Antonio Pavone
Mag Tuired, Ériu, 31 de octubre del año del Señor 847
Magnificat anima mea Dominum.
Nuestras voces se elevan al unísono en la hora de vísperas de Todos los
Santos. La mía obedece a la melodía; sin embargo, un contrapunto, ajeno a la
alabanza, serpentea en sordina: como un aliento que rozara el oído sin
revelarse.
Esta es la noche en que el mundo se vuelve tenue. Los umbrales ceden.
Aquello que fue dividido vuelve a rozarse.
Eso me decían cuando aún creía en las voces del hogar.
Ahuyento el recuerdo. Fantasías de la isla. Supersticiones. He tomado
los hábitos. He abandonado el nombre que llevaba antes.
Mi padre me trajo aquí a los doce años. Su mano pesó sobre mi hombro: no
fue una caricia, sino una entrega.
—Servirás mejor a Cristo que a la espada.
No volví a verlo. Así me convertí en un Céli Dé, siervo de Dios. Y eso
debía bastar.
Et exsultavit spiritus meus in Deo
salutari meo.
Canto con los hermanos, pero la mirada traiciona mi devoción. Se desliza
más allá del altar, más allá de las aspilleras de la capilla, por donde la luna
derrama su plata sobre la colina descarnada.
Una piedra se alza por encima de las demás: la Eglone, negra,
inconmovible, clavada en la tierra como si el suelo se la hubiera tragado a
medias. Dicen que es lo que queda de un gigante.
La madre de mi madre hablaba de un umbral. No una puerta: un tiempo que
se abre dentro del tiempo. Allí, sostenía, algo espera.
Una ráfaga atraviesa las vidrieras, se cuela bajo el hábito y me
estremece.
Quia respexit humilitatem ancillae suae.
En la ventana septentrional, una sombra rasante corta el resplandor de
la luna. Una lechuza, me digo.
Sin embargo, el corazón se acelera, como si hubiera reconocido algo que
mi boca no se atreve a pronunciar.
Ecce enim ex hoc beatam me dicent omnes
generationes.
El hermano Ruairí, a mi derecha, sigue la dirección de mi mirada. Veo cómo se le tensa la mandíbula.
Quia fecit mihi magna qui potens est.
Un ladrido desgarra el aire. Luego otro. Voces guturales. El grito de
una mujer: nítido, cercenado. No es el único. Otros lo siguen.
Las vidrieras se tiñen de rojo. Sangre y fulgor de llamas.
Et sanctum nomen eius.
Santo es su nombre. Los labios perseveran en el canto; los ojos
permanecen clavados en las vidrieras incendiadas. Entre sombras y resplandores
se compone una verdad sencilla: ya estamos perdidos.
Et misericordia eius a progenie in progenies.
El portón gime con el primer golpe, vibra con el segundo, cede al
tercero. Tablones arrancados. Herrajes lanzados por el aire. Un gruñido que no
tiene nada de humano.
—¡Kyrie eleison! —grita Oisín. La hoja le responde antes que el cielo.
La sangre florece sobre las piedras consagradas.
Veo a Gwilym levantar la tranca de la salida lateral. Me grita algo,
pero el estrépito se traga su voz. El hacha lo alcanza antes de que pueda huir.
Doy un paso hacia él; agoniza, pero la puerta está abierta. Paso por encima de
su cuerpo.
El patio es un crisol de gritos y chispas. En el centro distingo a la
esposa del herrero: el rostro encendido por los reflejos, el hijo de pecho
apretado contra el seno, la niña aferrada a sus piernas, la boca abierta en un
grito que no encuentra sonido.
La arrastro detrás de un carro. Llora, se debate, me empuja. Se libera.
Se arroja al humo, abrazando a sus dos hijos.
Un bárbaro me ve. Me señala.
Huyo. No vuelvo la vista.
Salto el muro bajo. Caigo. El hábito se rasga; la piedra me abre la
carne. El tobillo cede. Un dolor sordo. Cojeo al descubierto. No hay dónde
refugiarse.
De las piedras de la colina se eleva un silbido –o quizá sea la sangre
en mis oídos–, un sonido continuo, sin tregua.
