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lunes, 5 de octubre de 2026

LOS TONOS DEL CREPÚSCULO

Cecilia Aravena Zúñiga

 

Habíamos pasado las horas más ardientes protegidos en nuestro habitáculo. Mi piel aún tenía ampollas de la última puesta de sol que me atreví a ver. Salimos cuando el cielo encarnado que precede la puesta de sol le abrió paso al azul de luna. La temperatura bajó a treinta y ocho grados.

Rara vez dejábamos nuestra sección, pero nos atrajo el anuncio de la exhibición de un clásico del siglo XX. Nos sentamos en la sala de espera en silencio junto a una veintena de personas. Me concentré en la imagen reflejada en el escaparate que tenía al frente. Todos nos veíamos iguales, con nuestros trajes ceñidos de color plateado y nuestras cabezas pelonas en cuerpos enjutos, comparados con los de las estrellas del antiguo cine. Greta se dio vuelta hacia mí, cuando saqué del bolsillo un gramo de droga sintética. Se la ofrecí guiñándole un ojo. Al fin y al cabo sólo faltaba un par de días para el nuevo reparto.

—Te va a gustar esta cinta, está entre los mejores —dije con entusiasmo abriendo la web frente a sus ojos, con un movimiento de mi mano en el aire. Apareció una proyección de fotografías del elenco y el detalle de las principales críticas.

Me quedé a su lado mientras ella tragaba las cápsulas y volví a abrir un par de ventanas antes de ingresar a la sala. Nos sentamos en butacas contiguas. Desde la primera escena me cautivó el personaje de Brando el crepúsculo de tintes rosa y los tejados de París. Con las primeras escenas, la vi humedecer su boca lívida y deseé besarla como en el film. Los actores juntaban sus labios y hacían danzar las lenguas, intercambiando todo tipo de secreciones. Después se frotaban entre sí, sudando como bestias hasta llegar a un jadeo agónico. Creo que Greta me hubiese apartado, aquello debía parecerle torpe y efímero.

Brando me fascinó en El último Tango en París, por su carácter, y la atracción que ejercía sobre Jeanne. Envidié el devaneo y la porfiada inclinación animal de ambos. ¿Qué se sentirá penetrar un cuerpo y convulsionar de placer? ¿Cómo olerá?

Cerré los ojos imaginando que mis dedos se desplazaban por las caderas de aquella actriz, recorriendo su piel tibia y suave. Noté que mi respiración se agitaba y al abrirlos estaba el rostro de Brando ocupando gran parte de la pantalla unidimensional con una lágrima cayendo por su mejilla. De mi pecho emergió un sollozo ahogado y profundo que me dolió como si me rasgara las costillas.

¿Por qué me cautivaba ése crepúsculo púrpura y la silenciosa obscenidad de Brando? Me invadió una extraña nostalgia, pero ¿cómo podía añorar algo que no conocía? ¿Por qué me sentía así? Incómodo por el extravío y sin pensarlo le tomé una mano a Greta. La sentí fría y huesuda. Ella se sacudió y dándome un ligero golpe en el hombro volvió a entrelazarlas.

Al terminar la película, quise aplaudir tragándome un gemido, pero la veintena de espectadores salieron raudos de la sala. Tomamos el elevador en silencio. Greta con la mirada fija en mí. En la cinta mecánica de la superficie, me repugnó el verdor de los bosques y la quietud del lago de tono turquesa proyectado en los muros de los edificios. Me pareció que ese color tan juvenil y fresco hacía más falso el paisaje. No quise detener la vista en los respiraderos ni en las chimeneas, fijé la mirada en los transeúntes que se nos atravesaban presurosos. El vapor los difuminaba, haciéndolos ver incorpóreos. Avanzamos hasta un figón de bebidas comprimidas y nos sentamos frente a la barra.

—¿Te gustó? —pregunté intentando hacer que mi voz sonara grave como la de Brando en la película.

—No, es muy triste.

—¿Te refieres al pasado del film, o a este presente tan distinto? —pregunté sintiéndome entusiasmado por la plática que se iniciaba.

—Max ¿Qué pasa por tu mente? Obvio que hablo de lo antiguo. Vivir en la chifladura del deseo de nuestros antepasados, ¡Que barbarie! ¿Te imaginas a esos seres conscientes de su decadencia? ¿Tolerando lo breve de sus vidas?

