Mostrando entradas con la etiqueta Simonetta Olivo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Simonetta Olivo. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de febrero de 2026

LA CRISIS DEL SECTOR TURÍSTICO

Simonetta Olivo

 

Cuando el sacerdote pronunció la esperada frase, “el novio puede besar a la novia”, los invitados aplaudieron, los niños desviaron la mirada, las damas de honor se balancearon sobre los tacones. Más tarde, en el brindis, el marido observó complacido a la esposa deslizarse de un invitado a otro repartiendo recuerdos y sonrisas; él se prestó a las bromas de los amigos, que aludían a la inminente noche de amor, en la ficción de que fuera la primera. Ella se dejó alzar en el umbral del apartamento donde ya vivían; el novio bromeó sobre el peso que tuvo que sostener. Consumaron lo que el estado de embriaguez les permitió.

Al día siguiente, al amanecer, embarcaron bajo un cielo poblado de globos y música de orquesta. Otros como ellos repetían el saludo de ocasión, con el brazo del hombre sobre el hombro de la mujer y la misma sonrisa multiplicada a lo largo de todo el crucero.

Eran dos desconocidos perfectamente felices: nunca se habían mirado tan a fondo a sí mismos como para poder siquiera imaginar qué significa amar.

El primer día de viaje el esposo vomitó durante horas y la esposa le hizo compañía, sentada en la cama del camarote, las manos entrelazadas bajo el mentón y el pijama rosa comprado para la ocasión.

El segundo día salieron a divertirse: había que apiñarse en el buffet, jugar al minigolf, pasear por la cubierta al atardecer, pero sobre todo siempre había un camarero dispuesto a ofrecer un generoso cóctel, de modo que no pasara una sola hora en la que no estuvieran al menos algo achispados.

Por la noche ella se ponía su vestido dorado y de lamé, y todo el tiempo comprobaba en el espejo del salón que el pliegue del peinado no perdiera forma. Él se aburría un poco, pero el lujo del barco le daba la sensación de ser rico, y eso le bastaba.

Desembarcaron para visitar la primera ciudad durante seis horas. Los guiaba una mujer corpulenta de mediana edad, vestida con un traje sastre color burdeos: agitaba su banderita como si fuera un estandarte y los conducía a penetrar en la multitud de turistas, como bancos de peces que se encuentran y se cruzan. Las ruedas de valijas sobre el asfalto peatonal y el olor a McDonald’s se multiplicaban, siempre idénticos, en cada calle que los llevaba al destino obligatorio: la catedral, el parque, la calle de las compras, la larga fila para acceder al museo, con todas las guías de traje color burdeos disputándose el espacio entre sus protegidos y la boletería. Carteles multilingües aconsejaban no desnudarse en los lugares de culto, no escupir en el suelo, recordar la propina. La esposa seguía a la guía como si fuera la comandante de la infantería, y la visita una guerra santa. El reparto de los sándwiches envueltos a bordo entusiasmó al esposo, como suele ocurrirles a los niños de excursión escolar. Compraron láminas y adornos de Swarovski para el mobiliario de su nueva vida. Antes de volver a subir al barco pidieron a la guía que les sacara una foto con la ciudad de fondo, conscientes de que jamás regresarían; se besaron en el momento del disparo y luego, sin nostalgia, observaron cómo la costa se alejaba y desaparecía, con las pantorrillas hinchadas y un gran deseo de mojito.

En los días siguientes se dedicaron a los bailes en grupo y a la vida social. En la cena charlaban con la pareja asignada frente a ellos; entre ambos había una diferencia de edad que saltaba a la vista: ella rondaba los veinte, alta, voluptuosa, con los labios siempre brillantes y el cabello apenas ondulado en los largos; él, de la mitad de su estatura, al menos sesenta años, con un impulso irrefrenable por alardear de sus bienes, incluida la esposa. Los hombres hablaban entre ellos de relojes; las mujeres, de cocina.

Después de tres días de navegación, la esposa le preguntó al esposo cuándo estaba previsto el próximo desembarco. Él se preocupó: en efecto, haciendo memoria, ya deberían haber visto al menos otras dos ciudades asomadas a ese mar. Atribuyeron el retraso a algún mal tiempo en la costa y volvieron a brindar a la luz de la luna, como cada noche, como todas las parejas asomadas a ese lado del barco, con el brazo del hombre sobre el hombro de la mujer.

Durante dos días el barco no se movió. Entre los pasajeros circulaba una vena de irritación y ansiedad, pues no había un motivo aparente ni explicación para ese estancamiento. Los esposos se lo tomaron con filosofía y se dedicaron al minigolf. La esposa acababa de apuntar al tobogán de la última pista cuando la voz del capitán cayó sobre todos los pasajeros, anunciando la rápida propagación, en tierra firme, de un virus resistente a los tratamientos. También en el barco se habían registrado dos casos, en aislamiento. Se invitaba a los pasajeros a lavarse frecuentemente las manos, a desechar los pañuelos usados en bolsas de un solo uso, a estornudar en el pliegue del brazo. Los esposos terminaron la partida, bromearon con los comensales sobre el asunto de los estornudos, brindaron en la cubierta a la luz de la luna, pero esta vez con menos compañía, pues muchos, tras el anuncio, se habían retirado a sus camarotes.

