Mostrando entradas con la etiqueta Luc Vos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Luc Vos. Mostrar todas las entradas

sábado, 21 de febrero de 2026

GANARON

Luc Vos

 

La sombra de la luna traza una línea sobre mi rostro, como un relámpago. Lo veo en el escaparate. El cielo está libre de nubes y de truenos; también podría ser la grieta del vidrio la que rompe la imagen. La grieta que hice yo. Ayer. Cuando caí.

Sigo caminando; no debo dejarme ver demasiado aquí. Aunque la policía no entra en este barrio, no son ellos a quienes temo.

Un sonido a mis espaldas obliga a mi cuello a girar con rapidez. Algo cruje, dentro de mí. Una ola de miedo recorre mi cuerpo. El sonido resuena fuerte en el silencio del barrio. Demasiado fuerte. Este entorno que alguna vez estuvo lleno de vida.

Sigo caminando. Tengo que irme de aquí, antes de que ellos lleguen. Más rápido, debo hacerlo, pero la fractura en la pierna, que con enorme esfuerzo me entablillé yo mismo, no ayuda a avanzar con rapidez.

Todavía no entiendo cómo pude ser tan estúpido. Tropezar con ese árbol que lleva años tirado allí. Podría pasar por encima con los ojos cerrados, pero justo ahora, ahora que no puedo permitirme dejar de ser móvil, fui tan idiota como para tropezar.

¿Te extraño demasiado? ¿Es eso? La herida es reciente. No sé si algún día dolerá menos de lo que duele ahora, pero debo seguir. Por ti. Eso te lo prometí. Eso se los debo a ustedes.

¡A ustedes!

¡Ahora no!

Me seco la lágrima del ojo y continúo, tan bien como puedo. La idea de que una nueva vida estaba creciendo cuando la tuya terminó de manera tan abrupta intensifica la ira por lo ocurrido.

¡Concéntrate!

Vuelve a oírse un arrastrar acelerado. Sigo avanzando a trompicones, intento ganar velocidad, pero los latigazos de dolor que con cada paso se clavan hasta en mi cabeza me lo impiden. Reprimo el impulso de mirar por encima del hombro y clavo la vista en el final del callejón. Allí arde una de las últimas lámparas que aún tiene esta calle. Me pregunto cuánto tiempo tardará en apagarse también esa; probablemente mi luz se extinga en silencio mucho antes.

Eso no puede ser. Debo hacerlo. Por ti. Por ustedes. Por nosotros.

Siento su aliento en mi nuca, sé que ya es demasiado tarde. Todavía no entiendo cómo no jadean al acercarse más rápido de lo que su físico parecería permitir, pero ya no importa. Está aquí. Ese, el que una vez de más me crucé en el camino. O lo que sea que haga las veces de pies. Las mutilaciones no han perdonado ninguna parte del cuerpo y los dedos que cuelgan sueltos están negros y llenos de pus. Apestan aún más que el resto de su cuerpo en descomposición, pero aun así siguen avanzando. Más rápido de lo que yo quisiera.

¡Es demasiado tarde!

Lo huelo, lo siento y lo veo irrumpir como un relámpago en mi visión. Debería seguir adelante, pero no puedo evitarlo y miro por encima del hombro. El cuchillo, ya en alto, brilla a la luz de la lámpara que se aproxima. Hago un último intento por acelerar, con escaso éxito. Me lanzo hacia adelante, también fracaso. El cuchillo se hunde entre mi omóplato izquierdo y lo que hay debajo. Alguna vez supe qué era eso, cuando aún estudiaba; ahora me parece insignificante. Ese tiempo se siente como una eternidad atrás; en un instante vuelvo a ver mi habitación de estudiante. Donde viniste a verme por primera vez. Eso sí importa.

¿Sigue importando?

El cuchillo se hunde más; el dolor supera al de mi pierna. Por eso me siento agradecido. Por un instante apenas, luego un grito sale de mi boca y chillo como un cerdo al que están despellejando. Lo oí una vez antes, en una granja cerca de donde crecí. Le pregunté a mi padre qué era, señaló el tocino en mi plato.

—Están preparando el próximo trozo de tocino que comeremos.

