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miércoles, 13 de mayo de 2026

EN ALGÚN LUGAR

Joan Antoni Fernández

 

En Algún Lugar, 3er. día de la 1ª decena del mes Brumario en el Año Ocho de la Revolución

 

                                                         A la atención del insigne escritor Stanislaw Lem.

Apreciado Sr. Lem:

 

Tal vez le sorprenda la recepción de esta carta, ya que será un escrito muy antiguo para cuando llegue por fin a su poder. Si mis cálculos del calendario republicano francés no me fallan, será (o fue) enviada el 3 de Octubre del año 1800, cuando la Revolución Francesa todavía tiene visos de triunfar y la Humanidad entera sueña con un mundo mejor. Libertad, igualdad y todas esas paparruchas, como sin duda usted habrá estudiado… El caso es que, si todo va bien y el Correo Temporal no sufre demora alguna, la misiva llegará a sus manos a mediados del mes de Octubre del año 1956.

Si le maravilla a usted lo portentoso de este envío, un rápido análisis le hará comprender que no lo es tanto. Después de todo, en cierta manera es usted mismo quien me la ha dictado, obligándome incluso a pagar los sellos del envío por correo certificado. No me quejo, señor mío, aunque el dispendio ha sido elevado. Pero por el deber a cumplir la rigurosidad de la Historia, prefiero dejar constancia del hecho, ya que ello pudiera representar una gran importancia en el futuro… o en el pasado. Nunca se sabe.

Por cierto, caigo en la cuenta de que a estas alturas todavía no me he presentado. Aunque no dudo de su natural agudeza mental, prefiero no caer en confusión alguna al respecto. Señor Lem, permítame decirle que yo me llamo Ijon Tichy y soy, por así decirlo, el más afamado hijo de su pluma.  

No me malinterprete, no escribo esta carta para pedirle asignación alguna, tan sólo afirmo ser su personaje ficticio por excelencia. Al ser una criatura literaria, creada en su fecunda imaginación, actúo como el deus ex machina que sirve de excusa para contar sus historias de trasfondo social. Y ya que ostento de forma honrosa semejante condición, me atrevo a sugerir que tal vez pudiera usted no referirse a esa pequeña verruga que tengo en la mejilla, o cuanto menos señalar que se parece a una fresa silvestre. Resulta un detalle poco armonioso hacia mi persona. Todo sea por crear buena impresión en un posible lector, ya me entiende.

Sin duda, en estos momentos estará usted escribiendo o, cuando menos rumiando, un libro de viajes en el espacio y el tiempo donde, de forma un tanto sarcástica, filosofará usted sobre la condición humana, la sociedad en general, e incluso sobre el sistema comunista de su país. No hace falta que le advierta sobre los peligros que encierra la censura oficial, así como lo importante que resulta para la salud de uno decir (escribir) lo que se piensa, pero a la vez sin dejar pistas que indiquen que aquello que se dice (escribe) es lo que se está pensando en realidad. Ya me entiende usted, no hace falta que profundicemos en tan espinoso tema.

Pero no divaguemos más, pues el tiempo apremia, Resulta curioso decir esto, siendo como soy un viajero temporal, aunque resulta bien cierto. Una hora siempre es una hora, en este siglo y en otro cualquiera. Tempus fugit, como suele decir mi querido amigo el profesor Tarantoga.  Lo cierto es que lo que ahora me acontece es consecuencia directa de uno de mis viajes, si no me he descontado creo que se trata del vigésimo séptimo. Un viaje que, a tenor de su vital importancia, habrá de permanecer en secreto. Y ése es el motivo de la presente misiva: advertirle a usted que, bajo ningún concepto, deberá escribir palabra alguna sobre dicho viaje. Será un lapso en blanco dentro de la futura ciencia de la Tichología.

Permítame que le ponga a usted en antecedentes del suceso en cuestión. Me parece recordar que la historia empezó (no estoy seguro de todo, pues usted todavía no ha escrito mis Viajes y menos todavía mis Memorias, por lo que podría invertir o trastocar el orden de mis recuerdos), me parece pues, que tras mi viaje vigésimo quinto… o tal vez fuera el vigésimo sexto… me encontraba yo pilotando una nave en la ruta de la constelación de la Osa Mayor. Y entonces aconteció el suceso.

 No sé si a la recepción de la presente usted habrá concebido ya en su mente el complejo personaje del doctor Diágoras, insigne cibernético aunque algo desequilibrado. Un hombre dominado por el deseo de construir un organismo cibernético perfecto. Según su teoría, los robots tan sólo son una burda imitación de nosotros mismos. Es gracias a ello que este científico, tras arduos intentos, ha creado un ser perfecto y sin rasgos humaniformes. Posee la forma de un polímero fungoide y goza de gran intelecto, estando libre de obedecer a la primera ley impuesta a otras creaciones cibernéticas: la obediencia.