Al día siguiente se cruzaron con la joven de los labios brillantes. Elegantísima como de costumbre, delataba su malestar con la palidez y con la ausencia de él. La esposa notó el cabello sucio. No se saludaron.

En el barco circulaban noticias sobre el estado de la situación: que en tierra firme el contagio sumaba nuevas víctimas cada hora y que al menos una veintena de metrópolis habían sido puestas en cuarentena. Se decía que la muerte podía llegar por paro cardíaco, o por asfixia, tarde o temprano, para todos o para unos pocos. Los rumores resbalaban por los pisos brillantes del barco, se difundían, se agrandaban y se encogían, mientras los pasajeros se replegaban cada vez más en los camarotes.

Los esposos no renunciaron al minigolf. La esposa escribió un poema sobre el viento y se lo leyó al esposo.

A la mañana siguiente los esposos notaron que la cubierta estaba casi desierta. El capitán invitaba a la calma, a aprovechar el buffet y a mantener al menos un metro de distancia entre un pasajero y otro. La cena fue un velatorio: los bailes fueron cancelados y los amigos de mesa no se presentaron. La esposa le contó al esposo su cuento favorito de la infancia, y él le habló de cómo por la noche temía la soledad.

Al día siguiente avistaron tierra y prepararon la valija. Los oficiales médicos, parecidos a astronautas con trajes anticontaminación, midieron la temperatura corporal de cada uno, expulsando de la fila a los febriles. Aglomerados en la cubierta principal, los esposos vieron acercarse la costa, pero cuando el perfil de la ciudad se volvió más definido, el barco se detuvo. La esposa apretó con fuerza la mano del esposo.

La voz del capitán envolvió a los pasajeros. Las autoridades locales no habían concedido el atraque del barco ni estaban dispuestas a enviar ayuda para los enfermos. El capitán concluyó: “Señoras y señores, ya no somos turistas”. Ante esas palabras, muchos se arrojaron al mar y comenzaron a nadar: pero la costa estaba demasiado lejos.

Esa noche los esposos permanecieron sobrios y, por primera vez en muchos años, discutieron, para luego buscarse en la oscuridad. No se llamaron “querido” ni “querida”, sino por su nombre.

A la mañana siguiente, acompañados por el viento, jugaron a perseguirse, como niños.

Pasó un tiempo que nadie sabía ya contar. El barco se transformó en un navío fantasma; a los pasajeros se les concedía una hora diaria al aire libre, y se recomendaba mantener una distancia de al menos dos metros entre unos y otros.

Luego el capitán dejó de hablar.

El crucero flotaba inmóvil, como un juguete roto y abandonado.

Cuando las autoridades permitieron a los sobrevivientes desembarcar, los esposos se escondieron.

Su casa era el mar.

Incluido en la antologia personal de la autora, L'ultima estate del mondo (Delos Digital, 2025)

Simonetta Olivo vive y trabaja en Trieste. Ha publicado sus relatos en las series Urania y Millemondi Urania (Mondadori), así como en la revista Robot (Delos Books). Es autora de los libros de relatos Fantafiabe (Delos Digital, 2018) e Insogno (Delos Digital, 2019). En 2019, publicó cuatro microrrelatos con Words Without Borders bajo el título "Microverses" y fue editora y autora de la antología Atterraggio In Italia (Delos Digital). Sus cuentos han contribuido a las antologías Fantatrieste (Kipple Officina Libraria, 2020), 2050 – Quel che resta di noi (Delos Digital,  2021), La boutique degli incanti (Delos Digital, 2022) y Universi smarriti. Il meglio della scienza italiana indipendente. (Delos Digital, 2023), L’Italia del soprannaturale (Edizioni Scudo, 2023), Dormono sulla collina – Tra Masters e De Andrè (Kipple Officina Libraria, 2023). En 2024, Delos Digital publicó la antología personal L’ultima estate del mondo y la novela corta Vita Nova. La misma editorial también publicó la antología S/Confinati, de la que es editora, en julio de 2024.





 

martes, 20 de enero de 2026

EL ÚLTIMO VERANO DEL MUNDO

Simonetta Olivo

 

Cuando el niño y su madre entraban en la casa del mar, los envolvía siempre el mismo olor a encierro y a ausencia. La mujer abría de par en par la ventana, y cada vez entraba el verano.

La procesión de los veraneantes tenía el mismo sonido cada año, y los pasos martillaban suave cuando estaban lejos, fuerte cuando pasaban bajo la ventana. En las pausas de aquel ritmo somnoliento se colaban voces sin palabras y risas breves. De vez en cuando alcanzaban a oírse las gaviotas: el mar no estaba lejos.

También ese año todo era idéntico a sí mismo. Pero madre e hijo percibían ambos, aunque de manera distinta, que la normalidad era extraña y deforme, de un modo que no habrían sabido explicar.

La mujer se asomó un poco por la ventana, mientras él realizaba la exploración de siempre por cada rincón, baldosa y grano de arena, que así reconocía y saludaba.

Al otro lado del sendero había una casita idéntica a la de ellos. Una niña morena y menuda contaba en voz alta en una lengua extranjera, mientras empujaba un columpio vacío. Jedan. Dva. Tri. La mujer sintió con más fuerza la extrañeza. Sedam. Osam. Devet. La vocecita creaba una especie de silencio alrededor, como un péndulo en una habitación vacía.

