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sábado, 7 de febrero de 2026

CEREBROS EN VENTA

Niranjan Ghate

 

Los anuncios comenzaron a aparecer de repente. Primero en los medios impresos, luego en diversos canales de televisión. También se convirtieron en tema de discusión en las redes sociales.

Al principio apareció solo una línea, en una tipografía muy grande, encerrada en un recuadro. Decía:

«Necesitamos su cerebro.»

Pocos días después se añadió otra línea:

«Obtenga dinero por su órgano más valioso.»

La tendencia de añadir una línea a las anteriores continuó durante las semanas siguientes. Luego los anuncios desaparecieron tan repentinamente como habían aparecido.

El último anuncio decía:

«Necesitamos su cerebro.

Obtenga dinero por su órgano más valioso.

Requerimos cerebros exclusivamente con fines experimentales.

Las personas que ya hayan expresado su deseo de donar órganos son bienvenidas.

Los embriones con desarrollo mental o físico defectuoso serán aceptados únicamente si los padres han decidido interrumpir el embarazo.

Todos los gastos médicos serán cubiertos por este grupo de investigación.

(Se aplican condiciones).»

Como de costumbre, esas condiciones estaban impresas en letra muy pequeña, casi imposible de leer.

Muy pocas personas se tomaron el trabajo de leer la letra chica, que decía:

«Quienes nos contacten deberán firmar un contrato; solo entonces se realizarán transacciones posteriores.»

Los términos del contrato se parecían en su mayoría a mandamientos bíblicos. Comenzaban exactamente igual, pero expresados en lenguaje moderno. En lugar de «No harás…», utilizaban la fórmula:

«Quienes entren en nuestro contrato no deberán…»

Revelar que nos han contactado.

Revelar jamás el monto de la ayuda económica recibida, ni la forma en que se realizaron dichas transacciones.

Revelar la naturaleza de la discapacidad o enfermedad de la persona cuyo cerebro fue donado para el estudio.

Revelar la edad del sujeto en cuestión ni el estado en que se encontraba cuando se tomó la decisión de donar el cerebro, es decir, si el sujeto estaba vivo o muerto en el momento de ser trasladado a la instalación de investigación.

 

Era un estudiante muy brillante. Acababa de completar su posgrado en biofísica. Había publicado varios artículos de investigación en prestigiosas revistas internacionales con revisión por pares. Si lo hubiera deseado, podría haber obtenido admisión en cualquier instituto de investigación de la India o del extranjero.

Por eso, cuando solicitó ingreso en la carrera de Periodismo y Comunicación de Masas, todos se sorprendieron.

Las entrevistas de admisión se realizaron después del examen escrito. Había obtenido el primer puesto en la prueba. Naturalmente, durante el examen oral le preguntaron:

—¿Por qué quiere ingresar en este curso? Su solicitud fue evaluada. Podría haber sido admitido en cualquiera de las mejores universidades del mundo para continuar sus estudios.

Su respuesta fue:

—Señor, lo sé. Pero cuando leo los periódicos o veo la televisión me frustro, especialmente con las noticias científicas. Se limitan a copiar y pegar sin pensar. Y no solo eso: la traducción en los diarios en lengua local es terrible. La televisión es igual de mala. Me dan ganas de matar a esa gente.

—Podría haber completado su doctorado y luego regresar —dijo el entrevistador—. Entonces podría haber hablado con los editores y explicarles el valor de una correcta difusión de la ciencia. Sus palabras habrían tenido más peso.

—Con todo respeto, no estoy de acuerdo, señor, y me disculpo sinceramente por ello —respondió—. Si me voy a investigar al extranjero o a un instituto de investigación, ese tiempo se perderá, al menos así lo creo. Déjeme explicarlo: mientras yo investigo, los medios seguirán difundiendo noticias de la misma manera que lo hacen hoy. —Hizo una pausa, respiró hondo y continuó—: Por favor, permítame unos minutos más. Puedo citar ejemplos de científicos reconocidos que regresaron tras investigar en el extranjero. Nuestra mentalidad es tal que, si alguien es reconocido en un país occidental, de pronto se lo considera un gran científico. Además, queda más allá de toda crítica: su palabra se toma como verdad absoluta y nunca se la cuestiona. No quiero que eso me ocurra. Por eso decidí convertirme en periodista, ganarme la confianza del público y hacer periodismo científico de investigación. La investigación puedo retomarla después.

Eso fue hace cinco años.

Su reputación como periodista científico responsable creció enormemente. Ahora todos esperaban que investigara esos anuncios y su repentina desaparición.

A su manera, intentaba llegar al fondo del misterio. Si alguien le hubiera preguntado cómo se investiga una noticia, podría haber hablado durante horas. Tras graduarse, se había convertido en profesor visitante del departamento, así que dominaba el tema.

Su método de trabajo consistía en estudiar la noticia, pensar en todos sus ángulos y luego dormir.

Tenía dos creencias.

La primera: muchos problemas se resuelven durante el sueño. Había leído sobre los sueños, sobre Francis Crick y también le había impresionado profundamente La interpretación de los sueños de Freud, cuyo ejemplar siempre tenía a mano.

