Ivana Gavrić
Después de varias
noches sin dormir, empecé a preguntarme: ¿por qué?, ¿para qué? Estoy en una
trinchera. Mi compañero Blaža está a mi lado, pero es como si estuviera solo.
Es una sensación extraña. No le temo a la muerte. Solo al dolor y a la
impotencia.
Es de noche. Invierno. Estamos
equipados con ropa más o menos abrigada y botas que no dejan pasar el agua.
Apestan como el mismo demonio, eso sí, pero al menos tengo los pies secos. Me
pregunto si quien las usó antes que yo seguirá con vida.
Divago, no logro concentrarme, y
debería hacerlo: mi vida depende de ello. Los observamos desde la trinchera. Se
mueven. Está oscuro, pero vemos el movimiento.
Nos enviaron en misión de
reconocimiento. Estamos en tierra de nadie. Lo bastante cerca como para oír
toser a uno de sus centinelas. Su posición está frente a nosotros, en una aldea
de unas veinte casitas. Allí hubo una masacre unas noches atrás.
—No, no vayas por ese camino ahora,
Boro —me reprendo—. ¡Déjalo!
Desde aquella noche infernal duermo
poco. Temo que las imágenes en mi cabeza vuelvan a cobrar vida.
Y el único lugar donde consigo
dormir es la trinchera, cuando estoy de guardia.
Veo al enemigo moverse. Están
recogiendo leña. Ellos también están metidos en la misma mierda: se están
congelando. Sufrimos las mismas penurias, solo que en bandos distintos.
Nosotros también atravesamos aquel
pueblo de esa manera. El comandante obligó a la gente a salir de sus casas. No
sé qué demonios hacíamos allí, pero me tocó marchar al final de la columna.
El comandante Joksimović. Todos
estábamos hartos de él. Los más viejos ya lo conocían antes de la guerra. Lo
llamaban Calígula.
Avanzábamos despacio. La anciana
del pañuelo negro que iba delante de mí apenas podía caminar. Se detenía cada
pocos pasos. Le dolían sus piernas deformadas. El tiempo pasaba y nosotros
avanzábamos cada vez más despacio por su culpa. Cuanto más evidente le
resultaba al comandante que la anciana se estaba quedando atrás, más nos
apuraba. Yo también me rezagaba; caminaba despacio detrás de ella. En silencio.
No sabía adónde íbamos ni por qué llevábamos civiles con nosotros. Pero lo
sospechaba.
Joksimović podía ver perfectamente
que la mujer desfallecía. Se detuvo inmóvil. De pronto sus ojos brillaron
cuando miró hacia nosotros. Primero la observó a ella y luego a mí. Se acercó
lentamente y le habló casi pegado al rostro:
—Vamos, vieja, más rápido.
La anciana se esforzaba, hacía todo
lo posible por seguir adelante, pero su cuerpo envejecido ya no respondía.
Entonces cayó sobre la tierra congelada y comenzó a sollozar suavemente.
Me miró. Buscaba protección en mí.
Salvación. Le dolía. La palabra NO me desgarraba la garganta, un acto de
rebeldía jamás pronunciado.
Sin el menor rastro de compasión,
Joksimović le ordenó con voz tranquila que se levantara.
—No puedo, hijo. Quisiera, pero no
tengo fuerzas —suplicó la anciana entre jadeos. Entonces Joksimović me miró a
mí. Juro que había algo en aquella mirada. Algo que solo había visto allí, en
el frente, en ciertas personas y en algunos miembros de los paramilitares que
habían estado allí la otra noche.
Se acercó con paso seguro. Lo
suficiente para que pudiera oler el perfume barato que usaba.
—¿Y tú, Đurić? ¿Qué estás haciendo?
—Disfrutaba viendo cómo los demás le tenían miedo—. ¡Muévela! Esa vieja es
ahora tu responsabilidad, muchacho. ¡Muévela! ¡Pégale!
