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domingo, 1 de febrero de 2026

EL ESPEJO DEL SEÑOR K.

Tatjana Milivojčević

Cuando se sufre una fobia rara y se trabaja con gente, es casi imposible ocultarlo. Yo logro disimularla, probablemente porque soy bibliotecario. Absortos en los libros, los lectores no prestan atención a los demás y no ven nada salvo letras juguetonas.

El lugar donde trabajo, por suerte, está iluminado por ventanas altas, de modo que no puedo ver mi reflejo en ellas. La eisoptrofobia –la aversión a los espejos– es algo que quedó grabado indeleblemente en mí una noche, hace mucho tiempo. El sudor, los temblores y los latidos del corazón, que parecen querer saltar del pecho cada vez que miro un espejo, me devuelven a aquella fatídica noche de Año Nuevo en la que me encontré en el departamento de un hombre extraño: el señor K.

Su nombre verdadero no puedo decírtelo, porque en realidad no lo sé. El nombre por el que lo conocía, y que yo creía que era el suyo, no soy capaz de pronunciarlo. Con solo mencionarlo me invade un miedo tan intenso, que me paraliza la respiración hasta casi quedarme sin aire. Para explicar el origen de mi fobia debo volver atrás y contarte en detalle todo acerca de ese señor y de su destino lleno de maldad, en el que me vi envuelto sin querer.

En su momento, cuando yo estudiaba, vivía con mi madre en un departamento. El piso de arriba estaba vacío y los dueños lo alquilaban. A comienzos de otoño se lo rentaron a un señor de mediana edad al que yo encontraba casi todas las mañanas en la escalera. Alto, extremadamente flaco, con mejillas hundidas, pelo revuelto y barba desprolija. La mirada ausente, y el negro apagado de sus ojos contribuía mucho a darle a su rostro un aspecto fantasmal. Se vestía con ropa uniforme de tonos grisáceos y negros, y siempre llevaba un largo abrigo de cuero.

Se presentaba como el señor K., profesor de historia, sin trabajo por el momento. Hablaba en voz baja y las frases cortas que decía no pasaban del límite de la cortesía. Nuestras conversaciones nunca duraban mucho, porque el señor K. siempre estaba apurado.

A mediados de mayo heredé de mi abuelo paterno –ya fallecido– una casa en las afueras de la ciudad, y me mudé. Con la casa heredé también una suma considerable de dinero, que me permitió vivir solo. Visito a mi madre cada vez menos.

Como estaba preparando el examen final de la carrera de Filosofía, pasaba la mayor parte del tiempo en casa o en la biblioteca, donde estudiaba por costumbre. Me gustan la calma, el silencio y el olor de los libros.

Durante una de mis visitas, mi madre empezó a hablarme del vecino:

—Sabés, hijo… hay algo muy raro con ese hombre horrible.

—¿Horrible? ¿No decías antes que era muy amable y servicial? —pregunté, sorprendido.

—Sí, hijo. Cuando te mudaste siguió siendo atento y comprensivo con nosotras, las mujeres que vivimos solas. Cuando nos cruzaba, nos traía bolsos llenos del mercado y sacaba las bolsas de basura que dejábamos frente a la puerta. Pero, aparte de un saludo amable, no decía nada más. Raro para un profesor. Sin embargo, con el tiempo, esa amabilidad se le fue. Y su aspecto cambió de forma evidente. Está descuidado, desprolijo. Deja un olor áspero, como una mezcla de tierra húmeda y hojas podridas.

Vi miedo en los ojos de mi madre.

—Mamá… ¿quieres decir que ese bicho raro se volvió todavía más torcido? —pregunté, incrédulo.

—Escúchame, hijo. Te lo voy a contar todo y después juzgarás por ti mismo. Pasa mucho tiempo encerrado. De día, ahí adentro todo está quieto y silencioso, pero por las noches salen sonidos inexplicables, y después… se oyen sollozos. Durante la noche la temperatura del edificio, y también la del departamento, baja muchísimo. Al principio me alegré, porque sabes bien que en verano me cuesta dormir de noche. Pero el frío empezó a meterse en mis huesos y ya no me resulta agradable. Y después aparecieron cuervos y grajos. Esas aves de mal agüero, antes de cada amanecer, se posan en el techo y graznan durante horas.

