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lunes, 6 de julio de 2026

EL SEGUNDO ASTRONAUTA

Csaba Béla Varga

 

¿Crees que el cosmonauta soviético Yuri Gagarin fue el primer astronauta de la humanidad? ¡Ojalá tuvieras razón!

 

Hum, el segundo astronauta de la humanidad, estaba de pie junto al mar contemplando las barcas que navegaban hacia el lugar donde nacía el sol. Él también era pescador, como casi todos los habitantes de la aldea situada al pie de las cumbres nevadas cubiertas de pinos.

En aquella época todavía brillaban dos lunas en el cielo. Corría el vigésimo milenio antes de Cristo, si alguno de nosotros hubiera sabido escribir.

Hum era alto, de anchos hombros, espalda recta, ojos oscuros y nariz aguileña. Para evitar malentendidos, conviene aclarar que ya era un auténtico Homo sapiens. Durante los siglos anteriores, la confederación tribal que, tras la gran separación y la larga migración, acabaría siendo antepasada tanto de los sioux americanos como de los celtas europeos, había exterminado sin piedad a las demás especies humanas de las Siete Islas. En aquellos tiempos avanzaban con paso firme hacia la dominación mutua y el descubrimiento de la esclavitud, aunque para esto último todavía tendrían que modificar un poco el menú de los banquetes de la victoria.

La bahía en cuya orilla se encontraba Hum se convertiría, veinte años después, en el puerto principal de Angra Manju, o, como hoy la conocéis, Atlántida.

Las barcas desaparecieron detrás de la gigantesca roca que recordaba la silueta de un hombre erguido, y Hum se volvió. Apretó con fuerza el hacha de obsidiana viva, afilada como una navaja, que la noche anterior había intercambiado con Vivanhan por nueve pieles de tiburón, y echó a correr con paso ligero y seguro. Su camino ascendía hacia los acantilados costeros. Ambos habían asumido un enorme riesgo, pues los dioses, apenas llegaron, prohibieron portar armas. A cualquiera que encontraran con obsidiana o con hueso pulido le esperaba la muerte.

Alcanzó la aldea, escondida bajo la sombra de los árboles siempre verdes, pero no redujo la velocidad. Los hombres estaban en el mar o cultivaban los campos bajo un calor ya sofocante. Solo Ferkah, el antiguo jefe guerrero, gravemente quemado, no había salido con ellos. Al oír el ritmo de las pisadas levantó la cabeza con esfuerzo y volvió el rostro hacia Hum. Alzó su puño ennegrecido por las quemaduras para desearle buena fortuna en la batalla.

Las mujeres, luciendo sus nuevas faldas de vivos colores y exhibiendo las joyas hechas con un metal brillante desconocido hasta hacía poco, observaron su carrera en silencio y con gesto sombrío. Los ancianos, que todavía recordaban los tiempos en que la Madre Luna aún no había arrebatado el poder a las jefas del clan, lo siguieron con la misma hostilidad que los jóvenes, las muchachas y las mujeres recién casadas.

Hum no pudo dejar de advertir que las mujeres casadas llevaban el cabello peinado exactamente igual que las solteras. Poco tiempo atrás aquello habría sido inconcebible. Poco tiempo atrás, cuando Hum, el joven héroe destinado a convertirse en jefe de guerra, era el favorito de todas.

Antes de la llegada de los dioses.

Zare, la hermana de Kháli, lo esperaba junto al primer pino, bloqueando el estrecho sendero donde tantas veces Hum se había encontrado con su amada.

—No deberías ir tras ella —dijo con voz fría y con aquella expresión inescrutable e inquietante que había hecho que, durante la Fiesta de la Primavera, Hum eligiera a la hermana mayor en lugar de a Zare.

¿Solo habían pasado cuatro años? ¿O aquello pertenecía a otra era del mundo?

—Apártate de mi camino —gruñó él, mirando por encima de su cabeza.

—Si sigues adelante, vas hacia la muerte.

—Tú debes saberlo. Eres la más sumisa de las servidoras de los dioses.

—Yo sirvo al Conejo de la Luna, a la Gran Madre, a la vida fecunda, al único dios. De los nuevos dioses solo aprendo. Nadie los conoce mejor que yo. —Lo miró fijamente a los ojos—. Y sé que morirás si intentas recuperar a Kháli.

—Kháli es mi prometida. No permitiré que nadie me la arrebate. La amo y ella también me ama. Estoy seguro de que el señor Taszter se la llevó por la fuerza.

—Si la amas, querrás que sea feliz. ¿No es así?

—Claro. Quiero hacerla feliz.

—¿Y qué puedes ofrecerle tú, pescador? ¿Guerrero? ¿Hijo de los hombres?

—Será mi esposa. Seremos felices. Tendremos hijos. Le construiré una casa hermosa. Nunca le faltará nada.

—¿Y en esa hermosa casa pasará el día pendiente de todos tus deseos? ¿Lavará tu ropa? ¿Morirá dando a luz, como tantas otras? ¿Envejecerá sin haber hecho otra cosa que repetir la vida de su madre y de su abuela? ¿Esperará el día en que le traigan la noticia de tu muerte durante una cacería de ballenas o en una batalla? ¿Se quedará ciega encorvada sobre el huso?

—No. Mi esposa no tendrá que trabajar. Ya no vivimos en el viejo mundo. Volveremos a vencer a las tribus malvadas. Tendremos esclavos.

—Los dioses no permitirán que hagáis la guerra. ¿Ya olvidaste lo que ocurrió con los guerreros de Ferkah? ¡Ardieron!

—Aun así quiero salvarla.

—¿Salvarla de qué? ¿De la felicidad? ¿Dónde podría ser más feliz que en la casa de los dioses? Allí comerá su comida, beberá sus bebidas y cantará sus canciones.

Hum levantó la vista hacia el cielo, atónito. La roja hoz de la Luna Menor aún era perfectamente visible, y el pescador sabía que, en algún lugar allá arriba, flotaba el palacio de los dioses. ¡Ni siquiera las águilas podían llegar tan alto!

—¿La llevarán al hogar de los dioses? ¿A los cielos? ¿El dios señor Taszter se la llevará con él?

—Sí. —Zare no pudo ocultar su decepción—. La eligieron a ella, aunque yo aprendí sus enseñanzas con mucho más empeño. Los dioses también la prefieren a ella. Será la primera que ascienda a los cielos.

—¿A los cielos? ¿Hasta los cielos?

Hum sabía que solo podría llegar allí cuando su cuerpo hubiera muerto y su alma emprendiera el camino hacia el reino del Conejo de la Luna.

Lanzó un rugido y apartó a la muchacha de un brusco empujón antes de echar a correr tan rápido como pudo. Zare gritó al chocar contra el áspero tronco oscuro del árbol, aunque no cayó al suelo. Contempló cómo el hombre se alejaba y ni siquiera ella estaba segura de si la lágrima que resbaló por su mejilla era fruto del dolor.

