Pedro Pablo Enguita Sarvisé
Ana
no recordaba mucho de sus primeros años. Los arrastró con cansancio, con
párpados que se cerraban envueltos en la niebla del olvido. De vez en cuando,
alguien venía a visitarla. Eran sus hijas y sus nietos o, al menos, eso decían,
porque ella no los conocía de nada. Al menos, la trataban con cariño, algo que
agradecía. Algún día les devolvería el favor.
Su esperanza venía respaldada por la
ciencia médica. Una palabra que permeaba en el ambiente: alzhéimer. Bastaba
para justificar sus síntomas y hacer pronósticos llenos de optimismo.
Ana mejoró. Encontró fuerzas para
comer por sí misma y, con el tiempo, incluso para levantarse de la cama. En
aquel geriátrico todo el mundo mejoraba día a día, cada mes ingresaba alguien
recién llegado del cementerio o bien marchaba para iniciar una nueva vida
independiente. Entre tanto, Ana esperaba, hacía amigos y veía la televisión.
En la caja tonta no hacían otra cosa
que hablar de política. La situación de España era desastrosa, la corrupción
campeaba a sus anchas, las ciudades estaban plagadas de extranjeros, ya fueran
turistas o bien inmigrantes ilegales. Buena parte de la población de Cataluña
añoraba la independencia, perdida en aquel fatídico referéndum del 56.
El tema de la independencia terminó desmadrándose.
Políticos catalanes vinieron de Suiza, de Alemania, de Bélgica, coño, de todas
partes para organizar una consulta y la policía española se vio impotente para
detenerlos. Al final se organizó un referéndum y la gleba, enaltecida, se
enfrentó a la policía y la expulsó a patadas de los colegios electorales.
Sin embargo, los políticos catalanes
no obtuvieron el rédito que esperaban. Tras tantos años invertidos en el tema,
lo único que obtuvieron fue un nuevo Estatut.
Ana siguió esos vaivenes con
despierto interés. Le dieron tantas pastillas en el geriátrico que el alzhéimer
remitió y su estado de salud mejoró hasta el punto de que pudo independizarse y
mudarse a un piso. Encontró uno adaptado a las nuevas modas: con muebles
oscuros, olor a madera vieja y refinadas lámparas de araña. ¡Adiós a la
estúpida simplicidad sueca!
Pasó algunos años en su piso, matando
el tiempo con telenovelas y programas del corazón hasta que se decidió a
echarse marido. A sus hijas no les gustó la decisión, eran de una generación
que se jactaba de ser más abierta pero a Ana le daba la impresión de que,
simplemente, se habían equivocado de formas más pretenciosas. La mayor se había
casado dos veces y la menor ni siquiera tenía claro si le gustaban los hombres
o las mujeres. A Ana toda aquella indecisión le parecía poco seria. Quería sustentar
su vida sobre algo firme.
En el cementerio había muchos hombres,
esperando a resucitar. Solo había que buscar uno que fuera a revivir en breve.
Pasó días en el camposanto, recorriendo las solitarias tumbas, hablando a los
muertos con la esperanza de que alguno contestara. Era una decisión complicada,
con los hombres nunca se sabía. Los había buenos y cariñosos, los había rudos
pero trabajadores, los había vagos y borrachines y luego estaba la peor clase,
la que solo mostraba su verdadera cara de puertas adentro.
Encontró una tumba. Bonita, adornada
con flores. El tipo se llamaba Ildefonso, un nombre que últimamente se estaba
poniendo de moda. Ana se sorprendió al ver a sí misma entablando largas
conversaciones con él, compartiendo las novedades de la vida y fantaseando por las
respuestas. Al final se decidió: la fecha de defunción era próxima y la foto de
la tumba le despertaba una extraña calentura en su bajo vientre.
Cuando desenterraron a Ildefonso,
toda la familia estaba congregada, llorando de emoción. Lo llevaron al hospital
para iniciar el complejo proceso de resurrección hasta que, por fin, comenzó a
boquear. Su arrítmico corazón fue recuperando el brío hasta que, dos días
después, pudo salir, convaleciente, al domicilio.
Sus primeros años de matrimonio no
fueron fáciles. Ildefonso estaba enfermo y, además, no colaboraba nada en casa,
solo salía a pasear el perro y a jugar a las cartas al bar. Sus hijas le
recriminaban a su recién aparecido padrastro su actitud, que si la igualdad y
blablablá, pero Ana las cortaba en seguida: esas viejas generaciones con sus
anticuadas ideas.
El paso del tiempo no hizo mejorar la
actitud de Ildefonso respecto a las tareas domésticas, que calificaba de “cosas
de mujeres” pero, al menos, cobró suficientes fuerzas para ir a buscar un
trabajo. En sus idas y venidas al bar hizo amistades, que le hablaron de una
fábrica de Santa Coloma de Gramanet frente a la que había una acampada
exigiendo su apertura. Ildefonso se unió a la protesta, soportando el frío y la
lluvia, hasta que, al final, al final, los patronos accedieron a las demandas
de los obreros, vendieron la fábrica que tenían en China y, con el dinero
obtenido, abrieron la fábrica de Santa Coloma.
