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miércoles, 29 de julio de 2026

FLORET SILVA NOBILIS

Andrea Carlo Cappi

 

1 — MIGUEL

—Estás muerto —me dice la señora, con tranquilidad, desde el asiento trasero.

Giovanni no abre la boca y conduce. Hace bien: está al volante de un Checker del 69 y, si nos saliéramos de la carretera a la velocidad a la que vamos, ni siquiera un airbag podría salvarlo. Por otra parte, en el 69 los airbags todavía no se habían inventado.

Podría hacer algo original. Podría dispararle. Si fuera cierto que ya estoy muerto, sería una idea original para ir al infierno acompañado.

La señora vuelve a guardar silencio y me mira como si ya estuviera sobre la plancha de la morgue.

Yo vivo... no, vivía, cerca de la morgue, en Piazzale Gorini, en el último piso de una gran casa remodelada. La casa de la familia Nobilis.

—¿Ves? —me decía a menudo la señora, señalando hacia un lado—. Allí está el Instituto de Tumores. Y allí —añadía, señalando hacia el otro— está la morgue.

Siempre lo decía como si las enfermedades y la muerte fueran un problema que solo afectara a los demás.

Yo sé que tarde o temprano pueden alcanzarnos a todos. Llevo aquí, en Italia, dieciséis años... no, diecisiete. Tenía dieciocho cuando llegué desde Buenos Aires. Mi padre era un desaparecido; mi madre había muerto de cáncer. Era lo único que tenía en común con Evita Perón.

Puntos de vista diferentes: yo sé que no soy inmune a la muerte; la señora está convencida de que es inmortal.

Puede que incluso tenga razón.

En Milán vivimos cerca de la morgue, pero los fines de semana vamos... íbamos (tendré que acostumbrarme a pensar en pasado, porque aquellos tiempos terminaron) a Portofino, a la villa de los Nobilis.

Francesco Nobilis: empresario, evasor de impuestos, mujeriego y Dios sabe qué más. En el fondo me cae simpático. Y posee una colección extraordinaria de automóviles. De allí salió este coche que, hace treinta años, recorría las calles de Nueva York pintado de amarillo y con la inscripción Yellow Cab Co. en los laterales. Solo alguien como Nobilis podía comprar un viejo taxi norteamericano, restaurarlo y convertirlo en uno de sus automóviles de lujo.

El señor Nobilis será un poco idiota, pero al menos se le nota en la cara. En mi país habría tenido muchas posibilidades de convertirse en presidente.

La señora, en cambio, es una idiota encubierta. Si tuviera más cultura, se creería Lady Macbeth. Pero es ignorante como una cabra, no acierta un solo subjuntivo y su cultura no va más allá de lo que se ve por televisión en horario estelar.

Le gustan, sobre todo, las películas para televisión en las que alguien muere de una enfermedad incurable. Creo que alimentan su convicción de ser inmortal. Tiene tiempo para comprobarlo: solo tiene cuarenta y cuatro años. Lo sé porque fui yo quien retiró su certificado electoral, donde figura que su apellido es Silva, con i latina, aunque ella firma con una y: Sylva. Con y parece más exótico.

Yo sí soy exótico.

Me llamo Miguel Ananbarri y nací hace treinta y cinco años en Argentina, de padre medio vasco y madre medio indígena. Entré en Italia clandestinamente desde Suiza y regularicé mi situación gracias a la ley Martelli. Cuando llegué no sabía una palabra de italiano, pero me las arreglé y ahora lo hablo mejor que mis empleadores.

Ex empleadores: no creo que el señor Nobilis quiera volver a verme en su casa. Dudo que llegue a enterarse alguna vez de que le salvé la vida. Y, por lo tanto, tampoco creo que aprecie demasiado que haya robado de su garaje el Checker del 69... y, sobre todo, que haya tomado como rehenes a su esposa y a un amigo de la familia.

Bonito amigo, teniendo en cuenta que se acuesta con la esposa de Nobilis.

Pero no tuve elección: ya estaba perdido. Mi palabra contra la de ellos.