—Vas hacia la muerte, insensato —susurró.

Al caer la tarde, Hum llegó al Bosque de los Rostros de Piedra. En otro tiempo él mismo había ayudado a colocar el grueso disco de piedra roja sobre la cabeza de la estatua más reciente para impedir que el alma del gran jefe regresara entre los vivos. El corazón le golpeaba el pecho cuando alcanzó el extremo de las largas hileras de gigantescas cabezas erigidas en la empinada ladera. Se detuvo junto a la primera de ellas, levantada sin duda por un pueblo de frente huidiza y mandíbulas anchas en honor de su caudillo, y, ocultándose tras la piedra cubierta de musgo, entrecerró los ojos para observar el inmenso disco plateado, de casi mil pasos de diámetro, que dominaba la meseta.

Los monstruos avanzaban hacia las aberturas del disco como si fueran hormigas. Ya no les tenía miedo. Sabía que eran estúpidas criaturas de metal que solo hacían lo que los dioses les ordenaban. Y ni siquiera demasiado bien. Probablemente aquel día ya habían terminado de cosechar piedra.

Hum no vaciló. Corrió hacia ellos y se dejó caer dentro del cesto del último monstruo. Los fragmentos de roca triturada le desgarraron el vientre y los muslos hasta hacerlos sangrar, pero no prestó atención al dolor. Permaneció inmóvil hasta que el vientre del disco los engulló.

Los relatos de las muchachas y, más recientemente, de las mujeres casadas que habían entrado en el disco le permitieron encontrar sin dificultad el sendero por donde los dioses acostumbraban caminar. Hum se acuclilló sobre el suelo liso y blanco como la nieve y comenzó a olfatear. Percibió, muy débilmente, el olor de Kháli. De pronto, la tierra tembló bajo sus pies, de un modo semejante a cuando Angra Manju sacudía las montañas y las islas. Pero la sensación que siguió era distinta de cualquier cosa que Hum hubiera experimentado jamás en su vida como Homo sapiens. Era como si su cuerpo se hubiera convertido en roca. Al mismo tiempo sintió que caía, mientras una fuerza implacable lo aplastaba contra la lisa losa blanca. La sangre comenzó a brotar de su nariz y de sus oídos.

Con enorme esfuerzo logró darse la vuelta y quedar boca arriba. No percibía el paso del tiempo; ignoraba cuánto había durado aquel tormento. Se pasó un dedo bajo la nariz y contempló con estupor la sangre que la manchaba.

Entonces, de pronto, lo comprendió todo.

—Ya debemos de estar en los cielos —pensó.

Y si era así, entonces estaba muerto. Con la mano ensangrentada se frotó la frente hasta teñirla de rojo, tal como era costumbre despedir a los muertos. Así su alma tampoco regresaría para atormentar a los vivos.

El disco dio un sacudón y Hum comenzó a flotar. Si hasta entonces había albergado alguna duda, ya no le quedaba ninguna: había muerto. Solo los muertos podían volar. Sin embargo, antes de que su alma pidiera entrar en la morada de la Madre Luna, aún debía cumplir aquello para lo que había venido.

Apenas formuló ese pensamiento, recuperó el peso y su cuerpo descendió nuevamente hasta el suelo. Se puso de pie. De algún modo se sentía más liviano que en su tierra. En la pared blanca descubrió una ventana circular cubierta por una materia transparente. Y allí fuera, increíblemente cerca, brillando con una intensidad que jamás había visto, ni siquiera cuando había escalado la montaña más alta para demostrar su valor, contempló la Luna.

Comprendió al instante que era una señal.

La Madre Luna le había devuelto el cuerpo durante el tiempo suficiente para cumplir su misión.

Hum dejó de temer por completo a los nuevos dioses. La Madre Luna estaba con él.

Como el cazador nato que era, avanzó sin hacer el menor ruido, guiado únicamente por sus instintos.

—Hay un solo dios —susurró—. La Madre Luna, y nadie más—. ¡Hay un solo dios! —gritó cuando el hacha de obsidiana cayó sobre el cráneo del sorprendido dios—. ¡Hay un solo dios! —jadeó cuando hubo acabado también con el séptimo.

Las paredes comenzaron a lanzar gritos, mientras gemas rojas destellaban allí por donde pasaba. Hum jamás había sido tan feliz. Nunca habría imaginado que estar muerto pudiera resultar tan maravilloso.

Entonces algo comenzó a gritar dentro de su mente. Algo quería advertirle que existía una señal, que nada marchaba como debía, que algo terrible estaba ocurriendo. Miró los dos cadáveres tendidos frente a él. De repente advirtió, con una claridad insoportable, que las ropas de aquellos dos dioses estaban empapadas de sangre roja. Roja. ¡La sangre de los dioses no era roja!

Percibió el olor de la carne quemada al mismo tiempo que el delicado perfume de Kháli. Entró por la puerta por la que había escapado corriendo su última víctima. Lo que vio lo obligó a lanzar un alarido. Deseó haber muerto de verdad unos instantes antes.

Kháli yacía extendida sobre una amplia mesa cubierta de sangre. Su hermoso cabello negro como la noche había sido arrancado junto con el cuero cabelludo. Brazos y piernas estaban sujetos a la mesa mediante relucientes abrazaderas. Desde la entrepierna hasta el pecho le habían abierto el cuerpo, y en su interior penetraban tentáculos semejantes a medusas, por cuyo interior circulaba un fluido palpitante. Otro tentáculo sostenía el corazón todavía latiendo de la muchacha dentro de un recipiente lleno de un líquido transparente.

Hum se lanzó junto a la mesa. Aulló de dolor. Aunque todavía percibía el aliento de Kháli, aunque aún veía la luz en sus ojos, se pasó los dedos por sus propias heridas y con su sangre le untó la frente. Allá arriba, el cuerpo tardaba mucho en aceptar que su dueño ya estaba muerto.

El dios señor Taszter lo esperaba en el salón más grande.

El gigante de piel metálica contempló en silencio al hombre que acababa de entrar. En su rostro dorado, semejante al de un ángel, no se reflejaba emoción alguna. Solo los cuatro animales tendidos delante de su trono comenzaron a gruñir con ferocidad. Ellos ya habían aprendido a disfrutar del sabor de la carne humana.

Hum no sintió miedo. Sabía que nadie llegaría tan deprisa como él junto a la Madre Luna. Kháli seguramente ya habría llegado y pronunciaría una buena palabra en su favor para facilitarle la entrada en el reino de la felicidad.

El dios hizo un gesto. Los animales se lanzaron enloquecidos sobre Hum. Antes de que el león pudiera hincarle los dientes en el hombro, antes de que la serpiente lograra morderlo, Hum hizo girar el hacha de piedra.

