lunes, 3 de agosto de 2026

CON EL VIENTO A FAVOR

Cecilia Aravena Zúñiga

 

Antes de que el arco crepuscular ardiera, Mateo y yo partíamos hacia los corrales, liberando a las ovejas. Cuando se dispersaban como espuma al viento, él descendía silbando, hurgaba en sus ropas y se liaba un cigarrillo. Esperábamos el alba en silencio.

—Cuando el cielo tenga el color de tu pelo nos vamos, Diablo —me decía acariciándome el lomo.

Volvíamos a paso lento, él a disfrutar un cimarrón acompañado de sopaipillas y yo alfalfa y agua. Al caer la tarde, recogíamos el ganado en silencio. Esto cuando no nos tocaba llevar el piño a otro lado. Aquellas tardes, los gauchos nos recibían entre humo y fuego, y el aroma del cordero asado se mezclaba con el aire frío.

—Diablo, tengo que buscar algo en que entretenerme, los días pasan flojos —se quejaba arrugando la frente.

Luego cargaba el peso de su cuerpo a un costado, para que girara en dirección a un rancho situado a dos leguas, al que llegaban los gauchos a tomar vino y aguardiente. Me dejaba atado y desde la calle escuchaba el resonar de vasos, risotadas y la música de su guitarra. Alguna vez también escuché el estridor de puñales y gritos, hasta que un hombre aparecía con la camisa manchada de sangre yéndose a tumbos del lugar. Luego, Mateo, desataba mis riendas del poste, pisaba el estribo y al subir a mi montura, decía con tono de súplica:

—Diablo, amigo mío, llévame al rancho.

Antes de recorrer una cuadra escuchaba sus ronquidos, con mis riendas sueltas y sus piernas moviéndose al ritmo de mis pasos.

Muchas veces lo tuve que esperar en la cantina hasta el amanecer, lo echaban a empujones y él se quedaba dormido en la tierra húmeda. Lamía su cara hasta despertarlo. Apenas lograba ponerse en pie para caer como un bulto sobre mí. Tenía que avanzar con mucho cuidado para que no cayera de bruces, sobre todo para cruzar los dos arroyos que anticipaban la llegada a la estancia. Uno de los caballos viejos de la carreta del lechero, me contó que un jinete borracho había caído en uno de esos regueros y se había ahogado a pesar de que era época de veranada y la profundidad del riachuelo no alcanzaba a llegar a mis babillas. Nada de eso parecía preocuparle a mi amo, confiaba en mí.

Le gustaban las carreras que se armaban y las fiestas para marcar el ganado, en las primeras, no eran más que dos caballos en línea corriendo mil metros, montados en pelo por sus dueños. Mateo nunca participó conmigo en una de esas competencias, a pesar de que le gustaba jactarse de la velocidad de mi galope. Imagino que no quería arriesgarse a que otros quisieran adueñarse de mí, ambos habíamos visto las riñas después de las apuestas.

Una sola vez lo vi enojado, un hombre le dio un corte en la cara porque le había ganado en el juego de naipes, salieron a la calle a pelear. Mateo siempre llevaba su cuchillo cruzado en la espalda, con el filo para arriba “así salía cortando al desenvainar”, decía. En esa pelea usó su poncho enrollado en la mano para detener los golpes y luego haciendo que el tipo lo pisara, lo derribó. Me sentí orgulloso cuando nos alejamos entre los vítores de los otros gauchos y las quejas de su rival. También era un gran payador, con su voz ronca improvisaba historias con la guitarra. Los gauchos alrededor de él chocaban sus vasos.

Las mujeres decían que Mateo era muy pobre, porque además de mí, la montura tallada con su nombre, y la guitarra, no poseía nada más. Cuando me montó por primera vez, yo tenía tres años. Me puso Diablo porque mi pelaje era bayo. Me ensillaba con el sol recién saliendo, y no se desmontaba sino para comer y dormir. Lo vi de esquilador, de arriero, puestero o domador. Vagamos juntos en los campos, sin más armas que su lazo, y su facón; cruzamos a nado ríos, prendido con una mano de mis crines y con la otra empujando contra la corriente. La primera vez que lo hicimos, me encabrité, no conocía el agua viva y me asusté mucho. Mateo acarició mi cuello, aprendí a nadar ese día. En la orilla, lo vi buscar en sus bolsillos y luego poner en mi hocico un terrón de azúcar que guardaba en una tripa; recuerdo ese momento como si hubiese sido esta mañana. También nos vimos frente a bandidos capaces de asesinarlo por el poncho que llevaba puesto; en aquellas ocasiones yo corría elevando mis patas del suelo para dejar atrás a los rateros.

