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miércoles, 21 de enero de 2026

DOMINO BABY

Biljana Kosmogina

 

La genética es un milagro. Los instintos de los antepasados despiertan y no hay nada que puedas hacer contra eso, salvo abandonarte. En mi caso despertaron al cumplir la mayoría de edad, pero durante mucho tiempo los reprimí. Ya me resultaba bastante difícil lidiar con el hecho de ser lesbiana. Lo supe desde la primaria, pero no podía racionalizarlo porque era una niña. Siempre con las mejores notas, era una niña excesivamente seria, asocial, introvertida, al borde del autismo, a la que casi todos los chicos evitaban. Las burlas y las humillaciones no me gusta evocarlas; fue el clásico acoso escolar, en su mayoría por parte de los varones. Por suerte mi madre ganaba bien trabajando en el sector de las ONG con fondos europeos. A comienzos de los años 2000 me sacó de la escuela “elitista” y esnob de Vračar; terminé la primaria de manera privada y luego cursé escuelas privadas de altísimo nivel en el extranjero. La secundaria en Suiza, y los estudios de Farmacología y Toxicología los completé en Ítaca, en Cornell, a 220 millas al noroeste de Nueva York. Hice dos másteres en paralelo: Aplicación de Plantas Tóxicas en Medicina y Gestión Empresarial, en Utrecht y Róterdam, en los Países Bajos. El amor por determinadas especies vegetales lo heredé de mi abuela y de mi madre, y los idiomas se me dieron desde pequeña gracias a ellas dos. En el nuevo entorno en el extranjero no tuve problemas de adaptación social, y así floreció mi vida amorosa en relaciones con mujeres. Perdí la virginidad con una ayudante de cátedra de “Alcaloides vegetales y opioides”, en un laboratorio cerrado de la facultad. Con mi identidad sexual ya no tenía problemas. Cuando en mí despertaron otros instintos, instintos asesinos, no estaba en Serbia sino en África. Sé que con el tiempo me volví cada vez más alérgica a la injusticia, la deshonestidad y la violencia de cualquier tipo, y en especial a la violencia masculina contra las mujeres.

Desde pequeña mi madre me contaba que su madre, mi abuela, trabajaba actuando en clubes neoyorquinos de acceso restringido (solo caballeros), pero que, por desacuerdos con su pareja –mi abuelo, un individuo celoso que la golpeaba hasta dejarla exhausta–, huyó al sur de Europa con el vientre a punto de estallar y dio a luz en Grecia. Allí conoció a un apuesto serbio, veinticinco años mayor, que la llevó con la niña a Belgrado. Dio de baja su pasado como si hubiera usado una goma de borrar, se casó, adoptó un nuevo apellido y una nueva identidad, y durante años cuidó con esmero de su acomodado marido y de su pequeña hija, de su gran jardín florido en el amplio patio y del invernadero detrás de la casa, esforzándose por olvidar el seudónimo –Domino Lady– que había dejado atrás en América.

De niña, las noches más emocionantes eran aquellas en que mamá abría la caja fuerte de casa y me mostraba las viejas fotografías en blanco y negro de la abuela, tomadas en los años cincuenta, en las que Domino Lady –una deslumbrante rubia con un vestido blanco ceñido hasta los tobillos, una máscara negra sobre los ojos, una boquilla en una mano y un Colt .45 en la otra– posaba ante la cámara. Las profundas aberturas del vestido llegaban hasta las caderas y dejaban ver unas piernas hermosas sobre altos tacones. Me explicó que Lady cantaba en clubes frecuentados por tipos peligrosos: mafiosos y gánsteres, políticos, diplomáticos, altos funcionarios extranjeros e incluso presidentes. Todos se volvían locos por ella y recibía ofertas de matrimonio increíbles. Lady nunca reveló su verdadera identidad ni el origen de campesina rebelde que a comienzos de los cincuenta había huido de la granja familiar en Luisiana para llegar a Nueva York soñando con una carrera como cantante de jazz famosa. No le importaban los cortejos, los regalos caros, las pieles, los perfumes y las flores con que los hombres inundaban su camerino. Era una auténtica femme fatale, una diosa inalcanzable, una ninfa esquiva. Sus actuaciones eran exclusivas y secretas, lejos de los ojos del público, en unas pocas ubicaciones en villas alquiladas de Manhattan, con los mejores músicos de la época tocando detrás de una cortina, porque no podían ver los rostros de los invitados. Decían que tenía una voz como la de Sarah Vaughan.

Lady cometió su mayor error cuando se enamoró de un tipo cualquiera, un emigrante de Rumanía. Un psicópata posesivo que la maltrataba psicológica y físicamente. Le apagaba cigarrillos en la cara para que no pudiera actuar. Estaba a mitad del embarazo cuando compró un billete y se embarcó en un transatlántico con el que llegó a Marsella; luego sobornó a un capitán griego para que la pasara de contrabando hasta El Pireo. Antes de eso había envenenado al miserable, es decir, a mi abuelo. Cuando se quedó dormido, le vertió una tintura vegetal venenosa en el conducto auditivo, siguiendo el ejemplo del trágico destino del padre de Hamlet, el rey de Dinamarca. Junto a su cuerpo dejó una nota que decía: Compliments of the Domino Lady. Shakespeare fue su primer maestro verdadero. Se le daban mucho mejor la literatura y la música que ordeñar vacas y ovejas, a lo que sus padres la obligaban en la granja desde niña.