Para Diágoras, que un ser cibernético esté obligado a obedecer las directrices de un programa es un error fatal. A fin de obtener un resultado inmediato en su utilización, unos cálculos exactos por ejemplo, los constructores cierran el camino a la espontaneidad de la obra que han construido. En realidad crean simples herramientas, incapaces de evolucionar por sí mismas, de saltarse sus propios condicionantes. En resumen, no son seres autoconscientes. Sin gozar de espontaneidad no hay comportamiento imprevisible. Y sin lo imprevisible, no existe la auténtica cibernética.

Cuan imprevisible puede ser una creación libre, carente por completo de cortapisas, sin duda el pobre Diágoras lo experimentó cuando la forma del polímero fungoide desapareció de su laboratorio de Creta, capturando a la vez al propio científico. Usted nunca ha llegado a explicarlo, pero sin duda sabe cómo acaba semejante relato: dejando las puertas abiertas al misterio. Un misterio que, para nuestra desgracia, yo he tenido que resolver en la actualidad. ¿O debería decir en el futuro, ya que le estoy escribiendo desde el pasado?

Lo único cierto es que, como le he contado antes a usted, yo me encontraba a bordo de mi nave en ruta por la Osa Mayor. Mi intención original era doblar el espacio para acercarme hacia la Gran Nube de Magallanes, donde se hablaba de la existencia de ciertos gatos inteligentes. Precisamente estaba yo calculando las coordenadas del salto cuando apareció en medio de la cabina una extraña figura. Acostumbrado como estoy a estos fenómenos, debido a lo acontecido en anteriores viajes, me lo tomé con bastante calma. Descubrí que se trataba del profesor Diágoras, quien pareció muy complacido al verme.

—¡Tichy, gracias al cielo que le encuentro! —gritó pletórico—. ¡Debe usted ayudarme o el Universo estará condenado!

—¿Eh? —le contesté sin implicarme demasiado, algo que también he aprendido a hacer tras las consecuencias de otros viajes.

—¡El polímero fungoide que yo construí ha evolucionado! ¡Ahora desea dar el paso definitivo y convertirse a su vez en un Constructor!

—¿Eh?

—¡Tichy, cretino integral, escúcheme usted bien! Nosotros los humanos somos los constructores y los mecanismos cibernéticos son nuestras obras. Por mucho que evolucionen y cambien, siempre tendrán un origen de obra, de construcción. Eso es lo que este Nuevo Ser desea modificar. Pretende ser el Constructor Supremo y que nosotros, los humanos, seamos una de sus obras. ¿Lo comprende usted?

—¿Eh?

—¡Escuche bien, no tengo mucho tiempo! Mi captor se percatará pronto que he logrado huir del Éxtasis Preventivo, donde me tenía prisionero.

—¿Eh?

—Siendo el Nuevo Ser casi divino, ya no le basta la infinitud inabarcable de su poder actual, intenta cambiar la formación del propio Universo. Por fin ha descubierto que tanto él, como usted y yo mismo, que todos somos la obra de un Constructor externo. Pude engañarle durante un tiempo, haciéndole creer que nuestro Creador Supremo era un conglomerado robótico denominado LEM, Lenticular Engineers Minds (Mentes Ingenieras Lenticulares), pero su omnisciencia no tardó en descubrir el engaño. Así supo que “Lem” era en realidad el apellido de un ser humano y que somos obra de su fértil imaginación. Ahora desea eliminarlo, ocupando su puesto como Creador, y ahí es donde interviene usted, Tichy.

—¿Eh?

—Deberá viajar al pasado y prevenir a nuestro Constructor, el señor Lem, de la amenaza que se cierne sobre él. Si logra escribir un relato donde el polímero fungoide no sea tan poderoso y carezca de la capacidad suficiente para cambiar el pasado, todos estaremos a salvo. ¿Lo ha comprendido bien, Tichy?

—¡Ah! —dijo tras una pequeña pausa.

Y es por eso, mi apreciado señor Lem, que le escribo la presente. No le aburriré con los detalles de mi travesía por el espacio y el tiempo, atravesando bucles y agujeros negros hasta llegar a la época de la Revolución Francesa. Tanto el doctor Diágoras como mi buen amigo el profesor Tarantoga, a quien pedí consejo, estuvieron de acuerdo en señalar dicho momento histórico como el más apropiado. La confusión es total, ya es la segunda vez en el día que alguien ha vaciado un orinal desde una ventana y ha caído sobre mi pobre cabeza, así que el Nuevo Ser no podrá localizar mi intento de contactar con usted. Al menos, eso esperamos.

Es por todo ello, señor Lem, que le ruego encarecidamente se avenga a escribir con mucha atención su relato sobre mi futura, o tal vez pasada, visita a casa del doctor Diágoras, así como de la descripción que realiza usted del portentoso polímero fungoide. Incluso no estaría de más que lo suprimiera por completo. Nunca se sabe.

