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jueves, 20 de agosto de 2026

FRONTERAS

Fiorenzo Dioni

 

Es difícil conservar la lucidez cuando uno está tendido de espaldas sobre una mesa, con la cabeza colgando fuera del borde, sobre todo si ha terminado en esa posición después de recibir un golpe violento en la cabeza. Ves el mundo al revés y debes girar rápidamente ciento ochenta grados todo lo que sucede a tu alrededor para estar preparado y evitar que vuelvan a golpearte, confiando en que la adrenalina del momento te ayude a reaccionar. Sin embargo, razonar y actuar no es tan sencillo. Cuando ves cierta violencia en las películas, nunca piensas que pueda sucederte; siempre crees que conseguirás sobrevivir o, al menos, resistir y derrotar al enemigo, que permanecerás alerta y preparado para esquivar los golpes y contraatacar. Uno siempre se identifica con el héroe que sale vencedor de todas las batallas, pero, cuando vive realmente esa violencia, comprende lo arrogantes que somos, convencidos de ser inmortales e invulnerables y de que los derrotados siempre son los otros, mientras el dolor y el miedo se vuelven tan sólidos que parecen las armas de nuestros enemigos.

Me equivoqué. Nos equivocamos. Eso pensaba el hombre mientras intentaba expulsar la sangre que, en aquella posición, le obstruía la nariz y le impedía respirar. La que le manaba de la cabeza salía por sí sola, libre de gotear sobre el suelo y mezclarse con la de los demás. Trató de volver la cabeza hacia un lado para expulsar parte del líquido de la nariz y liberar la respiración, pero el resto de su cuerpo no estaba mucho mejor: su espalda parecía haber sido el blanco predilecto de alguien armado con un martillo que, cada vez que él intentaba moverse, descargaba golpes sobre sus músculos dorsales y le provocaba dolores insoportables. No, era mejor descansar y esperar a que el dolor pasara.

Quizá, aunque solo fuera para no darse por vencido, podía liberar al menos una fosa nasal girando ligeramente el cuello. Podía soportar un poco de sufrimiento; después de todo, estaba en medio de una guerra inesperada.

Por el rabillo del ojo distinguió un cuerpo tendido al pie de la mesa: la cara contra el suelo y un brazo extendido hacia delante. Probablemente la mano estuviera sumergida en el charco de sangre que le manaba de la cabeza. El cuerpo se estremecía y temblaba. No alcanzaba a ver la figura completa, pero sospechaba que los espasmos eran provocados por alguien sentado sobre su espalda, golpeándola con violencia. Como solo podía verle la nuca, no era capaz de reconocerlo, pero probablemente pertenecía al bando enemigo. Se lo merecía.

Vamos, amigo mío, sigue. Golpéalo con fuerza, haz que pague.

Los ruidos le llegaban amplificados y cada uno le producía una punzada en la cabeza; mejor dicho, en todo el cuerpo. Tan indefenso como estaba, constituía un blanco fácil para todo lo que veía volar de un lado a otro del lugar donde se habían enfrentado las dos facciones. Intentaba no perder el conocimiento, y los gritos que oía lo ayudaban a mantenerse despierto. De vez en cuando lo alcanzaba alguna salpicadura de sangre, precedida por un golpe certero cerca de él, como cuando el relámpago sigue al trueno. ¿Amigo o enemigo? Ya importaba poco: estaba demasiado cansado y solo deseaba que aquella lucha terminara pronto.

Reunió fuerzas, se volvió resistiendo las punzadas, se dejó resbalar hacia abajo y, ayudándose con una silla, llegó al suelo. Apoyó la espalda contra la pared y permaneció oculto detrás de la mesa que acababa de abandonar.

Se relajó un instante, pero un cuerpo se desplomó sobre él. Sintió que su espalda estallaba como una vidriera que se hace añicos al recibir el impacto de una piedra. No supo durante cuánto tiempo resonó su grito en la habitación. Una mujer, con la cara cubierta de sangre, había caído sobre él. Sintió el lento movimiento de un brazo que ascendía, buscando apoyarse en su cuerpo o quizá abrazarlo.

Estás bromeando, ¿verdad? Las palabras salieron lentamente de su boca mientras la mano de ella ya había alcanzado su hombro. ¿De verdad quieres abrazarme? Quítate de encima.

