martes, 6 de octubre de 2026

COCHIX

Giorgio Sangiorgi

 

Era de noche cuando Cochix llegó y creía que ya no le quedaba ninguna esperanza.

—¡Pero quién diablos me mandó hacer esto! —exclamó Alberto, dirigiéndose a las estrellas.

Sin embargo, ya sabía la respuesta porque, cuando el jefe de los scouts lo había invitado a aquella excursión «para ver si le gustaba la vida al aire libre», había aceptado con entusiasmo.

Que la vida al aire libre no le iba a gustar era, en realidad, algo previsible, dado que lo que más le gustaba era quedarse en casa frente a la PlayStation. Sin embargo, al aceptar aquella propuesta, su propósito era muy distinto: esperaba encontrar amigos por fin. Personas que lo aceptaran tal como era, sin tratarlo como un excremento de mosca. Para un muchacho de doce años, sin novia y sin amigos, aquello era de suma importancia.

Pero el intento había fracasado y los buenos scouts apenas lo habían soportado desde el principio. Tanto era así que, en cuanto el jefe le pidió a él y a otros tres que fueran a buscar leña al bosque, los otros empezaron a caminar a buen paso, con el evidente propósito de dejarlo atrás.

Él los había seguido a duras penas mientras pudo, pero su peso excesivo, debido a la impresionante cantidad de bocadillos que acostumbraba a engullir durante un día normal, pronto lo había dejado fuera de combate. Así que se había quedado solo en la espesura del bosque y enseguida se había perdido.

Ahora que había caído la noche, estaba realmente furioso y asustado. Nunca había dormido siquiera en una tienda de campaña, mucho menos a la intemperie, en la oscuridad de un bosque. Además, le habían dicho que desde hacía algunos años los lobos habían regresado, procedentes de los países del este. Y con ellos los osos, los jabalíes y quién sabía qué más.

Exhausto, se arrodilló y lloró un poco. ¿Lo estarían buscando? ¡Pero qué vergüenza de mierda!... Mejor morir, pensaba confusamente.

Entonces, una luz lejana le dio un atisbo de esperanza.

Cualquier punto de referencia era mejor que nada, y donde había luz eléctrica seguramente no había fieras.

Tuvo que esforzarse bastante para llegar al lugar deseado, porque estaba más arriba, en una especie de pequeña colina que se elevaba entre los árboles. Mientras subía por la ladera, en parte a cuatro patas, su entusiasmo se iba enfriando.

La luz que vislumbraba en la cima no era lo bastante intensa como para indicar la presencia de un asentamiento humano, un lugar de civilización tecnológica. A lo sumo podía ser el campamento de alguien. No era gran cosa, por tanto, pero seguía siendo un lugar donde podría pedir ayuda.

Estaba casi en el borde de la cima cuando advirtió que aquella luz no era fija, sino que pulsaba de manera extraña. También oía un zumbido.

Antes de hacer el último esfuerzo y llegar hasta aquella incógnita, se detuvo y cerró los ojos, con la esperanza de que aún no hubieran avisado a sus padres de su desaparición. No lograba imaginar cómo podrían reaccionar ante aquella noticia.

Por fin se decidió y llegó a la cima de la colina.

Se despertó al oír el trino de unos pájaros. Evidentemente estaba en una cama, pero el agradable contacto con las sábanas frescas y limpias contrastaba con un dolor sordo que sentía por todo el cuerpo. Recordaba poco de la noche anterior.

Abrió los ojos y descubrió que estaba en su casa, en su habitación.

Su madre entró poco después y le dijo que no se preocupara, porque habían avisado a la escuela de que no asistiría durante unos días. Luego, antes de salir de la habitación, se volvió y dijo:

—Lo hiciste muy bien, cariño, al encontrar el camino tú solo. Pero la próxima vez vuelve al campamento de los scouts; venir directamente a casa fue un esfuerzo excesivo. ¿No te parece…?

No esperó respuesta y salió.

En los días siguientes, Alberto se preguntó qué habría sucedido, cómo había logrado volver a casa, pero no consiguió aclararlo. Con el tiempo olvidó el episodio y siguió obteniendo malas notas en la escuela, dejándose maltratar por sus compañeros y desahogando sus frustraciones al engullir cantidades impresionantes de comida.

Hasta el día en que oyó aquella voz.

—¡Eh, no! ¡Ya basta! Una protesta tajante había resonado en su cabeza. —Así no vamos a llegar a ninguna parte.