En el bar, el niño quiso enseguida la magia de la monedita en la ranura del dispensador de bolitas, con la rueda que gira a duras penas y chirría con un sonido grave, y la sorpresa que baja como un milagro casual; luego deseó un helado, y este llegó con una breve acrobacia de manos que hacían saltar la bolita de un cono a otro, destinado a derretirse en gota tras gota dulcísima sobre los dedos y alrededor de los labios. Todos los rituales empezaban a cumplirse con el gesto de asentimiento de la madre, que aun así esperaba el rebote de la bolita y el perfume del helado en la piel del niño.

Seguía habiendo algo distinto en el aire de aquel primer día, pese a la identidad de los gestos. La mujer se preguntó si algún acontecimiento aterrador había ocurrido, o estaba por ocurrir. Durante el invierno y aquella larga primavera había tenido miedo de una infinidad de hechos y posibilidades, y en realidad estaban allí para no pensar en nada, para sentirse como siempre se habían sentido en vacaciones. Pero no parecía posible. El helado no se cayó, la bolita no se perdió: aun así, el niño estaba un poco menos feliz que el año anterior, y durante unos minutos caminó ceñudo y algo apartado de su madre. Luego vio encenderse el parque de atracciones, al final del pueblo, y se le iluminaron otra vez los ojos.

Llegó la noche, perfumada de resina y poblada de escarabajos de mayo, bicicletas y luces de bazares. El niño se durmió enseguida; la mujer se sentó en la pequeña terracita a escuchar la noche. Tenía el pensamiento bloqueado y los nervios en alerta, como durante toda la jornada, a pesar del intento de sentirse como siempre. La tensión se volvió ansiedad, y la ansiedad, angustia, y esta un deseo irresistible de volver a casa, a salvo. Lo apartó como a un mosquito: inútilmente. Deseó recoger ropa y víveres y marcharse de inmediato, en plena noche.

El amanecer le prometió alivio. Los ruidos de las tazas en la mesa y del café que se anunciaba no despertaron al niño, y tampoco la luz de la mañana avanzada. De pequeño era él quien despertaba a la madre cada día, porque todo debía empezar pronto y juntos: con el desayuno y las pequeñas señales recíprocas, la repetición de palabras y gestos habituales, como un roce leve en el cabello del niño, o la frente inclinada hacia la madre, esperando el beso.

La playa era un desierto. Extendieron las toallas y permanecieron largo rato mirando el mar, en silencio. Luego él le habló del sueño de esa noche, con todos los “y después” y los “entonces” de los relatos infantiles; ella se preguntó cuánto tiempo más le hablaría así, con los ojos vivos y claros clavados en los suyos.

Se levantó un viento duro y frío, presagio de tormentas. Mientras el olor del mar se intensificaba, corrieron a casa, a resguardo. Sin embargo, no pasó nada. Así como el viento había llegado, así se fue. Habían esperado la tormenta en vano, y quedó una sensación de cosa inconclusa que los llevó a ambos a un estado de inercia. Dejaron que la tarde transcurriera sin notarla, tendidos en sus camas, durmiendo y leyendo, para levantarse con el sol bajo, antes del anochecer.

El tiempo avanzaba. Todo seguía siendo normal y, por eso mismo, extraño. La angustia subía y bajaba con el mar y se mezclaba con las nubes veloces de las tormentas veraniegas. La piel se oscurecía; cada día era igual al anterior, salpicado de gestos habituales acumulados a lo largo de los años y sedimentados alrededor de las horas que marcaban. Solo cambiaba la vibración de las cigarras, que subía como una marea, mientras los veraneantes disminuían, vaciando el pueblo. Al final, madre e hijo se quedaron solos. Todo a su alrededor había desaparecido: habitantes, veraneantes, incluso los gatos del pueblo. Apenas se dieron cuenta; siempre habían ido a lo suyo. Cada encuentro no era más que la epifanía de esos pequeños acontecimientos esperados, siempre idénticos a sí mismos, tanto que los demás no se notaban, como si fueran figuras de fondo. Eran fantasmas desvaídos que ese año, poco a poco, desaparecieron.

Por la mañana el niño jugaba en el agua trazando con los brazos abiertos un círculo de salpicaduras alrededor del cuerpo; se detenía y, charlando con el cielo, observaba el reflejo del sol en el agua; luego saludaba a la madre desde lejos, en el mismo instante en que ella alzaba los ojos del libro, como si se hubieran puesto de acuerdo sobre el segundo exacto en que pensarse. La mirada de la mujer duraba un poco más, porque sabía que no volvería a verlo jugar así. No estaba triste: solo era el último verano en que su hijo era niño.

Pero quién sabe: también podía ser el último verano del mundo.

Llegó el día de la partida. La madre paseaba sola. Los equipajes estaban listos; se trataba de despedirse del mar. Caminaba rápido, para regresar pronto. El canto de las cigarras primero la acompañó y luego la asaltó, como un mantra al revés. Desde los muslos una ola de frío le subió hasta el vientre, y al pecho, y a la garganta, que se le cerró, dejándola sin aliento. Todo el extrañamiento de aquellas extrañas vacaciones tomó la forma de la muerte. Se dio la vuelta: la casa de vacaciones aún se veía. Corrió como nunca, con el corazón retumbando y rechinando.

La puerta estaba abierta, la casa vacía: la recorrió gritando habitación tras habitación, esperando la tragedia, pero nada: solo se había quedado sola.

