Niranjan Ghate
Alguien llamó a la
puerta. Él se estremeció y abrió los ojos. Recordó dónde estaba. Allí la
electricidad era un lujo. Vivía en un tugurio. Una casa construida con
ladrillos sobrantes de alguna obra. Unas cuantas chapas de hojalata,
enderezadas de cajas de embalaje, se habían colocado para formar el techo. Ese
barrio miserable tenía la dudosa distinción de ser el más grande del mundo. Era
el favorito de los medios occidentales. A las naciones ricas les encantaba ese
lugar por su fealdad.
Escuchó de nuevo los golpes. Esta
vez toda la choza tembló con el golpeo.
Apoyó las palmas sobre sus rodillas
reumáticas e intentó levantarse. Sus rodillas, débiles y doloridas, resistieron
el esfuerzo. De algún modo logró ponerse de pie. Se detuvo unos segundos.
Sabía qué lo esperaba afuera.
Su liberación. Una versión más
joven de su antiguo yo. El portador de la muerte.
Sí; alguna vez él había pertenecido
a esa temida categoría de seres humanos. Y sí, estaba preparado para enfrentar
al portador de la muerte con valentía. El portador de la muerte había venido a
buscarlo, en ese infierno. Lo correcto era recibirlo. Si quisiera, tenía medios
para destruir al portador de la muerte; pero ¿qué lograría con eso? Solo
prolongaría su propia agonía.
Por eso había decidido rendirse.
Si era necesario, se arrodillaría y
suplicaría la muerte. Pedirle al portador de la muerte que cumpliera con su
deber, que pusiera fin a su vida. Seguramente ese era el único propósito de su
visita.
Había decidido entregar su vida en
lugar de prolongarla para seguir viviendo como una rata de alcantarilla. No
había anticipado esta huida constante. Correr y esconderse. Esconderse en
agujeros infernales como ese. No, definitivamente esa no era su idea de vivir.
Ahora culpaba al momento en que
había tomado la decisión de huir. No debería haber escapado desde el principio.
Ahora entendía por qué ningún portador de la muerte huía jamás.
—¿Puedo entrar, señor?
El portador de la muerte era muy
educado.
—Pase, por favor.
Abrió la puerta. El anciano hizo
pasar al joven. Señaló una silla tambaleante; él mismo se sentó en la vieja
cama.
—Está bien, señor. No le quitaré
mucho de su valioso tiempo —dijo el joven.
No establezca un vínculo con la
persona marcada.
El anciano recordó el manual de
instrucciones que él mismo había preparado para la Oficina de Control de
Población. Oficina de Control de Población era un eufemismo para los portadores
de la muerte.
Esto puede dificultar el
cumplimiento de su deber. Si quiere tener éxito, manténgase distante.
Las instrucciones ocupaban más de
cuarenta páginas. El anciano había sido entonces instructor, enseñando a
quienes serían portadores de la muerte cómo tener éxito llevando la muerte
hasta la puerta de la gente.
Sonrió para sí mismo.
El joven se sorprendió con esa
sonrisa.
Nunca esperó que yo sonriera,
pensó el anciano. Bueno, nos dijeron que esperáramos lo inesperado, ¿no?
Pero, por supuesto, sonreír ante la muerte seguramente va más allá de lo
inesperado.
Recordó a su propio instructor.
Calvo, de estatura media, un hombre
completamente ordinario. Además, tartamudeaba al hablar. Pero siempre acertaba
en el blanco al primer intento.
—Escuchen, jóvenes brutos —decía—.
Nos llaman portadores de la muerte. Bueno, el término correcto es heraldos de
la muerte. Aquellos que no se presentan ante las autoridades correspondientes
en el momento adecuado son llamados “marcados” en nuestra jerga; es decir,
personas marcadas para morir. Cuando estos “marcados” nos ven, se desesperan.
También se deprimen. Algunos pierden la cordura. Hombres y mujeres en el
extremo del miedo pueden volverse insanos. Pueden recurrir a cualquier truco e
intentar cualquier cosa por pura desesperación.
Después de esa larga charla venía
el ejemplo habitual del gato acorralado. Luego un análisis psicológico del
miedo.
