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lunes, 19 de enero de 2026

LA MALDICIÓN DE LA LUZ


Majda Arhnauer Subašić

 

Solo, desvalido y encorvado, está de pie frente al majestuoso edificio de vidrio del Centro Médico Estatal Central. Sus ojos, como hechizados, se clavan en una hoja de papel. Teme leer el diagnóstico que intuye y que lo llena de angustia. Las letras bailan ante su vista y, de pronto, desde el subconsciente irrumpe una escena terrible, vivida hacía mucho tiempo. El acontecimiento fatal, sepultado en las profundidades de lo inconsciente, cobra vida…

En su mente se dibuja la imagen de una anciana. Aquella aparición extraña lo ciega; en sus oídos resuena su voz sonora y amenazante.

—Aunque sigas con vida, que te quede claro: tus descendientes estarán por siempre, por siempre, malditos.

—Mi pequeño hijo… —solloza impotente y se encoge sobre sí mismo.

En su cabeza retumban los tambores de una orquesta infernal, que invocan recuerdos de un día como sacado de un sueño pantanoso. Se defiende de ellos, pero son ellos quienes lo engullen, porque la inyección del olvido ha cedido…

Fue una de esas noches despejadas en las que el cielo brillaba a la luz de las estrellas y la luna, inusualmente grande, le daba un matiz místico. La claridad lunar bañaba la bahía y el mar relucía con un fulgor plateado. En la carretera sinuosa, sobre los acantilados, se veía el rastro de las luces de un automóvil. Tras una curva, se perdieron en el bosque. Poco después, la limusina se detuvo ante una mansión a la que llevaba un camino mal señalizado. Cuatro figuras bajaron y avanzaron hacia el portal antiguo, coronado por un escudo de piedra. Caminaban en silencio, con reserva, como si quisieran ocultar su llegada. En sus miradas se leía incertidumbre, casi preocupación. La mansión parecía olvidada: muros gruesos y descascarados, en partes cubiertos de vegetación; pequeñas troneras con postigos cerrados; un portón de hierro. Un bosque oscuro, que llegaba casi hasta la entrada, protegía la vivienda del mundo exterior. Despertaba una sensación de misterio; más aún ahora, envuelta en el manto de la noche.

El portón de hierro se abrió lentamente. Era evidente que los estaba esperando. De la oscuridad se fue perfilando una figura. Dos ojos afilados, de un brillo insólito, se fijaron en ellos. El cuerpo, vestido con una prenda reluciente, causaba una impresión extraña: parecía como si la luz brotara del propio cuerpo y no del tejido.

—¡Pasen! —ordenó una voz cortante que intentaba sonar amable.

Con vacilación entraron y se quedaron inmóviles, sorprendidos. A diferencia del entorno lúgubre, no esperaban un gran vestíbulo donde todo brillaba y destellaba. El mobiliario tenía formas inusuales y colores tornasolados poco comunes. Suponían que se toparían con una anciana excéntrica –así la habían imaginado siempre–, pero aun así no esperaban un ambiente como aquel.

—Siéntense —los invitó al entrar en la siguiente sala, todavía más extrañamente iluminada.

Con un andar arrastrado se dirigió a un armario del que sacó una botella y unos vasos cuyos bordes centelleantes, al moverse, dibujaban sombras de tonos extraños sobre la pared de un blanco deslumbrante. Con incomodidad, se sentaron en lujosos sillones de matices fluorescentes.

—Tía… —balbuceó el primero—. Sabe, los tiempos cambian. Todo se vuelve más peligroso. Tenemos que pensar en el mañana. Pensar que podría pasarnos algo…

—Dilo de frente, querido Mark —lo animó con una voz melosa, mientras servía un vino de añada venerable en vasos de cristal grabados con símbolos del sol.

—Verá… todos envejecemos… cada día estamos más cerca de la muerte…

El segundo tampoco pudo continuar. Habían planteado su visita y su discurso de otra manera, pero ahora de sus bocas salían frases vacías, expresiones sueltas que resultaban muy distintas de lo que habían supuesto. Como si algo confundiera sus pensamientos y les pusiera en la boca palabras completamente diferentes de las que pretendían pronunciar.

