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domingo, 28 de junio de 2026

EL DEDO DE DIOS

Erica Tabacco


 



Juan se preguntaba por qué aquello le estaba pasando a él, a su familia, a su campo.

Se dio cuenta de algo extraño unos minutos después de que el granizo dejó de caer. Corrió afuera, en medio del ruido de los golpes contra las tejas y las coberturas metálicas aún en los oídos, y vio la destrucción de los cultivos. Habría gritado, si su mujer no hubiera estado a su lado.

Era la tercera vez en la misma estación que se destruía el cultivo, ¡la tercera vez! ¿Qué tenía que hacer un hombre para ganarse la vida de manera respetable?

El efecto fatal del granizo no era el único problema que se presentaba ante sus ojos: había una columna que giraba justo en el centro del campo, una sutil centrifugadora que iba del suelo hasta las nubes, en el interior de la cual reinaba un viento glacial, capaz de atrapar granos helados del tamaño de manzanas.

Juan desenfocó los ojos. Pero Helena no le dio el tiempo de pensar. Las mujeres lo saben todo, por supuesto.

—Te dije de no plantaras esa mierdosa soja.

—¿Me puedes decir qué relación tiene la soja con la columna? Pronto pasará, es solo un efecto del granizo. Una cola del mal tiempo, si se puede decir así.

—¿Eres climatólogo ahora?

A Juan no le gustaba discutir y se sintió aliviado cuando ella despareció en el interior de la casa.

La columna no daba señales de detenerse.

El olor del granizo que se fundía sobre los vegetales triturados le golpeó la nariz. Todo perdido. No quería pensar en la tontería que había dicho su mujer. ¡Ella y todas sus supersticiones!

El agricultor se dio cuenta que algunas personas se estaban reuniendo en los límites de su propiedad. Eran sus vecinos, atraídos por el fenómeno atmosférico imposible que estaba martirizando su tierra, pero no lo bastante valientes como para acercarse. Después de media hora, los policías se presentaron por preguntarle que estaba pasando.

—¡Ojalá lo supiera!

El fenómeno era tan violento que estaba excavando un gran hueco en el suelo, como si quisiera alcanzar el acuífero. Juan nunca había visto algo parecido en toda su vida. El miedo no se alejó con la llegada de la policía. ¿Y si la columna se desplazaba hacia la casa? Por suerte, sus hijos estaban en la escuela y no regresarían antes de las cuatro.

Uno de los policías ordenó que la zona fuese precintada y prohibida. Juan tuvo que irse adentro de la casa. A partir de aquel momento no supo nada preciso sobre el asunto; lo único que pudo hacer fue mirar desde las ventanas los numerosos personajes que pisaban los cultivos con sus calzados elegantes; mejor, lo que quedaba de ellos.

—No te preocupes —le dijo su mujer—, esta vez vamos a obtener un buen resarcimiento.

A él no le importaba un pepino del resarcimiento. Solo podía pensar en todos los días pasados en el campo sudando e imprecando por el esfuerzo.

Al atardecer, la columna seguía en el mismo sitio, bloqueada por una voluntad sobrenatural.

—¡Qué suerte! —le dijo su madre por teléfono. Juan le había preguntado de alojar los niños en su casa—. Tienes un milagro bajo el trasero.

Pero Juan no se sentía tan afortunado.

Los días siguieron con su procesión de autoridades, científicos y periodistas.

El domingo, en la iglesia, todos miraban a Juan y a su familia con curiosidad y suspicacia. Tenían alguna culpa, estaba claro, por justificar un fenómeno tan raro en su campo. Alguien empezó a llamarlo “el dedo de Dios” y el nombre pasó a las noticias. Todo el mundo, ahora, conocía su pueblo y donde se encontraba en el planisferio.

La columna seguía girando y silbando y produciendo hielo, con inagotable energía.

Todos los drones fueron rechazados y hechos pedazos, pero una oveja que se acercó demasiado fue tragada.

El gobernador de Veneto proclamó que se trataba de una calamidad natural.

Juan no pudo trabajar más su tierra y tuvo que buscar empleo en una fábrica de embalajes de alimentos. Helena lo dejó, llevándose a los hijos con ella. La economía de la zona estalló y muchas familias se trasladaron a otros lugares. Juan empezó a emborracharse en la cocina de su casa, puesto que no era el bienvenido en el bar adonde iba habitualmente.

Todos los esfuerzos de los científicos para comprender el origen del dedo de Dios no llevaron a nada y no fue posible detener su furia destructiva. El abismo que se formó en su base desaguó el acuífero, convirtiendo el Valle del Po en un desierto. Los padanos debieron mudarse a otras regiones.

El gobierno central cayó y empezó una temporada de desórdenes y atentados.

Juan decidió irse a Melbourne, donde tenía unos primos, sin ver a sus hjos una última vez. Helena se lo prohibió, estaba convencida de que toda aquella catástrofe era culpa del él.

La aviación despegó de Aviano e intentó bombardear el dedo con una pequeña atómica pero no sirvió. Italia fue la primera víctima oficial del “cambio climático permanente”.

Aunque no se formaron otras columnas, bastó aquella para desencadenar el pánico en todos los continentes. Las naciones se acusaron las unas a las otras por haber atraído la ira de Dios y empezaron varias guerras. Los soldados obedecieron las ordenes que les daban y se mataron entre sí.

Juan no había recibido ningún resarcimiento. Murió lejos de su tierra, solo. Los seres humanos se extinguieron. El dedo de Dios siguió existiendo sin ellos.

Un año después de la muerte del último humano, un animal alienígena salió de la columna, tembló para quitarse el frío de los huesos, y miró la inmensa llanura deshabitada, sonriendo.

Tenía un mechón de lana de oveja entre los dientes.



Nacida en Vicenza en 1973, Erica Tabacco hizo su carrera universitaria estudiando Lenguas y Literaturas Modernas, español y inglés, en Padua. Su trabajo de tesis fue “El lenguaje de la trangresión en La lozana andalusa de Francisco Delicado”. En 2009 publicó una corta novela humorística sin imaginar que escribiría algo más en el futuro. Diez años después, Delos Digital le publicó su primer cuento de ciencia ficción social sobre la memoria y la vejez, Fuga psicogena, a lo cual sigueron un cuento distópico y uno Solarpunk. En 2023 logró llegar entre los finalistas del Premio Urania con la novela Il sonno del futuro, que ha sido recién publicada por Delos Digital. Entretanto han salido otras tres novelas. Dos convencionales: Tre cappotti per un bassotto y Burnout Baby, L’angelo del Bellini, y una de historia alternativa: La Repubblica delle Lettere. En 2024 su cuento Il grande salto apareció en la antología veraniega Urania Especial “Macchine IA e robot” de Mondadori, curada por Franco Forte.











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