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viernes, 23 de enero de 2026

MIRADAS

 Rosa Lía Cuello

 

Hay días que son así, con ese gustito de querer desentonar con la vida. Y hoy es uno de esos. Dejame que te cuente por qué. Se nos enfría el café que pedimos bien cargado, sólo como un acto cotidiano.

Sé que vas a irte en cualquier momento y necesito que no lo hagas. De qué sirve ese gesto angelical, mirada al fin que me hace suponer que no se perdió todo.

Te costó dejarme sentar en tu mesa, leí en tus ojos un no sé qué. Tal vez pasó un segundo de recuerdos por tu cabeza que permitió que me indicaras la silla.

Sentiste pena, no lo niegues, me miraste seria como si no me conocieras. Corrí la silla y me senté como si fuera el último acto de mi vida. ¿Por qué tengo esa manía de teatralizar todo? ¿Por qué no entiendo que la vida es esa obra de teatro donde estábamos interactuando, y yo, de pronto,  me crucé al teatro de enfrente y te dejé sola en el escenario?

Te dije que quería explicarte el malentendido, respiro hondo, y se me amontonan todas las palabras en la garganta. Me viene a la memoria aquella tarde.

El café se enfría, te digo. Sí, ya sé que nadie va a morir por un café frío, pero yo me estoy ahogando con las letras que se me atraviesan. ¿Y si no me comprendes? ¿Y si ya no te importo?

Inútil el gesto de querer tocar tu mano, la mirada feroz que me brindás se esparce por todo mi cuerpo y siento cien cuchillos rebanando lo dicho en mi garganta. Retiro mi mano y la coloco sobre el sobrecito de azúcar que no usaste. Tu mirada rueda hasta la ventana y se desliza a la calle.

Te hicimos una broma, te digo. Siento que me hundo en un pozo oscuro. Que me crea, porque es verdad. Que me crea.

Ah, me contestás, que lindo gesto. Y otra vez me quedo sin palabras, me las trago y las siento caer en mi estómago. Entonces tus ojos verdes vuelven a encontrarse con mi mirada y veo ternura en la tuya. Tal vez no la haya. Igual ellas hacen un esfuerzo patético, suben, suben, suben y otra vez se aglutinan en mi garganta.

Salen casi sin ruido, se enredan en mi aliento, entonces te cuento que aquella tarde te vimos llegar y decidimos sacarnos las remeras, tu amiga, Pablo y yo, para que pensaras lo peor, y nos tiramos los tres en el mismo sillón.

Cuando abriste la puerta la historia tomó otro camino. No sé qué diablos habíamos imaginado que harías. Pero pusimos un gol en contra en el arco de tu confianza. Te fuiste sin que pudiéramos explicarte, la risa se nos congeló en la comisura de los labios.

Salí, pero ya no estabas. Presumo que tomaste un taxi para alejarte, y en estos dos meses no atendiste el teléfono, tu madre no me saludaba, y yo me sentí tan pobre tipo…

Perdón, te digo, fui un tarado. Esta es la parte más difícil porque me seguís mirando y yo descubro de repente que otra vez se me muere el discurso. No me importa todo lo que ensayé frente al espejo, no dije ni la mitad y me siento tonto.

Entonces vos me tomás la mano que antes rechazaste, mientras me agradecés. Cae el telón sobre mi cabeza. Quiero que te tragues tus palabras, pero vos seguís diciendo que, gracias a lo que hice, descubriste que en realidad querés a Pablo. Y te brillan los ojos de alegría, mientras yo repleto de vocablos no dichos, me tomo el café helado, me levanto, voy al mostrador, pago, siento tu última mirada de pena en mi espalda y hago mutis por el foro para que no me veas llorar…

Rosa Lía Cuello es Técnico Superior en Diseño Gráfico y Publicitario, escritora y plástica. Vive en Cañada de Gómez. Ganó premios y menciones nacionales e internacionales en Poesía, Cuento y Cartas de amor. Participó de numerosas antologías en Chile, España, Perú, Méjico, Francia y Argentina. Fue Vice-presidente de S.A.L.A.C. y dirigió el departamento de arte en Revista La ciudad distante. Publicó: Dentro de mí (2001, poemas), Es todo el silencio (2014, poemas), En el nombre de la madre (2019, cuentos) y Mientras un ángel bebe de mi sombra (2022, poemas). Participó del proyecto “Santa Fe lee y crece” Condujo el programa “Palabras con sentido” en Radio Cultural Online. 

 

martes, 25 de noviembre de 2025

AMORES MODERNOS

Rosa Lía Cuello

Es de noche. La soledad me trajo a este lugar que parece tan lejano del mundo verdadero. En tu pueblo, de casas coloridas y chatas, de ladrillos casi coloniales y letreros hechos a mano, todo queda disimulado por la oscuridad. La distancia nos hizo pensar, nos trabajó un año entero en el cerebro, se enquistó en la piel, nos transformó en dos seres que se necesitan.