Sé que usted será escéptico a mi relato, tomándome por un chiflado. Otros seres ya me han considerado así con anterioridad, no me ofendo por ello. Pero también sé que usted posee un intelecto culto, capaz de cuestiona esa lógica que el hombre, a través de sus científicos, trata de implementar en la Naturaleza. Piense usted que tal vez por ello sería mejor no jugar a ser Constructores. Dejemos que sea el propio Universo quien cree a su manera y limitémonos a contemplar sus maravillas. Jamás entenderemos lo Ajeno, esa idea la comparto con usted. Pero, a pesar de todo, no dejaré de maravillarme con lo que contemplo.

 Y eso se lo aseguro siendo como soy una persona muy viajada, usted más que nadie sabe que es verdad. El espacio y el tiempo atesoran maravillas insondables que nos dejarán boquiabiertos, si antes alguna de ellas no nos mata. Espero de veras que podamos disfrutar de todo el Universo sin problemas, y también que llevemos la muda adecuada.

 Sin otro particular, deseándole lo mejor, se despide de usted su más entusiasta creación, como siempre a punto de partir hacia un nuevo viaje.

Su seguro servidor,

                                        Ijon Tichy

                                       Personaje Viajero.


Joan Antoni Fernández nació en Barcelona el año 1957, actualmente vive retirado en Argentona. Escritor desde su más tierna infancia ha ido pasando desde ensuciar paredes hasta pergeñar novelas en una progresión ascendente que parece no tener fin. Enfant terrible de la Ci-Fi hispana, ha sido ganador de premios fallidos como el ASCII o el Terra Ignota, que fenecieron sin que el pobre hombre viera un céntimo. Inasequible al desaliento, ha quedado finalista de premios como UPC, Ignotus, Alberto Magno, Espiral, El Melocotón Mecánico y Manuel de Pedrolo, premio éste que finalmente ganó en su edición del 2005. Ha publicado relatos, artículos y reseñas en Ciberpaís, Nexus, A Quien Corresponda, La Plaga, Maelström, Valis, Dark Star, Pulp Magazine, Nitecuento y Gigamesh, así como en las webs Ficción Científica, NGC 3660 y BEM On Line, donde además mantenía junto a Toni Segarra la sección Scrath! dedicada al mundo de los cómics. Que la mayoría de estas publicaciones haya ido cerrando es una simple coincidencia... según su abogado. También es colaborador habitual en todo tipo de libros de antologías, aunque sean de Star Trek ("Últimas Fronteras II"), habiendo participado en más de una docena de ellas (Espiral, Albemuth, Libro Andrómeda, etc.). Hasta la fecha ha publicado siete libros: "Reflejo en el agua", "Policía Sideral", "Vacío Imperfecto", “Esencia divina”, “La mirada del abismo”, “Democracia cibernética” y “A vuestras mentes dispersas”. Además, amenaza con nuevas publicaciones. Su madre piensa que escribe bien, su familia y amigos piensan que sólo escribe y él ni siquiera piensa.

miércoles, 29 de abril de 2026

EL MENSAJE DE LOS DIOSES

Joan Antoni Fernández

 

El mundo no estaba preparado para lo que iba a suceder aquella soleada mañana de mayo. Se había rumoreado durante tanto tiempo, generando ingentes especulaciones al respecto, que de hecho ya nadie creía en ello.

El coronel Kovalsky, americano de origen judío, se encontrara en aquellos momentos oculto en las profundidades de una base militar secreta, en algún lugar de California, y aguardaba con su proverbial flema las órdenes del Pentágono. Por su parte, también el coronel Petronov, ruso de origen judío, esperaba instrucciones del Kremlin en otra base militar no menos secreta en algún lugar de los Urales.

Había sido a las 10,47 AM, hora americana, cuando se produjo la sorpresa. Desde algún lugar procedente del espacio exterior empezó a llegar a la Tierra una señal de alta frecuencia. Todos los radiotelescopios del planeta la captaron con claridad. Era intermitente, sonaba durante unos veinte segundos y luego enmudecía unos dos minutos, volviendo a sonar otra vez. Rápidamente se dio la señal de alarma; aquello resultaba alucinante. Alguien se estaba comunicando con la Tierra desde algún ignoto punto del Universo.

Las autoridades americanas y rusas olvidaron por ensalmo sus diferencias y convocaron con urgencia una reunión conjunta. En aquellos cruciales momentos tenían que estar unidos por el bien del planeta. Tal vez tuvieran que aunar esfuerzos si resultaba que aquel mensaje era una especie de declaración de guerra espacial. ¿Sería la Tierra invadida por seres de otra galaxia? El pánico cundió en las altas esferas y se dio la orden de que la noticia no trascendiera a la opinión pública.

Los expertos más afamados de todo el mundo comenzaron a estudiar la señal. Su origen se precisó, según cálculos aproximados, en la galaxia M51, demasiado lejana para despertar inquietud. ¿O no? El profesor Pelmann, alemán de origen judío, sostuvo la teoría de que el mensaje llegaba potenciado hasta nosotros a través de un repetidor que los extraterrestres debían de haber situado muy cerca, en el mismísimo sistema solar.