Los años pasaron. Sus nietos rejuvenecieron
hasta ingresar en la barriga materna. Sus hijas rompieron con sus parejas y
regresaron a casa.
La vida se volvió más sencilla, con jerséis
tejidos a mano y comida madurada con la paciencia de la olla. Los móviles
desaparecieron. Las frenéticas vacaciones en el extranjero fueron sustituidas
por el aire puro de los bosques gallegos. Los canales de televisión menguaron y
la familia se reunía alrededor de los pocos que quedaban, como un tesoro que no
querían que se les arrebatase.
La merma de las condiciones de vida
hizo que la ciudadanía buscara culpables. Al final, resultaron ser los de
siempre: los homosexuales y las mujeres. Creyeron que los derechos que
reclamaban violaban el mandato divino. Era hora de abandonar ese caótico
hedonismo del pasado e imponer orden.
Sus hijas, que procedían de otra
época, no estuvieron conformes con esas ideas modernas de que solo había dos
géneros, que la homosexualidad era una enfermedad y que el matrimonio era
indivisible a ojos de Dios. Pero su tiempo ya había pasado; ni siquiera podían
votar, acababan de ingresar en el instituto y los adultos cada vez les hacían
menos caso. El mundo pertenecía a la generación de Ana.
La economía empeoró y la gente culpó
a esa clase política catalana que llevaba décadas fent país. Hubo
un gran jolgorio cuando se disolvió la Generalitat y también cuando Josep
Tarradellas marchó en un avión para no volver. Hasta se prohibió dar clases en
catalán para cortar de raíz ese tipo de veleidades en las generaciones
venideras.
Fueron
años turbulentos. Los grupos violentos aprovecharon el caos para proliferar;
cada semana implosionaba alguna bomba y los muertos regresaban al mundo de los
vivos de las formas más atroces. El descontrol hizo que la ciudadanía anhelara
alguien que pusiera orden. Con buen juicio, hicieron
lo de siempre: buscar alguien a quien revivir. Y encontraron un fabuloso
mausoleo llamado el Valle de los Caídos. Seguro que en él habría alguien
importante que restauraría el orden.
Franco, decían que se llamaba.
Aunque Franco era un señor mayor, su
impronta se notó en seguida: se implantó la pena de resurrección, se
prohibieron los partidos políticos y las manifestaciones. Era una paz, sí, pero
impuesta por la fuerza. Además, la situación económica siguió degenerando, hasta
el punto de que se desmontó la fábrica de Santa Coloma de Gramanet, que tanto
esfuerzo había costado traer de China. Con la desaparición de las fábricas, se
desmantelaron barrios enteros de obreros. Sin trabajo, la gente de la ciudad
empezó a emigrar al campo. Decían que allí había más oportunidades.
Ana e Ildefonso trataron de aguantar.
Al principio fue fácil, porque sus dos hijas desnacieron. El desparto fue la
experiencia más dolorosa que Ana había vivido. Suerte que introducirse un bebé
por la vagina era algo que solo tendría que hacer dos veces en la vida.
El declive de España prosiguió. El
país quedó sumergido en una época gris, que respiraba temor. Los extranjeros,
que antes habían invadido el centro de las ciudades, dejaron de venir a esa
España retrógrada. Ana e Ildefonso tuvieron que deshacerse de muebles y más
muebles. Ni siquiera pudieron conservar esa televisión en blanco y negro, por
cuya venta cobraron una pequeña fortuna. Al final, sin posibilidades de
subsistir, decidieron descasarse.
Frente al altar, de forma
irrevocable, separaron sus vidas. Ana nunca había sido más feliz. Ambos se
fueron a vivir con sus respectivos padres. Se siguieron viendo y amando en
secreto pero, poco a poco, la llama de la pasión se fue apagando. Al cabo de un
par de años, eran unos perfectos desconocidos.
Los padres de Ana se quedaron sin
trabajo y llegó su turno de pensar en emigrar. Tenían familia en Galicia,
recuerdos de las vacaciones de verano y el idioma se les daba bastante bien,
así que cogieron sus escasas pertenencias y se plantaron en un pueblo de
Pontevedra, entre vacas y barro.
Conforme Franco recobraba fuerzas, su
ánimo sanguinario salió a la luz. Montones de inocentes fueron extraídos por la
fuerza de las fosas en las que habían encontrado reposo eterno, metidos en
cárceles e interrogados sin contemplaciones.
En el resto del mundo las cosas no
iban mejor. La devastación de Europa era tal que en Alemania emergió un
carismático líder que prometió hacer el país grande de nuevo. Para sorpresa de
todos, los alemanes se batieron con éxito contra norteamericanos, británicos y
soviéticos, los expulsaron del país e incluso echaron al mar al ejército
aliado, en una ignominiosa maniobra que fue conocida como el “Embarco de
Normandía”. En el frente del este, las cosas no iban mejor. Los soviéticos se
batían en retirada, huyendo de los panzers
alemanes.
Pero la maldad salió a la luz.
Aparecieron nombres asociados al horror: Auschwitz, Mauthausen o Dachau.
