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viernes, 31 de enero de 2025

1957

 

Eri Echilley

 

La colisión se hacía inminente. Intenté aferrarme al asiento, pero las llamas no dejaban nada a su paso. Mi cara solo devolvía la expresión del horror. No iba a salir con vida del fuego que se acercaba y devoraba todo a su andar. Voy a morir pensé, mientras mi pecho bombeaba tan rápido que parecía abandonar mi tórax. Y de pronto una explosión, las partículas de escombros se aproximaban hacia mi retina. Grité y me cubrí el rostro. La brusquedad del movimiento me despertó de mi trance. Mi cuerpo se mecía por el breve oleaje del mar en el que estaba nadando. De cara al cielo, observé la quietud abúlica del día despejado y suspiré. Era otra de esas pesadillas. “Hay que dar gracias por lo que tenemos”, me decía mi madre cuando era pequeña. Por eso, siempre agradecía poder escapar de la hiperproductividad de la oficina y entregarme al placer inigualable de nadar en el Caribe.

Las playas paradisíacas de Punta Cana se reflejaban en mis pupilas azules que se confundían con la tonalidad del agua. Me mecía con los brazos extendidos apuntando mi rostro hacia el camino de las aves. La preocupación solo se hacía carne en mí cuando volvía a volar. Odiaba volar. Odiaba las turbulencias sorpresivas de esos baches en el aire, hasta que aterrizaba en el aeropuerto y me olvidaba de mis pensamientos derrotistas. Tenía vértigo de morir. Así se lo definía a mi psicóloga cada vez que nos veíamos y le contaba sobre mis ataques de pánico cuando volaba. Tenés que vencer tus miedos, me decía con obviedad como un podcast de cualquier psicólogo famoso de turno. Por eso, cuando mis pies tocaban las manos de la madre tierra, daba gracias por un día más de vida, o uno menos. Daba gracias, a veces, a Dios. A veces solo agradecía mirando al celeste ficticio de los cielos.

Mi saco de huesos estaba bronceado. Mi abdomen era un himno a lo bello, pero también al deseo de todas aquellas mujeres a las que les había dicho que no. Las miradas no se dirigían a otro lugar que no fuera a mi inmensidad. Solía caminar con la arena entre mis dedos y sonreír como una rockstar, como si hubiera una cámara mirándome todo el tiempo. Mi postureo exagerado me situaba en la categoría de ególatra, de soberbia, nada más alejado de ser una agradecida. Nunca hay mejor defensa que un buen ataque, pensaba mientras caminaba como si estuviera en una pasarela. Tenía que sobrevivir al mundo, a mis complejos más marcados, tenía que sobrevivir a mis inseguridades y, en definitiva, a todos los fantasmas que yo misma alimentaba. Pero no quería que nadie lo supiera. A eso se debía el postureo, por eso la soberbia.

Ese jueves llovía. El camino de las ballenas estaba más agitado que nunca, pero a mí no me importó. Nadé hasta una cueva llena de corales y me quedé contemplando un punto de fuga en la perspectiva oscura e inhóspita que refractaba la profundidad del lugar. No me percaté de que llovía más fuerte. La cueva se iba llenando cada vez más de agua ante mis ojos curiosos y ambiciosos que querían seguir nadando para ver qué había en el fondo. Parecía el final del túnel. Nunca había pensado en la muerte tanto como en este viaje. ¿Qué habrá más allá del túnel? ¿Qué habrá más allá del sueño eterno? Sorpresivamente, un estruendo ensordecedor me despertó de mis cavilaciones. Cuando quise darme cuenta, el agua de la cueva había subido en segundos. La corriente me llevó hacia adentro. A esa profundidad. Intentaba nadar, pero la inercia del oleaje me succionaba hacia ese punto negro donde la cueva empequeñecía. El terror de mis ojos se transfiguraba en mis piernas que intentaban patear sin éxito y en mis brazos que lanzaban manotazos sin sentido. De pronto, vi a mi madre, a mi padre, al perro que se había perdido y nunca más volvió. Y vi a mi abuela, y a mi abuelo y a los limoneros en los que solía colgarme en el patio de la casa de mi infancia. Tuve miedo, pero seguramente era otro sueño. Me iba a despertar, pero solo sentía paz. Una paz profunda. Una levedad en el cuerpo. Un silencio sepulcral.