La mirada inquisitiva de sus ojos fríos –en la que se advertía algo amenazante– recorrió a cada uno, de uno en uno.

—Entonces se trata de mi patrimonio, por lo que veo, ¿verdad? —preguntó.

Con vergüenza, asintieron. Quizá los entendería. En ellos se encendió una chispa de esperanza y, en silencio, casi respiraron aliviados. Tal vez la tarea desagradable no sería tan difícil como temían. Quizá reconsideraría y revocaría el testamento con el que entregaba toda su fortuna a una institución misteriosa. Así se asegurarían, en adelante, una vida cómoda y su permanencia en los círculos a los que –por linaje– pretendían pertenecer.

Un largo silencio se convirtió en una quietud opresiva. A la espera de su respuesta, bajaron la vista al suelo. La tensión creció.

—Jóvenes, ingenuos, estúpidos —alzó por fin la voz—, como todos los Rollway. Solo piensan en el dinero, el prestigio, una vida agitada y… la ociosidad.

—¡Tía! —gritó una voz asustada—. Entienda que no tenemos malas intenciones. Todos le deseamos muchos años de vida exitosa y feliz. Nosotros, de veras…

La muchacha no logró terminar la frase. Las sombras del imponente candelabro de cristal parpadeaban justo delante de sus ojos. Qué raro: le dispersaba las ideas. No conseguía concentrarse.

—Sea razonable; siempre la consideraron inteligente y prudente. La más exitosa de la familia. Es un ejemplo —intentó halagarla el sobrino.

—¡Tía! —exclamó, casi suplicante, la voz del tercero.

—¿Tía? —se burló ella—. No es culpa mía si, por fuerza, pertenezco a esta familia maldita, que desde siempre busca cómo mantenerse con intrigas y vilezas a costa de los demás, someterlos y beneficiarse de lo ajeno. A lo largo de generaciones se acumuló sobre su linaje la ira de quienes fueron humillados y engañados por un clan que no conocía la clemencia ni la compasión, y menos aún la moral humana básica. Cuántas víctimas arruinadas por la codicia de nuestros antepasados maldijeron su sangre en el lecho de muerte. La espada de la venganza lleva tiempo tintineando de forma peligrosa, pero cada vez la detiene la esperanza de que la siguiente generación pagará la deuda con una conducta distinta y se redimirá así de los pecados y las injusticias del pasado. También ustedes tuvieron la oportunidad, pero la desperdiciaron, ya de jóvenes, con su proceder condenable, que cargó aún más el karma familiar. Son el último eslabón de la cadena. Con ustedes terminará esta ilustre estirpe de pasiones bajas, voracidad y depravación. Y ese ha sido mi objetivo desde hace mucho. Por eso, en otro tiempo, vencí mi resistencia y me casé con su tío. Solo para vengar a mi linaje, humillado y pisoteado hace siglos por los Rollway.

Sus últimas palabras adquirieron un timbre metálico; de sus ojos saltaron destellos salvajes; su cabello tomó un brillo extraño. La luz en la sala creció, cegándolos.

Comprendieron la situación. Se miraron y se pusieron de pie de golpe. Intentaron abrirse paso hacia la puerta, pero… ¡estaba cerrada! Ella, en cambio, permaneció sentada con calma, y en sus manos brillaba un control remoto cuando habló con tono burlón.

—En realidad no me conocen. Mi cátedra en la universidad es solo una tapadera. En verdad estoy más dedicada a la investigación que a la docencia. Mi seudónimo es una leyenda en el mundo científico y militar: Leon Keney. Conozco grandes secretos de la OTAN, y en las sesiones de la STO –la organización que representa su cerebro– ese nombre se pronuncia con respeto. Mi fórmula revolucionaria y el descubrimiento que se deriva de ella son el potencial de la Alianza. Soy la segunda Madame Curie. Pero no busco sustancias radiactivas: eso ya es pasado. Me lancé a este maravilloso fenómeno natural: la luz. La oscilación de la que nace todo.

—¡Estás loca! —se oyó una voz furiosa.