Me llevó un tiempo entender lo que quería decir; cuando, media hora después, camino a la escuela, vi un grueso chorro de sangre recorrer la calle, lo comprendí. Por un momento consideré dejar de comer carne, pero no duró mucho. Me encogí de hombros y desterré aquel chillido de mi mente.

Ojalá ahora también pudiera encogerme de hombros, pero estoy seguro de que ese gesto solo provocaría más dolor. Más chillidos como de cerdo. No sé explicarlo, pero no quiero hacerlo. De algún modo que ni yo mismo comprendo, de pronto temo que entonces la gente me mire de otra manera.

Nadie volverá a mirarte.

Hace mucho que nadie te mira.

Saber que eso es verdad no logra ahuyentar el dolor.

Levanto la vista; la mueca retorcida bajo la capucha de mi atacante apenas es visible, pero huelo la ira que emana de él.

¿Sigue siendo un él? ¿O una ella? ¿Existe aún alguna diferencia?

Las cosas que definían al hombre y a la mujer ya no son reconocibles. En la medida en que todavía sigan unidas a su dueño. Hace unas semanas vi a alguien desnudo, revolcándose en sus propios excrementos. Parecía una mujer, sin pechos; cuando miré con atención vi restos de una barba, apelmazada por la suciedad. De su boca salía un gruñido animal, más propio de los animales de la granja de mi antiguo barrio que de lo que cabe esperar de un ser humano. Me arañó, yo logré zafar. Ya no podía caminar; mi pierna se desgarró al intentar ponerme de pie. La amenaza que representaba era pequeña, el asco que sentí al refugiarme en mi casa y cerrar las puertas con llave fue infinito.

—Todo va a salir bien —dijiste tú; en tu voz era evidente que no lo creías.

No salió bien. Por más que buscaste un medio para revertir los efectos, no encontraste nada. Te volviste cada vez más silenciosa, aunque no fuera tu culpa. Formabas parte del programa que produjo este resultado terrible, pero no eras la causa. Fuiste la única que gritó que no podía hacerse así, pero te apartaron sin escrúpulos y te sacaron del programa. Tuviste razón, pero eso fue un consuelo miserable cuando quedó claro cuán grave había sido el error.

El programa científico que debía resolver algunos de los grandes problemas de salud se convirtió en el mayor fiasco de la historia de la medicina. El número de víctimas, según los estándares de algunos grandes de este mundo, estaba “dentro de lo aceptable”, pero se detuvo rápidamente cuando se hizo evidente la magnitud del daño y los afectados fueron confinados en guetos. A la espera de su muerte y de que el problema desapareciera de forma natural.

Este barrio, al que tú seguías viniendo, contra toda lógica, para intentar encontrar una solución. Este barrio, donde ellos no distinguían entre quienes querían ayudarlos y quienes querían dejarlos desaparecer en silencio. Esta calle donde tú, donde ustedes…

Mi atacante gira el cuchillo; siento que mi hombro sigue el mismo destino que las extremidades de las desafortunadas víctimas de estos experimentos atroces. Diseñados para hacer a las personas más resistentes a todo tipo de enfermedades. Un objetivo noble, parecía. El método no lo era.

No hacían falta pruebas, decían. Un simple resultado de esa ansia eterna de dinero. Los modelos, respaldados por inteligencia artificial, eran lo suficientemente sólidos como para prever todas las variantes posibles. Sin necesidad alguna de pruebas en animales o humanos. Sin grupos de control, sin…

Nada podía salir mal. Probar en humanos era cosa del siglo pasado. Parecía. Hasta que aparecieron los primeros síntomas. Horribles deformaciones físicas y cambios de carácter. Tierra de zombis, como en las películas.

La incredulidad fue la primera reacción; el encubrimiento vino enseguida, pero tú no quisiste aceptarlo. Tenías que encontrar una solución. Aunque el número de desdichados fuera aceptable a los ojos de la ciencia, no ibas a rendirte y buscarías una salida para estas personas que ya no tenían voz ni esperanza.

Hasta que viniste una vez de más a este callejón y un zombi no te dio oportunidad de huir. Como parece que me ocurre a mí ahora. Estúpido y desafortunado. No debería haber vuelto aquí, pero tenía que hacerlo, debo continuar tu trabajo.