«Nunca, pero nunca te cases. Los hombres son bestias. Opresores. Estafadores. Miserables. Psicópatas. Así como yo te tuve sin pareja, tú también, si algún día quieres un hijo, podrás quedarte embarazada del mismo modo. Recuerda todo lo que tu abuela sufrió con aquel idiota», repetía a menudo mamá como un mantra mientras recorríamos el invernadero y regábamos nuestras exuberantes flores tropicales. «Claro, cariño, hay excepciones. Su marido, mi padrastro Dušan, era un alma buena. Que descanse en paz. Lo llevaré siempre en el corazón como a un verdadero ángel, porque sin él nosotras dos no estaríamos aquí».

—Mamá, ¿y por qué la abuela sostiene un arma en las fotos? ¿Es una pistola de agua? —le pregunté con curiosidad.

—No, querida, es de verdad. Era parte inseparable de su imagen en el escenario. Tenía un par de canciones populares, como Compliments of the Domino Lady, cuya letra decía: Don’t approach me close, you may get a punch to your nose; don’t be mean and bully, you will bite the bullet, I swear I’ll kill you truly. I don’t need compliments because I have self-confidence… A todos esos invitados distinguidos, poderosos, tipos duros y machistas, les enviaba mensajes dominantes que les hacían perder la cabeza y caer en trance. Los desarmaba y decapitaba con su canto. Sí, todos sabían que el Colt estaba cargado y listo para disparar en cualquier momento; por eso se quedaban quietos como ratoncitos, tragando whisky en silencio y babeando mientras miraban a Lady en el escenario, listos para morder su bala. Frank Sinatra a veces salía a cantar con ella My Way y Strangers in the Night. Después de cada actuación, a medianoche, una limusina blanca venía a buscarla y la llevaba en dirección desconocida; luego en el escenario se turnaban bailarinas de cancán y striptease. Ella no se mezclaba con ellas: tenía un camerino separado en el piso de arriba, repleto de flores y regalos, con un guardaespaldas en la puerta, como corresponde a una diva. Dejaba todos los regalos a las bailarinas y se marchaba dignamente con las manos vacías pero con el Colt en el bolso: incorruptible, inalcanzable Domino Lady, reina de hielo vestida de blanco.

Mamá me hablaba de mi abuela con los ojos encendidos. Me mostraba cómics de América que artistas brillantes habían hecho sobre Lady, convirtiéndola en heroína, mito, leyenda. Y ella realmente había existido, aquí, en Belgrado, y era mi propia abuela. Aprendí a leer gracias a esos cómics que mi madre conseguía por todo el mundo. Sabía que no debía fallarles ni a una ni a otra, porque la sangre no es agua.

—¿Y dónde está ahora la abuela, mamá? ¿Está viva? —las preguntas brotaban solas cuando crecí un poco.

—Se fue a Colombia dos años después de que muriera el abuelo Dušan; tú tenías solo dos años y por eso no la recuerdas. Se enamoró de una belleza latina que tenía su propia compañía teatral y que había actuado en Belgrado en el marco del festival BITEF del 93. Durante años me enviaba paquetes con regalos y cartas cálidas desde Bogotá y Cartagena. Un día su pareja me llamó para decirme que Lady había muerto del corazón, de repente, mientras dormía, feliz.

—¿O sea que nos dejó a las dos aquí cuando yo era pequeña por otra mujer?

Me inquietó esa revelación, pero una extraña calidez me recorrió el vientre durante mucho tiempo, porque entonces oí por primera vez hablar del amor entre dos mujeres, algo que me confundió pero, de un modo extraño, me excitó.

—Cada cual debe ir tras su felicidad, cariño.

Las palabras de mi madre se grabaron profundamente en mi memoria y me acompañaron durante todo el crecimiento, hasta mi primera experiencia lésbica con la ayudante de laboratorio en Cornell.

 

Mi madre dedicó toda su vida al trabajo humanitario y al activismo a nivel internacional. Viajaba mucho y, cuando no estaba, yo me hacía cargo del jardín que heredamos de la abuela: el del invernadero detrás de la casa, con calefacción en invierno, donde cultivábamos con sumo cuidado –como en un laboratorio– diversas plantas y hongos tropicales, africanos, asiáticos y otros exóticos. Al invernadero entrábamos con ropa hospitalaria estéril, cubrecalzado, guantes y mascarilla. Era nuestro pequeño paraíso vegetal oculto, y el traje protector era necesario porque todas las plantas contenían toxinas altamente concentradas. Con ellas la abuela Lady elaboraba mágicas tinturas asesinas. Las preparaba con esmero en su laboratorio personal, es decir, en la antigua habitación del servicio, situada junto al invernadero y con una salida especial al patio trasero. Nadie podía entrar allí; estaba fuera del alcance de miradas curiosas desde la calle, igual que el invernadero. La abuela introdujo a su hija –mi madre– en el cultivo de plantas y hongos súper tóxicos como el árbol de la estricnina con nueces de Strychnos nux-vomica, del que obtenía estricnina; el hongo Amanita phalloides, del que extraía amatoxina; de las semillas de Ricinus communis obtenía ricina; y de varias bacterias, hongos y algas producía cianuro según la fórmula clásica. El BTX o batracotoxina lo recibía ya preparado en ampollas, pedido a chamanes de la Amazonía: un neurotóxico secretado por ranas del género Phyllobates, en el que los indígenas mojaban las puntas de lanzas o flechas. También cultivaba la bacteria Clostridium botulinum, de la que obtenía toxina botulínica; la tetrodotoxina extraída del pez globo se conservaba en una criocámara a –98 grados. Mis favoritas eran las bayas de belladona, de cuya raíz extraía el veneno, mientras que el alcaloide aconitina lo obtenía de la hermosa acónita. De niña, una vez aspiré durante un minuto entero las flores blancas y embriagadoras de la cicuta, de aroma dulzón; después pasé días con dolor de cabeza y fiebre alta. Desde entonces nunca volví a quitarme la mascarilla en el invernadero. Mamá y yo cuidábamos con gran amor el peligroso jardín multicolor de la abuela, disfrutando de flores vivaces y bayas amenazantes, mientras la hiedra venenosa cubría densamente una pared entera del invernadero, cayendo en cascadas como una catarata verde. En su laboratorio químico, la abuela elaboraba caros venenos de base natural que, por encargo, cedía y enviaba por correo o por mensajeros a todo el planeta, regalándolos a mujeres amenazadas que querían liberarse sin dolor de sus parejas violentas: maridos, padres, tíos, hermanos, jefes…

