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sábado, 23 de mayo de 2026

EL SUPLICIO DE LOS QUEMADOS

Ignacio Fritz

 

Piso 1

Suelo estar falto de cobardía cada vez que entro en un ascensor. A pesar de que es inusual terminar encerrado en la cabina –un ataúd de acero– y que lleguen los bomberos –con estridencia en un ingente y llamativo camión rojo con brillosos cromados–, o que los resistentes cables que lo sujetan se rompan y se acabe cayendo en picada varios pisos y terminar aplastado en tierra firme, o en concreto sólido, tal como vi en una teleserie brasileña –no recuerdo cómo se llamaba, pero la emitían a la hora de la siesta, tres de la tarde–, donde una mujer terminó con el cuello roto, cubierta con su propia sangre producto del severo impacto.

 

Piso 2

En el piso dos entra Annie Murphy, actriz que reconozco porque, sí, no es famosa-famosa-famosa: rechazo la hiperexposición de las celebridades; basta que una sea Scarlett Johansson para execrarla sin contemplaciones, en vilo, sin mayores fundamentos.

—Buenas tardes —le digo, pero no me oye. No me contesta el saludo y ni siquiera cruzamos miradas. Simplemente, no me percibe ni me ve. Se limita, con toda naturalidad, a pulsar el botón del último piso, el de la azotea, y pienso que podría ser una persona que se le parezca, eso es común, pero se me mete entre ceja y ceja que podría ser su doppelgänger –«el que camina al lado»–, un sosias fantasmal aparecido en un dos por tres, que solo yo puedo divisar.

Por algo será.

—¿Eres tú, Annie? —persisto.

No responde.

Pienso: «La Murphy es una maleducada».

Me percato que es de carne y hueso, no se trata de una «bilocación». Lo sé porque el blanco de sus ojos, la esclerótica, brilla; es posible que eso, seguro, no se exprese en un doble fantasmal, un doppelgänger, menos el de una actriz. Aparte, usa una minifalda modelo gypsy con una polera que le ciñe perfecta, sobre todo en su esquelética cintura de avispa. Sus brazos, delgados, los enseña caídos, flojos, y sus manos poseen dedos largos, de uñas pintadas de un espléndido amarillo rey, semejantes al sol, o como los bordes de una llama de fuego.

 

Piso 3

Annie Murphy nació en diciembre de 1986, en la actualidad tiene treinta y cuatro años, es joven, canadiense, caucásica: cabello tonalidad miel, pero también con un blondo más intenso; no puedo ser más específico porque nada sé de melenas teñidas; supongo que es su caso, se colorea el pelo.

No tengo pruebas de si lo hace o no.

—Lindo pelo —lanzo el piropo. Miento, luego—: Muy natural.

Recogiendo lo más importante, el físico de Annie Murphy no resalta, no es que tenga silicona en las mamas o bótox en la cara: se ve muy natural, cercana al promedio, pero es muy fina y supongo que debe ser vegana y animalista y medioambientalista y seguro que quedará embarazada en los próximos dos años y el Antimundo sabrá quién es tanto como yo sé: la veo en la pantalla y me rio a mandíbula batiente, sobre todo cuando me salgo del loop y me introduzco en los aparatos tecnológicos, en la internet.

 

Piso 4

Ella es divertida, tal como se observa en la comedia Schitt’s Creek’, donde encarna a Alexis Rose, hija de unos millonarios que pierden su fortuna y terminan hacinados en un «pueblo de mierda», como reza el título de la serie.

Imaginarla como un doppelgänger que pueda permanecer estancada en un determinado lugar –este ascensor, junto a mí para toda la Eternidad– me excita más que su semblante o su cuerpo o sus ojos o lo que sea, aunque no estoy seguro si soportaré permanecer tanto tiempo unido a ella, en una sincronía que me tiene bajándome en el piso 12 –el piso del incendio– cada día.

¿Alguien recuerda lo que pasó, aquí, en la torre Santa María, el veintiuno de marzo de 1981?

 

Piso 5

Su histrionismo, rayano en lo jovial, se plasma en la comedia Schitt’s Creek’. Reconozco que aquello me entusiasma más que su físico, tema que atrae a los burdos, hombres que primero ven el culo y luego hablan con alguna chica equis, y lo siento si «A quien le quepa el sayo, que se lo ponga», como dicta la frase ya que el mundo –y no el Antimundo– se rige por temas más prosaicos y elementales, como lo expuesto y atribuido a Guillermo de Ockham (1280-1349), fraile franciscano, filósofo y lógico escolástico, que planteaba que «En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable».