La sangre desaceleró su carrera, el corazón se calmó, el silencio volvió a la casa.

Desde la ventana aún abierta, por fin lo vio: él la saludó y luego echó a correr, lleno de cielo.

La madre cerró la ventana. Por un momento se quedó a oscuras, imaginando el verano que envolvía e iluminaba a su hijo, para alzarlo como el viento alza el polen.

Simonetta Olivo vive y trabaja en Trieste. Ha publicado sus relatos en las series Urania y Millemondi Urania (Mondadori), así como en la revista Robot (Delos Books). Es autora de los libros de relatos Fantafiabe (Delos Digital, 2018) e Insogno (Delos Digital, 2019). En 2019, publicó cuatro microrrelatos con Words Without Borders bajo el título "Microverses" y fue editora y autora de la antología Atterraggio In Italia (Delos Digital). Sus cuentos han contribuido a las antologías Fantatrieste (Kipple Officina Libraria, 2020), 2050 – Quel che resta di noi (Delos Digital, 2021), La boutique degli incanti (Delos Digital, 2022) y Universi smarriti. Il meglio della scienza italiana indipendente. (Delos Digital, 2023), L’Italia del soprannaturale (Edizioni Scudo, 2023), Dormono sulla collina – Tra Masters e De Andrè (Kipple Officina Libraria, 2023). En 2024, Delos Digital publicó la antología personal L’ultima estate del mondo y la novela corta Vita Nova. La misma editorial también publicó la antología S/Confinati, de la que es editora, en julio de 2024.

 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

LA PISCINA

Simonetta Olivo

 

1.

Es extraño cómo algunos recuerdos permanecen hundidos en la conciencia durante tanto tiempo que, cuando vuelven a la superficie, nos resultan ajenos. A los niños les suceden cosas increíbles, a menudo aterradoras, que es necesario olvidar para poder crecer. Pero una vez cumplida esa tarea evolutiva, puede ocurrir que baste un sonido, un olor, un paisaje para rescatar lo olvidado.

En mi caso, fue el olor a cloro de la piscina al aire libre del resort: llegó de la nariz al cerebro como una descarga, y lo que había ocurrido aquel día en San Leone emergió, treinta años después. En ese momento recordé también cómo mis padres hablaban a veces precisamente en esos términos: de aquel día en San Leone, sin especificar nunca nada más. Pero eran conversaciones entre adultos, y yo siempre tenía otras cosas en la cabeza: el fútbol, los deberes, mi compañera de banco.

—¡Papá!

Me sobresalté, y a la memoria se le añadió algo más que un simple detalle: la sensación particular de que el pasado puede tener un eco, que se arrastra hasta el presente como una larga e imparable ola.

La superficie de la piscina brillaba con la luz de julio, y el fondo azul parecía un cielo invertido. Era una promesa: de agua fresca, pero no fría, con los cuerpos a medio camino entre el dentro y el fuera, como los sonidos, a veces fuertes, a veces amortiguados, lejanos.

Había salido temprano de casa: papá y mamá estaban a oscuras, encerrados en la habitación, discutiendo incluso antes de levantar la persiana. Tal vez bastarían unos días de esas vacaciones para que hicieran las paces. O al menos eso esperaba. Pero no lo pensé mucho: la escuela había terminado y, por primera vez, tenía permiso para ir solo a la piscina. Al fin y al cabo, a mis once años me había vuelto más grande de lo que jamás había imaginado.

Me tiré de cabeza: un escalofrío me recorrió entero, luego toqué el fondo con los pies (¡el año anterior no llegaba!), y por último salí a la superficie con el pelo sobre los ojos, listo para empezar las vacaciones.

Sentado en el borde de la piscina, con los ojos cerrados y los pies haciendo pequeños chapoteos, escuchaba la alternancia de las voces, las risas lejanas, los gritos divertidos de los niños, los llamados de las madres, el sonido grave y fresco de los hidromasajes, que se encendían y se apagaban a intervalos regulares.

En la parte de la piscina donde el agua era más baja, una niña rubia con una camiseta de Alicia en el País de las Maravillas golpeaba el agua con los pies y cantaba. El papá estaba sentado frente a ella. El hombre asentía y reía, añadiendo a la canción alguna palabra olvidada por la hija:

Alicia, cuéntanos

tu viaje increíble

al mundo inverosímil

que nadie sabe dónde está

dónde está ese mágico

país que sabes encontrar

más allá de las nubes o en el fondo del mar

o quizás dentro de ti

La niña se lanzó hacia el padre con un pequeño salto, se dejó levantar y arrojar al agua, de donde emergió con un gritito de felicidad.

Entre todos los llamados, hubo uno más fuerte y recurrente. Era una madre con el pelo negro recogido en una cola y grandes gafas de sol. Llamaba a su hijo continuamente.

—¡Leooo! ¡Leooo!

Se empeñaba en secarlo, y él se volvía a tirar al agua. Lo perseguía con algún alimento, el pañuelo para la nariz, la crema solar, mientras él tenía la habilidad de escabullirse y refugiarse en el agua, donde evidentemente la mujer no quería entrar, tanto que se inclinaba para intentar atraparlo, estirándose y alargando la mano, sin esperanza.

Me divertí un rato observando la escena. El niño tendría unos seis años, un poco de sobrepeso, y el ingenio para huir de la madre cuanto más ella lo perseguía.

