João Ventura
La primera vez que Jason sintió el brazo de la ley fue en su primer empleo.
Recién salido del secundario, consiguió trabajo en el Centro de Investigación
de la Inteligencia Animal, donde se estudiaba el incremento de la inteligencia
en perros y monos. Lo contrataron como cuidador de los animales utilizados en
los experimentos: alimentarlos, limpiar los habitáculos, llevarlos al
laboratorio para las pruebas y devolverlos a sus jaulas.
Empezó a falsificar las fichas de identificación de los
animales, introduciendo en ellas resultados ficticios de pruebas de un Cociente
de Inteligencia Animal inventado. Después vendía esas fichas en la Deep Web,
donde comerciantes inescrupulosos las usaban para inflar el valor de los
animales que vendían a clientes crédulos.
Al cabo de unos meses el asunto se vino abajo, porque un
hombre que había comprado un perro creyendo en las características de
inteligencia superior que figuraban en la ficha no las comprobó en el
comportamiento del animal. Fue a quejarse al Centro de Investigación –el
supuesto emisor de la ficha–, que hizo la denuncia ante la policía, y la
investigación posterior llevó a las autoridades hasta Jason.
El juez fue generoso y, teniendo en cuenta que no tenía
antecedentes penales, lo condenó a tres años de prisión en suspenso y a unos
meses de trabajo comunitario. Trabajo que nunca llegó a cumplir, porque dos
días después del juicio desapareció del lugar donde vivía.
Al final del juicio, el director del Centro de
Investigación se acercó a Jason, que estaba siendo conducido fuera de la sala
del tribunal, y le dijo:
—Tuviste suerte, Jason. Si los animales pudieran
declarar, no te salvabas de la cárcel.
Fue recién unas semanas después cuando una comprobación
del inventario detectó que faltaban varias ampollas del nuevo suero que el
Centro había desarrollado y que se utilizaba en los experimentos con los
animales.
Durante varios años, Jason fue viviendo siempre por
debajo del radar de la vigilancia policial, aunque dedicándose a actividades
que merecían justamente esa vigilancia. Vendedor de inmuebles inexistentes –algunos
vendidos a más de un comprador–, agente de seguros para una compañía ficticia,
consultor informático que desaparecía después de extraer información
confidencial de la computadora del cliente... Y así fue viviendo de artimañas
hasta que su trayectoria, siempre con la justicia pisándole los talones, lo
llevó a la Isla: un destino turístico conocido tanto por sus playas de arena
fina como por su omnipresente población de monos.
Alquiló un pequeño departamento y durante unos días
recorrió la Isla, tratando de identificar alguna actividad rentable.
Comprobó que los monos, en grupos, aparecían con
frecuencia en las zonas donde se concentraban los turistas, robándoles a los
menos precavidos tanto comida como objetos que les llamaran la atención. Al
recordar su paso por el Centro de Investigación de la Inteligencia Animal, en
su cabeza fue tomando forma, lentamente, un plan de acción.
Empezó colocando sobre la mesa que tenía en el balcón del
departamento una banana, fruta importada –las plantas de banana no se daban
bien con el clima de la Isla– y muy apreciada por los monos.
Al poco tiempo, un mono trepó hasta el balcón, agarró la
banana y escapó. Al día siguiente Jason dejó otra, y volvió a pasar lo mismo.
Se dio cuenta de que era el mismo animal: tenía una mancha característica en el
lado derecho de la cara. Mantuvo la rutina durante una semana, después de lo
cual preparó una trampa, una red que inmovilizó al mono, impidiéndole moverse.
Le inyectó un tranquilizante y lo llevó adentro, donde ya había preparado una
jaula para recibirlo.
Entonces comenzó el laborioso proceso de incremento de la
inteligencia. Pruebas que consistían en seleccionar objetos en la pantalla de
la computadora e inyecciones con el suero que había robado del laboratorio del
Instituto, usando siempre bananas como incentivo para la conducta.
El tratamiento empezó a dar resultados. En pocas semanas,
Morgan –le puso ese nombre en recuerdo del capitán Morgan, uno de los héroes de
los libros de su infancia– aprendió a seguir órdenes simples y a comunicarse
mediante un lenguaje de señas, básico pero eficaz.
Cuando terminó la primera fase del proceso, Jason liberó
a Morgan. El mono rápidamente se convirtió en el líder de una de las bandas que
vivían en la ciudad, pero regresaba regularmente al departamento de Jason,
donde recibía como recompensa su habitual ración de bananas.
Hasta que una mañana la tranquilidad de la vida en la
Isla se vio interrumpida por un hecho insólito. Había llegado un crucero y los
turistas habían subido a los autobuses para recorrer la Isla. Al pasar por una
zona menos céntrica de la ciudad –very typical, exclamaban los turistas–,
el autobús fue invadido por una banda de monos que entraron por las ventanillas
abiertas y, mostrando los dientes de manera amenazante, obligaron a los
pasajeros a entregar todos los objetos de valor –billeteras, relojes,
documentos, joyas, celulares, cámaras de fotos–, después de lo cual escaparon.
El diario local publicó una noticia resumida, incluyendo
la palabra «presuntamente», porque temía que se burlaran de él por informar
sobre un asalto cometido por una banda organizada de monos.
Una hora después del robo, Morgan trepó al balcón del
departamento de Jason con una bolsa que contenía el producto de la operación.
Jason vació la bolsa sobre la mesita del balcón y separó los objetos: las joyas
en un montón, los celulares y las cámaras en otro, los relojes en un tercero.
Abría rápidamente las billeteras, sacaba el dinero y se lo guardaba en el
bolsillo, y colocaba los documentos y pasaportes en otra pila. Los documentos
alcanzaban precios elevados en la dark net, y para todo lo demás ya
había conseguido receptadores. Jason le entregó a Morgan dos enormes racimos de
bananas.
A la semana siguiente ocurrió un nuevo asalto de
características similares. Morgan apareció una hora después con los objetos
robados, que Jason recibió, entregándole al mono dos racimos de bananas, como
la primera vez. Pero este, utilizando el lenguaje de señas que había aprendido,
le hizo saber a Jason que pretendía una parte mayor de las ganancias de la
operación. El hombre se enfureció ante la exigencia, amenazó a Morgan y volvió
a entregarle los dos racimos de bananas, que el mono recibió y se fue, visiblemente
contrariado.
Dos días después, Jason fue despertado a las ocho de la
mañana por unos golpes en la puerta. Fue a abrir y eran dos agentes de policía.
La Isla había sido una colonia inglesa, y la policía actuó de una manera muy
británica. Lo confrontaron con un video en un celular donde, sin ninguna duda,
se veía a Jason recibiendo la bolsa de manos de Morgan y separando los objetos
robados.
«Yo no le enseñé a usar un celular, pero esto solo pudo
haber sido filmado por uno de ellos desde el techo del edificio de enfrente.
¡Los muy desgraciados!», pensó Jason, mientras uno de los agentes le leía sus
derechos y el otro le colocaba las esposas en las muñecas.
El turismo era la actividad más lucrativa de la Isla, y
las autoridades tenían mano dura contra todo aquello que pudiera perjudicarlo.
Mientras era conducido hasta el patrullero, en el cerebro de Jason resonaron
unas palabras que había escuchado algunos años atrás:
—Si los animales pudieran declarar, no te salvabas de la cárcel.

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