Bahira Abdulatif
Acababa de terminar de leer el
cuento del ciego, Aquel que vio, en el que se narraba un encuentro entre
un Borges joven y otro anciano, cuando cerré el libro, lo sostuve con cuidado y
salí a buscarme a mí mismo, por si acaso lograba encontrarme en la vejez.
Lo primero que se me ocurrió fue cruzar la calle que
conducía al parque para sentarme en uno de sus bancos de madera, esperando a
que yo me encontrara conmigo mismo, ¿no había hecho eso Borges…? Pero aquel
jardín estaba en Ginebra… En fin, las ciudades se parecen; somos nosotros
quienes no nos parecemos. Aun así, no había inconveniente en intentarlo.
Antes de llegar al parque, sentí una fuerza misteriosa
que me empujaba a desviarme de mi camino. No fijé destino alguno, guiándome por
lo que había dicho Borges: “no importa a dónde vamos, sino de dónde venimos”.
Me limité a seguir una sensación profunda que me impulsaba a caminar por calles
que jamás habían pisado mis pies.
Un sol otoñal, tibio, comenzó a filtrarse en mi
cuerpo, infundiéndole vitalidad y un deseo enigmático de abrazar lo
desconocido. Era un día extraño, distinto a todos los demás. Aquella mañana me
había despertado el timbre de la puerta: al abrir, encontré al cartero con un
sobre de un “amigo” cuyo nombre desconocía, que me enviaba un libro de Borges.
En la dedicatoria, trazada con una letra temblorosa, afirmaba que se trataba de
una edición especial y única, de gran utilidad para el trabajo de investigación
que yo preparaba sobre ese autor.
No tardé en intentar averiguar la identidad de aquel
amigo, nada más abrí el libro descubrí que era un ejemplar idéntico al que ya
poseía. Estuve a punto de decirme que se trataba de una broma pesada. Lo dejé a
un lado, pero mi mano volvió a él involuntariamente y mis ojos comenzaron a
saltar entre las líneas que conocía de memoria hasta llegar a aquel cuento.
Apenas terminé de leerlo, sentí una voz interior que me llamaba, ordenándome a salir
hacia ningún lugar. Obedecí: tomé el libro bajo el brazo y salí caminando como
sonámbulo hasta la estación de autobuses.
Me quedé allí, perplejo, sin saber hacia dónde
dirigirme. Todos los autobuses iban hacia las afueras. No tardé en decidirme:
una mano invisible me empujó por la espalda y me encontré subiendo a uno de
ellos. Elegí el asiento más cercano, fui el primer pasajero y el conductor me
recibió con una cordial sonrisa matinal.
Apenas me acomodé, subió un hombre que aparentaba unos
sesenta años y se dispuso a sentarse a mi lado. Lo primero que llamó mi
atención fue el guante blanco, transparente, que llevaba puesto –como el de un
cirujano– y la bolsa de plástico de la que extrajo de inmediato unos folletos
brillantes para cubrir el asiento contiguo y su respaldo. Observé la escena con
asombro. Al volver la cabeza, me encontré con la mirada de una mujer de unos
cuarenta años que contemplaba lo mismo que yo, intercambiamos gestos de
extrañeza conteniendo la risa, a los que pronto se sumó también el conductor.
En cuanto el autobús arrancó, el anciano comenzó a
hablar, como si retomara conmigo una conversación interrumpida. Comentó mi
sorpresa ante su conducta, defendió sus manías en este mundo “contaminado” en
cada uno de sus detalles, respondió a preguntas que yo no había formulado y se
extendió en relatar episodios de su vida, mientras yo permanecía en silencio.
Supe que era el doctor Montenegro, un prestigioso
cirujano y antiguo director del mayor hospital de Madrid durante largos años,
antes de retirarse para dedicarse a la escritura y la publicación de libros.
Había enseñado medicina durante décadas, poseía un doctorado en una
especialidad muy precisa y había llegado a ser decano de la facultad.
No olvidó contarme su infancia, su obstinación, siendo
un bebé de apenas ocho meses, en rechazar el pecho materno y la leche, hasta el
punto de temer por su vida, marchitándose como una pequeña hoja de trébol. Su
madre encontró finalmente la solución al alimentarlo con jugo de frutas, que
pronto le agradó y así su cuerpo comenzó a florecer poco a poco. De aquella
extraña experiencia, dijo, aprendió a no probar jamás la carne. Tampoco olvidó
asegurarme que nunca se había acercado al tabaco ni a bebida alguna ni a ningún
otro vicio.
Al escuchar sus últimas palabras, se me escapó una
risa mezclada con un leve estertor y con restos de dolor y tristeza alojados en
mis pulmones antes que en mis ojos, fragmentos de muerte que había ocultado
bajo la piel sin darme cuenta, el día en que decidí huir de aquel infierno.