Le tembló la barbilla, como si fuera a llorar.

—Mamá, ¿qué aves de mal agüero? ¿Crees en esas historias de viejas? —me reí.

—Hijo, no son solo los pájaros… también los perros. Primero ladran, después aúllan alrededor del edificio y, de pronto, en algún momento, se van gimoteando con la cola entre las patas. Pasa demasiadas cosas raras como para que sea casualidad. Ese hombre nos trajo algo malo, lo siento…

No pudo contener las lágrimas, que le dejaron surcos en la cara arrugada.

—Tranquila, mamá, por favor. Hablemos de él otro día. No debes tenerle miedo, créeme —intenté sonar razonable para calmarla.

—Yo te creo, hijo. Pero debes entender que me siento indefensa cuando me lo cruzo. Sus ojos son tan espantosos… como si dentro hubiera un pozo profundo que me succiona cuando lo miro. Nunca creí en lo sobrenatural, pero el cuerpo me empieza a temblar sin explicación cada vez que me alcanza su mirada. Me enredo, me quedo tiesa, sin palabras. Eso, hijo. Tenía que decírtelo. Eres el único que me entiende. Si se lo contara a otro, dirían que me volví loca —dijo, con voz llorosa, secándose las lágrimas.

—Te entiendo, mamá, pero por favor dejá de tener miedo. Es solo un inofensivo excéntrico —la tranquilicé.

—Como digas, hijo —bajó la vista, retorciéndose los dedos—. Pero hay algo más que olvidé mencionar.

—¿Qué, mamá? —pregunté a desgano. Toda esa historia del señor K. empezaba a sacarme de quicio, sobre todo porque ella estaba alterada y podía descomponerse.

—Una noche, Simeón, el vecino que vive frente al señor K., se despertó por los perros. Salió decidido a bajar hasta la entrada para espantarlos, pero se detuvo en el pasillo cuando oyó unos gritos ahogados que venían del departamento del señor K. Preocupado por si le pasaba algo, golpeó su puerta. Por unos instantes se hizo silencio y, enseguida, justo del otro lado, se oyó un gruñido fuerte que, según Simeón, no pertenece a ningún ser humano. Como Simeón sabe que el señor K. no tiene animales en el departamento, dudó qué hacer. No podía dejarlo abandonado si estaba en peligro, pero al mismo tiempo lo invadió una incomodidad y un miedo que le impidieron entrar. Entonces decidió llamarlo. Y oyó, entre gruñidos: “¡Vete!”. Simeón corrió a su casa, cerró con llave y encendió todas las luces. Pasó la noche en vela —susurró mi madre, como si temiera que alguien pudiera oírla.

—Mamá… ¿no me digas que le crees a Simeón? Sabés que le gusta empinar el codo, sobre todo ahora, antes de las fiestas —dije, ya enojado.

—No digas eso, hijo. Simeón es un hombre muy respetable y yo le creo —lo defendió.

—Está bien. Te prometo que voy a intentar averiguar algo más sobre ese señor K. Y hasta entonces, por favor, dejá de pensar en él —la abracé y la calmé.

Volví a mi casa y me sorprendí de que mi madre, de repente, se hubiera vuelto supersticiosa. Ella me había criado como gente de mente abierta y jamás le había oído decir cosas así. Pero sabía que estaba más sensible desde que me mudé, así que pensé que toda esa historia no era más que producto de su imaginación. Aunque debo admitir algo: yo tampoco creía que el señor K. fuera profesor. Por cortos que fueran nuestros encuentros, algo me decía que no era alguien que pudiera trabajar en educación. Yo mismo tuve profesores extraños, sí, pero en él había algo que no encajaba con lo que decía ser.

Por las dudas, los días siguientes traté de averiguar algo sobre el señor K. Sin embargo, por más contactos que moví, no conseguí saber nada.

Y entonces volví a cruzármelo.

Lo encontré en la sala de lectura de la biblioteca. Estaba pálido, consumido, desprolijo. Leía un libro. Sobre la mesa tenía varios más. Miré de reojo las tapas y reconocí una: Sobre geomancia, de Heinrich Cornelius Agrippa. De pronto, como si sintiera mi presencia, el señor K. me miró. Asentí a modo de saludo y pasé rápido junto a él. Me senté en la última fila y empecé a estudiar.