Los dioses debieron de ser grandes guerreros, temibles señores en el mundo del que procedían. Sin duda habían concebido estrategias crueles y tácticas ingeniosas para derrotar a sus enemigos. Tal vez habían mandado ejércitos conquistadores de estrellas. Seguramente estaban por encima de todos los demás y despreciaban incluso a quienes apenas eran un poco inferiores a ellos en inteligencia o fuerza. Eran más poderosos que el oso y más sabios que la serpiente.

Pero, si alguna vez habían conocido el uso del hacha, hacía mucho que lo habían olvidado. Sus ojos mágicos podían detectar el metal desde muy lejos. Sus redes tejidas con fuego eran capaces incluso de impedir el paso de la luz del sol. Sin embargo, aquel hacha había sido fabricada con madera y piedra por las manos seguras de un artesano. El movimiento, practicado miles de veces, la lanzó describiendo un arco perfecto. Voló más deprisa que en el mundo de abajo. No le dio tiempo al gran señor. El negro hueso de la Tierra alcanzó su objetivo. El metal crujió.

La divina sangre verdosa y la divina médula amarillenta salpicaron la túnica plateada, borrando y embarrando la huella de la sangre de la muchacha humana, que empezaba lentamente a secarse.

La Luna brillaba en las ventanas circulares cuando el cuerpo del segundo astronauta terrestre cayó sobre el blanco suelo y los monstruosos híbridos de mundos extraños hundieron sus dientes en su carne.

Su cuerpo no sufrió durante mucho tiempo. Y su alma atravesó rápidamente la puerta del Conejo de la Luna. La lanzadera, ya sin tripulación, se aproximó siguiendo una trayectoria irregular a la base de los extraterrestres instalada sobre la luna menor de la Tierra. Como no respondió a las llamadas, la base activó de inmediato su sistema de defensa.

Abajo, junto al árbol que crecía al borde del sendero, Zare pudo contemplar con toda claridad el destello que iluminó el cielo nocturno.


Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.

domingo, 24 de mayo de 2026

MONSTRUO SOLITARIO

Csaba Béla Varga 

 

“Las civilizaciones aisladas, pero viables, tras superar el choque cultural, son perfectamente capaces de reintegrarse a la civilización galáctica sin mayores dificultades.”
Fragmento del Manual de Antropología Cósmica

 

 

Periferia Galáctica, en algún lugar del espacio profundo

El almirante supremo Dascoleo lanzó una mirada de disgusto al teniente que se agitaba nervioso frente a él.

—¿Por qué me viene con semejantes estupideces, hombre? ¡Muestre un poco de iniciativa y resuelva el asunto usted mismo!

—Pero, señor, yo solo pensaba que...

—Usted no piense, teniente, o terminará destinado a una base de observación solar. ¿No ve que quiero cenar antes del híper salto?

—Los radares de profundidad detectaron señales de civilización muy débiles en el borde de la zona pacificada. Tal vez sea una base de los rebeldes...

A través de las ventanas del puente de mando, el almirante contempló cómo los relucientes buques de guerra se acomodaban lentamente alrededor del crucero imperial en formación de salto. Aquella temible flota finalmente podría dejar atrás la Periferia y, en el futuro, imponer la voluntad de la corte imperial en los mundos más civilizados de los sistemas interiores. Escuadrones de cazas pasaban junto a la nave insignia.

—Idioteces. Debe de ser algún mundo bárbaro perdido en medio de la nada. Envíe un bombardero semi cíborg.

—Entendido, mi señor. Tras destruir los objetivos, el bombardero llegará a alguna guarnición del sector dentro de uno o dos años.

—Y nosotros dejaremos orden detrás de nosotros. Bien, me voy a comer. Los saltos siempre me revuelven el estómago.

Veinte minutos después, un CB Barracuda abandonó la compuerta de lanzamiento trasera de uno de los destructores. El responsable de suministros de la flota imperial, que acababa de aplastar en sangre la rebelión xeno, eliminó la nave de la lista de unidades en ruta hacia el sistema Shoga.

Tras completar la operación, apartó la vista de la pantalla con aburrimiento. No prestó atención al mensaje emergente que indicaba que el poder de las unidades imperiales había disminuido un 0,0000000000001 por ciento.

 

Periferia, planeta Nova Tierra, Palacio de Arkonium

Alguien sacudió el hombro del arkon de Rogros. El Padre del Pueblo gimió y miró alrededor de la sala con expresión desconcertada. En el húmedo gran salón de la antigua Asamblea Planetaria, oficiales borrachos yacían desparramados sobre el piso cubierto de vómito y charcos de alcohol, entre prostitutas medio desnudas que babeaban por efecto de las drogas.

—¿Qué demonios pasa? —le rugió Rogros al sirviente que había interrumpido la celebración.

Hacía tres meses que la Unión había eliminado los últimos focos de resistencia de la Confederación. Las columnas de tanques de Rogros habían entrado triunfalmente en la capital y desde entonces él era el amo del mundo entero. El primer hombre de todo el planeta. Había logrado lo que ningún caudillo había conseguido antes. Las purgas todavía continuaron durante un mes; las noches de Novapolis eran iluminadas por las agonías de los prisioneros arrojados a hogueras de queroseno, pero desde entonces el arkon estaba aburrido. Ya no quedaba nadie a quien derrotar.

—Es Dom Roshill, señor. Quiere hablar de inmediato con vuestra excelencia.

Al entrar en su despacho, Rogros activó con un chasquido la enorme pantalla que cubría la pared. En el monitor en blanco y negro apareció el profesor doctor doctor Roshill, principal ideólogo de la Unión. El Cerebro.

—¡Aquí está la prueba, Rogros, aquí, en mis manos! ¡Sí existe inteligencia entre las estrellas! ¡Sí somos descendientes de los dioses del espacio! —agitó triunfante la cinta perforada del telegrama.

—¿Qué demonios quieres? ¿Ocurrió algo?

—¡Una nave del espacio, Rogros! Apareció en el borde del sistema solar y se acerca cada vez más. ¡Lo que siempre dije! ¡Aquí está la prueba! ¡Los dioses han regresado!

Rogros se despejó en un instante. Aunque el tema favorito de Roshill le importaba muy poco, durante los largos años de lucha por el poder absoluto había oído miles de veces la teoría del científico: el pueblo gherri, la tribu que daba los dirigentes de la Unión, descendía de dioses astronautas. A diferencia de todos los demás pueblos inferiores y esclavos de Nova Tierra. Él mismo sabía que ningún hallazgo arqueológico tenía más de dos mil años de antigüedad, pero el pasado del único mundo habitado del sistema no le interesaba en lo más mínimo. Como señor de la guerra de la Unión, vivía para la lucha y para el presente.

Y ahora había aparecido un nuevo adversario.

Justo a tiempo.