¿Annie Murphy está en este ascensor como una doppelgänger que me acompañará en mi travesía en esta suerte de limbo?

No, lo siento. Estoy solo. Aburrido de hacer un acto una y otra vez desde que fallecí aquí mismo, en este ataúd de acero, el veintiuno de marzo de 1981, hace más de cuatro décadas.

—¿Eres Anne Frances Murphy, la actriz? —le pregunto, pero no me oye.

Otra vez no me dirige la palabra. Es enervante, lo juro.

—Tu actuación en Schitt’s Creek’ me mata —insisto por otro lado, el de su trabajo.

Es una mujer parecida a ella, y NO ELLA. Intempestivamente se frota los brazos descubiertos, siente frío y retira un celular fosforescente y se taponea las orejas con unos audífonos y oye la canción «True Faith», de New Order, a gran volumen, todo con el frío que se origina aquí, siendo que afuera, en la calle, se caen los patos asados.

 

Piso 6

De acuerdo con el principio de Guillermo de Ockham, olvidémonos que nos hemos encontrado en un ascensor con el doppelgänger de Annie Murphy. Debe haber una explicación más prosaica, más simple, pero que yo sepa no se está filmando un comercial en la azotea, ni menos una película o una serie de Netflix, y no creo que esté de visita en Chile, en plan anónimo, y que visite la torre Santa María, menos en un ascensor junto a una aparición que soy yo, aunque no me he manifestado aún, solo he logrado en el ascensor un vientecillo gélido, atribuible al aire acondicionado.

Ser un espectro es un tema tedioso; de ahí que me gustaría estar aquí con su doppelgänger, acompañado en la Eternidad, o hasta que derriben la torre como fueron derribadas las torres del World Trade Center; esto último ni en broma; basta de desgracias mundiales; basta de muertes.

Con la mía fue suficiente.

 

Piso 7

En realidad –hasta ahora– nunca me he puesto a pensar en los inconvenientes de usar un ascensor varias veces al día en mi trabajo –o situación– en la torre Santa María: ciento diez metros de altura, treinta pisos y cuatro subterráneos. Aparte –aquí mismo y con respecto a mi ser–, en marzo de 1981 hubo ese alarmante incendio y fallecieron once personas, de una, entre las cuales me encontraba yo, para mi desgracia.

Me asfixié en este ascensor producto de la humareda y otros tampoco se salvaron porque no supieron usar las vías de escape por lo modernas e inusuales. Esa mañana, sonó la sirena del cuartel y salimos a toda pastilla y tuve la desgracia de no poder apagar el incendio en el piso 12 y luego encerrarme en el ascensor y fallecer de una manera más o menos torturante.

—¿De visita en Santiago de Chile? ¿Una película? ¿Me darías tu autógrafo? —arremeto, sin resultados óptimos.

 A todos nos succiona la Parca, ese gran embudo como agujero de gusano, ese puente de Einstein-Rose que ataja el espacio/tiempo.

 

Piso 8 

Annie Murphy está casada con el cantante y compositor Menno Versteeg. En 2013 perdieron su hogar y casi todas sus pertenencias en un siniestro, un incendio; llamaradas en danza carbonizadora, macabra. Con todo, el hecho de que una actriz haya sufrido el trauma de un incendio –asunto experimentado por mí– me deja pensando por varios segundos y la música de New Order me despierta de mis cavilaciones, de estar en Jauja, distraído, ahíto, empachado, a pesar de que le he hablado sin resultados concretos y he creído que será mi pareja fantasmal por el resto de los días en la Humanidad, hasta que esta construcción colapse o desaparezca del reino de Dios.

 

Piso 9

La torre Santa María fue inaugurada en 1980. Por aquellos días era el edificio más alto de Chile: minirascacielo instalado en los faldeos del distintivo cerro San Cristóbal, con una arquitectura vanguardista, acristalada e inspirada en el World Trade Center de Nueva York, pero en menor escala, acaso «a la chilena».

—¿Te gusta Chile? ¿Estás de visita? ¿De incógnito? —repito en saco roto, sin lograr nada. No me da bola, aunque tal vez porque se lo pregunto en español y no en inglés, que es su idioma nativo, supongo, allá en Canadá, junto al francés.

Vuelve a frotarse los brazos y los vellos se le erizan por el frío.

 

Piso 10

La tragedia de 1981 no se compara con la del World Trade Center el once de septiembre de 2001, cuando se logró volar la santabárbara con lo fatídico a gran escala, producto de magníficas explosiones, fruto del choque de dos aviones comerciales contra el dúo de imponentes edificios neoyorquinos, símbolos del capitalismo salvaje.