Ahora tenía la nariz más despejada y respiraba un poco mejor. Miró a la mujer a la cara: no la recordaba, de modo que sin duda pertenecía al bando enemigo. La apartó y la hizo rodar por el suelo. Oyó el golpe de su cabeza contra el piso.

¡Maldita!

El caos al otro lado de la mesa no parecía dispuesto a terminar. La batalla continuaba; se gritaban nuevas amenazas y se asestaban nuevos golpes. Desde abajo veía cuerpos que caían y volvían a levantarse. Salpicaduras de sangre de los cuerpos y salpicaduras de saliva de las palabras. Todos estaban ciegos. La rabia los guiaba, llegaba desde todas partes y saturaba el aire; era palpable. Él la percibía en su respiración, todavía un poco dificultosa. Aquello terminaría pronto, estaba convencido, y dentro de él, además del dolor, algo estaba cambiando. Algo que no quería aceptar, pero que se imponía cada vez más. Es normal cuando comienza a ponerse en duda la presunción de que somos inmortales, cuando comprendemos que estamos viviendo algo inesperado.

Tenía miedo. Le bastaron unas pocas reflexiones para comprenderlo. Tenía miedo y se sentía perdido: se sentía el hombre que en realidad era. No tenía sentido escapar de aquellas sensaciones. Miedo al dolor, al ruido, a los gritos, a la sangre; a ser juzgado por lo que había hecho. Miedo a admitir que se había equivocado.

Las guerras son hermosas en las películas, indiferentes en los noticieros e inexistentes cuando las víctimas piden ayuda. Solo son reales cuando están lejos de nosotros y, si insisten demasiado, basta con cambiar de canal. Clic: terminadas.

El miedo es lo que debería permitirnos sobrevivir, pensó mientras terminaba de quitarse a la mujer de encima; debería protegernos cuando perdemos la razón y nos dejamos guiar por la rabia. Sí, pero ya era demasiado tarde: había una guerra en curso.

Lo distrajeron dos hombres que luchaban junto a la mesa, golpeándola y empujándola inexorablemente hacia él. El borde estaba alineado con su frente: se agachó un poco y se desplazó hacia un lado, justo a tiempo para ver desde abajo cómo uno de los dos hombres caía derrotado. El otro se abalanzó sobre él, le inmovilizó los brazos con las rodillas y comenzó a golpearlo repetidamente con sus manos veloces.

La risa del vencedor tenía algo de gótico, como si procediera de una película de terror.

¡Deténganse, por favor! Esto no debía terminar así, nos equivocamos. Por favor, no puedo soportarlo más.

Habría querido gritar esas palabras, pero no consiguió pronunciarlas. De todos modos, habrían rebotado contra el muro levantado por aquella rabia que ya se había apoderado de todo y de todos.

Desistió y esperó a que cesaran los gritos y los ruidos. Contempló su traje. Era hermoso, su mejor uniforme, como siempre se decía frente al espejo. Se perdió en los recuerdos, en la época en que su padre le explicaba que la ropa no servía únicamente para evitar que fuéramos desnudos o para protegernos del frío: también debía ser una manera de demostrar respeto por los demás, una imagen que se transmitía para conseguir que los otros nos consideraran personas decentes incluso sin conocernos.

—Pero ahora ese concepto se ha llevado al extremo, se ha convertido en un símbolo, en una obsesión, como tantas otras cosas que hacen de nuestra vida una mezcolanza de reglas impuestas e inventadas por nosotros mismos.

Esta vez las palabras, casi susurradas, salieron de su boca acompañadas por algunas gotas de sangre.

Recordó una frase de un libro que se le había quedado grabada, una frase que explicaba bien lo que estaba sucediendo, aquello a lo que conducía la convicción de los seres humanos de ser invencibles. Lo que provoca las guerras: ¿Qué hemos permitido que nos hicieran?

Lloró.

Las lágrimas descendieron en abundancia y se mezclaron con la sangre que aún le salía de la nariz y la boca. El miedo y los recuerdos lo habían derrotado. Probablemente ahora los hubieran derrotado a todos.

