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sábado, 15 de agosto de 2026

NUNCA SOLA

Eveline van Dienst

—Ay... ¿Acaso tengo la cabeza metida en un tornillo de banco? —gime Lilian. Se lleva ambas manos a la cabeza y comienza a presionar las sienes con las yemas de los dedos, haciendo movimientos circulares. Mantiene los ojos cerrados, incluso los aprieta con fuerza—. Ay, Dios... —vuelve a gemir—. ¿Qué fue lo que pasó? —Le zumban los oídos. En el cuello siente un dolor punzante. Y procura no volver nunca sola a casa en bicicleta, oye decir a su madre en sus pensamientos. Asegúrate siempre de que alguien vaya contigo—. Sí, sí, ya, ya... —murmura mientras gira la cabeza de un lado a otro. Siempre, o casi siempre, había obedecido los mantras de su madre—. Uf... Demasiada luz...

Desplaza las manos hasta los ojos y se los cubre. Una corriente de aire frío acaricia su cuerpo y un escalofrío la recorre. Los pájaros cantan con estridencia.

Poco a poco regresan los recuerdos de la noche anterior.

 

—¡Hola! Soy Karst. ¿Vienes seguido por aquí?

—No lo sé. Tal vez. ¿Y tú? —responde mientras bebe un sorbo a través de la pajita y lo mira con gesto seductor.

—Solo cuando hay algo apetecible que encontrar. —Hace una breve pausa y luego susurra con voz insinuante—: ...como este Bloody Mary.

Choca su vaso contra el de ella.

Con sus ojos azul celeste salpicados de un leve destello anaranjado, el cabello casi blanco y una barba de tres días, Karst no es precisamente un hombre poco atractivo.

Nunca te vayas a casa con un desconocido.

Después de uno, dos, tres o quizá cuatro cócteles –Lilian ya ha perdido la cuenta–, ambos se dirigen a la pista de baile.

Rhythm is a dancer, it's a soul's companion, you can feel it everywhere —canta Karst a todo pulmón siguiendo la música.

Levanta los brazos y mueve las caderas con entusiasmo, aunque la coordinación no sea precisamente su punto fuerte.

Oh-oh, it's a passion, oh-oh, you can feel it in the air —continúa Lilian, también a voz en cuello, mientras alza los brazos.

Sus manos se encuentran y los dedos se entrelazan.

Las manos de Karst abandonan lentamente las de Lilian y descienden hasta posarse sobre sus caderas. Luego la atrae hacia él y ambos bailan apasionadamente al ritmo de la música.

Lilian siente el cuerpo frío de Karst pegado al suyo. Ella, en cambio, arde. Y no solo por el calor del local o por el baile.

Qué ojos tan extraños... y qué sonrisa tan luminosa, piensa. Está para comérselo.

Antes de darse cuenta, siente los labios de Karst sobre su cuello. Se deslizan lentamente de arriba abajo. Suaves. Delicados.

Y de pronto...

—¡Ay! ¿Qué haces? —exclama.

Se lleva la mano derecha al cuello. ¡La ha mordido! Eso no se hace en una primera cita. Ese tipo de cosas se reservan para más adelante. ¡Qué descaro!

—Perdón —dice Karst—. Me dejé llevar. El calor del momento. Je... —La mira con expresión algo torpe y añade—. Me parece que sería muy agradable volver contigo a casa en bicicleta.

Lilian se sobresalta y, de un empujón, lo aparta. Ha tenido suficiente. Karst la observa desconcertado.

—Ha sido un placer conocerte, pero ya es hora de que me vaya —dice ella con decisión—. Gracias por la agradable velada.

Sin esperar respuesta, se da media vuelta y se dirige al guardarropa. ¿Pero qué se habrá creído? ¿Embriagarme para luego aprovecharse de la situación? Bah... Los hombres son todos iguales. Con el abrigo bajo el brazo sale furiosa del local y, con manos temblorosas, libera la bicicleta del candado.

—¡Grrr! —resopla.

Solo quiere llegar cuanto antes a casa. Olvidar esa noche. Olvidar al señor seductor... o más bien al señor abusador. ¿Cómo se llamaba? Ah, sí. Estúpido Karst.

#IntentoDeOlvidarlo: fracaso. No pienses más en él y ya está.

¿Tomar el camino corto, por el dique, o el largo, atravesando el pueblo? Elige el dique. Así se ahorra unos diez minutos. Monta en la bicicleta y se pone en marcha. Tras un rato, el enojo comienza a disiparse. Entonces aparece el miedo. Lilian toma conciencia de lo vulnerable que es en ese momento: una mujer joven, sola, en plena noche, por un camino desierto. Procura no volver nunca sola a casa en bicicleta. ¿Y si su madre, una vez más, tenía razón? Las madres siempre tienen razón. Un escalofrío le recorre la espalda. Siente el corazón latiéndole en la garganta.