Una voz a mis espaldas me distrajo.

—Hola. ¿Cómo te llamas?

Era de primaria, a simple vista. Aunque hubiera querido hacerse pasar por mayor, el bañador de Spider-Man lo delataba. Le respondí con el tono que los adultos usan con los niños desconocidos, un poco falso, fingidamente interesado.

—¡Hola! Roberto. ¿Y tú, cómo te llamas?

—Marco. ¿Querés hacer bombas?

Miré a mi alrededor para asegurarme de que no hubiera ningún chico de mi edad o (peor aún) alguna chica cerca, y acepté. Marco era simpático, aunque pequeño, y nos divertimos bastante, hasta que se cayó, revelando claramente su edad: corrió llorando hacia los padres, que lo envolvieron en la toalla y le pusieron un helado en la mano, remedio universal.

Volví a apostarme en el borde de la piscina, esperando. El sol pegaba fuerte, serían las once; sentía los hombros ardiendo y los toqué con los labios para comprobar cuánto. Me habría quemado si mamá no llegaba pronto con la crema. También tenía hambre y no llevaba ni una moneda: una razón más para desear que llegaran mis padres.

De pronto sentí algo apretarse entre el pecho y el estómago. No era dolor, sino algo parecido a un pequeño miedo: no el incendio del susto, sino una llama fina que desde ese centro subía hasta la garganta. Me pareció entonces que había demasiados ruidos, demasiada gente, algo excesivo que me pesaba por dentro: las risotadas graves de los hombres del bar, sus panzas llenas de cerveza cayendo sobre los bóxers, la música de la baby dance, que un enjambre de niñas bailaba gritando, animadas por la chica al borde de la piscina, una especie de cosplay de Wonder Woman.

Una nube pasó delante del sol, y toda la luz de antes se volvió otra cosa: un término medio entre luz y sombra que agudizó mi angustia. Había sido lindo venir solo; me había sentido grande, por fin. Pero en ese momento deseaba intensamente que llegaran mis padres. Quería comprobar que de verdad habían hecho las paces y que me compraran una coca y un sándwich.

Esa sensación desagradable duró un rato, hasta que una aleta de tiburón que se deslizaba por la superficie del agua llamó mi atención. Me recordaba algo… ¡Sí! ¡Los gemelos! El tiburón de plástico emergió junto con mis amigos del verano anterior; se habían puesto de acuerdo para mantenerlo hundido de modo que solo sobresaliera la aleta, con la idea de asustar a las niñas. Yo había hecho el mismo juego con Paolo y Andrea el verano anterior, tarareando el tu du tu tu du tu du tu du de Tiburón cada vez que nos acercábamos a la víctima desprevenida.

Dejé de sentir hambre: me tiré al agua y nadé hacia ellos con mi mejor estilo, para que vieran cuánto había crecido. Tenían mi edad, pero eran bajos y flacos, como pececillos.

Paolo me reconoció enseguida; se subió a horcajadas sobre el tiburón y me saludó a los gritos, agitando el brazo libre. Mientras le devolvía el saludo sentí el agua moverse detrás de mí y una respiración ruidosa tomar aire a bocanadas. Me giré y encontré, a pocos centímetros del mío, el rostro de Andrea, igual al del gemelo pero, por algún motivo, absolutamente suyo. Por instinto di un salto hacia atrás, donde me esperaba Paolo, que se lanzó sobre mí abandonando el tiburón para agarrarme de los hombros y hundirme.

Reímos como niños.

Tenían un enorme paquete de papas fritas, que me ofrecieron bajo su sombrilla. Hundía las manos en la bolsa con avidez, más seguido que ellos. Paolo hablaba mucho y rápido; Andrea, en cambio, escuchaba.

—¡Mirá esto! —exclamó Paolo mostrándome con entusiasmo heroico una cicatriz en el costado—. Estuve en el hospital para sacarme el apéndice. Dos días. Hasta dormí ahí.

—¡Buenísimo! Yo una vez me operé la nariz.

—¿Y sabés cuándo fue, Andrea? ¡Una vez que no cagaba hacía una semana!

Paolo se rio mostrando las papas masticadas en la boca abierta; Andrea se puso rojo y pareció explotar: le dio un puñetazo al hermano y luego lo tiró al agua, donde intentó ahogarlo un par de veces (en realidad era el más fuerte). Pero la pelea duró poco: enseguida parecía que no hubiera pasado nada y volvimos a hablar de cualquier cosa.

—¿Cómo son los profes de ustedes?

—Más o menos, salvo la de matemáticas. ¡Pone amonestaciones todos los días a media clase! Y encima me odia a mí y ama a Andrea. ¡Capaz que está enamorada de él!

Esta vez Andrea no reaccionó; al contrario, siguió la conversación como si nada.

—Este año fuimos solos a la escuela, en autobús. Y en casa calentamos el almuerzo en el microondas.

—¡Sí! ¡Y casi derretimos la Nintendo de tanto jugar a escondidas de mamá!

Paolo era así: le gustaba hacer chistes y parecer peor de lo que era. Me di cuenta de lo distintos que eran (el año anterior no lo había pensado): Andrea parecía el más débil, pero en realidad era el más fuerte; por eso Paolo fanfarroneaba tanto.

—¿Sabes que también tenemos pistolas de agua? —exclamó Paolo, como quien recuerda de golpe algo fundamental.

