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miércoles, 5 de agosto de 2026

FORAJIDO

Luis Saavedra

 

Gato mañoso. Gato terco. Gato de tres patas que llegó una noche muy fría. No, una madrugada muy fría a la que salí para llegar al turno. Flaco y despeinado, aún con esa pelambrera corta que tienes como abrigo de nada, tiritabas y no decías nada, apenas el fantasma de un maullido en el hocico, desfallecido ya al borde de la lengua. Sin reaccionar, sin estar presente sobre el techo de la extensión de mi hogar. Luché contra el deber, pero finalmente te agarré sin resistencia y te entré a la casa. Me fui, volví. Todavía estabas allí diez horas después, durmiendo, derritiéndote en un sueño. Qué diablos, ya no pude dar marcha atrás entre el tira y afloja de las dudas y los impulsos. Luego vino el desangre de las consultas y los controles en el hospital, yendo y viniendo en una ordalía de calles y automóviles. Agotados y curtidos, que yo creía en comunidad, mirando el borde del abismo sin llegar realmente a asomarse. Al final de una semana, recién pudiste acostarte sobre una frazada en una silla y dormir veinte horas seguidas para curar las heridas propias y provocadas. Y yo también descansé, descansé en la idea de tenerte en mis piernas y pasar mi mano por el lomo lleno de pellejo y hueso que conformaban una geografía de vida cargada hacia el abandono y el delirio. Acaricié esas orejas irregulares y también la forma del muñón de tu pata que no estaba. ¿La perdiste? ¿La legaste? ¿Estaba firmada en tu espiral de ADN? Fue el momento de estirarse como primera señal de confianza y calenté con mis manos de viejo los parches de la piel rasurada para pinchar, colocar geles médicos, apoyar aparatos de frialdad aullante. Nos hicimos compinches, a pesar de que solo realmente vivías cuando estabas en el patio trasero y allí estaban todavía las mesetas infinitas de los techos contiguos que fueron testigos de todo el daño y el sufrimiento tuyo. Es lo que decía, te lo decía, pero me lo decía para mí. Toda la existencia de una mala vida azotada por la falta de cariño y alimento, que no solo demostraba mi punto, sino que justificaba encajarte medicamentos en jeringas, pastillas, galletas, pedacitos de jamón. Pero lo perdonabas todo por una mirada hacia los techos como queriendo decirme que allá había un destino manifiesto, una profecía que no podías transmitir pero solo tú podías cumplir. Y entonces comenzó a quebrarse nuestra unión. Me contrariaba tu insistencia y me preguntaba que era aquello, que seguro era otra variante del calicivirus, que se pega igual que el vampirismo transilvano, y, como esas hormigas colonizadas por cordyceps, necesitabas saltar la pandereta y unirte al deseo ajeno de convertirte en estatua zombi. Maldije la mala estrella que te habían inoculado porque eso fue lo que quise creer, que no eras tú, sino una programación externa que te hacía perseguir la promesa de un algo inexistente. E insistías con la mirada, e insistías con los músculos tensos al borde de las patas, e insistías con un maullido atronador que no te conocía. Yo te seduje con pollito y panita, ricos en minerales y energía, con besos en los bigotes y cabezadas, con mimos de frazada y plumón. Desaparecían todos esos espejismos para corretear por el interior de la casa planeando las fugas, midiendo las aberturas de las ventanas y el espesor de las cortinas. Me sentí humillado y rebajado a un carcelero amoroso que revisaba cada punto de acceso. Te preguntaba si eso era justo, pero la justicia es un concepto que solo juega cuando es beneficio en el mundo feral. Así que inicié el camino para conocer lo que realmente te aquejaba. Una enfermedad que es peor que tu debilidad y tus achaques, que no está en los pulmones sino en el corazón. La enfermedad de la libertad que tuvo y te tiene agarrado y te dirige como a un condenado. Que hace que vayas por los techos volando al ras, elevado por la adrenalina de ser libre y una clase de felicidad que es angustia y urgencia. Miras los tejados de teja negra y plomiza y aladrillada con la melancolía verde de tus ojos y maúllas despacito acusándome de ser el secuestrador de tus horas dormidas en la abulia. Las paredes desconocidas de mi casa, los muros del patio trasero, el frío que se cuela cuando no estoy y que te corretea hasta el rincón de la silla y la frazada de lana. Este espacio finito que se parece a un laberinto que no deseas explorar, que es tan distinto de las sabanas de los techos, de toda esa extensión llena de promesas que te fue arrebatada. ¿Quién te la arrebató? ¿Fui yo? Tal vez nunca fue un rescate sino un secuestro, porque la libertad es más intensa que la vida y de poder comunicarte conmigo me hubieras dicho que querías morir en la ley que forjaste desde las edades primales en las que no te conocía. Qué terrible figura he construido, la mía en tu imaginación feral de aceites de mango. Quizás el problema sea que estamos en puntos opuestos con respecto de la libertad; yo le tengo un miedo cerval, la rehúyo para quedarme en un estado de estabilidad que se parece mucho a la estasis de la ciénaga. Conservo, reutilizo, tímidamente corro una valla allí y acomodo mis conceptos por allá, hago malabares con la economía del yo, retengo por la noche los sueños en que soy un poco, solo un poco, más libre, de la forma anodina en que me asegure resultados del cien por ciento. Siempre en la seguridad del que puede perder poco y lo pierde todo. Y sentí sucio. Tanto discutir sobre la libertad me llevó a un estado taciturno. Me exasperan tus vibrisas y tus orejas mordidas por diez mil dientes ferales, que se agitan nerviosos cuando llega el atardecer y el cielo se torna una pintura impresionista en un Chile que no se impresiona con nada. Las nubes que estallan en el infinito se agitan también en tu corazón para evaporarse, condensarse en tu garganta y salir como un maullido fantasmal que se escapa, como tú quisieras escapar. La verde sombra de tu mirada analiza cada voluta de vapor de los incendios celestes. ¿Esperando qué? Nadie, estás solo en el mundo y solo me tienes a mí, pero eso no te basta y eso me ofende. No soy suficiente por no querer tu libertad, por no compartir esa especial conexión con la divinidad, con la vastedad y extensión del alma gestáltica. Así que tomo esa decisión que no quería, pero que no me queda más que aceptar, y te deposito en la silla de terraza, donde pasas la mayor parte de tu recuperación hecha de pequeños guiños y pequeños traslados hacia el interior y el exterior de la casa. Me llevo tu frazada ilustrada por un dibujo de ojos grandes que expresan tanta felicidad, pero que no se pega a la ropa. Te dejo desnudo sobre el cojín, con tu pelambrera temblando en oleadas, esa expresión del control corporal que admiré desde muy niño, la capacidad de controlar un trozo de piel y hacerla ebullir. Te dejo ilusionado y excitado porque la luz del sol se muere, como tú quieres morirte sin mí, o tal vez matarme, o tal vez matar la idea de libertad canalla que llevo en la cabeza, y la idea estúpida de poseerte para amarte. Y a mi vez te odio porque me condenas a una vida de mirar las canaletas y los tejados y las esquinas de los cielos y el rostro de cada felino de azul acerado que me mire desde arriba con indiferente verdor. Cómo podría odiarte, se me pasa a los diez minutos. Pero me voy y no quiero mirar atrás mientras siento el cabello de mi nuca erizarse cuando maúllas aliviado, triunfante, anhelado, fieramente libre. Y sin embargo. Y sin embargo, no puedo evitar darme vuelta y observar la silla vacía y tú ascendiendo como un redentor de tres patas que han recorrido millones de años-luz. Te elevas enflaquecido y tenaz, escupiendo en la cara del dios de la gravedad, como una imagen detenida de un salto estelar. Los ojos entrecerrados y la boca ligeramente abierta que podría ser una pintura renacentista de la pasión y el éxtasis, la gloria infinita de los espacios abiertos. Aunque no te elevan querubines, sino tu sola creencia de que los libres son etéreos, inalcanzables, como ideas encarnadas, imposibles de retener, atravesando el granito, el uranio, y mis manos temblorosas que solo quieren acariciarte con todo el amor que mi corazón factoría puede procesar. La elevación te lleva a la esfera de luz, el sol particular de la libertad, la nave madre de los deseos estelares y de tu planeta personal de noches cristalinas por el frío lunar que tanto deseas. Desapareces en la esfera luminosa, que a su vez se aleja y se mezcla con las estrellas, y en mi garganta queda una borra tristona, amarga, pero que es tranquila conformidad. Te regalo mi corazón para que hagas una pierna extra, la que te faltaba, mi gato de tres piernas, que compensabas con tus dos colas y las pequeñas antenitas detrás de las orejas. Mío nunca fuiste, fuiste indomablemente tuyo. Gato extraño, gato mañoso, gato acerado, gato en la eternidad de mi memoria.


CUENTO FINALISTA DEL CERTAMEN "ENTRE AMIGOS" 2026

Luis Saavedra Vargas (Santiago, Chile, 1971). Fue director del fanzine de ciencia ficción chileno Fobos (1998-2004) y editor de las antologías de ciencia ficción Púlsares (2002-2004). Sus relatos han sido publicados en Años luz (Chile); la antología digital Schegge Di Futuro (Italia); y Dimension Latino (Francia); entre otros. Su cuento “Ol’fairies Bar” fue finalista en el concurso Domingo Santos 2005 (España). Es miembro fundador del Grupo Poliedro, dedicado a la literatura fantástica, y su primer libro en solitario salió en 2021 llamado Lentos Animales Interdimensionales.


sábado, 4 de julio de 2026

HISTORIA PERSONAL DE LA UCRONÍA

Luis Saavedra

 

“Es un reloj, es tuyo”. El niño se incorporó soñoliento en la cama y miró a su padre a su lado, en la oscuridad. “¿Y por qué? ¿Adónde vas?”. “Volveré, es solo que quería dártelo”. “Pero es tuyo”. “Sí, ahora te lo doy y cuando vuelva será mío otra vez”. Y el padre lo colocó alrededor de la muñeca del niño. “Mira, se ilumina cuando no hay luz”, el rubor fantasmal de los punteros y números marcaba las tres y cuarto de la madrugada. “¿Puedo jugar con él un rato?”. “Ahora no, mañana. Ahora te vas a dormir de nuevo.”