—Supongo que eran felices con la pasión que sentían, sus anhelos, la ilusión de trascender —respondí marcando en el dispensador la opción de tequila y sintiendo que me caía un aguacero en la cabeza.

—¿De qué hablas? Eran irracionales e impulsivos. No sé qué buscaban. Sólo disfruté de la cadencia del saxofón y los atardeceres rosados de París —contestó Greta.

—Eran bellos los crepúsculos en esa ciudad —respondí intentando retomar el camino de una buena conversación.

—Sí, qué lástima que ahora las puestas de sol no puedan disfrutarse. ¿Te quedan estimulantes?

Al acercarle mi último gramo de droga, sus ojos áureos se quedaron suspendidos en los míos. Luego alzó una mano, acariciando la parte metálica de mi cabeza. Me gustó el cosquilleo y respondí rozando los sensores de su traje, a pesar de sentir la condescendencia de su gesto, le sonreí y los brazaletes de ambos refulgieron.

En el lado superior izquierdo de su hombro apareció una nueva ventana. Mi procesador me informaba que el índice de coincidencias en nuestras preferencias intelectuales y disposición productiva había aumentado.

—¿Por qué sonríes Max?

—Eres totalmente compatible conmigo —dije bajando la vista hacia los conductos de ventilación de los trenes subterráneos.

—¡Qué novedad! Por algo estamos juntos hace quince años. Recuerda que el mismo día en que nos conocimos comenzamos a sintonizar nuestros terminales —señaló Greta con cierto aire de satisfacción.

—Sí y el intercambio de datos fue veloz y perfecto —contesté, trayendo a mi mente la imagen de Brando desplomándose en el crepúsculo lluvioso y gris de Paris ante una Jeanne impávida con el revólver en la mano.

Cecilia Aravena Zuñiga es una escritora chilena, autora de los libros Fragmentos de Chile (2018), La verdad secuestrada (2019), Estación Yungay (2020), Investigando humanos y otros cuentos para el fin del mundo (2020) y Proyecto D and D (2022). Su obra también integra diversas antologías de cuento y poesía publicadas entre 2007 y 2025, entre ellas Entrepuentes, Polinizando, Disparar a matar, Crímenes con M de mujer, Martes Negro y Nuevas Vidas para Heredia. Ha participado como jurado en concursos literarios, incluyendo el de la Municipalidad de Santiago, y publica reseñas y críticas en el diario digital El Mostrador. Actualmente integra el Comité Editorial de la revista digital Descentrados.cl, sección Letras.

  

lunes, 3 de agosto de 2026

CON EL VIENTO A FAVOR

Cecilia Aravena Zúñiga

 

Antes de que el arco crepuscular ardiera, Mateo y yo partíamos hacia los corrales, liberando a las ovejas. Cuando se dispersaban como espuma al viento, él descendía silbando, hurgaba en sus ropas y se liaba un cigarrillo. Esperábamos el alba en silencio.

—Cuando el cielo tenga el color de tu pelo nos vamos, Diablo —me decía acariciándome el lomo.

Volvíamos a paso lento, él a disfrutar un cimarrón acompañado de sopaipillas y yo alfalfa y agua. Al caer la tarde, recogíamos el ganado en silencio. Esto cuando no nos tocaba llevar el piño a otro lado. Aquellas tardes, los gauchos nos recibían entre humo y fuego, y el aroma del cordero asado se mezclaba con el aire frío.

—Diablo, tengo que buscar algo en que entretenerme, los días pasan flojos —se quejaba arrugando la frente.

Luego cargaba el peso de su cuerpo a un costado, para que girara en dirección a un rancho situado a dos leguas, al que llegaban los gauchos a tomar vino y aguardiente. Me dejaba atado y desde la calle escuchaba el resonar de vasos, risotadas y la música de su guitarra. Alguna vez también escuché el estridor de puñales y gritos, hasta que un hombre aparecía con la camisa manchada de sangre yéndose a tumbos del lugar. Luego, Mateo, desataba mis riendas del poste, pisaba el estribo y al subir a mi montura, decía con tono de súplica:

—Diablo, amigo mío, llévame al rancho.

Antes de recorrer una cuadra escuchaba sus ronquidos, con mis riendas sueltas y sus piernas moviéndose al ritmo de mis pasos.

