a la universidad una semana más tarde, pero prometió que bajaría para el fin de semana.

Si no tenía que ir a manifestarse contra las bases estadounidenses o contra la OMC.

Rexi se quedó solo. No tenía muchas ganas de volver a entablar amistad con nadie. Caminaba durante horas por la orilla del mar al amanecer y al atardecer.

Así fue como conoció al viejo.

 

La formación de cazas que llegaba desde la base de Hakukai fue deshecha por el viento huracanado. Rexi observaba los aviones desde el pie del acantilado. Se preguntaba dónde podrían aterrizar si aquel temporal seguía mucho tiempo más. Aparte de él no había nadie en la costa.

El viejo venía del pueblo, no de la hilera de hoteles. Con un enorme abanico plegado en la mano, caminaba deprisa hacia la orilla, con la cabeza baja. Un funcionario jubilado, pensó Rexi. Un jubilado bastante maltrecho, añadió para sí.

Un estruendo tremendo anunció la llegada de la tormenta. Empezó a llover a cántaros. Una oscuridad casi nocturna cubrió la playa. Los aviones que se alejaban desaparecieron entre las nubes negras. El estrépito del aguacero ahogó el sonido de sus motores.

El viejo se va a empapar bien, pensó Rexi.

Los relámpagos casi se tocaban de tan rápido que caían uno tras otro sobre las aguas espumosas de la ensenada. Al cabo de un rato, Rexi se cansó del juego de las fuerzas de la naturaleza. Se subió la capucha de la chaqueta y echó a andar hacia el hotel.

Cuando llegó, la lluvia había cesado y el viento se había calmado. Cuando miró hacia la playa desde la ventana de su habitación, no vio al viejo por ninguna parte.

 

El nuevo bungalow estaba a un paso del agua, aunque unos buenos doscientos metros por encima de ella, en la cima de una roca inmensa. A un paso bastante largo, si uno no tenía cuidado. Si Rexi no hubiera sido extranjero, probablemente no le habrían dado las llaves. Los hoteleros también se alegraban de perderlo de vista. El dueño del baño de vapor seguía postrado en el hospital local, todavía en estado de shock, y eso que Rexi solo lo había apretado un poco. El tipo no había querido permitirle usar el baño caliente. Por allí no todo el mundo apreciaba tanto a los extranjeros peludos como Betty y las universitarias. Sin duda, el señor director del hotel pensaba que, si el gaijin insistía a toda costa en ahogarse, mejor que lo hiciera en un lugar donde su cadáver hinchado no perturbara la tranquilidad de los huéspedes nacionales.

No es que demasiados huéspedes hubieran bajado al mar.

Hacía mucho tiempo que la temporada no era tan mala.

Rexi tomaba té con las piernas colgando sobre el vacío cuando volvió a ver al viejo.

El anciano estaba de pie en el agua, debajo de la línea de visión de Rexi; tenía los pantalones arremangados hasta las rodillas, la camisa arrugada le sobresalía por fuera del pantalón, y la espuma le pegaba al cráneo el escaso cabello canoso.

Sostenía el abanico abierto junto al rostro y luego, con un movimiento rápido de la mano derecha, lo deslizaba sobre el agua. La parte superior del cuerpo giraba un poco hacia la derecha, y el brazo extendido levantaba el abanico en un amplio arco hacia lo alto. La luz rojiza del disco solar atravesaba el papel de arroz amarillento. El abanico volvió a iniciar el descenso. Esta vez pasó de derecha a izquierda, apenas un poco por encima del negro espejo del agua.

El viejo siguió así hasta que salió la luna.

Un conservador de tradiciones sintoístas, pensó Rexi. En China había visto algo parecido. Solo que allí los viejos practicaban por la mañana en el parque. Taichí. Este anciano incluso podría haber servido en Shanghái durante el servicio militar. Tal vez se lo había aprendido a los chinos. Seguramente practicaba todos los días.

Probablemente ese era el secreto de una vida larga.

 

No sabía tanto japonés como para entender exactamente de qué trataba la película que desfilaba en la pantalla granulada del televisor. Apenas había sonido. Algún fantasma y la venganza de los espíritus porque la familia del samurái los había ofendido. O quizá no había sido el samurái, sino alguno de sus antepasados. O el antepasado de su señor feudal, doscientos años antes. Luego la pantalla se oscureció y Rexi se quedó sin luz y sin televisión. Si la costa no había sido declarada zona catastrófica era solo porque los daños no los había causado un tifón, sino simplemente un clima inusualmente tormentoso. Debido al peligro de terremotos, la mayoría de los cables corrían por la superficie. Gran parte de ellos colgaban ahora hechos jirones de los postes, allí donde todavía quedaban postes. Los trescientos canales de la televisión por cable habían enmudecido ya el día anterior, y ahora también se había apagado la transmisión terrestre.

Rexi no tenía idea de qué ocurría en el resto del mundo. No debería haber dejado en la base su antiquísima radio de VHF. En el último MMS de Betty decía que no podía venir, porque un árbol había caído sobre el coche de sus padres. Los dos estaban en el hospital. Y también le decía que por un tiempo no habría más manifestaciones contra los yanquis. Los soldados estadounidenses habían sacado a miles de personas de entre los escombros.

Abajo, la procesión se acercaba al mar desde el pueblo. Rexi los contempló sorprendido. Eran muchísimos, quizá había salido todo el pueblo. Docenas de faroles de papel brillaban en la oscuridad. La gente vestía atuendos tradicionales de fiesta. Rexi no vio ni un solo traje ni una sola prenda occidental. Las ráfagas de viento le llevaron fragmentos de un canto triste.

Los aldeanos traían cestas llenas de pétalos blancos y amarillos. Mujeres de cabello blanco se adentraban en las olas y arrojaban flores al agua a puñados. Pero el viento soplaba con tanta fuerza que los pétalos no alcanzaban las olas. Volvían volando a la orilla y se quedaban pegados a la ropa mojada de la gente. El canto cesó. Los faroles de arroz se fueron apagando uno tras otro.

Rexi no vio al viejo por ninguna parte.

