Nicolás Micha
La
metálica vibración del reloj sobre la mesa de luz despertó a Manny. Tenía la
cara aplastada, y restos de baba seca en la boca; la garganta áspera y los ojos
cubiertos de lagañas. Los abrió con dificultad, jadeó, y pese a estar mareado,
sonrió. Era otro día más, otra desgracia.
Sentado aún en la silla de la oscura
habitación, levantó el rostro, con el fin de recibir un poco de viento en la
cara. Pero el despertador continuaba golpeando, e impedía que Manny se
relajara. Suspiró:
Si tuviera una esposa
podría levantarme temprano sin tener que padecer esta mierda.
Ella me despertaría con
una bella sonrisa, y me traería un buen desayuno.
Sobre
la mesa había diez botellas de vino vacías, siete fetas de queso llenas de
moho, que lentamente estaban corrompieron la propia madera de la mesa, junto a
papeles de diarios negros de hacía más de seis años. El olor no se quedaba
atrás: el indeseable aroma a putrefacción, vómito y cloaca, parecía haberse
impregnado en el ambiente. Y entre toda esa acumulación de basura, se
encontraba el despertador metálico, que continuaba siendo insoportablemente
ruidoso. Manny estiró los brazos y comenzó a revolver. Tiró al suelo con puro
desinterés todo con lo que se cruzaba, e incluso se cortó los dedos. Unos
escalofríos le recorrieron el estómago y los brazos por las patas de las
cucarachas que daban repentinos espasmos, que se metían en su ropa y caminaban
por su cuerpo. Hasta que lo encontró. Pero cuando intentó tomar el reloj, no lo
alcanzó. Ante los ojos de Manny, la mesa comenzó a estirarse ganando dimensión,
y su brazo, cada vez, se quedaba más corto. Se subió, y comenzó a arrastrarse
para tomarlo, sintiendo una gran pesadez en su espalda. Y con gran dificultad,
aplastó el botón de apagado. Luego, eufórico por el logro, comenzó a reír.
Hacía mucho tiempo que había dejado de percibir la realidad tal como era, todo
a causa de un efecto secundario de lo que consumía: él sabía, entonces, que
estaba delirando. Consciente o no, siempre lo estaba.
Eran ya las siete de la tarde. Reflexionó sobre
la duración del último café mágico que había bebido. ¿Ocho horas, quizá?
Flexionó las piernas para ponerse de pie,
aunque se sentía más pesado de lo usual; clavó las uñas sobre la madera
putrefacta, y tras dos intentos fallidos, lo logró. Tenía hambre, así que
caminó hasta la heladera. No se había percatado que estaba descalzo, tampoco
del dolor que pasó como una leve picazón y que se traducía en diez vidrios
rotos clavados sobre las plantas de los pies.
Abrió la heladera. Estaba vacía.
Una hora más tarde y en el baño, Manny se
miraba fijo en el espejo. Lo había hecho por diez minutos, y con una cercanía
asfixiante. Se tocó la cara y jadeó desesperado: no se reconocía. Solo veía
frente a él a un desconocido con los pómulos marcados, sequedad en la piel y
labios partidos, y lo más importante, unos ojos negros, sin ningún brillo. Pensó
que esos ojos lo estaban juzgando. Como si le mostraran la imagen de un hombre
autosaboteado. Esto le traía recuerdos que se negaba a aceptar. Pensó en su
soltería, pensó en que alguien como él nunca dejaría descendencia, y que
tampoco sería conveniente: tener un hijo significaba atarlo a su genética, a
sus enseñanzas y adicciones. Traer al mundo a alguien como él sería una
desgracia.
Siempre he estado solo.
Nunca he sido amado. Nunca, jamás.
Disfrutaba
de toda esa frustración. Era el sentimiento que lo mantenía vivo, como si lo
impulsara a disfrutar cada uno de los viajes con la droga. A la vez, le
permitía ser quien quería ser. Pero en ese instante, en ese preciso instante en
que se estaba viendo, no lo deseaba. La humillación lo carcomía por dentro.
Cerró el puño y rompió el espejo.
Salió, casi corriendo, como si su vida
dependiera de ello. Pensaba en la necesidad de un poco de café mágico para
olvidarse de todo. Pensó que igual su cuerpo se lo pediría tarde o temprano,
así que no importaba. Podía hacerlo un rato antes del horario habitual.