Dicen que el ave de hierro cayó a la deriva con sus hélices consumidas por el fuego. Con su pico besó el mar transparente de las playas del Atlántico. Fue una cuestión de segundos. Su cuerpo metálico e impávido se volvió partículas luego de chocar abruptamente contra los dominios de Poseidón. Los restos del naufragio se mecían entre las olas del mar inexplorado. No hubo sobrevivientes. Nadie del vuelo 1957 llegó a las costas de Punta Cana aquel jueves. Nadie pudo. Yo tampoco.

domingo, 26 de enero de 2025

Y VUELVO

 

Eri Echilley

 


Los pasillos mudos albergan mi esnobismo. Me quedo inerte observando las miradas curiosas de todos aquellos que intentan descifrar los mensajes ocultos dentro de cada pintura. Esas ventanas hacia otras vidas y otras muertes. La cabeza de San Juan Bautista descansa ante la contemplación de aquel querubín resignado o asesino. El tapiz cuelga sublime de la pared y refracta el banquete multitudinario de los vencedores, mientras Escipión sonríe, el cartaginés se desangra en otro plano de otra derrota. El monje me ignora con sus ojos oscuros, al mismo tiempo que intento diferenciar el Barroco del manierismo. Y vuelve a ser agosto, y vuelvo a estar sentada en ese pupitre del instituto mirando las mismas diapositivas. Y tus dedos se enredan con los míos. Tus lentes me devuelven el reflejo de la piba que ya no soy y las librerías ya no nos esperan para que sumerjamos nuestras manos en aquellos canastos llenos de libros de la CEAL. La voz hipnótica de la profesora se cuela por los óleos sobre lienzos en los que he reflejado mi vida. Nuestra vida: la historia inconclusa de dos que nunca se amaron demasiado. Por un momento, olvido que no somos artífices de nuestro propio presente y miro a mi lado, pero ya no existen ni tus análisis profundos ni esos chistes que solo vos y yo entendíamos.  Las olas inefables corrompen mis retinas, estoy en el Canal de la Mancha observando el infinito, mientras alguien me pide que haga silencio, porque las olas rompen y grito fuerte como si pudieras escucharme. ¿Dónde estás que no estás oyendo el asfixiante pedido de auxilio de mi sien? ¿Dónde estás que no estás habitando las escuelas y no estás recitando textos de Galeano en el aula? Claro. La muerte. Claro. La misma que debe andar buscando mis restos de vida para besarme con el filo de su finitud.

Los pasos se escuchan más cercanos. Mi rostro no expresa los estruendos funestos que habitan mi mente cuando me acuerdo del estrépito insolente de tu cuerpo contra la vereda. Soy quien contempla El triunfo de la muerte y no tiene a quien comentarle todo lo que conoce de cuerpos caídos, de entrañas desgarradas y de parcas. El encierro voluntario es este mutismo. Suelo parecer tranquila, pero solo quien habita lo inhóspito conoce su propia quietud y su propia furia. Solo yo sé distinguir lo bello del desastre.

Sigo caminando, las cerámicas pulcras sostienen las suelas de mis zapatos. De golpe, me enfrento a la Manifestación de Berni y me recuerda que ya no chancleteo en el pavimento ardiente como en aquel 2001. Tampoco le escapo a los perdigones hambrientos de la boca del Leviatán. Cambié las chalinas por los suéteres y la molotov por la lapicera. Arrastro levemente mi pie izquierdo sin que nadie lo note. La realidad mutila mi esnobismo y mi superficialidad queda maltrecha cuando sobresale de mi tobillo aquella hilera de puntos que surcan mi fémur y mi tibia. El tatuaje de aquellos días en los que le ponía este saco de huesos a las causas justas y mi pecho era nuestro chaleco antibalas parece ser lo único que queda de mi alma joven.

Me dirijo hacia la puerta. Mis pasos plomizos manifiestan el cansancio de los años. Salgo a la vereda de otra ciudad, de otro verano, de otra guerra, de otro siglo. Cronos vomita la relatividad, con la que se maneja, en mi inmensidad traidora y creo oír tu voz. Súbitamente, giro y tu imagen impoluta me asalta la mirada. “Mamá, nos tenemos que ir. El vuelo a Madrid sale en dos horas”, me dice mi hija y vuelvo a tener setenta años. Me extiende la mano, la sujeto y me subo al taxi. Mientras los árboles pasan veloces, pienso que, para sobrevivir(te), tuve que escapar a otros lugares. Pero, para recordarte, siempre vuelvo a mis adentros. Ahí donde el plomo nunca le gana al amor.

FATA MORGANA