Andrea se puso de pie de un salto y revolvió en el bolso de playa hasta sacar las pistolas. Me dieron una y corrimos a la fuente para llenarlas. Delante nuestro estaba la niña de la camiseta de Alicia, que seguía cantando sin inmutarse mientras llenaba el baldecito:

Alicia, cuéntanos

tu viaje increíble…

De la canilla salía un hilo de agua que tardó una eternidad en llegar al borde, y justo cuando la operación parecía terminada, la niña vació todo en el suelo para empezar de nuevo. Nos miramos exasperados. Me di vuelta buscando al padre con la mirada, esperando que se diera cuenta de que había fila. No lo encontré. Andrea se adelantó.

—Nena…

…más allá de las nubes o en el fondo del mar

o quizás dentro de ti

—¡Nena!

Se dio vuelta y, al vernos a los tres de pie frente a ella con las pistolas en la mano, se echó a llorar.

En ese preciso momento escuchamos un grito fuerte:

—¡Maaaaamá! ¡Maaaaamá! ¡Mamáááá!

La niña se calló. Tuve la impresión de que todos los ruidos de la piscina se habían apagado alrededor de ese llamado, que continuaba.

Era el niño al que su madre había estado persiguiendo hasta hacía poco. Tenía la cara deformada por el miedo: huir de ella había sido solo un juego, y dejar de ser perseguido el acontecimiento más inesperado. Corría gritando de un lado a otro por el borde de la piscina, pero nadie llegaba. Todos pensaron que alguien intervendría, pero nadie lo hizo, hasta que el niño se sentó en el suelo, bajo el sol, y empezó a llorar en silencio.

No podía apartar los ojos de él, mientras Paolo y Andrea discutían sobre quién debía darme su pistola de agua. Recuerdo con claridad que quizá por primera vez en mi vida me puse en el lugar de otro. Y ese otro pensaba que su mamá había desaparecido para siempre, porque no podía haber otra explicación para esa soledad.

La llamita de ansiedad de antes se convirtió en incendio: sentí el corazón latirme en la garganta y la cabeza liviana. Por un instante me di cuenta de que respiraba con dificultad. Miré hacia la puerta de la piscina, esperando ver a papá con la toalla al hombro levantando el brazo para saludarme, y a mamá justo detrás acomodándose el sombrero de paja y luego persiguiéndolo, refunfuñando un ¿no podías esperarme?. No los vi. Me dieron ganas de llorar. Pero duró poco, porque ya no hubo tiempo para nada más.

Otro grito llenó el aire perfumado de cloro.

Era el de la niña de la canción de Alicia: llamaba a su papá, y él no llegaba.

 

2.

En el lapso de media hora desaparecieron todos los adultos. Ocurrió todo tan rápido que no hubo tiempo de pedir ayuda a nadie, y al final no quedó nadie a quien recurrir. Los llamados desesperados y los llantos se sumaron y se agrandaron hasta formar un único sonido espantoso, que me llenó los oídos durante unos veinte minutos, hasta que por algún motivo se fue apagando, hasta desaparecer por completo.

Los niños ya no gritaban; alguno seguía llorando, pero en voz baja.

Andrea se había llevado a Alicia (no creo que se llamara así, pero desde ese momento la pensé con ese nombre por culpa de su camiseta) y la había llevado al bar. Para que no llorara le dio un helado, y después otro, y otro más. Recuerdo que, a pesar de lo extraordinario de la situación, me sorprendió que hubiera abierto él solo el congelador de los helados y los hubiera sacado sin pagar. Me pareció una barbaridad. En realidad, no había nadie en la caja.

Paolo estaba sentado en el borde de la piscina, la mirada fija en el agua, en silencio. Me acerqué, me senté a su lado y traté de hablarle.

—¿Qué haces?

No me respondió enseguida. Miró hacia su hermano y luego escupió al agua. Se hacía el duro, pero se notaba que tenía ganas de llorar.

—Espero a Andrea. Después nos vamos, al bungalow.

—Claro. Yo también voy.

En ese instante nos levantamos como resortes, al mismo tiempo. La idea de irnos de ahí se había vuelto concreta al decirla. De hecho me asombró no haberlo pensado antes: fuera de la piscina encontraríamos a nuestros padres, o a cualquier adulto que pudiera intervenir. En toda esa jornada extraña ese fue el único momento en que pensé con lucidez que yo y los gemelos no éramos como esos niños: nuestros padres no habían sido tragados por la cosa que había hecho desaparecer a los suyos, presumiblemente. Más aún: así como habíamos venido solos, también podíamos irnos. Por qué aparté esa evidencia y me quedé ahí hasta el final todavía hoy no me queda del todo claro. Supongo que fue por el trajín enorme que hubo hasta la noche.

Muchos niños empezaron a quejarse de hambre; les dije que se pusieran en fila y que yo repartiría los sándwiches del bar. El simple hecho de estar en esa espera ordenada los tranquilizó; algunos incluso se pusieron a reír y a charlar. Pensé que quizás así se sentían como en la escuela o en el campamento. Estaba ocurriendo algo normal: formar una fila, obedecer a alguien; con eso alcanzaba para volver a una especie de normalidad.