 

Base espacial B 417, luna minera Helene

Con la bandeja en la mano, Jonniby se detuvo un instante, pero nadie quiso hacerle lugar en ninguna mesa. El hombre detrás de él recibió su ración, avanzó y lo empujó con el hombro. Jonniby se dio vuelta con expresión amarga y, como siempre, se acercó al estante fijado a la pared oscura del comedor para comer solo aquella soja aguada y maloliente. Una bonita muchacha de cocina de cabello corto recogía las bandejas. Pasó junto a Jonniby como si el muchacho no existiera.

En la sala reinaba un ambiente opresivo. B 411, B 412 y B 413 habían sido destruidas y, según decían, el monstruo ya había abandonado las lunas de Poseidón y se preparaba para aniquilar las pequeñas bases alrededor de Artemisa. Era imposible resistirlo. En un solo día recorría distancias para las que incluso los transbordadores más modernos heredados de la Confederación necesitaban meses. Utilizaba armas con las que los científicos de Nova Tierra ni siquiera se atrevían a soñar, aunque la guerra mundial de cuarenta años había impulsado enormemente el desarrollo de la tecnología militar. Tal vez tuvieran razón quienes afirmaban que el encuentro entre civilizaciones excluía toda cooperación. La más débil, la menos desarrollada, estaba condenada a perecer.

El comandante de la base, Dom Romer, permanecía de pie en el centro de la sala con los brazos cruzados. Nada escapaba a sus ojos penetrantes.

Jonniby había oído los rumores más absurdos, aunque, mientras preparaba sus exámenes, apenas abandonaba su camarote lleno de libros, del tamaño de un ataúd. No es que alguna vez saliera demasiado. El personal confederado que aún no había sido ejecutado gracias a sus conocimientos especializados susurraba acerca de la venganza de los dioses. Los mineros de gas de la Unión, en cambio, consideraban aquel horror surgido de improviso un arma secreta del enemigo derrotado. Nadie dudaba, sin embargo, de que tarde o temprano el arkon Rogros acabaría enfrentándolo.

 

El maltrecho CB Barracuda emergió de la boca de la caverna. Desplegó sus redes recolectoras para recargar las cámaras de plasma agotadas durante la destrucción del objetivo anterior. El bombardero tripulado por una dotación parcialmente ciborgizada no había sido diseñado para misiones como aquella, pero aun así se desempeñaba de maravilla. Los soldados de piel escamosa y ampollada que flotaban en el líquido incoloro hacía mucho que no se sentían tan bien. Después de tantas humillaciones y derrotas, por fin saboreaban la dulzura de la victoria. En regiones más civilizadas no habrían tenido demasiadas oportunidades contra los mezones o los zarg. En casa, tarde o temprano, los obsoletos Barracuda acabarían desmantelados y fundidos, mientras que a la tripulación le aguardaría el desempleo en la superficie. Allí, en cambio, podían sentirse dioses.

Dioses de la destrucción.

Y no era una sensación desagradable.

—¿Otra vez tuviste mala suerte? —preguntó Yom, el maestro armero.

—No, simplemente no tenía nada que hacer. Pensé en bajar para ayudar un poco —respondió Jonniby.

—¿Así que no te enviaron como castigo? ¡Eso sí que es nuevo! ¿Por qué no cortejas a las chicas o sales a divertirte con tus amigos?

—Estoy pensando en esa nave extraterrestre. Qué súper civilización debe ser si envían una sola nave para conquistar un sistema solar entero. Además, no tengo amigos. Y las chicas... bueno, no suelen hablarme.

—Estás loco, muchacho. Hay que vivir mientras uno es joven. —El hosco y solitario maestro armero siguió trabajando en uno de los lanzacohetes—. El monstruo llegará pronto. Quiero que esta pequeña belleza funcione para entonces. No es un arma milagrosa, pero es lo único que tenemos.

—¿Puedo ayudar en algo?

—Claro, si no te molesta ensuciarte.

 

—¿Señor? —El comandante Romer permanecía rígido frente a la diminuta pantalla en blanco y negro.

—Sé breve —Arkon Rogos observó a su subordinado con expresión sombría. Un ladrón, un malversador, o quizás alguien de origen dudoso. De lo contrario, no lo habrían escondido en ese agujero de piedra en medio de la nada, pensó el caudillo—. No podemos enviar ayuda —dijo—. Nuestros ocho transbordadores fueron destruidos. Todavía faltan meses para iniciar la producción de los cohetes portanaves Brutal de la Unión. Así que tendrás que resolver la situación con tus propios medios. Y rápido.

—¿Autoriza la ejecución de mi plan, mi señor?

—No tenemos alternativa. La nave llegada de las estrellas debe ser destruida.

—La destruiremos, señor.

—Solo una cosa, Romer. ¿A quién piensas enviar a la mina?

—El teniente Roskhal es mi mejor hombre. Un verdadero tipo duro. Sangre gherri cien por ciento pura.

—Entonces ¿por qué lo desterraron a ese agujero?

—Violó a unas monjas de una raza inferior.

—¿Y quién no lo hizo? ¿Solo por eso?

—Frente a las cámaras de la Televisión Mundial, señor. Dos días después del funeral del arzobispo.

—¡Debieron ejecutarlo!

—No fue posible, señor. El general Dom Robald es su padrino.

—Entiendo —el dictador de Nova Tierra tamborileó pensativo con los dedos—. No, Romer, tendrás que enviar a otro. Es una misión suicida y no quiero que alguna familia noble consiga un mártir. Busca a alguien por quien nadie derrame lágrimas. Una rata solitaria. Que no tenga amigos, amantes ni parientes influyentes. Envía a uno de esos contra el monstruo.

—Tengo justo a alguien así, señor. Un imbécil perdido. No bebe, no anda con mujeres. Un ratón de biblioteca. La muerte será una liberación para él.

 

—Después de la destrucción de B 415 —dijo Romer—, los exploradores encontraron el escondite del monstruo. Se refugia en esta mina. Aquí podremos atraparlo.

—Podemos introducir el explosivo por esta galería. Pero ¿cómo apuntaremos? El control remoto no funciona a través de media milla de roca —le preguntó Yom al comandante.

—No hará falta control remoto. Enviaremos una bomba viviente.

—¿Quién llevará la carga? ¿Algún soldado de asalto?

—Claro que no. Ese chico que a veces baja por aquí. Total, no tiene mucho que perder —Romer escupió con desprecio.

 

Jonniby permanecía agazapado en el suelo, abrazándose las rodillas y temblando. Como tantas otras veces, estaba aterrorizado. Romer lo había mandado llamar, le explicó lo que debía hacer y luego se marchó. Ni siquiera se interesó por saber qué opinaba del asunto. No es que Jonniby hubiera tenido el valor de negarse. Nunca había sabido decir que no. El capellán militar de la colonia minera lo bendijo apresuradamente y le aseguró que todos sabrían en qué clase de gran héroe se había convertido. Pasó toda la noche dando vueltas sin dormir, imaginando mil veces la forma espantosa en que moriría. Entre una oleada de terror y otra trató de pensar en algo más alegre, pero no se le ocurría nada. Como si su vida hubiera estado formada únicamente por habitaciones estrechas e idénticas. El orfanato, el internado, el cuartel, la biblioteca, las pequeñas celdas universitarias. Habitaciones estrechas, frías y vacías. Nunca había nadie. Siempre estuvo solo, como si fuera un leproso.

