Cecilia Aravena Zúñiga
Antes de que el arco crepuscular ardiera,
Mateo y yo partíamos hacia los corrales, liberando a las ovejas. Cuando se
dispersaban como espuma al viento, él descendía silbando, hurgaba en sus ropas
y se liaba un cigarrillo. Esperábamos el alba en silencio.
—Cuando el cielo tenga
el color de tu pelo nos vamos, Diablo —me decía acariciándome el lomo.
Volvíamos a paso
lento, él a disfrutar un cimarrón acompañado de sopaipillas y yo alfalfa y
agua. Al caer la tarde, recogíamos el ganado en silencio. Esto cuando no nos
tocaba llevar el piño a otro lado. Aquellas tardes, los gauchos nos recibían
entre humo y fuego, y el aroma del cordero asado se mezclaba con el aire frío.
—Diablo, tengo que
buscar algo en que entretenerme, los días pasan flojos —se quejaba arrugando la
frente.
Luego cargaba el peso
de su cuerpo a un costado, para que girara en dirección a un rancho situado a
dos leguas, al que llegaban los gauchos a tomar vino y aguardiente. Me dejaba
atado y desde la calle escuchaba el resonar de vasos, risotadas y la música de
su guitarra. Alguna vez también escuché el estridor de puñales y gritos, hasta
que un hombre aparecía con la camisa manchada de sangre yéndose a tumbos del
lugar. Luego, Mateo, desataba mis riendas del poste, pisaba el estribo y al
subir a mi montura, decía con tono de súplica:
—Diablo, amigo mío,
llévame al rancho.
Antes de recorrer una
cuadra escuchaba sus ronquidos, con mis riendas sueltas y sus piernas
moviéndose al ritmo de mis pasos.
Muchas veces lo tuve
que esperar en la cantina hasta el amanecer, lo echaban a empujones y él se
quedaba dormido en la tierra húmeda. Lamía su cara hasta despertarlo. Apenas
lograba ponerse en pie para caer como un bulto sobre mí. Tenía que avanzar con
mucho cuidado para que no cayera de bruces, sobre todo para cruzar los dos
arroyos que anticipaban la llegada a la estancia. Uno de los caballos viejos de
la carreta del lechero, me contó que un jinete borracho había caído en uno de
esos regueros y se había ahogado a pesar de que era época de veranada y la
profundidad del riachuelo no alcanzaba a llegar a mis babillas. Nada de eso
parecía preocuparle a mi amo, confiaba en mí.
Le gustaban las
carreras que se armaban y las fiestas para marcar el ganado, en las primeras,
no eran más que dos caballos en línea corriendo mil metros, montados en pelo
por sus dueños. Mateo nunca participó conmigo en una de esas competencias, a
pesar de que le gustaba jactarse de la velocidad de mi galope. Imagino que no
quería arriesgarse a que otros quisieran adueñarse de mí, ambos habíamos visto
las riñas después de las apuestas.
Una sola vez lo vi
enojado, un hombre le dio un corte en la cara porque le había ganado en el
juego de naipes, salieron a la calle a pelear. Mateo siempre llevaba su
cuchillo cruzado en la espalda, con el filo para arriba “así salía cortando al
desenvainar”, decía. En esa pelea usó su poncho enrollado en la mano para
detener los golpes y luego haciendo que el tipo lo pisara, lo derribó. Me sentí
orgulloso cuando nos alejamos entre los vítores de los otros gauchos y las
quejas de su rival. También era un gran payador, con su voz ronca improvisaba historias
con la guitarra. Los gauchos alrededor de él chocaban sus vasos.
Las mujeres decían que
Mateo era muy pobre, porque además de mí, la montura tallada con su nombre, y
la guitarra, no poseía nada más. Cuando me montó por primera vez, yo tenía tres
años. Me puso Diablo porque mi pelaje era bayo. Me ensillaba con el sol recién
saliendo, y no se desmontaba sino para comer y dormir. Lo vi de esquilador, de
arriero, puestero o domador. Vagamos juntos en los campos, sin más armas que su
lazo, y su facón; cruzamos a nado ríos, prendido con una mano de mis crines y
con la otra empujando contra la corriente. La primera vez que lo hicimos, me
encabrité, no conocía el agua viva y me asusté mucho. Mateo acarició mi cuello,
aprendí a nadar ese día. En la orilla, lo vi buscar en sus bolsillos y luego
poner en mi hocico un terrón de azúcar que guardaba en una tripa; recuerdo ese
momento como si hubiese sido esta mañana. También nos vimos frente a bandidos
capaces de asesinarlo por el poncho que llevaba puesto; en aquellas ocasiones yo
corría elevando mis patas del suelo para dejar atrás a los rateros.