Me desplomo detrás de la Eglone. La respiración me desgarra la garganta,
pero no es la mía.
Lo veo en la sombra. La maza ya está en alto, dispuesta a separar el
alma de su frágil morada.
Los dedos se mueven sin que el alma los guíe. Encuentran un pedernal. Lo
arrojo. Le doy en un ojo. El hombre gruñe, retrocede, ladra como un perro
herido. Se le cae el arma. La recojo. Golpeo. Una vez. Dos. Otra más.
He matado.
No hay lugar para el arrepentimiento. Un impacto me atraviesa el pecho.
La lanza entra. El aliento me abandona, traidor. El mundo se inclina hacia
atrás. Caigo. Me arrastro hasta la Eglone. Un lamento se deshace en el aire; no
sé si es mío o de la tierra. La noche se desprende en láminas, como un
pergamino quemado. Los contornos se deshacen. La tierra pierde consistencia.
Solo queda la niebla.
Y por la niebla avanza una figura alta, envuelta en cuero y hierro,
incrustada de barro y sangre. Es un guerrero. Se acerca. Me mira como uno se
mira a sí mismo. Hay algo extraño en su rostro. No me es ajeno. Es el mío.
Mag Tuired, Ériu, Edad Mítica
Mis muslos ciñen los flancos del caballo mientras lo persigo entre los
árboles. Quien huye delante de mí ya está muerto.
El cielo está oscuro, bajo. La luz no logra filtrarse.
Debajo de mí vibra el lomo, con espuma en las comisuras de la boca.
Cuando hundo los dedos en el pelaje, este cede bajo mi mano: no es pelo ni
carne, sino algo que se deshace. El paso se quiebra. Las patas se alargan como
raíces que beben de la tierra. La opresión asciende hasta mí y me arrastra
hacia abajo. Me suelto de un tirón. Los pies se hunden en el suelo blando. El
cuerpo bajo el mío se abre. Derrama gusanos blancos que bullen buscando calor. El
hedor se me mete en la garganta. Ya no cabalgo sobre nada vivo. El sendero se
ha cerrado a mis espaldas. No hay regreso. Llegan sin anunciarse: manos
ganchudas, bocas negras, un graznido arrancado al aire que nunca llega a
convertirse en palabra. Una salta hacia mi rostro. Gruño y muerdo la garganta
de la primera. Siento que el hueso cede, la sangre que me llena la boca. Las
demás retroceden. Se deshacen en el aire como ceniza dispersada por un viento
que no llega.
Vuelvo a moverme. El mundo ya no responde a mis pasos. Por momentos
corre bajo mis pies; por momentos permanece inmóvil mientras avanzo. El terreno
cambia, se retrae, vuelve a formarse.
Frente a mí hay una maraña de zarzas. La atravieso. Las ramas se cierran
a mis espaldas, espinas contra espinas. Del suelo sube un humo que se enrosca
en mis tobillos y me retiene. Entonces lo veo. La cabeza rapada. Un aro de
cabello alrededor. Las manos desprovistas de hierro: dos tablillas que cruza
delante del pecho. Un maleficio.
No espero a que se cumpla. Bajo la cabeza y embisto. La hoja pasa de
largo. El cuerpo se duplica, y vuelve a duplicarse. Me cercan. Golpeo la
multitud. Solo queda uno. Entre mis costillas se abre una brecha. No es dolor.
Es peor. El rapado avanza para ocuparla.
—Ochtríallach.
La voz de mi padre. Abro los ojos. Los dedos aferran la empuñadura.
Metal verdadero, metal que no miente. Salgo al aire nocturno. Lo veo de
inmediato.
Indech está inmóvil contra el cielo estrellado. Su corpulenta silueta
interrumpe el horizonte. No busca mi mirada. Contempla la llanura como un lobo
contempla al rebaño antes de actuar: sin prisa, sin espera; solo cálculo. Me
planto a su lado.
—Padre. ¿Me llamaste?
No se vuelve. Apenas mueve la mandíbula.
—Reúnelos.
