Emanuele Manco
Bastaron unos
cuantos puñetazos bien dados para hacer hablar al hombre gordo, atado desnudo a
una silla.
—Zisa...
El que estaba atado junto a él no
había pronunciado palabra. Era mayor, de físico enjuto y nudoso, con el rostro
amoratado por los golpes.
En una ciudad de mar había una vez
un Castillo. La ciudad se llamaba Panormo, que quería decir «todo puerto», y, a
pesar del mar, en verano hacía mucho calor. El Rey quiso que el castillo donde
residía durante el verano fuera hermoso y suntuoso, pero también fresco. Las
habitaciones estaban llenas de ventanas que dejaban pasar el aire; el jardín
que lo rodeaba estaba lleno de fuentes por las que corría cristalina el agua de
los numerosos ríos de la ciudad. Y el jardín estaba lleno de plantas y flores
perfumadas.
La residencia recibió un antiguo
nombre: «Al-Aziza», que en árabe significa «la perfumada».
Ahora todos la llaman la Zisa.
25 de agosto de
1982
El automóvil,
procedente de la Piazza Principe di Camporeale, había recorrido la Via
Guglielmo il Buono. El conductor lo estacionó frente a la entrada de una obra
en construcción. Un cercado de chapa ondulada ocultaba a la vista lo que alguna
vez habían sido los jardines del Castillo de la Zisa. Un cartel indicaba que
allí se estaban llevando a cabo trabajos de restauración. Contenía la
información habitual sobre la empresa contratista, el jefe de obra y la fecha
prevista de finalización de los trabajos. La obra estaba desierta; por otra
parte, también la ciudad estaba semi desierta aquella tarde.
Los dos hombres avanzaron hacia el
Castillo, pasando junto a amplios canteros y fuentes. Hacía muchos años que el
agua no corría por aquellas fuentes. Los canteros estaban secos y llenos de
maleza.
Uno de los dos observó los canteros
y pensó que bastarían agua y un poco de trabajo para recuperar el jardín.
Podrían crecer flores, pero también algunas hortalizas y una higuera. Pronto
llegaría la época de los higos.
Siglos antes, habían sido los
normandos quienes disfrutaban de aquel jardín. Fue Guillermo I, llamado «el
Malo», quien inició su construcción, que luego completó su hijo Guillermo II,
«el Bueno».
Apenas entraron en el vestíbulo del
Castillo, una oleada de frescura los envolvió. Los gruesos muros aislaban del
calor abrasador, mientras que las numerosas ventanas favorecían la circulación
del aire dentro del palacio. En el interior encontraron sacos de cemento, una
hormigonera y materiales de desecho. También había algunos andamios montados.
La obra estaba desierta. No era un día laborable, y no solo porque fuera una
tarde de agosto, aunque fuese miércoles.
La obra estaba detenida. Hacía
meses que los obreros no entraban allí. Como siempre, nunca estaba claro por
qué ciertas obras cerraban o eran suspendidas de repente. Pero aquello no les
interesaba.
Se separaron sin decir una palabra.
Exploraron en silencio las habitaciones de la planta baja.
En una sala, Tano vio lo que alguna
vez debía de haber sido una fuente. También estaba seca, como todas las demás.
Había además materiales de obra y herramientas dejadas al azar. Debajo de un
montón de tubos de andamio divisó un bolso rojo.
Llamó a su compañero, que llegó
casi de inmediato.
—¿Lo abrimos?
—Claro que sí.
—¡Aquí están los dólares, mira!
Muchos dólares, pero ninguno de los
dos se alteró. Habían visto dólares antes. Habían contado montones de ellos.
—Voy a llamar por teléfono. Espera
aquí.
El más bajo de los dos salió de la
obra. Cruzó nuevamente el jardín abandonado y llegó a la cabina telefónica más
cercana.
—Aquí están.
El hombre al otro lado de la línea
no dijo una palabra. La habitación donde se encontraba estaba a oscuras. Colgó
el teléfono y simplemente levantó una mano.
Ante aquella señal, los dos hombres
atados a las sillas fueron degollados.
Tano regresó junto
a Raffaele.
—¿Qué te dijeron?
—Nada. Ahora los cuento.
Mientras el hombre contaba el
dinero, las figuras de un fresco pintado en el intradós del arco de entrada a
la sala parecían moverse.
Tano percibió algo; era un muchacho
despierto, acostumbrado a escapar y huir con rapidez. Pero no vio a nadie y, en
realidad, tampoco oyó ningún ruido.
Levantó la vista. Los diablos
pintados permanecieron indiferentes.
Tano volvió a concentrarse en el
dinero. Tenía bastante trabajo.
—Novecientos siete mil
cuatrocientos cincuenta y siete dólares...
—Tano, ¿estás seguro?
—Sí, Raffaè. ¡Los conté!
—Bien. Para estar seguro los
contaré yo también.
Raffaele no estaba menos
acostumbrado que Tano a contar fajos de dinero. Dólares o liras, daba igual.
Otro diablo de la pintura pareció
agitarse.
Raffaele también miró hacia la
bóveda. Las figuras pintadas estaban inmóviles. Algunas eran más pequeñas que
otras. Parecían bailar. Era difícil contarlas. ¿Trece? ¿Catorce? Tras un
parpadeo le pareció que uno de los diablos había desaparecido. No, estaba allí
detrás. ¡Pero qué demonios...! Mejor volver a contar el dinero.
