Andrea Carlo Cappi
1 — MIGUEL
—Estás muerto —me
dice la señora, con tranquilidad, desde el asiento trasero.
Giovanni no abre la boca y conduce.
Hace bien: está al volante de un Checker del 69 y, si nos saliéramos de la
carretera a la velocidad a la que vamos, ni siquiera un airbag podría salvarlo.
Por otra parte, en el 69 los airbags todavía no se habían inventado.
Podría hacer algo original. Podría
dispararle. Si fuera cierto que ya estoy muerto, sería una idea original para
ir al infierno acompañado.
La señora vuelve a guardar silencio
y me mira como si ya estuviera sobre la plancha de la morgue.
Yo vivo... no, vivía, cerca de la
morgue, en Piazzale Gorini, en el último piso de una gran casa remodelada. La
casa de la familia Nobilis.
—¿Ves? —me decía a menudo la
señora, señalando hacia un lado—. Allí está el Instituto de Tumores. Y allí
—añadía, señalando hacia el otro— está la morgue.
Siempre lo decía como si las
enfermedades y la muerte fueran un problema que solo afectara a los demás.
Yo sé que tarde o temprano pueden
alcanzarnos a todos. Llevo aquí, en Italia, dieciséis años... no, diecisiete.
Tenía dieciocho cuando llegué desde Buenos Aires. Mi padre era un desaparecido;
mi madre había muerto de cáncer. Era lo único que tenía en común con Evita
Perón.
Puntos de vista diferentes: yo sé
que no soy inmune a la muerte; la señora está convencida de que es inmortal.
Puede que incluso tenga razón.
En Milán vivimos cerca de la
morgue, pero los fines de semana vamos... íbamos (tendré que acostumbrarme a
pensar en pasado, porque aquellos tiempos terminaron) a Portofino, a la villa
de los Nobilis.
Francesco Nobilis: empresario,
evasor de impuestos, mujeriego y Dios sabe qué más. En el fondo me cae
simpático. Y posee una colección extraordinaria de automóviles. De allí salió
este coche que, hace treinta años, recorría las calles de Nueva York pintado de
amarillo y con la inscripción Yellow Cab Co. en los laterales. Solo
alguien como Nobilis podía comprar un viejo taxi norteamericano, restaurarlo y
convertirlo en uno de sus automóviles de lujo.
El señor Nobilis será un poco
idiota, pero al menos se le nota en la cara. En mi país habría tenido muchas
posibilidades de convertirse en presidente.
La señora, en cambio, es una idiota
encubierta. Si tuviera más cultura, se creería Lady Macbeth. Pero es ignorante
como una cabra, no acierta un solo subjuntivo y su cultura no va más allá de lo
que se ve por televisión en horario estelar.
Le gustan, sobre todo, las
películas para televisión en las que alguien muere de una enfermedad incurable.
Creo que alimentan su convicción de ser inmortal. Tiene tiempo para
comprobarlo: solo tiene cuarenta y cuatro años. Lo sé porque fui yo quien retiró
su certificado electoral, donde figura que su apellido es Silva, con i latina,
aunque ella firma con una y: Sylva. Con y parece más exótico.
Yo sí soy exótico.
Me llamo Miguel Ananbarri y nací
hace treinta y cinco años en Argentina, de padre medio vasco y madre medio
indígena. Entré en Italia clandestinamente desde Suiza y regularicé mi
situación gracias a la ley Martelli. Cuando llegué no sabía una palabra de italiano,
pero me las arreglé y ahora lo hablo mejor que mis empleadores.
Ex empleadores: no creo que el
señor Nobilis quiera volver a verme en su casa. Dudo que llegue a enterarse
alguna vez de que le salvé la vida. Y, por lo tanto, tampoco creo que aprecie
demasiado que haya robado de su garaje el Checker del 69... y, sobre todo, que
haya tomado como rehenes a su esposa y a un amigo de la familia.
Bonito amigo, teniendo en cuenta
que se acuesta con la esposa de Nobilis.
Pero no tuve elección: ya estaba
perdido. Mi palabra contra la de ellos.
La señora es la esposa de un
empresario conocido.