Ese joven que estaba frente a él
seguramente también había escuchado aquello, pensó el anciano.
Así que ese joven estaba preparado
para enfrentar cualquier eventualidad, pero aun así no estaba preparado para
enfrentarse a una sonrisa.
Cuando el heraldo de la muerte
llegaba a llamar a la puerta, todos sabían para qué venía. Nadie recibía jamás
al portador de la muerte con una sonrisa; así que aquel joven debía de
considerar su sonrisa como una nueva artimaña.
Pero no había ninguna artimaña
detrás de esa sonrisa.
El joven se equivocaría al pensar
eso.
—¿Cómo piensa acabar conmigo? — preguntó,
ya que de todos modos había decidido rendirse—. ¿Ha ideado algún método nuevo
para mí?
El joven se echó a reír.
—¿Tiene alguna preferencia? Me han
dicho que debo respetar su deseo. Hay muchos métodos para elegir.
Lo dijo con su propia sonrisa.
Estaba muy seguro de sí mismo. Completamente falto de humildad, sin temor al
que alguna vez había sido un hombre poderoso.
—Bueno… cualquier método, excepto
una muerte rápida e indolora.
El anciano nunca había causado
dolor a sus víctimas; siempre acababa con ellas antes de que se dieran cuenta
de lo que estaba ocurriendo. Sus colegas siempre habían considerado aquello
algo extraño.
Decían que todos los portadores de
la muerte sufrían un cambio gradual en ese trabajo. La mayoría de ellos empezaban
a odiarse a sí mismos. Ese odio se expresaba en sus métodos de ejecución.
Torturaban a la víctima; luego presumían de esos métodos cuando charlaban con
sus colegas.
Él detestaba esas conversaciones.
Con los años se volvió distante. Se
fue apartando de ellos.
“El acto de destrucción”, como lo
llamaba el público en general, había surgido porque la población de la Tierra
había crecido más allá de proporciones manejables. Cada vez moría menos gente
debido a la avanzada tecnología médica. La humanidad se había convertido en una
carga para la Madre Tierra. El hombre no había logrado establecer ni una sola
colonia en el espacio. Proveer servicios básicos y alimentar a la población se
había convertido en un problema enorme. La tasa de criminalidad había
aumentado. Algunos políticos habían dado un nuevo eslogan a esa masa humana que
se multiplicaba sin control: Es mejor morir que vivir como animales.
En realidad muy pocas personas
habían visto animales verdaderos.
Se estableció una edad límite, se
votó y se aprobó. Muchos políticos ancianos fueron los primeros en morir. Esto
ocurrió porque los ancianos que no eran políticos estaban disgustados con la
calidad de vida. Los votantes jóvenes querían más espacio para sí mismos.
Y pronto se alcanzó el crecimiento
poblacional cero. Luego llegó el crecimiento poblacional negativo. Hubo algunos
murmullos para elevar la edad límite, pero fueron ignorados. El gobierno
esperaba que todos acudieran a los centros de terminación médica en cuanto
alcanzaran la edad establecida. La primera notificación llegaba con un año de
anticipación. La segunda indicaba con precisión la fecha y el lugar del centro.
La tercera era la cita con la muerte. Indicaba la hora de llegada de la
ambulancia, popularmente conocida como la furgoneta de la muerte. Algunos
intentaron evadir esa cita. Buscarlos y sacarlos de sus escondites se volvió
una tarea difícil. Así nacieron los portadores de la muerte.
Poco a poco la población de la
Tierra se redujo hasta proporciones manejables. Para mantenerla así se crearon
cada vez más portadores de la muerte. Una vez reclutado, un portador de la
muerte recibía muchas facilidades. Por eso muchos jóvenes querían convertirse
en uno de ellos. El problema de decirles que no a los aspirantes lo resolvían
las computadoras. De hecho, todo el proceso de selección era manejado por
computadoras. El perfil psicológico de cada joven era estudiado por ellas. Luego
algunos recibían la llamada.
Esos jóvenes eran separados de sus
familias y recibían un entrenamiento especial. Después su único trabajo era
buscar, encontrar y eliminar a quienes no se presentaban voluntariamente en los
centros del gobierno en el momento adecuado.
