Hernán Bortondello
Aclaro
que no fue casualidad que ese nublado mediodía yo me encontrara tan cerca del
mostrador de recepción del Hotel Roosevelt de Hollywood. Sabía que podía ser la
oportunidad de mi vida y no iba a permitir que otro botones me ganara de mano.
—Murray, sírvase acompañar a Miss Monroe a
sus habitaciones, por favor —dijo el conserje, clavándome su vieja mirada de
vaca altanera.
Nunca una orden de aquel imbécil me había
resultado tan dulce. Estaba tan encantado que lo habría besado.
Incliné la cabeza hacia Miss Monroe algo
exageradamente, extendiendo mis manos para tomar los bolsos de compras que
colgaban de su antebrazo izquierdo. Al alcanzármelos, sus dedos enguantados en
cabritilla blanca tocaron los míos. Sentir ese contacto fue suficiente para que
el rubor saltara a mis mejillas. Me puse furioso conmigo mismo; así, colorado
como un tomate, estoy seguro de que parecería mucho más mocoso de lo que era. Sólo
atiné a no cruzar la mirada con la diosa que ahora me seguía a pocos pasos
mientras cruzábamos el inmenso hall de inspiración morisca. Aún a mis espaldas,
aquella terrible hembra seguía perturbándome. Supongo que era ese maldito
Chanel N° 5 que estaba quemándome la cabeza como un whisky Moonshine. El repiqueteo
de sus zapatos de tacones altos marcaba el ritmo de mi corazón mientras
pasábamos bajo algunos de los múltiples arcos sarracenos que jalonan el lujoso
lugar.
Luego de la breve caminata hacia el
ascensor, que se me hizo eterna, ascendimos hasta el piso 12 y nos dirigimos
por el pasillo alfombrado hasta la suite 1200.
Las manos me temblaron al hacer girar la
llave en la cerradura. Me hice a un lado y le cedí el paso con gesto
caballeresco. Ingresó a la habitación pasando frente a mí. No era alta, pero
con mi metro setenta y cinco yo tampoco lo era. ¿Cómo describirla? Era
hermosura pura. Ninguna zorra que hubiese visto antes –y en el hotel abundan
las de categoría– movía las caderas con tanta naturalidad, como si ignorara el
efecto letal de ese contoneo.
—¿Dónde dejo sus bolsos, señorita? —le pregunté
casi sin aliento al reparar ahora en su generoso escote. Temí que mi
entrepierna me jugara una mala broma. A los diecisiete años hasta una brisa nos
excita. Y yo estaba con Marilyn
—Sobre el diván, muchacho, por favor —dijo
amablemente, pero me reventó que se dirigiera a mí de esa manera. ¿Muchacho?
¡Soy un hombre, mierda!, gruñí para mis adentros mientras apoyaba los bolsos
sobre un sillón blanco. ¡Cómo te regalarías si este “muchacho” tuviera una
fortuna!, y al decirme esto el enojo se transformó en una carcajada mental.
¡Toby, no pienses idioteces! Para la más bella del planeta un bobo semejante no
sería su tipo ni aunque poseyera una gran fortuna.
De repente, interrumpí las patéticas reflexiones.
Ella estaba abriendo su cigarrera de oro. Sinceramente, todavía hoy, no me
explico la rapidez con que apareció el encendedor en mi mano. Tantos años
después no olvido la llama que le ofrecí entonces, iluminando esos rasgos
divinos; el rímel de las pestañas, la precisa vulgaridad del rojo en los labios
y aquel lunar… ¡Diablos! Con los párpados bajos inhaló profundo el cigarrillo,
sin apurarse, y echando atrás la cabeza exhaló más lentamente aún el azulado
humo hacia el techo. Al volver a bajarla, un mechón platinado le cayó sobre la
cara, como en las películas. Se lo apartó con un soplido encantador y quedó
observándome con repentina seriedad.
—¿Viven tus padres, amigo? —me preguntó segundos
después; había una extraña ansiedad en la interrogación.
—Sí, ambos, gracias a Dios. Vivo con
ellos, Miss Monroe —contesté.
—¡Suertudo! Si pudiera te los compraría —y
subrayó aquella enigmática acotación con una sonrisa tan radiante que se
escucharon aleluyas en toda la galaxia. Una sonrisa en la que me sorprendió
descubrir un dejo de tristeza—. Muchas gracias… —agregó para despedirme, al
tiempo que me obsequiaba una generosa propina.
Cuando cerré la puerta, abandonando en su lujosa jaula a esa mezcla irrepetible de femme fatal, niña y anciana, recordé la lujuria que había despertado antes en mí y me sentí un reverendo hijo de puta.

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