La señora es la esposa de un empresario conocido.

El amigo, Giovanni, es policía.

En momentos como este a nadie le importa que haya trabajado como mayordomo de esta familia durante once años. En momentos como este vuelvo a convertirme en el extranjero feo, sucio y malo.

 

2 — GIOVANNI

—Estás muerto —le dice la Sylva al Miguél, pero no era así como tenía que salir todo. Yo ya le había dicho a la Sylva que a su marido también se lo mataba, porque total a mí no me importaba nada, pero no sé si después iban a creer que había sido el mayordomo.

Pero ella dijo que se ocupaba de todo y que haría parecer que el Miguél había intentado robar.

Yo solo tenía que declarar que el marido lo había descubierto y que él lo había matado.

En realidad había sido yo, pero como la pistola era del marido y el Miguél siempre se la limpiaba, estaban sus huellas y parecía de verdad que había sido él.

Y después ella heredaba todo el dinero, las casas y todo lo demás, y seguía acostándose conmigo, pero ya no tendríamos que hacerlo a escondidas, aunque total el Nobilis es un imbécil y hasta él podía darse cuenta de que ella se acostaba con otro, porque hacía mucho que con él ya no quería saber nada.

El problema es que el Miguél sabía que yo me acostaba con la Sylva y entendió que esta noche, cuando volviera el marido, yo lo iba a matar y le echaríamos la culpa a él.

Pero el Miguél me ganó de mano, porque agarró la pistola y dijo que nos olvidáramos de matar al Francesco.

Entonces ella le dijo que igual estaba perdido, que desde hacía un tiempo iba diciendo por ahí que el Miguél robaba en la casa y que, como ella conocía a gente importante, todos le creerían a ella y no a él.

Entonces el Miguél dijo que subiéramos los dos al coche, que si tenía que escapar nos llevaría como rehenes.

Y ahora llevamos horas en la carretera y dentro de poco llegaremos a la frontera con Suiza. No sé cómo piensa hacerlo, porque por la radio ya dijeron que el marido volvió a la casa y que los de la villa vecina contaron que habíamos sido secuestrados.

El Miguél no puede llegar a la frontera con la Sylva esposada y conmigo apuntado por una pistola.

Así que todo esto no sirve para nada.

No sé para qué armó semejante lío si estaba perdido desde el principio.

 

3 — SILVA

—Estás muerto —le digo a Miguel.

Porque este bastardo lo arruinó todo.

Trabajé a Giovanni hasta conseguir que hiciera todo lo que yo quería. Y pasé meses cavándole la tumba a Miguel, de modo que, llegado el momento, todas mis amigas estaban preparadas para decir que Sylva les había contado que Miguel robaba en la casa.

Todo era perfecto.

Giovanni mataba a Francesco y Miguel cargaba con la culpa.

No había otra manera.

Sin alguien que asumiera la culpa, la primera sospechosa era yo. Y, aunque la policía no encontrara pruebas, siempre estaban los amigos de Francesco. Ellos no necesitan pruebas y, si descubren que fui yo, puedo sufrir un accidente o cualquiera de esas cosas que les pasan a quienes intentan jugarles una mala pasada.

Miguel estaba completamente perdido, pero quién sabe desde cuándo sospechaba. Debió de oírme hablar con Giovanni esta tarde, mientras esperábamos que Francesco llegara desde Milán.

Todo salió mal.

Miguel tomó la pistola de Francesco y también el arma reglamentaria de Giovanni. Luego le ordenó que me esposara. Dijo que sabía que usábamos las esposas en la cama y que, por una vez, sería él quien me las pondría a mí. Ese bastardo lo sabía todo desde hacía quién sabe cuánto tiempo. Después nos obligó a subir al coche y, apuntando a Giovanni con la pistola, lo obligó a conducir. Tomamos la autopista hacia Milán y luego seguimos rumbo a Suiza. Miguel no puede cruzar la frontera, pero estoy convencida de que tiene un plan. Cuando llegó a Italia, hace tantos años, era un inmigrante clandestino y entró precisamente por Suiza. Quizá todavía crea que puede salir con vida.