El calor abrasa. Yo necesito sentir que me rodeas con tus brazos y que nuestras pieles por fin van a conocerse. Nuestros poros se alimentarán de nosotros hasta fusionarnos. Nuestra sangre bullirá al unísono.

Es extraño, pero tengo miedo. Del mañana, de que me pidas definiciones, de que sugieras que me amas y luego me lo grites de frente. Y temor de no saber cómo reaccionar, de que la razón me diga una cosa y todo mi cuerpo pida otra. No quiero perderte y tampoco quedarme acá. Sé que mi lugar es otro, donde el sol no brilla, donde no quema, ni lastima.

Me provoca ternura este sitio, sus calles, el pedregullo, el polvillo que se levanta saludándome y me llena los ojos de lágrimas anticipadas. Me dijiste que pasara lo que pasara yo seguiría siendo tu dueña.

—No soy nada sin vos —comentaste—, solo un cachorro hambriento, con sed y ansias de caricias. Una marioneta del destino.

Una canción sale de esta casa amarilla, con cortinas. Las únicas que he visto hasta ahora. “Cuando nadie me ve… a veces soy tuyo y a veces del viento”. Comprendo que he llegado.

Me detengo. Inhalo hondo. Empujo la puerta que está entreabierta, y te descubro detrás del mostrador acomodando algunos papeles.

No traigo equipaje pero deposito mi capa en el piso recién lavado, impecable, sin mácula de polvo, y todo el amor se me anida en el pecho sin saber qué hacer. Entonces de una abertura lateral sale una mujer casi vulgar, con un niño en los brazos, te lo entrega, y regresa por el mismo lugar.

Se te ilumina la cara. El niño gorjea. El nudo en el pecho se ajusta, lastima, empieza a dejar marcas. Alzo mi abrigo y retrocedo. Giras hacia adonde estoy, me miras sin ver, y preguntas:

—¿Quién está ahí?

Mi voz. ¿Dónde está? ¿Por qué no puedo contestarte? Regresa la matrona, me ve y sonríe.

—Es una mujer don Juan, una pasajera —te comunica— deme, yo llevo al niño.

Tu rostro se vuelve pálido. A duras penas preguntas si necesito habitación y por cuanto tiempo. Me he ido acercando al mostrador sin darme cuenta, mis palabras resuenan a ultratumba cuando digo:

—No sé, tal vez solo por una noche.

 La señora toma al niño y se aleja. Entonces te sientas frente a la computadora y escribes la ficha. Observo el teclado que tiene las letras en sistema braille.

 —Te manejas bien con ella —afirmo.

 —Sí —respondes—; también puedo chatear.

—¿Muchos amigos? —digo.

—Solo una mujer —contestas—; desde que quedé viudo, solo ella.

Vuelvo a respirar. Inspiro y saco el aire lentamente.

Me inclino y te tomo la mano, nuestras pieles se reconocen a pesar de ser la primera vez que están tan cerca. Te levantas y soy yo la que te abraza.

—Ya estoy acá —te susurro al oído—, y vine a buscarte.

Me distrae tu piel blanca, tus venas que se dejan ver a través de ella. Siento que este era el momento tan esperado, por un instante estuve a punto de dejarme llevar por aquella idea de hace tanto tiempo: casarme, formar un hogar, niños corriendo en el patio.

La música de la computadora sigue repitiendo: “cuando nadie me ve pongo el mundo al revés, cuando nadie me ve no me limita la piel…”

Respiro hondo otra vez, entreabro mi boca y dejo paso a mis colmillos que se incrustan en tu cuello indefenso. Ni siquiera gimes, mientras un débil hilo de sangre se escurre por tu camisa blanca. Sí, esto es amor, esto es gozar del ser amado.

Con la modernidad no es tan fácil ser vampiro y tener que contactar víctimas por Internet; a veces los genes primigenios invaden nuestra existencia, el pasado asoma a nuestra mente, nos ponemos cursi y corremos peligro de enamorarnos como me pasó a mí. Por suerte el instinto es más fuerte.

Rosa Lía Cuello es Técnico Superior en Diseño Gráfico y Publicitario, escritora y plástica. Vive en Cañada de Gómez. Ganó premios y menciones nacionales e internacionales en Poesía, Cuento y Cartas de amor. Participó de numerosas antologías en Chile, España, Perú, Méjico, Francia y Argentina. Fue Vice-presidente de S.A.L.A.C. y dirigió el departamento de arte en Revista La ciudad distante. Publicó: Dentro de mí (2001, poemas), Es todo el silencio (2014, poemas), En el nombre de la madre (2019, cuentos) y Mientras un ángel bebe de mi sombra (2022, poemas). Participó del proyecto “Santa Fe lee y crece” Condujo el programa “Palabras con sentido” en Radio Cultural Online. 