Absorbido en la lectura, no noté cuándo se acercó. Su voz me sobresaltó.

—Disculpe que lo interrumpa. Oí que estudia Filosofía y espero que pueda ayudarme —susurró.

—Dígame en qué puedo ayudarlo —respondí con cortesía, aunque a desgano. No me gusta que me interrumpan cuando estudio.

—Espero que usted pueda conseguirme la Filosofía oculta de Agrippa, la edición de 1551 —dijo, entrecortado, mirando por encima de mi cabeza.

—¿Se refiere al original? —pregunté, sin poder creerlo.

—Sí —y me miró directo a los ojos.

—Está mal informado. Ese libro no se vende libremente. A lo sumo puedo encontrarle una traducción en internet —le dije la verdad, aunque tuve la sensación de que no lo convencería.

—¡Pero yo no quiero una traducción! ¡Necesito el original en latín! —alzó la voz. En sus ojos vi ese pozo profundo del que hablaba mi madre.

—Busque en las tiendas de anticuarios. Es todo lo que puedo decirle…

—Pero usted seguro leyó Filosofía oculta en la carrera —insistió. Se pasaba los dedos con nerviosismo por el pelo, y de él me llegó ese olor áspero a tierra húmeda y hojas podridas.

—Es verdad que estudié a Agrippa. Para ser preciso, solo fragmentos traducidos de Filosofía oculta, pero nunca tuve ocasión ni de hojear una edición en latín. También leí Sobre geomancia, por pura curiosidad. No soy partidario de su filosofía ni me interesa la adivinación. Me interioricé en sus ideas porque fue un pionero en su tiempo y, sobre todo, porque le sirvió a Goethe como inspiración para el personaje de Fausto…

—¡Bien! —me cortó, nervioso—. Pero si se entera de dónde puedo conseguir Filosofía oculta, ¿me avisará? Es muy importante para mí conseguir ese manuscrito en latín.

Sus ojos negros se clavaron en los míos. Una intensa oscuridad brotó del pozo abierto dentro de sus órbitas.

—Sí, claro. No se preocupe —alcancé a decir, con un miedo repentino que me dejó sin fuerzas.

Tras mi promesa, el señor K. volvió en silencio a su lugar y retomó el libro. ¡Qué loco! Me llevó media hora reponerme del shock, y después volví a estudiar. Cuando terminé, miré hacia donde había estado sentado, pero la silla estaba vacía. Sin que yo lo notara, se había ido.

Me recibí unas semanas después. Decidí buscar trabajo. Mientras revisaba avisos en internet, a menudo volvía en mis pensamientos a aquel encuentro con el señor K. Por pura curiosidad, empecé a buscar la edición latina de Filosofía oculta. Como esperaba, no encontré nada. Aunque, en un sitio, hallé una traducción al inglés de esa misma edición, de 1551.

Dudé entre contárselo o mantenerme al margen, pero al final pudo más mi curiosidad. Quería saber por qué necesitaba justo esa edición en latín. Así que decidí visitarlo pronto.

Llegué a lo de mi madre al atardecer. Quería acompañarla en su soledad la víspera de Año Nuevo. Con mi pareja habíamos planeado una cena tardía y brindar a medianoche. Mi madre y yo charlamos largo y distendido; ella sonreía a menudo. Su buen humor se debía también a mi diploma de filósofo, que le mostré.

Sin embargo, la atmósfera agradable se rompió con oleadas repentinas de frío, cada vez más frecuentes a medida que avanzaba la noche. Recordé lo que mi madre había dicho: que el frío en el departamento estaba de algún modo relacionado con el señor K., porque el edificio era conocido por tener buena calefacción en invierno. Me invadió una cierta incomodidad, pero al mismo tiempo nació un deseo todavía más fuerte de ir a verlo.

La noche ya había caído cuando me dirigí al departamento del señor K. Toqué el timbre varias veces, pero nadie respondió. Tomé la manija y noté que la puerta estaba sin llave. Entré en el recibidor oscuro, llamándolo por su nombre.

