Rosa Lía Cuello
“El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados.
Los actos de los hombres no merecen tanto”
Jorge L. Borges
Mi mujer me echó de casa. Cuando llegué abrió la puerta y me entregó un bolso, supuestamente con mi ropa, me quitó la llave del auto que yo hacía tintinear en la mano, dijo que se había cansado de aguantar mis salidas nocturnas y al grito de andate al infierno, cerró la puerta con un golpe.
Aunque hubiera querido protestar y contestarle, mi estado y la sorpresa no me lo permitieron. Me quedé parado ahí con el equipaje en la mano, sin saber qué hacer, ni adónde llevar mi osamenta. Comencé a caminar despacio, mis pasos me llevaron, no sé si a la derecha o a la izquierda, qué más da.
La calle estaba desierta y un vientito helado comenzó a soplar. Caminé sin rumbo fijo, me metí en cualquier callejón, yo que no salía si no era en auto y por las avenidas principales para llegar más rápido. De pronto, la salvación, una tenue lucecita iluminaba un pequeño cartel que decía: PENSIÓN.
Era una casa vieja y verdosa, con una inmensa puerta de madera pintada de color gris. Toqué timbre y esperé. Una gran sombra se aproximó murmurando, la cancel se abrió y una mujer de avanzada edad, en salto de cama, me gritó qué quería a esa hora.
Pedí disculpas, y pregunté por una habitación. Ella me miró de arriba abajo, casi libidinosa y luego de un instante de duda me dejó pasar.
Nombre, apellido, documento, pidió y yo obedecí mientras ella escribía unos garabatos en el libro de entrada. Abrió el cajón y me extendió un llavero, diciendo que era la única que tenía, que estaba todo lleno, pero quedaba esa porque nadie quería la habitación número trece, y yo tampoco si hubiera estado más fresco.
Vaya hasta el fondo, por acá, indicó, y me dejó solo en el estrecho pasillo mal iluminado. Avancé temeroso, no sé por qué; un ronquido me sobresaltó, más allá se oía un televisor. Llegué frente a la puerta pintada de gris con números en amarillo.
No se abrió en el primer intento, tuve que dejar el bolso, que hasta ese momento no había soltado, en el suelo, empujar un poco la puerta hacia mí, y entonces logré abrirla.
Le faltaba un poco de aceite, encendí la luz y varias cucarachas cruzaron la habitación.
Observé las paredes descascaradas y húmedas, la cama de dos plazas con su colcha beige, impecable, que contrastaba con el lugar. Una mesa de luz con un velador antiguo, el crucifijo de bolitas de madera colgado grotescamente, como si estuviera al revés sobre el respaldo de la cama y un gran y fastuoso espejo a la derecha, digno de algún salón de baile de otras épocas, con un marco dorado lleno de volutas, y algunos diablillos tallados, que me devolvió la imagen de un hombre cansado, con el cabello revuelto, una parte de la camisa fuera del pantalón y dos enormes ojeras que no reconocí.
Me tiré en la cama, y me dormí en el acto. Estaba muy cansado. Soñé con un hombre muy parecido a mí, que se paraba frente al espejo y ensayaba señas y muecas, a otra persona que parecía estar del otro lado, de repente, unos tentáculos verdosos lo envolvían y lo sumergían en el azogue, a la vez que el otro individuo salía de allí y se quedaba parado en la habitación respirando con dificultad pero feliz.
Desperté en la oscuridad bañado en transpiración, enredado en las sábanas, por más que intentaba no lograba soltarme, aun así pude pararme frente al cristal, a tiempo para ver la habitación y al hombre que, tomando mi bolso de la silla, salía despacio del cuarto y cerraba la puerta.
Y desde aquel día estoy acá, haciendo una y otra vez un balance de mi vida, y su correspondiente “mea culpa”, con este ser que por momentos se convierte en la dueña de la pensión, con su bata gastada, y por otros es ese monstruo de tentáculos verdosos que me besa, con unos labios carnosos y me aprieta hasta quitarme el aliento y la energía, pensando en la bruja de mi mujer y a la espera de un nuevo pasajero que me libere de este infierno.
Rosa Lía Cuello es Técnico Superior en Diseño Gráfico y Publicitario, escritora y plástica. Vive en Cañada de Gómez. Ganó premios y menciones nacionales e internacionales en Poesía, Cuento y Cartas de amor. Participó de numerosas antologías en Chile, España, Perú, Méjico, Francia y Argentina. Fue Vice-presidente de S.A.L.A.C. y dirigió el departamento de arte en Revista La ciudad distante. Publicó: Dentro de mí (2001, poemas), Es todo el silencio (2014, poemas), En el nombre de la madre (2019, cuentos) y Mientras un ángel bebe de mi sombra (2022, poemas). Participó del proyecto “Santa Fe lee y crece” Condujo el programa “Palabras con sentido” en Radio Cultural Online.

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