Antes de irse a Colombia, Lady introdujo poco a poco a su hija –mi madre– en su trabajo alquímico, le enseñó muchos detalles y secretos de fitología y le dio contactos para colaborar en el futuro. En su agenda dorada había nombres y teléfonos cifrados tras los que se ocultaban coordinadoras, patrocinadoras, intermediarias de pedidos y mensajeras que llevaban personalmente los venenos a distintas partes del mundo. A ojos de su clientela, ella era una esposa ejemplar, ama de casa, buena madre y humanitaria dedicada. Ayudaba económicamente a instituciones para niños desamparados, casas de acogida para mujeres víctimas de violencia familiar y de pareja, líneas SOS y otras organizaciones de mujeres. Muchas estaban dispuestas a enfrentarse a sus agresores y poner fin al terror y la tiranía, decididas a tomar el destino en sus manos y detener al violento de forma segura, dándole el veneno que Lady producía, vertiéndolo en el oído o la nariz durante el sueño, como en la tragedia de Shakespeare. El efecto era del cien por cien. Los maltratadores se calmaban de manera muy eficaz, para siempre, y Lady, pionera de su oficio, esta vez como alquimista, entraba una vez más en la leyenda como gran benefactora y humanista. El mito de ella aún circula por América y Europa. Ha sido representada en frescos de monasterios femeninos como una santa con halo, vestida de blanco con alas blancas, solo que en lugar del Colt .45 y la boquilla sostiene en una mano un manojo de belladona y en la otra una pequeña botella misteriosa con un líquido brillante del color del sol.

A mí me tocó, por continuidad natural, seguir los pasos de mis antepasadas. Cuando murió el padrastro en los noventa, mamá regresó de sus estudios en Francia y ayudaba regularmente a la abuela con el jardín. Por sugerencia de ella fue a Viena para una fecundación artificial en el 91 y ese mismo año nací yo. Cuando Lady se fue con la colombiana en el 93, nos quedamos en Belgrado, donde mamá me crio como madre soltera. No podía confiar a nadie el valioso jardín de la abuela ni el laboratorio único en la antigua habitación del servicio. Heredó el “jardín del Edén” y lo cuidó, a él y a mí, con la misma dedicación. Yo tenía cuatro años y recuerdo cómo pasaba horas limpiando con cuidado el polvo de las hojas con algodones húmedos impregnados de oxígeno activo. Para mí era un juego meditativo, emocionante sobre todo por vestirnos con monos estériles, guantes y mascarillas. Tarareaba I don’t need compliments because I have self-confidence, la cancioncilla que me enseñó mamá, sin saber qué significaba ni de dónde venía. Aunque solitaria, nuestra vida era cómoda y despreocupada en la hermosa villa de Senjak con vistas al recinto ferial, heredada por el marido de Lady, el abuelo Dušan, como miembro de la aristocracia belgradense de preguerra, una casa que los comunistas no lograron –o no se atrevieron– a confiscar tras la guerra.

 

Después de los dos másteres en los Países Bajos, me trasladé a África como recaudadora de fondos en la reserva Gombe Masito Ugalla para la cría y rehabilitación de chimpancés, en el área del parque nacional de Gombe, que se extiende en gran parte a lo largo del lago Tanganica, en el oeste de Tanzania. Hacía tiempo que había comprendido que las especies vegetales embriagadoras entre las que crecí en el jardín de Lady me hacían feliz y serena, y en GMU entendí que también era mucho más hermoso estar rodeada de animales que de personas. Descubrí muchas especies africanas nuevas para mí, con efectos potentes y variados sobre el ser humano. Se usaban en medicinas tribales tradicionales para curar, y muchas eran mortales si se preparaban en altas concentraciones de extracto o combinadas con otras plantas. Me asignaron una asistente, Lulu, una joven que me introdujo en el funcionamiento, las costumbres y las jerarquías entre la dirección, el personal y los voluntarios de la reserva. Muy amable y dulce, me recibió con una sonrisa amplia y enseguida me dio las contraseñas de wifi de todos los edificios que utilizaba. Me mostró mi oficina, me recorrió la reserva, me presentó a empleados y voluntarios, me explicó cómo funcionaba todo, me enseñó el alojamiento en el bungalow, el mobiliario, la cocina, la cama con mosquitera y la ducha improvisada entre los arbustos detrás del bungalow, con un par de botellas de plástico para bañarse. No me entusiasmaron esas condiciones, pero las oficinas tenían cocina y comedor comunes, además de un baño normal para ducharse, que también estaba a mi disposición. Amé a todos los animales –mamíferos, aves y reptiles–, pero sobre todo sucumbí al encanto de los inteligentísimos y adorables chimpancés. Con Lulu me comunicaba en inglés, pero también aprendía activamente suajili. Durante el tiempo intenso que pasábamos juntas nos hicimos muy cercanas y, poco a poco, en menos de dos meses ya estaba locamente enamorada de ella.