Pero, ¿qué era lo que decía aquel enigmático mensaje? Resultaba del todo incomprensible; parecía alguna especie de código y nadie era capaz de traducirlo. ¿Por qué los extraterrestres nos enviaban aquella señal? ¿Qué pretendían comunicarnos? Era un misterio sobrecogedor.

A las 14,23 PM el profesor Smithson, británico de origen judío, logró establecer la procedencia del mensaje. Para ser del todo precisos, halló la localización exacta del repetidor que aumentaba la señal hacia la Tierra. Dicho punto se encontraba en la cara oculta de la Luna. Este hecho asombró y preocupó al comité de seguimiento internacional surgido tras la crisis. ¿Por qué nos enviaban mensajes desde nuestro propio satélite? ¿Por qué no venían directamente a la Tierra? Tras un largo estudio de la situación, se decidió enviar una nave tripulada a la zona lunar para investigar en el mismo terreno aquel artefacto repetidor. La tripulación de la nave exploradora estaría compuesta por un ruso y un americano, evitando asperezas y tensiones entre ambas potencias. Se acordó lanzar el ingenio desde Cabo Cañaveral al día siguiente.

Los preparativos para la misión fueron frenéticos a partir de aquel momento. Cada vez resultaba más evidente que la solución a aquel enigma se encontraba en la cara oculta de la Luna.

A las 06,07 AM hubo una filtración en los servicios de seguridad. Un radioaficionado había captado el mensaje, así como una conversación entre varios astrónomos. La noticia se extendió como un reguero de pólvora y pronto fue difundida por prensa, radio y televisión. Los gobiernos tuvieron que hacer llamadas a la calma y hubo toques de queda en todos los países desarrollados. Curiosamente, en el ámbito del Tercer Mundo dicha información apenas causó revuelo.

En pocas horas surgieron por todas partes miles de sectas de adoradores que rendían pleitesía a los dioses galácticos, mientras que los religiosos tradicionales gesticulaban y gritaban tratando de hilvanar explicaciones convincentes que implicaran sus creencias con la realidad del mensaje. Sin saberse cómo, pronto comenzó a circular el rumor de que dicho mensaje dotaría de gran sabiduría a quien lograra descifrarlo, llegando a convertirle en el amo del mundo.

Pronto el mercado se vio inundado de infinidad de cintas con la emisión grabada, así como libros que explicaba la manera correcta de entender su significado. Se realizaron cientos de entrevistas con personajes famosos, gente que nadie conocía saltó a la luz, declarando que habían estado en contacto con los alienígenas desde hacía años, explicando de cien formas distintas qué debíamos hacer para seguir sus sabios consejos o, según otros, sus órdenes estrictas.

En aquel orden de cosas llegó la mañana del lanzamiento. A las 08,45 AM fue propulsado el cohete espacial tripulado desde Cabo Cañaveral. El coronel Kovalsky y su homólogo ruso Petronov viajaban a bordo. La misión era tan delicada que los altos mandos no se habían atrevido a enviar a alguien con menor graduación. Ambos militares eran expertos pilotos, por lo que no resultó difícil enseñarles el manejo de la nave. Claro que las operaciones fundamentales serían realizadas desde la Tierra por control remoto. Ni que decir tiene que, antes de marchar, los dos hombres habían sido aleccionados por sus respectivos gobiernos. De aquel viaje podía depender el destino de toda la Humanidad.

Las horas fueron pasando sin que nada nuevo sucediera; una tensa calma se había apoderado de todo el mundo. No había ningún nuevo dato que añadir, el mensaje seguía llegando con uniforme puntualidad sin que fuera posible descifrarlo. Mientras tanto, la nave se acercaba veloz a la Luna, los motores funcionando a plena potencia. El combustible secreto de fabricación americana hacía más corto el viaje, mientras que el sistema de navegación ruso les permitiría posarse con suavidad cerca del lugar de la emisión. Sólo cabía esperar.

El militar americano, tendido como un fardo en su saco de dormir, miró con disimulo al ruso. Éste también trataba de descansar, flotando en la ingravidez y sin prestar atención aparente. Kovalsky recordó las instrucciones que le habían dado. Si el mensaje podía ser descifrado allí arriba, debería hacerlo y matar al ruso. Era muy importante para la salvaguarda de los Estados Unidos que tan fabulosos conocimientos no cayeran en manos del enemigo. Con disimulo acarició el estilete que ocultaba bajo la manga.

A las 16,30 PM los dos astronautas interrumpieron su inactividad. Se estaban acercando al objetivo. Petronov se encargó de gobernar el módulo dirigiéndolo hacia el lugar designado. Los dos hombres observaron a través de la claraboya la superficie lunar, buscando con atención el misterioso emisor. Kovalsky fue el primero en localizarlo. Se trataba de un montículo metálico de forma piramidal, con una bola luminiscente girando en su punta. No había el menor rastro de vida a su alrededor, pero se ordenó a los tripulantes que alunizaran el módulo a cierta distancia.