 

La casa está en silencio y solo queda el niño que duerme en la habitación de arriba. Afuera escucha el  motor del vehículo que se marcha calle abajo. Son casi las doce y media en la madrugada y se dirige a la cocina. Enciende la luz y abre el refrigerador, saca una cerveza y se sienta a la mesa para beberla. El gato aparece y se miran largamente. El gato es negro y blanco y tiene una mancha blanca en una de sus orejas. Finalmente, el animal se mueve y va a frotarse contra una de sus piernas. Lo levanta y pone en el regazo. Es cálido y terso y ronronea. Le acaricia debajo de la barbilla y el gato entrecierra los ojos con placer.

Luego de beber la cerveza, vuelve al salón comedor y sigue esperando en la semi oscuridad. No se atreve a encender la lámpara. La luz del alumbrado público se cuela por el follaje y luego por las cortinas para dar un tono azuloso a la habitación. Las fotos sobre el gran televisor, las pinturas marinas en las murallas, los muebles negros. Todo inundado por sombras azules y otras más oscuras. Toma una foto y la lleva a la ventana. En la foto familiar es un día de navidad junto al árbol. Están los cuatro. El padre, la madre y los dos niños. Esta noche, la niña está con su abuela porque es muy pequeña, y duermen en la habitación del fondo del patio. El niño ya es grande, eso es lo que él dice. Tiene nueve años y sabe que cuenta con la confianza de sus padres para quedarse solo mientras ellos están afuera. Un par de horas antes, él leía un libro sobre hombres que se extravían en Marte y tienen que usar su ingenio y humor para llegar con vida a la base. El sueño lo venció en la parte en que deben cruzar un cañón rocoso, en donde encuentran un río subterráneo. Duerme en la habitación de arriba.

Deja la fotografía en su lugar cuando escucha un motor viniendo por la calle. Mira discretamente por la ventana y se encandila con el haz de luces. Tras un segundo, su corazón salta al ver la carrocería azul del auto, pero el modelo no es el correcto. No sabe si sentir decepción o alivio. El auto se aleja y se queda en mitad del living pensando en cuál será su próximo movimiento. Va al dormitorio principal y encuentra de nuevo al gato, dormido a los pies de la cama. Se acerca al velador del lado izquierdo y enciende la luz de la lámpara de noche. Abre el cajón y observa. Hay un folleto de una nueva máquina de afeitar, la novedad para la navidad de ese año. Y abajo está el reloj. Le resulta familiar y anacrónico. Se sienta en el borde de la cama, mientras las manos le tiemblan. Es un bonito reloj, imponente, de metal macizo que trae múltiples segunderos. Sabe que en la oscuridad los números de nácar refulgen suavemente y tiene un dispositivo cinético para recargar su batería caminando. Es el reloj de su padre.

En los viajes de ida y vuelta no puedes llevar nada contigo. Y cuando apareces en un desplazamiento temporal, quedas a tu propia suerte hasta que termina su efecto. Cuanto más lejos viajes por tu propia línea de experiencia, más imprecisa se vuelve la ciencia del salto y llega un momento en que todo se vuelve caótico. Pero para lo que necesitaba, encajaba en el rango. Su reintegro sucedió en el callejón de una población durante una madrugada. Robó un pantalón y una camisa colgados en un patio trasero. El perro se quedó mirándolo lánguidamente. Los zapatos vinieron de un basural y el dinero, de su buena memoria para recordar las apuestas. No las grandes, solo pensaba estar un par de semanas. Pero el desplazamiento lo dejó casi a un año de distancia y en otro país. En Buenos Aires, trabajó de panadero para un viejo almacenero y de guardia nocturno en una fantasmagórica morgue. Compró un boleto de bus hasta Villa Pehuenia y les pidió trabajo a unos burreros. Cruzó hacia Chile por el paso de Pino Hachado. La tercera noche, mientras Tabilo contaba una complicada historia con una china, sintió la Añoranza. “Ché, ¿qué tenés, Ernesto? Te pusiste pálido”. No respondió al nombre de inmediato, había usado tantos nombres. “Nada, Tabilo. Me parece que la pierna de cordero me cayó del orto”. El Universo tiene formas para conservar cierta unidad y todo lo que se encuentra en tránsito, vuelve pronto a su equilibrio. La Añoranza era la forma de la materia para regresar a su lugar. Un tirón en las entrañas que se va haciendo más doloroso hasta que comienzas a doblarte en el pasado|futuro y terminas en el piso de tu presente. En Santiago, encontró un arriendo barato y un puesto de medio tiempo en la cocina de un bar. Su habitación quedaba a media hora caminando de su casa de infancia.

El plan ya no le parece tan sencillo. Incluso suena descabellado, ahora que está sentado en el borde de la cama de sus padres. Aunque se lo pensó un ciento de veces. Ver la sorpresa en el rostro de su padre, contarle una historia sobre el futuro, abrazarse. Todo lo que está entre esos momentos nunca fueron abordados por él en forma satisfactoria. Jamás llegó a un acuerdo consigo mismo. Su paz mental es una ilusión que alcanzará cuando el niño que duerme en la habitación de arriba, se despierte mañana y vea a su padre. Se guarda el reloj en su chaqueta y apaga la luz y baja las escaleras. En uno de los peldaños patea una pelota de plástico que no debía estar allí. No la notó al subir, pero ahora cae un peldaño cada vez con un sonido que no sabe si es ruidoso o apagado. En un momento de pánico, piensa que debe salir ahora mismo de la casa y olvidarlo todo y dejarse llevar de vuelta a su tiempo. Mira hacia la habitación del niño y no se atreve a moverse. Si se despierta ahora y lo ve, se convertirá en un bucle de tiempo que no sabe matemáticamente cómo terminará. La pelota deja el último peldaño y rebota tres, cuatro y cinco veces hasta que se detiene contra la muralla. Espera que se encienda la luz debajo de la puerta, que se abra y aparezca el niño restregándose los ojos. Espera que la fina voz llame a su madre o padre y luego pregunte dos veces y luego grite de terror. Espera que su sangre deje de subir a su cabeza y le deje pensar con mayor claridad. Pero, finalmente, es el gato el que sale de la habitación matrimonial y baja entre sus piernas hasta encontrar la pelota. Sigue mirando la puerta de la que era su habitación, pero no pasa nada. Relaja la presión sobre el pasamanos de la escalera. Baja suavemente, con cuidado y se sienta en el sofá. Solo entonces se permite tener un pequeño momento de colapso emocional, nervioso, y solloza con una mano sobre la boca. Cierra los ojos y se reclina. El reloj de la pared indica las dos y cuarto de la madrugada.

El plan era sencillo. Salvar a sus padres de morir en un accidente vehicular la madrugada de ese día. El tiempo es tan complejo que no está claro qué pasa con las paradojas. Si simplemente se adapta y crea una nueva corriente que fluye alejándose de la original. O tu historia sigue siendo la misma, no importa cuántas veces quieras cambiarla. Su padre regresó por un motivo que ya no importa y entró a la pieza de su hijo para darle el reloj. Él siempre fue emocional cuando tomaba una copa de más. Su hijo también lo es, la emoción lo inunda cuando piensa en ellos a solas. Creció con sus tíos maternos y sus primos. Se peleó en la escuela y tuvo su primera novia a los catorce. Tuvo una perra que se llamaba Toña y generaciones de hamsters que no duraban más de dos años. Y a través de todo ese intenso viaje hacia el futuro, el reloj se mantuvo constante en la caja de sus recuerdos y, una vez que lo redescubrió a los dieciséis, ya no quiso olvidarse. Ingeniería, física, Paris y Tokio. Un doctorado en Estados Unidos y una invitación a incorporarse al Proyecto. En el Proyecto conoció a una chica y en una noche de karaoke se fueron a la cama. El test de embarazo dio positivo dos semanas después. El Proyecto luego lo eyectó treinta y tres años en lo profundo del pasado. Mareado por el vértigo temporal vomitó una bilis amarilla. El plan era sencillo, pero la cadena de eventos que lo había traído fue tan retorcida que a la luz de esa madrugada su bilis le pareció espesa y oscura.

Son veinte para las tres de la madrugada. Sueña. Con el primer día que vino a su casa. Está en la acera de enfrente y se ve a sí mismo jugando con Pancho. Hacen carreteras en el suelo del jardín para hacer pasar los convoyes de tanques plásticos y carritos de bombero hechos en China. Desde atrás, su padre le pregunta si puede ayudarle y da un salto. Se da la vuelta y enfrenta su gesto penetrante y desconfiado. No lo vio venir, fue una idiotez llegar hasta acá a plena luz del día. Y ni siquiera simulando pasar por delante, sino que plantarse como un sicópata al otro lado de la calle. Pero no pudo evitarlo, su corazón saltaba. Su padre le repite la pregunta con más intensidad. “En nada, ché. Solo ando medio perdido, llegué hoy día a Santiago y ando buscando esta dirección.” Le sonríe y le pasa la dirección del departamento que arrendó a pocas cuadras. Su padre toma el papel y lo mira, pero no pierde la cautela. “¿Argentino, eh?”. “Sí, de Entre Ríos”. Al hombre se le ilumina la cara. Ya han estado allá de vacaciones. Dos veces en un balneario a orillas del río Gualeguay. Es un truco sucio que funciona. “Bonito lugar”. “Hermoso, ni se imagina”. Su padre se relaja y apunta calle abajo: “Siga caminando unas cuatro cuadras hasta la avenida Los Pajaritos y doble a la izquierda. No estoy seguro, pero deben ser una ocho o diez cuadras”. “Muchas gracias”. Y antes de alejarse, extiende la mano. Su padre la estrecha y siente una corriente de veinte mil voltios fluyendo entre ambos. “Para servirle”, dice él y atraviesa la calle, abre la reja y se mete en la casa, mientras los niños siguen jugando.