Ocho ojos, aterrorizados hasta la muerte, se clavaron en ella. Por fin uno de ellos se atrevió, abalanzándose para intentar arrancarle el dispositivo de las manos. Pero…

—¡Timmy! —gritó asustada la muchacha.

Timmy cayó llevándose las manos a la cabeza. Su bello rostro, de rasgos infantiles, se transformó en una mueca monstruosa.

—Así se supone que murió Alejandro Magno —los instruyó con frialdad—, solo que entonces el rayo fatal habría salido por accidente del cristal de la corona. Por lo demás, se trata de un arma antigua que se dice que proviene de los tiempos de la Atlántida.

—¿Un nuevo láser mortal? —se horrorizaron.

Solo les quedaba huir. ¿Adónde? Decidieron en un instante. La dirección parecía ser la correcta. Solo ahora advirtieron que la mansión era un enorme laberinto. Las puertas se cerraron automáticamente. Entonces corrieron sin rumbo. La luz en las salas parpadeaba y de pronto apareció una piscina frente a ellos.

—El agua está contaminada —les advirtió una voz llegads de quién sabe dónde.

Pero una fuerza incontenible empuja al joven hacia las profundidades. Una visión lo llamó. En ella vio el sol… miles de soles… y a él le gustaban el sol y la luz… no, no: ¡los odiaba! Sus pensamientos se desmoronaron en fragmentos inconexos. Ante la amenaza mortal, se arrojó al agua, donde vio la luz, ese maravilloso fenómeno natural al que no podía resistirse. El agua espumosa engulló el cuerpo. No quedó rastro… ¡pero sí lo había! En la superficie, ya calma, apareció una cabeza. Se distinguía cada hueso, cada músculo, cada vena. Era transparente. Se elevo, emitiendo un extraño reflejo.

En terror absoluto, un muchacho y una muchacha huyeron buscando una salida. De pronto, solo hubo oscuridad. Solo el resplandor del agua. Y un sonido metálico que penetraba el cuerpo hasta los huesos. El joven quiso tomar a la muchacha de la mano, pero agarró el vacío. ¡No estaba! ¿A dónde se había ido? La llama agitaba los brazos, chocaba con las paredes. Estaba tan oscuro… pero no, allí había una fuente de luz… que ofrecía una escena como sacada de un sueño pantanoso. Bajó la cabeza y cerró los ojos. No podía soportar la visión de su hermana transformándose en una momia. El cabello se le volvió gris, se arrugó, el cuerpo se convirtió en una hoja seca; los miembros no fueron más que fundas escamosas. Solo los ojos saltones, llenos de un horror incomprensible, lo miraban fijamente.

—¡Polvo eres y en polvo te convertirás! —resonó majestuosa la voz de timbre metálico.

—¡Oh, Dios! ¿Cuándo terminará esta pesadilla? ¡Quiero despertar! —se suplicó a sí mismo en un susurro.

La luz aumento de nuevo. Se volvió turbia. El silencio lo llenó de pavor. Al cabo de un tiempo, fue roto un tictac rítmico. Entonces recordó. Había oído a su padre hablar en secreto del extraño descubrimiento de una científica misteriosa que se ocultaba tras un nombre masculino. Así que esta era la célebre inversión radiante, el nuevo hallazgo destinado a reconfigurar la ciencia sobre bases completamente nuevas.

—Mark, sálvate de este infierno —le susurró una voz interior.

Pensó frenéticamente. ¡Tiene que haber una solución! ¡Alguna salida debe estar en alguna parte! ¡Debo encontrarla a cualquier precio! Tengo que…

Por instinto, se lanzó escaleras arriba. No parecía tener fin. Corrió sin juicio hasta que por fin alcanzó la parte alta. Se volvió y, al pie, la vio a ella. Estaba erguida, con el arma en las manos. Advirtió que intentaba ajustar la dosis mortal. Huyó y por fin alcanzó la cima, donde se detiene sintiéndose protegido, fuera de su alcance. ¡Ganó! Se le escapó por muy poco.

