viernes, 6 de febrero de 2026

LA CRISIS DEL SECTOR TURÍSTICO

Simonetta Olivo

 

Cuando el sacerdote pronunció la esperada frase, “el novio puede besar a la novia”, los invitados aplaudieron, los niños desviaron la mirada, las damas de honor se balancearon sobre los tacones. Más tarde, en el brindis, el marido observó complacido a la esposa deslizarse de un invitado a otro repartiendo recuerdos y sonrisas; él se prestó a las bromas de los amigos, que aludían a la inminente noche de amor, en la ficción de que fuera la primera. Ella se dejó alzar en el umbral del apartamento donde ya vivían; el novio bromeó sobre el peso que tuvo que sostener. Consumaron lo que el estado de embriaguez les permitió.

Al día siguiente, al amanecer, embarcaron bajo un cielo poblado de globos y música de orquesta. Otros como ellos repetían el saludo de ocasión, con el brazo del hombre sobre el hombro de la mujer y la misma sonrisa multiplicada a lo largo de todo el crucero.

Eran dos desconocidos perfectamente felices: nunca se habían mirado tan a fondo a sí mismos como para poder siquiera imaginar qué significa amar.

El primer día de viaje el esposo vomitó durante horas y la esposa le hizo compañía, sentada en la cama del camarote, las manos entrelazadas bajo el mentón y el pijama rosa comprado para la ocasión.

El segundo día salieron a divertirse: había que apiñarse en el buffet, jugar al minigolf, pasear por la cubierta al atardecer, pero sobre todo siempre había un camarero dispuesto a ofrecer un generoso cóctel, de modo que no pasara una sola hora en la que no estuvieran al menos algo achispados.

Por la noche ella se ponía su vestido dorado y de lamé, y todo el tiempo comprobaba en el espejo del salón que el pliegue del peinado no perdiera forma. Él se aburría un poco, pero el lujo del barco le daba la sensación de ser rico, y eso le bastaba.

Desembarcaron para visitar la primera ciudad durante seis horas. Los guiaba una mujer corpulenta de mediana edad, vestida con un traje sastre color burdeos: agitaba su banderita como si fuera un estandarte y los conducía a penetrar en la multitud de turistas, como bancos de peces que se encuentran y se cruzan. Las ruedas de valijas sobre el asfalto peatonal y el olor a McDonald’s se multiplicaban, siempre idénticos, en cada calle que los llevaba al destino obligatorio: la catedral, el parque, la calle de las compras, la larga fila para acceder al museo, con todas las guías de traje color burdeos disputándose el espacio entre sus protegidos y la boletería. Carteles multilingües aconsejaban no desnudarse en los lugares de culto, no escupir en el suelo, recordar la propina. La esposa seguía a la guía como si fuera la comandante de la infantería, y la visita una guerra santa. El reparto de los sándwiches envueltos a bordo entusiasmó al esposo, como suele ocurrirles a los niños de excursión escolar. Compraron láminas y adornos de Swarovski para el mobiliario de su nueva vida. Antes de volver a subir al barco pidieron a la guía que les sacara una foto con la ciudad de fondo, conscientes de que jamás regresarían; se besaron en el momento del disparo y luego, sin nostalgia, observaron cómo la costa se alejaba y desaparecía, con las pantorrillas hinchadas y un gran deseo de mojito.

En los días siguientes se dedicaron a los bailes en grupo y a la vida social. En la cena charlaban con la pareja asignada frente a ellos; entre ambos había una diferencia de edad que saltaba a la vista: ella rondaba los veinte, alta, voluptuosa, con los labios siempre brillantes y el cabello apenas ondulado en los largos; él, de la mitad de su estatura, al menos sesenta años, con un impulso irrefrenable por alardear de sus bienes, incluida la esposa. Los hombres hablaban entre ellos de relojes; las mujeres, de cocina.

Después de tres días de navegación, la esposa le preguntó al esposo cuándo estaba previsto el próximo desembarco. Él se preocupó: en efecto, haciendo memoria, ya deberían haber visto al menos otras dos ciudades asomadas a ese mar. Atribuyeron el retraso a algún mal tiempo en la costa y volvieron a brindar a la luz de la luna, como cada noche, como todas las parejas asomadas a ese lado del barco, con el brazo del hombre sobre el hombro de la mujer.