Caminó por la oscura habitación, y posó su
mirada en el mueble donde solía guardar el café. Para él, este viaje de ida era
siempre un ritual que disfrutaba. Aunque en esta ocasión el éxtasis se detuvo,
solo por mirar un poco por encima de lo usual. Vio frente a sí un cuadro de
espaldas, con marco de roble, que tenía una foto que no quería ver. No lo pensó
demasiado y abrió el cajón.
Un cosquilleo de pura felicidad comenzó a
recorrer su cuerpo. Eso lo llevó a bailar, pisando aún más vidrios rotos sin
percatarse de ello, todo mientras hervía el agua para comenzar su largo viaje.
Y cantaba, mientras pensaba en lo buena que había sido la decisión de no mirar
hacia adelante, ni tampoco hacía atrás, si no, al ahora.
¿Qué será de mí, si debo
estar al pendiente de otros?
¿Qué será de mí, si no puedo ser yo mismo?
¿Qué
será de mí?
Vertió
el polvo en la taza, luego el agua hirviendo. Arrugó la nariz al sentir el olor
acido característico de su café. Respiró hondo, y aunque se quemó la garganta,
lo bebió de un sorbo. Los efectos fueron inmediatos.
Vio como sus dedos comenzaban a estirarse.
A la vez se hacían finitos y se doblegaban formando pequeñas espirales. Del
tapizado de flores salieron mándalas que giraban al ritmo de las agujas del
reloj, rojas y amarillas, verdes y azules, blancas y negras. Las cucarachas
comenzaban también a volar por los aires, a pesar de no ser voladoras: las
vestidas comenzaban a bailar, y las maquilladas a cantar. Las pupilas de Manny
comenzaron a dilatarse, formando un hoyo negro en ambos ojos. Se tiró al suelo.
Lo próximo que vio fue esa enorme cascada
de agua dulce, que había visitado en numerosas ocasiones, rodeado de montañas
llenas de árboles que daban frutos dulces, llenos de pequeñas ardillas y zorros
que él solía acariciar y dar de comer. Sentado en el pasto, miraba el cielo que
resplandecía a la luz de un sol feliz y sonriente. Y luego de unas horas
mirando el paisaje, se acercaba a su pequeña cabaña de madera de roble, pintada
de azul claro, y preparaba una cena gourmet con más de veinte ingredientes. Al probarlos,
se ruborizaba como si estuviese probando un manjar creado por un chef. Al
terminar de comer, tomaba un libro que tenía siempre en su biblioteca, y
comenzaba a leerlo; un libro que no existía, que la misma cabeza de Manny
inventaba en cada hoja.
Vivía allí una vida ajena y rutinaria
donde no tenía que pensar, donde era realmente feliz. Los problemas no
existían, y la ignorancia era la reina de su mundo. El café mágico le permitía
un viaje que duraba seis meses en su cabeza, pero solo unas horas en la vida
real; consideraba esa su propia realidad. La habitación, solo un espacio
transitorio.
Y cuando el viaje terminaba, volvía de
golpe a la realidad.
Se encontraba en el suelo jadeando, la
cabeza, los brazos y los pies le dolían. Bostezó. Pero cuando levantó la vista,
notó que el cuadro ya no estaba en la repisa. Esto lo hizo temblar. Tenía
muchísimo miedo de mirar la foto. Decidió entonces taparse los ojos, aún
descalzo, y caminó hasta la repisa. La abrió rápidamente para sacar otra bolsa
del café mágico. No quería estar allí. Ese no era su mundo, tampoco su vida.
Calentó el agua y bailó, esta vez a un
ritmo lento por el evidente deterioro. Preparó la taza, vertió el agua y el
café. Se lo bebió una vez más de un sorbo. Los efectos volvieron a ser
inmediatos. Todo comenzó a deformarse otra vez, y como de costumbre, se lanzó
al suelo. Pero, a causa de su resaca, midió mal la distancia y chocó con la
mesa. Algo pesado impactó en su rostro, junto a restos de polvo y mugre. No
pudo evitarlo, lo levantó y miró el cuadro:
¿Quién es esta mujer?
¿Quién es… él?
¿Esta niña?
Comenzó
a inquietarse. Sintió, por primera vez en varios años, que tendría un mal
viaje. Tenía razón. No había forma de ir a su paraíso; seguía allí, en la
oscura habitación. Tendría que soportar los fuertes efectos del café fuera de
la granja, sus colores vivos y enceguecedores, y el azote de falsa realidad. Se
tomó del cabello y comenzó a arrancárselo. Gritó, gritó y gritó, para que
alguien lo ayudara.
No quiero estar acá.
Alguien, por favor.
No puedo más.