En la entrada me golpeó una ola de aire helado. A esa incomodidad se sumó el olor a cera quemada que venía del interior, y también una voz apenas audible, incomprensible. Busqué el interruptor y encendí la luz del recibidor. No había nadie. En el living a media luz encontré al señor K.

Completamente desnudo, como si el frío no le importara en absoluto, el señor K. se balanceaba de rodillas, con los brazos extendidos y la cabeza inclinada hasta el suelo. Susurraba de manera rítmica palabras que me eran totalmente desconocidas y que, por la repetición constante, adquirían un tono de oración.

Ordenadas en círculo alrededor de él ardían decenas de velas negras, esparciendo un olor pesado que me dio náuseas. Cuando miré el living con más amplitud, con espanto comprendí que toda la habitación se había convertido en un santuario repugnante dominado por la figura de una criatura cornuda y alada, dibujada en rojo sobre la pared. Y, mientras mi vista huía de ese ser abominable, vi que frente al señor K. había un espejo grande, redondo y negro.

El espejo estaba enmarcado con una madera antigua tallada y colocado sobre un trípode metálico, casi a ras del suelo. Lo sorprendente era que en ese espejo negro no veía ni mi reflejo ni el del señor K. Entonces noté que la superficie negra del espejo temblaba al mismo ritmo en que el señor K. repetía las palabras de su plegaria espantosa. Me quedé ahí, como hechizado, viendo cómo se formaban protuberancias que rápido se convertían en hendiduras y, aún más rápido, desaparecían sin dejar la menor marca en el vidrio. Parecía como si el espejo estuviera vivo y respondiera, pulsando, a la oración insistente que le dirigía el señor K.

En cuanto me recuperé un poco, reprimiendo la conmoción que me causó esta escena irreal, me dirigí a él.

—¡Señor K! ¡Señor K!

Pero no reaccionó. Ni mi llamado ni mi presencia lo sacaban de su trance. Mientras susurraba, su cuerpo desnudo se balanceaba de un modo cada vez más antinatural. Ya no quise seguir presenciando aquella devoción a lo otro, de la que por fin estaba seguro, y decidí abandonar la escena de este evento escandaloso y demencial lo antes posible.

No llegué ni a salir del living cuando a mis espaldas se oyó el estrépito del vidrio rompiéndose y el caer de los fragmentos. Me di vuelta hacia el sonido que me rasgó los oídos, pero en ese instante la habitación se llenó de una deslumbrante luz blanca que me encegueció; cerré los ojos por puro instinto.

No sé cuánto tiempo los mantuve cerrados. Cuando los abrí, estaba en plena oscuridad. Palpé desesperado el interruptor y lo presioné. La lámpara titiló varias veces y, cuando por fin encendió, ante mí apareció un cuadro caótico.

Las paredes del living estaban salpicadas de un líquido rojo oscuro; en el piso, manchas anchas de velas completamente derretidas y fragmentos del espejo negro hecho añicos. Di unos pasos hacia el centro del cuarto y vi que los pedazos de vidrio negro también estaban impregnados de una sustancia espesa cuyo color recordaba a la sangre. ¡No había rastro del señor K.!

Salí a buscarlo por las otras habitaciones. Pero el señor K. parecía haberse evaporado. Volví al living, negando con la cabeza, sin creer lo que estaba viviendo. Y entonces miré otra vez los fragmentos del espejo negro, y lo que vi en ellos dejó consecuencias permanentes en mi salud mental y me marcó de por vida.

En cada pedazo pequeño de vidrio negro vi a la criatura cornuda y alada dibujada en la pared, solo que en los fragmentos del espejo, a diferencia del dibujo, se movía y sonreía de forma siniestra. El horror me obligó a apartar la mirada, pero, para mi desgracia, se detuvo en el fragmento más grande. Allí vi la figura de un hombre con la cara cubierta por las manos. Mientras yo miraba, hipnotizado, bajó las manos y el rostro que apareció estaba vacío: sin ojos, sin nariz, sin boca. Por el pelo revuelto y la barba desprolija reconocí en esa aberración grotesca al señor K. Entonces señaló hacia mí.