Muchas veces lo tuve que esperar en la cantina hasta el amanecer, lo echaban a empujones y él se quedaba dormido en la tierra húmeda. Lamía su cara hasta despertarlo. Apenas lograba ponerse en pie para caer como un bulto sobre mí. Tenía que avanzar con mucho cuidado para que no cayera de bruces, sobre todo para cruzar los dos arroyos que anticipaban la llegada a la estancia. Uno de los caballos viejos de la carreta del lechero, me contó que un jinete borracho había caído en uno de esos regueros y se había ahogado a pesar de que era época de veranada y la profundidad del riachuelo no alcanzaba a llegar a mis babillas. Nada de eso parecía preocuparle a mi amo, confiaba en mí.

Le gustaban las carreras que se armaban y las fiestas para marcar el ganado, en las primeras, no eran más que dos caballos en línea corriendo mil metros, montados en pelo por sus dueños. Mateo nunca participó conmigo en una de esas competencias, a pesar de que le gustaba jactarse de la velocidad de mi galope. Imagino que no quería arriesgarse a que otros quisieran adueñarse de mí, ambos habíamos visto las riñas después de las apuestas.

Una sola vez lo vi enojado, un hombre le dio un corte en la cara porque le había ganado en el juego de naipes, salieron a la calle a pelear. Mateo siempre llevaba su cuchillo cruzado en la espalda, con el filo para arriba “así salía cortando al desenvainar”, decía. En esa pelea usó su poncho enrollado en la mano para detener los golpes y luego haciendo que el tipo lo pisara, lo derribó. Me sentí orgulloso cuando nos alejamos entre los vítores de los otros gauchos y las quejas de su rival. También era un gran payador, con su voz ronca improvisaba historias con la guitarra. Los gauchos alrededor de él chocaban sus vasos.

Las mujeres decían que Mateo era muy pobre, porque además de mí, la montura tallada con su nombre, y la guitarra, no poseía nada más. Cuando me montó por primera vez, yo tenía tres años. Me puso Diablo porque mi pelaje era bayo. Me ensillaba con el sol recién saliendo, y no se desmontaba sino para comer y dormir. Lo vi de esquilador, de arriero, puestero o domador. Vagamos juntos en los campos, sin más armas que su lazo, y su facón; cruzamos a nado ríos, prendido con una mano de mis crines y con la otra empujando contra la corriente. La primera vez que lo hicimos, me encabrité, no conocía el agua viva y me asusté mucho. Mateo acarició mi cuello, aprendí a nadar ese día. En la orilla, lo vi buscar en sus bolsillos y luego poner en mi hocico un terrón de azúcar que guardaba en una tripa; recuerdo ese momento como si hubiese sido esta mañana. También nos vimos frente a bandidos capaces de asesinarlo por el poncho que llevaba puesto; en aquellas ocasiones yo corría elevando mis patas del suelo para dejar atrás a los rateros.

Nos acostumbramos a soportar los rayos del sol, y los helados cierzos; a dormir en todas las estaciones a la intemperie, bajo un arrayán, o en una choza improvisada en medio del campillo. Varias veces galopamos dos días y dos noches sin descansar, comiendo muy poco, él un trozo de charqui y yo algo de pasto. En aquellas noches, sólo se escuchaban los susurros de los bosques de lenga y el canto raposo de mi amo.

Mateo siempre buscaba una estancia mejor, dejando atrás a sus patrones como quien suelta el viento entre los dedos. Se hizo al hábito de no deberle nada a nadie, pobre del que lo quisiera domar, antes de darse cuenta, el filo de su facón le escribiría en la frente quién mandaba en la llanura.

Me gustaba sentir el leve golpe de su sombrero en mis ancas, mientras mis crines danzaban al mismo compás del aire. Mateo también llevaba una melena indómita, además de una barba negra, que caía sobre su pecho como un río.

—Somos uno —decía, afirmando su sombrero con una mano y con la otra sujetando mis riendas.

Usaba un sombrero de copa redonda y ala ancha, siempre un poco ladeado. El chiripá envuelto alrededor de la cintura, y recogido entre los muslos, y el cinturón de faja de lana, donde guardaba los avíos para fumar y su dinero. Allí además colocaba, atravesado, su cuchillo. Usaba un calzoncillo ancho que, resguardando sus piernas, ocultaba a medias las espuelas. Nunca me las enterró, con sólo decir ¡Arre Diablo! sabía que mi galope sería tan veloz que no tocaríamos el suelo. Era el mejor jinete que un rocín como yo podía desear. Su manta negra plegada sobre los hombros dejaba libres sus gruesos brazos, que, de vez en vez, deslizaba por mi cabeza hasta agacharse lo suficiente para susurrarme:

—Diablo, eres el mejor.