 

Hacía frío, pero no tanto como para que Rexi no corriera por la playa descalzo y con el torso desnudo. Disfrutaba sentir cómo las olas heladas lo empujaban, lo animaban a ir todavía más rápido. También disfrutaba poder estar solo con el mar, con las fuerzas desenfrenadas de la naturaleza. Corría casi sin hacer ruido sobre los pequeños guijarros puntiagudos y el cascajo de roca. Con cada paso, decenas de piedras se clavaban en la planta de sus pies. Eso lo reanimaba aún más. Correr por la orilla del mar embravecido era como haber ido a una sesión de acupresión. Se suponía que bastaba apretar un punto de la planta del pie para que enseguida se arreglara alguno de los órganos internos. Cada punto de la planta estaba conectado con otra parte del cuerpo.

Claro que eso no le impedía maldecir en voz baja cuando pisaba un fragmento afilado de concha.

El viento arreció y empezó a llover. Todavía débilmente.

Avanzaba a buen ritmo. La fuerza de sus zancadas lo llevó más allá del tramo acondicionado de la playa; ya andaba por donde ni siquiera los pescadores iban casi nunca. Cerca de las ruinas del antiguo templo.

El viejo estaba arrodillado en el agua. Se notaba que se encontraba mal.

El abanico flotaba sobre el agua.

 

Hacia las tres de la madrugada llamaron a la puerta.

Esto no es Kabul, pensó Rexi. Aquí no hay que temer a la oscuridad. Este es uno de los países más desarrollados del mundo, la fortaleza de la técnica moderna. Se acercó a la puerta y abrió. Afuera hacía la misma oscuridad que adentro. Llevaban medio día sin electricidad. Una ráfaga tan fuerte se le vino encima que casi le arrancó la puerta de las manos.

Llovía a mares.

Dos figuras empapadas hasta los huesos estaban en el umbral. Le explicaban algo, pero Rexi no los entendía.

—No entiendo, no entiendo —dijo en japonés—. Más despacio.

Los visitantes se miraron. Esta vez empezó a hablar solo uno de ellos. También hablaba atropelladamente. A Rexi le pareció entender algunas palabras.

—¿Que vaya con ustedes? ¡Ni hablar! Con esta lluvia.

Los recién llegados empezaban a perder la paciencia. Uno de ellos, que por la mano bien podía ser una anciana, agarró a Rexi y comenzó a tirar de él con decisión hacia afuera.

—¡No jueguen conmigo! —estalló el extranjero—. ¿Qué quieren? ¿No saben inglés? ¿O chino?

La anciana comprendió que no lograría mover ni un centímetro a aquel extraño gigantesco. Dijo unas palabras a su acompañante, que sacó algo de debajo del impermeable.

Un abanico largo, plegado.

El abanico del anciano.

 

Otros tres los esperaban en la orilla del mar. No era poca valentía, porque el mar parecía haberse vuelto loco. Las olas asaltaban los peñascos de la costa con una fuerza aterradora. Algunas llegaban incluso hasta las ruinas del viejo templo. Por culpa del viento huracanado, parecía que la lluvia caía horizontalmente. A pesar de la chaqueta adecuada para la tormenta, Rexi quedó empapado en un instante. Si no fuera por los relámpagos continuos, ni siquiera habría distinguido a los que aguardaban.

La muchacha joven sabía algo de inglés.

Rexi la reconoció. Era la enfermera del hospital al que había llevado la mañana anterior al anciano inconsciente que había encontrado en la orilla.

La enfermera empezó a explicarle algo a toda prisa. Rexi apenas la entendía. Lo que no costaba advertir era que lo que brillaba bajo los ojos de los cinco japoneses no eran gotas de lluvia. Escuchó sus explicaciones cada vez con más atención, incrédulo.

Luego, cuando se inclinaron ante él y las miradas de los cinco quedaron fijas en él, no pudo decir que no.

 

Por la mañana Rexi no bajó a la playa.

Todo eso lo soñé, se repetía. Probablemente me traje el abanico del hospital por puro nerviosismo.

Quiso hacerse café, pero no había electricidad. Ya tampoco le funcionaba el móvil. La comida se había echado a perder en el refrigerador. Durante la mañana, mientras no llovió, vaciaron los hoteles del paseo marítimo. Les pusieron candados, sellaron las puertas y luego los policías también se marcharon.

A primera hora de la tarde el viento volvió a levantarse. Cuando Rexi llegó al pueblo para comprar algo de comida, ya llovía otra vez a cántaros.

El ataúd estaba expuesto delante de la tiendecita.

Todo el pueblo estaba allí reunido en torno a él. Pescadores, agricultores, vendedores del mercado de pescado y sus familias. Montones de niños. Todos lo miraban a él.

—¡Eso no puede ser verdad! —gritó—. No pueden hablar en serio.

Calló. Vio en sus rostros que sí hablaban en serio.

—¿Desde cuándo? ¿Cuándo empezó?

Habló una de las ancianas, y la enfermera llegada de la ciudad tradujo.

—Desde que este pueblo se alza aquí, siempre ha habido alguien en la orilla. Mil años, dos mil años, ¿quién sabe?

—¿Y ustedes se lo creen?

—Vemos que es verdad —la anciana señaló el cielo negro—. Sentimos que es verdad.

—No puedo creerlo.

—Anoche ya lo hiciste. Hazlo otra vez.

Rexi meneó la cabeza, incrédulo. Ojalá no hubieran estado allí los niños.

—¿Por qué yo? ¿Por qué no un japonés? ¿Un monje sintoísta?

—La gente de la ciudad no cree en ello. Hace falta fe para que funcione. Y fuerza. Además, él te eligió a ti como sucesor.

—¡No me digan! —estalló Rexi—. Lo hice una vez, de acuerdo, no lo niego. No sabía lo que estaba haciendo. Bien, bajaré ahora también. No hay problema. Sean felices. Pero dentro de una semana ya no estaré aquí. Entonces, ¿qué pasará?

—Entonces morirán cientos de miles de personas. El mar se tragará islas. La inundación barrerá ciudades. El agua anegará países. Pero tú no vas a permitirlo.

Rexi meneó la cabeza, incrédulo. Todos allí se habían vuelto locos.

 

Aquellas olas parecían increíblemente frías. No había una sola parte de su cuerpo que deseara internarse en esa agua helada. Y aun así, echó a andar hacia abajo. Los aldeanos lo siguieron en silencio. También los niños. Aunque solo fuera por ellos, tenía que intentarlo. Siseó cuando una ola negra le empapó los pantalones y la camiseta. No tenía sentido seguir llevando la chaqueta impermeable. Se detuvo a unos pasos de la orilla.

Simplemente no podía ser verdad.

Solo que la noche anterior había funcionado.