Se despierta sin saber en donde está, con una sensación de alarma y extiende las manos para agarrar algo que solo vive en la oscuridad. ¿Cuánto tiempo se quedó dormido? Mira el reloj de pared que da las tres y cinco de la madrugada. Un auto se ha estacionado afuera. Se espabila y se prepara, las manos le tiemblan. No puede evitar respirar arrítmicamente. Mete la mano en el bolsillo de la chaqueta y encuentra el reloj macizo y real, es una fuerza que lo ayudará a enfrentar lo que viene. En Meyrin tuvo una discusión con un físico que le aseguraba que el tiempo era inflexible. El físico escribió un centenar de ecuaciones en su pizarra que aseguraba que hiciera lo que hiciera, el tiempo conservaba su forma. Se lo quedó mirando un momento y luego se fue. Trabajó un mes sobre la teoría del físico hasta descubrir un pequeño error. Por supuesto, el físico no se lo agradeció, pero no lo había hecho por él. Lo que él necesitaba no era rigurosidad, sino esperanza. Pero, ¿y ahora? No estaba seguro. El pequeño error tal vez no influía, pero nunca volvió a saber del físico para preguntarle. Los resultados del Proyecto tampoco fueron concluyentes porque las desviaciones incluidas en el flujo temporal finalmente estaban ya contenidas. Enviaron pequeños objetos cincuenta, cien años en el pasado, pero pocos sobrevivieron. Una fotografía moderna estaba en los cimientos del mismo edificio. Una cápsula del tiempo fue rescatada del fondo del Támesis. Bastaba con saber en donde buscar porque era un circuito cerrado. Conocías de antemano que iba a estar allí como en un juego adivina-qué-hace-tu-mano-derecha. Llegaron a un callejón sin salida porque para obtener resultados dimensionables debían hacer algo radical y nadie estuvo dispuesto a evitar la Primera Guerra Mundial. Pero quizás algo pequeño, personal. Su propia historia era perfecta. Se ofreció como voluntario para ser el primero en generar una gran paradoja que tal vez lo destruyera a él y también al Proyecto. No le interesó la discusión posterior sobre el método de medición de la paradoja porque sabía de antemano que era un rompecabezas. La noche de karaoke fue su despedida. Despertó al lado de Jean, asistenta ejecutiva de uno de los gerentes del Proyecto. Pelirroja, más alta y delgada, con una rosa tatuada en el dorso de su mano izquierda. La última semana hablaron sobre el niño, ella no abortaría y no le importaba su opinión. Ella argumentó que él no volvería y que era como si ya no existiera. Él no tuvo mucho qué defender. Aún no saltaba, pero la paradoja había ocurrido. Dejaría un niño detrás, preguntándose quién fue su padre.

Suda y siente una punzada suave en el pecho. Si el tiempo no permite paradojas, entonces algo le pasará. ¿La policía del tiempo? ¿Alguien en traje cromado saldrá de un portal, le disparará y arrastrará su cuerpo adentro? ¿O será más sencillo como desaparecer en el momento antes que su padre entre? Una fuerte punzada en el estómago lo inclina. Y luego pasa lentamente. Respira mejor. Son las tres y cinco. Se quiere incorporar porque es el momento de hacerlo, pero primero escucha una llave en la cerradura y entra una figura. Se queda mirando a su padre fijamente en la oscuridad, petrificado. Papá entra tambaleando y hablando por teléfono celular. Se detiene un segundo en el umbral y luego camina directo a la cocina. Tropieza con una silla y se ríe, alguien en el otro lado de la línea le da instrucciones. No, no lo encuentro, Marta, dice y sigue buscando. En el sofá, la fuerza de gravedad lo aplasta, le impide acercarse a su padre. Se siente detrás de una pecera desde donde el exterior parece tan extraño que no tiene nada que ver con él. Esto no está ocurriendo, le sucede a otro y él es solo el espectador. ¿Pero por qué su cuerpo parece una cuerda de guitarra? Esa sensación tan familiar que es el miedo y que lo ha acompañado desde la infancia, desde que sus padres desaparecieron de su vida. ¡Lo encontré!, dice el hombre del celular, vuelvo al auto y nos vamos de nuevo a la fiesta. Sale de la cocina con una botella de champaña, cruza el living y choca con el umbral y vuelve a reír. Su padre, siempre tan alegre con unas copas de más. La puerta se cierra y escucha el ruido del motor alejándose. Son las tres y diez de la madrugada.

Jamás llegó a acercarse a las escaleras.

Suda. Dolor de cabeza. Temblor de piernas. Y en todo ese caos, no entiende qué ha ocurrido. ¿Cuántos pasados pueden existir? ¿A cuántos pasados se puede volver? Y aún no sabe si el tiempo es inflexible. Otra punzada en el estómago, tiene que salir de la casa y volver a su departamento y pensar. Pensar en qué dirá cuando vuelva al Proyecto. En que no es posible demostrar nada porque todos los resultados apuntan a bucles cerrados. Entonces como ahora, sus padres están muertos en el mismo accidente y el reloj. El reloj. El reloj. El reloj. Su cuerpo deja de quejarse, en su cabeza ha encajado una idea. Se levanta del sofá y sube las escaleras ya sin querer ser invisible. Se debilita a cada paso. Se detiene ante la habitación del niño y saca el reloj. Abre la puerta y adentro la oscuridad parcial le da la sensación de estar mirando kilómetros de abismo. El futuro es un abismo, caer durante años, buscando una explicación para un solo momento sublime entre él y el hombre que nunca subió a verle. Sobrevivir no fue una ventaja y se permite un pensamiento sombrío: ¿es suicidio matar a un niño; pensó lo mismo su otro yo, treinta y tres años atrás en su pasado, pero se acobardó? Su vida era un bucle cerrado porque así lo ordena el universo. Hasta hoy, porque ya no teme a las paradojas. Son las tres con catorce minutos de la madrugada.

Hace frío en la calle. O es el sudor que se hiela en su piel. El dolor en su estómago se incrementa y quiere ir a un hospital. Pero sigue caminando calle abajo automáticamente. No hay nadie para verlo marchar como borracho y solo un perro le ladra en una de las casas. Siente que se desvanece de momento en momento. Atraviesa una cancha de fútbol y llega a la avenida que es un río de bestias gigantescas de acero a esa hora. Los camiones lo ignoran. Se detiene y apoya en la estructura de un basurero público. Ya no hay tiempo, le dice su cuerpo. Su mente todavía retiene la imagen azul del niño durmiendo. Él no es un asesino. Cerró la puerta y se marchó, una paradoja tan sencilla. Saca el reloj y lo mira por última vez. Lo deja caer en el basurero. No hay ningún ruido, como en un pozo que no tiene fondo. Su cabeza se despeja y siente que algo viene. Abre la boca en un gesto de dolor, se dobla sobre sí mismo. Se derrumba, pero no alcanza a tocar el suelo.


Luis Saavedra Vargas (Santiago, Chile, 1971). Fue director del fanzine de ciencia ficción chileno Fobos (1998-2004) y editor de las antologías de ciencia ficción Púlsares (2002-2004). Sus relatos han sido publicados en Años luz (Chile); la antología digital Schegge Di Futuro (Italia); y Dimension Latino (Francia); entre otros. Su cuento “Ol’fairies Bar” fue finalista en el concurso Domingo Santos 2005 (España). Es miembro fundador del Grupo Poliedro, dedicado a la literatura fantástica, y su primer libro en solitario salió en 2021 llamado Lentos Animales Interdimensionales.

sábado, 18 de abril de 2026

BRINCADOR EN EL JARDÍN DE MUNDOS

Luis Saavedra

 