El director de la reserva, Mwamba, era un violento arrogante y brutal tanto con sus subordinados como con los animales. Era igual de duro verlo calmar a los machos de chimpancé con una pistola eléctrica que escuchar las historias de mujeres empleadas a las que había acosado y forzado, usándolas como esclavas sexuales. El hecho de estar casado con dos mujeres y tener cinco hijos no le impedía cometer atrocidades por toda la reserva. Lulu me lo contaba todo, y no me costó comprobarlo yo misma en poco tiempo. A mí, Mwamba me dejaba en paz porque yo era demasiado valiosa para la administración y la obtención de fondos de donantes de Noruega, Suecia, Finlandia y Dinamarca. Ahí mi máster en gestión empresarial resultó más útil que el de botánica. No se atrevía a tocar a su gallina de los huevos de oro. Además era un racista declarado; no me soportaba, aunque lo disimulaba. Todos los lunes por la mañana teníamos reuniones en su despacho, donde yo le informaba de mis intercambios con los financiadores de la semana anterior; a él no le interesaban, pero sí los ingresos en la cuenta. Me hablaba largo y tendido de todo lo que iba a hacer para mejorar las condiciones de los animales: puras mentiras. Pronto entendí que grandes sumas iban a parar a su bolsillo, y se confirmó que los abusos a mujeres en la dirección eran reales, algo que ellas se confesaban entre sí. En mí eso provocó una rabia creciente que pronto se transformó en una firme intención de pena de muerte y venganza final. Lulu había sido una de sus víctimas cuando tenía solo dieciséis años. Eso era algo que no podía pasar por alto. Solo dudaba qué veneno usar para matarlo; pero para eso están las madres, para ayudar a las hijas.

¡Gracias a Dios por la tecnología moderna y una buena conexión a internet en Tanzania! Gracias a ello estaba en contacto permanente con mamá por aplicaciones. Tenía un teléfono que usaba exclusivamente con ella. Disfrutaba nuestras conversaciones. A menudo me llamaba desde nuestro jardín, desde el invernadero, y me mostraba cómo crecían las plantas, cuál había florecido, cuál enfermado, cuál había dado fruto o semilla. Fue totalmente natural encargarle un envío venenoso, que me llegó por avión a través de una azafata francesa, al aeropuerto más cercano, en Kigoma. Inventé una buena excusa –una visita al dentista– para conseguir el jeep oficial con chófer y viajar con Lulu a Kigoma, donde recogí el envío y pasamos un fin de semana inolvidable. En efecto fui al dentista y me extrajeron una muela del juicio que me molestaba desde hacía más de un mes, algo que el director tuvo que aprobar porque por contrato tenía seguro médico. En Kigoma compré antibióticos como prevención. Al volver a la reserva, el chófer difundió rumores y comenzaron a sospechar de nuestra relación, aunque nunca la hicimos pública. Algunas cosas no necesitan decirse ni mostrarse, y otras ni siquiera deben preguntarse.

Esta vez Lulu tuvo que sacrificarse de nuevo. Sedujo a Mwamba durante unos días y luego acordaron que pasaría la noche con él en su bungalow, el más lujoso, algo apartado de la oficina, oculto entre la exuberante vegetación africana. Allí las mujeres se turnaban noche tras noche. Cada una salía avergonzada, humillada y desesperada, como una madre chimpancé cuando el nuevo macho alfa destroza a su cría delante de sus ojos porque no es suya. Lulu mantuvo la cabeza fría la noche en que la acompañé. Soportó su corpulencia, su erección interminable y ese sexo gruñido, como si la montara un jabalí salvaje. Aguantó estoicamente el olor a whisky de su boca y el hedor de su sudor, pero el objetivo era que el jabalí exhausto se durmiera. Me colé en el bungalow porque Lulu había dejado la puerta sin llave. Me acerqué a su cama y le vertí en el oído el contenido de una pipeta de plástico, que antes había mantenido en mi vagina para que el líquido tomara temperatura corporal y el frío no lo despertara, ya que había estado varios días en la nevera. El viejo método shakespeariano volvió a funcionar. El jabalí negro dio un par de sacudidas con las piernas, como si fuera a correr, luego empezó a experimentar estertores, abrió los ojos desmesuradamente y me vio de pie junto a la cama con la pipeta en la mano. Cuando la sangre brotó por sus fosas nasales y oídos, empapando la almohada y las sábanas, supe que había terminado. Cuando se calmó, me incliné sobre su cabeza y le susurré: Compliments of the Domino Baby, en suajili. No llevaba un vestido blanco como mi abuela; habría sido demasiado arriesgado bajo la noche de luna llena. Lulu me esperaba con impaciencia en la cocina con su sonrisa irresistible. Confiábamos la una en la otra.