El aparato se posó en el suelo lunar con suavidad. Minutos después, ambos hombres saltaban al exterior enfundados en trajes espaciales. Una cámara de televisión enviaba sus imágenes a la Tierra, donde todo era grabado y analizado.

El ruso fue el primero en llegar a la extraña construcción. No parecía tener puertas ni aberturas y sus paredes eran lisas por completo. La estructura era piramidal, de ocho metros de alto por cinco de ancho y otro tanto de profundidad. Sus instrumentos les confirmaron que las señales a la Tierra procedían de aquel lugar. El estudio del terreno adyacente les confirmó que el artefacto había alunizado hacía poco. Su llegada y la transmisión debieron ser casi simultáneas. Aquello planteaba una pregunta inquietante: ¿estaría tripulado el aparato?

De repente, la bola luminosa de la cúspide comenzó a girar a mayor velocidad. Los astronautas sintieron un fuerte zumbido en sus receptores y un potente estallido les retumbó en los tímpanos. La emisión había cambiado a una ultrafrecuencia mucho más potente, bloqueando sus conexiones con la Tierra. En Cabo Cañaveral se perdió la imagen y el sonido, tanto por el canal ordinario como por el de emergencia. Al mismo tiempo, los radiotelescopios dejaron de captar el mensaje, transmitido ahora a una frecuencia demasiado alta para sus instrumentos.

Kovalsky, atontado todavía, sentía sus oídos silbar mientras trataba de establecer contacto con su base. También el ruso manipulaba los instrumentos de su traje con creciente pánico. Al fin ambos se miraron indecisos. Se encontraban incomunicados con la Tierra, ni tan siquiera podían hablar entre sí. ¿Qué hacer?

Petronov, con gesto alterado, alzó un brazo y señaló hacia el artefacto. El americano se volvió y contempló con estupor que se había abierto un hueco en la base. El espacio resultaba lo bastante amplio para permitir el paso de una persona. ¿Qué debían hacer? El ruso, tras un momento de indecisión, avanzó resuelto hacia la abertura y su compañero le siguió. Penetraron por el orificio hasta alcanzar una cabina circular, iluminada por una tenue luz violeta proyectada desde lo alto.

Siguieron avanzando por un angosto pasillo que giraba hacia su izquierda y desembocaron en una amplia zona esférica mejor iluminada, sin lugar a duda el centro del extraño aparato. No se veía a nadie, aunque el parpadeo de luces en varios paneles indicaba que aquel mecanismo funcionaba.

Los dos hombres se giraron, recorriendo con la vista aquel lugar extraño y enigmático. Nada en el entorno les resultaba familiar, por lo que no pudieron sacar conclusión alguna sobre su funcionamiento. En una pared cercana había un aparato esférico que giraba con lentitud a la vez que cambiaba de color a cada instante, produciendo un suave chasquido que recordaba la cadencia del misterioso mensaje. Ambos hombres llegaron a la misma conclusión: se hallaban en el interior de un aparato automatizado que no precisaba de control manual.

Kovalsky comprendió lo que debía hacer; tendría que matar al ruso y ponerse en contacto con los suyos para apoderarse de aquel artefacto e inspeccionarlo a fondo. Había que evitar a toda costa que cayera en poder de la otra potencia, la tecnología obtenida de su estudio daría a su poseedor una primacía absoluta. El americano se acercó a su compañero con lentitud, mientras su mano derecha se cerraba sobre el frío estilete que había ocultado en un bolsillo externo. Bastaría un pequeño corte en el traje de Petronov y el ruso moriría asfixiado en aquel lugar carente de oxígeno.

Ya la mano de Kovalsky iniciaba su rápido movimiento asesino cuando el ruso se volvió de súbito con otro estilete en su diestra. Los dos hombres se contemplaron con sorpresa y horror, mientras sus respectivas armas perforaban al unísono ambos trajes. Mientras el oxígeno escapaba a borbotones por las rasgaduras, los astronautas se bambolearon con patética inutilidad, realizando una danza macabra. Al fin cayeron al suelo; Kovalsky murió casi en el acto, atravesado por su propia arma en la caída. Petronov, sintiendo que le abandonaban las fuerzas, trató de taponar con desesperación la enorme brecha del traje apretando con las manos. Lentamente comenzó a perder la consciencia, sintiendo sus pulmones a punto de estallar en el vano esfuerzo de captar oxígeno. Pronto cayó en un profundo sopor que le condujo a la muerte.

El cilindro esférico dejó de parpadear durante unos instantes, evaluando el extraño comportamiento de los intrusos. Una vez anotado el incidente, la IA de la nave ordenó a un robot que limpiara la sala de control, arrojando al exterior los cuerpos extraños. Luego, la esfera continuó con la tarea asignada.

Una vez subsanado el fallo en su sistema emisor, volvió a transmitir en la onda de ultrafrecuencia establecida. En toda la zona de la galaxia de nuevo era audible el aviso para navegantes que se repetía a intervalos regulares.