Salta brinca salta. Retrae tus extremidades hacia la masa de tu cuerpo. Toda tú se tensa y tu abdomen comienza a bullir de reacciones químicas. Líquidos y gases que se acumulan en tu vejiga. Te hinchas lentamente del amor a la Flor fétida. Salta brinca salta. Caíste a este nuevo mundo siguiendo a la Flor fétida, la escuchaste a través de los años luz. Vengan, amadas; síganme, amados. Te quemaste, apenas si diste un quejido, pero sentiste los murmullos de todos los tuyos, cayendo sobre el mundo desde la era del sueño. Desde un agujero largo y blanco que devora las distancias del universo. Miles regurgitadas, las cosechadoras. En el circuito de tu ciclo de vida, la linfa comenzó a moverse en ti, demandando. Luego, liberaste todo el amor de la Flor fétida. El aire y la tierra y el agua, la dulce fetidez impregnada en todo. Agotada, descansaste otro momento. Salta brinca salta. Recién llegada al dulce mundo. Toda la horda y tú son las cosechadoras. Jugando el juego antiguo y cósmico. Oler la esencia de la Flor fétida entre las estrellas, infecciosa, irresistible, hermosa. Llegar a donde ella va. Eres gigantesca aquí y pequeña en el último mundo. Qué importa, siempre es el mismo resultado. Salta brinca salta. Pasan edades, traslaciones ocurren. Coraza ardiendo, coraza al cero. Soles que caen y lunas que suben, rayan el cielo. Duermes un sueño efímero en el filo de tu ser, mientras que la Flor fétida conjura su amor sobre el joven mundo rojo. Tu alma se ha convertido en filigrana de un fuego frío, tenue cristal vaporoso. Salta brinca salta. Aún no, paciencia. Te pones más verde y revives, se estiran tus estrías por la presión interior. Resistes siete estaciones en este mundo, cuatro en otro. Todo varía cada vez. Porque siempre la Flor fétida tiene tantos escenarios, ella se adapta. Y en todos, su dulce aroma de destrucción te llama. Salta brinca salta. Toda tú se agarrota y parece explotar. Toda tú repleta del amor por la Flor, sintiendo cada vez más el hambre punzador en miles de puntos. Una presión voraz, que luego germinará bajo este cielo. Verde cuerpo, estrías más verde, ahora casi traslúcido. El dolor te place, siempre es posible tener otro poco de dolor. Salta brinca salta. Ya pronto, no hay apuro. ¿Cuántos saltos puedes recordar? Virtualmente ninguno; no por ti misma, las cosechadoras tal vez. Granos de hierro atraídos por imán a través de un mar de soles. Tu vida ha suspirado bajo mil cielos. Azules, rojos, amarillos. Ultravioletas, radiales, infrarrojos. Qué portento poder verlos y recordarlos; no tú, las cosechadoras tal vez. Salta brinca salta. No es posible hoy, los centinelas no han graznado. No puedes oler nada si no es a través de ellos, los hipersensibles. Sus largas extensiones cosquilleando el aire enrarecido, hasta casi tocar el vacío. Atentos. Ninguno ha gritado aún. Te expandes incómoda un poco más, verde más verde. Hambre y más hambre. Aún toda la sangre de un mundo rojo no satisface a las cosechadoras cuando están hambrientas. Salta brinca salta. Fue un nuevo mundo éste. Vigoroso volcánico vibrante. Mundo de tonalidad roja. Flora y fauna de sangre. Sus entrañas explotando y los cielos llenos de su melena carbónica. Pero llegó la tecnología de la Flor Fétida, atravesando la galaxia como una saeta. Convocó a sus agentes desde el agujero largo y blanco. Los invisibles agentes, plásticos tetradimensionales, inmensos como planicies, vomitaron las semillas de la Flor fétida. Y el mundo rojo quedó preñado de la condenación del verde. Salta brinca salta. El momento ha llegado al fin. Tú y la horda pueden ya comer. El amor de la Flor fétida ha aletargado las defensas del mundo rojo. El ciclo industrial y ciego de las cosechadoras envuelve y devora al rojo con colmillos que succionan, luego lo transmuta y lo regurgita. Rompe los enlaces químicos, lo recombinarlo. Todo tenía un sabor dulce para ti. Apagar la vida roja, consumirla mientras se retuerce. Es el placer del dolor. Salta brinca salta. El mundo rojo pasó a pardo pardo. Se apagó el rojo enemigo y solo queda una delgada capa de vómito que corrompe al mundo. Y tú feliz feliz. Y de nuevo al sueño. Al tiempo de la espera. Un mundo en donde nada más que tú y las cosechadoras se mueven. No ves los centinelas y sus dedos largos largos. No ves las cosechadoras durmiendo, ahora enormes enormes, verdes. No ves la fina capa de vómito cuarteándose bajo el sol blanco viejo. Esperas, esperanza, esperador. Salta brinca salta. Llegan primero como sembradores, se van hacia el siguiente mundo. Vuelven cuando la fina capa madura y vuelve esencia del verde. Llegan alados, siempre adelante detrás, los mismos gigantes sembradores. En su segunda venida, segadores. Agentes. Fantasmas traslúcidos, ectoplasma que besa frío. Organización cadavérica de luz. Enormes silenciosos angélicos. Absorbiendo la dulce dulce esencia del verde, recolectando. Descienden sobre ti; no, sobre las cosechadoras. Velo que humedece y sexo que penetra, recompensándolas. Salta brinca salta. Si supieras si supieras. Pero no, sueñas y te hinchas en la ignorancia. Los agentes absorbiendo el vómito y celebrando el amor de la Flor fétida. Orgasmo eléctrico atómico. La dulce fetidez se diluye en la atmósfera y comienza a cambiar. El mundo cambia, la sangre seca cambia. El mundo era rojo, ahora es verde. El verde que crece lujurioso sobre las cosechadoras. Salta brinca salta. Los agentes dejan de copular. Se levantan en oleadas fractales y atacan las cuatro dimensiones. Presencias perpendiculares en planos paralelos. Ascienden alejándose de toda radiación allá abajo. El mundo ahora acogedor verde que refleja el rojo hacia el vacío. Se van espectrales por el agujero largo y blanco. ¿Te enteras hacia a dónde? Salta brinca salta. Verde que fue rojo. Ahora está bien, el rojo enemigo ha muerto. Verde profundidad y relámpago. Enredándose hacia las entrañas volcánicas, verde. Las cosechadoras y tú, verde. Sigues durmiendo y ya no queda esencia que impregne. Toda tú se detiene, esperando. El brillo de fuego en tu centro. La dulce fetidez que ha triunfado. Salta brinca salta. El grito centinela atraviesa y rompe el himen de la inercia. El verde se remueve y despereza. Estallidos de gas y remolinos en el aire. Hay alguna otra parte que espera. El agujero largo y blanco espera. Salta brinca salta. Cuánta dulce fetidez en el universo ha dejado astros marchitos en esta guerra entre el rojo y el verde. Destrucción renovación. Una cifra no-euclidiana de planetas en el universo ordeñados. Migraciones soñadoras atravesando el vacío, cabalgando los intestinos del espacio que hay dentro del espacio. Arañazos apenas en un infinito frío. La guerra última es contra el olvido y la entropía. Salta brinca salta. Ahora sí, puedes. La Flor fétida te llama desde otro mundo. La Flor deseada y amante que extiende sus dedos infraespaciales hacia ti. Te masturba. Revientan los músculos de tus extremidades. Te impulsan hacia arriba. Te excitas y eyaculas lo que guardas en la vejiga. Semen inocuo impulsor que te lleva a velocidad de escape. Toda tú y las cosechadoras, horda en movimiento. Turbulencia y grito, relámpago orgasmo verde. Precipitándote al agujero largo y blanco. Salta. Brinca. Salta. El espacio está ciego, pero el camino es claro y dulce fetidez y feliz destrucción. Te agotas, te adormilas. Vuelves al no tiempo que es un suspiro.

Luis Saavedra Vargas (Santiago, Chile, 1971). Fue director del fanzine de ciencia ficción chileno Fobos (1998-2004) y editor de las antologías de ciencia ficción Púlsares (2002-2004). Sus relatos han sido publicados en Años luz (Chile); la antología digital Schegge Di Futuro (Italia); y Dimension Latino (Francia); entre otros. Su cuento “Ol’fairies Bar” fue finalista en el concurso Domingo Santos 2005 (España). Es miembro fundador del Grupo Poliedro, dedicado a la literatura fantástica, y su primer libro en solitario salió en 2021 llamado Lentos Animales Interdimensionales.

viernes, 19 de diciembre de 2025

ESFERAS DE CAREY

Luis Saavedra

 

Para Michael Ende. El que avisa no es traidor.

 

 

Antoinette lleva un vestido largo y negro de encajes. El vestido es suave y reluce con brillos vinosos cada vez que ella hace un movimiento, la tela se extiende a sus pies hasta el infinito de la habitación y sube por las paredes, allá a lo lejos. Seguramente, cuando levantes la cabeza la verás por todo el cielo hasta donde la vista te alcance, envolviéndote. Sin embargo, hay luz como si fuera de día y eso es algo que no puedes explicarte porque no hay sol ni luna que alumbre, ni foco o incendio que arda. También corre una brisa, como de la tarde, fresca y rebosante de buenos presagios que mueve las cosas frágiles con delicadeza, mientras crecen las espigas de un pasto sin color. Si escuchas bien podrás precisar los sonidos de unas gaviotas lejanas graznando y un violín murmurando una dulce melodía eslava. Hay dos sillas barrocas y esbeltas, orgullosas de su origen, de una caoba acaramelada y respaldar de cuero repujado en la figura de un dragón chino. Junto a las dos sillas hay una mesa de cristal de tres patas y en la mesa un conjunto de platería fina para tomar el té.

Tomamos el té con Antoinette.

Ella se sienta muy derecha, mirándome fijamente, esperando que yo haga alguna pregunta o responda alguna respuesta, ya no lo recuerdo claramente. No es que sea importante, pero si ustedes preguntaran cuánto llevamos en este sitio yo no sabría qué responder y Antoinette ni siquiera les miraría. En realidad, el tiempo no importa aquí puesto que no pasa como lo hace en las oficinas o en el amor; sencillamente languidece en grandes gotas escurriéndose por el vestido negro y suave y se acumula en grandes charcos que se evaporan para condensarse de nuevo. En cuánto a ella, no podría describir ser más bello. Las manos de Antoinette contrastan violentamente contra el género de su falda porque son blancas y finas con unos dedos delgados y ahusados con bellísimas y casi invisibles filigranas azules y rosadas con uñas traslúcidas, dando al conjunto una sensación de improbabilidad y desaparición. Su rostro como un gajo de uva estilizado comparte la misma cualidad de las manos y sus ojos son grandes y negros, tanto que resultan azabaches, pero no como su vestido sino con un ligero brillo de vivo fuego; en ellos es fácil encontrar tu reflejo y fácil perderte, también. Su pelo negro cae hacia atrás hasta un lugar en su espalda que no puedo ver, y solo un mechón ralo se enrosca sobre sus pechos pequeños como palomas durmientes. Tiene unos labios curvos y ligeramente rosados que dan la apariencia de una sonrisa, pero no irónica sino pacífica como diciéndote “No tengas miedo, confía en mí”. Yo acato esa orden sin ningún reparo y tú también deberías hacerlo.

Es fácil enamorarse de Antoinette.