Observaba su rostro lozano mientras hablaba,
aparentaba unos sesenta y tantos años y el brillo de sus ojos se intensificaba
con cada palabra, pronunciada con una precisión casi teatral, cuando comenzó a
evocar sus recuerdos de cuando surcaba el cielo mientras la “auténtica ciudad”
resistía con desesperación…
Su última frase me desconcertó y hablé por primera vez
para preguntarle de qué ciudad se trataba. Respondió con entusiasmo,
rejuvenecido de pronto:
--Madrid, la capital de la gloria, por supuesto… Ah, ¡no
te he dicho que yo participé en la guerra civil…! Fui piloto. Al principio era
médico en las fuerzas aéreas, pero aprendí a volar con mis compañeros y me
convertí en piloto. Luchamos ferozmente contra Franco. Los militares nos
superaban en número y armamento, pero nosotros, los republicanos, les
superábamos en impulso, en audacia…, y en sueños también. Fui piloto durante
nueve años y no abandoné ese oficio hasta después de la Segunda Guerra Mundial…
Sus palabras me sobresaltaron. ¿Qué pretendía decir
aquel hombre? La guerra civil había ocurrido hacía más de sesenta años y apenas
quedaban testigos, España había despedido hacía poco, quizá al último de ellos,
¡el poeta Rafael Alberti, a sus noventa y seis años, que había combatido por la
República…!
Zanjé el asunto en mi interior decidiendo que aquel
hombre estaba loco, uno de aquellos enloquecidos que abundan en la ciudad, a
veces con un aspecto deplorable y otras con una apariencia respetuosa.
Pero él, como si hubiera leído mis pensamientos, añadió:
—Dentro de unos días cumpliré ciento ocho años… He
trabajado, enseñado, combatido y escrito numerosos libros y hasta hoy sigo
recorriendo distancias con piernas firmes y devorando páginas con ojos sanos…
La sorpresa me dejó sin habla. Me limité a contemplar
sus ojos, cuyo brillo no se había opacado por la vejez y advertí que no llevaba
gafas. Su rostro, encendido por una vitalidad extraña, estaba libre de arrugas.
Su memoria fluía con una precisión asombrosa al evocar la guerra civil y sus
abundantes obras científicas. De vez en cuando reía, burlándose de sus errores
ortográficos –como suelen hacer los médicos con su mala letra– y de la muerte,
a la que había aprendido a esquivar incluso en los momentos más oscuros de la
guerra, con la destreza de un veterano torero. Decía que había trabado amistad
con ella desde su octavo mes de vida hasta cumplir los ciento ocho años y que
la había visto deambular por los quirófanos, a veces –añadió– la sentía entre
sus dedos, jugueteando con él, arrebatándole el bisturí y escondiéndose con la
travesura de un niño.
Por un instante me invadió una inquietud agitada por
la memoria de la guerra, pero pronto se disipó y sus palabras difundieron en mi
interior una serenidad cuyo origen ignoraba. Sentí entonces una especie de
arrebato, como si me encontrara ante una fuerza cósmica desbordante, apreté con
fuerza el libro de Borges entre mis manos y respondí con frases breves que
apenas decían nada.
Seguí escuchándolo con una especie de devoción,
mientras me colmaba de relatos, anécdotas y versos. Entre ellos, quedaron
grabados en mi memoria estos que repetía varias veces, con ritmos distintos y
una voz libre de amargura:
—“Quizá algunos dirán que el tiempo torpe nos robó el
pulso y la locura; no lo negaremos: crecer es un ejercicio arduo y penoso…”
Sus pensamientos se encadenaban sin esfuerzo,
impregnados de una filosofía y una sabiduría sin presunción, hablaba de la Vida
repleta de vida en tiempos de guerra y de la extinción interior de los
vivos en los instantes de una paz rendida y humillada. De repente, se inquietó
en su asiento y comenzó a prepararse para bajar en la siguiente parada.
Temí que descendiera del autobús y perder todo rastro
suyo, así que le pregunté con evidente ansiedad si vivía en aquella zona.
Sonrió, iluminando su rostro.
—No, vivo en una casa lejana, en El Escorial… —añadió
con ironía— con los inmortales.
Recordé de inmediato que aludía al Valle de los
Caídos, aquel inmenso monumento que Franco había erigido para sus partidarios
caídos en la guerra civil, obligando a prisioneros republicanos a trabajos
forzados, muchos de los cuales perecieron allí.
Le dije entonces, con premura, al comprender que el
tiempo se escapaba y que aquel hombre extraño estaba a punto de desaparecer
hacia un lugar que yo ignoraba.
