Fiorenzo Dioni
Es difícil
conservar la lucidez cuando uno está tendido de espaldas sobre una mesa, con la
cabeza colgando fuera del borde, sobre todo si ha terminado en esa posición
después de recibir un golpe violento en la cabeza. Ves el mundo al revés y
debes girar rápidamente ciento ochenta grados todo lo que sucede a tu alrededor
para estar preparado y evitar que vuelvan a golpearte, confiando en que la
adrenalina del momento te ayude a reaccionar. Sin embargo, razonar y actuar no
es tan sencillo. Cuando ves cierta violencia en las películas, nunca piensas
que pueda sucederte; siempre crees que conseguirás sobrevivir o, al menos,
resistir y derrotar al enemigo, que permanecerás alerta y preparado para
esquivar los golpes y contraatacar. Uno siempre se identifica con el héroe que
sale vencedor de todas las batallas, pero, cuando vive realmente esa violencia,
comprende lo arrogantes que somos, convencidos de ser inmortales e
invulnerables y de que los derrotados siempre son los otros, mientras el dolor
y el miedo se vuelven tan sólidos que parecen las armas de nuestros enemigos.
Me equivoqué. Nos equivocamos. Eso
pensaba el hombre mientras intentaba expulsar la sangre que, en aquella
posición, le obstruía la nariz y le impedía respirar. La que le manaba de la
cabeza salía por sí sola, libre de gotear sobre el suelo y mezclarse con la de
los demás. Trató de volver la cabeza hacia un lado para expulsar parte del
líquido de la nariz y liberar la respiración, pero el resto de su cuerpo no
estaba mucho mejor: su espalda parecía haber sido el blanco predilecto de
alguien armado con un martillo que, cada vez que él intentaba moverse,
descargaba golpes sobre sus músculos dorsales y le provocaba dolores
insoportables. No, era mejor descansar y esperar a que el dolor pasara.
Quizá, aunque solo fuera para no
darse por vencido, podía liberar al menos una fosa nasal girando ligeramente el
cuello. Podía soportar un poco de sufrimiento; después de todo, estaba en medio
de una guerra inesperada.
Por el rabillo del ojo distinguió
un cuerpo tendido al pie de la mesa: la cara contra el suelo y un brazo
extendido hacia delante. Probablemente la mano estuviera sumergida en el charco
de sangre que le manaba de la cabeza. El cuerpo se estremecía y temblaba. No
alcanzaba a ver la figura completa, pero sospechaba que los espasmos eran
provocados por alguien sentado sobre su espalda, golpeándola con violencia.
Como solo podía verle la nuca, no era capaz de reconocerlo, pero probablemente
pertenecía al bando enemigo. Se lo merecía.
Vamos, amigo mío, sigue. Golpéalo
con fuerza, haz que pague.
Los ruidos le llegaban amplificados
y cada uno le producía una punzada en la cabeza; mejor dicho, en todo el
cuerpo. Tan indefenso como estaba, constituía un blanco fácil para todo lo que
veía volar de un lado a otro del lugar donde se habían enfrentado las dos
facciones. Intentaba no perder el conocimiento, y los gritos que oía lo
ayudaban a mantenerse despierto. De vez en cuando lo alcanzaba alguna
salpicadura de sangre, precedida por un golpe certero cerca de él, como cuando
el relámpago sigue al trueno. ¿Amigo o enemigo? Ya importaba poco: estaba
demasiado cansado y solo deseaba que aquella lucha terminara pronto.
Reunió fuerzas, se volvió
resistiendo las punzadas, se dejó resbalar hacia abajo y, ayudándose con una
silla, llegó al suelo. Apoyó la espalda contra la pared y permaneció oculto
detrás de la mesa que acababa de abandonar.
Se relajó un instante, pero un
cuerpo se desplomó sobre él. Sintió que su espalda estallaba como una vidriera
que se hace añicos al recibir el impacto de una piedra. No supo durante cuánto
tiempo resonó su grito en la habitación. Una mujer, con la cara cubierta de
sangre, había caído sobre él. Sintió el lento movimiento de un brazo que
ascendía, buscando apoyarse en su cuerpo o quizá abrazarlo.
Estás bromeando, ¿verdad? Las
palabras salieron lentamente de su boca mientras la mano de ella ya había
alcanzado su hombro. ¿De verdad quieres abrazarme? Quítate de encima.