Millones de personas salieron de hornos crematorios para contar sus
experiencias. Judíos, gitanos, homosexuales y socialistas testimoniaron la
depravación del régimen nazi.
Los soviéticos hicieron acopio de
valor. ¡Ni un paso atrás! En las heladas ruinas de Stalingrado se plantaron
frente al invasor. Luego vinieron Moscú y Leningrado. Finalmente, en una
ofensiva relámpago conocida como Operación Barbarroja, cogieron a los alemanes
por sorpresa y los expulsaron al otro lado de la frontera.
Los nazis, muy debilitados, eran una
sombra de lo que habían sido. Tanto era así que los británicos, en una
improvisada invasión que contó incluso con barcos de pesca, desembarcaron en
Dunkerque. En apenas tres semanas, los franceses los arrollaron. Incluso la
insulsa Polonia los expulsó sin contemplaciones.
La caída de Alemania tuvo importantes
consecuencias en España. Franco, envalentonado por los triunfos iniciales de
Alemania, había prestado apoyo a Hitler. Ahora que Alemania había perdido, era
hora de ajustar cuentas. En Castilla la Nueva y Valencia, algunos militares
valientes se sublevaron y proclamaron la República. Pasmado, el régimen de
Franco no supo cómo actuar. Envalentonada, una improvisada multitud cruzó los
Pirineos con lo puesto. Por todas partes se abrieron fosas comunes y los recién
resucitados empuñaron las armas contra el franquismo. Las tropas del régimen
huyeron atropelladamente, dejando tras de sí Barcelona.
El sanguinario dictador reorganizó
sus tropas y las atrincheró en el Ebro. Le costó a la República meses de duros
asaltos afianzarse al otro lado del río. Franco pidió suplicó ayuda a sus
aliados Hitler y Mussolini pero estos, debilitados, no estaban en condiciones
de ofrecérsela.
Ana era demasiado pequeña para
comprender lo que sucedía, pero veía la preocupación en la cara de los adultos.
Se hablaba de ciudades reconstruidas tras los bombardeos, de batallas con miles
de revividos, de pueblos en los que los renacidos volvían a sus casas… Había
miedo, heroísmo, grandeza y miseria a partes iguales: historias de iglesias
levantadas por el fuego y furgonetas que descargaban sindicalistas.
Para Ana, lo peor fue que una de
aquellas furgonetas trajo un maestro a la aldea. En cuanto el profesor se
recuperó el susto de revivir, llamó a todos los niños a la escuela. ¡La
escuela! ¡Con lo que le gustaba a Ana ir a pastar con las vacas!
La guerra se torció para el bando
franquista. Los vascos hicieron trizas el pacto con el dictador y se levantaron
en armas. Los contraataques franquistas en Belchite y Brunete se saldaron en
sonoros fracasos. El orgulloso tirano trató de diluir sus responsabilidades de
cuarenta años de dictadura ocultándose tras otros generales, convenientemente
revividos. Los franquistas pasaron a denominarse “nacionales” e incluso, en un
desesperado intento por tender puentes con el gobierno republicano, adoptaron
la insignia nacional. Pero ya era demasiado tarde, con la guerra decidida, la
República no tenía intención alguna de negociar.
Finalmente, el 18 de julio de 1936,
llegó la noticia que todos esperaban:
En
el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rebelde, han alcanzado las
tropas republicanas sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.
Los generales rebeldes volvieron a
sus cuarteles y prosiguieron sus vidas como si nada hubiera sucedido. No hubo
represalias. Todo, en aras de la reconciliación.
Pero la República tampoco fue la bicoca
que muchos esperaban. Huelgas, pistolerismo, una economía en crisis y continua
inestabilidad política. Los mayores hablaban de restaurar la monarquía. Al fin
y al cabo, a España no le había ido tan mal con Felipe VI y Juan Carlos I ¿no?
A Ana todas aquellas consideraciones
le trajeron sin cuidado. Tras una vida de duro trabajo, por fin pudo dedicarse
a lo que más le gustaba: jugar. No le preocupaba abandonar este mundo. La
cuenta regresiva era implacable, pero la pasó, feliz, entre los abrazos de sus
padres.
Al fin, Ana desnació.
Tal vez quieran saber si hay vida
después de nacer, pero eso queda para otra historia.
Pedro Pablo Enguita Sarvisé nació en
Barcelona en 1975, si bien no recuerda gran cosa del evento y cree que la mayor
parte del mérito no fue suyo. Luego se licenció en Físicas para hacerse el
interesante, en lugar de cultivar saberes más prácticos como la alineación del
Barça o la diferencia entre los pantalones corsarios y bermudas. Trabaja como
informático, o al menos eso le han dicho. De momento ha publicado 24 cuentos en
múltiples medios, una antología llamada Los pintores de estrellas verdes
y la novela corta Nación, que fue finalista del Premio Pedro Carbonell.
Es colaborador de la web El Yunque de Hefesto, ganadora del Premio Ignotus a la
mejor web en 2025. Tiene escritas tres novelas, que amenaza con publicar algún
día.