No podía creer lo que me estaba
pidiendo. Intenté ayudarla a levantarse.
—No puedo, hijo, no puedo. —La
anciana lloraba desconsoladamente.
Joksimović me vio intentando
ayudarla.
—¡Alto! —gritó de pronto. Volvió a
acercarse. Con la bota sacudió a la mujer—. ¡Vieja, levántate! ¡Por tu culpa
vamos retrasados!
—¡No puedo, hijo! No puedo del
dolor. Sin mi bastón no puedo caminar, ¡y no me dejaste traerlo!
Joksimović la observó a ella y
luego a mí con absoluta calma.
—Đurić, ¿qué estás esperando?
¡Dispara!
Lo miré paralizado.
—No... ella es... de alguien...
—No, hijo. Ya no lo es.
La comisura de sus labios se curvó
apenas al mencionar a la familia de la anciana.
—¡Dispara!
Su expresión volvió a endurecerse
de golpe. Era una mirada vacía. No podía moverme. Apreté los puños hasta
clavarme las uñas en la carne, pero seguí inmóvil. Entonces la tomó del cabello
y la arrastró hasta un pozo cercano. Yo observaba petrificado. La anciana gemía
de dolor.
—No, hijo, te lo ruego por Dios.
No. Por el alma de tu madre. Déjame aquí. Soy demasiado lenta para seguirlos.
—Vamos, vieja. El diablo ha venido
a reclamar lo suyo. ¿Ves que no quiere aliviarte? —Me señaló sin apartar los
ojos de los míos—. Esta es tu última oportunidad, Đurić. Acaba con su
sufrimiento. Aquí no hay mucho que pensar, hijo.
Empecé a respirar agitadamente. Apreté
el fusil. Al verlo, él se apartó un poco, esperando con avidez mi siguiente
movimiento. Levanté el arma. Vi a la anciana a través de la mira mientras
sollozaba en silencio. No me miraba. Ya había aceptado su destino. Permanecí
así unos instantes. Y entonces arrojé el fusil al suelo.
—¡No puedo hacerlo!
No me atreví a mirarlo.
—Đurić, ven aquí, hijo.
Estaba perfectamente tranquilo. Aquello
me revolvió el estómago. Me acerqué. Él levantó despacio a la anciana y la
arrojó dentro del pozo.
—La has condenado, Đurić. Esto es
obra tuya.
Mientras hablaba, desde las
profundidades se oyó un golpe sordo contra el agua, seguido de chapoteos y
gritos de auxilio.
Ahora cabeceo en la
trinchera y aquello me sobresalta.
—¡Maldita sea!
Blaža me sacude.
—Vamos, despierta. Estás delirando.
Tomo el visor nocturno.
Veo que varios de ellos se dirigen
al otro extremo de la aldea.
Pero algo me impulsa a mirar
detrás.
Distingo claramente algo
moviéndose, algo con forma humana, pero no logro comprender qué es.
Avanza lentamente sobre unas
piernas que se doblan en ángulos imposibles.
—¡Blaža, mira eso, demonios!
Blaža observa. No dice una sola
palabra.
—¿Qué demonios es eso?
Pregunto antes de atreverme a mirar
otra vez. Entonces reconozco el pañuelo negro. Empapado por un agua oscura. Una
figura encorvada, cubierta de harapos. La cabeza torcida en un ángulo
antinatural, rota. Me mira directamente. Y empieza a acercarse.
La trinchera se vuelve demasiado
estrecha y profunda, como un pozo. Me falta el aire. El barro bajo mis pies me
impide moverme. No sé cómo, pero consigo salir. Huyo presa del pánico. Disparo
a todo lo que me rodea. Tengo que escapar de aquí, aunque me acribillen en el
intento. Blaža me llama en voz baja. Pero yo sigo corriendo.
Despierto en el
puesto médico. Estoy atado a la cama. Todo parece ir más despacio. No sé cuándo
ni cómo llegué allí. Miro mis piernas. Estoy entero. Qué alivio. Pero... ¿Qué
demonios hago aquí? Me quedo mirando el techo. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Al
cabo de un rato entra un médico.
