Simonetta Olivo
Cuando el sacerdote
pronunció la esperada frase, “el novio puede besar a la novia”, los invitados
aplaudieron, los niños desviaron la mirada, las damas de honor se balancearon
sobre los tacones. Más tarde, en el brindis, el marido observó complacido a la
esposa deslizarse de un invitado a otro repartiendo recuerdos y sonrisas; él se
prestó a las bromas de los amigos, que aludían a la inminente noche de amor, en
la ficción de que fuera la primera. Ella se dejó alzar en el umbral del
apartamento donde ya vivían; el novio bromeó sobre el peso que tuvo que
sostener. Consumaron lo que el estado de embriaguez les permitió.
Al día siguiente, al amanecer,
embarcaron bajo un cielo poblado de globos y música de orquesta. Otros como
ellos repetían el saludo de ocasión, con el brazo del hombre sobre el hombro de
la mujer y la misma sonrisa multiplicada a lo largo de todo el crucero.
Eran dos desconocidos perfectamente
felices: nunca se habían mirado tan a fondo a sí mismos como para poder
siquiera imaginar qué significa amar.
El primer día de viaje el esposo
vomitó durante horas y la esposa le hizo compañía, sentada en la cama del
camarote, las manos entrelazadas bajo el mentón y el pijama rosa comprado para
la ocasión.
El segundo día salieron a
divertirse: había que apiñarse en el buffet, jugar al minigolf, pasear por la
cubierta al atardecer, pero sobre todo siempre había un camarero dispuesto a
ofrecer un generoso cóctel, de modo que no pasara una sola hora en la que no
estuvieran al menos algo achispados.
Por la noche ella se ponía su
vestido dorado y de lamé, y todo el tiempo comprobaba en el espejo del salón
que el pliegue del peinado no perdiera forma. Él se aburría un poco, pero el
lujo del barco le daba la sensación de ser rico, y eso le bastaba.
Desembarcaron para visitar la
primera ciudad durante seis horas. Los guiaba una mujer corpulenta de mediana
edad, vestida con un traje sastre color burdeos: agitaba su banderita como si fuera
un estandarte y los conducía a penetrar en la multitud de turistas, como bancos
de peces que se encuentran y se cruzan. Las ruedas de valijas sobre el asfalto
peatonal y el olor a McDonald’s se multiplicaban, siempre idénticos, en cada calle
que los llevaba al destino obligatorio: la catedral, el parque, la calle de las
compras, la larga fila para acceder al museo, con todas las guías de traje color burdeos disputándose el espacio entre sus protegidos y la boletería. Carteles
multilingües aconsejaban no desnudarse en los lugares de culto, no escupir en
el suelo, recordar la propina. La esposa seguía a la guía como si fuera la
comandante de la infantería, y la visita una guerra santa. El reparto de los
sándwiches envueltos a bordo entusiasmó al esposo, como suele ocurrirles a los
niños de excursión escolar. Compraron láminas y adornos de Swarovski para el
mobiliario de su nueva vida. Antes de volver a subir al barco pidieron a la
guía que les sacara una foto con la ciudad de fondo, conscientes de que jamás
regresarían; se besaron en el momento del disparo y luego, sin nostalgia,
observaron cómo la costa se alejaba y desaparecía, con las pantorrillas
hinchadas y un gran deseo de mojito.
En los días siguientes se dedicaron
a los bailes en grupo y a la vida social. En la cena charlaban con la pareja
asignada frente a ellos; entre ambos había una diferencia de edad que saltaba a
la vista: ella rondaba los veinte, alta, voluptuosa, con los labios siempre
brillantes y el cabello apenas ondulado en los largos; él, de la mitad de su
estatura, al menos sesenta años, con un impulso irrefrenable por alardear de
sus bienes, incluida la esposa. Los hombres hablaban entre ellos de relojes;
las mujeres, de cocina.
Después de tres días de navegación,
la esposa le preguntó al esposo cuándo estaba previsto el próximo desembarco.
Él se preocupó: en efecto, haciendo memoria, ya deberían haber visto al menos
otras dos ciudades asomadas a ese mar. Atribuyeron el retraso a algún mal
tiempo en la costa y volvieron a brindar a la luz de la luna, como cada noche,
como todas las parejas asomadas a ese lado del barco, con el brazo del hombre
sobre el hombro de la mujer.