El amigo, Giovanni, es policía.
En momentos como este a nadie le
importa que haya trabajado como mayordomo de esta familia durante once años. En
momentos como este vuelvo a convertirme en el extranjero feo, sucio y malo.
2 — GIOVANNI
—Estás muerto —le
dice la Sylva al Miguél, pero no era así como tenía que salir todo. Yo ya le
había dicho a la Sylva que a su marido también se lo mataba, porque total a mí
no me importaba nada, pero no sé si después iban a creer que había sido el
mayordomo.
Pero ella dijo que se ocupaba de
todo y que haría parecer que el Miguél había intentado robar.
Yo solo tenía que declarar que el
marido lo había descubierto y que él lo había matado.
En realidad había sido yo, pero
como la pistola era del marido y el Miguél siempre se la limpiaba, estaban sus
huellas y parecía de verdad que había sido él.
Y después ella heredaba todo el
dinero, las casas y todo lo demás, y seguía acostándose conmigo, pero ya no
tendríamos que hacerlo a escondidas, aunque total el Nobilis es un imbécil y
hasta él podía darse cuenta de que ella se acostaba con otro, porque hacía
mucho que con él ya no quería saber nada.
El problema es que el Miguél sabía
que yo me acostaba con la Sylva y entendió que esta noche, cuando volviera el
marido, yo lo iba a matar y le echaríamos la culpa a él.
Pero el Miguél me ganó de mano,
porque agarró la pistola y dijo que nos olvidáramos de matar al Francesco.
Entonces ella le dijo que igual
estaba perdido, que desde hacía un tiempo iba diciendo por ahí que el Miguél
robaba en la casa y que, como ella conocía a gente importante, todos le
creerían a ella y no a él.
Entonces el Miguél dijo que
subiéramos los dos al coche, que si tenía que escapar nos llevaría como
rehenes.
Y ahora llevamos horas en la
carretera y dentro de poco llegaremos a la frontera con Suiza. No sé cómo
piensa hacerlo, porque por la radio ya dijeron que el marido volvió a la casa y
que los de la villa vecina contaron que habíamos sido secuestrados.
El Miguél no puede llegar a la
frontera con la Sylva esposada y conmigo apuntado por una pistola.
Así que todo esto no sirve para
nada.
No sé para qué armó semejante lío
si estaba perdido desde el principio.
3 — SILVA
—Estás muerto —le
digo a Miguel.
Porque este bastardo lo arruinó
todo.
Trabajé a Giovanni hasta conseguir
que hiciera todo lo que yo quería. Y pasé meses cavándole la tumba a Miguel, de
modo que, llegado el momento, todas mis amigas estaban preparadas para decir
que Sylva les había contado que Miguel robaba en la casa.
Todo era perfecto.
Giovanni mataba a Francesco y
Miguel cargaba con la culpa.
No había otra manera.
Sin alguien que asumiera la culpa,
la primera sospechosa era yo. Y, aunque la policía no encontrara pruebas,
siempre estaban los amigos de Francesco. Ellos no necesitan pruebas y, si
descubren que fui yo, puedo sufrir un accidente o cualquiera de esas cosas que
les pasan a quienes intentan jugarles una mala pasada.
Miguel estaba completamente
perdido, pero quién sabe desde cuándo sospechaba. Debió de oírme hablar con
Giovanni esta tarde, mientras esperábamos que Francesco llegara desde Milán.
Todo salió mal.
Miguel tomó la pistola de Francesco
y también el arma reglamentaria de Giovanni. Luego le ordenó que me esposara. Dijo
que sabía que usábamos las esposas en la cama y que, por una vez, sería él
quien me las pondría a mí. Ese bastardo lo sabía todo desde hacía quién sabe
cuánto tiempo. Después nos obligó a subir al coche y, apuntando a Giovanni con
la pistola, lo obligó a conducir. Tomamos la autopista hacia Milán y luego
seguimos rumbo a Suiza. Miguel no puede cruzar la frontera, pero estoy
convencida de que tiene un plan. Cuando llegó a Italia, hace tantos años, era
un inmigrante clandestino y entró precisamente por Suiza. Quizá todavía crea
que puede salir con vida.