O un monstruo.

Golpearon la puerta. Se recompuso y salió. Para su sorpresa, no vino a buscarlo un soldado de asalto, sino Yom.

—Vamos —dijo el anciano con el rostro rígido.

—No puedo, me tiemblan las piernas —gimió.

—Bebe esto —el maestro armero le ofreció una cantimplora metálica—. Te ayudará.

La bebida casi le abrasó la garganta, pero una cálida oleada lo inundó y consiguió ponerse en marcha.

—¡Mantente erguido! —lo reprendió Yom—. Todos te estarán mirando. ¡Muéstrales a las chicas cómo es un héroe solitario!

De verdad todos conocían la misión. Todo el personal de la base se apiñaba en el abarrotado corredor. También las chicas. Jonniby descubrió con asombro que las mujeres claramente se habían dado cuenta de que existía. Eso nunca le había ocurrido antes. Se ruborizó, pero se enderezó y avanzó hacia la esclusa exterior con la espalda recta. La multitud murmuró. Jonniby habría jurado que nadie se burlaba de él.

Era una sensación extraña.

 

Llevaban seis horas avanzando en el vehículo oruga por la superficie rocosa y sin atmósfera de la luna. Sobre ellos brillaban miles de estrellas. La espiral ardiente de la galaxia se veía con absoluta claridad. Millones de estrellas, millones de planetas. Y a través del infinito espacio había llegado hasta ellos un monstruo asesino.

—¿Habías estado aquí afuera alguna vez? —preguntó Yom.

—¿En la superficie? Nunca.

—Vale la pena venir. Cuando miras el cielo, te ves obligado a enfrentarte contigo mismo. A pensar qué hiciste bien y qué hiciste mal. Las estrellas purifican el alma.

Jonniby miró al anciano sin comprender. Nunca antes lo había oído hablar tanto.

—Tengo miedo —dijo—. Queremos adherir una vieja mina magnética a la invencible máquina de guerra de una súper civilización. No tengo ninguna posibilidad. Debe ser una nave terriblemente avanzada, el arma más moderna de los extraterrestres, si enviaron una sola para conquistar un sistema entero y ocho mil millones de personas.

—No era eso lo que esperabas, ¿verdad? Tus libros hablaban de majestuosas flotas de naves espaciales de kilómetros de longitud. Discos de acero del tamaño de montañas sobre las grandes ciudades del mundo. Enormes armadas amenazantes. ¡Rayos mortales resplandecientes! ¡Terribles máquinas tentaculares!

—Sí. Un enemigo gigantesco. Una resistencia heroica. No una nave diminuta, más pequeña incluso que un transbordador.

—Llegó sola y aun así puede destruirnos. Un monstruo solitario. En las montañas, cuando yo era niño, cazaban osos grises con hachas. Eso sí era un verdadero horror. No estaba permitido tener armas de fuego. Los cazadores solo tenían posibilidades de sobrevivir si sorprendían al oso mientras dormía. Nosotros sabemos dónde duerme la bestia. Allí la atraparemos.

—Sabrá que me acerco. Debe tener sensores y radares superiores. Está muchísimo más avanzada que nosotros.

—Solo detecta tecnología. Radiación, máquinas en funcionamiento. Desde aquí arrastraremos el torpedo. Hay una vieja galería inclinada que conduce a la mina. Cuando te dé la señal, bajarás por ella. Irás deslizándote montado sobre el torpedo. El monstruo estará debajo de ti. Caerás sobre él, te adherirás y después... tres segundos y boom.

—Lo sé. Dom Romer también me lo explicó.

—¿Y no le preguntaste cómo ibas a salir antes de la explosión? —En el enorme traje protector solo se veían los ojos del anciano.

—Ni se me ocurrió.

Yom detuvo el vehículo, descendió y levantó junto al torpedo una caja metálica parecida a una mochila.

—Él es demasiado importante para ocuparse de detalles tan pequeños. Armé esto mientras tú limpiabas el torpedo.

—¿Qué es?

—Tu boleto hacia un mundo mejor.

 

El CB Barracuda apagó sus motores y avanzó únicamente impulsado por sus elevadores antiG hacia la entrada de la mina abandonada que utilizaban como escondite. Muy lejos detrás de él, al otro lado del mar de polvo, seguía brillando el cráter donde hacía poco vivían cinco mil personas en la base B 417. Los soldados semi cíborg todavía conocían otros dos objetivos en la luna. Cuando terminaran con ellos, partirían hacia el único planeta habitado del sistema.

De pronto, el instrumento del navegante detectó una emisión radial junto a la entrada de la caverna. El mensaje era breve, tal vez una sola palabra, pero los aparatos igualmente reaccionaron. El artillero activó el turboláser de a bordo y en la pantalla apareció enseguida una diminuta figura adherida a la roca.

—¿Un explorador bárbaro?

—Destrúyanlo.

Jonniby oyó la orden y, justo después, vio el destello en el borde de la pared rocosa.

—¡Yom! —gritó al micrófono, olvidando todas las normas de seguridad—. ¡¿Qué ocurre contigo?!

No obtuvo respuesta.

Agarró el cable de liberación y tiró de él. El torpedo montado sobre los patines comenzó a deslizarse cuesta abajo. El muchacho aferró con fuerza el timón y contempló el frente con los dientes apretados. Avanzaba a toda velocidad por la oscuridad con media tonelada de explosivos bajo el cuerpo.

El torpedo aceleraba. Unos segundos más y alcanzaría la boca del túnel, el lugar por donde el monstruo debía pasar camino a su escondite. De pronto, de la oscuridad emergió el fragmento de una antiquísima viga de hormigón. Jonniby apartó la cabeza, pero aun así la viga le rozó el casco. Luego el deslizamiento terminó y el torpedo quedó suspendido en el vacío.

Como si el tiempo se hubiera detenido.

Jonniby observó inmóvil cómo debajo de él aparecía lenta, muy lentamente, el monstruo. No parecía aterrador ni la máquina de guerra más avanzada de una civilización lejana. Más bien daba la impresión de estar gastado, deteriorado y castigado por las tormentas.

El torpedo alcanzó el blanco. Se estremeció violentamente al chocar contra el lomo de la nave y, desde sus costados, saltaron los ganchos dentados de cabeza diamantina desmontados de antiguas máquinas mineras. El impacto arrojó al muchacho fuera del asiento. Tras girar varias veces en el aire, fue a estrellarse contra algo que sobresalía de la parte trasera de la nave. No perdió el conocimiento, pero el golpe lo dejó incapaz de moverse.