—¿Estás despierto, Đurić?
Me examina, me apunta con una
linterna a los ojos, comprueba mis reflejos. Me hacen muchas preguntas. Entre
otras cosas, quieren saber si recuerdo lo que vi en la trinchera. Claro que lo
recuerdo. La anciana que Joksimović me obligó a matar había vuelto de entre los
muertos.
—¿Blaža logró escapar de ella?
—pregunto preocupado.
El médico me mira fijamente.
—¿No lo recuerdas? Blaža está
muerto. No mirabas adónde disparabas. Te enviaremos a casa. Tendrás que
continuar tratamiento psiquiátrico. Tú no sirves para el frente.
Al oír aquellas palabras,
fragmentos de recuerdos comenzaron a surgir ante mis ojos. Entonces lo recordé.
Yo había disparado en todas direcciones. Yo... Blaža. ¿Qué he hecho?
Han pasado meses
desde entonces y todavía no soy una persona completamente funcional. Tomo mi
medicación con regularidad. Me dejan volver a casa, pero bajo vigilancia
constante. Mi madre enfermó de preocupación. También mi Sara. Tuvo que irse.
Alejarse de mí. Y llevarse a la pequeña. Dicen que soy inestable. Dicen que una
noche las ataqué. Dicen que les gritaba que me dejaran en paz, que yo no había
querido arrojarlas allí, que no debían haber salido del pozo. Deliraba. Terminé
otra vez en el hospital psiquiátrico. La doctora dice que tendré que tomar
medicación toda la vida. Que las psicosis son demasiado fuertes. Que las
alucinaciones regresan constantemente a pesar de los potentes antipsicóticos. Cada
noche mi madre vela por mí. Es lo único que me queda. Mis tormentos la están
matando lentamente. La observo consumirse. Todo lo que ocurrió allí me
persigue. A la anciana solo la veo en sueños. Me llama desde el pozo. Me
reprocha no haberla protegido. Y luego aparece Blaža, tendido a mi lado en la
trinchera, cubierto de sangre. Aquella noche, en la aldea... No me permite
olvidarla. No me permite borrarla. Los paramilitares dejaron tras de sí una
devastación indescriptible. Yo no estaba allí cuando ocurrió. Por suerte. Pasamos por allí a la mañana
siguiente. Las brasas seguían ardiendo entre los escombros. La blancura de la
nieve estaba profanada por la sangre y las cenizas. Los cuerpos de los civiles
yacían en los patios y junto a las paredes de las casas, en posiciones que me
revolvían el estómago. Entre todas las imágenes que vi, hubo una que se grabó
más profundamente que las demás: el cuerpo de una mujer, profanado hasta quedar
irreconocible, y el silencio que lo rodeaba. Al ver la escena, un sargento
veterano se detuvo para vomitar. Otro suboficial tomó el primer trozo de tela
que encontró y me lo puso en las manos.
—Ve a cubrir a la pobre mujer.
Esas imágenes me persiguen en los
sueños. Y a veces también a plena luz del día. La guerra terminó hace años. Pero
dentro de mí continúa. Ahora me destruye sin ametralladoras ni granadas.
Mi madre ya no está. Mi Sara no quiere verme. Me teme. Y teme
también por la pequeña, porque cree que podría hacerle daño durante uno de mis
ataques. Pero yo estoy tranquilo. Durante el día. Por la noche me alcanza. La
anciana me llama. Todavía escucho sus gritos desde el pozo.
Joksimović se inclina sobre mí.
—Dispara, Đurić —me dice con
frialdad—. Sálvala.
Entonces veo unas manos que
levantan a la anciana del suelo y la arrojan al pozo. Y son mis manos. Yo lo
hice. No lo recuerdo con claridad. ¿De verdad fui yo? ¿Son realmente mis manos.

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