Nos acostumbramos a
soportar los rayos del sol, y los helados cierzos; a dormir en todas las
estaciones a la intemperie, bajo un arrayán, o en una choza improvisada en
medio del campillo. Varias veces galopamos dos días y dos noches sin descansar,
comiendo muy poco, él un trozo de charqui y yo algo de pasto. En aquellas
noches, sólo se escuchaban los susurros de los bosques de lenga y el canto
raposo de mi amo.
Mateo siempre buscaba
una estancia mejor, dejando atrás a sus patrones como quien suelta el viento
entre los dedos. Se hizo al hábito de no deberle nada a nadie, pobre del que lo
quisiera domar, antes de darse cuenta, el filo de su facón le escribiría en la
frente quién mandaba en la llanura.
Me gustaba sentir el
leve golpe de su sombrero en mis ancas, mientras mis crines danzaban al mismo
compás del aire. Mateo también llevaba una melena indómita, además de una barba
negra, que caía sobre su pecho como un río.
—Somos uno —decía,
afirmando su sombrero con una mano y con la otra sujetando mis riendas.
Usaba un sombrero de
copa redonda y ala ancha, siempre un poco ladeado. El chiripá envuelto
alrededor de la cintura, y recogido entre los muslos, y el cinturón de faja de
lana, donde guardaba los avíos para fumar y su dinero. Allí además colocaba,
atravesado, su cuchillo. Usaba un calzoncillo ancho que, resguardando sus
piernas, ocultaba a medias las espuelas. Nunca me las enterró, con sólo decir ¡Arre
Diablo! sabía que mi galope sería tan veloz que no tocaríamos el suelo. Era
el mejor jinete que un rocín como yo podía desear. Su manta negra plegada sobre
los hombros dejaba libres sus gruesos brazos, que, de vez en vez, deslizaba por
mi cabeza hasta agacharse lo suficiente para susurrarme:
—Diablo, eres el
mejor.
Recuerdo todo esto,
aunque hace mucho tiempo que Mateo se fue de ovejero junto a otros gauchos. Un
viernes en la taberna, escuchó hablar de Norteamérica.
—Ya son mil los
gauchos de la Región de Aysén que han partido a trabajar como ovejeros a
ranchos del oeste americano —decía un hombre a toda boca—, hay gauchos de todos
lados.
Fuimos al pueblo a
comprar su arma, una Colt 32 con cacha de hueso para dispararles a osos y
coyotes que él decía, vería allá. Después, eligió un sombrero y botas de
vaquero, cinturón con hebilla grande y dorada. Mateo siempre había soñado con
vestirse así. Cuando salíamos a pasear por la estepa, lo oía hablar de
historias de pistoleros.
—Diablo —dijo, cuando
íbamos al galope— será un par de años, volveré con el dinero suficiente para
tener mi propio ganado y hacerme una casa entera de madera con baño y
cocina. Te buscaré amigo. Tienes que
esperarme.
Así, partió. Yo tenía
siete años.
Todos los peones de la
estancia se fueron así de confiados. La tierra que ocupaban ovejas y algunas
cabras quedó vacía y el pasto y la maleza crecieron a su antojo. Mateo se fue
entregándome a un viejo arriero dueño de una quesería.
—Don Humberto, cuide a
Diablo, es un amigo fiel, el mejor caballo que puede desear un hombre. No me lo
maltrate, yo volveré y prometo pagar por él —dijo acariciándome el espinazo. Vi
sus ojos muy brillantes ese día.
Mis compañeros en el
establo eran una bolsa de huesos tambaleantes y apenas capaces de sostener sus
cabezas. La lluvia se filtraba por el techo, el forraje era mohoso e
insuficiente y nadie retiraba nuestro estiércol. Por eso aproveché un descuido
y me alejé del poblado. Volví al rancho que Mateo construyó. Era pequeño y
cuadrado, con unos postes de sostén, paredes de barro protegidas por cueros.
Ese lugar guardó su olor. Lo esperé durante muchas jornadas.
Mi instinto me llevó a
la pradera. Una vez un viejo caballo que sucumbía en la caballeriza donde
crecí, contó una historia de baguales, que vivían libres en la estepa, sin
reconocer amo alguno. Caballos bravísimos. Los busqué entre riscos y la
espesura de los bosques durante varios días, pensé que tendría que volver al
poblado y que morir allí tirando una carreta era mi destino. Sin embargo,
escuché el galope de la tropilla y me acerqué. Había caballos azabache, blancos
como la nieve y colorines como yo. Sus patas eran mucho más gruesas que las
mías.