—Debería haber ido por el pueblo. ¿Qué son diez minutos en toda una vida? —se lamenta.

Las lágrimas le llenan los ojos y la vista se le nubla. Se seca con la manga y vuelve a ver con cierta claridad. Pedalea con más fuerza por el estrecho camino del dique, sin iluminación, rodeado a ambos lados por campos desiertos cubiertos por un espeso manto de niebla. La cabeza le da vueltas por el alcohol. Las piedras saltan bajo las ruedas y las ramas secas se parten a su paso. Y entonces... ¿Qué fue ese ruido? Lilian mira hacia atrás. Ve a alguien acercándose rápidamente en una bicicleta sin luces. Muy rápidamente. Da la impresión de que flota. He bebido demasiado en muy poco tiempo. No debo volver a hacerlo. En cuestión de segundos, el ciclista está justo detrás de ella.

A partir de ese instante... su memoria queda completamente en blanco.

 

Lilian abre los ojos y aparta lentamente las manos del rostro. Sus pupilas se acostumbran poco a poco a la luz. La ventana está entreabierta. Las copas de los árboles se balancean de un lado a otro, como si la saludaran. Mira a su alrededor y descubre que está acostada en una cama. En las paredes cuelgan fotografías de mujeres jóvenes, pósteres y recortes de periódicos. Entonces se da cuenta.

Son sus fotografías.

Son sus pósteres.

Es su habitación.

—¿Qué...? —alcanza a murmurar.

—Buenos días, bella durmiente —dice una voz con alegre naturalidad. Lilian no entiende nada. Vuelve la cabeza hacia el lugar de donde proviene la voz y ve a Karst—. Buenos días otra vez. ¿Dormiste bien?

Lilian se sobresalta y se incorpora de golpe en la cama.

—¿Qué haces aquí?

—Tranquila, no voy a hacerte daño. ¿Qué fue lo que pasó anoche? De repente te fuiste sin decir una palabra. Me preocupé por ti, así que fui tras de ti y te llevé sana y salva a tu casa. ¿No recuerdas nada? —Lilian lo mira con los ojos muy abiertos—. Ya veo que no... —dice Karst—. Además, ¿a quién se le ocurre recorrer sola, en plena noche, un dique completamente desierto? Podría haberte pasado cualquier cosa. ¿Tu madre nunca te enseñó eso?

—Eh... sí... —balbucea Lilian.

Ese dolor de cabeza...

—Y quizá deberías beber un poco menos de alcohol. Con la forma en que ibas zigzagueando con la bicicleta, parecía que estabas compitiendo por la medalla de oro en eslalon gigante.

Karst se ríe de su propia broma.

Ese dolor en el cuello...

Lilian lleva la mano derecha hasta la zona dolorida. Tiene la sensación de tocar pequeñas costras. Comienza a rascarlas.

—Ah, eso... —dice Karst—. Sí, perdón... bueno, en realidad no. Te ofrecías en bandeja y no pude resistirme. Aunque debo decir que tienes la piel bastante dura, ¿lo sabías? Me sentí como un mosquito intentando picar a un elefante. —Sonríe ampliamente al hacer el comentario. Al ver que ella no comparte el entusiasmo, añade—: Está bien... ahora sí, perdón de verdad. Nunca he sido un romántico. Llevo siglos intentando aprender, pero definitivamente no es lo mío. —Lo dice con un tono de absoluta inocencia—. Pero, si debo ser sincero, tu sangre es deliciosamente dulce. ¡Ni el mejor Bloody Mary puede competir con ella!

Karst sonríe mostrando los dientes. Sus colmillos brillan frente a Lilian.

—¿Desayunamos? —pregunta a continuación—. No tengo idea de qué guardas en la cocina ni dónde está cada cosa, pero seguro que lo averiguo.

Lilian sigue siendo incapaz de articular más que unas pocas palabras. Siente que la cabeza continúa dándole vueltas.

—¿Sabes qué? Lo prepararé yo. Tú quédate descansando un poco más. Enseguida vuelvo. —Antes de salir de la habitación, cierra la ventana y corre las cortinas—. Creo que, de ahora en adelante, te sentirás mucho mejor —agrega.

Y tenía razón. A veces, solo a veces, los hombres tienen razón. Y ¿cómo continúa la historia?

Resumiéndolo mucho: vivieron felices durante muchísimo, muchísimo, muchísimo, muchísimo, muchísimo... muchísimo tiempo.

Eveline van Dienst es una autora neerlandesa conocida principalmente por escribir literatura infantil interactiva y relatos de ciencia ficción y fantasía. Además de su faceta como escritora, trabaja en el sector de la salud mental para jóvenes (jeugd GGZ). Entre sus libros destacados pueden mencionarse Amy op zolder (2021), Un libro infantil interactivo publicado a través de la editorial Boekscout y Ridder Joris: Draak ik heb je!, otro relato infantil ilustrado de carácter lúdico.

 

OPORTO RANCIO