—Pero… Pero… ¿Quién es? —dijo Alberto, mirando a su alrededor.

—No estoy a la derecha ni a la izquierda, Alberto; estoy dentro de tu cabeza.

—Ya está —gimoteó el muchacho—, ahora también me he vuelto loco.

—Claro que no, tranquilízate —lo apaciguó la voz—. Soy Cochix y estoy dentro de ti.

—¿Cómo…? —preguntó Alberto, tragando saliva y palpándose el cuerpo como si quisiera comprobar si tenía algún bulto extraño en alguna parte.

—No vas a encontrarme así… —dijo la voz—. Ahora siéntate, porque te debo muchas explicaciones.

Cochix tuvo que esforzarse mucho para hacerle comprender la situación a aquel niño ignorante. Le explicó que era un ser de otro planeta que se había estrellado en la Tierra a causa de una avería en su nave espacial.

El alienígena estaba a punto de morir por culpa de la atmósfera terrestre, que había empezado a infiltrarse en el vehículo, cuando, por suerte, había aparecido Alberto. Entonces Cochix se le había echado encima y, a través de los poros de la piel, se había introducido en su cuerpo para protegerse. Aquello era una antigua herencia de su pueblo, que en tiempos remotos se defendía de ese modo de las formas de vida más peligrosas.

—Debo disculparme —le dijo entonces—. Consideramos inmoral asumir el control completo de un ser superior –aunque en tu caso quizá sea una definición un poco aventurada–, pero no había tiempo que perder.

Finalmente, Cochix había utilizado el cuerpo de Alberto para ocultar la nave y lo había llevado de vuelta a casa. Un ejercicio físico claramente excesivo para el muchacho, que se había desmayado apenas había llegado a la puerta.

—¿Qué vas a hacerme ahora? —preguntó Alberto, una vez que comprendió mejor la situación—. ¿Me comerás el cerebro?

Había motivos para perder la paciencia.

—Claro que no, qué dices —respondió Cochix—. Pero necesito tu ayuda para regresar a casa, y si sigues así, en lugar de ayudarme acabarás muy mal.

—Qué… quieres… decir… —balbuceó Alberto, interpretando la afirmación como una amenaza.

—¡Santa paciencia! Quiero decir que, si no intervengo, nunca tendrás las capacidades necesarias para ayudarme.

—Claro, yo no valgo nada. Y si lo dices tú, que estás dentro de mí, debe de ser verdad.

—No es verdad, Alberto. Pero no conseguirás lo que deseas compadeciéndote de ti mismo y sin esforzarte. ¡Tendremos que trabajar, estudiar y… tendremos que adelgazar!

—¡¿Y eso no son amenazas?!

—No entiendes nada —volvió a impacientarse Cochix—. ¡Pasarán muchos años antes de que todo esté preparado para mi regreso a casa, pero tú no llegarás a verlo!… Si no cambias tu alimentación, morirás en menos de veinte años.

—¿Qué?

—¿Acaso no ves la televisión? ¡Tu madre no mira más que programas en los que les dicen a los gordos cómo adelgazar!

—No, yo no veo esas cosas; cuando estoy en la sala pienso en mis asuntos.

—Y haces mal.

—Pero, en fin, ¿qué quieres de mí?

—Intentaré planteártelo de este modo… Quiero hacer un pacto. Un día, dentro de muchos años, me ayudarás a volver a casa. A cambio, yo te daré… todo lo que deseas.

Alberto se quedó un momento en silencio, con la boca abierta. Por un instante creyó encontrarse dentro del cuento de Aladino.

—¿Harás que consiga también… una novia?

—No debería ser difícil, pero tendrás que hacer lo que te diga.

 

Los que siguieron fueron años intensos para Alberto. Pero no estuvieron exentos de satisfacciones.

Había mucho en lo que trabajar. Ante todo, en su cuerpo.

Lo primero que hizo Cochix fue modificar los receptores del estómago del muchacho para reducir su constante sensación de hambre. No contento con eso, le provocaba un considerable malestar físico cada vez que se acercaba al refrigerador fuera de las horas de comida.

Un día también le propuso un régimen de actividad física, pero Alberto no quería ni oír hablar de ello.

—Si no haces ejercicio, la dieta no será suficiente —le dijo Cochix, desesperado.

—No me interesa —respondió el muchacho, que seguía vegetando frente al televisor de su habitación.

—Entonces hagamos un pacto.