Al principio la población no
protegía a los fugitivos. Pero cuando la población de la Tierra se estabilizó,
el ánimo del público cambió. Ese cambio, aunque muy gradual, afectó el éxito de
los portadores de la muerte. La gente quería que el límite de edad se aumentara
en diez años. Las estadísticas sugerían que, con las leyes existentes y los
métodos de control poblacional, ya se había alcanzado el crecimiento
poblacional cero, y ahora el crecimiento era negativo. Con esas cifras
circulando, surgió un clamor para eliminar la ley por completo. El apoyo a los
fugitivos creció rápidamente.
La noticia de los portadores de la
muerte se filtró de algún modo, lo que provocó una gran indignación pública y
una serie de negaciones por parte del gobierno.
Todo eso cruzó por la mente del
anciano. Había permanecido en silencio durante mucho tiempo, así que el joven
portador de la muerte fue quien habló primero.
—No he venido a matarlo.
—Oh, creí que usted era el portador
de la muerte.
—¿Dije yo alguna vez que lo fuera?
—Entonces ¿quién es usted?
—He venido a llevarlo de vuelta.
—¿Pero por qué? Ya no quiero vivir.
No me resistiré si me mata. Es
mejor morir que vivir así. Por eso decidí que ustedes debían encontrarme. Dejé
un rastro de una milla de largo. Si hubiera querido, podría haberme ocultado
durante otros dos años. Nunca me habrían encontrado por su cuenta.
—¡Por eso lo queremos!
—No entiendo.
—Bueno… no es fácil explicarle lo
que quiero decirle. Hasta que usted escapó, muy pocos portadores de la muerte
huían. Los que lo hacían normalmente eran capturados en uno o dos meses. Usted
fue la excepción. Lleva casi cinco años fuera. Necesitamos saber cómo logró
evadirnos durante tanto tiempo. Así podremos encontrar a otros que intenten
escapar. Y además podremos convencer a los futuros fugitivos de que huir nunca
vale la pena. Al final todos se rinden. ¿Qué mejor ejemplo que usted para
disuadirlos?
El anciano se estremeció; casi
sollozó.
—Está equivocado. Nadie pensará
como yo. Tal vez siempre tuve una tendencia suicida. Tal vez haya algunos que
quieran vivir más tiempo y disfrutar de la libertad. Creo que no me rendiré.
Será mejor que me mate.
—Discúlpeme, señor, pero nuestro
psicólogo opina algo distinto. Según él, antes de morir usted querrá decirle al
mundo que ha ganado. Presumirá de haber derrotado a los portadores de la
muerte. Cree que dejó esos rastros para que lo encontráramos y así restregarnos
su triunfo en la cara.
—Ya veo…
El anciano exhaló lentamente.
—¿Viene con nosotros, señor?
—preguntó el joven con extrema cortesía.
El anciano se había ido acercando
poco a poco.
Aquellos jóvenes arrogantes y
confiados eran muy fáciles de engañar.
Saltó y sujetó al joven antes de
que pudiera resistirse. Fue muy fácil, aunque tuvo que admitir que ya no era
tan rápido como en sus años de juventud.
Le arrebató la pistola láser, se la
llevó a la boca y apretó el gatillo.
El joven había caído al suelo y se
levantó sonriendo.
Todo había salido exactamente según
el plan. ¡Qué razón había tenido el psiquiatra!
—El ego de un hombre es su peor
enemigo —había dicho.
El anciano tenía que morir; de lo
contrario se habría convertido en un problema. La vieja ley estaba siendo
derogada; sería reemplazada por una nueva. El anciano debía desaparecer antes
de que eso ocurriera.
Sabía demasiados secretos.
Si hubiera sobrevivido, podría
haber expuesto el sistema.
Por eso consultaron al psiquiatra.
Había estudiado el perfil
psicológico del anciano y había sonreído.
—Puedo hacer que se suicide. Solo
díganme dónde está.
La pistola láser se había conseguido en un mercado de pulgas. Imposible de rastrear.
El joven portador de la muerte saludó al psiquiatra. Luego miró alrededor. La primera mosca había entrado en la habitación.
Cerró la puerta y se marchó.

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