Recuerdo todo esto, aunque hace mucho tiempo que Mateo se fue de ovejero junto a otros gauchos. Un viernes en la taberna, escuchó hablar de Norteamérica.

—Ya son mil los gauchos de la Región de Aysén que han partido a trabajar como ovejeros a ranchos del oeste americano —decía un hombre a toda boca—, hay gauchos de todos lados.

Fuimos al pueblo a comprar su arma, una Colt 32 con cacha de hueso para dispararles a osos y coyotes que él decía, vería allá. Después, eligió un sombrero y botas de vaquero, cinturón con hebilla grande y dorada. Mateo siempre había soñado con vestirse así. Cuando salíamos a pasear por la estepa, lo oía hablar de historias de pistoleros.

—Diablo —dijo, cuando íbamos al galope— será un par de años, volveré con el dinero suficiente para tener mi propio ganado y hacerme una casa entera de madera con baño y cocina.  Te buscaré amigo. Tienes que esperarme.

Así, partió. Yo tenía siete años.

Todos los peones de la estancia se fueron así de confiados. La tierra que ocupaban ovejas y algunas cabras quedó vacía y el pasto y la maleza crecieron a su antojo. Mateo se fue entregándome a un viejo arriero dueño de una quesería.

—Don Humberto, cuide a Diablo, es un amigo fiel, el mejor caballo que puede desear un hombre. No me lo maltrate, yo volveré y prometo pagar por él —dijo acariciándome el espinazo. Vi sus ojos muy brillantes ese día.

Mis compañeros en el establo eran una bolsa de huesos tambaleantes y apenas capaces de sostener sus cabezas. La lluvia se filtraba por el techo, el forraje era mohoso e insuficiente y nadie retiraba nuestro estiércol. Por eso aproveché un descuido y me alejé del poblado. Volví al rancho que Mateo construyó. Era pequeño y cuadrado, con unos postes de sostén, paredes de barro protegidas por cueros. Ese lugar guardó su olor. Lo esperé durante muchas jornadas.

Mi instinto me llevó a la pradera. Una vez un viejo caballo que sucumbía en la caballeriza donde crecí, contó una historia de baguales, que vivían libres en la estepa, sin reconocer amo alguno. Caballos bravísimos. Los busqué entre riscos y la espesura de los bosques durante varios días, pensé que tendría que volver al poblado y que morir allí tirando una carreta era mi destino. Sin embargo, escuché el galope de la tropilla y me acerqué. Había caballos azabache, blancos como la nieve y colorines como yo. Sus patas eran mucho más gruesas que las mías.

Me aceptaron después de galopar con ellos durante un par de días y deshacerme de la montura. Aprendí a correr rápido. El aire fresco llenaba mis pulmones haciendo mis patas más livianas, imaginaba que el suelo blando rotaba en sentido contrario a mi galope. Correr con decenas de bayos y pintos libres, detrás de un alazán azulado, me hizo sentir orgulloso.

Hace unos días vi humo saliendo del rancho de Mateo. Subí hasta la planicie donde había levantado aquella casa de barro y cueros. La escarcha endurecía los pastizales y los arroyos comenzaban a cerrarse de hielo. Me acerqué despacio. Al principio no lo reconocí.

Estaba flaco. Caminaba arrastrando una pierna y la barba, antes negra, le caía gris sobre el pecho. Desde el monte pude oler el humo, la grasa del cordero y el tabaco. En el corral tenía apenas unos pocos borregos.

Lo observé varios días. Asaba carne para los viajeros y dejaba que se fotografiaran con él y sus aperos a cambio de unas monedas. A veces cantaba acompañado de la guitarra, pero ya nadie golpeaba vasos ni festejaba al terminar. Una noche le contó a otro gaucho que los inviernos del norte le habían podrido el cuerpo.

Otra vez le contó a un vecino que había vuelto sólo con un sombrero de vaquero y un rifle. En estos años yo he visto a mis hijos creciendo en bosques impenetrables para los hombres. Ellos nacieron como baguales y yo, aun siendo un caballo viejo, preferiría lanzarme a las aguas de un río torrentoso o a un barranco interminable antes que someterme a nuevos amos y laceadores.