Su segunda inspiración era Sherlock Holmes. Consideraba que las citas de Holmes eran una guía práctica para resolver cualquier problema. Su frase favorita era:

«Cuando se ha eliminado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad.»

Comenzó revisando su archivo de recortes periodísticos. Luego consultó las redes sociales y las noticias televisivas. No logró mucho, pese a repetir el procedimiento una y otra vez. No pudo encontrar el nombre de nadie que hubiera contactado a los anunciantes.

El siguiente paso fue dormir sobre el problema.

Según Crick y otros artículos que había leído, la mejor forma de resolver un problema era olvidarlo y relajarse con amigos: la solución se presentaría sola.

Invitó a algunos viejos amigos a su apartamento. Eso solía implicar bebidas y recuerdos del pasado, además de planes futuros. Uno de los invitados era Suresh, un eminente ginecólogo.

Durante la conversación surgió el tema del misterio. Sus amigos sabían que estaba investigándolo, pero no exactamente qué buscaba. Les explicó lo que había hecho y por qué estaba estancado.

El doctor Suresh chasqueó los dedos.

—¿Cuál es el problema? ¿Por qué te preocupas tanto? Es muy simple. Revisa los registros de nacimientos y defunciones. Averigua cuántos bebés nacieron en ese período, dónde están ahora o si ya no existen. Fin del problema.

Él sabía que no era tan sencillo. Además, había otro inconveniente: personas de distintas edades y países podrían haber respondido a los anuncios. Aun así, podía ser un punto de partida.

Al regresar a casa, decidió leer, como era su costumbre. Nunca se dormía sin leer unas páginas.

Su manera de leer era peculiar: elegía cualquier libro de su amplia biblioteca, lo abría al azar y comenzaba desde la página que aparecía.

Ese día tomó El libro de las citas humorísticas. Una frase se le quedó grabada:

«La estadística es como un bikini: lo que muestra es sugerente, pero lo que oculta es vital.»

Le siguió otra:

«Un globo desinflado es pequeño; al inflarlo se vuelve grande. La estadística funciona igual: tomas una pequeña muestra y la inflas hasta obtener una imagen mayor.»

Tras leer algunas citas más, cerró el libro, lo dejó ordenadamente junto a la cama y se durmió.

El sueño llegó con facilidad. Soñó intensamente, aunque solo recordaba fragmentos. Se despertó temprano y miró el reloj.

4:30.

Le sorprendió: nunca se levantaba antes de las 8:30.

Recordó entonces que el sueño lo había despertado bruscamente. En él revisaba recortes de prensa, buscando una noticia en particular. Entre ellos aparecía un libro: la contraportada mostraba la foto de una mujer junto al texto promocional. Era una de las autoras: Jennifer Doudna.

Intentó recordar el título.

Se levantó, preparó café, volvió a sentarse en la cama. Pensó, se quedó dormido otra vez y roncó sin darse cuenta.

Cuando despertó, comprendió que había dormido de más.

Entonces todo encajó.

El libro era Una grieta en la creación. El recorte que buscaba decía: «Científicos crean vida en el laboratorio.»

Jennifer Doudna, una de las autoras, había ganado recientemente el Premio Nobel. El libro, escrito años antes, hablaba de la edición genética.

Estados Unidos había prohibido la investigación sobre la manipulación del genoma humano. Ya existían antecedentes: investigaciones prohibidas que luego se trasladaron a México o a países asiáticos como China o la India, con instalaciones avanzadas.

Comprendió que debía tratarse de un laboratorio secreto, con una gran financiación. Crear cuerpos humanos era posible con tiempo y dinero. Crear cerebros humanos en laboratorio era el verdadero problema.

Por eso compraban cerebros.

Convocó a sus estudiantes, organizó una investigación y finalmente confirmó sus sospechas: los cuerpos eran creados en laboratorio y los cerebros reparados mediante edición genética e implantados en ellos.

Decidió no publicar la noticia para evitar que padres desesperados acudieran al lugar.

Llamó al responsable del centro, se identificó como periodista y le dio una opción: cerrar y abandonar el país.

Luego se fue a casa y se durmió.

Para él, el caso estaba cerrado.

Niranjan Ghate es un escritor maratí (de Maharashtra, India), que escribe principalmente relatos de ciencia ficción y artículos informativos sobre hechos científicos. Sus relatos y artículos de ciencia ficción se han traducido a ocho idiomas indios. Ha escrito más de doscientos libros, diez de ellos en coautoría. Algunos de sus relatos se han incluido en más de veinte antologías. Sus libros incluyen diez novelas de ciencia ficción, veinticinco colecciones de relatos cortos de ciencia ficción y unas noventa colecciones de artículos científicos. También ha escrito sobre historia de la guerra y relatos bélicos, principalmente teatro oriental, novelas humorísticas y colecciones de relatos cortos. Empezó a escribir en la universidad, en 1965, y siguió escribiendo hasta 2023, cuando sufrió un accidente. 

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