 

sábado, 8 de noviembre de 2025

ANDATE AL INFIERNO

Rosa Lía Cuello 


“El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados.

Los actos de los hombres no merecen tanto”

Jorge L. Borges



Mi mujer me echó de casa. Cuando llegué abrió la puerta y me entregó un bolso, supuestamente con mi ropa, me quitó la llave del auto que yo hacía tintinear en la mano, dijo que se había cansado de aguantar mis salidas nocturnas y al grito de andate al infierno, cerró la puerta con un golpe.

Aunque hubiera querido protestar y contestarle, mi estado y la sorpresa no me lo permitieron. Me quedé parado ahí con el equipaje en la mano, sin saber qué hacer, ni adónde llevar mi osamenta. Comencé a caminar despacio, mis pasos me llevaron, no sé si a la derecha o a la izquierda, qué más da.

La calle estaba desierta y un vientito helado comenzó a soplar. Caminé sin rumbo fijo, me metí en cualquier callejón, yo que no salía si no era en auto y por las avenidas principales para llegar más rápido. De pronto, la salvación, una tenue lucecita iluminaba un pequeño cartel que decía: PENSIÓN.

Era una casa vieja y verdosa, con una inmensa puerta de madera pintada de color gris. Toqué timbre y esperé. Una gran sombra se aproximó murmurando, la cancel se abrió y una mujer de avanzada edad, en salto de cama, me gritó qué quería a esa hora.

Pedí disculpas, y pregunté por una habitación. Ella me miró de arriba abajo, casi libidinosa y luego de un instante de duda me dejó pasar.

Nombre, apellido, documento, pidió y yo obedecí mientras ella escribía unos garabatos en el libro de entrada. Abrió el cajón y me extendió un llavero, diciendo que era la única que tenía, que estaba todo lleno, pero quedaba esa porque nadie quería la habitación número trece, y yo tampoco si hubiera estado más fresco.

Vaya hasta el fondo, por acá, indicó, y me dejó solo en el estrecho pasillo mal iluminado. Avancé temeroso, no sé por qué; un ronquido me sobresaltó, más allá se oía un televisor. Llegué frente a la puerta pintada de gris con números en amarillo.

No se abrió en el primer intento, tuve que dejar el bolso, que hasta ese momento no había soltado, en el suelo, empujar un poco la puerta hacia mí, y entonces logré abrirla.

Le faltaba un poco de aceite, encendí la luz y varias cucarachas cruzaron la habitación.

Observé las paredes descascaradas y húmedas, la cama de dos plazas con su colcha beige, impecable, que contrastaba con el lugar. Una mesa de luz con un velador antiguo, el crucifijo de bolitas de madera colgado grotescamente, como si estuviera al revés sobre el respaldo de la cama y un gran y fastuoso espejo a la derecha, digno de algún salón de baile de otras épocas, con un marco dorado lleno de volutas, y algunos diablillos tallados, que me devolvió la imagen de un hombre cansado, con el cabello revuelto, una parte de la camisa fuera del pantalón y dos enormes ojeras que no reconocí.

Me tiré en la cama, y me dormí en el acto. Estaba muy cansado. Soñé con un hombre muy parecido a mí, que se paraba frente al espejo y ensayaba señas y muecas, a otra persona que parecía estar del otro lado, de repente, unos tentáculos verdosos lo envolvían y lo sumergían en el azogue, a la vez que el otro individuo salía de allí y se quedaba parado en la habitación respirando con dificultad pero feliz.

Desperté en la oscuridad bañado en transpiración, enredado en las sábanas, por más que intentaba no lograba soltarme, aun así pude pararme frente al cristal, a tiempo para ver la habitación y al hombre que, tomando mi bolso de la silla, salía despacio del cuarto y cerraba la puerta.

Y desde aquel día estoy acá, haciendo una y otra vez un balance de mi vida, y su correspondiente “mea culpa”, con este ser que por momentos se convierte en la dueña de la pensión, con su bata gastada, y por otros es ese monstruo de tentáculos verdosos que me besa, con unos labios carnosos y me aprieta hasta quitarme el aliento y la energía, pensando en la bruja de mi mujer y a la espera de un nuevo pasajero que me libere de este infierno.