No me gustó ver a Mateo así. Imaginé que si yo no me hubiese ido de la quesería, estaría como él. Deseé llevarlo a la estepa y que juntos galopáramos con el aire a nuestro favor, como antes, más cerca del cielo que de la tierra.

He elegido esta noche para venir a buscarlo, porque no llueve y huele como las de antaño.

Las tablas que hacían de puerta del rancho chirriaron cuando las empujé. Lo vi durmiendo arremolinado en la paja y lamí su frente. Sus ojos pardos expresaron miedo sólo unos segundos antes de reconocerme.

— ¡Qué pasa! ¡Mierda!... ¡Diablo!, ¿estás vivo?, amigo mío ¿qué haces aquí? Pensé que habías muerto. —Mateo rengueó hasta la lámpara de queroseno y acercándomela, comenzó a reír al levantar mi chasquilla y descubrir la marca de nacimiento, una mancha blanca con forma de guitarra en la frente. Su risa fue como la de antes. Me recorrió con la vista, sus ojos pardos eran los mismos. Sus manos encallecidas acariciaron mi lomo.

—Perdóname amigo. Te abandoné por nada. Sólo conseguí estropearme una pierna y perderme en tierras hostiles —me confesó liando un cigarrillo. Estoy solo, viejo y sin dinero —agregó y permaneció en silencio. Sus ojos brillaban—. ¿Cuántos años tienes ya?

Me acerqué y resoplé en su cara, indicándole con la cabeza que quería que saliera.

— ¿Qué haces? ¿Por qué me empujas? ¿Quieres salir a cabalgar como en los viejos tiempos? ¿Montarte a pelo? ¿Esta misma noche?

Lo vi apagar su cigarrillo y apretarse el cinturón. Salimos. Respiró fuerte y me montó agarrándose de mis crines. Era mucho más liviano. Reía con ganas.

—Vamos amigo, perdámonos en el campo, que las estrellas nos guíen. Hace mucho tiempo que no cabalgo, esta pierna podrida que tengo no me deja. Vamos, olvidemos estos años de mierda.

Corro veloz, la brisa fresca que deja la lluvia nos baña. Me siento joven.

—Somos uno —le escucho decir agachándose hasta rodear mi cuello con sus brazos.

Subo, sintiendo el pulso de la montaña bajo mis cascos. El risco está cerca, un poco más y la cima será nuestra, con el valle desplegado a nuestros pies. Atrás quedó el pasto; ahora es solo una huella angosta de barro y piedras mojadas. Resbalo. Titubeo. Me detengo.

—Vamos amigo, a la mierda con todo. Sigue, sigue viejo amigo. No te detengas.

Galopo sin tregua, Mateo me alienta, su abrazo en mi lomo sella nuestra complicidad. Subo como si aún fuéramos jóvenes. Su risa estalla. El aire helado nos envuelve.

Mis patas olvidan el suelo y en el abismo somos uno y somos libres.

Cecilia Aravena Zuñiga es una escritora chilena, autora de los libros Fragmentos de Chile (2018), La verdad secuestrada (2019), Estación Yungay (2020), Investigando humanos y otros cuentos para el fin del mundo (2020) y Proyecto D and D (2022). Su obra también integra diversas antologías de cuento y poesía publicadas entre 2007 y 2025, entre ellas Entrepuentes, Polinizando, Disparar a matar, Crímenes con M de mujer, Martes Negro y Nuevas Vidas para Heredia. Ha participado como jurado en concursos literarios, incluyendo el de la Municipalidad de Santiago, y publica reseñas y críticas en el diario digital El Mostrador. Actualmente integra el Comité Editorial de la revista digital Descentrados.cl, sección Letras.

miércoles, 27 de mayo de 2026

OBRAS CONSAGRADAS

Cecilia Aravena Zúñiga

 

La frente de Osvaldo brillaba de sudor, algunas gotas de transpiración se deslizaban por su nariz. Con su antebrazo las detuvo y continuó introduciendo códigos, las claves de seguridad de cada planta se modificaban automáticamente cada quince minutos, obligándolo a reprogramar varias veces su ordenador. Llegar al habitáculo donde estaba la caja de seguridad, había sido más difícil de lo que esperaba. Su sorpresa fue mayor al descubrir que la caja se encontraba conectada a la alarma de la Sociedad de Escritores. Disponía de menos de cinco minutos para terminar, antes que llegaran los custodios.