Ahora tenía la nariz más despejada
y respiraba un poco mejor. Miró a la mujer a la cara: no la recordaba, de modo
que sin duda pertenecía al bando enemigo. La apartó y la hizo rodar por el
suelo. Oyó el golpe de su cabeza contra el piso.
¡Maldita!
El caos al otro lado de la mesa no
parecía dispuesto a terminar. La batalla continuaba; se gritaban nuevas
amenazas y se asestaban nuevos golpes. Desde abajo veía cuerpos que caían y
volvían a levantarse. Salpicaduras de sangre de los cuerpos y salpicaduras de
saliva de las palabras. Todos estaban ciegos. La rabia los guiaba, llegaba
desde todas partes y saturaba el aire; era palpable. Él la percibía en su
respiración, todavía un poco dificultosa. Aquello terminaría pronto, estaba
convencido, y dentro de él, además del dolor, algo estaba cambiando. Algo que
no quería aceptar, pero que se imponía cada vez más. Es normal cuando comienza
a ponerse en duda la presunción de que somos inmortales, cuando comprendemos
que estamos viviendo algo inesperado.
Tenía miedo. Le bastaron unas pocas
reflexiones para comprenderlo. Tenía miedo y se sentía perdido: se sentía el
hombre que en realidad era. No tenía sentido escapar de aquellas sensaciones.
Miedo al dolor, al ruido, a los gritos, a la sangre; a ser juzgado por lo que
había hecho. Miedo a admitir que se había equivocado.
Las guerras son hermosas en las
películas, indiferentes en los noticieros e inexistentes cuando las víctimas
piden ayuda. Solo son reales cuando están lejos de nosotros y, si insisten
demasiado, basta con cambiar de canal. Clic: terminadas.
El miedo es lo que debería
permitirnos sobrevivir, pensó mientras terminaba de quitarse a la mujer de
encima; debería protegernos cuando perdemos la razón y nos dejamos guiar por la
rabia. Sí, pero ya era demasiado tarde: había una guerra en curso.
Lo distrajeron dos hombres que
luchaban junto a la mesa, golpeándola y empujándola inexorablemente hacia él.
El borde estaba alineado con su frente: se agachó un poco y se desplazó hacia
un lado, justo a tiempo para ver desde abajo cómo uno de los dos hombres caía
derrotado. El otro se abalanzó sobre él, le inmovilizó los brazos con las
rodillas y comenzó a golpearlo repetidamente con sus manos veloces.
La risa del vencedor tenía algo de
gótico, como si procediera de una película de terror.
¡Deténganse, por favor! Esto no
debía terminar así, nos equivocamos. Por favor, no puedo soportarlo más.
Habría querido gritar esas
palabras, pero no consiguió pronunciarlas. De todos modos, habrían rebotado
contra el muro levantado por aquella rabia que ya se había apoderado de todo y
de todos.
Desistió y esperó a que cesaran los
gritos y los ruidos. Contempló su traje. Era hermoso, su mejor uniforme, como
siempre se decía frente al espejo. Se perdió en los recuerdos, en la época en
que su padre le explicaba que la ropa no servía únicamente para evitar que
fuéramos desnudos o para protegernos del frío: también debía ser una manera de
demostrar respeto por los demás, una imagen que se transmitía para conseguir
que los otros nos consideraran personas decentes incluso sin conocernos.
—Pero ahora ese concepto se ha
llevado al extremo, se ha convertido en un símbolo, en una obsesión, como
tantas otras cosas que hacen de nuestra vida una mezcolanza de reglas impuestas
e inventadas por nosotros mismos.
Esta vez las palabras, casi
susurradas, salieron de su boca acompañadas por algunas gotas de sangre.
Recordó una frase de un libro que
se le había quedado grabada, una frase que explicaba bien lo que estaba
sucediendo, aquello a lo que conducía la convicción de los seres humanos de ser
invencibles. Lo que provoca las guerras: ¿Qué hemos permitido que nos hicieran?
Lloró.
Las lágrimas descendieron en
abundancia y se mezclaron con la sangre que aún le salía de la nariz y la boca.
El miedo y los recuerdos lo habían derrotado. Probablemente ahora los hubieran
derrotado a todos.