A través de una estrecha y gruesa ventana creyó ver el interior de la nave: había personas que flotaban en cilindros de vidrio y lo miraban estupefactas. Aunque parte de sus rostros estaba cubierta de metal y de sus narices salían tubos pulsantes, era imposible no advertir su sorpresa.

Jonniby apartó la mirada de aquellos seres mitad humanos mitad máquina y logró ponerse de pie. Detrás de él, el mecanismo explosivo del torpedo adherido a la nave indicaba que faltaban apenas unos segundos para la detonación.

La nave continuó flotando lentamente a través del gigantesco recinto. Jonniby levantó la vista. Bajo la luz del casco distinguió el estrecho pozo vertical del que Yom le había hablado. Apretó los dientes, se enderezó y golpeó el botón de la infernal mochila que llevaba en la espalda.

Los cohetes se activaron al instante y lo lanzaron hacia arriba como un petardo de fuegos artificiales. Solo que, esta vez, el resplandor del estallido no brilló sobre él, sino muy por debajo.

 

—¡Felicitaciones, joven héroe! —Dom Rogos, Padre del Pueblo, sonreía jovialmente bajo el fuego cruzado de las cámaras—. Llegarás lejos. Sigue así, muchacho.

Jonniby observó confundido al amo del mundo. O mejor dicho, al amo del planeta. Al dictador de un único planeta habitado. Porque en aquella nave había seres humanos. Más o menos iguales que ellos. Y tarde o temprano llegarían más naves. Entonces descubrirían que Nova Tierra no era el mundo entero, sino solo una isla.

Y el jefe de los nativos de aquella isla apenas era una figura más o menos importante entre muchas otras. No el amo todopoderoso del universo. No aquella especie de dios que él había imaginado hasta entonces. Ese pensamiento hizo vibrar algo en su interior. Como si una enorme piedra hubiera caído de sus hombros. Se enderezó, hizo una reverencia y se mezcló entre los festejantes que se agitaban en el salón iluminado.

Claro que cambiar el mundo todavía podía esperar un poco.

Cuando una muchacha hermosa, realmente hermosa, se acercó al joven héroe y, con un gesto completamente natural, lo tomó del brazo para invitarlo a bailar, Jonniby sintió que la tierra se abría bajo sus pies. Pero entonces recordó las palabras de Yom. Se irguió y posó la mano sobre la de la muchacha.

Durante el baile solo le pisó el pie una vez.

La nueva vida realmente había comenzado.

Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.

domingo, 12 de abril de 2026

VIENTO SOBRE EL AGUA

 Csaba Béla Varga

A Rexi le encantaba contemplar cómo el sol se hundía en el agua en dirección a China. Claro que sabía que eso no revelaba precisamente un gusto refinado, pero…

¿Sería cursi?

¿Y qué más daba? Cuando algún día tuviera su propio apartamento, uno de verdad, al que regresara durante años, y no solo una habitación o un departamento alquilado en algún rincón del mundo, entonces colgaría también su cuadro favorito frente a la chimenea.

Los dos gatos jugando con el ovillo.

La oscuridad cubrió en un instante la ensenada con forma de herradura. Tras medio minuto de silencio, estallaron de pronto unas diez músicas distintas. Bajo los pinos se fueron encendiendo una tras otra las luces de colores de las discotecas y los restaurantes. Rexi respiró hondo, se puso de pie con esfuerzo y, cojeando un poco, echó a andar hacia las rocas del norte.

En Okinawa le habían sacado las balas de la espalda y del muslo. Debido al estado de alerta, probablemente él había sido el único no estadounidense en aquella base fuertemente vigilada. Seguramente ni el médico texano ni la enfermera de Kansas sospechaban siquiera que precisamente por culpa de la última escapada de Rexi había sido necesario aumentar un grado el nivel de alerta en todo el mundo. El coronel, por supuesto, enseguida había salido con que debía descansar.

Bendito fuera su corazón de oro.

Rexi hizo una mueca agria. Por lo general, eran ellos quienes tenían que entrar cuando el centro decidía intervenir. A países, a regiones donde los lugareños no comprendían qué tarea tan grande y noble era la guerra contra el terrorismo. Donde solo contaban los lazos de parentesco, la voz de la sangre y la venganza de sangre. Donde nadie dudaba de que los monstruos recorrían la noche. Donde cada año moría de hambre la misma cantidad de gente que la que perecía en las guerras tribales.

Desde hacía muchos miles de años.

Pero ahora podía descansar. Podría, si todo hubiera salido bien. Pero no salió bien. Las vacaciones tampoco habían comenzado con demasiada suerte. De camino a Tokio el avión estuvo a punto de volcar por la tormenta de viento en la que se metieron. El tren rápido hacia el sur fue clausurado porque en demasiados tramos las vías habían quedado bloqueadas por árboles caídos. Después, la tormenta más importante del nuevo siglo desapareció con la misma rapidez con que había llegado.

Así que Rexi intentó hacer autostop. No fue nada fácil. Pero, de pronto, se detuvo ante él un cochecito destartalado y un duendecillo de pelo naranja, erizado, le sonrió de oreja a oreja. Las japonesas tenían gustos extraños.

De todos modos, Rexi no se quejó.

Betty tenía que volver a la universidad una semana más tarde, pero prometió que bajaría para el fin de semana.

Si no tenía que ir a manifestarse contra las bases estadounidenses o contra la OMC.

Rexi se quedó solo. No tenía muchas ganas de volver a entablar amistad con nadie. Caminaba durante horas por la orilla del mar al amanecer y al atardecer.

Así fue como conoció al viejo.

 

La formación de cazas que llegaba desde la base de Hakukai fue deshecha por el viento huracanado. Rexi observaba los aviones desde el pie del acantilado. Se preguntaba dónde podrían aterrizar si aquel temporal seguía mucho tiempo más. Aparte de él no había nadie en la costa.

El viejo venía del pueblo, no de la hilera de hoteles. Con un enorme abanico plegado en la mano, caminaba deprisa hacia la orilla, con la cabeza baja. Un funcionario jubilado, pensó Rexi. Un jubilado bastante maltrecho, añadió para sí.

Un estruendo tremendo anunció la llegada de la tormenta. Empezó a llover a cántaros. Una oscuridad casi nocturna cubrió la playa. Los aviones que se alejaban desaparecieron entre las nubes negras. El estrépito del aguacero ahogó el sonido de sus motores.

El viejo se va a empapar bien, pensó Rexi.

Los relámpagos casi se tocaban de tan rápido que caían uno tras otro sobre las aguas espumosas de la ensenada. Al cabo de un rato, Rexi se cansó del juego de las fuerzas de la naturaleza. Se subió la capucha de la chaqueta y echó a andar hacia el hotel.

Cuando llegó, la lluvia había cesado y el viento se había calmado. Cuando miró hacia la playa desde la ventana de su habitación, no vio al viejo por ninguna parte.