Ambas edificaciones –la torre Santa María y las Twin Towers– sufrieron en carne propia una catástrofe, pero en diferentes niveles, ya que hablamos de construcciones con pisos que se relacionan por los siniestros y porque el World Trade Center inspiró la construcción de este bloque.

—¿Por qué vas a la azotea, Annie? —No hay réplica—. ¿Motivos de trabajo…? Sé que eres actriz, y de las buenas. La comedia es un género dificilísimo. No cualquiera la ejecuta con naturalidad ante las cámaras.

Parezco idiota de tanto preguntarle con ineficacia.

 

Piso 11

En el piso once pienso en Santa Bárbara, icono mártir de todos los que profesamos la religión católica, Patrona de la Artillería y de todas aquellas profesiones que se encuentran ligadas al mundo del fuego abrasador. Cada cuatro de diciembre todos –absolutamente todos– los bomberos y electricistas y mineros le rinden tributo a Santa Bárbara.

Hoy es cuatro de diciembre de 2021.

Recién veo que Annie Murphy lleva una mascarilla en la boca y nariz, no sé por qué. Juro que no distinguí el antifaz: está a mi lado y quema –o vuela– la santabárbara y la sincronía resulta especial porque el World Trade Center –las Twin Towers– colapsaron incendiadas y todo esto remite a la idea de que hemos sido víctimas del fuego, con una llama oscura como el destino.

—Los ascensores son peligrosos, Annie —añado.

Nada.

 

Piso 12

Siempre es lo mismo, a mi pesar: entro al ascensor e intento charlar con la gente que no me ve en la mayoría de los casos, aunque a veces me pronuncio, asusto, intimido. Quedan turulatos. Un espectro está en un loop tedioso y repetitivo, durante años y años, décadas y siglos. Una misa en mi honor me vendría bien, sería lo ideal, estaría en paz. Cavilo que tal vez ella irá a una misa en la azotea. O que ella es la mismísima Santa Bárbara. O que tal vez yo no fallecí asfixiado ese veintiuno de marzo de 1981, ni con quemaduras en las vías respiratorias ni llagas exasperantes en todo mi cuerpo –quemaduras de segundo y tercer grado, por lo mínimo–, a pesar del traje de bombero, con la chaqueta de cuero, el casco y la toalla blanca y húmeda alrededor del gaznate.

Nada ese día pudo ayudarme, ni siquiera el hacha.

—En este piso doce se originó un gravísimo incendio por un cigarrillo mal apagado que entró en contacto con una moqueta impregnada en adhesivo de contacto —suelto—. Fallecí de manera trágica y ahora estoy aquí. ¿Quieres cenar conmigo? —Y, sin más, me bajo del ascensor.

Me realizo preguntas fundamentales, que quedarán sin respuesta, o sin ser pronunciadas, como las que le he formulado en estos doce pisos: no sabré qué hay en la azotea, Annie Murphy no es un doppelgänger, ni si quiera se trata de la actriz canadiense de Schitt’s Creek’, y la incandescencia deflagra, hiere, tuesta, resulta tan eterna como el suplicio de los quemados, asfixiados en un tiempo que avanza como un ascensor cuando sube cada vez, en un loop crispante, perpetuo, carbonizado.  

Ignacio Fritz nació en Santiago, Chile, en 1979. Licenciado en Comunicación Social y Periodista (UNIACC) con estudios inconclusos de Literatura y Derecho. Ostenta un diplomado en Escritura Creativa de la Universidad Diego Portales. Sus primeros cuentos aparecieron en el suplemento juvenil «Zona de Contacto», del diario El Mercurio, a fines de la década de los 90. Ha publicado los libros de cuentos Eskizoides y obtuvo el primer lugar en el concurso de cuentos de Unión Latina con el relato Camila Rochet. Su última novela se titula Terrorismo marxista.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

EL SEGUNDO NACIMIENTO DE EDWARD MORDAKE

Ignacio Fritz

Un centelleante candado Odis aseguraba, firme, el cerrojo de una puerta de hierro y refulgía, llamativo, aunque había una oscuridad profunda, de boca de lobo, en el living-room de la casa que vigilaban desde hacía meses.

—¿Y…? —Yonquigirl sentía un peso en el interior, una honda aspereza que le dificultaba levantarse cada noche y hacer de tripas corazón y enfrentar una existencia que no había elegido. Desde luego, tema ingrato en el cual solo podía aceptar, lisa y llanamente, como el preludio de un destino amargo, molesto como una enfermedad venérea, en la Eternidad en la que estaban apostados, desde hacía meses, esperando ese día en particular.