Espero un instante de más. No sé qué espero; una mirada, quizá. Algo que
diga: te veo. No llega. Nunca ha llegado.
Asiento, un leve movimiento del mentón, y echo a correr. Los talones
golpean el suelo duro. Es entonces cuando el sueño vuelve a morder, como un
perro negro que creías encadenado. El rapado. Esa calma. Ese vacío que se abría
bajo las costillas.
¿Una advertencia? ¿O un veneno que me ha metido en la mente el hechicero
Casmáel, que conoce las puertas del sueño mejor que nadie? Me muerdo la lengua.
El sabor a cobre ahuyenta la sombra. Basta.
Samhain se acerca. Pronto los cuervos tendrán alimento. Pronto la tierra
beberá la sangre de los Danann.
Me golpea el aliento pesado de los cuerpos amontonados, el hedor del
sudor y la sidra fermentada. Algunos ya tienen los ojos abiertos, como si me
estuvieran esperando.
—De pie.
No es una orden: es el llamado de un hermano de armas.
En la oscuridad se encienden las miradas: brasas avivadas bajo la
ceniza. Las manos van hacia las hachas, las largas hojas envueltas en tela, las
armaduras de cuero hervido que crujen al levantarlas y ajustarlas. Cordones
tensados. Metal que roza metal. La respiración se acorta, se prepara.
Cuando regreso, Indech ya está montado. Su cabalgadura respira como una
fragua, exhala vapor por los ollares.
Monto mi corcel. El hierro del freno le toma la boca. Los muslos ciñen
los flancos. Me coloco a la izquierda de mi padre, medio paso detrás: es el
lugar que me corresponde, ganado con el hierro y conservado con el hierro.
Tampoco ahora se vuelve.
A nuestras espaldas, un rumor: un fluir de sombras que se compacta. Un
piafar contenido, el tintineo de las bridas amortiguado por el cuero. Caballos
adiestrados para el silencio, bestias que han aprendido a moverse al paso de
los muertos. Nos ponemos en marcha: una serpiente de muchas cabezas que
atraviesa las rocas. ¿Adónde vamos? ¿Qué ofensa reclama nuestro hierro antes de
que el alba arranque las estrellas?
La pregunta me quema en la garganta. Me la trago.
Más allá de la colina, el viento cambia. Sal, algas, roca mojada: el
olor del mar antes incluso de que aparezca. El terreno desciende bajo los
cascos, se vuelve escarpado.
Al borde del precipicio, el acantilado brama. Las olas se abalanzan
contra la roca negra. Siempre el mismo asalto, la misma furia ciega: un toro
que embiste una puerta que no cede.
Nosotros no. Nosotros no embestimos en vano: entramos para abrir,
abrimos para tomar.
Mi padre detiene el caballo con un tirón seco. Un relincho ahogado.
Desmonta. No me mira; no hace falta. Conoce el peso de mis pasos detrás de los
suyos, el ritmo de mi respiración cuando estoy cerca. Mi cuerpo ha aprendido el
suyo, como una hoja conoce la empuñadura que la guía.
Golpeo el hierro contra el pedernal. Una chispa, luego otra. La antorcha
cobra vida con un siseo. Ante nosotros, la roca se abre en una grieta.
Entramos.
Dentro está oscuro. La luz apenas lame las tinieblas. Descendemos. Las
botas resbalan sobre piedras pulidas y viscosas. El corredor se extiende ante
nosotros, largo y estrecho como una garganta. Más adelante se ensancha. El aire
cambia. Apesta a carne abandonada demasiado tiempo a la putrefacción.
Allí abajo, en la oscuridad, algo se mueve. Una masa transparente,
blanda, ondula y palpita. Unos tentáculos brotan de la sombra, tantean el aire
como serpientes ciegas. Uno roza la llama y se retrae. Luego emerge un rostro –o
lo que queda de la idea de un rostro– y enseguida vuelve a perderse en la masa.
La voz llega. Fina. Afilada.
—Rey de corazón de hierro... ¿por qué pisas mi umbral?
Mi padre no retrocede. El resplandor de la antorcha le talla la mejilla.
Por un instante veo en su perfil la misma tempestad que ruge afuera: sal,
viento, cólera antigua.