Durante dos días el barco no se
movió. Entre los pasajeros circulaba una vena de irritación y ansiedad, pues no
había un motivo aparente ni explicación para ese estancamiento. Los esposos se
lo tomaron con filosofía y se dedicaron al minigolf. La esposa acababa de
apuntar al tobogán de la última pista cuando la voz del capitán cayó sobre
todos los pasajeros, anunciando la rápida propagación, en tierra firme, de un
virus resistente a los tratamientos. También en el barco se habían registrado
dos casos, en aislamiento. Se invitaba a los pasajeros a lavarse frecuentemente
las manos, a desechar los pañuelos usados en bolsas de un solo uso, a
estornudar en el pliegue del brazo. Los esposos terminaron la partida,
bromearon con los comensales sobre el asunto de los estornudos, brindaron en la
cubierta a la luz de la luna, pero esta vez con menos compañía, pues muchos,
tras el anuncio, se habían retirado a sus camarotes.
Al día siguiente se cruzaron con la
joven de los labios brillantes. Elegantísima como de costumbre, delataba su
malestar con la palidez y con la ausencia de él. La esposa notó el cabello
sucio. No se saludaron.
En el barco circulaban noticias
sobre el estado de la situación: que en tierra firme el contagio sumaba nuevas
víctimas cada hora y que al menos una veintena de metrópolis habían sido
puestas en cuarentena. Se decía que la muerte podía llegar por paro cardíaco, o
por asfixia, tarde o temprano, para todos o para unos pocos. Los rumores
resbalaban por los pisos brillantes del barco, se difundían, se agrandaban y se
encogían, mientras los pasajeros se replegaban cada vez más en los camarotes.
Los esposos no renunciaron al
minigolf. La esposa escribió un poema sobre el viento y se lo leyó al esposo.
A la mañana siguiente los esposos
notaron que la cubierta estaba casi desierta. El capitán invitaba a la calma, a
aprovechar el buffet y a mantener al menos un metro de distancia entre un
pasajero y otro. La cena fue un velatorio: los bailes fueron cancelados y los
amigos de mesa no se presentaron. La esposa le contó al esposo su cuento
favorito de la infancia, y él le habló de cómo por la noche temía la soledad.
Al día siguiente avistaron tierra y
prepararon la valija. Los oficiales médicos, parecidos a astronautas con trajes
anticontaminación, midieron la temperatura corporal de cada uno, expulsando de
la fila a los febriles. Aglomerados en la cubierta principal, los esposos
vieron acercarse la costa, pero cuando el perfil de la ciudad se volvió más
definido, el barco se detuvo. La esposa apretó con fuerza la mano del esposo.
La voz del capitán envolvió a los
pasajeros. Las autoridades locales no habían concedido el atraque del barco ni
estaban dispuestas a enviar ayuda para los enfermos. El capitán concluyó:
“Señoras y señores, ya no somos turistas”. Ante esas palabras, muchos se
arrojaron al mar y comenzaron a nadar: pero la costa estaba demasiado lejos.
Esa noche los esposos permanecieron
sobrios y, por primera vez en muchos años, discutieron, para luego buscarse en
la oscuridad. No se llamaron “querido” ni “querida”, sino por su nombre.
A la mañana siguiente, acompañados
por el viento, jugaron a perseguirse, como niños.
Pasó un tiempo que nadie sabía ya
contar. El barco se transformó en un navío fantasma; a los pasajeros se les
concedía una hora diaria al aire libre, y se recomendaba mantener una distancia
de al menos dos metros entre unos y otros.
Luego el capitán dejó de hablar.
El crucero flotaba inmóvil, como un
juguete roto y abandonado.
Cuando las autoridades permitieron
a los sobrevivientes desembarcar, los esposos se escondieron.
Su casa era el mar.
Incluido en la antologia personal de la autora, L'ultima estate del mondo (Delos Digital, 2025)
Simonetta Olivo vive y trabaja en Trieste. Ha publicado sus relatos en las series Urania y Millemondi Urania (Mondadori), así como en la revista Robot (Delos Books). Es autora de los libros de relatos Fantafiabe (Delos Digital, 2018) e Insogno (Delos Digital, 2019). En 2019, publicó cuatro microrrelatos con Words Without Borders bajo el título "Microverses" y fue editora y autora de la antología Atterraggio In Italia (Delos Digital). Sus cuentos han contribuido a las antologías Fantatrieste (Kipple Officina Libraria, 2020), 2050 – Quel che resta di noi (Delos Digital, 2021), La boutique degli incanti (Delos Digital, 2022) y Universi smarriti. Il meglio della scienza italiana indipendente. (Delos Digital, 2023), L’Italia del soprannaturale (Edizioni Scudo, 2023), Dormono sulla collina – Tra Masters e De Andrè (Kipple Officina Libraria, 2023). En 2024, Delos Digital publicó la antología personal L’ultima estate del mondo y la novela corta Vita Nova. La misma editorial también publicó la antología S/Confinati, de la que es editora, en julio de 2024.

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