jueves, 20 de agosto de 2026

INTELIGENCIA ANIMAL

João Ventura

 

La primera vez que Jason sintió el brazo de la ley fue en su primer empleo. Recién salido del secundario, consiguió trabajo en el Centro de Investigación de la Inteligencia Animal, donde se estudiaba el incremento de la inteligencia en perros y monos. Lo contrataron como cuidador de los animales utilizados en los experimentos: alimentarlos, limpiar los habitáculos, llevarlos al laboratorio para las pruebas y devolverlos a sus jaulas.

Empezó a falsificar las fichas de identificación de los animales, introduciendo en ellas resultados ficticios de pruebas de un Cociente de Inteligencia Animal inventado. Después vendía esas fichas en la Deep Web, donde comerciantes inescrupulosos las usaban para inflar el valor de los animales que vendían a clientes crédulos.

Al cabo de unos meses el asunto se vino abajo, porque un hombre que había comprado un perro creyendo en las características de inteligencia superior que figuraban en la ficha no las comprobó en el comportamiento del animal. Fue a quejarse al Centro de Investigación –el supuesto emisor de la ficha–, que hizo la denuncia ante la policía, y la investigación posterior llevó a las autoridades hasta Jason.

El juez fue generoso y, teniendo en cuenta que no tenía antecedentes penales, lo condenó a tres años de prisión en suspenso y a unos meses de trabajo comunitario. Trabajo que nunca llegó a cumplir, porque dos días después del juicio desapareció del lugar donde vivía.

Al final del juicio, el director del Centro de Investigación se acercó a Jason, que estaba siendo conducido fuera de la sala del tribunal, y le dijo:

—Tuviste suerte, Jason. Si los animales pudieran declarar, no te salvabas de la cárcel.

Fue recién unas semanas después cuando una comprobación del inventario detectó que faltaban varias ampollas del nuevo suero que el Centro había desarrollado y que se utilizaba en los experimentos con los animales.

Durante varios años, Jason fue viviendo siempre por debajo del radar de la vigilancia policial, aunque dedicándose a actividades que merecían justamente esa vigilancia. Vendedor de inmuebles inexistentes –algunos vendidos a más de un comprador–, agente de seguros para una compañía ficticia, consultor informático que desaparecía después de extraer información confidencial de la computadora del cliente... Y así fue viviendo de artimañas hasta que su trayectoria, siempre con la justicia pisándole los talones, lo llevó a la Isla: un destino turístico conocido tanto por sus playas de arena fina como por su omnipresente población de monos.

Alquiló un pequeño departamento y durante unos días recorrió la Isla, tratando de identificar alguna actividad rentable.

Comprobó que los monos, en grupos, aparecían con frecuencia en las zonas donde se concentraban los turistas, robándoles a los menos precavidos tanto comida como objetos que les llamaran la atención. Al recordar su paso por el Centro de Investigación de la Inteligencia Animal, en su cabeza fue tomando forma, lentamente, un plan de acción.

Empezó colocando sobre la mesa que tenía en el balcón del departamento una banana, fruta importada –las plantas de banana no se daban bien con el clima de la Isla– y muy apreciada por los monos.

Al poco tiempo, un mono trepó hasta el balcón, agarró la banana y escapó. Al día siguiente Jason dejó otra, y volvió a pasar lo mismo. Se dio cuenta de que era el mismo animal: tenía una mancha característica en el lado derecho de la cara. Mantuvo la rutina durante una semana, después de lo cual preparó una trampa, una red que inmovilizó al mono, impidiéndole moverse. Le inyectó un tranquilizante y lo llevó adentro, donde ya había preparado una jaula para recibirlo.

Entonces comenzó el laborioso proceso de incremento de la inteligencia. Pruebas que consistían en seleccionar objetos en la pantalla de la computadora e inyecciones con el suero que había robado del laboratorio del Instituto, usando siempre bananas como incentivo para la conducta.

El tratamiento empezó a dar resultados. En pocas semanas, Morgan –le puso ese nombre en recuerdo del capitán Morgan, uno de los héroes de los libros de su infancia– aprendió a seguir órdenes simples y a comunicarse mediante un lenguaje de señas, básico pero eficaz.

Cuando terminó la primera fase del proceso, Jason liberó a Morgan. El mono rápidamente se convirtió en el líder de una de las bandas que vivían en la ciudad, pero regresaba regularmente al departamento de Jason, donde recibía como recompensa su habitual ración de bananas.

Hasta que una mañana la tranquilidad de la vida en la Isla se vio interrumpida por un hecho insólito. Había llegado un crucero y los turistas habían subido a los autobuses para recorrer la Isla. Al pasar por una zona menos céntrica de la ciudad –very typical, exclamaban los turistas–, el autobús fue invadido por una banda de monos que entraron por las ventanillas abiertas y, mostrando los dientes de manera amenazante, obligaron a los pasajeros a entregar todos los objetos de valor –billeteras, relojes, documentos, joyas, celulares, cámaras de fotos–, después de lo cual escaparon.

El diario local publicó una noticia resumida, incluyendo la palabra «presuntamente», porque temía que se burlaran de él por informar sobre un asalto cometido por una banda organizada de monos.

Una hora después del robo, Morgan trepó al balcón del departamento de Jason con una bolsa que contenía el producto de la operación. Jason vació la bolsa sobre la mesita del balcón y separó los objetos: las joyas en un montón, los celulares y las cámaras en otro, los relojes en un tercero. Abría rápidamente las billeteras, sacaba el dinero y se lo guardaba en el bolsillo, y colocaba los documentos y pasaportes en otra pila. Los documentos alcanzaban precios elevados en la dark net, y para todo lo demás ya había conseguido receptadores. Jason le entregó a Morgan dos enormes racimos de bananas.

A la semana siguiente ocurrió un nuevo asalto de características similares. Morgan apareció una hora después con los objetos robados, que Jason recibió, entregándole al mono dos racimos de bananas, como la primera vez. Pero este, utilizando el lenguaje de señas que había aprendido, le hizo saber a Jason que pretendía una parte mayor de las ganancias de la operación. El hombre se enfureció ante la exigencia, amenazó a Morgan y volvió a entregarle los dos racimos de bananas, que el mono recibió y se fue, visiblemente contrariado.

Dos días después, Jason fue despertado a las ocho de la mañana por unos golpes en la puerta. Fue a abrir y eran dos agentes de policía. La Isla había sido una colonia inglesa, y la policía actuó de una manera muy británica. Lo confrontaron con un video en un celular donde, sin ninguna duda, se veía a Jason recibiendo la bolsa de manos de Morgan y separando los objetos robados.

«Yo no le enseñé a usar un celular, pero esto solo pudo haber sido filmado por uno de ellos desde el techo del edificio de enfrente. ¡Los muy desgraciados!», pensó Jason, mientras uno de los agentes le leía sus derechos y el otro le colocaba las esposas en las muñecas.

El turismo era la actividad más lucrativa de la Isla, y las autoridades tenían mano dura contra todo aquello que pudiera perjudicarlo. Mientras era conducido hasta el patrullero, en el cerebro de Jason resonaron unas palabras que había escuchado algunos años atrás:

—Si los animales pudieran declarar, no te salvabas de la cárcel.

João Ventura es portugués, docente universitario, le gusta leer y escribir, es casado y tiene dos hijos. Como le gustan las palabras, creó en la blogosfera un espacio para ellas, que naturalmente se llama “Das palavras o espaço”, donde va colocando textos con cierta irregularidad. Ha publicado dos colecciones de cuentos: Tudo isto existe y el más reciente, O cidadão sem sombra. Vive en Lisboa.

 

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