—Bruja del mar. Quién quebrará el escudo de Ériu. Quién será destrozado
contra él.
Silencio.
Ella borbotea. No es una respuesta, sino una regurgitación, el raspado
de una garganta llena de agua. Los tentáculos se alargan. Uno se enrolla
alrededor del cuello de mi padre. Otro le roza la boca. Él no se mueve.
—Tráeme el corazón de una media luna.
El alba gris nos encuentra en la arena. El mar está liso, color plomo.
En la niebla emergen las belugas, blancas como espuma de luna. Se mueven bajo
el velo lechoso. Sus voces agudas corren sobre el agua. Una se aparta del
grupo. Se acerca a las aguas poco profundas, con el lomo reluciente como una
perla mojada. La lanza vuela. Da en el blanco. El grito que brota ya no es un
canto: es un llanto, tenue como el de un niño.
La criatura se agita, retuerce el cuerpo redondeado, intenta regresar a
aguas profundas. No lo consigue. La sujetamos y la arrastramos hasta la arena.
La sangre se extiende despacio: rosa, luego roja, luego oscura.
Cuando las hojas le abren el pecho, mi padre hunde las manos en la
cavidad y arranca el corazón. Lo veo palpitar todavía por un instante.
Volvemos a entrar en la gruta. El corazón yace en su palma.
—Ahora, bruja. ¿Qué linaje prevalecerá?
Un tentáculo se dispara y se lo arrebata de la mano. La masa se cierra
sobre él, lo incorpora. Se lo ve, oscuro, inmóvil dentro de la carne
transparente. Luego desaparece.
Los miembros palpitan. Ella arroja polvo de huesos sobre las brasas. Se
eleva un humo acre. Lo inhala, lo bebe.
Cuando la voz vuelve a surgir, ya no es una sola, sino un entramado de
muchas voces.
—Con la sangre derramada en la tierra se lavará la afrenta. El hierro
hambriento arrebatará la victoria a los dorados.
Se me contraen las entrañas. Afrenta. Ogma. Hermano de leche, el mismo
pan, el mismo fuego. Ahora porta el escudo de los Danann. Lo sé y, sin embargo,
algo en mí no logra cerrar esa puerta del todo. Es como sostener un cuchillo
por la hoja, sabiendo que corta.
Miro a mi padre. En él, la palabra hijo ya está sepultada. Solo importa
lo que viene después.
Entonces la roca vibra bajo nuestros pies. El estruendo asciende desde
las profundidades, desde los huesos de la tierra. La voz cambia: ya no es
oráculo, sino advertencia.
—Le has arrancado el corazón a una hija del mar. El mar te pasa la
cuenta. Cuídate de las manos que forjan fuego blanco, Rey de Hierro. Tu tiempo
ya declina.
—Habla claro —gruñe mi padre.
—Te he dado lo que quieres. Nunca prometí que lo entenderías.
Sé lo que ocurrirá. Lo leo en el gesto de su mano. No tolerará un
misterio. La espada canta una sola vez. La cabeza de la bruja cae, rebota
contra la roca y se hunde en el fango. Un borboteo. Luego silencio. Después
vuelves a oírla.
—Lucharás por lo que viene. Pero no lo verás.
El cielo se cierne bajo, hinchado como una vejiga a punto de reventar. Los
cuernos llaman a la batalla. Respondo. No pienso. Solo golpes, contracciones,
impactos secos que ascienden de las manos a los hombros y retumban en el
cráneo. La lanza entra y sale rápidamente de los cuerpos; ya la hundo en el
costado de otro. Su aliento me golpea, caliente, cargado de sangre.
Ya no es un enfrentamiento ordenado: es una refriega, empuje ciego,
girar y golpear donde se abre un espacio.
Cae una lluvia fina, persistente.
Un vientre se abre: las tripas se deslizan hacia afuera. Un cráneo se
parte: blanco y rojo. Un caballo pasa relinchando; el muerto queda enganchado a
la silla.
Mi padre. Lo veo por momentos, como un acantilado en medio de la
tormenta. No combate como un dios: combate como quien recuerda a los demás qué
significa morir.