Ella no podía seguirlo. Por la edad, era lenta y las piernas ya no le respondían. Pero quería atraparlo. Incluso a costa de su vida. Subió el primer escalón.

La luz en el salón superior lo cegó y el aire se volvió cada vez más pesado. Avanzó con dificultad, arrastrándose. Lo acompañaba un tictac cada vez más fuerte, que parecía provenir de su interior. La vista se le apagó, el oído le fallaba. Pero logró acercarse a la puerta que había visto poco antes a lo lejos. Aún le quedaban fuerzas para abrirla. Ahora estaba convencido de haber vencido, definitivamente.

Cayó y cayó hacia las profundidades. Cada vez era menos consciente. Con sus últimas fuerzas, se arrastró hasta el borde del bosque y se desplomó al amparo de los matorrales. Más que verla, la intuyó: toda brillante y terrible, junto a la barandilla del balcón. Su voz retumbó en la oscuridad.

—Aunque sigas con vida, que te quede claro: tus descendientes estarán por siempre, por siempre, malditos.

Un dolor agudo le entumeció el cerebro y fue apoderándose poco a poco de todo el cuerpo. Se hundió en la oscuridad. Solo sintió una brisa fría y refrescante que soplaba desde el bosque cercano. Oyó –o tal vez lo imaginó– el chapoteo de las olas y el graznido de las gaviotas. El pensamiento se apagó y cayó en un sueño profundo y reparador.

Era blanco, de un blanco nevado que lastimaba los ojos. Todo: las sábanas, la cama, el armario; incluso la enfermera tenía las mejillas pálidas. Un pensamiento le atravesó el cerebro como una chispa. La niebla ante sus ojos se disipaba y recordó el largo viaje en automóvil, la bahía, el bosque, el hermoso paisaje de mayo.

Pero era diciembre.

El personal médico respiró hondo, aliviado, porque había terminado la batalla de siete meses por su vida. Mark Rollway despertó del coma: el último y único descendiente superviviente del linaje Rollway. Nunca se supo qué ocurrió aquella noche en la misteriosa mansión en algún lugar de la costa. La investigación se cerró con una rapidez inusual y los medios se envolvieron en silencio. Fue una gran victoria de la medicina arrancar de las manos de la muerte a un joven que apenas empezaba a vivir. Pero la victoria no era segura. Nadie podía prever qué consecuencias se manifestarían en sus descendientes o en él mismo.

Y volvió a vivir. Sin recuerdos del pasado, porque la inyección del olvido empezó a hacer efecto…

Majda Arhnauer Subasic es una autora eslovena residente en Liubliana que escribe principalmente relatos. Su obra combina fantasía, misticismo, historia, espiritualidad y temas existenciales. Sus relatos y poemas han aparecido en numerosas revistas literarias, fanzines y antologías eslovenas, incluyendo colecciones de fantasía eslovena contemporánea (Supernova, Jasubeg en Jered, Ventilator besed, Locutio). Ha recibido varios reconocimientos literarios, entre ellos premios en el concurso Koroska v besedi, una nominación a Cuento Esloveno del Año por Sodobnost (2016) y el primer puesto en el concurso de ciencia ficción de Časopis za kritiko znanosti (2019). Su relato "La Ira de la Diosa Ekvorna" apareció en la antología de ciencia ficción y fantasía de Europa del Este The Viral Curtain (2021).

 

 

sábado, 27 de diciembre de 2025

REGRESO A LA CÉLULA ORIGINARIA

Majda Arhnauer Subašić

 

—Estimado joven colega, espero sinceramente que sus ideas algún día –probablemente en alguna de sus vidas futuras– den fruto. Por ahora, lamentablemente, son demasiado fantásticas, por no decir utópicas, y por lo tanto inaceptables para nosotros. Usted es joven todavía, lleno de ideales y de ideas innovadoras, y no dudo de que logrará el éxito con algún proyecto planteado de manera más realista. —El viejo profesor se acomodó la corbata y continuó—: Sabe, todos alguna vez estuvimos en su lugar, llenos de idealismo y de sueños acerca de cómo íbamos a resolver todos los problemas de este mundo, pero la realidad nos puso muy pronto los pies sobre la tierra…

Sergej Karamanov ya no lo escuchaba. Se dio la vuelta y se fue. Furioso, decepcionado, humillado. Otra vez incomprendido.