—Nada, solo esperar a que traigan la llave. Seguro vendrá uno de los chicos para los mandados, el delivery. —Y el candado traveseaba con destellos como de diamante. Tanto, que Maldadoso cerró un poco los ojos—. Seguro que sí. —Maldadoso arqueó una ceja.

No habían elegido lo que padecían por aquellos aciagos días de incertidumbres y rarezas, de espejismos y maldad, de drogas y pérdida de fe, de tenebrosidades perpetuas y hurtos sentimentales que en nada los ayudaba, porque lo sensitivo no cuadraba en ese Antimundo en el que se sumergían cada noche.

Yonquigirl dijo:

—¿Seguro…? Ese hombre, Edward Mordake, tenía una cara extra en la parte posterior de su cabeza. Era su «cara de demonio», que le susurraba cosas, cosas como las que oigo a cada rato, esas vocecillas imperantes de chalada que tengo.

—Bah, ¿y qué? —refutó Maldadoso, que entendía ese panorama como uno más para soportar en los últimos trechos en los cuales se había involucrado desde hacía años, cuando ambos decidieron ahogarse en los tumultos de la anormalidad—. Los huesos de Mordake están allí, guardados en ese cuarto con puerta de fierro, con ese candado con vida propia, metidos en un ataúd de ébano, y ahora debe estar volviendo a la vida, si es que eso sea la vida, ¿no es cierto?

—Y con luz propia, como ese candado, en efecto —agregó ella.

—Sí, nosotros solo esperamos la llave para abrir y recibirlo. —Pausa—. Hay grandes planes para los tres. Un noble inglés estará junto a nosotros, se llama Edward Mordake y aparecerá aquí, en Santiago de Chile, y será un burgués que ayudará a que los demonios salgan de abajo. —Observó el piso flotante y la oscuridad cubría el living-room como una telaraña espesa, como un género tiznado o una marea de petróleo.

—Allí hay un tesoro —comentó Yonquigirl y mascaba chicle, lenta como mamífero rumiante.

Había una sensación marchita, como de cementerio de abadía inglesa.

—Se trata de la osamenta de Edward Mordake en un ataúd y el conjuro lo traerá a la vida una vez obtenida la llave del candado Odis. Abriremos y le daremos la bienvenida. Meter la llave en el candado es el conjuro que lo convertirá en lo que fue cuando vivía en el siglo diecinueve.

—Es un candado embrujado, ¿no, Maldadoso? ¿Eso lo traerá a la vida? ¿Eso llenará de carne y piel y órganos sus huesos polvorientos en su ataúd de ébano?

—Sí, Yonquigirl. Aunque para mí ese candado no está embrujado —negó con la cabeza—. No es un candado embrujado. No alharaquees.

—Pero si se ilumina solo en la negrura. ¿Qué es, entonces, Maldadoso? ¿Otra huevada rara de estos seres?

—Yo no los llamaría seres. Son demonios, más bien. —Acto seguido un sofá Scott de tres cuerpos se deslizó diez centímetros y los dos no se percataron de nada. Lidiar con ese tipo de fenómenos se había vuelto pan de cada día, de manera que no se cercioraban de cada suceso lindante al poltergeist.

—Un bicho, una mierda rara. Edward Mordake fue una falla de la Naturaleza.

—Pensar que yo me creía un fenómeno de la Naturaleza, Yonquigirl.

—De la Naturaleza no, pero sí de la Hermandad Halloween —juzgó ella.

Maldadoso pulsó el interruptor y el candado dejó de brillar por la luz.

—Increíble que ese candado estuviese iluminando, antes, cuando conversábamos en la oscuridad, sentados a la mesa y esperando que llegue ese delivery. ¿Son ellos los que lo envían…? ¡Qué horror, sí! Hasta tienen gente trabajando. Tal vez un venezolano que arrancó de Maduro, ¿no? ¿Tu celular indica en qué calles está?

—Nones. Lo tengo sin batería —contestó él.

Se oyó un golpeteo por detrás de la puerta y el candado Odis se sacudió, como si estuviera al vaivén de los golpes de nudillos por detrás de esa puerta, resistente como un barco a la deriva.

—Golpean la puerta por el otro lado —comentó Maldadoso, circunspecto.

—Sí, golpean. Son como contraseñas en una sesión de espiritismo. Quizá Mordake ya se levantó de su ataúd. Quizá ya es humano. Quizá ya nació por segunda vez.

—No, pues… Si falta la llave en la cerradura del candado. No enredes, Yonquigirl.