Un golpe me alcanza en el hombro. El dolor llega después. Giro. El
tendón tira, pero el brazo resiste. Le destrozo el rostro al hombre que tengo
delante con el borde del escudo. Los dientes saltan al barro.
Entonces lo oigo. No lo veo de inmediato: lo oigo. Los Danann gritan un
nombre. Los Fomori gruñen en respuesta. Ogma. La cabeza gira por sí sola. Ogma
golpea y retrocede, golpea y gira. Es feroz, pero mide cada gesto. Combate
sabiendo que lo observan; que lo observo yo, su hermano. Él, el traidor. La
decisión pesa sobre sus hombros, pero no le frena el brazo.
La hoja que sostenía en alto queda suspendida.
El Danann que tengo delante aprovecha la vacilación. Me golpea en el
hombro. El brazo recuerda lo que debe hacer: abatirlo. No lo miro mientras cae.
No puedo dejar de mirar a Ogma.
La sangre me martillea en las sienes. Golpeo más rápido, con más fuerza.
No sé a quién. Los cuerpos llegan y se deshacen. Permanezco allí, con los pies
firmes y los ojos regresando siempre al mismo punto: Ogma.
Veo a Indech dirigirse hacia él.
Los Fomori se apartan antes de que alguien diga nada: un paso atrás,
luego otro. Mi cuerpo también lo hace, sin que yo lo decida. El espacio
alrededor de ambos se ensancha.
Ogma no retrocede. No avanza. Espera, como se espera una ola que sabes
que te quebrará.
Indech se detiene a pocos pasos. Veo la espalda de mi padre, esa espalda
que aprendí a interpretar antes incluso de aprender a hablar. Ahora no sé qué
dice.
Las armas se alzan.
El primer impacto es un trueno: escudos que chocan, hojas que chirrían.
Ogma es rápido, más de lo que recordaba. Golpea arriba, luego abajo. Obliga a
Indech a girar. Mi padre responde con fuerza desnuda: golpes que bastarían para
partir a un hombre. Ogma los desvía, se escurre, retrocede medio paso.
El barro salpica. Las espadas se traban, vibran. Por un instante están
tan cerca que podrían tocarse la frente; luego se separan. Alguien me golpea de
costado. Lo derribo sin volverme. Ogma arremete. La hoja corta la carne de
Indech. Contengo el aliento.
Una parte de mí quiere que Ogma caiga. La otra conoce el sonido de sus
pasos en la oscuridad, su risa cuando la sidra era buena, el peso de su hombro
contra el mío cuando éramos muchachos y el frío mordía. No logro conciliar
ambas cosas. Elijo no intentarlo. Golpeo a quien tengo delante.
Combaten durante mucho tiempo. Ambos sangran. Cada herida vuelve más
lento el paso, cada golpe pesa más. Pero ninguno cede.
Mi brazo comienza a resentirse. No me detengo. Ocurre.
Ogma fuerza el ataque. Busca una abertura. Indech lo espera. Responde.
Su hoja entra bajo la costilla. Carne. Vida.
Vuelvo a quedarme inmóvil, sin quererlo, sin saberlo. Los pies se
afirman en el barro.
Ogma deja escapar un resoplido breve, visible bajo la lluvia. Se
tambalea. Un paso, otro. La sangre le corre por la boca.
Se arrodilla en el barro sin soltar el arma. La clava delante de sí,
como si bastara para mantenerlo erguido. Indech se acerca. Él levanta la
mirada. Mi padre le apoya la mano en el pecho. Inclina la cabeza. Indech lo
empuja hacia atrás.
Cae.
Una furia ciega. Golpeo con más fuerza, más rápido. Los Danann vacilan,
ceden. Los Fomori hacen una matanza. El campo es nuestro. Es entonces cuando
todos los cuervos levantan vuelo. Todos menos uno. Blanco. Revolotea entre los
cuerpos, no llevado por el viento: es niebla que recuerda haber sido agua.
La sombra cae sobre Ogma.
Mi padre da un paso atrás. Nunca lo había visto retroceder ante nada que
tuviera dientes o empuñara una hoja. Doy un paso adelante. No sé hacia qué.