Eso ya no será posible.

El dolor ha cedido; creo saber qué significa eso.

Ya voy, amor.

Demasiadas veces miré el rostro de este semejante en descomposición; no quiero volver a hacerlo, pero el que clavó el cuchillo en mi espalda empuja mi cabeza. Me retuerzo hacia un lado, él presiona con más fuerza.

—Mira. —Su voz suena ronca; una sacudida recorre mi cuerpo. La voz fue lo primero que estos desdichados perdieron. Esto no puede ser—. Hay una vacuna.

Las palabras llegan hasta mi cerebro; no las entiendo.

—¿Cómo…?

—La hay desde hace tiempo.

Por primera vez lo miro de verdad. La mirada animal ha desaparecido. La confusión inunda mi mente.

—¿Desde hace tiempo?

Asiente; la incredulidad invade mi cuerpo moribundo.

—Si funciona, ¿por qué quieres matarme? —consigo decir con dificultad.

Mi respiración se vuelve burbujeante; toso. La sangre salpica al hombre, que la limpia con indiferencia.

Esto es imposible.

—Ustedes hablaban demasiado. —Niega con la cabeza.

Mi propia cabeza da vueltas. No entiendo nada, hasta que todo encaja.

—¿Ellos les dan la vacuna a cambio de nuestra muerte? —La ira hace un último intento por sacudir mi cuerpo casi sin vida—. ¿Por qué debemos morir si existe una vacuna?

—Nunca habrían guardado silencio.

Tiene razón.

El hombre se pone de pie. Se ve distinto a los demás; su piel está llena de agujeros, pero parecen estar sanando.

—¿Esperabas algo distinto? —pregunta.

Mi respiración se ralentiza; apoya el pie en mi hombro y presiona. El dolor expulsa lo que quedaba de vida.

—No —Es lo último que digo.

Su risa entrecortada es lo último que oigo.

Los zombis realmente han ganado, es el último pensamiento que cruza mi mente.

Luc Vos nació en Herk-de-Stad, Bélgica en 1968. Criado en el campo y tras trabajar en la ciudad durante algunos años, comenzó a escribir en 2003. Actualmente vive en Heultje-Westerlo, Bélgica. Empezó escribiendo historias de fantasía, pero luego empezó a explorar múltiples géneros: thrillers, historias juveniles, historias románticas y algunos thrillers psicológicos. Finalmente descubrió su género favorito: el thriller. Asesinos en serie y personas con problemas, descubriendo qué las motiva y por qué hacen lo que hacen. Entre sus obras publicadas más recientes merecen destacarse ZEVEN (2022). La novela corta de suspense Spijt? (2023), y poco después una colección de cuentos ultracortos, Bläckkoekjes, 009 en 75 andere ultra-short storiesPaternoster, un nuevo thriller de la serie "Anne Verelst", se publicó en 2023. 

 

sábado, 20 de diciembre de 2025

YA NO

Luc Vos

 

Está oscuro cuando abandono mi escondite. Mis oídos se aguzan por los impactos cercanos.

—¿Por qué quieres hacer esto?

La voz de padre resuena en mi cabeza. Sé que tenía razón, pero ¿acaso tenía elección?

—Por mi patria, que siempre ha cuidado bien de mí —había respondido.

—¿De veras? —fue la pregunta de padre.

Salí enfadado, y ahora ya no puedo recordar por qué alguna vez pude pensar eso.

Un ruido más adelante me sobresalta y me arranca de mis ensoñaciones.

Hay que mantenerse alerta, es peligroso.

Te disparan si te encuentran.

Por un momento no puedo respirar; me asusta el sonido agudo cuando el aire escapa con dificultad entre mis labios apretados.

Quizá eso no sería tan malo.

De nuevo veo sus ojos ante mí.

Ni siquiera sé cómo se llamaba.

Sus gritos ahogados resuenan en mi cabeza.

Debe haberme odiado.

No logro expulsarlos, por más que intento cantar en mi mente las canciones que antes tanto me gustaban. Lo intento otra vez, las canto en silencio; no sirve. Su llanto contenido lo sobrepasa todo; el contacto aún perceptible de su piel desnuda contra la mía y su cuerpo inmóvil bajo el mío, más quieto que un cadáver, me provocan escalofríos incesantes.

