Erica Tabacco
Juan se preguntaba por qué aquello le estaba pasando a
él, a su familia, a su campo.
Se dio cuenta de
algo extraño unos minutos después de que el granizo dejó de caer. Corrió
afuera, en medio del ruido de los golpes contra las tejas y las coberturas
metálicas aún en los oídos, y vio la destrucción de los cultivos. Habría
gritado, si su mujer no hubiera estado a su lado.
Era la tercera vez
en la misma estación que se destruía el cultivo, ¡la tercera vez! ¿Qué tenía
que hacer un hombre para ganarse la vida de manera respetable?
El efecto fatal
del granizo no era el único problema que se presentaba ante sus ojos: había una
columna que giraba justo en el centro del campo, una sutil centrifugadora que
iba del suelo hasta las nubes, en el interior de la cual reinaba un viento
glacial, capaz de atrapar granos helados del tamaño de manzanas.
Juan desenfocó los
ojos. Pero Helena no le dio el tiempo de pensar. Las mujeres lo saben todo, por
supuesto.
—Te dije de no
plantaras esa mierdosa soja.
—¿Me puedes decir
qué relación tiene la soja con la columna? Pronto pasará, es solo un efecto del
granizo. Una cola del mal tiempo, si se puede decir así.
—¿Eres climatólogo
ahora?
A Juan no le
gustaba discutir y se sintió aliviado cuando ella despareció en el interior de
la casa.
La columna no daba
señales de detenerse.
El olor del
granizo que se fundía sobre los vegetales triturados le golpeó la nariz. Todo
perdido. No quería pensar en la tontería que había dicho su mujer. ¡Ella y
todas sus supersticiones!
El agricultor se
dio cuenta que algunas personas se estaban reuniendo en los límites de su
propiedad. Eran sus vecinos, atraídos por el fenómeno atmosférico imposible que
estaba martirizando su tierra, pero no lo bastante valientes como para
acercarse. Después de media hora, los policías se presentaron por preguntarle
que estaba pasando.
—¡Ojalá lo
supiera!
El fenómeno era
tan violento que estaba excavando un gran hueco en el suelo, como si quisiera
alcanzar el acuífero. Juan nunca había visto algo parecido en toda su vida. El
miedo no se alejó con la llegada de la policía. ¿Y si la columna se desplazaba
hacia la casa? Por suerte, sus hijos estaban en la escuela y no regresarían
antes de las cuatro.
Uno de los
policías ordenó que la zona fuese precintada y prohibida. Juan tuvo que irse
adentro de la casa. A partir de aquel momento no supo nada preciso sobre el
asunto; lo único que pudo hacer fue mirar desde las ventanas los numerosos
personajes que pisaban los cultivos con sus calzados elegantes; mejor, lo que
quedaba de ellos.
—No te preocupes
—le dijo su mujer—, esta vez vamos a obtener un buen resarcimiento.
A él no le
importaba un pepino del resarcimiento. Solo podía pensar en todos los días
pasados en el campo sudando e imprecando por el esfuerzo.
Al atardecer, la
columna seguía en el mismo sitio, bloqueada por una voluntad sobrenatural.
—¡Qué suerte! —le
dijo su madre por teléfono. Juan le había preguntado de alojar los niños en su
casa—. Tienes un milagro bajo el trasero.
Pero Juan no se
sentía tan afortunado.
Los días siguieron
con su procesión de autoridades, científicos y periodistas.
El domingo, en la
iglesia, todos miraban a Juan y a su familia con curiosidad y suspicacia.
Tenían alguna culpa, estaba claro, por justificar un fenómeno tan raro en su
campo. Alguien empezó a llamarlo “el dedo de Dios” y el nombre pasó a las
noticias. Todo el mundo, ahora, conocía su pueblo y donde se encontraba en el
planisferio.
La columna seguía
girando y silbando y produciendo hielo, con inagotable energía.
Todos los drones
fueron rechazados y hechos pedazos, pero una oveja que se acercó demasiado fue
tragada.
El gobernador de
Veneto proclamó que se trataba de una calamidad natural.
Juan no pudo
trabajar más su tierra y tuvo que buscar empleo en una fábrica de embalajes de
alimentos. Helena lo dejó, llevándose a los hijos con ella. La economía de la
zona estalló y muchas familias se trasladaron a otros lugares. Juan empezó a
emborracharse en la cocina de su casa, puesto que no era el bienvenido en el
bar adonde iba habitualmente.
Todos los
esfuerzos de los científicos para comprender el origen del dedo de Dios no
llevaron a nada y no fue posible detener su furia destructiva. El abismo que se
formó en su base desaguó el acuífero, convirtiendo el Valle del Po en un
desierto. Los padanos debieron mudarse a otras regiones.
El gobierno
central cayó y empezó una temporada de desórdenes y atentados.
Juan decidió irse
a Melbourne, donde tenía unos primos, sin ver a sus hjos una última vez. Helena
se lo prohibió, estaba convencida de que toda aquella catástrofe era culpa del
él.
La aviación
despegó de Aviano e intentó bombardear el dedo con una pequeña atómica pero no
sirvió. Italia fue la primera víctima oficial del “cambio climático
permanente”.
Aunque no se
formaron otras columnas, bastó aquella para desencadenar el pánico en todos los
continentes. Las naciones se acusaron las unas a las otras por haber atraído la
ira de Dios y empezaron varias guerras. Los soldados obedecieron las ordenes
que les daban y se mataron entre sí.
Juan no había
recibido ningún resarcimiento. Murió lejos de su tierra, solo. Los seres
humanos se extinguieron. El dedo de Dios siguió existiendo sin ellos.
Un año después de
la muerte del último humano, un animal alienígena salió de la columna, tembló
para quitarse el frío de los huesos, y miró la inmensa llanura deshabitada,
sonriendo.
Tenía un mechón de
lana de oveja entre los dientes.