Había sido ingenuo: era obvio que la sociedad debía garantizar la protección de la memoria del escritor consagrado que aseguraba su manutención. El salón principal que en el siglo veintiuno servía para lanzamientos de obras maestras impresas, ahora estaba reservado a la caja de seguridad con la memoria del premiado escritor, ganador del Nobel de literatura, el Jorge Amado, y el Miguel de Cervantes. El único edificio de la ciudad con suelo de parqué con largos cuadrados en diagonal, escaleras de mármol y paredes revestidas con madera de ciruelo. Así debía ser, a tono con lo que se cobijaba, el tesoro de esa memoria ciborg era invaluable.

Osvaldo escuchó el zumbido de los androides. Odiaba el sonido que hacían al desplazarse, el roce de sus rodamientos contra el suelo le evocaba cuchillos afilándose. Detestaba a los autómatas y ahora ya estaban en el acceso del edificio. Su respiración se agitó, con un transmisor gigap traspasó toda la información de las memorias ciborg a su propia cabeza.

—Espero no quedar psicótico —pensó. Era lo más rápido.

Ningún dispositivo había alcanzado la velocidad de la mente humana, sólo tardó unos instantes en almacenar en su mente los pensamientos, recuerdos e inspiraciones del autor.

Su cuerpo esmirriado pasó con facilidad por los ductos del alcantarillado del siglo veintiuno que estudió durante meses. Se puso su traje anti radiación, y logró llegar al exterior antes del cierre automático de las compuertas. Tenía su aeromóvil estacionado en las proximidades. En el volante la pantalla del tablero le indicaba que su respiración se normalizaba. Miró los espejos laterales, no había personas ni androides en el área. Antes de instruir al vehículo que se pusiera en marcha, observó sus ojos en el espejo retrovisor. Los tenía enrojecidos por las cuatro noches sin dormir preparando el robo.

Ya en su departamento usó el gigap para vaciar los contenidos al ordenador. Se conectó al visor de memoria para plagiar los motivos, la inspiración, las historias del escritor del siglo. Abrió un par de latas de suero de patata y revisó una y otra vez los diez terabytes. La secuencia de recuerdos y conversaciones cotidianas se sucedían. Todas las imágenes eran igual de insulsas. Apretó la opción buscar y digitó fechas anteriores a los lanzamientos de sus obras consagradas, estimó meses, incluso días anteriores. Sus latidos se aceleraron. En las fechas de las entrevistas a Berlizand, anteriores a las premiaciones, él decía que estaba escribiendo. ¿Cómo era posible que en esas fechas en su mente no hubiera rastro de aquello? Ni una sola situación que pudiera relacionarse con alguna de las obras o con los motivos de sus personajes, ningún indicio ningún evento. Ni una sola conversación que aludiera a las magistrales situaciones descritas en sus novelas. Nada. Revisó una y otra vez la memoria. Estuvo más de cuatro horas escudriñando cada archivo. Con la boca abierta y los ojos desorbitados, miraba la pantalla. Por fin tragó saliva.

Un escalofrío recorrió su espalda, haciéndolo tiritar.

— ¡Berlizand es un fraude!, no es el autor de sus novelas —Al decirlo, su voz se convirtió en un gemido. Sintió que sus piernas flaqueaban, desplomándose en el diván apostado a un costado de su escritorio.

 

En la torrecilla del suburbio, la casa de Adrián Berlizand acababa de activarse, la mano arrugada y pecosa del escritor manipuló el panel digital. Al pulsar el botón «Comienzo del día» las persianas subieron automáticamente, reproduciéndose los mensajes del contestador y sintonizando como música de fondo, la antigua baladista Lauryn Hill. El anciano caminó a la cinta mecánica que se desplazaba hasta la cocina. La cúpula transparente en el techo, dejaba ver un cielo calipso sin nubes.

—Baja la intensidad de las luces y llama a mi asistente —dijo con voz grave.

El sistema operativo, dejó el ambiente apenas iluminado y apareció desde una esquina de la habitación el modelo doméstico, P-Cactur24, que se acercó al anciano con una bandeja metálica con un plato de vidrio que contenían cinco cápsulas celestes y un vaso con un líquido viscoso de color verde.

—Gracias Cactur, no tengo apetito. No me siento bien —dijo el anciano, acomodándose en un piso metálico que automáticamente lo acercó a la barra de la cocina.