 

4 — MIGUEL

«Estás muerto», parecen seguir diciendo los ojos de Silva Nobilis mientras la obligo a bajar del coche, en medio del bosque.

Creo que todavía me guarda rencor porque aquella vez le dije que no.

No fue por lealtad hacia mi patrón, porque, si no era conmigo, habría sido con otro.

Simplemente pensé que acostarme con la dueña de la casa podía traerme problemas en el trabajo. Peores de los que tuve...

Quizá su plan original consistía en convencerme de matar al marido y luego hacer que me arrestaran.

Así tuvo que buscar a otro. Y perfeccionó el plan, porque inteligente sí que es. En la nueva versión, quien mataba al marido era Giovanni, utilizando la pistola de la casa con mis huellas. Yo cargaba con la culpa y Silva se quedaba con la herencia. Yo los descubrí, pero ya era demasiado tarde.

Primero: Silva no podía permitir que yo contara por ahí que tenía un amante, así que debía desacreditarme a toda costa.

Segundo: aunque impedí que mataran a su marido, el mecanismo ya estaba en marcha.

La señora ya había ido haciendo desaparecer, poco a poco, dinero y piezas de plata, mientras difundía el rumor de que yo robaba.

Cuando el señor llegara a Villa Floret, en Portofino, y encontrara al mayordomo amenazando a su esposa y a un amigo de la familia con dos pistolas, ¿a quién iba a creer? ¿A mí o a Silva y al policía?

La cárcel ya era inevitable para mí.

Así que, puestos a eso, más valía convertirme en ladrón de verdad, tomar un puñado de dinero y huir. Atado al árbol, después de haber recibido unos cuantos golpes, el policía parece todavía más imbécil que antes. A Silva no la até. A pie no puede llegar muy lejos. Por la radio oí que los están buscando, así que tarde o temprano los compañeros de Giovanni los encontrarán. Mejor tarde que temprano. La zona no ha cambiado desde que pasé por aquí por primera vez, hace diecisiete años. Entonces entraba clandestinamente en Italia. Ahora voy en dirección contraria, también clandestinamente. Al otro lado de la frontera todavía debería vivir un viejo amigo capaz de conseguirme documentos falsos.

El dinero que tomé son migajas para los Nobilis, pero para mí bastará para pagar una noche de hotel, una nueva identidad y un pasaje de avión hacia quién sabe dónde. En eso la señora tiene razón. El hombre que soy ahora ha muerto. Dentro de unas horas seré otra persona.

 

5 — FRANCESCO

—Estás muerto —digo, mirando tu cara de inmigrante en el noticiero.

¿Qué creías que ibas a hacer? ¿Robarme a mí? ¿Robar al mismísimo Francesco Nobilis? ¿Secuestrar a mi mujer y salirte con la tuya?

¡Eh, tú! Yo te di de comer durante once años, ¿y crees que puedes engañarme así?

Llegué a Portofino y encontré todo patas arriba: los cajones revueltos, la caja fuerte abierta, el Checker había desaparecido del garaje y no había nadie en la casa.

Si ese imbécil de la villa de al lado hubiera llamado a la policía cuando vio que hacías subir a mi mujer y a ese idiota de Giovanni al coche, ahora mismo ya estarías encerrado en San Vittore.

Pero los vecinos solo entendieron lo que estaba pasando cuando fui a preguntarles si habían visto algo.

Y esos deficientes me dicen que sí, que te vieron sentado al lado de Giovanni y que les pareció que llevabas una pistola en la mano.

Pero no te hagas ilusiones, idiota. Si no te atrapa la policía, te atraparán mis amigos.

Y ellos no son precisamente amables con quien intenta engañar a Francesco Nobilis.

En el noticiero dicen que no saben dónde te has metido.

La policía encontró el coche en medio del bosque y, un poco más allá, a mi mujer esposada (esta me la vas a pagar, bastardo) y a ese imbécil de Giovanni atado a un árbol.