Toma la taza más cercana y se la lleva a los labios y bebe un pequeño sorbo. Se lleva una mano al pecho como si el esfuerzo de degustar el líquido fuera demasiado; me preocupo innecesariamente porque al otro instante se recupera y ya todo está bien. Le pregunto si alguna vez ha estado fuera de la habitación y me contesta que ya esa pregunta la he hecho antes, muchas veces antes, pero yo no me acuerdo y estoy condenado a hacerlo muchas veces después. Me disculpo y le hago otra pregunta. Cuando sea necesario, me responde y sonríe e inclina la cabeza, ocultando un albur sobre sus mejillas. Siento que la amo más que nunca y yo también bajo la cabeza. Bebo un sorbo de mi taza para no tener que tomarme las manos en un gesto de impaciencia. Antoinette tiene un bolsillo amplio. Ella pregunta y yo le respondo que nunca ha sido así, que en realidad no me preocupa morir siempre y cuando la última imagen sea ella. Antoinette pregunta y yo le respondo que no tengo mucha fe en nada y que hace tiempo que dejé de vivir en el mundo de la gente normal y que ahora llevo una ligera melancolía encima. Ella pregunta y yo le respondo que me gustaría volver a tener 10 ó 5 ó nada de años, hasta ser solo una mota de polvo que ella respire. A continuación, ella introduce su mano en un pliegue de su vestido y saca una esfera que flota y gira en la palma y emite un albedo que se difumina en el espacio. Ella extiende el brazo para ofrecérmelo y yo lo recibo con ambas manos ahuecadas. Me dice que las esferas son tan frágiles que el solo soplar sobre ellas las despojaría de su luz y se congelarían, de modo que la atraigo hacia mí con el mayor de los cuidados y la observo detenidamente. Al principio solo se distingue una pálida esfera amarilla que gira sobre un eje muy inclinado, casi horizontal, y desprende una nube de polvillo como irisado que mancha mis palmas. Antoinette me señala que mire más de cerca o me perdería los detalles. Veo campos de una hierba amarilla infinitos y vías de un agua azulenca lleno de peces de colores eléctricos. Seres parecidos a palmeras se mueven lentamente siguiendo una línea invisible, en manada, dejando tras de sí una herida en el territorio. La herida se llena prontamente de hierba y ya no hay huella del paso de los ciclópeos. Hay muchas manadas en toda la esfera que parecen converger en el mismo sitio: un edificio en forma de pirámide babilónica con incontables mesetas, descansos y escalinatas. Está tallado en una piedra blanca con vetas negras como una cucharada de chocolate disuelta en leche y adornada de estatuas de dioses de cuernos terribles, que adoptan posiciones de tal modo que el conjunto cuenta una historia muy antigua, tan antigua como el mundo amarillo. Pero cada vez que una manada entra en la avenida que lleva a la puerta de la pirámide, ésta desaparece dejando solo el paisaje de hierbas infinitas; inmediatamente aparece en otra parte de la esfera con su misma grandeza. Todas las manadas parecen darse cuenta porque al unísono cambian su dirección y toman otras líneas invisibles y convergentes; todas menos la manada que alcanzó la avenida. Yacen impávidos y desalentados se dejan morir, languideciendo, hasta que el último cae marchito. Ella dice que no hay nada más triste que el tiempo de esperar la muerte; yo no recuerdo si mi tiempo fue precisamente ese, hace mucho. Su mano danza sobre las mías y el mundo amarillo se va con ella hechizado por su belleza, y es tragado por un pliegue placentario. Uno no puede enojarse con Antoinette. Uno no puede, en serio. Si tú vinieras con una inmensa furia y te encontrases con ella lo único que lograrías es levantar una mano y tratar de descargársela en la cara, pero en ese momento tendrías que mirarla a los ojos y todo se volvería impreciso y ya no recordarías porqué tienes la mano alzada, ¿quizás para bailar? Ella toma un traguito del té y es como si fuera veneno porque arruga el entrecejo y por un momento su faz se transforma con el dolor. Pero nada, vuelve a su pacífica existencia y me regala una sonrisa, viendo mi incertidumbre. Luego dice, a veces es necesario morir un poco. Por supuesto que lo sé, le respondo. Toma una nueva esfera que reluce con una luz negra, un borde de intenso negro que casi no deja distinguir que la bola es tan pulida y sin accidentes que es como una inmensa loza de porcelana, surcada por fracturas perfectas y geométricas que forman diseños desde arriba. Sus habitantes jamás lo han sabido ni lo sabrán porque sus preocupaciones los mantienen en constante movimiento. Me acerco más a la mano extendida de Antoinette y veo una estatua blanca en el paisaje curvo: representa un héroe blandiendo una espada hacia el cielo, mientras que algunos seres, pequeños y sin rasgos definidos debido a que se mueven a mucha velocidad, se detienen un momento y le dan una oración para partir al siguiente; no vuelven más. En su base, hay una placa conmemorativa, pero el agua y el viento han suavizado tanto el bajorrelieve que ahora es difícil adivinar si aquella es una letra “A” o ésa una “K”. El mismo efecto ha tenido sobre el rostro del héroe que ahora cada oferente se imagina el rostro que más le acomoda. Sin embargo, está rodeada de racimos de flores marchitas y plegarias escritas con mano presurosa; a todo su alrededor hay monedas de todos los colores y formas y vasijas con órganos de ganado, y en el suelo han dibujado paradigmas con tizas de colores que se entrelazan unos con otros. El héroe sin rostro es esporádicamente visitado, rápidamente como la muerte en una navaja, y cuando está solo baja de su sitial y encaja profundamente la espada en la cerámica negra del suelo. Ahora corre un viento más intranquilo con presagios de malos sueños. La luz se ha vuelto crepuscular y siento un poco de frío. Pero eso a ella la tiene sin cuidado: mientras que a mí la atmósfera me ha obligado a ponerme un abrigo y un sombrero, ella permanece inmutada y pacífica. No hay nada malo en Antoinette. Ella es el reflejo de las cosas y su totalidad solo puede dar como resultado algo eterno, inmutable... Ahora viene flotando hacia mí una esfera azul, sin intervención de nadie; parece haber venido de ninguna parte, pero sé que algún pliegue de su vestido se ha descorrido como un velo y la ha liberado. Ella parece no notarlo porque ahora parece ensimismada en la observación de una esfera verde que gira muy rápidamente, en su palma. La esfera azul ha tomado un aire muy sereno con un eje un poco inclinado y unas nubes se deslizan por su superficie, el azul se lo dan los mares que ocupan todo a excepción de una isla pequeña pero plagada de seres que caminan en dos patas. La isla no tiene mayor vegetación y los seres se mueven cerca de las playas donde descansan y pescan. Parecen llevar una buena vida, pero la mayoría muere violentamente ahogadas, mutiladas por enredaderas marinas y atrapadas por enormes bocas desdentadas. Sin embargo, hacia el centro de la isla hay una construcción monótona, baja y cuadrada que desentona con el color terracota del terreno. La habitación, que así la podríamos llamar, posee una única ventana sin puertas ni otros accesos y el interior no se divisa bien. Adentro, y si te acostumbras a la oscuridad, verás a un hombre sentado ante una máquina de escribir antigua que teclea lentamente palabras. Parece visiblemente desganado porque tiene los hombros hundidos, la cabeza inclinada y sus movimientos indecisos pesan toneladas. Viste una sencilla tenida de dos partes y del cuello le cuelga una pieza de tela negra y estrecha por delante. Hay silencio en la habitación, a excepción de algunos carraspeos y las teclas que disparan sonidos secos sobre el papel que hacen más alienante la atmósfera. El hombre se acomoda mejor en la silla. No le puedo ver el rostro pero puedo distinguir su complexión delgada y su piel blanca, casi mortecina. Tiene el pelo de un color castaño desvaído que cae en mechones simétricos. De pronto, el hombre se detiene en medio de una frase y se va irguiendo lentamente, toma la posición de alguien que escucha el rumor de un motor lejano, quizás evoca el sabor de un helado a los cinco años. Yo permanezco sin respirar siquiera y presiento que estoy importunando en su tarea, aunque sé que no es así: yo aquí soy menos que un fantasma en esta esfera. Pero la tensión continúa y me veo obligado a alejarme un poco; justo en ese momento, el hombre se voltea y me mira fijamente. Reconozco inmediatamente ese rostro, a pesar que sus ojos y boca están cerrados por unas coseduras de un hilo espartano. Husmea el aire como un topo y me localiza y espera algo de mí. Tengo un momento de revelación y después nada, pero ha sido suficiente para sentir lástima por esa criatura atada a sus trabajos estúpidos... Como no hay nada más que ver lo abandono y él vuelve a teclear en la máquina lo que desde hace eones está condenado a escribir: “Soy y no puedo ser”.

Vuelvo a mi asiento y la esfera azul comienza a retirarse hasta el borde donde el vestido de Antoinette cae en un abismo sin posibilidad de ver el fondo. La esfera cae. Me angustia saber que con la bola se va el hombre que escribe y tengo deseos de levantarme y seguir su trayectoria, pero está ella y me mira con ojos que me retienen. Sus manos están sobre sus faldas, con las palmas hacia arriba. Si quizás tú estuvieras aquí te habrías ido con una pregunta respondida y te alejarías hasta el borde aterciopelado desde donde ya no hay nada, y te lanzarías al espacio hasta convertirte en un punto de luz. Pero ya no sirve para mí, yo no tengo memoria. Antoinette lleva un vestido largo y negro de encajes y yo estoy con ella.

Luis Saavedra Vargas (Santiago, Chile, 1971). Fue director del fanzine de ciencia ficción chileno Fobos (1998-2004) y editor de las antologías de ciencia ficción Púlsares (2002-2004). Sus relatos han sido publicados en Años luz (Chile); la antología digital Schegge Di Futuro (Italia); y Dimension Latino (Francia); entre otros. Su cuento “Ol’fairies Bar” fue finalista en el concurso Domingo Santos 2005 (España). Es miembro fundador del Grupo Poliedro, dedicado a la literatura fantástica, y su primer libro en solitario salió en 2021 llamado Lentos Animales Interdimensionales.

martes, 11 de noviembre de 2025

UNA MÁSCARA PARA ROBERTO

Luis Saavedra

 

Un día, al final de la tarde, llegaron los visitantes. Al principio fueron motas en la distancia de los cerros y luego insectos negros que se hacían más grandes hasta que se cruzaban con el primer campesino. Lo único que hacían era recorrer el pueblo y su única calle. Tres años habían pasado desde el primer verano y nadie podía explicárselo.

Vestían de gabardina, con las manos en los bolsillos y pantalones que llegaban hasta zapatos negros de horma angosta. Altos, más bien estilizados, se movían con un pie adelante del otro pero la gente nunca decía que caminaban, no hablaban y no demostraban interés en nada. Lo más inquietante en ellos eran las máscaras: gatos, perros, corderos, solamente animales, que dejaban al descubierto las pálidas orejas que parecían recubiertas de un plástico brillante. Al atardecer, todos se volvían a mirar el cielo, a un punto fijo en el espacio profundo.

Roberto era el hijo menor de los Castro y desde los once vivía en la casa de los abuelos. A las cuatro volvía de la escuela siguiendo el camino rural, se cambiaba de ropa y salía a jugar. La rutina se hacía agradable esos días porque venía la navidad y después las vacaciones de verano. Su abuela preparaba los mejores alfajores y su abuelo contaba las mejores historias. La más terrorífica fue aquella cuando el abuelo vio a su primer visitante, arrodillado sobre una oveja.