Donde el cuervo roza el suelo, el barro estalla en llamas blancas. Se
elevan rectas, desnudas, como abedules deshojados. Se cierran en círculo.
Cuando las llamaradas descienden, en el centro lo blanco se ha
convertido en mujer. Sé quién es. Mórrígan. De pie, inmóvil. No lleva armas.
Desnuda de hierro, pero eso es lo primero que uno nota, no lo último.
Sus ojos se posan en mi padre.
Veo cómo se le tensa la mandíbula. Los hombros se alzan y luego quedan
inmóviles. El cuerpo prepara una respuesta que no llega. La misma que nunca me
llega a mí.
Ella abre los labios.
Lo que sale no entra por los oídos. Entra por el vientre. Es una llamada
desde un lecho oscuro: promete placer y olvido con la misma voz. Se infiltra en
la sangre. Entumece. Contra una hoja se alza un escudo. Contra ella no hay
dónde poner las manos. Mi padre da un paso hacia ella. Luego otro. Doy un paso
hacia él. Los pies se hunden en el barro como raíces: no ceden, no avanzan. El
cuerpo se opone a sí mismo. Ella no lo conquista. Lo reclama. Como se reclama
aquello que siempre ha sido tuyo. Él atraviesa el círculo. El fuego se inclina
para dejarlo pasar. Ella no lo toca. Solo lo mira, y él se vacía. No cae, no
grita: permanece de pie y se derrumba por dentro, como una piel sin huesos. Una
contracción breve.
Después, nada.
—Padre.
La palabra se pierde en el vacío. Él no me oye. Ni siquiera yo la oigo.
Mis piernas no responden. Me quedo allí, inmóvil, clavado, mirando lo
que queda de mi padre dentro del círculo. Se afloja mi mano sobre la espada. El
borde del escudo se inclina.
Un impacto. Seco. La lanza me entra bajo la axila, donde la cota está
desgarrada. No es dolor, no de inmediato. Es una fuerza que me arranca de allí.
Caigo entre sangre, vísceras abiertas y orina. El dolor llega después: rojo,
devorador. El cielo sobre mí pierde color. Entonces lo veo.
El rapado. Las dos tablillas cruzadas entre los dedos. La misma calma
del sueño. Me mira. Lo miro. Hay algo extraño en su rostro. No me es ajeno.
Es el mío.
Cuando
llegaron al asentamiento, la lluvia ya había borrado casi todo lo que podía
borrarse. Conocían a aquellos Céli Dé: el verano anterior habían sido recibidos
allí con noticias de Glendalough. Ahora solo quedaban escombros y cadáveres.
Entraron en la capilla, o en lo que quedaba de ella. Entre las vigas
ennegrecidas yacían los monjes. Contaron seis. Habían sido siete. Faltaba el
más joven.
El hermano Aidan.
En el patio yacían los aldeanos, dispersos en el barro, descompuestos.
Los cuervos no levantaron vuelo cuando llegaron los hombres; se limitaron a
retroceder unos pasos, como si los hubieran molestado en el ejercicio de un
derecho legítimo.
Junto a un muro bajo, el hermano mayor distinguió un jirón de tela
marrón. Lo recogió sin decir palabra, apretándolo entre los dedos. Levantó la
mirada hacia la colina de la Eglone. Se dirigió allí. Yacía el cuerpo de un
bárbaro, ya vaciado por los cuervos y los lobos.
Solo entonces lo vio: un hábito reducido a jirones, agitado por el
viento entre las piedras, al pie de la lanza clavada junto al menhir.
Antonio Pavone (1957),
exinvestigador sénior del ISTAT (Instituto Nacional de Estadística). Ha
publicado You Are My King (2023), Lilith (Delos Digital, 2025), Shinoda's Fox
(Nasf21, 2025) y el relato corto «Noli Tangere. Noli Aspicere» en la antología
Lovecraft's Darkness (EseScifi, 2025). Próximamente: Eliza Orne – The Memory of Blood (EseScifi, 2026) y Blind
Spot (Effepidue, 2027).

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