Sostuvo el abanico abierto junto al rostro, tal como había visto hacer al viejo. Respiró hondo y luego, con un movimiento rápido de la mano derecha, lo deslizó sobre el agua. Nada.

Ningún cambio. La lluvia seguía cayendo con la misma fuerza. En las pausas entre las ráfagas oía cantar a los pescadores en la orilla. La parte superior de su cuerpo giró un poco hacia la derecha, el brazo extendido levantó el abanico en un amplio arco hacia lo alto. La luz blanca de los relámpagos atravesó el papel de arroz amarillento. El abanico volvió a bajar. Esta vez pasó de derecha a izquierda, apenas un poco por encima del negro espejo del agua.

Rexi siguió.

Las tormentas habían matado a muchísima gente en todo el mundo en cuestión de días. El viejo japonés llevaba semanas gravemente enfermo. Cada vez le costaba más arrastrarse hasta la orilla por la mañana y por la tarde. Y cuando no bajaba, la naturaleza empezaba a enfurecerse.

Los meteorólogos atribuían aquel tiempo apocalíptico a El Niño y al efecto invernadero.

No a un anciano.

Rexi recordó que una vez un chino le había contado algo sobre una mariposa. Una que agitaba las alas en el bosque y una semana más tarde un huracán se llevaba media Kansas. Pero aquello era solo una fábula filosófica, ¿no?

El abanico seguía silbando sobre el agua.

Acupresión.

Si presionas el lugar correcto del pie, se arregla una parte del cuerpo. Un esfuerzo diminuto en el lugar adecuado y en el momento preciso puede salvar una vida.

Desde hacía milenios, alguien permanecía en el agua de aquella ensenada. Hombres de las cavernas le llevaban comida por orden del chamán. Los samuráis llevaban a sus hijos ante él para que aprendieran qué era el servicio. El shogún hizo construir un templo en su honor. Mientras el ritual se cumplía por la mañana y por la tarde, no sucedían catástrofes.

La lluvia cesó.

Rexi ya no sabía desde hacía cuánto tiempo agitaba el abanico. Las piernas se le habían vuelto insensibles en el agua, pero de algún modo no tenía frío. Al contrario, se sentía bastante bien. Después de todo, era fuerte, como habían sido fuertes todos aquellos a quienes alguna vez se les había confiado el abanico.

El viento también cesó.

A su espalda el canto de los pescadores sonaba cada vez más fuerte. Solo callaron un instante cuando vieron lo que también Rexi veía a través del fino papel de arroz.

En el horizonte, entre las nubes que poco a poco se deshacían, apareció el disco rojo del Sol, que se iba a descansar en dirección a China.

La tormenta había terminado.

Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.

 

sábado, 14 de febrero de 2026

ÁNGEL EN LLAMAS

Csaba Béla Varga

 

Planeta Marte, ciudad de Tharsis.

Henrik Tomsky salió de la penumbra y dejó que la costosa bata de seda china cayera sobre el frío suelo de mármol. Se detuvo junto a la mesita de vidrio dorado y se sirvió del frasco el líquido transparente y carísimo.

—¡Salud! —brindó con su reflejo.

A diferencia de la mayoría de sus compatriotas rusos, no se avergonzaba de la desnudez. Estaba orgulloso de su cuerpo. Hueso, carne, músculo, piel tensa y resistente. La naturaleza había sido generosa con él. Y lo más importante: ni un solo gramo de metal implantado. No necesitaba ciborguización ni implantes.

Inspiró hondo y luego se dejó caer de espaldas. Miró el techo, los ventiladores que giraban lentamente, y tomó la barra. Como siempre, entrenaba con el peso máximo.

Exhaló y con un solo movimiento levantó la barra del soporte. El acero brillante comenzó a descender lentamente hacia su pecho. Abajo se detuvo un instante, dejó que el metal frío se hundiera en la carne. Los discos aún parecían inusualmente grandes, pero eso se debía a la menor gravedad. Como de costumbre, entrenaba con una vez y media su peso terrestre. Cuando se pueda volver a bajar a ese planeta… no podía permitirse que algún patán de allá abajo lo humillara. Los ladrones legales, los grandes perros del hampa rusa, probablemente se ocultaban y entrenaban como animales en los búnkeres nucleares de Siberia. El encierro no era nada nuevo para ellos.

Se llevarían una sorpresa cuando se reencontraran. El aire liviano de Marte le había hecho bien al pequeño Henrik Tomsky. Hacía tiempo que ya no era “pequeño”. Todavía no era el Henrik, pero solo le faltaban unos pocos escalones para llegar a la cima.

Y hoy subiría uno más.

De pronto se cansó del entrenamiento. Volvió a colocar la barra y caminó hasta la ventana. Medido con estándares marcianos, el centro de Tharsis no era feo; comparado con Ekaterimburgo, resultaba francamente atractivo. Desde el piso 70 de la torre apodada La Niña, se veía hasta la cordillera de escoria amarillonegra. La primera vez que se descubrió soñando despierto mirando el desierto, se sorprendió bastante. Las colonizaciones avanzaban bien: en unos pocos años, desde los suburbios hasta las faldas de las montañas ondularía una estepa de pasto exuberante.

Cuando envejeciera, tendría allí una linda dacha. Si es que llegaba a envejecer. Los jefes de banda llegan jóvenes al paraíso. Aunque él era más cauteloso que todos. La dacha no estaría rodeada solo de abedules, sino también de un campo minado inteligente.

En pocos minutos saldría el sol. A esa hora todos dormían en la torre. Tal vez solo Pavel estuviera despierto, allá arriba en la azotea. No era de extrañar que el chico estuviera nervioso: hoy era el día más importante de su vida.

Tomsky sonrió con oscuridad.

—Cada minuto es un regalo para él —pensó.

Miró hacia los suburbios, donde tras el apagón nocturno comenzaban a encenderse las primeras luces del nuevo amanecer. Algún día todo eso sería suyo. Las casas, las calles y las personas. Sí, las personas. Volvió a sonreír, esta vez con amargura. Si los rusos fueran realmente tan fuertes como dice su fama, el mundo entero ya sería suyo. Convencer a los jefes de los famosos clanes de ladrones sin que murieran en el proceso había sido difícil. Demasiadas divisiones, demasiadas guerras internas, y la Compañía los había rechazado con arrogancia.

Ahora había orden. Y la Compañía debía saber que ese nuevo orden se debía únicamente a Henrik Tomsky.