Nos acostumbramos a soportar los rayos del sol, y los helados cierzos; a dormir en todas las estaciones a la intemperie, bajo un arrayán, o en una choza improvisada en medio del campillo. Varias veces galopamos dos días y dos noches sin descansar, comiendo muy poco, él un trozo de charqui y yo algo de pasto. En aquellas noches, sólo se escuchaban los susurros de los bosques de lenga y el canto raposo de mi amo.

Mateo siempre buscaba una estancia mejor, dejando atrás a sus patrones como quien suelta el viento entre los dedos. Se hizo al hábito de no deberle nada a nadie, pobre del que lo quisiera domar, antes de darse cuenta, el filo de su facón le escribiría en la frente quién mandaba en la llanura.

Me gustaba sentir el leve golpe de su sombrero en mis ancas, mientras mis crines danzaban al mismo compás del aire. Mateo también llevaba una melena indómita, además de una barba negra, que caía sobre su pecho como un río.

—Somos uno —decía, afirmando su sombrero con una mano y con la otra sujetando mis riendas.

Usaba un sombrero de copa redonda y ala ancha, siempre un poco ladeado. El chiripá envuelto alrededor de la cintura, y recogido entre los muslos, y el cinturón de faja de lana, donde guardaba los avíos para fumar y su dinero. Allí además colocaba, atravesado, su cuchillo. Usaba un calzoncillo ancho que, resguardando sus piernas, ocultaba a medias las espuelas. Nunca me las enterró, con sólo decir ¡Arre Diablo! sabía que mi galope sería tan veloz que no tocaríamos el suelo. Era el mejor jinete que un rocín como yo podía desear. Su manta negra plegada sobre los hombros dejaba libres sus gruesos brazos, que, de vez en vez, deslizaba por mi cabeza hasta agacharse lo suficiente para susurrarme:

—Diablo, eres el mejor.

Recuerdo todo esto, aunque hace mucho tiempo que Mateo se fue de ovejero junto a otros gauchos. Un viernes en la taberna, escuchó hablar de Norteamérica.

—Ya son mil los gauchos de la Región de Aysén que han partido a trabajar como ovejeros a ranchos del oeste americano —decía un hombre a toda boca—, hay gauchos de todos lados.

Fuimos al pueblo a comprar su arma, una Colt 32 con cacha de hueso para dispararles a osos y coyotes que él decía, vería allá. Después, eligió un sombrero y botas de vaquero, cinturón con hebilla grande y dorada. Mateo siempre había soñado con vestirse así. Cuando salíamos a pasear por la estepa, lo oía hablar de historias de pistoleros.

—Diablo —dijo, cuando íbamos al galope— será un par de años, volveré con el dinero suficiente para tener mi propio ganado y hacerme una casa entera de madera con baño y cocina.  Te buscaré amigo. Tienes que esperarme.

Así, partió. Yo tenía siete años.

Todos los peones de la estancia se fueron así de confiados. La tierra que ocupaban ovejas y algunas cabras quedó vacía y el pasto y la maleza crecieron a su antojo. Mateo se fue entregándome a un viejo arriero dueño de una quesería.

—Don Humberto, cuide a Diablo, es un amigo fiel, el mejor caballo que puede desear un hombre. No me lo maltrate, yo volveré y prometo pagar por él —dijo acariciándome el espinazo. Vi sus ojos muy brillantes ese día.

Mis compañeros en el establo eran una bolsa de huesos tambaleantes y apenas capaces de sostener sus cabezas. La lluvia se filtraba por el techo, el forraje era mohoso e insuficiente y nadie retiraba nuestro estiércol. Por eso aproveché un descuido y me alejé del poblado. Volví al rancho que Mateo construyó. Era pequeño y cuadrado, con unos postes de sostén, paredes de barro protegidas por cueros. Ese lugar guardó su olor. Lo esperé durante muchas jornadas.

Mi instinto me llevó a la pradera. Una vez un viejo caballo que sucumbía en la caballeriza donde crecí, contó una historia de baguales, que vivían libres en la estepa, sin reconocer amo alguno. Caballos bravísimos. Los busqué entre riscos y la espesura de los bosques durante varios días, pensé que tendría que volver al poblado y que morir allí tirando una carreta era mi destino. Sin embargo, escuché el galope de la tropilla y me acerqué. Había caballos azabache, blancos como la nieve y colorines como yo. Sus patas eran mucho más gruesas que las mías.

Me aceptaron después de galopar con ellos durante un par de días y deshacerme de la montura. Aprendí a correr rápido. El aire fresco llenaba mis pulmones haciendo mis patas más livianas, imaginaba que el suelo blando rotaba en sentido contrario a mi galope. Correr con decenas de bayos y pintos libres, detrás de un alazán azulado, me hizo sentir orgulloso.