“Reserva Salvaje A24. Prohibido dar de comer a los animales de este planeta”.

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Joan Antoni Fernández nació en Barcelona el año 1957, actualmente vive retirado en Argentona. Escritor desde su más tierna infancia ha ido pasando desde ensuciar paredes hasta pergeñar novelas en una progresión ascendente que parece no tener fin. Enfant terrible de la Ci-Fi hispana, ha sido ganador de premios fallidos como el ASCII o el Terra Ignota, que fenecieron sin que el pobre hombre viera un céntimo. Inasequible al desaliento, ha quedado finalista de premios como UPC, Ignotus, Alberto Magno, Espiral, El Melocotón Mecánico y Manuel de Pedrolo, premio éste que finalmente ganó en su edición del 2005. Ha publicado relatos, artículos y reseñas en Ciberpaís, Nexus, A Quien Corresponda, La Plaga, Maelström, Valis, Dark Star, Pulp Magazine, Nitecuento y Gigamesh, así como en las webs Ficción Científica, NGC 3660 y BEM On Line, donde además mantenía junto a Toni Segarra la sección Scrath! dedicada al mundo de los cómics. Que la mayoría de estas publicaciones haya ido cerrando es una simple coincidencia... según su abogado. También es colaborador habitual en todo tipo de libros de antologías, aunque sean de Star Trek ("Últimas Fronteras II"), habiendo participado en más de una docena de ellas (Espiral, Albemuth, Libro Andrómeda, etc.). Hasta la fecha ha publicado siete libros: "Reflejo en el agua", "Policía Sideral", "Vacío Imperfecto", “Esencia divina”, “La mirada del abismo”, “Democracia cibernética” y “A vuestras mentes dispersas”. Además, amenaza con nuevas publicaciones. Su madre piensa que escribe bien, su familia y amigos piensan que sólo escribe y él ni siquiera piensa.

jueves, 27 de noviembre de 2025

ALTA DEFINICIÓN

Joan Antoni Fernández

 

—Veamos, joven. ¿Dice usted reunir todos los requisitos, estar cualificado para formar parte de nuestro selecto club? No se apresure, medítelo con calma y sea sincero.

Teo tragó saliva y miró dubitativo a su entrevistador. ¿Estaba realmente seguro del paso que iba a dar en aquellos momentos? ¡Por supuesto que sí!

—Desde luego —afirmó categórico, aunque su voz sonó estridente—. No tengo la menor duda, soy uno de los pocos afortunados.

—Comprenda que su simple palabra no nos basta, deberemos revisar con detalle su expediente —el otro se mostró firme—. Suele suceder con frecuencia que individuos de bajo nivel tratan de embaucarnos, pretenden ser admitidos mediante embustes en el seno de nuestra sociedad. Pero sólo aceptamos a los más puros, es la norma de esta institución.

—Lo entiendo, y apruebo su prudencia.

—Excelente, entonces repasemos el informe oficial —el hombre tecleó con rapidez en su portátil y observó la pantalla frunciendo el ceño—. Aquí dice que usted nació en la ciudad de Terrassa hace veintinueve años, ¿es correcto?

—Así es.

—Explíqueme de forma somera cómo llegó a descubrir su... peculiaridad.

—Bueno... —Teo aspiró el aire con fuerza—. En realidad debo admitir que yo nunca mostré ser un niño precoz, ni siquiera me percaté de mi particular situación hasta cumplidos los doce años de edad. Desde muy pequeño tuve un carácter introvertido y no era demasiado buen estudiante, llegando a repetir varios cursos por mis malas notas. En clase me costaba concentrarme, era incapaz de prestar atención a las lecciones. De hecho ni siquiera podía leer bien, siempre acababa divagando. A todas horas tenía la mente repleta de imágenes y voces atrayentes, ecos extraños que me dejaban embelesado la mayor parte del tiempo, sumido en un mundo interior. Por eso los compañeros de clase murmuraban a mis espaldas, se reían de mí y me llamaban Cara-de-plato. Durante años, a pesar de que aquella situación me irritaba en extremo, no le di demasiada importancia y permanecía gran parte del tiempo embelesado en mis propios pensamientos, ajeno a lo que me rodeaba. Pero a medida que me hacía mayor noté que en casa también crecía la tensión. Mi madre comenzó a estrecharme entre sus brazos con mayor asiduidad a la vez que lloraba sin motivo alguno mientras que mi padre solía mostrar el rostro fruncido, apenas me hablaba e incluso parecía cohibido ante mi sola presencia.

—Un comportamiento típico —comentó despectivo el entrevistador—, pero prosiga usted.

—Bueno, así transcurrió mi infancia hasta alcanzar la adolescencia. Tendría trece o catorce años cuando una noche me desperté cubierto de sudor y con un desagradable zumbido sonando atronador dentro de mi cabeza. Todo aparecía distorsionado ante mis ojos y me costaba concentrarme, como si el mundo hubiera perdido nitidez. Un extraño bulto había brotado en la base de mi nuca produciéndome una dolorosa quemazón. Me asusté mucho y llamé a mis padres, quienes me contemplaron con miedo, en especial mi padre. Tras una larga discusión entre ellos, por fin acordaron llevarme al día siguiente al médico.