—¡Te esperamos de este lado! — dijo con una voz que de ningún modo podía salir de una boca inexistente.

En ese mismo instante el living se llenó de un hedor insoportable a azufre. Me cubrí la nariz y la boca con el puño y salí corriendo del departamento del señor K. Temblando y tosiendo, irrumpí en el de mi madre. Ella llamó a la policía.

¿Se imaginan cuántas veces me interrogaron los inspectores sobre qué estaba haciendo esa noche en el departamento del señor K.? Les conté todo, excepto la visión en los fragmentos del espejo. Si no hubiera sido por el testimonio de mi madre y de otros vecinos, que confirmaron que yo solo lo conocía de vista, mis problemas no habrían tenido fin.

 

Quedó sin esclarecer qué fue exactamente lo que ocurrió con el señor K. Sin duda se determinó que en las paredes y en los pedazos del espejo negro había sangre humana, pero los inspectores no hallaron ninguna huella del señor K. ni documentos que confirmaran su identidad. Por eso no se puede establecer a quién pertenecía la sangre derramada esa noche.

La investigación posterior reveló que la persona que se presentaba como el señor K. no existía bajo ese nombre, así que ningún posible familiar pudo ser notificado de su desaparición. Siguiendo el procedimiento, la policía ordenó a todos los vecinos del edificio que avisaran de inmediato si el señor K. reaparecía.

No reapareció ni siquiera después de cinco años. Hoy se lo considera legalmente muerto. Yo estoy convencido de que el señor K. sigue existiendo, solo que en otro lugar y bajo otra forma. Creo que por fin encontró aquello que buscaba… o quizá eso lo encontró a él. A mí me quedó el miedo, taladrándome y ondulándome bajo la piel, al acecho de un reflejo: un espejo por el que, como de un cráter, brote lo que sea que se refleje del otro lado de la frontera del vidrio duro y frío… y por fin me ahogue.

Los relatos y poemas de Tatjana Milivojčević han sido publicados en antologías de festivales de la región, así como en numerosas antologías, revistas y sitios web (Serbia, Montenegro, Bosnia y Herzegovina, Croacia). En 2015 publicó el libro de cuentos infantiles Historias interesantes desde la Habitación S, editado por la Biblioteca “Gligorije Vozarović” en Sremska Mitrovica. En 2023 recibió el tercer premio literario internacional “REFESTICON Avatar” por su libro de relatos fantásticos Tierra inexplorada, galardón otorgado en el marco del proyecto “REFESTICON”. En 2024 publicó la colección de poemas de amor Canción en la piedra, editada por “Pendulum” de Zenica.

 

jueves, 4 de diciembre de 2025

DIMENSIONES

Tatjana Milivojčević

 

La tercera dimensión de la realidad.

Las personas que habitan la tercera dimensión de la realidad solo ven el mundo material al que atan sus emociones y opiniones. Sin embargo, existen cosas que ellos no ven…

 

“La vida, sea como sea, es mejor que la fantasía, de la misma forma que la salud es mejor que la enfermedad.” Iván Serguéievich Turguénev.

 

Ambulatorio Covid, antigua área de Urgencias.

Este virus es como Dios. Se cuela en cada poro de nuestras vidas, se instala, se acomoda. Y luego acecha y atrapa a sus víctimas. Nadie sabe si ella será la siguiente.

En el hospital ya no hay nada más urgente que él. De pronto, como si todas las demás enfermedades hubieran desaparecido; fuera del coronavirus ya no existe nada. Está en todas partes.

Somos doce en la sala de espera, si es que puede llamarse así. El garaje donde antes las ambulancias traían a los heridos graves y moribundos se ha convertido en ambulatorio covid. Ahora casi nunca traen a nadie; la mayoría entramos por nuestra cuenta, nos estacionamos como coches viejos en las sillas y esperamos a que nos llamen. Y no tenemos ni idea de dónde tendremos que ir después, qué será de nosotros. Lo sabremos sobre la marcha. Porque aquí el personal sanitario casi siempre calla. Y se apresura.

Nos miramos, como si intentáramos leernos la mente unos a otros. Como si en la mirada quisiéramos descubrir si el otro está mejor o peor que nosotros, o que aquellos a quienes hemos traído como acompañantes.