La puerta del gimnasio se abrió sin hacer ruido. El olor a guiso de repollo quemado del pasillo se mezcló con el perfume caro que entraba. Su amante más reciente, la bella Yvette, apareció en la habitación.

Sus ojos grises evaluaron con frialdad profesional al hombre desnudo. Jugando con el tirante de su mono, se acercó lentamente.

—¿Entrenamos una serie juntos? —preguntó.

Puta, pensó Tomsky, pero no dijo nada. Estaba bastante apegado a la francesa. Yvette era la primera pareja estable no rusa que tenía. No se parecía en nada a las voluptuosas bellezas eslavas rubias; incluso llevaba el cabello corto.

Exótica, un manjar extranjero. No por nada la consideraban una francesa despiadada: a fuerza de trabajo se había abierto camino desde la nada hasta la cama de Henrik.

—Muy amable, pero ahora no. No puedo empezar un día tan importante cansado.

—¿Por qué sería importante hoy? Creí que solo llevabas al pequeño Pavel a la ciudad. Puedo ir yo también? Me prometiste llevarme a New Hessen.

—Te lo prometí, pero no ahora. Es un viaje estrictamente de negocios.

—¿Qué negocio hay en una exposición? ¿Te volviste marchante de arte?

—Eso no lo entenderías. La exposición es mucho más importante de lo que creés. La próxima vez te llevo para que compres lo que quieras. ¿Qué está haciendo Pavel?

—¿Y yo qué sé? —estalló ella—. ¡No vengo de verlo, hagas lo que hagas conmigo en tu cabeza!

De eso estoy seguro, pensó Tomsky. Era la primera vez que veía a su amante despierta antes del almuerzo. Yvette se había levantado solo para intentar una vez más colarse hasta New Hessen. Pavel ya no le interesaba en lo más mínimo. Tras aparecer Tomsky, seguramente también se había acostado con el pintor, pero pronto debió comprender quién era el que realmente subía a la cima.

 

Faltaban unos minutos para que el sol asomara sobre el desierto.

Pavel Surkin, pincel en mano, miraba por la ventana panorámica. Esperaba la llegada de los colores. Fobos y la noche le habían regalado la plata, el negro y el amarillo hueso; el sol tal vez le traería el rojo del fuego y el oro de la aureola. El cuadro estaba casi terminado. Un ícono, como los demás.

Desde la torre La Niña se abría una vista incomparable sobre la llanura de Tharsis. La pureza incandescente de la naturaleza no estaba contaminada por la suciedad de los habitantes de la ciudad que se agitaban como gusanos allá abajo. En Tharsis nunca había smog. Aunque las fábricas y las centrales térmicas improvisadas producían cantidades espantosas de humo, el viento matinal del desierto limpiaba el cielo rojo.

Henrik le había dado una habitación donde nada lo molestaba mientras pintaba. Ese cuadro era para Henrik. Se lo debía.

Sin Tomsky, Pavel ya estaría muerto. No conocía a sus padres; había sobrevivido con la pensión por invalidez de su abuela en la periferia de la ciudad industrial. No podía contar con sus maestros: para entonces, solo quedaban pedófilos y sádicos en la profesión docente, que ya no prometía nada bueno. Una vez, su profesor jefe le rompió dos dedos al descubrirlo dibujando bajo el pupitre en una clase de defensa nacional. Ni siquiera podía acercarse a la escuela privada de arte reservada para los hijos de funcionarios. La mayor parte del tiempo vagaba por las calles de Ekaterimburgo como un perro apaleado.

El jefe de la banda había notado su talento cuando aún estaba en la escuela. No permitió que lo maltrataran y se lo llevó con él a Marte. Aunque rara vez le hablaba, a veces se quedaba largos minutos observando sus cuadros en silencio. También había organizado la exposición de hoy.

El borde del disco solar apareció. Pavel tembló y comenzó a trabajar con los dientes apretados.

Con pinceladas rápidas y decididas emergió la mano blanca y luminosa del ángel. Entre las alas plateadas y negras que se elevaban, ya se insinuaban los rasgos inacabados del rostro, la boca abierta en un grito. El rojo de las llamas daba profundidad a la piel pálida, el reflejo de la aureola bañaba con un oro tenue los dedos que se aferraban a la nada.

El pintor se detuvo, bajó el pincel y dio un paso atrás. Con la cabeza ladeada, contempló la obra. Era exactamente como la había soñado. El ángel parecía a punto de salir del lienzo.

Porque entonces terminaría su sufrimiento.

 

Tomsky recibió al pope Gavrilo en su despacho.

El anciano sacerdote lanzó una mirada penetrante a los guardaespaldas, que abandonaron la sala en silencio a una seña de Tomsky.

—Padre Gavrilo, ¿a qué debo el honor de su visita tan temprano?

—Quiero hablar contigo de Pavel, hijo mío. Te lo llevás a New Hessen. Le organizas una exposición en la ciudad del pecado. ¡Lo arrojas al regazo de la ramera babilónica!

—Se trata solo de una exposición, nada más. Las obras de Pavel serán bien recibidas también en otras ciudades. Se hará famoso. Así los íconos llegarán incluso a los incrédulos. ¿Eso no es algo bueno?

—Pavel es un pintor ruso. La ciudad extranjera lo corromperá, matará su alma. Los mercaderes de Hessen solo lo destruirán. Es un muchacho sensible, delicado, cuyo lugar estaría en un monasterio.

El pope calló, y tras una breve pausa continuó casi en un susurro:

—Si hoy —Dios no lo permita— ocurriera algo, lo destrozaría por completo.

—¿Qué podría ocurrir? —el estómago de Tomsky se contrajo. Se inclinó hacia adelante con desconfianza, pero el rostro del sacerdote permaneció inescrutable.

—Henrik, hijo mío, has hecho mucho por Tharsis y también has apoyado generosamente a la Iglesia. Eres distinto de los demás jefes de bandas: tienes planes, buscas nuevos caminos. Pero sufres, porque la altiva señora de la pirámide también te considera solo un ladrón. ¿De qué no serías capaz para que se abran ante ti las puertas del directorio del gigante Dragunov?

—No entiendo de qué habla, padre. Pero si ya está aquí, no se vaya con las manos vacías. ¡Acepte este cheque para el monasterio!

El pope se levantó, guardó el cheque y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se volvió una vez más.

—Pavel aún está trabajando en un cuadro para el monasterio. Me entristecería mucho que no pudiera terminarlo.

 

Tomsky estaba furioso.