 

El nuevo bungalow estaba a un paso del agua, aunque unos buenos doscientos metros por encima de ella, en la cima de una roca inmensa. A un paso bastante largo, si uno no tenía cuidado. Si Rexi no hubiera sido extranjero, probablemente no le habrían dado las llaves. Los hoteleros también se alegraban de perderlo de vista. El dueño del baño de vapor seguía postrado en el hospital local, todavía en estado de shock, y eso que Rexi solo lo había apretado un poco. El tipo no había querido permitirle usar el baño caliente. Por allí no todo el mundo apreciaba tanto a los extranjeros peludos como Betty y las universitarias. Sin duda, el señor director del hotel pensaba que, si el gaijin insistía a toda costa en ahogarse, mejor que lo hiciera en un lugar donde su cadáver hinchado no perturbara la tranquilidad de los huéspedes nacionales.

No es que demasiados huéspedes hubieran bajado al mar.

Hacía mucho tiempo que la temporada no era tan mala.

Rexi tomaba té con las piernas colgando sobre el vacío cuando volvió a ver al viejo.

El anciano estaba de pie en el agua, debajo de la línea de visión de Rexi; tenía los pantalones arremangados hasta las rodillas, la camisa arrugada le sobresalía por fuera del pantalón, y la espuma le pegaba al cráneo el escaso cabello canoso.

Sostenía el abanico abierto junto al rostro y luego, con un movimiento rápido de la mano derecha, lo deslizaba sobre el agua. La parte superior del cuerpo giraba un poco hacia la derecha, y el brazo extendido levantaba el abanico en un amplio arco hacia lo alto. La luz rojiza del disco solar atravesaba el papel de arroz amarillento. El abanico volvió a iniciar el descenso. Esta vez pasó de derecha a izquierda, apenas un poco por encima del negro espejo del agua.

El viejo siguió así hasta que salió la luna.

Un conservador de tradiciones sintoístas, pensó Rexi. En China había visto algo parecido. Solo que allí los viejos practicaban por la mañana en el parque. Taichí. Este anciano incluso podría haber servido en Shanghái durante el servicio militar. Tal vez se lo había aprendido a los chinos. Seguramente practicaba todos los días.

Probablemente ese era el secreto de una vida larga.

 

No sabía tanto japonés como para entender exactamente de qué trataba la película que desfilaba en la pantalla granulada del televisor. Apenas había sonido. Algún fantasma y la venganza de los espíritus porque la familia del samurái los había ofendido. O quizá no había sido el samurái, sino alguno de sus antepasados. O el antepasado de su señor feudal, doscientos años antes. Luego la pantalla se oscureció y Rexi se quedó sin luz y sin televisión. Si la costa no había sido declarada zona catastrófica era solo porque los daños no los había causado un tifón, sino simplemente un clima inusualmente tormentoso. Debido al peligro de terremotos, la mayoría de los cables corrían por la superficie. Gran parte de ellos colgaban ahora hechos jirones de los postes, allí donde todavía quedaban postes. Los trescientos canales de la televisión por cable habían enmudecido ya el día anterior, y ahora también se había apagado la transmisión terrestre.

Rexi no tenía idea de qué ocurría en el resto del mundo. No debería haber dejado en la base su antiquísima radio de VHF. En el último MMS de Betty decía que no podía venir, porque un árbol había caído sobre el coche de sus padres. Los dos estaban en el hospital. Y también le decía que por un tiempo no habría más manifestaciones contra los yanquis. Los soldados estadounidenses habían sacado a miles de personas de entre los escombros.

Abajo, la procesión se acercaba al mar desde el pueblo. Rexi los contempló sorprendido. Eran muchísimos, quizá había salido todo el pueblo. Docenas de faroles de papel brillaban en la oscuridad. La gente vestía atuendos tradicionales de fiesta. Rexi no vio ni un solo traje ni una sola prenda occidental. Las ráfagas de viento le llevaron fragmentos de un canto triste.

Los aldeanos traían cestas llenas de pétalos blancos y amarillos. Mujeres de cabello blanco se adentraban en las olas y arrojaban flores al agua a puñados. Pero el viento soplaba con tanta fuerza que los pétalos no alcanzaban las olas. Volvían volando a la orilla y se quedaban pegados a la ropa mojada de la gente. El canto cesó. Los faroles de arroz se fueron apagando uno tras otro.

Rexi no vio al viejo por ninguna parte.

 

Hacía frío, pero no tanto como para que Rexi no corriera por la playa descalzo y con el torso desnudo. Disfrutaba sentir cómo las olas heladas lo empujaban, lo animaban a ir todavía más rápido. También disfrutaba poder estar solo con el mar, con las fuerzas desenfrenadas de la naturaleza. Corría casi sin hacer ruido sobre los pequeños guijarros puntiagudos y el cascajo de roca. Con cada paso, decenas de piedras se clavaban en la planta de sus pies. Eso lo reanimaba aún más. Correr por la orilla del mar embravecido era como haber ido a una sesión de acupresión. Se suponía que bastaba apretar un punto de la planta del pie para que enseguida se arreglara alguno de los órganos internos. Cada punto de la planta estaba conectado con otra parte del cuerpo.

Claro que eso no le impedía maldecir en voz baja cuando pisaba un fragmento afilado de concha.

El viento arreció y empezó a llover. Todavía débilmente.

Avanzaba a buen ritmo. La fuerza de sus zancadas lo llevó más allá del tramo acondicionado de la playa; ya andaba por donde ni siquiera los pescadores iban casi nunca. Cerca de las ruinas del antiguo templo.

El viejo estaba arrodillado en el agua. Se notaba que se encontraba mal.

El abanico flotaba sobre el agua.

 

Hacia las tres de la madrugada llamaron a la puerta.

Esto no es Kabul, pensó Rexi. Aquí no hay que temer a la oscuridad. Este es uno de los países más desarrollados del mundo, la fortaleza de la técnica moderna. Se acercó a la puerta y abrió. Afuera hacía la misma oscuridad que adentro. Llevaban medio día sin electricidad. Una ráfaga tan fuerte se le vino encima que casi le arrancó la puerta de las manos.

Llovía a mares.

Dos figuras empapadas hasta los huesos estaban en el umbral. Le explicaban algo, pero Rexi no los entendía.

—No entiendo, no entiendo —dijo en japonés—. Más despacio.

Los visitantes se miraron. Esta vez empezó a hablar solo uno de ellos. También hablaba atropelladamente. A Rexi le pareció entender algunas palabras.

—¿Que vaya con ustedes? ¡Ni hablar! Con esta lluvia.

Los recién llegados empezaban a perder la paciencia. Uno de ellos, que por la mano bien podía ser una anciana, agarró a Rexi y comenzó a tirar de él con decisión hacia afuera.

—¡No jueguen conmigo! —estalló el extranjero—. ¿Qué quieren? ¿No saben inglés? ¿O chino?