Milica tiene fiebre. Es asmática, usa inhalador; Flixotide a diario, Berodual durante las crisis. Por eso estoy fuera de mí. ¿Y si tiene coronavirus? Dicen que los como ella pertenecen al grupo de riesgo. Una avalancha de pensamientos negros me recorre mientras me hundo en sus ojos negros como el hollín…

Intento convencerme de que no es nada grave y que todo saldrá bien, pero no lo consigo. El estómago se me anuda. Como si los intestinos se enredaran y el estómago, como si me hubiera tragado una piedra. Sudo. Me tiemblan las manos. ¡Dios, que no le pase nada!

La mascarilla me asfixia. Necesito aire fresco. Siento que una sola inhalación profunda me devolvería las fuerzas. Soy como una leona herida, pero lista para saltar. Seré más rápida que la enfermedad, seré más rápida que la muerte. No dejaré que ninguna de ellas toque a mi hija. Que me lleven a mí.

En la silla junto a la puerta del consultorio, una mujer flaca, de mediana edad, lleva un traje gastado, dos tallas más grande, que la hace parecer mayor. Aprieta contra el pecho a una niña de unos trece años. Los dedos se le han puesto blancos de tanto sujetarla por los hombros, como si temiera soltarla. La niña no deja de toser.

El personal del hospital cruza el pasillo. Están apresurados, serios, cansados y asustados. La mirada perdida, como si miraran a ninguna parte.

Ninguno de ellos ve la densa nube negra que flota encima de sus cabezas…

De la oscuridad brotan decenas de cabezas, cada una con mandíbulas abiertas llenas de dientes perlados y negros. Las quijadas castañetean en silencio. Parecen criaturas que deliberan a quién devorar.

Cuellos largos y nebulosos empiezan a enroscarse alrededor de los pechos y cabezas de la gente.

La neblina negra se desliza por la nariz de la niña de trece años.

 

La cuarta dimensión.

En la cuarta dimensión de la realidad, las personas se perciben como “despiertas”, y trasladan sus necesidades del mundo material hacia la búsqueda de conocimiento y del sentido. Pero aún no se han liberado del “ego” ni del juicio hacia los demás. Poseen intuición desarrollada y tienen ideas.

 

“A un hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas: elegir la actitud personal que tomará ante cualquier circunstancia, elegir su propio camino.” Viktor Frankl.

 

Ingreso Covid. Tercer piso del hospital general. El pasillo lo separa del departamento de Psiquiatría.

La tos me está matando. No pasa un minuto sin que tosa. Me desgarra los pulmones. No hay flema, solo una tos seca y áspera. A mi alrededor hay pacientes covid leves y graves. Sombríos, mortalmente serios, con los ojos desorbitados. Como si nos hubiéramos transformado en ojos. Y dentro de ellos no hay nada más que miedo.

No estoy asustado, aunque los médicos dicen que la inflamación ha afectado ambos pulmones. Yo sé lo que ellos no saben: estaré bien. La intuición es mi punto fuerte. Lo siento: será duro, llevará tiempo, pero al final saldré victorioso.

No soy de los que dicen que el coronavirus no existe, que es un invento; pero el pánico lo supera todo. Sé lo que está pasando. A menudo les digo a mis alumnos que yo sé, mientras ellos aún están aprendiendo. No me considero un ególatra; simplemente, yo estoy en un camino y ellos en otro. Cada uno crece a su ritmo. Pero el pánico lo ahoga todo. También el crecimiento.

Y mi crecimiento se detuvo. Como una tortuga, me metí en mi caparazón y no dejo entrar a nadie. Siempre enfrento mis problemas solo. Ya me imagino la diversión que tendremos el coronavirus y yo. Por ahora, uno a cero para él. Pero ahora es mi turno. Bajo el caparazón no hay lugar para dos.

Aquí reina un miedo primordial a la muerte. Es palpable y pegajoso. Basta con sentarte cerca de alguien y su miedo se te pega como un chicle, y luego cuesta quitártelo. En mí solo hay un grano. Solo temo que me conecten a un respirador. He oído que pocos salen vivos.