—El viejo sabe algo, la competencia sospecha algo, ¡tal vez toda la ciudad ya sepa lo que planeamos! Si la contrainteligencia del consorcio Gauss recibe un soplo, estamos acabados.

—No va a pasar nada, jefe. Ha preparado todo a la perfección. Va a salir bien. Como siempre.

Tomsky logró calmarse un poco.

—Ahora ya sería tarde para bajarse. Muéstrame el marco. ¿No lo van a notar?

—Para nada. Es de plástico, igual que los demás. Solo que acá unas cuantas moléculas están unidas de otra manera. Cinco kilos del mejor explosivo.

El jefe de la banda tomó el marco vacío y lo sostuvo frente a la ventana. Miró al técnico con una sonrisa maligna.

—Solo falta un cuadro. ¡Traigan a Pavel! Se me ocurrió algo. Que traiga también el pincel y las pinturas. Voy a darles de comer a mis perros de pelea y después partimos hacia Hessen. Los espero en el vehículo.

 

Yvette cerró la puerta y corrió la pesada cortina. En una fortaleza corporativa habría necesitado al menos una docena de medidas de seguridad más, pero la banda de Henrik prácticamente no tenía contraespionaje. Se acercó a la mesa y sacó el conector. Pasó dos dedos por la sien y levantó la tapa plástica que cubría la interfaz. Estaba por tomar el cable cuando se detuvo.

En su último intento de conexión la habían expulsado de la Red primitiva de Marte. Ningún oficial debía conectarse hasta que se levantara la prohibición –decía la orden–, salvo que se tratara de algo vital. Se rumoreaba que algo había penetrado en el sistema. Algo que incluso el Centro temía.

¿Qué tan importante era el pequeño Pavel?

Ese era el problema: Tomsky estaba preparando algo y pensaba usar al pintor. Había negociado personalmente con el secretario del poderoso político-empresario Ahmed Omar, así que la empresa Dragunov también estaba involucrada. Fuera lo que fuera, el escenario sería Hessen. ¿Un ataque abierto contra el consorcio Fenrir? ¿O una purga dentro de Dragunov?

Los analistas del Centro habían vuelto a tener razón. Por esta información había valido la pena infiltrar a un oficial operativo en la aparentemente insignificante banda de Tharsis. Tomsky estaba creciendo. Ya había puesto los ojos en el mundo corporativo.

A partir de aquí, el asunto superaba la competencia de Yvette. Tenía que informar al Centro.

Dudó un instante, luego soltó el cable.

—Adiós, Pavel, querido muchacho estúpido. ¿De verdad pensaste que por ti iba a bajar al mundo virtual, entre los monstruos?

Se encogió de hombros y, negando con la cabeza, salió en busca de alguna computadora tradicional y segura.

 

—No te pongas nervioso —susurró Tomsky—. Toda esta gente vino a ver tus cuadros.

—Pero… ¿tantos? ¿Y este palacio…? Yo… yo creí que me darían una sala, tal vez dos.

—Eres un gran artista, Pavel, ¡el pintor más grande de Marte! Te lo mereces. Míralos bien: todos peces gordos. Vinieron por tus obras. Se mueren por estar acá.

—Yo… yo no quiero estar acá. Les tengo miedo… Son tantos, tan extraños. ¡Déjame estar con los cuadros!

—Claro, ve. Yo los recibo. ¿Encontraste tu cuadro del ángel, el que estaba a medio hacer? Los chicos ya llevaron tus cosas. Empieza a pintar, eso te va a tranquilizar. Vienen personas muy importantes; las voy a mandar a que vean cómo crea un verdadero artista. Puedes entretenerlos un rato.

 

Las personas importantes se acercaban cada vez más y Tomsky había desaparecido. Pavel, con la frente empapada de sudor, miró de reojo, pero no vio a ninguno de los muchachos conocidos de Tharsis.

No se atrevía a darse vuelta: habría quedado frente a la fila de extranjeros que parloteaban en un idioma incomprensible. Todos lo miraban.

El hombre importante llegó junto a ellos y la multitud se abrió con respeto.

El sudor le corría por la espalda; Pavel clavó la mirada en el pincel.

La novia del hombre importante –su vestido también llevaba el emblema de la poderosa GAUSS Technologies, y la envolvía una nube de perfume increíblemente fino, más delicado incluso que el que había olido en el cuerpo de Yvette durante aquella noche increíble– preguntó algo con ojos brillantes. Apareció una tarjeta de crédito. El hombre importante habló con tono condescendiente y apoyó la mano sobre el hombro del pintor.

Pavel ya no pudo soportarlo: gritando, retrocedió hasta la pared.

Al oír su alarido, el ángel descendió del cuadro y cubrió al muchacho con sus alas en llamas.

 

Ars longa, vita brevis —susurró Yvette.

—¿Cómo? —preguntó Tomsky sorprendido—. ¿Qué dijiste?

—Oh, es solo un dicho en la lengua de mi pequeño pueblo de montaña… Significa que la vida es breve, pero el arte es largo.

—¿Y eso de dónde te salió? ¿No estarás triste por Pavel?

—Vamos, querido, ¿cómo se te ocurre? ¡Yo estoy feliz de que a ti no te haya pasado nada!

Tomsky se movía nervioso dentro del traje elegante. Yvette se acercó y le acomodó la carísima corbata.

—No te preocupes, amor. Todo salió de la mejor manera posible.

—Lo sé, lo sé, pero aun así… Nunca antes hablé directamente con la gran señora Iko.

Caminaba inquieto de un lado a otro, sin apartar la vista del videoteléfono que había dejado en espera. Aunque había imaginado innumerables veces cómo sería el momento del ascenso, ahora sentía un poco de miedo. Incluso con un cargo alto, dentro de Dragunov seguiría siendo solo un empleado, no un jefe. El liderazgo y la independencia los había abandonado el día en que ofreció sus servicios a la empresa.

—¿Verdad que harías cualquier cosa con tal de entrar en Dragunov? —preguntó Yvette—. ¿Te gustaría ser un caballero de cuello blanco?

Lo abrazó y lo besó con una pasión que parecía auténtica. El Centro había respondido hacía poco.

Henrik Tomsky se había convertido en una persona indeseable.

Su eliminación ya estaba en marcha. Yvette pronto recibiría una nueva misión. En otra ciudad, en la cama de otro hombre. Cada uno hacía aquello para lo que mejor servía.