La autopsia mostró un devastador derrame cerebral ocurrido durante el sueño. Todos fuimos a su funeral y fingimos tristeza. Si no hubiera sido envenenado, habría preferido alimentar con su cuerpo a las hienas. A propuesta mía, tres de sus hijos mayores fueron aceptados como ayudantes en la reserva. Las mujeres respiraron aliviadas, los animales también, y todo empezó a volver a la normalidad tras su muerte repentina. Yo estaba inmensamente feliz por haber hecho un bien auténtico, heroico y humanitario, con un resultado inmediato. Al expirar mi contrato debía volver con mamá a Belgrado en 2019, a mis veintiocho años, pero lo prolongué cinco años más. Lulu fue la razón principal para quedarme. Mamá se opuso y se enfadó por mi decisión, porque esperaba que regresara con ella y con nuestro exigente y muy rentable jardín. Pero le recordé lo que me había dicho hacía tiempo hablando de Lady: «Cada cual debe ir tras su felicidad».

Mientras tanto, mamá expandió el negocio a varios continentes, porque en la era de internet todo es más fácil y accesible que en tiempos de la abuela. Planeaba, al finalizar el nuevo contrato, llevar a Lulu de África a Belgrado, a casa de mamá en Senjak, e introducirla en los secretos de la preparación de nuestros mágicos elixires de muerte, con los que podríamos vivir magníficamente y de manera piadosa el resto de nuestras vidas. Decidí continuar la tradición del cultivo de plantas medicinales iniciada por la abuela y continuada por mi madre. Si nos ponemos de acuerdo, iré con Lulu a Viena para una fecundación artificial, si es que nos interesan los hijos. Tras la muerte de Mwamba adopté Domino Baby como el seudónimo secreto, porque sabía que estaba genéticamente predestinada a grandes obras y que sería conocida y celebrada en muchos círculos de mujeres del mundo, sin importar el origen, el color de piel o el estatus social.

Biljana Kosmogina es una artista multimedia de Belgrado, Serbia, que se dedica a la literatura, performances, fotografía y periodismo. Sus relatos han sido incluidos en tres antologías de prosa serbia traducidas al italiano, alemán y albanés. Publica en revistas literarias, antologías y portales web en toda la región y ha recibido cuatro premios literarios: tres por prosa y uno por poesía. Ha publicado dos libros de cuentos: F book (2009, Kornet & Karpos) y El círculo del pecho (2023, Rende). Premios: primer premio de la Sociedad Serbia a la mejor historia de ciencia ficción “Hilandarska maja” (1999); premio por el ensayo Transvestismo como diferencia individual (2003); primer premio a la mejor historia queer Porn Star en el festival Queer Zagreb (2004); y premio a la mejor poesía activista del Centro Cultural Rex (2021). En los últimos años publica regularmente relatos en la antología Regia Fantastica (SCI&F).

 

jueves, 11 de diciembre de 2025

ORGONIZACIÓN

Biljana Kosmogina

 

—¿Bajo la jurisdicción de quién me encuentro, distinguidos señores? ¿Esto es una investigación, un juicio, un acto terrorista o simplemente el capricho de alguien? ¿Entienden serbio? ¿Por qué me han quitado la ropa, me han atado y me apuntan con reflectores a la cara? ¡No distingo nada, voy a quedarme ciego! ¿Por qué me han secuestrado y encarcelado? ¡Nadie les dará ni un céntimo por mi rescate! ¿De qué se me acusa y dónde estoy? ¿Esto es una comisaría? Voy a quejarme al ministro del Interior y al defensor del pueblo por la brutalidad y las condiciones inhumanas en las que me mantienen. La silla a la que estoy atado pertenece a la Inquisición, a la oscuridad medieval y a la época de la esclavitud, no a una sociedad moderna. ¿¡Hola!? ¿Han oído hablar de los derechos humanos? ¿Qué he hecho para merecer esto? ¿QUIÉNES SON USTEDES?

Grito desesperado, intentando interrumpir el mal sueño en el que he caído como en un pozo misterioso lleno de luz, un deslumbramiento insoportable y un siniestro silencio. El cuerpo lo tengo entumecido en posición sentada. La cabeza, el pecho, el abdomen y las extremidades están sujetos con correas de cuero como en una silla eléctrica. Dentro de mí crece un horror cada vez mayor, una desesperanza extrema, pero la realidad de la situación es innegable, por mucho que me niegue a aceptarla. Estoy rodeado de haces de luz intensa que me golpean sin piedad desde todos los ángulos. Para colmo, la luz cegadora no emite calor, así que siento cada vez más frío debido a la mala circulación y a la falta de ropa. Me consume una vergüenza insuperable por mi desnudez. Mantengo los ojos cerrados para no quedarme ciego, pero la luz atraviesa mis párpados y me punza el cerebro. No puedo determinar si estoy en una habitación, un hangar, una celda o una cámara. He perdido la orientación temporal: no sé cuánto llevo sometido a esta tortura ni por qué estoy aquí, pero intuyo que mis aparatos de orgón están directamente relacionados con esto. Nadie viene durante horas; no ocurre nada y no oigo nada más que mi propio jadeo. Me agotan desde hace días, probablemente también me drogan. Tengo sed, hambre, ganas de orinar… A cada minuto, mi miedo a morir crece más. Un ciclo interminable de rabia incontrolable, furia, y luego nuevamente impotencia y desesperación.