»Supongo que mi historia es similar a la de tantos otros jóvenes. En aquella época yo acababa de alcanzar la adolescencia y mi cuerpo estaba reaccionando a los cambios del desarrollo hormonal. Hoy en día resulta un proceso de lo más normal, por el que pasa gran cantidad de jóvenes dotados, pero entonces era algo todavía nuevo y aterrador. El médico que me visitó al principio quedó muy sorprendido y comenzó a realizarme todo tipo de pruebas. Fui sometido a radiografías, electrocardiogramas, resonancias magnéticas y varios reconocimientos más que ya no recuerdo. Se me extrajo sangre, se analizó mi orina y hasta me practicaron biopsias. El resultado fue siempre el mismo: mi código genético parecía haber mutado y era muy inestable.

»Lo peor fue que mi padre no aceptó la situación. El hombre se sulfuró y acusó a mi madre de cosas horribles, pues según las pruebas practicadas yo no poseía casi ninguno de sus genes. Mi pobre madre juró y perjuró que ella no había hecho nada malo y que siempre le había sido fiel, pero él no se dejó convencer y al final todo acabó en divorcio y yo me quedé en casa bajo la custodia de ella. Por suerte para nosotros el doctor Comelles, nuestro médico de cabecera, se interesó vivamente por mi estado. Gracias a él descubrimos que yo no era un caso aislado: en todo el mundo había ido surgiendo una cantidad ingente de jóvenes adolescentes que presentaban unas mutaciones tanto o más extrañas que las mías. Parecía como si hubiera estallado una extraña epidemia a escala planetaria. Pero a pesar de aquellas noticias mi padre ya no volvió a vivir con nosotros.

»Como yo era el primer catalán en sufrir dicha alteración, pronto fui recluido en el Hospital de Catalunya para ser estudiado con mayor detenimiento. De semejante época no guardo un mal recuerdo, pues todo el equipo médico me trataba con afecto y cordialidad. Cierto que me sometían a pruebas con una periodicidad abrumadora, pero a cambio tenía a mi disposición cualquier capricho que deseara. Mi madre acudía a visitarme todos los días y nos lo pasábamos muy bien. Luego, de repente, empezaron a llegar más chicos como yo, así que dejé de ser un caso aislado y perdí parte de mis privilegios.

»Un día el doctor Comelles nos llamó a mi madre y a mí, diciendo que ya habían encontrado la causa de todas las alteraciones que yo estaba padeciendo. Bueno, usted ya lo sabe, claro, hoy en día semejante mutación resulta del dominio público y a nadie causa asombro. Pero diez años atrás fue un verdadero shock emocional para mí.

»Bueno, no hace falta que le diga que mis padres habitaban en una zona rodeada de cables de alta tensión y de antenas tanto parabólicas como de radio-frecuencia. Al parecer semejante flujo electromagnético había desestabilizado el fenotipo de mis progenitores produciendo cierta mutación en su genoma, una mutación que yo heredé. El gen egoísta de mi ADN se recombinó gracias a las radiaciones ionizantes, mutando hasta adaptarme a un medio ambiente dominado por el bombardeo masivo de ciertas emisiones. Entonces comprendí la infinidad de extrañas imágenes que siempre invadían mi mente, así como las voces que parecía surgir de la nada. Yo había desarrollado en la parte superior de mi cerebro un receptor de televisión que captaba las ondas hertzianas mediante el bulto de mi nuca, una especie de potente antena creada a través de terminaciones nerviosas, y las transmitía mediante impulsos eléctricos haciéndolas inteligibles para mí.

—O sea que era usted un humano-televisor. —El entrevistador sonrió satisfecho.

—En efecto —Teo asintió complacido—, durante años he estado practicando con mi don hasta dominarlo por completo. Ahora ya soy capaz de bajar el volumen, dar o quitar color, cambiar de canal o simplemente desconectarme a voluntad. Por eso, cuando capté su anuncio, comprendí que yo también era un miembro adecuado para su club. Estoy harto de relacionarme con gente plana incapaz de captar la belleza que hay en las ondas que nos rodean. Necesito entablar relación con gente igual que yo, seres superiores con los que compartir mis sentimientos sin necesidad de utilizar aparatos rudimentarios.

—Bien —el otro suspiró complacido—, creo que está todo en orden. Por lo que parece, usted puede llegar a ser un digno miembro de nuestro club. Ya sabe que aquí sólo aceptamos genuinos hombres-televisor, aunque algún hombre-radio ha intentado ingresar en la cofradía con engaños. Nosotros somos un club de élite y sólo acogemos a los humanos más perfectos, no aceptamos seres medio desarrollados. El mundo será para quien domine los medios audiovisuales, nada pues de hombres-teléfono ni hombres-dínamo. Semejantes mutaciones están destinadas a desaparecer pues su capital genético no podrá adaptarse al entorno actual. Nosotros postulamos el emparejamiento entre individuos con las mismas características para que los hijos obtengan la transmisión de los caracteres adquiridos para bien de la especie humana.