Durante dos días el barco no se movió. Entre los pasajeros circulaba una vena de irritación y ansiedad, pues no había un motivo aparente ni explicación para ese estancamiento. Los esposos se lo tomaron con filosofía y se dedicaron al minigolf. La esposa acababa de apuntar al tobogán de la última pista cuando la voz del capitán cayó sobre todos los pasajeros, anunciando la rápida propagación, en tierra firme, de un virus resistente a los tratamientos. También en el barco se habían registrado dos casos, en aislamiento. Se invitaba a los pasajeros a lavarse frecuentemente las manos, a desechar los pañuelos usados en bolsas de un solo uso, a estornudar en el pliegue del brazo. Los esposos terminaron la partida, bromearon con los comensales sobre el asunto de los estornudos, brindaron en la cubierta a la luz de la luna, pero esta vez con menos compañía, pues muchos, tras el anuncio, se habían retirado a sus camarotes.

Al día siguiente se cruzaron con la joven de los labios brillantes. Elegantísima como de costumbre, delataba su malestar con la palidez y con la ausencia de él. La esposa notó el cabello sucio. No se saludaron.

En el barco circulaban noticias sobre el estado de la situación: que en tierra firme el contagio sumaba nuevas víctimas cada hora y que al menos una veintena de metrópolis habían sido puestas en cuarentena. Se decía que la muerte podía llegar por paro cardíaco, o por asfixia, tarde o temprano, para todos o para unos pocos. Los rumores resbalaban por los pisos brillantes del barco, se difundían, se agrandaban y se encogían, mientras los pasajeros se replegaban cada vez más en los camarotes.

Los esposos no renunciaron al minigolf. La esposa escribió un poema sobre el viento y se lo leyó al esposo.

A la mañana siguiente los esposos notaron que la cubierta estaba casi desierta. El capitán invitaba a la calma, a aprovechar el buffet y a mantener al menos un metro de distancia entre un pasajero y otro. La cena fue un velatorio: los bailes fueron cancelados y los amigos de mesa no se presentaron. La esposa le contó al esposo su cuento favorito de la infancia, y él le habló de cómo por la noche temía la soledad.

Al día siguiente avistaron tierra y prepararon la valija. Los oficiales médicos, parecidos a astronautas con trajes anticontaminación, midieron la temperatura corporal de cada uno, expulsando de la fila a los febriles. Aglomerados en la cubierta principal, los esposos vieron acercarse la costa, pero cuando el perfil de la ciudad se volvió más definido, el barco se detuvo. La esposa apretó con fuerza la mano del esposo.

La voz del capitán envolvió a los pasajeros. Las autoridades locales no habían concedido el atraque del barco ni estaban dispuestas a enviar ayuda para los enfermos. El capitán concluyó: “Señoras y señores, ya no somos turistas”. Ante esas palabras, muchos se arrojaron al mar y comenzaron a nadar: pero la costa estaba demasiado lejos.

Esa noche los esposos permanecieron sobrios y, por primera vez en muchos años, discutieron, para luego buscarse en la oscuridad. No se llamaron “querido” ni “querida”, sino por su nombre.

A la mañana siguiente, acompañados por el viento, jugaron a perseguirse, como niños.

Pasó un tiempo que nadie sabía ya contar. El barco se transformó en un navío fantasma; a los pasajeros se les concedía una hora diaria al aire libre, y se recomendaba mantener una distancia de al menos dos metros entre unos y otros.

Luego el capitán dejó de hablar.

El crucero flotaba inmóvil, como un juguete roto y abandonado.

Cuando las autoridades permitieron a los sobrevivientes desembarcar, los esposos se escondieron.

Su casa era el mar.

Incluido en la antologia personal de la autora, L'ultima estate del mondo (Delos Digital, 2025)

Simonetta Olivo vive y trabaja en Trieste. Ha publicado sus relatos en las series Urania y Millemondi Urania (Mondadori), así como en la revista Robot (Delos Books). Es autora de los libros de relatos Fantafiabe (Delos Digital, 2018) e Insogno (Delos Digital, 2019). En 2019, publicó cuatro microrrelatos con Words Without Borders bajo el título "Microverses" y fue editora y autora de la antología Atterraggio In Italia (Delos Digital). Sus cuentos han contribuido a las antologías Fantatrieste (Kipple Officina Libraria, 2020), 2050 – Quel che resta di noi (Delos Digital,  2021), La boutique degli incanti (Delos Digital, 2022) y Universi smarriti. Il meglio della scienza italiana indipendente. (Delos Digital, 2023), L’Italia del soprannaturale (Edizioni Scudo, 2023), Dormono sulla collina – Tra Masters e De Andrè (Kipple Officina Libraria, 2023). En 2024, Delos Digital publicó la antología personal L’ultima estate del mondo y la novela corta Vita Nova. La misma editorial también publicó la antología S/Confinati, de la que es editora, en julio de 2024.





 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

LA NAVE