Alguien…
Sintió,
como cachetadas en el rostro, los tres golpes continuos en la puerta. No quería
atender. Prefería seguir en el silencio, soportando los efectos. Pero notó que
los golpes no cesaban. Notó, también, que cada vez eran más intensos. Tuvo que
levantarse y acercarse a la puerta. Miró el picaporte, trasladándose de
izquierda a derecha rápidamente, tan rápido que se había vuelto borroso ante
sus ojos. No podía abrir la puerta. Estaba paranoico.
—¿Quién es? — dijo con la voz quebrada.
—Carla —resonó una voz femenina. —Manny
dio un paso hacia atrás, y no contestó—. Abrime —dijo la mujer.
—No.
—¡Abrime, Manny! —Carla comenzó a golpear la
puerta con desesperación—. ¡Abrí ya mismo!
Otra vez.
Todo menos esto.
—No
puedo abrirla…
—No puede ser, ¿todavía seguís con eso?
—¡Como si te importara!
—Claro que me importa.
—Nunca, ¡nunca te importó lo que yo
sintiera! Solo querías hablar de…
—De tu hija.
Manny abrió los ojos. No comprendía sus
propias palabras. Le dolía la cabeza, como si pequeñas punzadas lo estuvieran
llevando a otro sitio, a otro tiempo diferente al suyo. Estaba recordando.
—¿Mi hija? —preguntó.
—Sí, tu hija.
—Pero yo no tengo ninguna hija.
—Tenés una hija, Manny.
—No… es mentira.
—Es siempre lo mismo…
—¿Siempre?
—Lo olvidás, una y otra vez… Y yo… ya no
puedo seguir luchando. Estoy cansada. Cansada de todo esto.
Manny cerró los ojos con fuerza.
No pienses.
—Pero
ya no lo hago por mí, ni por vos, si no por ella. ¿Entendés? Ella te necesita.
Así que por favor, abrime.
Manny apretó los dientes con fuerza.
Mi familia…
—Carla,
¿aún puedo ser curado?
—Sí, Manny.
—¿Estás segura?
—Sí, Manny…
—Solo, por favor… —apretó los dientes—. No
me dejes solo.
Manny miró el picaporte. Tenía miedo de
tocarlo y que ese delirio provocado por el café mágico fuera real. Respiró
profundo y se envalentonó. Agarró el picaporte y abrió la puerta. Sintió dolor,
como una quemadura, por primera vez en mucho tiempo.
Cayó al suelo.
—¡Manny! —gritó Carla.
Lo
siguiente que vio fueron luces blancas, cientos de ellas, mientras era llevado
en una camilla a una blanca habitación. Había varios médicos, hablando sobre el
café que Manny consumía y como debían proceder. Le dieron de beber agua y le
pusieron un respirador para dormirlo. También le suministraron una sustancia
tras canalizar una vena con el objeto de neutralizar lo más rápidamente posible
la droga que circulaba por su cuerpo.
Luego de varias horas, Manny recobró la
conciencia. El efecto del café mágico había terminado.
El doctor González fue el primero en
revisarlo.
—¿Cómo se siente? —preguntó, mientras le
miraba ambos ojos con una linterna. Manny intentaba hablar pero jadeaba. El
médico no parecía entender lo que le ocurría—. Me da la impresión de que todo está
bajo control —dijo, mientras le daba la espalda—. Hablaremos luego. Tiene
visitas.
El doctor abrió la puerta para dejar paso
a Carla y Mía que se acomodaron en la silla junto a la cama. La niña se sentó
entre las rodillas de Carla. Tenía seis años y parecía estar distrayéndose con
el cabello de su madre. Lo enrulaba y lo soltaba. Se la veía sonriente.
—Manny, el médico dijo que te pondrás
mejor —dijo Carla—. Pero va a tomar un tiempo, ¿sabés? Es por tu propio bien.
—Gra…cias… —contestó Manny, intentando
sonreír.
—Si no te hubiera encontrado estarías
muerto… Estabas a punto de sufrir un colapso por sobredosis… Vas a salir de
esta, ¿sí? —Carla comenzó a llorar mientras abrazaba a la pequeña—. Perdóname,
Mía. No quiero que te pongas mal por mí o por papá.
Cómo
creció.
¿Cuánto
tiempo habrá pasado?
Unas
semanas después, cundo Manny ya podía caminar y valerse por sí mismo, González
le planteó la posibilidad de viajar a un centro de rehabilitación para adictos
y pasar allí algunos meses.