Entonces solo eran un rumor, un punto por debajo de las apariciones del cola’e flecha y la novia que llora en las noches de luna llena. Pero el viejo ya lo conocía y la gente como él es cautelosa con los rumores. Se detuvo en el límite del claro donde lo vio y no tuvo miedo porque era mediodía y más allá estaba el camino a Pueblo de las Arañas. Pero al ver la oveja muerta con la mirada opaca y la boca entreabierta de dientes amarillos, supo que estaba en el momento equivocado. Tenía el vellón del estómago negro de su propia sangre y la tierra estaba húmeda. El extraño había dejado los órganos internos alrededor de la oveja y se movía con curiosidad de uno a otro, las manos enguantadas teñidas del carmín intenso. Tomó el intestino pálido y lo observó como leyéndolo, y luego el hígado, acercándolo a su máscara hasta casi tocar el plástico. Luego vino lo más extraño: acercó sus manos a la cabeza ovina y el cadáver se sacudió como los perros cuando tienen sueños de muerte. El aire se llenó de malos humores y la intensidad de la luz se hizo débil. La oveja soltó un balido bajo e intenso que se metió en la nuca del viejo y reverberó en su pecho hasta helarle el corazón. El espacio palpitó, los árboles se contrajeron como garras cerrándose y la hierba que rodeaba al viejo fueron tensas cuerdas de guitarra. Duró solo hasta que el aire en los pulmones del animal se acabó y volvió a la paz de su muerte. Entonces el viejo escuchó al perro y su amo viniendo por el otro lado del claro. El visitante se irguió y luego buscó la mirada del viejo, que por primera vez reparó en la máscara que llevaba. El tigre de caricatura sonreía con una lengua roja y colmillos, donde estaban los ojos alcanzó a divisar algo parecido al brillo de la mirada de los gatos en la oscuridad. El visitante retrocedió y se perdió entre las sombras de la maleza sin siquiera agitarla, y justo después, el amo del perro encontró al viejo pálido y temblando. Era don Matías, también dueño de la oveja, que lo tranquilizó y le explicó que la habían matado por la noche una jauría de perros vagos del basural, al otro lado del pueblo.

Era la mejor historia, la que hacía que Roberto no durmiera en la noche, la que se contaban los chiquillos al final de las pichangas, cuando se sentaban al atardecer y la luz se moría de a poco. Roberto no esperaba que su abuelo le contara una mejor historia y le rogaba al Niño Jesús y la Virgen María jamás cruzarse con un visitante.

Hacía tanto calor que caminaba en forma automática y no se dio cuenta hasta que la insistente sensación en la nuca lo obligó a darse vuelta. No vio nada, pero algo le dijo que la maleza estaba muy quieta y los pájaros no volaban sino que huían. Roberto continuó otro rato por el camino árido que ondeaba en la distancia y se puso a pensar que el día siguiente le tocaba irse con los papás, a Santiago. Un niño en un viaje de dos horas se aburría, pero había encontrado la forma de seguir el ejemplo de su abuelo dibujando historias en un cuaderno con una portada de Ben10. Llevaba cinco cuentos en los que aparecían muertos, caballos del diablo, gente malvada que caía en grietas ígneas y heroínas que terminaban medio desnudas. Un cuento contaba la historia del Berto, que vivía en el campo porque sus papás no podían tener a todos sus hijos en la casa, y que prefería quedarse en Pueblo de las Arañas con los muertos, la gente malvada y las heroínas. Cuando pasó frente a la chacra del Negro Mañaña, lo vio arrancando lechugas y le gritó un saludo. El hombre traía desde chico el paladar escindido y nunca pudo pronunciar bien una frase sin intercalar eñes, por eso el apodo, por eso tampoco esa vez pudo entender lo que dijo ni por qué se puso tan serio. Solo cuando el Mañaña apuntó hacia un espacio detrás suyo y miró, entendió tanta seriedad.

La máscara era de una de las Urracas Parlanchinas y estaba como a veinte metros, vestía una polera de mangas largas que le cubrían las manos y pantalones negros que le cubrían los pies. Inclinó la cabeza hacia un lado, como si le preguntara algo, y luego se comió la distancia de una sola zancada quedando a un metro escaso del niño. Era muy alto y pensó en un arco que se curvaba sobre él hasta casi tapar el sol. Roberto no se movió, no podía, y solo se acordó de rezar mirando dentro de los agujeros negros de la máscara, donde debían estar los ojos. El Mañaña retrocedió un par de pasos, le gritó histéricamente al niño que iba a buscar a sus abuelos e inició una huida rodeando la casa. Podía escuchar la respiración del visitante y ver el cabello negro y liso pegado al cráneo, las orejas eran apéndices irreales de porcelana. La brisa paró por completo y el calor se volvió más intenso y hasta el sonido de la naturaleza hizo una pausa como una inhalación, como si esperara. Intentó un tímido hola que subió como acidez por su garganta y no alcanzó a salir. El visitante entonces fue levantando un brazo, dejando que la manga retrocediera hasta descubrir una mano blanca y esquelética llena de pequeñas arrugas que la cruzaban como una superficie lunar. El niño se puso a sollozar y a mover la cabeza, intentó huir pero el otro fue más rápido y lo aferró de un brazo con esa mano terrible y pétrea. El dolor le impidió zafarse y solo atinó a llorar más fuerte hasta que apareció la otra mano, en el centro de la palma tenía un espolón pequeño y azul que fue a clavarse con violencia en la palma del brazo secuestrado de Roberto. Un horror animal y doloroso sacudió el cuerpo del niño con espasmos y sonidos guturales que iban en intensidad. Las funciones cognitivas dejaron de darle sentido al mundo y vio tres fogonazos de luz intensa que previeron el colapso de la sinapsis. Un muro de ladrillo negro sepultó su cerebro.

Rojo, rojo intenso. Ultravioleta. Verde, amarillo. Una oleada de oscuridad que le lamió el rostro. Blanco violento arañó sus ojos. Colores pulsátiles que transmitían el frío del espacio entre átomos y el calor del centro de una estrella de neutrones. Fue apuñalado por un arco-iris que transmitía exaflops de datos y sobrecargaba su interfaz sensorial. El caos se transformó en un mundo de tonos azules, fríos y eléctricos, y volvió a haber cierta coherencia. Roberto despertó en el fondo del mar, aunque seguía al lado del visitante y reconocía la chacra y el viejo camino. Pero las cosas eran diferentes, como si alguien hubiera reconstruido todo, alguien que no conocía un árbol y seguía las instrucciones de un libro. Los detalles eran precisos: de alguna manera conocía todo a su alrededor en una mirada de 365 grados, de alguna manera podía sentir las fluctuaciones de energía trasponiendo la materia. Sabía que detrás de la casa estaba el Mañaña corriendo a una velocidad increíblemente lenta y que la Abuela estaba detenida con las manos hundidas en la masa del pan y que su Abuelo venía por el otro camino viejo. Y también veía los millones de enlaces entre esas tres personas y el resto y su entorno hasta llegar a la Gestalt planetaria. Luego estaba el visitante y, donde hubo máscara, ahora solo existía una singularidad de información que no soportaba “ver” directamente. Pero seguía atado a él en más de un sentido y su presencia se filtraba hasta su ser. Sin embargo, Roberto no entendía, pero tampoco tenía miedo porque no le importaba. Su experiencia era distante como si estuviera detrás de un cristal grueso, un pez mirando el acuario de enfrente.

La percepción se agitó como si fuera una cortina de agua interrumpida por una piedra y cambió de foco. Se disgregó y Roberto cayó entre los espacios moleculares hasta una planicie hecha de pelotas de ping-pong, bañada en una luz crepuscular. Arriba, el cielo era una bóveda que lo envolvía como en una ilustración medieval. En el horizonte había un evento difuso, que presentía inestable, caótico, y que recombinaba cada tanto las pelotas de ping-pong de la planicie, dejando escapar volutas microscópicamente gigantes de energía que se manifestaban en lenguas fantasmales y radiactivas de colores ultraterrenos, que vivían solo un par de violentos microsegundos. De alguna manera, sabía que acercarse significaba exponerse a una zona en la que las leyes físicas eran inmaduras o no-constantes o limítrofes o caprichosas. No logró fijar el concepto, pero la advertencia la presentía con cada pico de actividad: se erizaba involuntariamente como si su cerebro reptil lograra descifrar la falta de orden natural. Sin prisa, se alejó del evento hacia ninguna parte, pero las oleadas lo alcanzaban con mayor regularidad e intensidad estrellándose en su espalda, hasta que se encontró corriendo justo por delante de la onda recombinatoria que devoraba la planicie. Entonces, divisó los diamantes que irradiaban una luz lechosa y que se encontraban alineados uno al lado del otro como una frontera imaginaria. Apretó la carrera y cayó al otro lado, se dio vuelta y ahí estaban los diamantes conteniendo el caos. Estaba a salvo, la frontera era más bien un cerco que evitaba el avance. Alguien lo había puesto allí, alguien que sabía que existía ese error infinitesimal, potencialmente destructor.

Otra vez el foco saltó las escalas y viajó atravesando nubes cósmicas y soles chillones, dejó atrás la última definición de objeto luminoso hasta alcanzar una roca oscura. Antigua y degradada se había convertido en una ceniza etérea que bailaba en el borde del universo. Se internó por sus bóvedas laberínticas hasta encontrar ángeles con forma de mantarraya que lo acompañaron hasta una cámara central. También ellos eran extranjeros, también llegaron atraídos por una intuición que no sabían explicar. En la cámara, miles de auroras boreales circulares latían superpuestas en forma asíncrona, una luz tan pura pero cansada que solo era la sombra de algo glorioso. El fantasma de un púlsar. Un reflejo en un espejo empañado. Y otra vez su cerebro reptil se erizó, reconociendo el caos aterrador. Los ángeles se abrieron paso a través de los campos pulsátiles hasta comprender el mecanismo de relojería que realmente era y cayeron en la cuenta de que las cenizas pertenecieron a un primer ser: el creador falible cuyo único error yacía en un corazón devorador. Maravillados, descerrajaron la trampa y los pequeños cristales que formaban la frontera se esfumaron en una lluvia de lentejuelas. Roberto gritó una advertencia y luego la gloria del dragón fundió los exploradores y la roca negra.