Pensó que los lemas destinados a promover las buenas intenciones, tan de moda en aquellos tiempos, no eran más que consignas falsas: todos se declaraban partidarios de la paz mundial, pero ¿quién había definido alguna vez los límites de esas proclamas? ¿Quién había trazado realmente las fronteras de la paz? Recordó la época en que todos decían que saldríamos mejores, más fuertes y unidos, pero la verdad, que ahora ya no podía seguir negando, era que cada cual traza sus fronteras para contenerse únicamente a sí mismo, y que todo lo que queda fuera debe arreglárselas por su cuenta. Solo salimos de esas fronteras cuando queremos reafirmar nuestra rabia. Y nuestra presunta invencibilidad.

¿Por qué sucedió todo esto? Desde debajo de la mesa seguían llegando algunos movimientos, algún golpe sordo y algunas injurias intercambiadas de un lado a otro, pero los tonos se debilitaban poco a poco, como si todo aquel ruido hubiera sido grabado en un disco de vinilo y la música se desvaneciera al aproximarse el final. Un disco horrible.

Un último cuerpo cayó al suelo y después todo se detuvo. De pronto, el silencio invadió la habitación. Detrás de la mesa más grande aparecieron dos manos, seguidas poco después por un rostro menudo, con dos pequeños cristales redondos apoyados sobre la nariz. El hombrecillo se incorporó lentamente, temblando, y se sentó en la silla desde la que poco antes había intentado dirigir la reunión. Estaba limpio; se había salvado de la violencia desatada por una discusión acerca de algo que ya ni siquiera recordaba.

El administrador del edificio había vuelto a ocupar su lugar.

—S... señores, creo que sería conveniente recuperar el control. Estas cosas no están bien.

Algunos hombres estaban sentados y otros ya comenzaban a levantarse. Solo las mujeres seguían tendidas en el suelo, y era lógico: en aquellos casos se imponía la fuerza bruta y ellas partían en desventaja. Combativas, pero en desventaja.

Lentamente, todo regresó a la normalidad. El hombre intentó levantarse de detrás de la mesa que lo había protegido durante un rato. Su espalda había dejado de protestar y la sangre pasó definitivamente de su rostro al pañuelo. Miró el suelo: para limpiar todo aquel rojo haría falta una intervención mucho más amplia que la de un pañuelo. No consiguió levantarse; incluso intentarlo resultaba demasiado doloroso.

En silencio, todos se ocuparon de volver a colocar las mesas y las sillas en su sitio y de arrinconar lo que había quedado inutilizable después de la batalla.

—Creo... creo que será mejor aplazar la asamblea hasta nuevo aviso. Pronto les enviaré la comunicación.

El hombrecillo todavía temblaba al hablar y, apenas terminó, recogió los documentos y encontró la energía necesaria para salir corriendo.

El cesto del rincón de la habitación se había llenado de pañuelos rojos.

Uno tras otro, los demás también se dirigieron hacia la salida. La estrecha escalera que conducía a la planta baja los obligaba a avanzar muy juntos. Nadie habló.

El hombre sentado detrás de la mesa sonrió con amargura. Todo había terminado, pero el dolor de cabeza se había vuelto insoportable y él estaba cansado, muy cansado.

Cerró los ojos. Aunque ahora tenía la nariz despejada, respirar o no respirar había dejado de ser un problema.

Nadie lo advirtió.

Fiorenzo Dioni nació en Brescia en 1963. Diseñador de profesión y escritor por vocación, siempre ha escrito, pero comenzó a publicar hace pocos años. Le encanta escribir historias inspiradas en situaciones cotidianas, a las que luego les da un toque surrealista e imaginativo. Ha publicado tres libros: «Puertas», compuesto por tres relatos cortos; «Reflexiones», un proyecto colaborativo con un fotógrafo en el que imágenes y palabras se encontraron y compararon; y «El hombre en la caja», publicado por Calibano Editore, compuesto por 19 relatos surrealistas. Uno de ellos fue adaptado al cómic «Mi padre, el tango» (Calibano, 2023). Ha participado en varias antologías de relatos temáticos, entre ellas «Yo también. Historias de mujeres al límite», «Nos sentamos al lado equivocado», «Nada por lo que matar» (Prospero Editore) y «Los cuentos de la leona» (Calibano Editore). Otros relatos suyos se han publicado en la revista Inkroci, donde también colabora con reseñas de libros y discos en las columnas "¡Atención al libro!" y "¡Formidabili, quelle dischi!". Anteriormente, escribió reseñas para las revistas NB y Dentro Brescia.

 

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