—¿Terminaste? No me gusta estar
aquí. Qué lugar tan extraño.
—Tano, cálmate, que termino de
contar el dinero.
—Novecientos noventa mil doscientos
ochenta y dos dólares. Te equivocaste.
—¿Qué dices, Raffaè? ¿Estás seguro?
¡Presté atención!
—¡Te digo que te equivocaste!
Tano y Raffaele cruzaron las
miradas.
Fue Raffaele quien rompió el
incómodo silencio.
—Cuéntalos de nuevo si no confías.
—Contémoslos los dos. Será mejor.
Y lentamente comenzaron a contar el
dinero, sacando los fajos del bolso y apilándolos a un lado.
Una ráfaga de viento los distrajo.
Tano atrapó al vuelo algunos billetes sin banda antes de que salieran volando.
—Qué corriente de aire tan
desagradable. Raffaè, contémoslos en otro sitio.
La corriente cerró la puerta frente
a ellos.
Desde la habitación contigua llegó
un fuerte ruido de chapas metálicas.
—¡Pero qué demonios...!
Raffaele se puso de pie,
interrumpiendo el conteo.
Apoyó la mano en la puerta: ofrecía
resistencia al abrirse.
—¿Qué hiciste, Tano?
—¿Yo? ¡Fue el viento! ¡Vamos,
ábrela!
—Apurémonos. ¡Terminemos de contar
primero!
Raffaele sacó la pistola y apuntó
hacia Tano.
—Exagerado. Tranquilo. Sigamos
contando.
Reanudaron la operación. Con más
rapidez.
—Novecientos ochenta mil
trescientos cincuenta y siete dólares.
—¡Qué fastidio! ¿Sabes qué te digo,
Raffaè? Llevemos el dinero al jefe y que él se encargue.
—Eres tú quien quiere engañarme,
Tano.
Sacaron las pistolas al mismo
tiempo, pero no dispararon.
—¡Raffaè, qué demonios haces! ¡Yo
no tomé el dinero, créeme!
—¡Muéstrame los bolsillos,
desgraciado!
—Raffaè, cálmate. Te estás
equivocando.
—No, eres tú quien se equivoca.
¡Quieres quedarte con los dólares del jefe!
—¿Pero qué estás diciendo...?
—Muéstrame los bolsillos.
—¡Desgraciado tú y toda tu familia!
¡No te mostraré nada!
Ninguno de los dos vaciló. Ninguno
apartó la mirada del otro.
Una ráfaga de viento sacudió la
puerta. Algunos billetes salieron volando.
Los dos permanecieron inmóviles,
observándose.
No pudieron evitar mirar por encima
de ellos. Los diablos parecían haberse desplazado. Volvieron a mirarse. Miraron
otra vez hacia arriba. No, no podía ser. Los diablos no se estaban moviendo;
eran tonterías.
—¡Raffaè, vamos! ¡Yo no tomé el
dinero! ¿Viste los diablos de ahí arriba?
—¿Qué pasa? ¿Fueron ellos los que
robaron el dinero? ¡No digas tonterías, Tano!
Se movió apenas, y ese fue su
error.
El fiscal observó
sucesivamente al comisario y al médico forense, asintiendo.
—Esperaremos los resultados de las
autopsias y de los peritajes balísticos para una confirmación adicional, pero
la dinámica está clara. Estos dos se mataron mutuamente por el dinero.
Los tres no dijeron nada más. El
joven agente de custodia, siguiendo al magistrado, levantó la vista hacia el
techo.
Por un instante le pareció que uno
de los diablos pintados en la bóveda le guiñaba un ojo. Parpadeó. ¿Pero qué...?
El diablo estaba inmóvil.
Como debe estarlo una pintura.
El Castillo fue
construido en tiempos de los paganos, y allí se guardaban los tesoros del Rey.
En la entrada de la Zisa hay pintados unos diablos. Quien vaya a observarlos el
día de la fiesta de la Anunciación (25 de marzo) verá que mueven la cola, tuercen
la boca y nunca se los termina de contar. Algunos dicen que son trece, otros
quince, otros más.
Son diablos y, precisamente por
eso, nunca se dejan contar. Tampoco se sabe cuántas son las monedas, y nadie ha
conseguido jamás apoderarse de ellas. Pero quizá algún día alguien logre romper
el encantamiento y entonces terminará toda la miseria de Palermo.
Por eso, cuando algo no puede
saberse con exactitud, se dice:
—¿Y qué son los diablos de la Zisa?
Emanuele Manco nació en Palermo, Sicilia,
Italia, el 10 de mayo de 1968. Es periodista y escritor aunque se licenció en
matemáticas, lo que permite compaginar el trabajo como consultor informático
con sus otras pasiones. Dirige la revista online Fantasy Magazine y colabora
con otras revistas publicadas por la asociación cultural Delos Books, como
Fantascienza.com, Robot, Delos Science Fiction y ThrillerMagazine, así como con
NeXT station , Carmilla y Tom's Hardware Italia. Para Delos Digital edita las
series Odissea Digital Fantasy y Urban Fantasy Heroes. Entre sus obras
publicadas deben mencionarse Los demonios de Pandora (2014), Diez consejos para
escribir ciencia ficción (2019), Matemáticas para nerds, Cien autores (2020) y El
enemigo (2021). Actualmente reside en Milán.
