martes, 6 de octubre de 2026

SUITE 1200

Hernán Bortondello

 

Aclaro que no fue casualidad que ese nublado mediodía yo me encontrara tan cerca del mostrador de recepción del Hotel Roosevelt de Hollywood. Sabía que podía ser la oportunidad de mi vida y no iba a permitir que otro botones me ganara de mano.

—Murray, sírvase acompañar a Miss Monroe a sus habitaciones, por favor —dijo el conserje, clavándome su vieja mirada de vaca altanera.

Nunca una orden de aquel imbécil me había resultado tan dulce. Estaba tan encantado que lo habría besado.

Incliné la cabeza hacia Miss Monroe algo exageradamente, extendiendo mis manos para tomar los bolsos de compras que colgaban de su antebrazo izquierdo. Al alcanzármelos, sus dedos enguantados en cabritilla blanca tocaron los míos. Sentir ese contacto fue suficiente para que el rubor saltara a mis mejillas. Me puse furioso conmigo mismo; así, colorado como un tomate, estoy seguro de que parecería mucho más mocoso de lo que era. Sólo atiné a no cruzar la mirada con la diosa que ahora me seguía a pocos pasos mientras cruzábamos el inmenso hall de inspiración morisca. Aún a mis espaldas, aquella terrible hembra seguía perturbándome. Supongo que era ese maldito Chanel N° 5 que estaba quemándome la cabeza como un whisky Moonshine. El repiqueteo de sus zapatos de tacones altos marcaba el ritmo de mi corazón mientras pasábamos bajo algunos de los múltiples arcos sarracenos que jalonan el lujoso lugar.

Luego de la breve caminata hacia el ascensor, que se me hizo eterna, ascendimos hasta el piso 12 y nos dirigimos por el pasillo alfombrado hasta la suite 1200.

Las manos me temblaron al hacer girar la llave en la cerradura. Me hice a un lado y le cedí el paso con gesto caballeresco. Ingresó a la habitación pasando frente a mí. No era alta, pero con mi metro setenta y cinco yo tampoco lo era. ¿Cómo describirla? Era hermosura pura. Ninguna zorra que hubiese visto antes –y en el hotel abundan las de categoría– movía las caderas con tanta naturalidad, como si ignorara el efecto letal de ese contoneo.

—¿Dónde dejo sus bolsos, señorita? —le pregunté casi sin aliento al reparar ahora en su generoso escote. Temí que mi entrepierna me jugara una mala broma. A los diecisiete años hasta una brisa nos excita. Y yo estaba con Marilyn

—Sobre el diván, muchacho, por favor —dijo amablemente, pero me reventó que se dirigiera a mí de esa manera. ¿Muchacho? ¡Soy un hombre, mierda!, gruñí para mis adentros mientras apoyaba los bolsos sobre un sillón blanco. ¡Cómo te regalarías si este “muchacho” tuviera una fortuna!, y al decirme esto el enojo se transformó en una carcajada mental. ¡Toby, no pienses idioteces! Para la más bella del planeta un bobo semejante no sería su tipo ni aunque poseyera una gran fortuna.

De repente, interrumpí las patéticas reflexiones. Ella estaba abriendo su cigarrera de oro. Sinceramente, todavía hoy, no me explico la rapidez con que apareció el encendedor en mi mano. Tantos años después no olvido la llama que le ofrecí entonces, iluminando esos rasgos divinos; el rímel de las pestañas, la precisa vulgaridad del rojo en los labios y aquel lunar… ¡Diablos! Con los párpados bajos inhaló profundo el cigarrillo, sin apurarse, y echando atrás la cabeza exhaló más lentamente aún el azulado humo hacia el techo. Al volver a bajarla, un mechón platinado le cayó sobre la cara, como en las películas. Se lo apartó con un soplido encantador y quedó observándome con repentina seriedad.

—¿Viven tus padres, amigo? —me preguntó segundos después; había una extraña ansiedad en la interrogación.

—Sí, ambos, gracias a Dios. Vivo con ellos, Miss Monroe —contesté.

—¡Suertudo! Si pudiera te los compraría —y subrayó aquella enigmática acotación con una sonrisa tan radiante que se escucharon aleluyas en toda la galaxia. Una sonrisa en la que me sorprendió descubrir un dejo de tristeza—. Muchas gracias… —agregó para despedirme, al tiempo que me obsequiaba una generosa propina.

Cuando cerré la puerta, abandonando en su lujosa jaula a esa mezcla irrepetible de femme fatal, niña y anciana, recordé la lujuria que había despertado antes en mí y me sentí un reverendo hijo de puta.

Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.

 

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