Mientras tanto, Paolo y Andrea habían llevado a los más chicos al césped, a la sombra. Por turnos, los niños corrían delante de ellos y ellos tenían que alcanzarlos con las pistolas de agua: cada vez que el chorro los tocaba, se reían y saltaban como si hubieran ganado un premio. Alicia y el niño cuya mamá había desaparecido primero jugaban con tizas de colores: habían dibujado en el asfalto de la zona cercana al bar una casa y parecían tranquilos permaneciendo dentro de esos límites coloreados.

En el fondo no estaba tan mal estar sin padres. Habíamos creado una especie de orden. Claro que hacía falta que nosotros fuéramos un poco más grandes. Pero a esa altura todo parecía ir sobre ruedas. Salvo que el sol empezaba a bajar. Cuando me di cuenta sentí en el pecho un apretón helado, que enseguida reprimí, porque un chico de unos ocho años le estaba pegando a mi amigo de las bombas. Le daba patadas en las canillas, una tras otra, mientras Marco permanecía inmóvil, la vista en el suelo, como si estuviera cumpliendo un castigo. En realidad el otro era realmente grandote y, lo juro, tenía un rayo estilizado rapado en el pelo cortísimo. El típico matón de primaria. Intervine.

—¿Qué pasa?

Estaba listo para agarrar al matoncito de las orejas, esperando que no se le ocurriera patearme también a mí las canillas con esas piernas de futbolista en ciernes.

—¡Dijo que mi mamá no va a volver más!

Miré a Marco: la cabeza gacha no logró ocultar una mueca a medio camino entre la sonrisa torcida y la risa. Como en el juego de las estatuas, recuperó voz y movimiento de golpe.

—¡Sí! ¡Se fue! ¡Porque das asco! Y en cambio mis padres van a volver ya mismo.

Ante eso el pequeño skinhead empezó a sorberse la nariz y a apretar la mandíbula. Se esforzó tanto por no llorar que le empezó a salir sangre de la nariz.

—¡Ve a buscar una botellita de agua del refrigerador y una servilleta!

Me dirigí a Marco como el capitán de un barco se dirige a la tripulación; debí sonar convincente, porque se borró la expresión de quien ha ganado un duelo y salió corriendo como una liebre al quiosco.

Me acordé de lo que siempre hacía mi mamá cuando me sangraba la nariz, y usé exactamente las mismas palabras:

—Bueno, ahora debes mantener la cabeza un poco hacia atrás; te mojo la frente con un poco de agua fresca, y tú te aprietas la nariz justo acá, con el pañuelo.

—¿Di… di… decía una mentira, no?

Fulminé a Marco con la mirada para que entendiera que era mejor que se callara.

—Claro. Una mentira. Pero ahora no hables, que si no te vuelve a salir sangre.

Me di cuenta de que yo y los gemelos éramos lo más parecido a un adulto que tenían esos niños, algunos de los cuales eran apenas unos meses menores que nosotros. A esa conciencia se le sumó un temor que creció hora tras hora, mientras el cielo resbalaba hacia la tarde y se oscurecía. ¿Y si después de los adultos le tocaba el turno a los más grandes? Ese pensamiento me torturaba; un par de veces miré hacia la reja de la piscina pensando en escabullirme. Pero siempre había un compromiso más importante, una tarea nueva necesaria para sostener ese tinglado sin que nadie se lastimara, o alguien que me tiraba de la camiseta para pedirme que lo llevara a hacer pis al baño.

Mi temor se volvió certeza cuando ya no se encontró rastro de Andrea.

 

3.

Organizamos la búsqueda: Paolo y yo en los vestuarios; Marco y el skinhead detrás del bar. Cuando quedó claro que el gemelo no estaba en ninguna parte, Paolo se transformó. Palideció tanto que parecía un fantasma, y con ese rostro blanco, impresionante, se quedó inmóvil y sin expresión durante unos minutos, como congelado. De pronto se puso a sollozar ruidosamente, con una especie de grito ronco entre un sollozo y el siguiente. Me acerqué para tranquilizarlo, pero él saltó hacia atrás como si yo fuera un escorpión a punto de picarlo; corrió llorando hacia la puerta de salida. Por un instante me sentí aliviado: tal vez no era mala idea ir a ver qué estaba pasando afuera. Pero Paolo se detuvo en seco, como si hubiera chocado contra un muro invisible que le impedía avanzar. Si Andrea hubiera estado, es probable que hubiera atravesado ese obstáculo y habría salido corriendo. Pero solo no podía: afuera, entre las ramas de los árboles que rodeaban la piscina, avanzaba una sombra que se parecía a la oscuridad.

Alicia me tiró de la manga.

—¡Llora! ¿Se hizo daño?

La tomé de la mano.

—No, tiene un poco de miedo.

A mi respuesta, Alicia empezó a quejarse y a pedir por su papá; y tras ella todos los demás niños volvieron a ponerse mal, aferrándose a mí entre lágrimas y mocos. Mierda, pensé: nunca hay que decirles la verdad a los niños.

La tarde se iba tiñendo de noche. El agua de la piscina ya no era azul, ningún rayo de sol hacía brillar la superficie, y todos nos manteníamos lejos, como si ese gris pudiera tragarnos.

Paolo seguía inmóvil frente a la reja; no se había movido de ese punto, donde parecía plantado como una estatua. De pronto gritó, con voz ahogada:

—¡Están llegando! ¡Están llegando!