Me aceptaron después
de galopar con ellos durante un par de días y deshacerme de la montura. Aprendí
a correr rápido. El aire fresco llenaba mis pulmones haciendo mis patas más
livianas, imaginaba que el suelo blando rotaba en sentido contrario a mi
galope. Correr con decenas de bayos y pintos libres, detrás de un alazán
azulado, me hizo sentir orgulloso.
Hace unos días vi humo
saliendo del rancho de Mateo. Subí hasta la planicie donde había levantado
aquella casa de barro y cueros. La escarcha endurecía los pastizales y los
arroyos comenzaban a cerrarse de hielo. Me acerqué despacio. Al principio no lo
reconocí.
Estaba flaco. Caminaba
arrastrando una pierna y la barba, antes negra, le caía gris sobre el pecho.
Desde el monte pude oler el humo, la grasa del cordero y el tabaco. En el
corral tenía apenas unos pocos borregos.
Lo observé varios
días. Asaba carne para los viajeros y dejaba que se fotografiaran con él y sus
aperos a cambio de unas monedas. A veces cantaba acompañado de la guitarra,
pero ya nadie golpeaba vasos ni festejaba al terminar. Una noche le contó a
otro gaucho que los inviernos del norte le habían podrido el cuerpo.
Otra vez le contó a un
vecino que había vuelto sólo con un sombrero de vaquero y un rifle. En estos
años yo he visto a mis hijos creciendo en bosques impenetrables para los
hombres. Ellos nacieron como baguales y yo, aun siendo un caballo viejo,
preferiría lanzarme a las aguas de un río torrentoso o a un barranco
interminable antes que someterme a nuevos amos y laceadores.
No me gustó ver a
Mateo así. Imaginé que si yo no me hubiese ido de la quesería, estaría como él.
Deseé llevarlo a la estepa y que juntos galopáramos con el aire a nuestro
favor, como antes, más cerca del cielo que de la tierra.
He elegido esta noche
para venir a buscarlo, porque no llueve y huele como las de antaño.
Las tablas que hacían
de puerta del rancho chirriaron cuando las empujé. Lo vi durmiendo arremolinado
en la paja y lamí su frente. Sus ojos pardos expresaron miedo sólo unos
segundos antes de reconocerme.
— ¡Qué pasa!
¡Mierda!... ¡Diablo!, ¿estás vivo?, amigo mío ¿qué haces aquí? Pensé que habías
muerto. —Mateo rengueó hasta la lámpara de queroseno y acercándomela, comenzó a
reír al levantar mi chasquilla y descubrir la marca de nacimiento, una mancha
blanca con forma de guitarra en la frente. Su risa fue como la de antes. Me
recorrió con la vista, sus ojos pardos eran los mismos. Sus manos encallecidas
acariciaron mi lomo.
—Perdóname amigo. Te
abandoné por nada. Sólo conseguí estropearme una pierna y perderme en tierras
hostiles —me confesó liando un cigarrillo. Estoy solo, viejo y sin dinero —agregó
y permaneció en silencio. Sus ojos brillaban—. ¿Cuántos años tienes
ya?
Me acerqué y resoplé
en su cara, indicándole con la cabeza que quería que saliera.
— ¿Qué haces? ¿Por qué
me empujas? ¿Quieres salir a cabalgar como en los viejos tiempos? ¿Montarte a
pelo? ¿Esta misma noche?
Lo vi apagar su
cigarrillo y apretarse el cinturón. Salimos. Respiró fuerte y me montó
agarrándose de mis crines. Era mucho más liviano. Reía con ganas.
—Vamos amigo,
perdámonos en el campo, que las estrellas nos guíen. Hace mucho tiempo que no
cabalgo, esta pierna podrida que tengo no me deja. Vamos, olvidemos estos años
de mierda.
Corro veloz, la brisa
fresca que deja la lluvia nos baña. Me siento joven.
—Somos uno —le escucho
decir agachándose hasta rodear mi cuello con sus brazos.
Subo, sintiendo el
pulso de la montaña bajo mis cascos. El risco está cerca, un poco más y la cima
será nuestra, con el valle desplegado a nuestros pies. Atrás quedó el pasto;
ahora es solo una huella angosta de barro y piedras mojadas. Resbalo. Titubeo.
Me detengo.
—Vamos amigo, a la
mierda con todo. Sigue, sigue viejo amigo. No te detengas.
Galopo sin tregua,
Mateo me alienta, su abrazo en mi lomo sella nuestra complicidad. Subo como si aún
fuéramos jóvenes. Su risa estalla. El aire helado nos envuelve.
Mis patas olvidan el suelo y en el abismo somos uno y somos libres.

No hay comentarios:
Publicar un comentario