—Yo también combatí… como usted. Y no sé si, como
usted, he sobrevivido. Ahora escribo e indago en la verdad y en la ficción…
El hombre captó mis palabras con la rapidez de un
relámpago. Me propuso intercambiar nuestros números de teléfono, adivinando lo
que yo pensaba. Saqué de mi bolsillo un pequeño papel amarillo, lo partí en
dos, anoté en una mitad mi número y se la entregué. En la otra escribí el
número que él me dictó, riendo.
—Es mi móvil, insisto en seguir
el ritmo del progreso; soy hijo de todas las épocas…
El autobús se detuvo en un lugar que no había visto
antes: una zona amplia, de la que ahora solo recuerdo los árboles y sus sombras
danzantes bajo aquella luminosa mañana.
Cuando me estrechó la mano con su guante transparente,
sentí la firmeza de la mano de un auténtico cirujano. Se despidió con un tono
casi disculpándose, dijo que aquellos guantes lo protegían de las epidemias
ajenas, y que les debía una parte de su vida, junto con otros detalles que me
revelaría en un próximo encuentro que yo confirmé con sinceridad y entusiasmo.
El anciano juvenil descendió del autobús y permaneció
unos instantes en la acera. Bastaron para que nuestras miradas se encontraran
una vez más, sus ojos rebosaban vitalidad y fuerza, y parecía haber
rejuvenecido algunos años más, hasta rondar los cincuenta. Luego, el autobús
arrancó de nuevo. Bajé en la siguiente parada y tomé otro en dirección
contraria, hacia casa.
Apenas me senté, me invadió una sensación de tristeza,
no había bajado con él, no lo había acompañado para descubrir el secreto de su
juventud ni para interrogarlo sobre aquella aura de luz y misterio que había
sembrado en mi alma. Pero un alivio me recorrió al recordar el número de
teléfono. Metí la mano en el bolsillo con rapidez para volver a mirarlo.
La sorpresa me aguardaba: ¡el papel había desaparecido
como por arte de magia!
Lo busqué con angustia durante todo el trayecto de
regreso, sin resultado, como si una mano invisible lo hubiera sustraído, a
pesar de estar segura de haberlo tenido instantes antes…
Regresé arrastrando los pasos, intentando convencerme
de que lo ocurrido no había sido un sueño, sino una realidad cuya única prueba
era aquel pequeño papel que ya no encontraba… o la otra mitad que él
conservaba. Tal vez, algún día, me sorprendería con una llamada que me
permitiera reanudar los detalles de aquel extraño encuentro al que me había
encaminado de forma tan enigmática… Ojalá lo hiciera antes de marcharse con los
inmortales.
Pasé los días siguientes revisando la guía telefónica,
llamando a hospitales y oficinas de información. Me devolvían en vano mis
propias preguntas: nombre, dirección… Y yo me sentía frustrado, porque lo único
que sabía era “doctor Montenegro”, que en español significa “montaña negra”,
¡qué ironía!, y una sensación profunda y enigmática de afinidad espiritual que
me unía a él.
Los ojos de aquel hombre, joven en su ancianidad, me
persiguen como una obsesión persistente. Su imagen insiste, sus palabras se
multiplican en mi mente y el timbre firme y armonioso de su voz resuena dentro
de mí como el tic-tac de un viejo reloj de madera. A veces, llego a dudar de su
existencia y de todo lo sucedido aquel día… de no ser por el misterioso libro
de Borges con su temblorosa dedicatoria que recibí aquella mañana y por estas
líneas que ahora escribo, las cuales, en modo alguno, no prueban que algo de lo
que cuento haya ocurrido realmente…
Bahira Abdulatif nació el 12 de
marzo de 1957 en Bagdad, Irak. Es una intelectual, escritora, traductora,
intérprete y profesora de traducción, interpretación y literatura en la
universidad de Bagdad, UAM, UCM y USAL. Acabó sus estudios universitarios en la
Facultad de Letras de la Universidad de Bagdad en 1980. Pero en 1978 habías
empezado a escribir sus primeros artículos para la revista Al Maraa, única
revista y de difusión nacional que se dedica a la mujer iraquí por aquel
entonces. Activista y defensora de derechos de la mujer desde finales de los
setenta hasta la actualidad, ha participado en iniciativas, proyectos,
conferencias y congresos internacionales en Irak, España, Suiza y otros países.
A su vuelta a Irak en 1983 empieza a trabajar en Dar Al Mamún, Bagdad,
Editorial del Ministerio de la Cultura de Irak, dedicándose durante más de 12
años a la difusión de la cultura y literatura española e hispanoamericana. A la
vez, imparte clases de Lengua y Literatura española en la Facultad de Idiomas,
Universidad de Bagdad, En Madrid, ciudad donde reside desde 1995, continúa su
carrera literaria e intelectual defendiendo los derechos de la mujer árabe y
musulmana, dando cientos de charlas y participando en congresos y ponencias
sobre el feminismo y la cultura árabe e islámica.
