Mugur Ioniță
He cometido un
crimen. Un crimen atroz. Ahora tendré que pagar. Los niños duermen, igual que
mi esposa. No les he dicho nada, no tenía sentido. No soporto verlos
devastados. En cambio, he preparado un pequeño equipaje en el que puse algo de
ropa interior y el cepillo de dientes. No llevaré más ropa; supongo que en
prisión me darán el uniforme a rayas. No sé por qué la policía tarda tanto;
debería estar aquí desde hace rato. Espero que en cualquier momento entren los
agentes encapuchados. Ojalá no rompan la puerta; a mi esposa le resultará
difícil repararla. ¿Por qué habré enterrado el cadáver? No lo sé, quizá por
rabia. Todo quedó registrado por las cámaras de la oficina. No tengo
escapatoria. No tenemos escapatoria, porque fuimos varios los asesinos.
Todo comenzó el día
en que el director entró en la oficina acompañado de una joven tímida.
—Ella es Ina Arcip, su nueva
compañera. Ha sido designada directamente desde Bucarest. No tiene mucha
experiencia, pero es ambiciosa. Mi pedido, y la de la dirección, es que le
enseñen todo lo que saben. Mira, ella usará ese ordenador del rincón.
Nos sorprendió, por un lado porque
ya estábamos con el personal completo y, por otro, porque el gobierno acababa
de emitir una ordenanza que prohibía nuevas contrataciones en el sector
público. El director dijo que nos sería de ayuda, así que la aceptamos sin
protestar. No tenía encanto ni carisma. Un rostro tan apagado que, si lo pienso
bien, no podría describir sus rasgos físicos.
En la Oficina Regional de
Pronóstico del Tiempo todos superábamos los cincuenta años. Habíamos empezado
la carrera con mapas trazados con plumilla y juegos de lápices de colores, y
luego vivimos en primera persona la evolución tecnológica: el ordenador y los
modelos matemáticos. Debo reconocer que, después de tantos cambios, las
novedades se habían vuelto agotadoras para nosotros. Éramos como una familia
variopinta, no necesariamente perfecta, hombres y mujeres. A veces
celebrábamos, otras discutíamos, como todas las personas que llevan más de
veinte años trabajando juntas. En fin, éramos un colectivo unido por el tiempo.
Aunque su llegada nos alteró, pensamos que un poco de sangre nueva no nos haría
daño. La aceptamos como a una hermana menor. Consejeros, importantes y
meticulosos, rodeábamos por turnos a Ina Arcip y la abrumábamos con nuestra
sabiduría meteorológica. Al principio se expresaba con dificultad y nos
divertía cuando cometía errores. Se corregía enseguida y asumía la crítica con
estoicismo, sin mostrar emoción alguna. Le asignamos tareas sencillas, como
completar tablas con temperaturas mínimas y máximas, fenómenos, estado del
cielo o velocidad del viento.
—Es posible que te aburras aquí —le
dije—. Hacemos cada día el mismo trabajo.
—Adoro la naturaleza repetitiva de
las cosas —nos respondió—. Así son también las estaciones.
Hacía preguntas muy precisas y
obedecía con docilidad. Después le confiamos tareas cada vez más complejas, e
Ina nunca las rechazó. Solo intervenía cuando nuestras explicaciones eran
demasiado vagas.
Un día, cuando me dio un ataque de
ciática, le dije que me recostaría un momento y le pedí que terminara mi
trabajo. Me sorprendió ver lo bien que lo hizo. El pronóstico era impecable,
los contratos respetaban perfectamente la terminología y fueron enviados a los
beneficiarios a la hora exacta, y las tablas no tenían errores. Además, al
mediodía salió en directo por Radio Timișoara y, con una dicción de manual a la
que añadió algunas inflexiones juguetonas, anunció el pronóstico. La elogié
incluso ante el director. Quedó encantado.