Se alejó huyendo hasta dar con el espacio civilizado de los ángeles: un planeta hecho de sus cuerpos de mantarraya con una noosfera saturada de ideogramas aterrados. El dragón se acercaba al universo masticando enloquecido su margen y no sabían cómo detenerlo. Bandas de colores violentos recorrieron el planeta hasta alcanzar un acuerdo y millones de esferas ígneas saltaron al aire hacia todas las galaxias conocidas. Se unió a la estela de un grupo y como en una película que se acelera a cada segundo, atravesó el espacio de regreso al Sol, a la Tierra, América, Chile. Bajó por las faldas de los cerros y adquirió forma local y siguió al animal pequeño e incomprensible y se unió a él para preguntarle.

El visitanteroberto rompió su consistencia.

El shock lo atravesó con látigos eléctricos que flagelaron su córtex. Perdió el control total de su cuerpo azotándose contra el suelo, mientras volvía al mundo de origen. Fue acribillado por las imágenes del visitante retirando la mano pétrea-alejándose-perdiéndose. Cuando la abuela lo encontró y miró dentro de sus ojos y encontró un vacío intenso, ella supo, con toda esa carga de vieja crecida entre mito y campo, que no podía seguir en Pueblo de las Arañas. Lo arropó y miró fijamente al Mañaña durante un feroz segundo: “Aquí no pasó ná, ya sabís, o te las vai a ver conmigo si hablai”. El hombre se limitó a mover afirmativamente la cabeza, clavado por el horror religioso. A los papás les dijeron que fue el shock eléctrico de una línea de alta tensión y que el niño podía tener daño colateral más adelante, pero sobrevivió milagrosamente.

Roberto volvió a Santiago e ingresó en un internado. Nadie conoció su historia, nadie quería conocerla de boca de un pendejo hosco y expectante. Sobre todo en los atardeceres, se quedaba mudo y escuchaba, aunque reconocía que no sabía qué. A veces respondía que en sueños veía un dragón que no era un dragón, sino algo mucho más grande y que también había que temer más. O que soñaba que preguntaba a la gente una forma de crear una nueva corona de diamantes y, aunque todos huían de él, sabía que en alguna parte existía la respuesta. Cuando cumplió dieciocho, se compró una máscara del gato Tom y no volvió a la Institución, impulsado por una angustia quemante de no quedarse quieto, siempre hablando de diamantes.

Todos los veranos, los visitantes bajan al Pueblo de las Arañas, merodean dando tumbos en su caminar que no es caminar y, al final del día, se van, convirtiéndose en insectos negros y luego en motas en la distancia de los cerros.

Luis Saavedra Vargas nació en 1971 en Santiago de Chile. Siempre se interesó en lo fantástico por su estética de colores chillones y luminosos y sus monstruos siempre enfurecidos con buen gusto por las mujeres. Se le conoce mejor como editor del fanzine chileno Fobos y los Púlsares, los libros que recogieron los relatos ganadores del concurso del fanzine. Sin embargo tiene su faceta de escribir: su relato “Ol’fairies Bar” quedó finalista del concurso Domingo Santos 2005, en España, mientras que ha sido seleccionado para participar en antologías nacionales y extranjeras, y así también ha sido traducido al francés, italiano, inglés y, sorprendentemente, el árabe. Hoy forma parte del colectivo chileno de escritores fantásticos Poliedro, que lleva cinco colecciones de cuentos a la fecha y se prepara a sacar la sexta. 

sábado, 8 de marzo de 2025

LA ILUSTRE SOCIEDAD DE LOS UNIVERSOS PARALELOS

Luis Saavedra

 

This is a story of boy meets girl,

but you should know upfront,

this is not a love story.”

(500) Days of Summer

 

Esto lo conté en otra oportunidad, con menos detalle. No es mi culpa, entonces solo conocía a Harry. Ahora se las cuento a ustedes, la versión uncut, pero deben saber desde ya que esta historia siempre estará en desarrollo.

El chico, que en esta parte se llama Harry, conoció a «Sally» cuando ella solo tenía dos meses, pero ya sabía que la amaba. Por supuesto, Harry no se llamaba así, pero lo prefería infinitamente al Juan que aparecía en el Registro Civil. «Sally» la dibujaba un coreano que había llegado a España como estudiante de intercambio y la escribía un guionista gordo que tiraba a pelado y tenía la imaginación de un niño de siete años. Harry trabajaba de operador de redes y por la tarde se pasaba por la librería para ver las nuevas series. «Sally» salió en la portada del número dos de «Princesa Sadako», que valía dos euros y el papel era reciclado. Harry vio a «Sally» esa tarde y se dio cuenta que lo único que valía en la vida era saber qué había debajo de su coqueta falda plisada.

Ideó un plan. Se inscribió en VrtuaLfe® y se compró un avatar de 250 dólares, fastuoso y vicioso como nunca sería Harry. Las chicas se le tiraron encima –las virtuales, claro está– y se la pasó realmente bien twerkiando y catarateando su poco money. Un pendejo le dijo que «Princesa  Sadako» era una mierda, pero que igual tenía un bucle VIP de pago, auspiciado por la editorial. Harry le dio las gracias y después le reventó la cabeza. Virtualmente, por supuesto. Le pidió a un ruso en la Dark Web que le crackeara el puerto por 50 dólares y entró. El ambiente era una orgía de inocencia, lleno de putos viejos ricachones con avatares de niños de nueve años. La «Princesa Sadako» era una perra retozona con superpoderes y una varita mágica, una inteligencia cuántica de Google que aprendía a ser humana. Todos los avatares de niños le corrían mano apenas podían. Buscó a «Sally» y la vio con un pokémon rosado que le metía la cola entre las piernas. «Sally» era otra IA, potenciada por un cluster de 10 hexaflops. El pokémon era un arquitecto de Madrid y tuvo que provocarle un shock a la conexión del pepinero para alcanzarla. «Sally» le sonrió cuando transmitió sus falsos antecedentes de crédito. «Ven acá», le dijo en kanji. Pero cuando le metió mano, se espantó. El puto coreano jamás tuvo en mente dibujarle un pussy. Al puto coreano le gustaba el futanari. Así que Harry la pasó muy mal esa noche cuando «Sally» le mostró su enorme weenie en medio de sollozos japoneses y enormes ojos.

Harry ya no se llama así. Ahora es Juan y se deshizo de su colección de manga. Tiene una empresa de software que coloca paquetes world-class en empresas pequeñas y dedica todo su tiempo a la estéril función de programar siguiendo las reglas de un libro de contabilidad. Sale a las once de la noche de su oficina y siempre pasa por la vitrina de la comiquería. La última vez me contó que volvió a ver a «Sally», en el número 18 de «Princesa Sadako». Estaba muy distinta, pero igual. Me preguntó si el amor podía abarcarlo todo, traspasar el papel, el metal y el asterisco. No entendí nada. Juan extraña a «Sally» más de lo que se permite reconocer.

Ahora les presento a Silky Ardiente, una chica emo que por supuesto no es su nombre, pero no tengo otra opción. Sí sé que tiene un trabajo miserable, pero que le ocupa pocas horas, escribiendo spam en blogs y sitios de noticias. No tiene muchos pelos en la lengua ni en ninguna parte. Le gusta estar así, depilada incluso allí donde no llega mucha luz. Dije «no llega mucha luz» porque un par de veces al año me honra con ese raro privilegio. Es de aquellas que no les importa bailar el tango horizontal con un ser humano si la encamada es buena, pero ya es más recatada con sus verdaderos gustos. Al igual que Juan, también le rompieron el corazón.

Silky tiene un gusto exquisito en Arquitectura y puede parlar de eso hasta que se te caigan las orejas; si dependiera de ella, te llevaría a todos sus rincones favoritos como el Barrio Francés y El Club Batidora. Comenzó como un simple coqueteo por la ciudad porque se sentía con suerte. Ella se vistió de lino y taco alto en esos días de primavera, usando un sombrero etéreo de ala ancha. Dice que le encanta Edward Hopper y por eso me la imagino como la imagen viva de «Summertime». Se metió entre unos barrios residenciales de edificios añosos que eran galantes y le hacían ojitos. Sí, se sentía halagada, pero buscaba algo extra a la tranquilidad moral de la burguesía. Hasta que lo vio en el horizonte, blanco como un caballero armado. Una erección de 200 metros de vidrio, metal y acero de alta densidad que se adelgazaba hacia arriba hasta rematar en un capuchón de hongo, una imagen muy gráfica pero fielmente transmitida, que se encontraba en el downtown de la ciudad. Inmediatamente asaltó un taxi que la acercó sensualmente como en un sueño húmedo hasta casi perder la conciencia. Enmudecida entró en el hall central para comprobar que el verdadero amor existía, y ascendió por su interior en uno de los diez ascensores turbo. La sangre le incendió la cabeza: sistemas de ecología interna, sistemas redundantes de seguridad, exteriores de biopolímero. En el último piso encontró un rinconcito con mirador para juguetear sin testigos, tan solo ella y ÉL. La sensación de sus pezones contra la frivolidad de los ventanales: uf, casi-casi, pero no sería digna de ella irse tan pronto. Sus piernas temblorosas le gritaban que estaba enamorada. Continuó con una cabalgata ultrasensible-arqueo-dorsal contra uno de los pilares duros como brazo de marinero y rugosos como piel de naranja, mientras la mullida alfombra hizo lo suyo, dando micro sensaciones a las plantas de sus pies. Cuando encontró el pomo de la puerta de servicio un relámpago de sonrisa le cruzó la cara, y dando revolcones y saltitos –no fuera que ÉL se sintiera presionado– se encaramó hasta sentirse cómoda. Dos pequeños versos musitados en SU honor y el primigenio ritmo atrás-adelante del amor la hundieron en sedas flamígeras como su nombre. Se desvaneció en la alfombra que le cantaba arrullos sensuales, sudorosa. Pero algo anduvo mal y ÉL simplemente seguía tan altivo y silencioso. Soñó con un mundo paralelo vestida de novia en la que eran felices ever after. Un guardia la encontró, viejo como vaquero de museo que ya no dispara, y tuvo la gentileza de vestirla. Le enseñó la torre gemela, que no veía por el ángulo forzado, y entendió SU frialdad. ÉL jamás podría ser su amante, ÉL ya tenía de amante a sí mismo. Me llamó a las 3am, durante mi segunda pesadilla. «No puedo seguir así», me dijo, «voy a dejarlo». Bien, ahora está en rehabilitación dos veces a la semana en un taller sobre parafilias.