Yo también me habría odiado.

—¡Tómala! —gritó mi comandante—. Debe ser castigada. Un ejemplo para todos los demás. ¡Tómala!

Su voz era aguda, distinta de lo habitual.

¿Qué es esto?, cruzó mi mente, pero callé, temeroso de recibir otro golpe. Me dolía el cuello de haber alzado la cabeza con brusquedad. La sorpresa debió de reflejarse alrededor de mi boca; el golpe de su mano abierta contra mi mejilla borró cualquier expresión.

—¡Soldado Ivanov! ¡Tómala o considérate desertor!

El hombre había sacado su pistola y me apuntaba; mi mente quedó en blanco. Había oído que eso ocurría, jamás pensé que pasaría en nuestro pelotón. El comandante Petrov era severo, sin duda; a veces me asustaba el vacío de sus ojos, pero ahora veía algo distinto. Un brillo desconocido que había surgido cuando irrumpimos en aquella casa y encontramos a una joven sola. Había interpretado la mueca de su boca como frustración, como añoranza de su propia mujer y su hija, pero ahora lo sabía mejor.

Es una bestia, como todos los demás.

No lo mires. Te disparará.

No quiero esto.

—¡Vamos! ¿O es que no va a pasar nada?

El clic al quitar el seguro de su pistola Yarygin sonó ensordecedor en el espacio reducido. Los sonidos del exterior ya no penetraban; el polvo de las explosiones cercanas entraba flotando, yo no lo sentía.

No quiero.

¿Quieres morir o sobrevivir?

Ella es el enemigo.

¿Lo es?

—¡Ahora!

Por un segundo levanté la vista, vi el cañón apuntando a mi frente y cerré los ojos.

No lo hagas, hijo.

Aparté la voz de madre y me desabroché el cinturón.

¡Hijo!

Perdón…

—¡Eso está mejor!

Una excitación casi palpable vibraba en la voz del comandante Petrov; entendí lo que sentía, pero ya no quería verlo.

Un cerdo.

No lo hagas.

Entonces estás muerto.

¿No es eso mejor?

—¡Fóllatela! ¡Más rápido!

Su respiración iba igual, cada vez más agitada. Vi el abultamiento bajo su cinturón y apenas pude contener las náuseas.

—Perdón —le murmuré a la chica. En algún lugar esperaba que lo entendiera, pero temía que ya no me oyera. Tenía los ojos cerrados, los labios apretados. Yacía ante mí y esperaba. No se movió cuando le subí la falda y le arranqué bruscamente las bragas. La visión de su sexo desnudo no despertó excitación alguna en mi cuerpo, solo una repulsión creciente.

¿Por qué no se resiste?

No es la primera vez.

La horrible certeza atravesó mi mente como un relámpago y me golpeó de lleno en el vientre. El estómago volvió a revolverse; intenté contenerlo, pero no pude evitar que mi comida cayera humeante a su lado. Jadeando permanecí junto a ella; aún yacía inmóvil, con los ojos cerrados y las piernas abiertas, esperando.

Pobre mujer.

Me limpié la boca y miré por encima del hombro. La expresión en el rostro de mi comandante era más espantosa que cualquier cosa que hubiera visto antes. Aquella mezcla de excitación y furia me era desconocida. Agitaba su arma de forma salvaje hacia su cuerpo. Por un instante pensé que introduciría el cañón en ella, pero me golpeó con él en el hombro.

—Inútil. Deja de comportarte como un enclenque. Sigue. ¿O es que no puedes?

No.

Para.

Entonces dispara.

El metal frío presionó contra mi nalga desnuda, recorriéndome un escalofrío.

Hazlo y se acabará, y podrás dejar esto atrás.

¿Sí?

Un nuevo golpe; apreté mi bajo vientre contra ella, pero no logré que mi miembro se alzara. Era virgen y cada noche soñaba con mujeres. Sentir por fin un cuerpo femenino contra el mío era un sueño, pero no hoy.

No de esta manera.

Su piel estaba fría y no podía excitarme.

—¿Eres un hombre?