Hace unos días vi humo saliendo del rancho de Mateo. Subí hasta la planicie donde había levantado aquella casa de barro y cueros. La escarcha endurecía los pastizales y los arroyos comenzaban a cerrarse de hielo. Me acerqué despacio. Al principio no lo reconocí.

Estaba flaco. Caminaba arrastrando una pierna y la barba, antes negra, le caía gris sobre el pecho. Desde el monte pude oler el humo, la grasa del cordero y el tabaco. En el corral tenía apenas unos pocos borregos.

Lo observé varios días. Asaba carne para los viajeros y dejaba que se fotografiaran con él y sus aperos a cambio de unas monedas. A veces cantaba acompañado de la guitarra, pero ya nadie golpeaba vasos ni festejaba al terminar. Una noche le contó a otro gaucho que los inviernos del norte le habían podrido el cuerpo.

Otra vez le contó a un vecino que había vuelto sólo con un sombrero de vaquero y un rifle. En estos años yo he visto a mis hijos creciendo en bosques impenetrables para los hombres. Ellos nacieron como baguales y yo, aun siendo un caballo viejo, preferiría lanzarme a las aguas de un río torrentoso o a un barranco interminable antes que someterme a nuevos amos y laceadores.

No me gustó ver a Mateo así. Imaginé que si yo no me hubiese ido de la quesería, estaría como él. Deseé llevarlo a la estepa y que juntos galopáramos con el aire a nuestro favor, como antes, más cerca del cielo que de la tierra.

He elegido esta noche para venir a buscarlo, porque no llueve y huele como las de antaño.

Las tablas que hacían de puerta del rancho chirriaron cuando las empujé. Lo vi durmiendo arremolinado en la paja y lamí su frente. Sus ojos pardos expresaron miedo sólo unos segundos antes de reconocerme.

— ¡Qué pasa! ¡Mierda!... ¡Diablo!, ¿estás vivo?, amigo mío ¿qué haces aquí? Pensé que habías muerto. —Mateo rengueó hasta la lámpara de queroseno y acercándomela, comenzó a reír al levantar mi chasquilla y descubrir la marca de nacimiento, una mancha blanca con forma de guitarra en la frente. Su risa fue como la de antes. Me recorrió con la vista, sus ojos pardos eran los mismos. Sus manos encallecidas acariciaron mi lomo.

—Perdóname amigo. Te abandoné por nada. Sólo conseguí estropearme una pierna y perderme en tierras hostiles —me confesó liando un cigarrillo. Estoy solo, viejo y sin dinero —agregó y permaneció en silencio. Sus ojos brillaban—. ¿Cuántos años tienes ya?

Me acerqué y resoplé en su cara, indicándole con la cabeza que quería que saliera.

— ¿Qué haces? ¿Por qué me empujas? ¿Quieres salir a cabalgar como en los viejos tiempos? ¿Montarte a pelo? ¿Esta misma noche?

Lo vi apagar su cigarrillo y apretarse el cinturón. Salimos. Respiró fuerte y me montó agarrándose de mis crines. Era mucho más liviano. Reía con ganas.

—Vamos amigo, perdámonos en el campo, que las estrellas nos guíen. Hace mucho tiempo que no cabalgo, esta pierna podrida que tengo no me deja. Vamos, olvidemos estos años de mierda.

Corro veloz, la brisa fresca que deja la lluvia nos baña. Me siento joven.

—Somos uno —le escucho decir agachándose hasta rodear mi cuello con sus brazos.

Subo, sintiendo el pulso de la montaña bajo mis cascos. El risco está cerca, un poco más y la cima será nuestra, con el valle desplegado a nuestros pies. Atrás quedó el pasto; ahora es solo una huella angosta de barro y piedras mojadas. Resbalo. Titubeo. Me detengo.

—Vamos amigo, a la mierda con todo. Sigue, sigue viejo amigo. No te detengas.

Galopo sin tregua, Mateo me alienta, su abrazo en mi lomo sella nuestra complicidad. Subo como si aún fuéramos jóvenes. Su risa estalla. El aire helado nos envuelve.

Mis patas olvidan el suelo y en el abismo somos uno y somos libres.

Cecilia Aravena Zuñiga es una escritora chilena, autora de los libros Fragmentos de Chile (2018), La verdad secuestrada (2019), Estación Yungay (2020), Investigando humanos y otros cuentos para el fin del mundo (2020) y Proyecto D and D (2022). Su obra también integra diversas antologías de cuento y poesía publicadas entre 2007 y 2025, entre ellas Entrepuentes, Polinizando, Disparar a matar, Crímenes con M de mujer, Martes Negro y Nuevas Vidas para Heredia. Ha participado como jurado en concursos literarios, incluyendo el de la Municipalidad de Santiago, y publica reseñas y críticas en el diario digital El Mostrador. Actualmente integra el Comité Editorial de la revista digital Descentrados.cl, sección Letras.

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