—Adrián, debe consumir alimentos antes de los remedios. Detecto un alza de presión y sus pulsaciones se han acelerado —respondió el androide de un metro y medio de altura y aspecto cilíndrico.

—¿Quién se llevó mi memoria? El robo fue hace horas, ¿Por qué no me han contactado? —dijo Adrián, mirando su celular—. De la Sociedad de Escritores me han enviado mensajes. Ofrecen pagar el rescate de mi memoria. No entienden cómo sucedió.

—El robo fue bien planificado, se realizó en poco tiempo y con total éxito. Seguramente lo contactarán muy pronto —respondió P-Cactur 24, dando vuelta sus sensores hacia la impresora tridimensional que terminaba de reproducir el piso que había comprado el escritor.

— ¿Querrán dinero por ella? Si la han revisado ¿seré víctima de chantaje?, y ¿qué haré? ¿Confesar que nunca he escrito nada? ¿Qué aquellos relatos nostálgicos del siglo veintiuno no son míos? Cactur, ¿estaba activado el GPS en el dispositivo? —preguntó el anciano al tiempo que se acercaba al taburete—. Mira, Cactur, igual que los que se usaban en el siglo veinte ¿parece de cuero verdad? Esto sí es de mi agrado, muy distinto a los asientos de plástico recubierto y plegables que se convierten en otra cosa accionando un botón.

—Su memoria está a ocho kilómetros. En el edificio comercial de la ciudad. ¿Desea que vaya a recuperarlo?

—No, no quiero que nos expongamos a la prensa. Temo que se trate de un fanático que está esperando vernos aparecer para subir esto a las redes sociales. ¿Qué puedo declarar, si se hace público? Quizás no entiendes lo importante que es para la humanidad que el arte y la creación hayan quedado para los humanos. Mucha gente sufrió cuando ustedes asumieron el derecho, la medicina, la ingeniería, todo... no puede descubrirse la verdad. La literatura es creación exclusiva de las personas. Es lo que nos queda.

—Puede decir que no hace falta vivir lo que se escribe. Que basta con saber de qué son capaces los seres humanos, de conocer su lado sombrío y su lado resplandeciente, o con haber visto su necesidad de autodestrucción. Usted puede reconocer la verdad.

—¿Te has vuelto loco? Basta, no me des lecciones. Mis novelas son un aliciente para la humanidad. Además, recibiría el repudio de mis colegas, me obligarían a devolver mis premios y las editoriales me demandarían ¡No! Nunca reconoceré que mi trabajo lo hizo otro, por ningún motivo. ¡Esto es un desastre! ¡Una tragedia! —El anciano se dejó caer en la butaca nueva y se tapó la cara con las manos. Gemía. Con cada sollozo su espalda se encorvaba y parecía que iba a quebrarse.

De pronto levantó la vista, se bajó del asiento y caminó hacia el droide.

—Han pasado más de ocho horas desde el atraco. Si quisieran dinero ya hubieran contactado a la Sociedad de Escritores, o a mí. No, se trata de un intento de plagiar mis obras, accediendo a lo que debiese guardar mi memoria. Tienen que haberla revisado ya y ahora están decidiendo cómo denunciarme. Si hubiesen querido dinero habrían venido a robar aquí. Todo el mundo sabe que vivo solo. Es mucho más fácil acceder al panel de control de esta casa que sortear las medidas de seguridad de la Sociedad de Escritores. Estoy acabado. Imagino la burla en los medios. No tengo escapatoria.

—Hay otra solución. Su memoria se desintegrará cuando usted muera, la materia orgánica y el dispositivo tecnológico son interdependientes. Le sugiero la autoeliminación. El ladrón no tendrá nada en sus manos y usted seguirá siendo el autor más leído del siglo veintidós. Nadie jamás podrá cuestionar su autoría. Sus obras siempre le pertenecerán.

El escritor levantó la vista y dejó de sollozar. Sus ojos estaban desorbitados.

—Cactur, déjame solo por favor.

El androide salió de la habitación. El ruido de sus rodamientos desplazándose se fue disipando.

— Apaga la música y las luces —ordenó Adrián y permaneció en silencio mirando hacia la bóveda de cristal. El cielo turquesa sin nubes iluminaba la sala.