—Mi propuesta es llevarlo a este lugar con
otros pacientes —dijo, mostrándole unas fotos—. Como puede ver, es una granja
cerca de un lago. La idea es que pueda descansar y alejarse de la vida
cotidiana; hacer un tratamiento que lo aleje del consumo y le sirva para conectarse
con la naturaleza y con usted mismo.
—Creo que me vendría bien, doc —contestó
Manny—. Estos días están siendo difíciles. Sueño muy seguido que estoy
consumiendo…
—Pero quiere seguir adelante, ¿no es así?
—Sí, por Carla y Mía.
—Créame que será fructífero. Le vendrá
bien relacionarse con otros pacientes y ayudarse mutuamente a salir.
Manny aceptó el ofrecimiento. Firmó unos
papeles y, tan solo días después, un autobús los recogió.
Mientras estaban viajando y Manny miraba
la ventana, uno de los pacientes se acercó a hablarle. El aspecto del hombre
era limpio. Estaba afeitado, tenía el cabello corto y el cuerpo trabajado.
—Me llamo Ramón —le dijo a Manny, mientras
se sentaba a su lado—. Hace poco empecé a consumir. Al principio no era más que
algo recreativo, pero comenzó a volverse rutinario.
—¿Cómo llegaste a eso? —preguntó Manny.
—El tipo que me vendía marihuana me regaló
una dosis. Anfetaminas. Cuando la probé, quedé absolutamente enganchado. Lo
hacía a escondidas, cuando nadie me veía.
—¿Y por qué estás acá?
—Porque me di cuenta que tenía que
cambiar. Por suerte, fue a tiempo. Todo gracias a mi esposa.
Manny se miró las manos. Pensó en que
había vivido una situación similar.
—¿Y vos, Manny? —preguntó Ramón—. ¿Por qué
estás acá?
—Mi caso es un poco diferente. Años de
consumo y una fuerte adicción. Por suerte ahora estoy muy tranquilo. El doctor
me inyecta algo para no sufrir periodos de abstinencia. Es como si hubiera
perdido la dependencia, y ahora pudiera ver la situación muy claramente…
—¿¡Te inyectaron algo!? —dijo la paciente
del asiento trasero, tomándose la cabeza—. ¿¡Estás loco!?
La mujer a sus espaldas estaba demacrada.
La delgadez extrema le marcaba las clavículas; tenía el cabello rubio ondulado
pero muy seco, y un olor fétido provenía de su boca. Tenía muchas cicatrices en
el rostro, las palabras le patinaban y su mirada solía perderse.
—Callate, Olivia —dijo Ramón, luego
suspiró—. Hace siempre lo mismo, no te preocupes.
—No le hagas caso a este tarado —dijo la
mujer, con el ceño fruncido—. Manny, confiá en mí. El doctor no nos está
ayudando. Nos mantiene encerrados para seguir cobrando.
—Creo que estás equivocada —dijo Manny—.
Yo sí creo que González nos quiere ayudar.
—Pero si no consumimos, ¿qué es de
nosotros? —dijo la mujer—. ¿Qué nos hace nosotros?
Manny desvió la mirada y pensó en la
pregunta de Olivia.
—Creo que es al contrario —dijo Manny—. La
droga es la que nos hace diferentes.
¿Qué será de mí, si debo
estar al pendiente de otros?
La felicidad que siempre
has anhelado, las dos niñas que siempre has amado.
¿Qué será de mí, si no puedo ser yo mismo?
Nunca dejas de ser vos
mismo. Simplemente… crecés.
No debés escapar de tu
propia vida.
La cabaña era muy
solitaria.
Y la felicidad siempre
había estado acá fuera, esperándome.
Ya es suficiente.
Cuando
llegaron a la granja, el doctor y un asistente les mostraron las habitaciones
que compartirían. Había dos camas en cada habitación. Deberían realizar algunas
tareas obligatorias: levantarse a las siete de la mañana para desayunar. Luego,
a partir de las ocho, ordeñarían a las vacas. Más tarde, cerca de las once, se
dedicarían a trabajar la tierra. Por la tarde, luego del almuerzo y un par de
horas de descanso, harían algunas actividades con el doctor, que consistían en
reuniones grupales y juegos recreativos. Por último dispondrían de un lapso
para contemplar el lago, pasear por la zona, leer. Luego de la cena, no más
tarde de las diez de la noche, estarían todos en sus camas.
Transcurrieron varios meses. Manny había
recuperado peso y, en ocasiones, hasta olvidaba que estaba en ese lugar por su
adicción a las drogas. Cumplía las rutinas a la perfección. La recuperación era
paulatina y el trabajar día a día lo acercaba cada vez más al objetivo de
volver a integrarse en la sociedad. Estaba muy ansioso por ver a Carla y Mía.