¿Eso se puede considerar un policía? Basta una llamada telefónica y lo mando a cavar zanjas, ya verás.

Los del noticiero dicen que no saben dónde estás, pero no te preocupes: tarde o temprano mis amigos te encontrarán y entonces ya verás.

Todavía no ha nacido el listo capaz de engañar a Francesco Nobilis.

 

6 — MIGUEL

—Estás muerto —me dijo Jorge, mientras guardaba la pistola con expresión triste.

Debía traerme el pasaporte con una nueva identidad: seguiría llamándome Miguel, pero con un apellido menos llamativo que Ananbarri.

Miguel Díaz.

Por eso, cuando Jorge llegó, le abrí la puerta de mi habitación de hotel. No esperaba el somnífero en el café. Tampoco esperaba el disparo en la sien mientras dormía. Jorge apoyó mi dedo sobre el gatillo y lo apretó para que pareciera un suicidio. Luego abrió la puerta y se marchó. Apuesto a que hizo una llamada anónima a la policía, que acudió con toda una unidad especial, como si yo fuera un peligroso terrorista. Rodearon el hotel e irrumpieron en la habitación. Por poco no me llenan de balazos. Pero daba igual.

Ya estaba muerto.

 

7 — SILVA

Estás muerto, pienso para mis adentros al referirme a Miguel.

Pero no se lo digo a los periodistas del noticiero que vienen a entrevistarme, porque así puedo contar la historia del secuestro relámpago, y eso da audiencia.

Para ellos, el inmigrante argentino perseguido por la policía se suicidó en la habitación de un hotel de Lugano porque sabía que no tenía escapatoria.

Eso es lo que dicen en televisión, donde han emitido las imágenes de la intervención de la policía suiza.

Miguel se perdió por culpa de sí mismo cuando contactó con quienes lo habían ayudado a entrar clandestinamente en Italia diecisiete años atrás para conseguir documentos nuevos.

No sabía que ahora todos trabajaban para los amigos de Francesco.

En lugar de llevarle un pasaporte nuevo, le enviaron a un hombre que lo mató haciendo que pareciera un suicidio.

Así que, cuando los periodistas del noticiero vienen a entrevistarme al jardín de la villa de Portofino, les digo una frase que sé que les encantará.

—Un suicidio anunciado.

Le he hecho entender a Giovanni que no volveremos a vernos y que más le vale mantener la boca cerrada si no quiere acabar como Miguel. Y me he dicho que ahora tendré que empezar todo de nuevo. Francesco ha traído un guardaespaldas enviado por sus amigos. Al principio pensé que todo sería mucho más difícil. Ya no estaba Giovanni para hacer de asesino. Ya no estaba Miguel para cargar con la culpa. Y, lo que es peor, ahora había un hombre en la casa vigilando todo lo que ocurría. Pero, bien pensado, en realidad es mucho más fácil. El guardaespaldas no está nada mal. Tiene aspecto de culturista. Apuesto a que en dos o tres semanas lo tendré en mi cama. Y si después le hago entender que mi marido ha intentado ganar dinero por su cuenta a espaldas de sus amigos... He visto cómo actuaron con Miguel. Fueron muy eficientes.

—Todo ha salido de la mejor manera —les digo a los periodistas.

Miro a mi marido, sonrío y, mientras tanto, pienso: Estás muerto.

Andrea Carlo Cappi, nacido en Milán en 1964, reside entre Italia y España desde 1973. Autor de cerca de cien libros, entre novelas, colecciones de relatos y ensayos, también ha escrito guiones para cómics, radionovelas y videoclips. Es conocido por la serie Kverse, que recopila su serie de suspense negro (ahora también disponible en español en Amazon), y por sus novelas basadas en personajes de cómics italianos (Diabolik y Martin Mystère). Editor y traductor de inglés y español, forma parte del jurado de premios literarios y es editor de varias colecciones. Blog en español: https://cappispain.blogspot.com/ Blog en inglés: https://europulpcappi.blogspot.com/

 

 

FLORET SILVA NOBILIS