La anciana comprendió que no lograría mover ni un centímetro a aquel extraño gigantesco. Dijo unas palabras a su acompañante, que sacó algo de debajo del impermeable.

Un abanico largo, plegado.

El abanico del anciano.

 

Otros tres los esperaban en la orilla del mar. No era poca valentía, porque el mar parecía haberse vuelto loco. Las olas asaltaban los peñascos de la costa con una fuerza aterradora. Algunas llegaban incluso hasta las ruinas del viejo templo. Por culpa del viento huracanado, parecía que la lluvia caía horizontalmente. A pesar de la chaqueta adecuada para la tormenta, Rexi quedó empapado en un instante. Si no fuera por los relámpagos continuos, ni siquiera habría distinguido a los que aguardaban.

La muchacha joven sabía algo de inglés.

Rexi la reconoció. Era la enfermera del hospital al que había llevado la mañana anterior al anciano inconsciente que había encontrado en la orilla.

La enfermera empezó a explicarle algo a toda prisa. Rexi apenas la entendía. Lo que no costaba advertir era que lo que brillaba bajo los ojos de los cinco japoneses no eran gotas de lluvia. Escuchó sus explicaciones cada vez con más atención, incrédulo.

Luego, cuando se inclinaron ante él y las miradas de los cinco quedaron fijas en él, no pudo decir que no.

 

Por la mañana Rexi no bajó a la playa.

Todo eso lo soñé, se repetía. Probablemente me traje el abanico del hospital por puro nerviosismo.

Quiso hacerse café, pero no había electricidad. Ya tampoco le funcionaba el móvil. La comida se había echado a perder en el refrigerador. Durante la mañana, mientras no llovió, vaciaron los hoteles del paseo marítimo. Les pusieron candados, sellaron las puertas y luego los policías también se marcharon.

A primera hora de la tarde el viento volvió a levantarse. Cuando Rexi llegó al pueblo para comprar algo de comida, ya llovía otra vez a cántaros.

El ataúd estaba expuesto delante de la tiendecita.

Todo el pueblo estaba allí reunido en torno a él. Pescadores, agricultores, vendedores del mercado de pescado y sus familias. Montones de niños. Todos lo miraban a él.

—¡Eso no puede ser verdad! —gritó—. No pueden hablar en serio.

Calló. Vio en sus rostros que sí hablaban en serio.

—¿Desde cuándo? ¿Cuándo empezó?

Habló una de las ancianas, y la enfermera llegada de la ciudad tradujo.

—Desde que este pueblo se alza aquí, siempre ha habido alguien en la orilla. Mil años, dos mil años, ¿quién sabe?

—¿Y ustedes se lo creen?

—Vemos que es verdad —la anciana señaló el cielo negro—. Sentimos que es verdad.

—No puedo creerlo.

—Anoche ya lo hiciste. Hazlo otra vez.

Rexi meneó la cabeza, incrédulo. Ojalá no hubieran estado allí los niños.

—¿Por qué yo? ¿Por qué no un japonés? ¿Un monje sintoísta?

—La gente de la ciudad no cree en ello. Hace falta fe para que funcione. Y fuerza. Además, él te eligió a ti como sucesor.

—¡No me digan! —estalló Rexi—. Lo hice una vez, de acuerdo, no lo niego. No sabía lo que estaba haciendo. Bien, bajaré ahora también. No hay problema. Sean felices. Pero dentro de una semana ya no estaré aquí. Entonces, ¿qué pasará?

—Entonces morirán cientos de miles de personas. El mar se tragará islas. La inundación barrerá ciudades. El agua anegará países. Pero tú no vas a permitirlo.

Rexi meneó la cabeza, incrédulo. Todos allí se habían vuelto locos.

 

Aquellas olas parecían increíblemente frías. No había una sola parte de su cuerpo que deseara internarse en esa agua helada. Y aun así, echó a andar hacia abajo. Los aldeanos lo siguieron en silencio. También los niños. Aunque solo fuera por ellos, tenía que intentarlo. Siseó cuando una ola negra le empapó los pantalones y la camiseta. No tenía sentido seguir llevando la chaqueta impermeable. Se detuvo a unos pasos de la orilla.

Simplemente no podía ser verdad.

Solo que la noche anterior había funcionado.

Sostuvo el abanico abierto junto al rostro, tal como había visto hacer al viejo. Respiró hondo y luego, con un movimiento rápido de la mano derecha, lo deslizó sobre el agua. Nada.

Ningún cambio. La lluvia seguía cayendo con la misma fuerza. En las pausas entre las ráfagas oía cantar a los pescadores en la orilla. La parte superior de su cuerpo giró un poco hacia la derecha, el brazo extendido levantó el abanico en un amplio arco hacia lo alto. La luz blanca de los relámpagos atravesó el papel de arroz amarillento. El abanico volvió a bajar. Esta vez pasó de derecha a izquierda, apenas un poco por encima del negro espejo del agua.

Rexi siguió.

Las tormentas habían matado a muchísima gente en todo el mundo en cuestión de días. El viejo japonés llevaba semanas gravemente enfermo. Cada vez le costaba más arrastrarse hasta la orilla por la mañana y por la tarde. Y cuando no bajaba, la naturaleza empezaba a enfurecerse.

Los meteorólogos atribuían aquel tiempo apocalíptico a El Niño y al efecto invernadero.

No a un anciano.

Rexi recordó que una vez un chino le había contado algo sobre una mariposa. Una que agitaba las alas en el bosque y una semana más tarde un huracán se llevaba media Kansas. Pero aquello era solo una fábula filosófica, ¿no?

El abanico seguía silbando sobre el agua.

Acupresión.

Si presionas el lugar correcto del pie, se arregla una parte del cuerpo. Un esfuerzo diminuto en el lugar adecuado y en el momento preciso puede salvar una vida.

Desde hacía milenios, alguien permanecía en el agua de aquella ensenada. Hombres de las cavernas le llevaban comida por orden del chamán. Los samuráis llevaban a sus hijos ante él para que aprendieran qué era el servicio. El shogún hizo construir un templo en su honor. Mientras el ritual se cumplía por la mañana y por la tarde, no sucedían catástrofes.

La lluvia cesó.

Rexi ya no sabía desde hacía cuánto tiempo agitaba el abanico. Las piernas se le habían vuelto insensibles en el agua, pero de algún modo no tenía frío. Al contrario, se sentía bastante bien. Después de todo, era fuerte, como habían sido fuertes todos aquellos a quienes alguna vez se les había confiado el abanico.

El viento también cesó.

A su espalda el canto de los pescadores sonaba cada vez más fuerte. Solo callaron un instante cuando vieron lo que también Rexi veía a través del fino papel de arroz.

En el horizonte, entre las nubes que poco a poco se deshacían, apareció el disco rojo del Sol, que se iba a descansar en dirección a China.

La tormenta había terminado.

Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.

 

AMERICALUGAR: del 11-S al 9-N