—Siempre, toda mi vida, enredo. Lo que sucede atrás de esa puerta corrobora lo que siempre he pensado, ¿eh?

—Sí, lo sé. Me he ido acostumbrando a los ruidos y entes y aparecidos y…

Hubo otro golpe fortísimo, y se detuvo para dar paso a una confesión desinteresada por parte de Yonquigirl:   

—¿Cuánto tiempo llevo convertida…? ¿Siendo la guardiana de las pelotudeces que siempre han impuesto los de la Hermandad Halloween?

—Uy, no sé. La última vez no logramos conseguir nada, incluso metiéndome yo en el hospital San José a medianoche y eludiendo a toda esa gente, los médicos y enfermeros o lo que sea. Incluso creo que esa noche me topé con esa monja fantasma de la época del cólera y nada de sangre fresca pude robar para que te alimentaras. —Yonquigirl rio.

Luego hubo un instante de mutismo.

—¿Mordake tendrá hambre? No lo sabemos —dijo ella, ya más reposada—. Ese lugar es como una habitación del pánico, ¿no? Y sus despojos crecerán, volviendo a la vida, y eso que ellos solo habían conseguido sus restos traídos en un vuelo chárter desde Inglaterra. —Pausa—. O quizá ya está listo y golpea la puerta porque quiere salir.

—Uf, se suicidó a los veintitrés años y tenía un título nobiliario y… ¿Qué más, Yonquigirl? Fue todo un caso ese hombre.

Después ninguno dijo nada. Del otro lado volvían los sonidos, similares a los provocados en las sesiones de espiritismo. O tal vez en un ajetreado poltergeist.

Maldadoso concluyó:

—Mordake es un fenómeno, una criatura con una cara en la parte trasera de la cabeza, que con su boca le susurraba de todo, todo a su parte «normal» de una manera demencial, como si fuera una réplica, un hermano demoniaco pegado en su cabeza, la causa de los problemas de cada individuo, sino de la misma Humanidad.

—¿Y…?

—Hablamos de él y aguardamos. Esperamos. Damos vida a Mordake departiendo esta sarta de huevadas mientras esperamos al delivery, ¿cómo llamarlo de otra manera…? ¿Junior? ¿Cadete? ¿Chico de los mandados? La llave calzará perfecta en la abertura del candado que se ilumina solo y abrirá esa puerta de fierro, del Infierno, en la que está Mordake. —Pausa—. Allí está, en su ataúd elegante. Se convertirá en un ser humano que usará una capucha para cubrir su otra cara trasera, y saldrá en la noche a cazar mujeres vírgenes para beber su sangre prístina. O tal vez ya no tendrá esa cara en la parte posterior de su cabeza, quién sabe. Sí, no creo que la Hermandad Halloween acepte que esa cara se mofe de él y que, de nuevo, termine suicidándose a los veintitrés años.

—¿Y, qué más, Maldadoso?

—Nada, solo esperar a que llegue la llave y nazca por segunda vez.

Algo desconocido, en efecto, crujía detrás de la puerta de fierro, como si Edward Mordake estuviese destrozando el ataúd de ébano en un arrebato de furia, asunto incierto porque volvería a la vida solo si se introducía la llave del delivery en el candado Odis.

—Sí, claro —afirmó ella con vesania—, tenemos toda la Eternidad para conocer a Mordake. Seguro es un tipo interesante, sofisticado.

—Sofisticado mi falo, Yonquigirl —zanjó él.

De manera puntual, un aguerrido toque de campana anunció la llegada del delivery, y tal vez ese inglés volvería a la vida: joven que padeció del síndrome congénito de duplicación craneofacial, y reposaba en ese cuarto cerrado a cal y canto.

Eufórica y guillada, Yonquigirl exclamó:

—¡Qué horror, sí! ¡Llegó…! ¡Por fin…! Ojalá resulte todo esto, ¿sí? —Luego descansaron mientras una suave música de otras épocas inundaba la casa y la lluvia comenzaba a golpear contra el tejado.

Ignacio Fritz nació en Santiago, Chile, en 1979. Licenciado en Comunicación Social y Periodista (UNIACC) con estudios inconclusos de Literatura y Derecho. Ostenta un diplomado en Escritura Creativa de la Universidad Diego Portales. Sus primeros cuentos aparecieron en el suplemento juvenil «Zona de Contacto», del diario El Mercurio, a fines de la década de los 90. Ha publicado los libros de cuentos Eskizoides y obtuvo el primer lugar en el concurso de cuentos de Unión Latina con el relato Camila Rochet. Su última novela se titula Terrorismo marxista.

EL BESO DE LA DRÍADA