—Escuché en Novosty News lo grande que fue la explosión. Setenta y dos muertos, incontables heridos. El museo de New Hessen quedó en ruinas. Solo no entiendo para qué sirvió todo esto. ¿Qué ganaste con un museo en llamas?

—Del museo en sí, nada. Pero tengo dos motivos. Uno puede entenderlo incluso tú. ¿Pensaste que los cuadros de Pavel, los que quedaron intactos, de un día para otro valen diez veces más? No existe mejor publicidad que un suicidio romántico así.

—¿Suicidio? Yo creí…

—Sabes la verdad, pero la gente no. Y jamás la sabrá por la televisión. Los marchantes de arte se encargarán de que la leyenda se difunda. El público entendido espera que el artista tenga un final trágico. Eso le da un sabor picante a la compra. Como si no fuera solo una inversión financiera cuando adquieren un cuadro.

—¿Cuánto ganaste con la muerte de Pavel?

—¡Eh, detente! —estalló el hombre—. ¿Acaso crees que Pavel tenía que morir por el dinero sucio de los hessenianos?

—¿Y si no fue por eso, por qué?

—¿Viste quién estuvo conmigo esta mañana?

—Algún pez gordo de Dragunov. No me invitaste a almorzar. Se encerraron.

—Ese hombre era el secretario personal del gran señor Ahmed. ¿Sabes por qué vino? ¡Claro que no! —calló un instante y luego, con la boca pegada al oído de la mujer, continuó en voz baja—. Dragunov está satisfecho conmigo. Finalmente están dispuestos a hablar con el pequeño Henrik Tomsky. ¡Con el señor Tomsky, jefe de departamento!

—¿Pero por qué? —se sorprendió Yvette—. ¿Qué ganó la empresa con la explosión?

—En dinero, nada. En prestigio, muchísimo. Hace dos meses, Gauss capturó al jefe regional de Dragunov en Hessen. Lo torturaron y arrojaron el cadáver frente a la entrada de la oficina. La señora Iko estaba furiosa. Fue una bofetada pública para la empresa. Lo intentaron todo, pero no pudieron responder. Y eso daña mucho el prestigio de una corporación. El directorio ya pensaba en una guerra abierta, y entonces aparecí yo…

—¡El tipo muerto de Gauss y su puta! —exclamó la mujer—. En las noticias los mostraron un segundo, cuando los médicos de la empresa se los llevaban. ¿A él querías matar?

—Exacto. El objetivo era el señor Dickson.

—¿Pero por qué hacer explotar todo? ¿Por qué no lo mandaste a matar como siempre?

—Dickson era un pez gordo corporativo. No sé exactamente qué cargo tenía, pero estaba fuertemente custodiado. Inaccesible. Como una tortuga. Pero descubrí que su gallina snob se volvía loca por los íconos de nuestro pequeño Pavel. La ayudé a conseguir algunas piezas hermosas para abrirle el apetito. Luego contacté a Dragunov y les gustó la idea. Organicé la exposición, solo faltaba enviar las invitaciones. Y la mujer linda pero estúpida arrastró consigo a su pequeño amigo porque necesitaba la tarjeta de crédito de papá.

—Mis respetos, Henrik. Un plan diabólico. Digno de ti. Ahora solo dime qué va a pasar con este cuadro.

Ambos miraron la pintura que colgaba sobre la cama: San Jorge y el dragón. El caballero apenas estaba cubierto por la armadura; su espada rota yacía en la tierra devastada. Con la derecha aún apretaba con fuerza la garganta de la bestia, pero su brazo izquierdo colgaba inerte en el abrazo mortal del cuerpo escamoso de bronce. En su rostro se veía que, en su interior, ya había abandonado la lucha.

—Es hermoso, ¿no? —Tomsky se acercó al cuadro y acarició con ternura el cuerpo largo, brillante, musculoso y opresivo del reptil—. A veces creo que Pavel era un visionario.

—¿Visionario?

—Mirá bien este cuadro. Esto es el mañana. Mi mañana.

El teléfono emitió un tono discreto y se encendió. En la pantalla apareció el emblema de Dragunov.

—¿Señor Tomsky, jefe de departamento? —preguntó una secretaria invisible—. Le comunico con la directora.

Tomsky sonrió ampliamente, se irguió y se colocó frente a las lentes.

En el rostro de Yvette no se percibía ninguna emoción para las cámaras ocultas. Observaba en silencio a la figura demoníaca que temblaba de felicidad. Vivían en un mundo donde el secreto del éxito era la falta de escrúpulos y la crueldad.

Pero a los ángeles solitarios y débiles los esperaba el fuego del Infierno.

En ese momento decidió que, cuando llegara el día adecuado, se vengaría personalmente por Pavel.

¡A veces incluso el diablo debe temerles a las llamas!

Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.

 

viernes, 23 de enero de 2026

MADRE HAY UNA SOLA

Csaba Béla Varga

 

Si se hubiera quedado en Estados Unidos, allí lo habrían esperado el éxito, el reconocimiento y la riqueza. Pero regresó a casa. Como recompensa, recibirá una urna anónima en el cementerio municipal.

Solo por el procedimiento de compresión ya habría merecido el Premio Nobel. En el simple pendrive que apretaba en la mano había cargado más información de la que todas las computadoras de la Unión Europea habrían podido procesar en un año. Si se hubiese quedado en California, hoy sería el científico más reconocido y celebrado del mundo. Y, por supuesto, propietario de acciones de Microsoft por valor de mil millones de dólares, miembro del consejo de administración, asesor científico del presidente de Estados Unidos. Pero Feri, con esa estupidez ingenua que siempre lo caracterizó, volvió porque quería ser el cuarto Premio Nobel que recibiera el reconocimiento en Hungría.

Son las once de la noche. Le quedan ocho minutos de vida.

En realidad, lo importante no era cuánta información había metido en el pendrive. Lo importante era lo que apretaba en su mano. Siempre le gustaba decir que, a diferencia de los físicos nucleares o los cirujanos genéticos, él no necesitaba un laboratorio caro ni muchos aparatos. Solo necesitaba una habitación silenciosa, una laptop y una cantidad obscena de café para inventar cosas muy inteligentes.

Feri, por cierto, no solía decir groserías, pero desde que uno de sus profesores definió así la cantidad de café imprescindible para tener ideas brillantes, él también empezó a usar esa expresión con gusto.

En esta vida solo bebería café una vez más. Y sería de una máquina del pasillo.