Si el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones, todo lo que podría decir en mi defensa es que tuve la mejor de las intenciones. Quería ser útil, mejorar viejas patentes olvidadas, utilizar el potencial natural para el bien común y contribuir, aunque fuera un poco, al avance de la humanidad. Pero así pensaba Giordano Bruno y acabó en la hoguera. Así pensaba Wilhelm Reich a mediados del siglo pasado, y los reaccionarios quemaron sus libros en Nueva York, lo arrestaron, lo acusaron de herejía por su práctica revolucionaria y finalmente lo aniquilaron en prisión.

Cuando Reich construyó en el siglo pasado el acumulador de orgón y el cañón de orgón (captador y destructor de nubes), no previó que sus alumnos y seguidores perfeccionarían esos inventos y los adaptarían a distintos fines, y menos aún que algunos de ellos se saldrían de control y podrían ser mal utilizados. Pero llamar “uso indebido” a algo suele ser solo una mala interpretación de la capacidad de lograr un éxito que derriba los parámetros antiguos y establece otros nuevos incompatibles con los existentes. Tesla seguramente no estaba preocupado por el mal uso mientras trabajaba en la transmisión inalámbrica de energía. Muchas patentes relevantes habrían muerto con sus creadores y la ciencia habría quedado estancada si, después de su muerte, otros no hubiesen continuado aplicándolas de nuevos modos. Así también yo reestructuré, reprogramé y perfeccioné los dispositivos orgónicos de Reich, creando varios prototipos según su efecto de acumulación, emisión o bloqueo de la energía orgónica. Pero juro que nunca quise otra cosa que ayudar a la gente en problemas. Utilicé exclusivamente un recurso natural: el orgón omnipresente, la energía cósmica, el fundamento básico de todos los procesos vitales que funciona eficientemente tanto en la formación de galaxias como en el nivel celular y macrobiológico.

¡Oooh nooo, empieza otra vez la tortura del estroboscopio! No podré soportar otro ataque fotoepiléptico. ¡APAGUEN ESE MALDITO ESTROBO, CRETINOS!

Antes de perder el conocimiento, siento que la vejiga se me vacía, pero no me alivia, porque el conducto urinario me arde mientras el chorrito tibio resbala por mi muslo y forma debajo de mi trasero un charco nada agradable para sentarse. Me echo a reír como un loco, con los ojos apretados, mientras la pánico se atenúa levemente. Me resigno, consciente de que no puedo hacer nada. La sensación de impotencia no elimina el deseo de saber cuanto antes en manos de quién he caído y por qué. Con esfuerzo calmo mi desnudo cuerpo y me entrego resignado al trono de madera del cautiverio, pues cualquier intento muscular se topa con el dolor agudo de las correas que aprietan mis extremidades.

El frío, el silencio y el brillo agresivo me resultan más insoportables que las correas y la silla de tortura. Mi corazón empieza a latir acelerado y de repente comienzo a hipar. En el instante siguiente siento tensión entre las piernas y tengo una erección. No puedo mover la cabeza pero instintivamente bajo la vista hacia mi entrepierna. Mi órgano se hincha, se endurece y crece hasta dimensiones enormes. Se vuelve doloroso, muy doloroso. Seguramente me han inyectado algún líquido radiológico y medicamentos mientras estaba inconsciente tras la tortura con el estrobo. Quizás participo forzadamente en algún experimento. No sé de qué tipo ni de quién, pero estoy ahora cien por cien seguro de que mis experimentos con los dispositivos de orgón están detrás de todo. Aunque no estoy seguro de qué aparato han obtenido ni qué les interesa más: mi acumulador, estabilizador, ionizador, deshidratador, hidrolizador, neutralizador, orgasmatron, acelerador, fragmentador, desfragmentador, levitador o desfibrilador orgónico.