Afuera brillaba el sol, el día primaveral invitaba a disfrutarlo, una joven encantadora le sonrió, pero él ni siquiera lo notó. Regresó a su laboratorio y recién allí tomó plena conciencia. Otra vez el rechazo. ¿Cuántas veces ya? Pronto empezaría a dudar incluso él mismo de si realmente estaba destinado a triunfar. Sin embargo, los experimentos exitosos demostraban que iba por el camino correcto. Las pruebas eran irrefutables, verificadas innumerables veces y también respaldadas teóricamente. Quizá precisamente por eso, porque todo era demasiado simple, resultaba inverosímil. Debería haber encadenado una serie de fórmulas complejas, citar datos analizados cientos de veces, apoyarse en nombres prestigiosos y reproducir sus pensamientos.

—La ciencia no es mística —se había burlado de él también un genetista reconocido cuando intentó explicarle sus fundamentos. No tenía sentido discutir con él. A aquel le parecía una pérdida de tiempo leer las nebulosas ideas de un entusiasta inexperto que afirmaba que las enfermedades genéticas eran curables. O mejor dicho, corregibles, como decía el joven prometedor.

—¡Al diablo con el ámbito académico! ¡Estoy harto de ustedes, sabihondos! No necesito sus sermones sobre lo que es posible y lo que no. Tampoco me importa su apoyo. Me basta con creer yo mismo en la eficacia de mi idea revolucionaria. Estoy convencido del éxito del método de ingeniería mental originaria. Muy pronto demostraré que realmente funciona. Entonces estarán encantados de escucharme. Y aun si no fuera así… No sería la primera vez que la ciencia misma frena el progreso y refuta un método para el cual –según ella– el tiempo aún no ha madurado», concluyó sus pensamientos, se sirvió un vaso de su vodka favorito, Hlebnaya, lo bebió de un trago y se sumió en el sueño.

Precisamente en un sueño había recibido la inspiración que marcó su camino científico. Apenas cerró los ojos, se hundió en un sueño en el que una nube flotaba sobre él. Blanca, esponjosa, aparentemente común. Pero intuía que ocultaba algo más. Se volvía cada vez más transparente y de su interior provenía un zumbido apenas perceptible. Al acercarse, pudo notar que algo sucedía dentro de ella. Giraba, fluía, pulsaba. Pero algo especial ocurría en su centro. Parecía que allí se desarrollaban procesos completamente distintos. Cuanto más se aproximaba a la nube misteriosa, más convencido estaba de que todo aquello le resultaba familiar. De pronto… un destello. ¡Una célula! Una célula viva, en cuyo interior tenían lugar todos los procesos vitales. Sintió que con ese descubrimiento se le concedía permiso para entrar en ella.

Se dejó llevar por la fuerza que lo empujó a través de la delgada pero firme membrana. Se encontró en medio de una intensa actividad y la observó con interés. Se acercaba al centro y recién entonces advirtió que el núcleo se hallaba dentro de una esfera especial, rodeada por una sólida envoltura transparente. Qué fascinante era contemplar las hebras brillantes que se separaban y duplicaban en cadenas entrelazadas. La imagen se volvió aún más nítida y pudo distinguir con facilidad partículas casi invisibles que se desplazaban de un lado a otro siguiendo una secuencia precisa. ¡Ups, esto no está bien! Algo no encaja. Como si hubiera una partícula de más. Intuitivamente supo lo que estaba ocurriendo. Un cromosoma excedente. El veintiuno. Y la célula se dividiría. De una surgirían dos, de dos cuatro… que formarían una nueva vida. Una vida que, precisamente por esa partícula casi imperceptible, sería distinta de las demás. Diferente en su percepción. Empobrecida en ciertos aspectos, pero quizá no por ello menos feliz. Aun así, deseó poder cambiar el curso de los acontecimientos y encauzarlos por el camino habitual. Pero solo le estaba permitido ser un observador. El núcleo permanecía irrevocablemente cerrado.