Quizá se pregunten si nosotros, los
hombres del equipo, nos sentíamos atraídos por ella. No, en absoluto; la
veíamos más bien como un ser asexuado, y las mujeres no la consideraban una
rival que intentara ganarse el favor de los hombres, como había ocurrido en el
pasado. A veces mantenían con ella conversaciones no meteorológicas: una receta
de pasteles o una recomendación de vacaciones. El director incluso nos pidió
que no tuviéramos fantasías eróticas con ella. Aun así, le preguntamos si tenía
novio. Se quedó un poco bloqueada, dudó, parpadeó varias veces lentamente y
respondió de forma evasiva que, debido a los bajos salarios, en el mercado de
la seducción los meteorólogos ya no estaban solicitados, lo cual nos dejó
pensativos. Estaba decidida a aprender meteorología y nada más. Estaba tan
concentrada que ni siquiera el día de mi cumpleaños quiso probar un pequeño
pastel. Y durante la campaña electoral, cuando a diario levantábamos la voz y
discutíamos acaloradamente en la oficina, ella permanecía simplemente impasible
en su rincón, absorta en mapas y tablas.
Otra mañana la encontramos
trabajando desde muy temprano. Ya había cubierto casi todo el volumen de
trabajo del equipo. A su lado, el director exhibía una amplia sonrisa.
—¿No te fuiste a casa? —le
pregunté.
—No, me quedé aquí —respondió.
—¿Qué haces en tu tiempo libre?
—Cualquier cosa.
En fin, no éramos nosotros quienes
debíamos decirle cómo vivir su vida. Era su elección.
Así pasó un año. Ina Arcip no había
tomado ni un solo día de baja médica, nunca se resfrió, y nosotros todavía no
sabíamos casi nada de su familia o de sus amigos. Como le habíamos enseñado
todo lo que sabíamos, Ina Arcip nos mostraba su gratitud haciendo nuestro
trabajo. No formaba bandos, no era parcial, no se daba aires. Era absolutamente
correcta y eficiente. Y nosotros nos volvimos tan perezosos que, durante el
turno, pasábamos el día viendo televisión o recostados, dando “me gusta” en los
teléfonos y solo comprobando de vez en cuando si Ina seguía en horario.
Todo fue maravilloso hasta que el
director nos anunció que debían reducirnos a la mitad la jornada laboral, junto
con un recorte salarial, por supuesto. Es una orden de arriba, no puedo hacer
nada. Saltamos indignados. No encontramos comprensión ni en él ni en la
dirección de Bucarest. Intentamos incorporar a Ina Arcip al sindicato, pero
ella rechazó cortésmente, alegando la impotencia de esa organización, lo cual
nos enfureció, aunque debo reconocer que tenía razón. Ante cualquier protesta
nuestra, Ina Arcip permanecía indiferente. Se excusaba diciendo que era nueva y
que no se involucraba.
No pasó mucho tiempo hasta que
comenzaron los despidos. Pensamos que Ina, por ser la más reciente, sería la
primera en la lista. Pero no fue así. Otros dos compañeros tuvieron que
marcharse. Uno terminó como vigilante en una fábrica de neumáticos y el otro se
divorció y luego cayó en el alcoholismo. O quizá en orden inverso, no estoy
seguro.
Desde entonces algo cambió en
nuestra actitud hacia Ina Arcip. Empezamos a mirarla con odio, sospecha y
envidia, aunque ella seguía siendo educada y dispuesta a ayudarnos.
—Ocúpate de lo tuyo —le dije una
vez cuando se ofreció a corregir un pronóstico. Había olvidado mencionar el
hielo. No se ofendió, aunque después comprendí que tenía razón, como siempre.
Efectivamente, hubo hielo. Trabajaba cada vez mejor, casi a la perfección.
Aportó ideas nuevas, mejoró y perfeccionó los modelos matemáticos, y nosotros
ya no pudimos seguirle el ritmo. La precisión de su trabajo era diabólica –una
palabra que probablemente habría halagado su orgullo– y su índice de aciertos
era muy superior al nuestro.
Inevitablemente llegó el día
fatídico –es decir, ayer, porque ahora ya ha pasado la medianoche– en que el
director nos anunció que todos estábamos despedidos, excepto Ina, por supuesto,
pero que no nos preocupáramos, recibiríamos los diez salarios compensatorios
que estipula el convenio colectivo. Tenemos familias, hipotecas, y aún nos
faltan diez o quince años para la jubilación; no creemos en la reconversión
profesional. ¿Quién contrata a un meteorólogo viejo? Ya habíamos visto el amargo
destino de los dos compañeros despedidos previamente.