4 — MIGUEL
«Estás muerto»,
parecen seguir diciendo los ojos de Silva Nobilis mientras la obligo a bajar
del coche, en medio del bosque.
Creo que todavía me guarda rencor
porque aquella vez le dije que no.
No fue por lealtad hacia mi patrón,
porque, si no era conmigo, habría sido con otro.
Simplemente pensé que acostarme con
la dueña de la casa podía traerme problemas en el trabajo. Peores de los que
tuve...
Quizá su plan original consistía en
convencerme de matar al marido y luego hacer que me arrestaran.
Así tuvo que buscar a otro. Y
perfeccionó el plan, porque inteligente sí que es. En la nueva versión, quien
mataba al marido era Giovanni, utilizando la pistola de la casa con mis
huellas. Yo cargaba con la culpa y Silva se quedaba con la herencia. Yo los
descubrí, pero ya era demasiado tarde.
Primero: Silva no podía permitir
que yo contara por ahí que tenía un amante, así que debía desacreditarme a toda
costa.
Segundo: aunque impedí que mataran
a su marido, el mecanismo ya estaba en marcha.
La señora ya había ido haciendo
desaparecer, poco a poco, dinero y piezas de plata, mientras difundía el rumor
de que yo robaba.
Cuando el señor llegara a Villa
Floret, en Portofino, y encontrara al mayordomo amenazando a su esposa y a un
amigo de la familia con dos pistolas, ¿a quién iba a creer? ¿A mí o a Silva y
al policía?
La cárcel ya era inevitable para
mí.
Así que, puestos a eso, más valía
convertirme en ladrón de verdad, tomar un puñado de dinero y huir. Atado al
árbol, después de haber recibido unos cuantos golpes, el policía parece todavía
más imbécil que antes. A Silva no la até. A pie no puede llegar muy lejos. Por
la radio oí que los están buscando, así que tarde o temprano los compañeros de
Giovanni los encontrarán. Mejor tarde que temprano. La zona no ha cambiado
desde que pasé por aquí por primera vez, hace diecisiete años. Entonces entraba
clandestinamente en Italia. Ahora voy en dirección contraria, también
clandestinamente. Al otro lado de la frontera todavía debería vivir un viejo
amigo capaz de conseguirme documentos falsos.
El dinero que tomé son migajas para
los Nobilis, pero para mí bastará para pagar una noche de hotel, una nueva
identidad y un pasaje de avión hacia quién sabe dónde. En eso la señora tiene
razón. El hombre que soy ahora ha muerto. Dentro de unas horas seré otra
persona.
5 — FRANCESCO
—Estás muerto
—digo, mirando tu cara de inmigrante en el noticiero.
¿Qué creías que ibas a hacer?
¿Robarme a mí? ¿Robar al mismísimo Francesco Nobilis? ¿Secuestrar a mi mujer y
salirte con la tuya?
¡Eh, tú! Yo te di de comer durante
once años, ¿y crees que puedes engañarme así?
Llegué a Portofino y encontré todo
patas arriba: los cajones revueltos, la caja fuerte abierta, el Checker había
desaparecido del garaje y no había nadie en la casa.
Si ese imbécil de la villa de al
lado hubiera llamado a la policía cuando vio que hacías subir a mi mujer y a
ese idiota de Giovanni al coche, ahora mismo ya estarías encerrado en San
Vittore.
Pero los vecinos solo entendieron
lo que estaba pasando cuando fui a preguntarles si habían visto algo.
Y esos deficientes me dicen que sí,
que te vieron sentado al lado de Giovanni y que les pareció que llevabas una
pistola en la mano.
Pero no te hagas ilusiones, idiota.
Si no te atrapa la policía, te atraparán mis amigos.
Y ellos no son precisamente amables
con quien intenta engañar a Francesco Nobilis.
En el noticiero dicen que no saben
dónde te has metido.
La policía encontró el coche en
medio del bosque y, un poco más allá, a mi mujer esposada (esta me la vas a
pagar, bastardo) y a ese imbécil de Giovanni atado a un árbol.