No es difícil dominar la energía orgónica. Reich fue famoso como sexólogo que ayudaba a la gente a liberar su potencial sexual mediante el orgón y curar problemas psiconeuróticos, pero yo no soy famoso por nada. Tomé sus ideas y traté de ampliarlas en mi laboratorio ilegal e improvisado en el sótano de mi casa. Escribía mis bocetos, fórmulas y resultados en un cuaderno, pero también los subía a mi blog creyendo que nadie lo leía. Descuidé mi profesión de técnico químico-operador, aprovechando parcialmente el equipo del laboratorio estatal hasta que me atreví a adquirir mi propia tecnología, como un microscopio, un EEG de segunda mano y un mini escáner. Cuando descubrí hace poco que mi cuaderno había desaparecido y que mi blog había sido hackeado, se lo conté a mi esposa Ivona y a mi amigo Darko. Son las únicas dos personas al tanto de lo que hago, pero ambos me consideran un idiota y un perdedor, y solo colaboran conmigo porque no tienen ocupaciones propias y porque los soborno con pequeños favores. Con mi esposa, bajo la influencia del orgasmatron orgónico, era muy activo en la cama, ya que exponía a ambos regularmente a su acción. Pero hace un tiempo ella empezó a mostrar rechazo al tratamiento, así que le conseguí un sustituto. Decía que estaba saturada y que mi laboratorio depravado ya no le interesaba, como tampoco el sexo conmigo. Se sentía bien sin ello, pero a mi insistencia aceptó acostarse con Darko. Él tampoco se negó demasiado. Quizás exageré con la irradiación orgónica, pues los exponía tres veces al día durante media hora a potentes haces de orgón y luego analizaba la intensidad de sus orgasmos. Darko había tenido problemas de disfunción eréctil por años de alcoholismo, que conseguimos eliminar en apenas dos meses. El alcoholismo permaneció, porque en ese momento me ocupaba solo de la potencia sexual, pero más tarde lo ayudé con el hidrolizador orgónico para reducir la bebida al mínimo. Me resultaba más fácil juntarlo con mi mujer que reclutar nuevos sujetos de prueba a los que tenía que pagar. En situaciones anteriores yo tenía un dilema moral y me sentía como un proxeneta. Al no ser médico licenciado, tenía que recurrir a la ilegalidad: publicar anuncios y pagar a chicas desconocidas 30 euros por una jornada de ocho horas expuestas al orgo-ionizador y al orgo-orgasmatron, para observar sus relaciones sexuales con Darko. Darko floreció junto con su libido resucitada. Monitorizaba con electroencefalograma y orgazmómetro sus reacciones cerebrales y corporales. El EEG defectuoso lo compré en una subasta del Centro Clínico de Serbia hace cinco años, vendiendo un Ford Escort usado que había heredado de mi difunto padre, y el orgazmómetro lo construí yo mismo. Detecta y mide contracciones orgásmicas, pulso, temperatura y hace diagnóstico por iris. Las chicas se iban renovadas, protestando solo un poco por el estado de embriaguez de su compañero, pero Darko funcionaba bastante bien incluso tras grandes cantidades de vodka, bebida que consume sin límite desde la secundaria técnica donde estudiamos juntos. No tiene otros amigos aparte de mí y mi esposa, así que no le reprochamos cuando, después de cenar, se desploma borracho en nuestro diván y se queda roncando. Igual siempre está allí por la mañana, listo para continuar con la terapia orgónica después de dos vasitos de vodka. Por él inventé el orgo-hidrolizador, que liga las moléculas de alcohol en sangre al agua, de modo que en media hora queda sobrio. Tras medirle los niveles con un alcoholímetro de la policía de tráfico, que conseguí en el mercado negro, emocionado le demostraba que era posible eliminar el alcohol en veinte minutos, mientras él asentía indiferente, con la mirada clara, para luego servirse otro trago. Ivona no lo quiere, pero parece acostumbrada a él. Por mi causa ha tenido que acostarse con él regularmente durante años, con cortas pausas. Me decía que era brusco, vulgar y sin sensibilidad, pero no nos ocupábamos de romanticismo, ambiente ni juegos previos: solo del contacto sexual directo, lo más importante para mi investigación sobre la intensidad y canalización de la energía orgónica.

Independientemente de las funciones sexuales, considero el deshidratador orgónico mi mayor descubrimiento. La primera vez que lo probé con fruta, en cuestión de minutos obtuvimos ciruelas, albaricoques, uvas, higos, escaramujos y tomates cherry perfectamente deshidratados. El deshidratador, apoyado por otro aparato, el acelerador orgónico, extrae increíblemente rápido toda la humedad de la carne y de los cultivos vegetales: tallos, hojas o frutos. Lográbamos jamón crudo de excelente calidad a partir de carne de cerdo o ternera en solo media hora bajo los rayos concentrados del deshidratador y el acelerador. Los alimentos deshidratados se conservan durante un largo tiempo sin perder valor nutritivo. Esperaba obtener algún beneficio económico de la industria alimentaria, pero aún no he patentado mis inventos, así que debo esperar. Reich estaría orgulloso al ver cuán amplia es la aplicación del orgón. Llegué a otro resultado sorprendente cuando descubrí que el deshidratador también actúa sobre células muertas. Funciona como la mejor y más rápida secadora. Cuando traté con él el cadáver de un gato atropellado y lo traje a casa, tras una hora solo quedaba un pequeño montículo de polvo seco, con restos visibles de uñas, dientes y pelo. Luego ese mismo montículo lo traté adicionalmente con el deshidratador y el acelerador durante 15 minutos simultáneamente desde ambas manos. Mediante mini haces orgónicos, las uñas, dientes y pelos se convirtieron en polvo ante mis ojos. En el efecto contrario, con el hidrolizador orgónico logré inducir una enorme concentración de humedad del aire en un trapo seco sin rociarlo con agua. Plástico, vidrio y metal no pueden detener el flujo del orgón, y las formas geométricas como cilindros, conos y pirámides facilitan su canalización y redirección. Cuando creé un gran cañón de orgón que saqué desde el sótano hasta el techo a través de la chimenea, resultó extremadamente eficaz para neutralizar el efecto negativo del HAARP, las estelas químicas y la radiación de las antenas de telefonía móvil, pero accidentalmente desencadené lluvias intensas e inundaciones en mayo de este año. Fue catastrófico, pero uno aprende a base de errores propios y ajenos. Variando el nivel de orgón, puedo cambiar la concentración de vapor de agua en el aire y atraer o dispersar nubes. Poco después de las inundaciones de Obrenovac y Šabac, causé accidentalmente una tormenta y granizo terrible en Kragujevac, pero desde entonces he dominado la localización precisa de coordenadas y radio de acción del cañón. Su radio es ahora de 150 km, pero estoy seguro de que en unos años podré enviar nubes salvadoras a los desiertos africanos, drenar pantanos para crear campos fértiles, reducir precipitaciones cerca del ecuador y resolver la descomposición rápida, digna y ecológica de cadáveres humanos y animales en todo el planeta, sin importar las costumbres culturales o religiosas. Ese es un aporte duradero a la humanidad. El largo proceso de putrefacción post mortem no es inevitable, pues mi deshidratador puede acelerarlo de forma instantánea, dejando solo medio kilo de polvo orgánico tras deshidratar completamente un cuerpo de cien kilos. Ese polvo es un fertilizante natural y nutritivo, útil para cultivos agrícolas sin aditivos transgénicos ni herbicidas.