Pensó que los lemas destinados a
promover las buenas intenciones, tan de moda en aquellos tiempos, no eran más
que consignas falsas: todos se declaraban partidarios de la paz mundial, pero
¿quién había definido alguna vez los límites de esas proclamas? ¿Quién había
trazado realmente las fronteras de la paz? Recordó la época en que todos decían
que saldríamos mejores, más fuertes y unidos, pero la verdad, que ahora ya no
podía seguir negando, era que cada cual traza sus fronteras para contenerse
únicamente a sí mismo, y que todo lo que queda fuera debe arreglárselas por su
cuenta. Solo salimos de esas fronteras cuando queremos reafirmar nuestra rabia.
Y nuestra presunta invencibilidad.
¿Por qué sucedió todo esto? Desde
debajo de la mesa seguían llegando algunos movimientos, algún golpe sordo y
algunas injurias intercambiadas de un lado a otro, pero los tonos se
debilitaban poco a poco, como si todo aquel ruido hubiera sido grabado en un
disco de vinilo y la música se desvaneciera al aproximarse el final. Un disco
horrible.
Un último cuerpo cayó al suelo y
después todo se detuvo. De pronto, el silencio invadió la habitación. Detrás de
la mesa más grande aparecieron dos manos, seguidas poco después por un rostro
menudo, con dos pequeños cristales redondos apoyados sobre la nariz. El
hombrecillo se incorporó lentamente, temblando, y se sentó en la silla desde la
que poco antes había intentado dirigir la reunión. Estaba limpio; se había
salvado de la violencia desatada por una discusión acerca de algo que ya ni
siquiera recordaba.
El administrador del edificio había
vuelto a ocupar su lugar.
—S... señores, creo que sería
conveniente recuperar el control. Estas cosas no están bien.
Algunos hombres estaban sentados y
otros ya comenzaban a levantarse. Solo las mujeres seguían tendidas en el
suelo, y era lógico: en aquellos casos se imponía la fuerza bruta y ellas
partían en desventaja. Combativas, pero en desventaja.
Lentamente, todo regresó a la
normalidad. El hombre intentó levantarse de detrás de la mesa que lo había
protegido durante un rato. Su espalda había dejado de protestar y la sangre
pasó definitivamente de su rostro al pañuelo. Miró el suelo: para limpiar todo
aquel rojo haría falta una intervención mucho más amplia que la de un pañuelo.
No consiguió levantarse; incluso intentarlo resultaba demasiado doloroso.
En silencio, todos se ocuparon de
volver a colocar las mesas y las sillas en su sitio y de arrinconar lo que
había quedado inutilizable después de la batalla.
—Creo... creo que será mejor
aplazar la asamblea hasta nuevo aviso. Pronto les enviaré la comunicación.
El hombrecillo todavía temblaba al hablar
y, apenas terminó, recogió los documentos y encontró la energía necesaria para
salir corriendo.
El cesto del rincón de la
habitación se había llenado de pañuelos rojos.
Uno tras otro, los demás también se
dirigieron hacia la salida. La estrecha escalera que conducía a la planta baja
los obligaba a avanzar muy juntos. Nadie habló.
El hombre sentado detrás de la mesa
sonrió con amargura. Todo había terminado, pero el dolor de cabeza se había
vuelto insoportable y él estaba cansado, muy cansado.
Cerró los ojos. Aunque ahora tenía
la nariz despejada, respirar o no respirar había dejado de ser un problema.
Nadie lo advirtió.
Fiorenzo Dioni nació en Brescia en
1963. Diseñador de profesión y escritor por vocación, siempre ha escrito, pero
comenzó a publicar hace pocos años. Le encanta escribir historias inspiradas en
situaciones cotidianas, a las que luego les da un toque surrealista e
imaginativo. Ha publicado tres libros: «Puertas», compuesto por tres relatos
cortos; «Reflexiones», un proyecto colaborativo con un fotógrafo en el que
imágenes y palabras se encontraron y compararon; y «El hombre en la caja»,
publicado por Calibano Editore, compuesto por 19 relatos surrealistas. Uno de
ellos fue adaptado al cómic «Mi padre, el tango» (Calibano, 2023). Ha
participado en varias antologías de relatos temáticos, entre ellas «Yo también.
Historias de mujeres al límite», «Nos sentamos al lado equivocado», «Nada por
lo que matar» (Prospero Editore) y «Los cuentos de la leona» (Calibano
Editore). Otros relatos suyos se han publicado en la revista Inkroci, donde
también colabora con reseñas de libros y discos en las columnas "¡Atención
al libro!" y "¡Formidabili, quelle dischi!". Anteriormente, escribió reseñas para las revistas
NB y Dentro Brescia.

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