No nos quedó más que una sola cosa
por hacer. Les juro que no fue algo premeditado; actuamos por instinto. De
vuelta en la oficina, nos abalanzamos sobre ella como perros. No opuso
resistencia; de hecho, no hizo el menor gesto. No mostró sorpresa, ni horror,
ni dolor. Y eso nos enfureció aún más. La golpeamos contra las paredes, las
mujeres le arrancaron el cabello y los hombres la golpearon con puños y pies
hasta que no dio más señales de vida. La matamos con brutalidad. Luego, sin
piedad (de todos modos estaba muerta), le cortamos las manos, los pies y la
cabeza y la metimos en un saco. Era ligera como una nube. La enterramos en el
Bosque Verde, junto al Museo de la Aldea, bajo la oquedad de un árbol viejo, y
nos fuimos a casa sin hablarnos.
¡Toc, toc!
Por fin apareció la Policía; cuánto
tardaron. Es por la mañana, ya son las diez. Los niños se han ido a la escuela,
mi esposa al trabajo. Estoy solo en casa y sin haber dormido. Gracias a Dios,
no rompieron la puerta.
Esperaba un pelotón entero de
agentes encapuchados con armas cargadas, que me tiraran boca abajo y me ataran
las manos a la espalda. Estaba preparado para soportar el impacto. Lo merecía.
Pero no. En la puerta se presentó cortésmente una joven agente uniformada. No
era feroz en absoluto.
—¿Señor Mugur Ioniță?
—Sí, soy yo.
—En relación con lo ocurrido ayer
en el Centro meteorológico, ¿puede acompañarme a la comisaría?
—Sí —respondí, sorprendido por la
amabilidad de la policía.
Ni siquiera lleva pistola; al menos
no veía funda alguna.
—Espere a que tome mi equipaje.
—No es necesario. No lo retendremos
mucho tiempo.
—¿No me pondrán esposas?
—Si tiene ganas de juegos
perversos, hágalo con su esposa —me interrumpió la joven, irritada por mi
pregunta.
En la sede policial, en un banco
largo, estaban alineados los demás compañeros y compañeras, sin haber dormido,
igual que yo.
—Señores —nos dijo un policía,
probablemente el encargado de investigar el crimen—, ¿qué les ocurre? Es el
tercer caso de este tipo en una sola semana. El mes pasado tuvimos unos diez
más. Completen las declaraciones y pueden irse. De todos modos, todo quedó
registrado por las cámaras de la oficina; no tiene sentido negar los hechos.
Escribí toda la historia, cada uno
según la percibió. El policía guardó las declaraciones en un cajón sin
molestarse en leerlas.
—Por daños a la propiedad tendré
que abrirles un expediente penal. Además de una multa y obligaciones de pago.
Probablemente también se les retenga parte de los salarios compensatorios.
—¿No estamos detenidos por
homicidio? —se atrevió a preguntar una compañera.
—¿Se han vuelto todos locos?
¡Adiós!
Uno de los compañeros se ofreció a
llevarnos a casa en coche. Encendió la radio y, para nuestro horror, en
directo, su voz, como llegada desde una nube, recitaba con la habitual
perfección la poesía meteorológica del día. Al final, con inflexiones juguetonas:
presentó para ustedes la meteoróloga de turno, Ina Arcip.
Cambiamos la ruta y regresamos al Bosque Verde. Observamos que estaba lleno de tumbas, algunas más recientes, otras más antiguas. Identificamos la suya por la gran oquedad. La desenterramos con las manos desnudas. Bajo la tierra húmeda, en medio de la naturaleza, encontramos algunos cables enredados, restos de plástico, circuitos y la placa donde figuraban únicamente las iniciales de Ina Arcip.
Mugur Ioniță nació en 1972 en
Timișoara, Rumania. Es meteorólogo, escritor y también ha sido, entre otras
cosas, oficial, profesor de geografía, controlador de tráfico terrestre
aeroportuario y corresponsal para la zona oeste del país del semanario
Observatorul Militar. Ha trabajado en misiones internacionales durante más de
doce años, en países como la República Democrática del Congo y Bosnia y
Herzegovina. Es autor de las novelas Ultimul meteorolog (2021), Scrie-mi!
(2023) y Odiseea adriatica (2025, así como de un relato del volumen
colectivo Underground TM – Orașul care nu se vede (2022). En verano,
cuando no está escribiendo ni observando las nubes, se le puede encontrar en el
mar. En los últimos diez años, desde que descubrió la navegación, ha acumulado
varios miles de millas en los mares de Europa, como patrón o miembro de la tripulación.