A pesar de algunos errores, estaré siempre orgulloso de mis proyectos orgónicos. Quizás habría obtenido un Nobel por mi aporte científico si no hubiese acabado tan miserablemente, atrapado en esta silla de tortura. No me sorprendería si activan alta tensión y me fríen. Y quizá mis verdugos sean mis más cercanos: mi desvergonzada esposa Ivona y el cabrón de Darko. Sin duda conspiraron contra mí, decididos a eliminarme y explotar mis avances. Claro, mientras yo estaba dedicado a la ciencia, ellos se acercaban a mis espaldas. No les bastaba con que yo les estimulase las penetraciones, ni que observara y estudiara sus orgasmos: codiciosos quieren quedarse con todo lo que hice para asegurarse un futuro brillante mediante traición y robo de mis conocimientos. ¿Cómo no lo vi antes? Debía haber sido más cauteloso. Curados y fortalecidos gracias a mis inventos, primero me derribaron la web, luego me drogaron y me encerraron aquí hasta que muera de sed y hambre, o con suerte de un infarto.

—¿Qué harán sin mí, panda de desgraciados? ¡Yo di sentido a sus vidas y así me lo pagan! ¡Muéranse, bestias, muéranse entre los peores sufrimientos! ¡Degenerados sin juicio, tener sexo es lo único que saben hacer! ¡No sirven para nada más! —rugía mi desesperación en plena histeria. El sol blanco sobre mi cabeza cambió de color a azulado. Finalmente lloré de rabia e impotencia. Si me exponen al orgón del deshidratador, estoy acabado. Tal vez no duela, pero la muerte es muerte, por muy indolora que sea. ¡Me matarán con mi propio invento, para borrar mi rastro, recoger mi polvo con una escoba, meterme en un frasco y tirarlo luego por la alcantarilla!

Me retorcí con todas mis fuerzas intentando liberar brazos y piernas, pero cuanto más me movía, más se clavaban dolorosamente las correas en mi carne. Quizá no debí haber enviado a los americanos las fotos y el polvo de aquel gato muerto, la fruta deshidratada y la documentación escaneada de mis investigaciones. En vez de ofrecerme trabajo, tal vez fueron ellos los que me secuestraron… pensé fugazmente antes de que el estroboscopio volviera a titilar frente a mis ojos, atacando mis neuronas sin piedad. Grité con la garganta ronca tanto como pude, aunque ni siquiera estaba seguro de que alguien me oyera:

“¡Tengan en cuenta que el desfragmentador, el desfibrilador y el levitador orgónicos los tengo escondidos en un lugar seguro! ¡Jamás los obtendrán!”

—¿Qué grita el sujeto? ¿Por qué salió el traductor? No autoricé pausa para fumar. ¡Que vuelva de inmediato! Tenemos trabajo pendiente aquí —ordenó con severidad el jefe de la Agencia Espacial Americana.

—¡Apaguen el estroboscopio, pónganle una infusión y revitalicen su orgón hasta que le saquemos todo!

—¡Sí, señor Griffin! ¡No hay problema, señor Griffin! —respondió obediente Darko y corrió a buscar al traductor—. ¡Ivona, Ivona, vuelve ya! Griffin se volvió loco cuando oyó algo sobre un maldito desfragmentador y un levitador. ¿Sabes algo de eso o son solo delirios de moribundo? Estoy perdiendo la paciencia. Los malditos yanquis nos prometieron que nos pagarían enseguida y que no nos retendrían más de un día, y ya llevamos siete encerrados aquí como pájaros en una jaula, observando a ese idiota drogado mientras esperamos que diga algo más. Un hombre normal habría muerto ya, ¡y ese perro aún se revuelca como un poseso, maldita organización orgónica!

Biljana Kosmogina es una artista multimedia de Belgrado, Serbia, que se dedica a la literatura, performances, fotografía y periodismo. Sus relatos han sido incluidos en tres antologías de prosa serbia traducidas al italiano, alemán y albanés. Publica en revistas literarias, antologías y portales web en toda la región y ha recibido cuatro premios literarios: tres por prosa y uno por poesía. Ha publicado dos libros de cuentos: F book (2009, Kornet & Karpos) y El círculo del pecho (2023, Rende). Premios: primer premio de la Sociedad Serbia a la mejor historia de ciencia ficción “Hilandarska maja” (1999); premio por el ensayo Transvestismo como diferencia individual (2003); primer premio a la mejor historia queer Porn Star en el festival Queer Zagreb (2004); y premio a la mejor poesía activista del Centro Cultural Rex (2021). En los últimos años publica regularmente relatos en la antología Regia Fantastica (SCI&F).

EN CASA AJENA (OCHO)