¿Eso se puede considerar un
policía? Basta una llamada telefónica y lo mando a cavar zanjas, ya verás.
Los del noticiero dicen que no
saben dónde estás, pero no te preocupes: tarde o temprano mis amigos te
encontrarán y entonces ya verás.
Todavía no ha nacido el listo capaz
de engañar a Francesco Nobilis.
6 — MIGUEL
—Estás muerto —me
dijo Jorge, mientras guardaba la pistola con expresión triste.
Debía traerme el pasaporte con una
nueva identidad: seguiría llamándome Miguel, pero con un apellido menos
llamativo que Ananbarri.
Miguel Díaz.
Por eso, cuando Jorge llegó, le
abrí la puerta de mi habitación de hotel. No esperaba el somnífero en el café. Tampoco
esperaba el disparo en la sien mientras dormía. Jorge apoyó mi dedo sobre el
gatillo y lo apretó para que pareciera un suicidio. Luego abrió la puerta y se
marchó. Apuesto a que hizo una llamada anónima a la policía, que acudió con
toda una unidad especial, como si yo fuera un peligroso terrorista. Rodearon el
hotel e irrumpieron en la habitación. Por poco no me llenan de balazos. Pero
daba igual.
Ya estaba muerto.
7 — SILVA
Estás muerto,
pienso para mis adentros al referirme a Miguel.
Pero no se lo digo a los
periodistas del noticiero que vienen a entrevistarme, porque así puedo contar
la historia del secuestro relámpago, y eso da audiencia.
Para ellos, el inmigrante argentino
perseguido por la policía se suicidó en la habitación de un hotel de Lugano
porque sabía que no tenía escapatoria.
Eso es lo que dicen en televisión,
donde han emitido las imágenes de la intervención de la policía suiza.
Miguel se perdió por culpa de sí
mismo cuando contactó con quienes lo habían ayudado a entrar clandestinamente
en Italia diecisiete años atrás para conseguir documentos nuevos.
No sabía que ahora todos trabajaban
para los amigos de Francesco.
En lugar de llevarle un pasaporte
nuevo, le enviaron a un hombre que lo mató haciendo que pareciera un suicidio.
Así que, cuando los periodistas del
noticiero vienen a entrevistarme al jardín de la villa de Portofino, les digo
una frase que sé que les encantará.
—Un suicidio anunciado.
Le he hecho entender a Giovanni que
no volveremos a vernos y que más le vale mantener la boca cerrada si no quiere
acabar como Miguel. Y me he dicho que ahora tendré que empezar todo de nuevo. Francesco
ha traído un guardaespaldas enviado por sus amigos. Al principio pensé que todo
sería mucho más difícil. Ya no estaba Giovanni para hacer de asesino. Ya no
estaba Miguel para cargar con la culpa. Y, lo que es peor, ahora había un
hombre en la casa vigilando todo lo que ocurría. Pero, bien pensado, en
realidad es mucho más fácil. El guardaespaldas no está nada mal. Tiene aspecto
de culturista. Apuesto a que en dos o tres semanas lo tendré en mi cama. Y si
después le hago entender que mi marido ha intentado ganar dinero por su cuenta
a espaldas de sus amigos... He visto cómo actuaron con Miguel. Fueron muy
eficientes.
—Todo ha salido de la mejor manera
—les digo a los periodistas.
Miro a mi marido, sonrío y,
mientras tanto, pienso: Estás muerto.
Andrea Carlo Cappi, nacido en Milán en 1964,
reside entre Italia y España desde 1973. Autor de cerca de cien libros, entre
novelas, colecciones de relatos y ensayos, también ha escrito guiones para
cómics, radionovelas y videoclips. Es conocido por la serie Kverse, que
recopila su serie de suspense negro (ahora también disponible en español en
Amazon), y por sus novelas basadas en personajes de cómics italianos (Diabolik
y Martin Mystère). Editor y traductor de inglés y español, forma parte del
jurado de premios literarios y es editor de varias colecciones. Blog en español: https://cappispain.blogspot.com/
Blog en inglés: https://europulpcappi.blogspot.com/

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