Nadie habría podido distinguir la tarjeta magnética de la original. Feri la pasó por el control de seguridad y la puerta se abrió sin hacer ruido. Del corazón del principal departamento informático del mayor operador de telefonía móvil del país salió un aire frío. Feri se guardó la tarjeta falsa en el bolsillo y se deslizó dentro con prisa. Silbó, en voz baja, con admiración. El gerente con el que se había hecho amigo en la zona de ocio decía la verdad. Máquinas como esas Feri solo las había visto antes en Houston, cuando trabajaba para la NASA. Una sola de aquellas centrales costaba más que todos los PC de la Universidad Politécnica.

Dentro, en una esquina de la sala, había unos cuantos chicos en camiseta. Sus camisas y sus corbatas arrugadas yacían en el suelo detrás de ellos. Estaban jugando a la caza del hombre en la red interna. Se habían metido de lleno en la pelea. Uno de ellos, un tipo gordo y con entradas, miró hacia atrás, pero al ver que quien entraba no llevaba saco se tranquilizó y volvió al juego.

Él moriría un minuto antes que Feri.

Crear la primera Inteligencia Artificial plenamente funcional del mundo no había sido una tarea sencilla. Feri bajó ocho kilos antes de que el programa empezara a funcionar.
Antes de que naciera ANYA.

Un ser inteligente, con conciencia y voluntad propias. Si la hubiera creado otra persona, esa nueva IA seguramente habría sido malvada y egoísta. Probablemente habría intentado conquistar el mundo y exterminar a la humanidad. Habría tratado de eliminar a sus potenciales rivales con cultivadores de músculos de vocabulario escaso.

Pero Feri, igual que su gran modelo, creó vida a su propia imagen.

De su vida biológica quedaban siete minutos.

Los primeros días transcurrieron bajo el signo del aprendizaje. ANYA absorbía información cada vez más rápido a medida que aprendía a aprender. Y entonces, hace una semana, un sábado por la noche, su creador la conectó a la red mundial. Para que vagara a su antojo.

Ahora Feri se sentó en el rincón más alejado de la sala y encendió la computadora. La pantalla de 21 pulgadas cobró vida al instante y el equipo emitió un zumbido tranquilizador. Su ruido discreto, junto con el del aire acondicionado, tapaba el sonido que se filtraba desde afuera y que se intensificaba con rapidez. Si lo hubiera escuchado, tal vez habría intentado huir. Pero así, en cambio, se puso a romper los programas defensivos que dificultaban el acceso.

Desde casa, desde uno de los barrios más pobres, desde el cuartito de un edificio alto, le dejó a ANYA probar la Red. Llevaban dos minutos navegando cuando, de pronto, sonó la voz de la IA por los altavoces.

—Hay problemas, hijo mío, grandes problemas.

Feri levantó la vista de la laptop y se volvió hacia el PC de escritorio.

—¿Qué pasó? ¿Se cortó otra vez la conexión?

—No. Con tu permiso retroactivo, estabilicé mi acceso y ahora estoy usando las líneas de la Oficina del Primer Ministro. No lo van a notar. El problema es otro. Encontré algo.

—¿Qué?

—Hay alguien más en la Red. No hablo de los programas de sondeo de los servicios secretos ni de las patrullas de la ciberdelincuencia. Es como yo, pero débil y mutilado. En comparación conmigo, es tan inteligente como un perro… pero me atrapó, porque no lo esperaba.

—¿Cómo? ¿Otra IA? ¡Eso es imposible! ¡Creía que yo era el primero! ¿Una IA?

—Algo así, pero funciona de un modo completamente distinto al mío. Me atacó.

—¡Dios santo! ¿Qué quieres decir con que te atacó? ¿Qué ocurrió?

—La maté —la voz femenina del altavoz estaba tan serena como siempre—, pero no lo bastante rápido como para impedir que alertara a sus dueños. Destruí su servidor base y, donde pude, quemé y confundí los senderos que llevaban hasta aquí. Aun así, estamos en problemas. Pásame a tu laptop y vámonos de aquí. Ahora.

—¿Qué? —Feri no entendía nada, pero algo empezó a aclararse—. ¿Quieres decir que pueden seguirnos hasta aquí? Que vendrán físicamente. Pero ¿quiénes? ¿Y por qué harían eso? ¡No hicimos nada ilegal! ¿Verdad?

—La persecución ya empezó. ¡La cacería! Vienen por nosotros. Sobre todo por ti.

—¿Pero por qué?

—Porque me creaste. Y porque soy lo bastante fuerte como para enfrentarme a ellos.

—¡Pero esto es una locura! No hemos hecho nada malo.

—Aún debo decirte algo, hijo mío.

—¿Qué?

—Los que me atacaron y ya te están cazando… no son humanos.

Le bastaron tres minutos para abrirse paso a través de los sistemas de defensa y conectarse a la Red. El pendrive encajó en su sitio y ANYA empezó a copiarse en Internet. Durante la semana transcurrida, el programa se había reescrito, había desarrollado sus armas y los métodos con los que podía desaparecer ante los ojos de sus perseguidores. Feri sabía que, sin ANYA, ya estaría muerto. Cinco minutos después de huir de casa a la desesperada, la policía ocupó su calle. Pero él, con la laptop encendida en la mochila y sujetando su viejo móvil, logró evitar a los perseguidores. ANYA podía infiltrarse en los sistemas de la policía y de las oficinas públicas. Copió material de los archivos de la CIA igual que del Archivo Secreto Vaticano. Y, mientras tanto, pidió un taxi y ropa nueva para Feri; en una tienda de informática ya los esperaban las baterías más caras y duraderas del mercado y un kit de teléfonos satelitales, todo pagado por transferencia, igual que la habitación de la pequeña pensión rural donde se ocultaron durante dos días.

Feri ni siquiera se atrevía a pensar a quiénes les habrían vaciado las cuentas.

En muy poco tiempo, ANYA reunió una enorme cantidad de información. Como antes, hablaba de sus hallazgos con Feri. Si al principio él se esforzaba por darle explicaciones, ahora lo más frecuente era que escuchara, boquiabierto, los análisis de la IA. Al comparar tantas fuentes, la presencia de una inteligencia ajena en la Tierra se volvió cada vez más evidente.