La nube se disipó, la mañana se llevó el sueño, y en su interior se instaló un gusano que no dejaba de roer. ¡Cómo penetrar en el núcleo de la célula originaria y corregir el error de la naturaleza!

—¿En qué está pensando? —le preguntaban a menudo cuando se perdía en las reflexiones que lo obsesionaban. Debía encontrar una solución, ¡tenía que hacerlo! Sus ideas sobre cómo lograrlo se volvían cada vez más extrañas. Era consciente de las limitaciones de la tecnología moderna y de las fronteras de la ingeniería genética clásica. Sabía que llegaría el tiempo en que tales correcciones serían rutinarias. Pero ¿cómo ayudar a aquellos en quienes la naturaleza ya había fallado y que, por un error casi imperceptible ocurrido en una fracción de segundo, habían sido condenados a una u otra dolencia? La medicina no le daba respuesta, ni tampoco las demás disciplinas proporcionaban una solución satisfactoria.

En su búsqueda, se topó en numerosas ocasiones con métodos alternativos y cada vez que eso ocurría los descartaba con un gesto. Los antiguos saberes, a los que se le permitió asomarse un poco, lo afirmaron en la convicción de que más allá de lo conocido y comprobado existe mucho que puede profundizar la comprensión. Intentó integrar conceptos nuevos para él con los ya conocidos en un conjunto lógico. Comenzó a estudiar la influencia del pensamiento sobre la energía. Una energía que se revelaba como atemporal. El viaje en el tiempo sobre las alas de la energía ya no le era desconocido. Mediante la fuerza del pensamiento y la estimulación física de los canales energéticos logró activar procesos que en el pasado habían fallado. Con conocimientos que poco a poco se filtraban por las puerta trasera de institutos cuidadosamente custodiados, perfeccionó el método EFT, con el cual ya antes había conseguido, además de cambios psíquicos, también modificaciones físicas.

Pero allí volvió a encontrar un obstáculo infranqueable. El núcleo sellado. Como si el destino posara su mano sobre él, impidiendo la intervención humana. Solo él se arrogaba el derecho de decidir quién sería objeto de su gracia y a quién castigaría con el juego de los genes. Los resultados cada vez más alentadores acumulados a lo largo de los años lo llevaron a tomar la decisión de desafiar a la caprichosa jugadora. Encontrar su punto débil. Obtener la clave para acceder a las energías del núcleo de la célula originaria en el momento de la concepción.

Ya no contaba las noches que había pasado en su laboratorio, en uno de los edificios de un antiguo complejo militar en las cercanías de Krasnoyarsk. A menudo el sueño lo vencía recién al amanecer, justo antes de salir pensativo rumbo al instituto donde estaba empleado en tareas completamente distintas.

Dedicó todo su tiempo libre a reflexionar y experimentar cómo dirigir el poder del pensamiento hacia el pasado, hasta la fase de formación de la célula originaria, penetrar en su núcleo, corregir el error de la naturaleza y redirigir el curso de los acontecimientos. Hacía tiempo que no se interesaba por las mujeres y también había abandonado el trato con colegas de su especialidad. Solo mantenía contactos ocasionales con unos pocos conocidos. Uno de ellos tenía –como por casualidad– una hija casi adulta con síndrome de Down.

—No tengo idea de qué se trata, pero confío en ti. Además, ni ella ni yo tenemos nada que perder si lo intentamos —respondió tras una breve reflexión, cuando Sergej le propuso el experimento.

Aquella fría noche de enero se presentaron padre e hija ante la puerta del laboratorio. Todos sentían una ligera incomodidad y una pizca de temor ante lo desconocido. ¿Qué podría salir de todo aquello?