En el hombro derecho del profesor, un ángel frunce el ceño. Pesado este hombre suyo. Aunque va por buen camino, siempre se hunde de nuevo en la tercera dimensión. ¿Cuántas señales necesita para entender que no debe volver a lo de antes? Es cierto que está despierto e iluminado, pero es irritantemente engreído. No se moverá pronto de este escalón del desarrollo, piensa el alado.

 

La quinta dimensión.

En la quinta dimensión de la realidad todo es uno, y uno es todo. Las personas sienten una profunda conexión con todo y con todos. La energía de las emociones se expande como un virus. Llega el despertar.

 

“Cada día es como una pequeña vida: todo despertar es un pequeño nacimiento, todo descanso y sueño es una pequeña muerte.” Arthur Schopenhauer.

 

La sala de respiradores.

Semipenumbra. El aire huele a alcohol y a yodo. El sonido de las máquinas es aterrador, recuerda al gruñido de un perro rabioso.

La mitad de los pacientes está en coma inducido, la otra mitad está despierta y consciente. Algunos reciben oxígeno. Ya sea por la luz azulada o por la enfermedad, la piel que asoma bajo las sábanas es casi gris. Están todos muy delgados.

El personal camina en silencio, casi de puntillas. Incluso la alarma está disminuida. Su sonido provoca terror. Cuando se enciende, es señal de emergencia. Significa que una vida se apaga. Y entonces estalla el caos.

Lúcidos pero urgidos, los camilleros esconden con sus cuerpos al moribundo mientras luchan por la chispa de vida que queda en él. Los que están despiertos se hunden bajo las mantas o giran la cabeza, como si así pudieran protegerse. Y esperan que todo termine.

En la cama del rincón derecho, una anciana. Debe rondar los setenta y cinco. Su piel no es gris como la de los demás, sino completamente blanca. Respira con dificultad, a pesar de estar conectada a oxígeno.

Ha escuchado la alarma siete veces y ha visto cuatro cuerpos en bolsas. Las bolsas vacías están ordenadas en una mesa del otro extremo. Las mira todos los días. ¿Irá ella a una de ellas?, se pregunta.

Aún no, le llega una respuesta, de algún lugar, a su conciencia.

No se sorprende: sabe que existen seres que el ojo humano no ve. Siempre ha podido sentirlos y oírlos, y a veces verlos.

La anciana está llena de amor. Incluso a estas personas con las que comparte la sala de respiradores, las ama, aunque no conozca a ninguna. Sin embargo, no intenta sanarlas, aunque puede hacerlo. No porque no quiera, sino porque le dijeron que no debe. Ellos están en su camino de cambio de conciencia, ella en el suyo. Su tarea ahora es solo observar.

La enfermedad le fue dada para que su alma creciera y madurara. Quienes la conocen dirían: “¿Puede ser mejor de lo que ya es?” Sí. El ser humano siempre puede ser una versión mejor de sí mismo. Si está dispuesto a crecer. Y si quiere.

Aunque en el cuerpo de una anciana, su energía es fuerte como un volcán en erupción, y limpia. La vejez huele mal, pero ella huele a siempreviva y albahaca.

Lucha por el aire. Intenta respirar despacio.

En el cielo, de pronto surge alguna nube negra, como una semilla, y como una semilla brota y crece, cubre toda la ciudad en lo que dura un parpadeo. En la sala, la luz tenue mantiene a raya la oscuridad. La respiración de la anciana se ha estabilizado un poco. Parpadea inquieta mientras cae en el sueño.

Los sueños engendran monstruos. Así también, sobre su cama, una sombra extraña, ondulante, se expande desde la pared hasta el cabecero. Nada en ella es reconocible, amorfa, sin brazos ni piernas, sin garras ni dientes, y sin embargo…

La sombra toma forma. Una figura femenina estilizada –o al menos parecida a una mujer bella–, con largo cabello alborotado que va de un lado a otro sobre la cama. Gira la cabeza como un globo terráqueo en clase de geografía, buscando: ¿a quién? Y entonces estira un brazo, como una serpiente amazónica, y con sus garras golpea a un hombre corpulento de mediana edad. Él ya estaba en coma, así que podía hacer con él lo que quisiera.