Juan y la señorita Silky se conocieron un miércoles muerto, a las 19.00 horas en una de esas sesiones del Taller. No es que no se hayan echado un ojo antes, pero no era el mejor lugar para una atmósfera mágica. Llovía ese miércoles, ¿lo dije?, y, como siempre, a todos los dejaron en la parte de afuera de la sede social, donde sesiona el Taller, a las ocho en punto. Chica mira a chico, chico está perdido en la distancia, chica habla un par de frases. Chica se mosquea y decide llevárselo a la casa. La historia de cama es irrelevante, pero fueron los primeros en recibir el canturreo complaciente de los sicólogos del Taller. «Estaban curados». Ja.

El primer mes, el segundo y el tercero, completamente OK. Mucho amour fou, inmundicia y desvarío clásico de la primera etapa. Pero todo buen amante sabe que es mejor huir al sexto mes. Quizás el problema más recurrente del amor es nuestra poca disposición a conocer al otro. Así que fue inevitable que ambos comenzaran a extrañar viejas prácticas y no fue hasta que «Sally» se escapó de la boca de Juan, justo en el suspiro más íntimo, que se inició una tensión soterrada. Se comportaron como seres maduros y lo parlaron durante horas, eso de por qué estaban en el Taller; hubieran partido por ahí desde el principio. Sin embargo, no sirvió de nada y Juan comenzó a meterse a salas de chat, mientras Silky estaba ausente. Pero la situación había cambiado radicalmente para «Sally», un año en el manga y parecerá que murieran generaciones. Ya no la encontraba por ningún lado, «Princesa Sadako» la dibujaba ahora un pendejo salido de las escuelas de arte UC que introdujo un par de cambios: Amerimanga, el híbrido bastardo entre un otaku recalentado y un editor independiente gringo con ínfulas de grande, y no más «Princesa Sadako», ahora solo shonen-ai. Primero, se le reventó una vena de cólera, pero luego sobrevino una molesta melancolía, y después tuvo el mismo impulso que tenemos al buscar un/a ex en Facebook. Encontró un par de foros infestados de mangakas furiosos por el cambio; por supuesto, su nick fue «viudo de Sally». ¿Qué fue del coreano que la dibujaba? Se regresó a su país de origen donde se vive mejor que en España, no hay duda. ¿Qué fue de «Princesa Sadako»? Murió en el episodio 27, aplastada bajo un oso de peluche de dos toneladas. ¿Qué fue de «Sally»? No se la volvió a ver desde el capítulo 31. Las especulaciones iban desde que el nuevo dibujante la odiaba de antemano hasta que el guionista pensaba hacer un spin-off de ella, elija usted.

Y mira tú por dónde, entro yo de nuevo al baile con una larga conversación con Juan, en un barcito acogedor que tiene cerveza negra como no hay otra. Mono sonriente a reventar, me contó lo que acabo de relatarles. «No entiendo, ¿eso no fue trágico? ¿por qué tan alegre?», dije. «Ah, ni te lo imaginas», me dijo. Posteó un par de comentarios durante las siguientes semanas, nada serio, hasta que recibió un MP de una chica con el nick «viuda de Sally». Se cayeron bien y ella le habló de VrtuaLfe®. De manual, chico, impresiónala. Y así fue, y el avatar de ella no estaba nada mal. Comenzaron a salir, suena raro estando atado al teclado, pero es de hidalgo reconocer que ese Juan empezó a tener mejor semblante. Apenas se iba Silky, se conectaba y «viuda de Sally» aparecía 15 minutos después. Inevitablemente, las gozadas terminaban un poco antes de que Silky pusiera las llaves en la puerta. Silky, «viuda de Sally», «viuda de Sally», Silky. Pobre Juan, nunca sumó muy rápido dos más dos. Pero lo hizo, amén por eso, y desentrañó esa curiosa sincronía. De nuevo en la carretera del amor, Juan se siente un ser real e imaginario a la vez, con Silky durante el día y «viuda de Sally» cuatro noches por semana, todo en el mismo paquete.

Ah, el gran triunfo del amor, ¿verdad?

Pero Silky me llamó de nuevo a las 3am. Justo en el momento en que una enorme boca me devoraba en el sueño. «Los sueños en los que muero son los mejores que he tenido», canta Tear for Fears, años antes del Halloween de 1988. Mis pesadillas sirven para otro relato; no hoy, pero son una pasada. Ella me dijo: «demos un paseo», «estás loca», respondí, pero allí fui tras ella. Supuse que me quería hablar de su amor reencontrado, pero bullshit, me llevó a un café de mediamadrugada y me enchufó un largo monólogo sobre arquitectura, como en los viejos tiempos. Entremedio me habló con ojos asombrados sobre Juan y sus ataques de amor, como si la ausencia de ella cada vez más le recordara el hombre que fue. Al principio, se sintió halagada, por supuesto, pero luego, se desconcertó. Juan no solo no se molestaba que ella saliera, sino que parecía más contento y enamorado si las salidas se hacían más largas. Me grité un metafórico «¿Cómo, quién?» y mantuve mi mejor cara de invitado de piedra. En media semana se acostumbró, «el amor es completamente idiota». Y que lo diga. «Si fueras una viuda, ¿quién serías?», pregunté y ella me clavó su visión de rayos X. «No pienso ser viuda de nadie», respondió; de acuerdo. Y ahí fue otra vez la cantinela sobre lugares construidos por gente muerta hasta que me largó lo de «estoy teniendo una aventura. Qué te parece, ¿no es guapo?». Y seguí su mirada hasta la torre que en las tinieblas era la más fucKing joya iluminada de la ciudad: un monstruo macizo y medio retorcido clavado como estaca en medio de un fantasilandia consumista. Qué cambios de ánimo, chica, ¿te gustan musculosos ahora? Fuimos hasta SUS pies –no tenía opción– y el ataque de vértigo fue inmediato. Debo reconocer que ÉL era impresionante, no en la faceta sexual que Silky veía, sino en la del horror del simple ser humano al que le hacen mierda el ego. Me observó un rato la cara de pelotudo. Las mujeres siempre disfrutan de eso con cada nueva conquista, ver la sorpresa en los otros. A propósito, ella llevaba puesto un pequeño vestido negro y sombrero con una trenza larga de cabello azabache; su etapa de inocencia con Hopper se había ido a la shit. «Es un amante espectacular, darling». Era muy joven para decir «darling», pero en sus labios sonaba excitante, «me provoca cosas que ninguno hizo. Oye, hagamos un trío». Y aunque no era un paisaje del todo equivocado, le dije que mejor que no y ella se encogió de hombros y sonrió pícara. «Tú te lo pierdes. Un beso». No saben cuánto lo lamento, pero yo no voy por esos rumbos. Así que Silky se dio la vuelta y se fue taconeando por el camino de adoquines amarillos como la versión perra de Dorothy en Oz: toda ella una fiera: segura, lozana, revivida. ÉL le abrió el portal de SU recepción y el guardia gordo siguió durmiendo. «No le digas nada a Juan, es tan sensible». Desapareció por la puerta del ascensor ya sin la faldita y con su pequeña línea de vello púbico a la luz. Qué amazing forma de robar película.

Como comprendo ahora, soy un puto cobarde. ¿Debí decir algo? ¿Aunque sea la pelotudez que matara el encanto de ambas partes? Me late que cada cual merece mojar su pancito en miel como mejor le parezca, pero ¿ni siquiera una insinuación de lo que pasaba? Por otra parte, ¿quién soy yo para decirle a esos dos cómo funcionan las cosas en el mundo que conozco? Volví a mi casa y a mis pesadillas. En uno de los sueños de esa madrugada, me cité con «Viuda de Sally» en el mismo barcito de la cerveza negra. Tenía un velo negro y brazos musculosos con un Popeye tatuado, no pude averiguar quién era. Me desperté, pero reprimí mis deseos de llamar a Juan. Sigo sin saber quién es «Viuda de Sally».

OK, el final feliz. Los volví a ver meses después, me parlaron que se querían casar. «¿El uno con el otro?», se me escapó y, después del molesto silencio, me dijeron que esa era la idea en un mundo de toda la vida. Entonces se me escapó una risotada y los abracé tratando de minimizar las pérdidas humanas. Actualmente, esas dos ratas de laboratorio son inmensamente felices juntos, pero no revueltos, como en esas novelas de ciencia ficción donde se sueña en la misma cama, pero en universos paralelos. ¿Quién dice que no hay mundos perfectos?


Luis Saavedra Vargas nació en 1971 en Santiago de Chile. Siempre se interesó en lo fantástico por su estética de colores chillones y luminosos y sus monstruos siempre enfurecidos con buen gusto por las mujeres. Se le conoce mejor como editor del fanzine chileno Fobos y los Púlsares, los libros que recogieron los relatos ganadores del concurso del fanzine. Sin embargo tiene su faceta de escribir: su relato “Ol’fairies Bar” quedó finalista del concurso Domingo Santos 2005, en España, mientras que ha sido seleccionado para participar en antologías nacionales y extranjeras, y así también ha sido traducido al francés, italiano, inglés y, sorprendentemente, el árabe. Hoy forma parte del colectivo chileno de escritores fantásticos Poliedro, que lleva cinco colecciones de cuentos a la fecha y se prepara a sacar la sexta. 

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