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domingo, 10 de mayo de 2026

URDIMBRE

Jorge Castagna

 

Observé repetir sus rutinas: rígidas, calculadas, sin distracciones. No eran una amenaza para nuestras vidas, solo que no pudimos entenderlos, ni trascender la perturbación que nos producía. Repulsiva, excitante.

Asumieron nuestra presencia como una alimaña más. Se descuidaron, y fue fatal.

Ningún civilizado se había sumergido tan profundo. Nosotros sí… agobiados de fiereza, plagados de anomalías. Enfermos. Siguiendo el bramido de un río que siempre estaba más allá. Nos arriesgamos por su bien, para inculcarles nuestra cultura, nuestro credo. En el fondo, enloquecidos por obtener riquezas luego supimos que eran imaginarias.

De la tribu es posible que ya no queden ni rastros. Solo perdurarán nuestras palabras. Nadie los volverá a encontrar. Son leyenda.

Carecían de identidad y de propiedad. Actuaban como si el único pronombre que los designaba fuera el “nosotros” y sus variedades. Un nosotros para los que circulaban en el mismo sendero y en la misma dirección. Otro más amplio para referirse a toda la comunidad. Y el universo entero… también era nosotros.

Se aferraban, como tabla de salvación, a los senderos. Podía verlos transitar por las trochas horadadas de tanta repetición. Podía verlos y estudiarlos durante horas. Ellos a mí no. Tampoco veían a las sustancias gomosas que chorreaban de los árboles de caucho, ni a los plátanos dispuestos a ser cosechados, ni a las orquídeas transpirando al sol. Ni al entramado lacerante de la selva explotando a su alrededor. Dudo de que pudieran imaginar la posibilidad de ver, ya que carecían de ojos. Ese espacio estaba ocupado por la misma anatomía que el resto de sus frentes, una piel gruesa y curtida de tanto sol.

Descifraban los redobles de los timbales emitidos por los arácnidos. Sonaban similares a cigarras, anunciando el comienzo o la finalización de la urdimbre que tejían incansables, adhiriéndolas en las cortezas de los robles o de los cauchos. Formaban una red que los ciegos usaban para separar los caminos de ida y de vuelta. Los nativos corrían sin tropezar y sin salirse de los senderos. Ninguno cruzaba de carril.

Cuidaban las membranas con devoción. Cuando cortaban retazos para cubrir las heridas que les infería la selva al cazar o recolectar, se arrodillaban y murmuraban algo parecido a un rezo.

Los arácnidos semejaban alacranes con cabezas gigantes. De las glándulas en la parte posterior del abdomen secretaban las telas, gruesas, sin fisuras, espiraladas y siempre idénticas. Con dos aguijones curvos inyectaban un líquido urticante muy doloroso para nosotros, los civilizados. A los de la tribu, las picaduras les parecían una bendición.

Los cuatro senderos, de unos treinta centímetros de profundidad, partían desde la plaza central.

Un sendero conducía al espacio abierto, solo techado con ramaje, hojas de palma y cañas, atadas con lianas y amalgamadas con lodo. Allí dormían y realizaban el coito.

El segundo era el espacio de los niños, allí permanecían hasta que se iban incorporando a la vida adulta. Nadie tenía la obligación de cuidarlos. Corrían, saltaban, se peleaban sin lastimarse, como si practicaran para sobrevivir cuando fueran adultos. Las preñadas trabajaban hasta unos días antes de parir. Eran madres mientras duraba la lactancia, luego las crías eran de todos.

El tercer sendero llevaba al depósito de cadáveres. Un espacio abierto, sin tumbas y de olor nauseabundo. Cada tres o cuatro días se reunían a cremar los cuerpos, incluso a los niños muertos.

El cuarto los llevaba al reservorio de alimentos. Comían bayas, plátanos, tunas y todo tipo de frutos silvestres. Si lograban cazar o encontrar muerto algún animal pequeño, los cuereaban y trozaban. Los maceraban untándolos con polen, tintas y aromáticas. Los comían sin cocinar.

Los senderos por donde iban y venían permanecían cubiertos de agua y lodo gran parte del día, hasta que el sol llegaba a su cenit, luego el agobiante calor los resecaba. Los miembros de la tribu los conocían de memoria, jamás cometían ningún error en su recorrido.