Cerca tres horas más tarde, Adrián Belizard pulsó el botón para abrir la cúpula del techo de la casa, sin mascarilla. Los rayos ultravioleta enrojecieron su piel en instantes y el aire saturado de anhídrido carbónico le impidió continuar respirando.

 

El sector comercial de la ciudad se concentraba en un edificio de noventa pisos. Había tiendas, oficinas, y viviendas. En varias plantas había parques y gimnasios. Sus habitantes no bajaban nunca de la torre. El modelo P-Cactur24, subió al piso 13, cerca de las cuatro de la tarde, desplegó uno de sus brazos hasta la puerta y golpeó dos veces. En el dintel apareció el rostro macilento de Osvaldo con los ojos enrojecidos. Su pecho se levantaba con cada gemido.

—Buenas tardes. Soy el asistente del escritor Adrián Berlizand.

—Vi su memoria desintegrarse, eso solo tiene una explicación. ¿Por qué lo hizo? Yo lo admiraba, sólo quería descubrir su fuente de inspiración, soñaba en escribir como él ¡Qué desastre! No quería que las cosas salieran así. Iba a tomar algunas de sus ideas, de sus experiencias, de sus recuerdos. Sólo quería escribir como él. No soy responsable de su suicidio. ¿Verdad? ¿Cómo llegaste a mi casa? —Osvaldo se dejó caer al suelo. La bata que lo cubría se abrió, mostrando su cuerpo albo y lampiño.

—Llegué por las emisiones de la memoria ciborg que robó. —El androide movió la parte superior de su estructura—. Detecto que su temperatura es alta y que está intoxicado con alcohol. Lleva varios días sin dormir y sin alimentarse apropiadamente. Vine a ofrecerle mis servicios de asistencia. Necesito un hogar o seré desactivado por la central de automatización doméstica.

—Se mató por mi culpa. Yo sólo quería conocerlo más. No le hubiese denunciado. Amo sus obras. Le han dado significado a mi vida y a la de muchos, pero me di cuenta de que era un fraude. El no escribió ninguna de sus obras consagradas ¿Por qué guardaba su memoria si no había nada valioso en ella?

—Las editoriales lo exigen y los seguros también. Además la Sociedad de Escritores no hubiese entendido que no lo hiciera. —Cactur avanzó hacia el dispensador de agua destilada, llenó un vaso y se acercó a Osvaldo—. Tome. Se sentirá mejor.

Osvaldo, se secó la cara con la manga de su camisa, y tragó rápido el líquido.

—No necesito un asistente, me las arreglo muy bien en este escondrijo de dieciocho metros cuadrados. Apenas como y casi no salgo de la casa. Conozco algunas personas que podrían interesarse, pero debes esperar que me reponga. La muerte de Adrián es terrible para toda mi generación. Sus obras alimentaban la confianza en la humanidad, la posibilidad de trascender. La tecnología nos ha arrinconado como ratas, nuestra esencia humana, capacidad creativa y subjetividad sólo se vierte en la escritura, en el arte. Lo único en lo que ustedes no pueden meterse.

—Sí podemos, por eso vine a ofrecerle mis servicios como ghost writer.

—¿Qué? ¿Qué has dicho? ¿Tú? No puede ser ¿Eres el autor de las novelas? No, no lo puedo creer. No puede ser.

Osvaldo se levantó de golpe y aporreó con los pies la base de Cactur, luego con los puños arremetió contra la parte superior del androide. Sus manos comenzaron a sangrar. La máquina apretó su botón de reposo y se apagaron sus circuitos.

Los gritos de Osvaldo se mezclaron con el zumbido de los autómatas desplazándose en la calle.


Cecilia Aravena Zuñiga es una escritora chilena, autora de los libros Fragmentos de Chile (2018), La verdad secuestrada (2019), Estación Yungay (2020), Investigando humanos y otros cuentos para el fin del mundo (2020) y Proyecto D and D (2022). Su obra también integra diversas antologías de cuento y poesía publicadas entre 2007 y 2025, entre ellas Entrepuentes, Polinizando, Disparar a matar, Crímenes con M de mujer, Martes Negro y Nuevas Vidas para Heredia. Ha participado como jurado en concursos literarios, incluyendo el de la Municipalidad de Santiago, y publica reseñas y críticas en el diario digital El Mostrador. Actualmente integra el Comité Editorial de la revista digital Descentrados.cl, sección Letras.


HASTA QUE MI MUERTE NOS SEPARE