—¿Qué pacto? —preguntó Alberto, aguzando el oído. Los pactos de Cochix siempre eran muy interesantes.

—¿Conoces Cosmic Sword…?

Era un videojuego que a Alberto le gustaba mucho, pero que le resultaba demasiado difícil porque sus componentes estratégicos eran muy marcados.

—¿Sííí…?

—Te ayudaré a completarlo. Pero cada vez que derrotemos a un jefe, saldrás de casa y te pondrás a correr hasta que te diga que pares.

Poco después estaban frente a la consola, jugando como locos. Si Cochix hubiera podido tomar el control de las manos de Alberto, el asunto se habría resuelto en poco tiempo, pero Alberto no habría experimentado la satisfacción de alcanzar el resultado. Había algo educativo en aquellos juegos de los terrestres y Cochix quería aprovechar ese potencial al máximo. Así que se limitaba a sugerirle al muchacho los movimientos más eficaces y a explicarle en qué consistían.

Poco después, la madre de Alberto lo vio salir de casa dando gritos de alegría y, con mayor sorpresa aún, vio que echaba a correr y desaparecía por el sendero.

Cuando Alberto cumplió quince años, era otra persona. No se podía decir que tuviera un físico atlético, pero estaba bien proporcionado, su tez le daba un aspecto saludable y, en conjunto, se lo podía considerar un muchacho apuesto.

También le iba mucho mejor en la escuela.

Lo primero que Cochix había tenido que hacer era intervenir en su cerebro, porque había zonas en las que las vías neuronales estaban prácticamente atrofiadas, mucho más que la media de los seres de su especie. Si no había sido tonto desde el principio, el escaso uso de sus facultades lo había convertido en uno incluso en el plano físico.

Mientras restablecía aquellas conexiones con paciencia, Cochix hacía todo lo posible para ayudarlo a ampliar su deseo de conocimiento y, muy pronto, Alberto se convirtió en un muchacho curioso al que todo le fascinaba.

Sin embargo, los intereses de estudio de ambos no siempre coincidían, hasta el punto de que a menudo se veía a Alberto sentado a una mesa con varios volúmenes delante… y no siempre era Alberto quien leía las historietas. Aquello contribuyó a difundir la idea de que, en cierto modo, era un muchacho genial.

Le iba bien en la escuela y también destacaba en las actividades deportivas, de modo que Alberto no tardó en tener un buen número de amigos, que lo encontraban simpático y estimulante, y de muchachas, que revoloteaban a su alrededor.

Un día Cochix le dijo:

—Como ves, estoy cumpliendo mi parte del pacto. He hecho realidad todos tus deseos.

—¿Ha llegado el momento? —preguntó Alberto con inquietud.

—No, todavía no —respondió Cochix, y al decirlo comprendió que Alberto estaba más que dispuesto a cumplir el pacto, pero también preocupado porque aquel día sus vidas se separarían.

Una vez terminados los estudios secundarios, Alberto aceptó la propuesta de Cochix de obtener un título en ingeniería en una facultad que abarcaba aquella disciplina en todos sus aspectos, desde la mecánica hasta la electrónica. Era una carrera privada y muy costosa y, para conseguir los fondos, Cochix aceptó, excepcionalmente, ayudarlo a ganar una suma considerable en un casino. Cuando salieron, con los bolsillos llenos de billetes, los responsables del establecimiento le ordenaron que no volviera jamás. Habían comprendido que habían utilizado algún sistema, pero no podían demostrarlo. El sistema era Cochix.

Alberto, tanto con la ayuda del alienígena como gracias a sus nuevas capacidades personales, completó brillantemente sus estudios y, el mismo año en que se graduó, se comprometió con la mujer que sería su esposa.

Con el tiempo, los propósitos de los dos seres simbióticos se habían vuelto prácticamente idénticos y acordaron intentar conseguir un empleo en los laboratorios de investigación de la agencia espacial. Alberto, que gracias a los conocimientos de Cochix estaba un paso por delante de todos los demás, consiguió el puesto y, en pocos años, se convirtió en el director de un ambicioso proyecto destinado a desarrollar un motor capaz de llevar al ser humano a explorar el sistema solar.

Una noche de febrero, el equipo pudo afirmar que había alcanzado el objetivo, así que se organizó una gran fiesta que duró varias horas.

Cuando todos se hubieron marchado –Alberto siempre era el último en abandonar el laboratorio–, Cochix tenía algo que decir:

—Ha llegado el momento.