La anciana despierta y se incorpora lentamente. La figura oscura huele alrededor del durmiente. Mientras mueve la cabeza de un lado a otro, la anciana distingue su rostro: un rostro que solo podría describirse con una palabra: terror. El cuerpo se le paraliza. ¡Ni el meñique puede mover!

Los dientes afilados dominan la cara. En lugar de ojos, dos abismos oscuros. Su sonrisa vibra como una cuerda de tambura, una sonrisa acusadora, al parecer, porque enseguida las fauces se hunden en el cuello del moribundo. La sombra se tiñe de sangre. La alarma suena. La anciana se desmaya.

Por la mañana no recordará nada, piensa el ángel guardián. Mejor para ella. De lo contrario, difícilmente sostendría su lema de que el amor está en todo y en todas partes.

 

El punto cero.

El punto cero es el puente entre nuestra imaginación y la realidad, y el espejo donde se reflejan todos nuestros pensamientos y creencias. Bregden, G. La matriz divina.

“Al tiempo hay que someterse.” Proverbio latino.

 

Hoy es un día difícil para el personal de psiquiatría. Cinco ingresos son demasiado para un solo técnico. La gente, en estos tiempos, está muy inestable psicológicamente, piensa el técnico de treinta años. ¿Y cómo no estarlo, con un virus mortal rondando? Todos están asustados, por sí mismos y por los suyos. Incluso los mentalmente sanos se vuelven depresivos, porque a esta maldita pandemia no se le ve el final.

Los pensamientos le revolotean mientras reparte la medicación. Solo falta preparar las dosis para el turno de la mañana y podrá descansar. Al entrar en la sala de terapias, ve a la limpiadora. Empuja un carrito de limpieza. Abre la puerta con la mano izquierda. La deja de par en par; luego volverá a cerrarla. Por seguridad, todo debe estar con llave.

El teléfono de la limpiadora cae al suelo. Al agacharse para recogerlo, con el rabillo del ojo ve una figura que sale corriendo por la puerta y desaparece en las escaleras que llevan al desván. Seguro es una enfermera que, como ella, sube al techo a fumar, piensa. Volverá a comprobarlo cuando deje el carrito.

En la azotea del hospital, justo al borde, un hombre en pijama. Mira hacia la calle ciega. Desde ese ángulo puede ver su final. Cercada por muros en tres lados. Le recuerda a una prisión, o a un ataúd, quizá también a una caja donde depositará su cuerpo como un regalo. La vida es un regalo; ¿por qué la muerte no habría de serlo?, piensa, sonriendo.

El frío lo asfixia desde que nació. Casi palpable y duro como el cemento. En la cara de su padre, que lo golpea por enésima vez sin piedad. En el corazón de su madre, que lo mira indiferente cuando llora por una rodilla pelada. En el ojo de su esposa cuando le dice que lo deja porque se ha enamorado de otro tipo.

Cemento y hueso son lo más duro. Nada los atraviesa, piensa. Pero este virus ha logrado colarse en sus huesos, perforar su cráneo y convertir su cerebro en papilla. Ya no puede soportarlo.

—¡Soy un pájaro! Mis alas son suaves, blancas, translúcidas. —Levanta los brazos a la altura de los hombros—. Mi hogar es el gran cielo azul. ¡Estoy volando! —grita y se lanza al vacío de cemento.

Rojo y gris. Vida y muerte. Hombre y cemento.

Y entre ambos: miedo.

Tentación.

Esperanza.

Y el virus.

Los relatos y poemas de Tatjana Milivojčević han sido publicados en antologías de festivales de la región, así como en numerosas antologías, revistas y sitios web (Serbia, Montenegro, Bosnia y Herzegovina, Croacia). En 2015 publicó el libro de cuentos infantiles Historias interesantes desde la Habitación S, editado por la Biblioteca “Gligorije Vozarović” en Sremska Mitrovica. En 2023 recibió el tercer premio literario internacional “REFESTICON Avatar” por su libro de relatos fantásticos Tierra inexplorada, galardón otorgado en el marco del proyecto “REFESTICON”. En 2024 publicó la colección de poemas de amor Canción en la piedra, editada por “Pendulum” de Zenica.

FATA MORGANA