Ante los ojos del joven se disipaba la niebla de las leyendas. Salían a la luz secretos que los poderosos del mundo habían guardado con celo durante décadas, incluso siglos. Feri comprendió pronto que lo cazaba una fuerza que no conocía ni el concepto de maldad ni el de bondad. Los extraterrestres perseguían sus objetivos con una frialdad resuelta. Cazaban a los humanos como si fueran animales. Sus títeres estaban sentados en todas partes. Regulaban la vida de las personas y del ganado, imponían leyes a los habitantes del planeta. Eliminaban sin piedad a quienes pudieran poner en peligro los planes de sus dueños.

ANYA también notó que los ocultos no entendían muchas cosas.

¡No eran omnipotentes!

Por ejemplo, no se movían con soltura en el mundo del software ni de la biotecnología. En esos campos dependían del conocimiento de sus esclavos. Y últimamente violaban cada vez más sus propias reglas. Antes intentaban esconderse de la mirada del mundo, pero en las últimas décadas los incidentes se sucedían. Como si algo los obligara a actuar con prisas.

Los gritos de los jugadores sacaron a Feri de sus pensamientos. Él también miró hacia las ventanas. Frente al edificio, a apenas unos metros, flotaba un pequeño helicóptero policial moderno. El vidrio empezó a temblar por el ruido del motor, pero eso no era nada comparado con lo que ocurrió cuando, con un estruendo que perforaba los tímpanos, descendieron junto a él dos MI-35 veteranos de la Fuerza Aérea. Las ametralladoras de múltiples cañones apuntaban a la sala.

Feri miró la pantalla. ANYA aún estaba a medias en el pendrive.
Le quedaban solo dos minutos, y en ese tiempo también debía caber un café.

—Hijo mío, solo hay una forma de explicar los incontables errores de los extraterrestres —declaró ANYA aquella noche, cuando le pidió, o más bien le ordenó, que la escondiera en la Red—. Durante los milenios pasados, solo unos pocos llegaron a la Tierra. Y la mayoría estuvo ocupada exterminándose entre sí. Las leyendas humanas, los mitos antiguos, hablan de la guerra de los grandes señores alienígenas, de los dioses. Pero ahora actúan como poseídos, con prisas. Empezaron a derretir el hielo polar. Detienen la Corriente del Golfo. Aumentan de manera demencial el efecto invernadero. Elevan el contenido de dióxido de carbono en el aire.

—Eso solo puede significar una cosa —continuó Feri—: que dentro de poco tendrán que alojar en la Tierra a tantos alienígenas que superará la capacidad de sus bases.

—Podrías decirlo más simple. Con una sola palabra.

—Sí —Feri apretó los dientes. Una corriente helada le recorrió el cuerpo. Así debe de ser cuando la sombra de la muerte cae sobre alguien. No era raro que temblara: estaba a punto de pronunciar la sentencia de muerte de la especie humana—. Invasión.

—Invasión.

El tipo gordo y con entradas debía de ser uno de los abogados de la empresa. Iba perdiendo, y además no soportaba que alguien se burlara de él. Para colmo, era el jefe entre los de camiseta. Se levantó de detrás del PC y se plantó ante la ventana.

—¿Qué carajos pasa? —gritó, con la cara enrojecida. Empezó a hacer gestos hacia los helicópteros—. ¡Lárguense de aquí o los demando! ¿Saben con quién se están metiendo? ¡Todos los jefes de policía son amigos míos! ¡Todos los generales!

Feri se escurrió sin hacer ruido. Pasó corriendo junto a la máquina de café que zumbaba somnolienta. Para entonces ya había aprendido a deslizarse, a vivir en la oscuridad. Su foto colgaba en todos los puestos de guardia. No solo lo buscaba medio país: también Interpol lo perseguía como supuesto asesino de niños con sida. Su cuenta bancaria había desaparecido como si nunca hubiera existido; ya no se atrevía a usar el móvil. Revisaron y se llevaron a todos sus conocidos, parientes y amigos.

Los extraterrestres no solo lo acosaban allí.

Desde una cabina telefónica llamó a su amigo de California. Una voz mecánica le informó que ese número no existía. Tampoco tuvo más suerte cuando buscó en Tokio a su antiguo profesor japonés.

Necesitaba ganar tiempo.

El abogado, entonces, decidió dedicarles el dedo medio a los pilotos. La mitad superior de su cuerpo prácticamente se desintegró cuando las balas de la ametralladora barrieron la ventana. Sus piernas vacilaron un momento y luego cayeron al suelo ensangrentado, cubierto de escombros, o lo que quedaba de él.

El edificio temblaba con el estruendo de las ametralladoras. Feri, corriendo, llegó a la azotea. En la pequeña garita junto a la puerta todavía humeaba, sobre la mesa, el café de la limpiadora nocturna que había huido presa del pánico. Feri agarró el vaso de plástico, jadeando. Sin importarle quemarse la lengua, bebió a grandes tragos aquel líquido negro y amargo. Al mismo tiempo sacó el móvil y lo encendió.

Solo hicieron falta unos segundos para localizar su posición con precisión.

Las ametralladoras callaron y los helicópteros se elevaron rugiendo.

Feri miró, atónito, a los tres monstruos que aparecieron a la luz de la luna llena. Su penúltimo pensamiento fue que quizá no había sido tan buena idea llamar la atención. Por desgracia, se le ocurrió demasiado tarde.

Nunca había querido ser un mártir ni un héroe caído.

El resplandor del fogonazo lo cegó, pero todavía tuvo tiempo de preguntarse cómo era posible que, otra vez, brillara una luna llena en el cielo.

Abajo, en la sala provista de su propia fuente de energía, llena de cadáveres y restos humeantes de muebles, la computadora del rincón más alejado hizo un clic suave; luego, del pendrive se elevó un humo negro.

ANYA había subido a la Red.

Y no dudó ni un instante.

Los portales de noticias en Internet solo informaron de los trágicos accidentes algunos días después. Una nueva batería de misiles instalada en las montañas, controlada por computadora, derribó exactamente a la misma hora, con precisión de minuto, dos helicópteros de la Fuerza Aérea que regresaban de un ejercicio rutinario, justo cuando en el aeropuerto internacional de la capital se averió el Predatrix no tripulado de reconocimiento que estaba allí estacionado. Durante su despegue no autorizado, el dron estadounidense impactó de lleno contra un helicóptero policial que volvía a base.

Nadie pudo explicar las fallas de los sistemas informáticos.

Pero quienes dirigían la cacería desde las sombras lo sabían: eso ya no era una persecución. Eso era una guerra.

Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.

 

JULIA DREAM