Todos, yo incluido, entendimos lo inevitable: las criaturas monstruosas que se habían llevado a los padres y a Andrea avanzaban con la oscuridad y venían a llevarnos también a nosotros. Los niños se apretaron contra mí como si yo pudiera evitar lo peor. Yo quería llorar y salir corriendo, pero logré contenerme porque yo era el grande.

Más allá y dentro de la piscina no había más que oscuridad, y en la ausencia de luz se juntaban y se movían arrastrándose bestias negras que habían olfateado nuestra soledad y venían a alimentarse del miedo. Dicen que los adultos no ven los monstruos que persiguen a los niños por la noche. De golpe tuve la certeza de que nosotros sí los veríamos, y de que a los padres les habían ahorrado ese horror: simplemente habían desaparecido, y a nosotros nos tocaría todo el horror del mundo.

Alicia se aferró a mi pierna: lloraba con un jadeo sofocado, como un animalito atrapado. Nos apretamos unos contra otros. El viento sacudió los árboles que emergían de la oscuridad con ruido de hojas y de noche, y luego el silencio cayó sobre la piscina.

En esa inmovilidad pensé en todos los superhéroes de mis cómics de Marvel: ¿se rendirían así? No. Miré alrededor buscando una vía de escape para todos. Si hubiéramos tenido armas, no habríamos sabido usarlas. Si nos separábamos corriendo, nos atraparían uno por uno, despedazándonos en un rincón.

Los más pequeños tenían un único pensamiento: su mamá, a la que llamaban en voz baja, como si pudiera aparecer de golpe y llevarlos a la luz segura de la cocina de su casa, donde nada malo podía ocurrir. Yo era uno de ellos, pero mi diferencia –estar en el borde entre la infancia y la adolescencia– me permitía observarlos desde afuera: sentí una pena enorme.

Entonces vi las tizas de colores en el suelo.

Todavía era lo suficientemente chico como para saber que el horror tiene límites, que solo los niños saben trazar.

—¡Las tizas! ¡Marco, agarra las tizas!

Me miró con cara interrogativa.

—¡Vamos! Empieza de ese lado, yo de este. ¡Hagamos una línea alrededor de todos!

Me había acordado del juego de Alicia y en ese momento estuve seguro de que podía funcionar: la línea de colores nos serviría de escudo contra el horror que avanzaba. No era un pensamiento normal, pero nada lo era ese día.

Ya era casi de noche cuando vimos a Paolo correr hacia afuera como un loco, directo hacia los monstruos que lo atraparían. Ordené a todos los niños que permanecieran inmóviles y en silencio dentro de los límites de tiza. Por instinto, nos tomamos todos de la mano.

No sé cuánto tiempo estuvimos así. ¿Segundos? ¿Horas? El tiempo estaba deformado por el miedo.

Apareció una lucecita, lejos, que fue creciendo hasta iluminar el césped, después el agua y por último a nosotros.

Era una linterna.

Detrás estaban Andrea y Paolo, sonriendo junto a una mujer, sin duda su madre.

Y mis padres. Papá levantó el brazo para que lo viera; mamá dejó caer la cartera y echó a correr.

 

4.

Nos fuimos esa misma noche, después de poner a los niños a salvo. Nunca supe qué había ocurrido de verdad, ni si todos los adultos desaparecidos volvieron alguna vez. Una vez un tipo me hizo un montón de preguntas; creo que era un policía: le conté todo lo que había pasado, excepto lo de las tizas. En el momento me había parecido una idea genial y, quién sabe, tal vez lo fue, pero con el paso de los días y las semanas me pareció cada vez más una tontería.

No volví a pensar en lo que había ocurrido en San Leone durante décadas, hasta que el olor a cloro y el llamado de mi hijo se entrelazaron y formaron una red para atrapar ese recuerdo.

La superficie de la piscina brillaba con la luz de julio, y el fondo azul parecía un cielo invertido. Alcé a mi hijo en brazos; se rio y se retorció sin lograr soltarse. Al grito de ¡Booomba! caímos al agua.

Durante unos instantes estuvimos bajo la superficie, donde solo se ven sombras y los sonidos se vuelven otra cosa, incomprensible y lejana.

Cuando salimos a la superficie, unidos en un solo cuerpo, el mundo regresó de golpe, entero.

Simonetta Olivo vive y trabaja en Trieste. Ha publicado sus relatos en las series Urania y Millemondi Urania (Mondadori), así como en la revista Robot (Delos Books). Es autora de los libros de relatos Fantafiabe (Delos Digital, 2018) e Insogno (Delos Digital, 2019). En 2019, publicó cuatro microrrelatos con Words Without Borders bajo el título "Microverses" y fue editora y autora de la antología Atterraggio In Italia (Delos Digital). Sus cuentos han contribuido a las antologías Fantatrieste (Kipple Officina Libraria, 2020), 2050 – Quel che resta di noi (Delos Digital, 2021), La boutique degli incanti (Delos Digital, 2022) y Universi smarriti. Il meglio della scienza italiana indipendente. (Delos Digital, 2023), L’Italia del soprannaturale (Edizioni Scudo, 2023), Dormono sulla collina – Tra Masters e De Andrè (Kipple Officina Libraria, 2023). En 2024, Delos Digital publicó la antología personal L’ultima estate del mondo y la novela corta Vita Nova. La misma editorial también publicó la antología S/Confinati, de la que es editora, en julio de 2024.

 

YO SOY LA ESPERANZA