El doctor prefirió mantenerlas alejadas hasta que fuera oportuno.
Sus compañeros también habían mejorado.
Olivia, aunque en los primeros meses se mantuvo reacia, poco a poco fue
disfrutando del trabajo y de las tareas propuestas por el doctor. Su aspecto
había mejorado considerablemente.
El caso de Ramón fue mucho mejor aún, ya
que su adicción se trató de forma temprana. Era el que más probabilidades tenía
de recuperarse gracias a su disciplina e inteligencia.
Cuando los progresos de Manny fueron
notorios, el doctor González lo convocó a su oficina. Había cesado el
tratamiento intravenoso y era evidente que el momento de recibir el alta se
aproximaba.
González contempló a Manny de arriba
abajo, con seriedad, y luego, inesperadamente, sonrió.
—Viendo el trabajo realizado en los
últimos meses y la falta de sintomatologías, quería decirle que ya está listo
para volver a casa.
Manny se sentó en la silla. Una gran
sonrisa impregnó su rostro.
—Cómo costó, doctor… —dijo Manny, a punto
de llorar—. Pensar que estuve tan cerca de perderlo todo…
—Lo lograste, y eso es lo importante.
—No puedo creerlo… por fin voy a poder
volver a verlas.
Manny se limpió los ojos.
—¿Y que será de Olivia y Ramón? —preguntó.
—Ramón todavía no puede irse. Como trató
su problema de forma temprana, sin conocer las verdaderas consecuencias de la
adicción, recaer podría ser muy fácil. Pero le daré de alta pronto.
—¿Y qué pasa con Olivia?
—Ella es un caso diferente, ¿sabe? No sé
si es posible que se recupere. Quizá lo mejor sea que viva en este tipo de
lugares por siempre y para siempre, que viva como en un sueño pero sin dañarse,
¿no?
—Entiendo… —respondió Manny, sin
comprender del todo sus palabras—. ¿Nos volveremos a ver, doctor?
—Por supuesto. Debemos hacer un
seguimiento. Pero, si debo serle sincero, lo veo muy bien. Así que no será
mucho problema.
Se levantó.
—¿Manny?
—¿Sí?
—Alguien está esperándole fuera.
Abrió los ojos y salió rápidamente de la
oficina. En la carretera, cerca de la granja, sus dos niñas lo esperaban fuera
del auto. Comenzó a correr. Se sentía emocionado, como si nada pudiera
derrotarlo de ahora en más. Nunca había sentido algo así. Se acercó a ellas y
las abrazó.
—Yo… lo siento mucho, por todo. No me
volveré a ir, lo prometo. Esta vez estaré con ustedes, lo prometo…
—Manny… —dijo Carla con lágrimas en los
ojos. Luego le acarició la mejilla—. Perdón…
Unas fuertes punzadas en las plantas de
los pies lo hicieron despertar.
Y de repente, se
volvió de noche.
Con las cucarachas poniendo huevos en su
espalda, con las fetas de queso podrido y agrio en su boca, y con la carne al
rojo vivo en sus pies, pudriéndose, Manny se estaba desvaneciendo. Una fuerte
sensación de amargura lo absorbió por completo.
¿Por qué…?
Se
arrastró por el suelo hasta la puerta y la arañó, suplicando a gritos que
alguien lo ayudara. Pero no tenía voz, porque el café mágico se había encargado
de matarla.
¿Por qué no puede ser así
mi vida?
Estiró
el brazo mientras miraba la foto del cuadro, sintiendo que con sus propias
manos podría agarrar ese momento para que durara para siempre, y comenzó a
llorar.
Es triste cuando tus acciones son
irreparables y ya es demasiado tarde.
Desvaneciéndose por el inevitable
sangrado, y tomándose los pies por el dolor insoportable que sentía, Manny
cerró los ojos. Se esforzó por regresar a su fantasía, y se volvió a ver una
vez más a las afueras de la granja, abrazando a su amada y a su hija.
Mía, Carla…
Estaba
acariciando la cabeza de ambas mientras sus pulsaciones iban bajando irremediablemente.
Era inevitable. Les dio un beso a ambas en la frente, y mientras una última
lagrima descendía por su mejilla rumbo al suelo de la oscura habitación, dijo:
Lo siento.
Nicolás Micha nació el 24 de febrero
de 1997 en Buenos Aires, Argentina. Es el autor del libro de cuentos cortos Los
ciudadanos de segunda y uno de los creadores de la serie web de terror
analógico "Bug 1347".