Rosa Lía Cuello es Técnico Superior en Diseño Gráfico y Publicitario, escritora y plástica. Vive en Cañada de Gómez. Ganó premios y menciones nacionales e internacionales en Poesía, Cuento y Cartas de amor. Participó de numerosas antologías en Chile, España, Perú, Méjico, Francia y Argentina. Fue Vice-presidente de S.A.L.A.C. y dirigió el departamento de arte en Revista La ciudad distante. Publicó: Dentro de mí (2001, poemas), Es todo el silencio (2014, poemas), En el nombre de la madre (2019, cuentos) y Mientras un ángel bebe de mi sombra (2022, poemas). Participó del proyecto “Santa Fe lee y crece” Condujo el programa “Palabras con sentido” en Radio Cultural Online. 

miércoles, 24 de abril de 2024

LA MORTAJA

 Rosa Lía Cuello

 

Hacía varias jornadas que se quedaba en la casa estudiando esa asignatura que le quitaba el sueño. Su estado de conciencia no era óptimo, y física nunca fue su materia predilecta. Sin embargo, se propuso desglosar los hechos. Había otra razón aparte del estudio. Desde hacía varias noches un hombre de capa negra la observaba desde la esquina. Y hoy estaba otra vez allí. De sus ojos, (imposible adivinar el color), parecía fluir un reflejo rojizo. Tal vez me equivoque, pensó, mirando bien es una lucecita chica, como la de los gatos en la oscuridad. En ese momento el individuo comenzó a acercarse; sus pies parecían no tocar el suelo, daba la impresión de volar y lo hacía dado que su capa se balanceaba y él tomaba una posición casi horizontal.

 Desde la baranda de su balcón lo siguió mirando. Se aferró a los barrotes de madera. Sintió que él aterrizaba a su lado y la miraba fijo, no podía moverse, no podía escapar y no sabía si en realidad quería hacerlo. Deseó que el tiempo se detuviera. Sí, un físico decía algo sobre eso. ¿Quién era? ¿Einstein? Bueno, que importaba eso ahora…

 De pronto él retrocedió. Se dio cuenta que ella también, los tiempos eran los mismos. No importaba la velocidad con que lo hicieran, los ojos del hombre seguían aproximándose, las luces se movían en el vacío, se acercaban y la acariciaban. Sintió como si unas cintas de seda recorrieran su cuerpo. Se detuvo. El hombre hizo lo mismo. Abrió su boca para gritar pero descubrió que él lo hacía primero.

 ¿Me leyó el pensamiento? ¿O su marco de coordenadas se adelanta al mío? ¿Cómo lo hizo?

El individuo continuaba con su boca abierta y su grito se había convertido en gusanos de seda que trepaban la fosforescencia de la mirada y llegaban a ella envolviéndola.


 Mi velocidad es cero, se dijo, estoy en reposo respecto a la Tierra. Y los insectos viajan a la velocidad de la luz. Los hilos no la dejaban moverse. Las larvas trabajaban con rapidez, o eran tantos que parecían muy activos, tejiendo una especie de mortaja a su alrededor, o tal vez fuera un capullo. La desesperación se apoderó de ella. No quiero morir amortajada, caviló.

 Sintió calor. Empujó con fuerza, la seda se resistía, siguió, ahora logró sacar los dos brazos fuera. Se asió otra vez a las barras del balcón. No sabía bien para qué. Recordó la cruz que colgaba de su cuello debajo de la ropa. Se soltó y la buscó. Cuando sus dedos la tocaron el hombre desapareció. Abrió los ojos.

 Estaba envuelta en la cobija, parecía un chorizo. Como pudo se desenredó. Agitada se sentó en la cama, tomó el vaso de agua de la mesita de luz y sorbió con lentitud, respiró hondo. El profesor y su maldita insistencia en esas teorías... Se levantó despacio y se dirigió al balcón a tomar un poco de aire.

Miró hacía todos lados. En la esquina un hombre de capa blanca la observaba y de sus ojos fluía un reflejo rojo que la hizo temblar cuando lo vio levantar vuelo, con los brazos extendidos y miles de gusanos de seda adheridos a su capa.

 

Rosa Lía Cuello es Técnico Superior en Diseño Gráfico y Publicitario, escritora y plástica. Vive en Cañada de Gómez. Ganó premios y menciones nacionales e internacionales en Poesía, Cuento y Cartas de amor. Participó de numerosas antologías en Chile, España, Perú, Méjico, Francia y Argentina. Fue Vice-presidente de S.A.L.A.C. y dirigió el departamento de arte en Revista La ciudad distante. Publicó: Dentro de mí (2001, poemas), Es todo el silencio (2014, poemas), En el nombre de la madre (2019, cuentos) y Mientras un ángel bebe de mi sombra (2022, poemas). Participó del proyecto “Santa Fe lee y crece” Condujo el programa “Palabras con sentido” en Radio Cultural Online. 

 

EN CASA AJENA (OCHO)