Por turnos, grupos numerosos abandonaban la seguridad de los senderos. Se internaban en la selva a cazar y recolectar. Difícil imaginar cómo representaban en sus mentes la exuberancia y los riesgos impredecibles, solo con el oído y el tacto. Casi todos volvían con heridas, torceduras, desgarros, huesos quebrados.

De la selva se aprovisionaban. A la selva le temían.

Escuchar cada susurro, silbido, croar, frotar de madera era su escudo de protección. Al regresar apoyaban sus cuerpos sobre la urdimbre de la membrana para reconfortarse y sanarse.

Realizaban sus tareas cotidianas sin agradecer ni pedir permiso. Todos eran los dueños del universo, no había nada por lo que pedir permiso. De alguna forma adoraban a la urdimbre porque de ellas dependía el orden de las cosas.

No logré fijar un parámetro que ayudara a predecir el momento en el que todos detenían sus actividades para entonar un cántico grave y monocorde hasta la sordera. Quizás el espontáneo canto grupal también incluyera a la urdimbre y a los insectos que la tejían. Solo duraba unos minutos. El resto del tiempo, no hablaban.

Luego de cantar se acercaban a la plaza central de la ciudadela.

El piso de la plaza era de piedra granítica amalgamado por el paso del tiempo. Sobresalían dos fuentes poco profundas. En una se bañaban sin distinción de géneros y la otra era para beber.

El otro evento precedido por el canto era el apareamiento.

Contemplar el ritual colectivo hizo hervir nuestras entrañas. Nosotros no trajimos hembras.

A las mujeres de la tribu les colgaba un faldón de piel, parte de su anatomía. Era la prolongación del ombligo, un tejido flácido, casi transparente. El faldón de piel se movía en un excitante vaivén al andar, ocultando y sugiriendo a la vez. Protegían así su sexo, el tesoro que solo se develaba por completo durante el coito o al momento de parir. Los machos mostraban sus genitales como cualquier otro órgano. Andaban desnudos con sus cuerpos fibrosos y cobrizos de intemperie. Emitían una atracción enérgica, mezcla de belleza, elasticidad y salud.

No era necesario usar vestimenta, las temperaturas no descendían de los 30º. Casi todas las noches llovía.

Luego del impulso por cantar sin que los motivara un disparador visible, copulaban. Se unían sin reparar en vínculos previos. Lo hacían solo después del llamado, parecían no tener impulsos individuales. O todos o ninguno. Los grupos se formaban espontáneamente. A los ancianos les costaba más ser aceptados. En ese momento las hembras levantaban el delantal y exhibían sus pubis lampiños. Los hombres las acariciaban y besaban con cuidado. Un amor natural y colectivo.

Quisimos participar de la marea de piel húmeda, acariciar los pechos rígidos como madera. Compartir la danza embriagadora. Lamer como ellos, en su oscuridad natural. Saciar nuestra sed antigua, desoída de tanto andar.

Nos excluyeron sin consideraciones.

Mientras la tribu emitía resplandores y gemidos de gozo, nosotros nos enfermamos. Ellos disfrutaban de su invidencia, nosotros mirábamos y nos enceguecíamos de furia.

 

Partimos en la penumbra de una noche sofocada de chaparrones. Antes, destruimos los senderos. Arrancamos con vehemencia una a una todas las membranas. Asesinamos con saña a los arácnidos.

Así, los arrastramos a la ignorancia de enfrentar al mundo, cada uno por sí mismo. Indefensos, sin la salvaguarda de sus rutinas, de la comunidad.

Con unos golpes certeros, les concedimos la fragilidad de ser solo individuos.


Jorge Castagna nació en Morón, provincia de Buenos Aires, Argentina, el 29 de enero de 1956. Estudió ciencias económicas, biología, pintura, escultura y mecánica dental, pero terminó recibiéndose de psicólogo y luego de profesor de psicología e incumbencias, tras lo cual ejerció la docencia durante dos años en institutos terciarios. Hizo talleres literarios con Alejandro Tloupakis, Sebastian Barrasa, Marcelo di Marco y Laura Yasan, entre otros. Publique con otros tres escritores el libro Lencería para payasos. Participo en varias antologías en Argentina y España y obtuvo menciones en diversos concursos de relatos, que fueron luego incluidos en antologías. En mayo de 2019 publicó el libro de cuentos La ambigüedad de la frontera.

 

 

DE LUZ DE LUNA Y PLATA