—¿Por qué has esperado? —preguntó el terrestre—. Creo que ya tenías todo lo que necesitas desde hace al menos un año.

—Al estar contigo, he aprendido a amar este mundo y a tu gente. El motor Albert es mi regalo para ellos.

—Pero seré yo quien reciba todos los honores.

—Y ese es mi último regalo para ti —dijo Cochix, transmitiéndole todo el afecto que podía desde su peculiar posición—. ¿Te apetece pasar una noche agotadora? —preguntó después.

—Mi esposa está en casa de su madre. Ningún problema.

Rápidamente volvieron a poner en marcha algunas de las complejas máquinas del laboratorio y, hacia las cuatro de la madrugada, siguiendo las instrucciones de Cochix, Alberto había construido varios circuitos y otros aparatos cuyo funcionamiento o utilidad no lograba comprender en absoluto.

—Mételo todo en una bolsa —dijo entonces el alienígena—. Tenemos que hacer una excursión al campo… ¿Te gusta la vida al aire libre?

Subieron al automóvil y llegaron a los bosques donde Alberto se había perdido de niño y había conocido a Cochix. Se internaron entre los árboles y, guiado por su amigo, Alberto no tuvo dificultades para encontrar la pequeña colina donde había visto aquella luz. Subió con inquietud, porque no recordaba nada de lo que había visto cuando había llegado a la cima la primera vez. Pero se sintió decepcionado, porque allí arriba no había nada.

—¿Dónde está la nave espacial? —preguntó.

—¿Por qué crees que te sentías como si te hubieran molido a golpes cuando despertaste? La enterré con tu ayuda.

—¡Eso explica esto! —dijo entonces Alberto, sacando de la bolsa una pala plegable.

Trabajaron unos veinte minutos y pronto la pala tocó una superficie metálica. Sin embargo, las sorpresas no habían terminado.

—¡Pero es pequeña! —exclamó Alberto después de desenterrar la nave—. No debe de medir ni un metro. Podría ser una maqueta.

—Querido Alberto —explicó el alienígena—, no habrás creído que soy capaz de permanecer dentro de ti gracias a alguna especie de magia. Lo que sucede es que, comparado contigo, soy realmente muy pequeño.

Una vez pasado el asombro, prevaleció la profesionalidad, y juntos abrieron unos compartimentos y sustituyeron las piezas dañadas. Finalmente, Cochix le dijo:

—Ahora tendrás que trasladarme a la nave; espero que no te dé demasiado asco.

—¿Qué?

—Lo he pensado mucho. Vuestra atmósfera es realmente peligrosa para mí. Y la mejor manera de protegerme durante el traslado es que me expulses por la boca.

—¡Santo cielo! —se lamentó Alberto—. Pero supongo que también ha llegado el momento de despedirnos. Después ya no te oiré dentro de mi cabeza. Y me sentiré muy solo.

—Yo también, Alberto. Yo también.

Era el momento de trasladar a su extraño compañero de vida. Al presionar una pequeña hendidura, Alberto abrió una escotilla circular y luego apoyó sobre ella la boca abierta, haciéndola coincidir perfectamente con la abertura. Se habría dicho que estaba besando un huevo enorme.

Durante un instante un tanto espeluznante, sintió que algo viscoso se condensaba en su boca y enseguida salía de ella. Alberto sintió un estremecimiento de repulsión mientras dejaba la nave en el suelo. Si hubiera podido quedársela, la especie humana habría dado un salto tecnológico de siglos, pero Alberto ni siquiera lo pensó un instante. Traicionar a un amigo tan querido era sencillamente inconcebible.

Poco después, el pequeño ovni se iluminó y desapareció en el cielo.

Alberto se quedó mirando las estrellas y luego… soltó un estornudo.

Maldición, se estaba resfriando por quedarse allí. Entonces recordó. Durante todos aquellos años nunca había tenido ninguna enfermedad, porque Cochix no podía permitírselo y mantenía su sistema inmunitario en constante alerta.

Pero ahora Cochix ya no estaba, y si permanecía mucho más tiempo inmerso en aquella humedad, acabaría enfermando de verdad. Debía ponerse en camino hacia casa, pero antes de marcharse, Alberto alzó la mirada al cielo y pensó: Gracias, Cochix. Y quién sabe… Ahora que me has mostrado el camino, quizá algún día vaya a visitarte.

Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

 

 

 

 

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