El hombre bramaba con voz cada vez más aguda, caminando de un lado a otro tras de mí a grandes zancadas. No me atrevía a alzar la vista, temiendo que cualquier movimiento o mirada lo empujara definitivamente al límite.

La mujer seguía inmóvil; aparté mi cuerpo del suyo. Quería disculparme, no sabía qué hacer.

Un empujón en el hombro me hizo caer a un lado; mi miembro golpeó el suelo con fuerza, dolió, pero apreté los dientes.

No corresponde que llores.

Una parte de mí quería que llorara, que demostrara algo, pero su indiferencia solo intensificó la culpa que se apoderaba de todo mi cuerpo.

Con los pantalones en los tobillos, el comandante Petrov me dio otra patada; me aparté aún más y él se dejó caer sobre la joven. Él sí estaba excitado; su respiración era rápida, no dudó en tomarla. Ella no pudo reprimir un grito de dolor cuando la penetró violentamente; sus labios apretados fueron desgarrados con la misma brusquedad que su feminidad.

¡Haz algo!

Quise apartar la mirada, huir; mis piernas parecían de cera.

¡Haz algo!

Durante dos segundos no supe qué hacer; entonces me subí los pantalones de un tirón y saqué la pistola de la funda. El arma temblaba en mi mano mientras la dirigía lentamente hacia mi superior. El comandante Petrov estaba completamente absorto en sus embestidas; yo ya no existía para él. Su jadeo se intensificó; los ojos de ella se abrieron de golpe al oír el sonido de mi arma.

Recuerdo su mirada casi agradecida y aún veo el leve asentimiento que me regaló.

El comandante no oyó el seguro al soltarse, como probablemente tampoco sintió la bala que penetró en su cabeza. El contenido de su cráneo se estrelló contra la pared, sobre los pechos desnudos de la mujer, sobre su vientre; solo pude contemplarlo con absoluto horror.

Nunca más podrás estar con una mujer.

La certeza que me alcanzó disipó el dolor en mi pecho.

Ese es mi castigo.

Está bien.

El comandante cayó sobre ella; solo con gran esfuerzo logré apartarlo. Por un instante pensé en limpiar la sangre y los sesos de su cuerpo, pero ella se encogió y me miró con terror. Se subió la falda y la blusa con movimientos nerviosos y se llevó las piernas al pecho. No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil mirándola, hasta que de pronto comprendí que había firmado mi propia sentencia de muerte.

Tienes que irte de aquí.

¿Adónde?

A cualquier lugar.

—Perdón —susurré una vez más y caminé hacia la puerta sin volver a mirarla.

La ciudad está oscura y devastada, pero sé que me buscan. No hay salida, y no siento arrepentimiento. Una calma que no sentía desde la última vez que trabajé el campo en casa me invade.

—Has hecho lo correcto, Igor —suena la voz de madre.

Sonrío y miro al pelotón que se acerca.

—¿Sabes dónde está el comandante Petrov? —pregunta el capitán.

Asiento suavemente.

—¿Dónde está?

Sin volverme, señalo por encima del hombro.

—¿Está muerto?

Lo confirmo.

—¿Qué ha pasado?

Me encojo de hombros y sonrío.

—Pero tú pertenecías a su pelotón —dice el capitán frunciendo el ceño.

—No. —Río y levanto las manos—. Ya no.

Luc Vos nació en Herk-de-Stad, Bélgica en 1968. Criado en el campo y tras trabajar en la ciudad durante algunos años, comenzó a escribir en 2003. Actualmente vive en Heultje-Westerlo, Bélgica. Empezó escribiendo historias de fantasía, pero luego empezó a explorar múltiples géneros: thrillers, historias juveniles, historias románticas y algunos thrillers psicológicos. Finalmente descubrió su género favorito: el thriller. Asesinos en serie y personas con problemas, descubriendo qué las motiva y por qué hacen lo que hacen. Entre sus obras publicadas más recientes merecen destacarse ZEVEN (2022). La novela corta de suspense Spijt? (2023), y poco después una colección de cuentos ultracortos, Bläckkoekjes, 009 en 75 andere ultra-short stories. Paternoster, un nuevo thriller de la serie "Anne Verelst", se publicó en 2023. 

UNA SOMBRA EN LA LUNA