Sergej Karamanov, siguiendo el procedimiento ya establecido, dirigió la fuerza de sus pensamientos hacia la joven y sincronizó sus ondas cerebrales con las de ella en la misma frecuencia. En el estado aparentemente dormido de ambos, en el nivel más bajo posible de actividad consciente, penetró hasta el punto en que fue posible el tránsito a la dimensión en la que podía rastrear los flujos energéticos del cuerpo. Como en un sueño lúcido, orientó su atención hacia el más intenso y, siguiendo una línea temporal aparente, comenzó a desplazarse lentamente hacia atrás. Paso a paso siguió los acontecimientos en una pantalla visible solo para él. No era sencillo controlar con precisión su actividad cerebral en esa dimensión y seguir los flujos energéticos ajenos en el pasado. Debido a las fluctuaciones de intensidad y otras perturbaciones que surgían, debía mantener una velocidad constante. Un deslizamiento demasiado rápido hacia el punto cero podría resultar fatal.

No era la primera vez que lograba llegar al nivel en que los flujos lo conducían casi hasta la fase de formación de una nueva vida. Pero nunca antes lo había probado en un ser humano. Por un instante se confundió. Estoy jugando a ser Dios, pensó. Pero a pesar de la duda momentánea sobre el derecho a modificar la voluntad de la creación, continuó.

Solo unos segundos lo separaban del momento en que la célula originaria apareció ante su pantalla mental. Casi de manera rutinaria atravesó la membrana y, con reverencia, como quien se dirige al altar de lo más sagrado, avanzó hacia el núcleo.

¡Ahora o nunca! La intensa concentración en la que reunió toda la fuerza de su pensamiento le deformó el rostro y produjo perlas de sudor. El instante pareció estirarse hasta el infinito. El impulso fue dado… el segundo… el tercero… de pronto un leve chasquido… una fisura en la envoltura… que se expandía… Debía atrapar el momento. Ejecutar lo tantas veces planeado y elaborado hasta el último detalle. Anular el cromosoma X excedente. Y hacer girar la rueda del tiempo para regresar al presente.

La maniobra mental tuvo éxito, pero no podía permitirse perder la concentración. Debía mantenerla al máximo. Con satisfacción pudo observar cómo la célula se dividía. Esta vez sin el fatídico cromosoma veintiuno que alguna vez había marcado el desarrollo del ser en formación.

Regresó con calma a la realidad de su dimensión, llevando consigo de manera sincronizada al ser humano que, por primera vez en la historia, había vuelto al punto de su origen. Las ondas delta, pasando por theta y alfa, finalmente dieron paso a las beta y la mente analítica volvió a funcionar. El corazón le latía con violencia y casi temía abrir los ojos. Solo ahora quedaría definitivamente claro si la hazaña había tenido éxito.

—Increíble lo profundamente que dormí. Además tuve sueños interesantes. Ah, no creerían adónde me llevaron. —La voz melodiosa que alcanzó sus oídos lo animó a alzar por fin los párpados. El rostro de rasgos armoniosos que vio a su lado confirmó sus previsiones. La palma abierta ya no mostraba la marca reveladora.

Ahora oía y veía que la transformación había sido real. No quedaba rastro alguno del síndrome de Down. Lo invadió una sensación de triunfo. Había valido la pena perseverar, esperar, luchar contra las dudas y el desaliento. Las largas noches de estudio, los incontables intentos y búsquedas habían dado fruto. Él, Sergej Karamanov, ahora un hombre de cabellos grises, había demostrado al mundo –y sobre todo a sí mismo– que su idea utópica, nacida de un sueño, finalmente había cobrado vida en la realidad.

Majda Arhnauer Subasic es una autora eslovena residente en Liubliana que escribe principalmente relatos. Su obra combina fantasía, misticismo, historia, espiritualidad y temas existenciales. Sus relatos y poemas han aparecido en numerosas revistas literarias, fanzines y antologías eslovenas, incluyendo colecciones de fantasía eslovena contemporánea (Supernova, Jasubeg en Jered, Ventilator besed, Locutio). Ha recibido varios reconocimientos literarios, entre ellos premios en el concurso Koroska v besedi, una nominación a Cuento Esloveno del Año por Sodobnost (2016) y el primer puesto en el concurso de ciencia ficción de Časopis za kritiko znanosti (2019). Su relato "La Ira de la Diosa Ekvorna" apareció en la antología de ciencia ficción y fantasía de Europa del Este The Viral Curtain (2021).


LLAMADA CELESTIAL