—¿Lamarkismo? —Teo parpadeó.

—Si lo quiere usted llamar así... —El hombre frunció el ceño y miró de nuevo el informe en la pantalla—. Un momento, no he podido dejar de fijarme en un detalle que no me ha gustado. Espere usted aquí, vuelvo enseguida.

Teo observó cómo su entrevistador se levantaba y abandonaba la sala con rapidez. Una extraña sensación de desasosiego se apoderó de él. ¿Qué había pasado? Estaba deseando formar parte de aquel club selecto y poder relacionarse con seres como él, incluso acariciaba la idea de llegar a casarse con alguna mujer-televisor de buena figura y atractivas antenas de cien megahertzios...

Al cabo de unos instantes el hombre volvió a entrar en el despacho acompañado de un individuo de enorme cabeza (un cuarenta y siete pulgadas, seguro) que observó a Teo con ojo crítico.

—Soy el doctor Ericksson —dijo este último con voz bien modulada—, parece ser que se ha presentado un pequeño problema.

—¿Un problema? —Teo parpadeó con creciente ansiedad.

—¿Lo ha visto usted? —El primer hombre asió al médico por el brazo mostrando su nerviosismo.

—Sí, no hay la menor duda —el galeno asintió muy serio—. Tenía usted razón.

—¿Qué sucede? —Teo miró alternativamente a los otros dos sintiéndose cada vez más alarmado.

—Lo siento, joven —el doctor Ericksson mostró su pesar—, pero no podemos aceptarle a usted en nuestro club. No reúne las condiciones exigidas.

—¡Pero eso es ridículo! —Teo se sobresaltó—. ¡Soy un hombre-televisor, se lo juro! ¡Les aseguro que capto las imágenes en color y el sonido en estéreo! ¡Tengo una alta definición!

—Tal vez —el médico intercambió una mirada con su compañero—, pero por desgracia no cumple los requisitos. Pruebe en otro club menos exigente que el nuestro.

—Pero, ¿por qué?

—Usted parpadea, lo siento.

—¿Que yo parpadeo?

—Sí, usted posee una onda senoidal que recibe la frecuencia analógica, con líneas. Aquí sólo aceptamos definiciones digitales, muchacho. Usted no es apto.

—¡Dios mío!

Teo sintió como si todo se desvaneciera a su alrededor. Por fin comprendió por qué de un tiempo a aquella parte cada vez parecía captar menos señales en su cerebro, su recepción era obsoleta. La mutación desarrollada en sus genes no había sido la más adecuada y él estaba destinado a desaparecer sin dejar huella. Semejante a una mosca drosófila de laboratorio su vida sería breve y estéril, sin salida factible.

La evolución continuaba su marcha implacable. Debía dejar paso a otros caracteres hereditarios que fueran viables, mejor preparados para enfrentarse al futuro. Genes capaces de desarrollar una nueva generación más competente.

Una generación poseedora de alta definición.

Joan Antoni Fernández nació en Barcelona el año 1957, actualmente vive retirado en Argentona. Escritor desde su más tierna infancia ha ido pasando desde ensuciar paredes hasta pergeñar novelas en una progresión ascendente que parece no tener fin. Enfant terrible de la Ci-Fi hispana, ha sido ganador de premios fallidos como el ASCII o el Terra Ignota, que fenecieron sin que el pobre hombre viera un céntimo. Inasequible al desaliento, ha quedado finalista de premios como UPC, Ignotus, Alberto Magno, Espiral, El Melocotón Mecánico y Manuel de Pedrolo, premio éste que finalmente ganó en su edición del 2005. Ha publicado relatos, artículos y reseñas en Ciberpaís, Nexus, A Quien Corresponda, La Plaga, Maelström, Valis, Dark Star, Pulp Magazine, Nitecuento y Gigamesh, así como en las webs Ficción Científica, NGC 3660 y BEM On Line, donde además mantenía junto a Toni Segarra la sección Scrath! dedicada al mundo de los cómics. Que la mayoría de estas publicaciones haya ido cerrando es una simple coincidencia... según su abogado. También es colaborador habitual en todo tipo de libros de antologías, aunque sean de Star Trek ("Últimas Fronteras II"), habiendo participado en más de una docena de ellas (Espiral, Albemuth, Libro Andrómeda, etc.). Hasta la fecha ha publicado siete libros: "Reflejo en el agua", "Policía Sideral", "Vacío Imperfecto", “Esencia divina”, “La mirada del abismo”, “Democracia cibernética” y “A vuestras mentes dispersas”. Además, amenaza con nuevas publicaciones. Su madre piensa que escribe bien, su familia y amigos piensan que sólo escribe y él ni siquiera piensa.

EL BESO DE LA DRÍADA