Luc Vos
La sombra de la
luna traza una línea sobre mi rostro, como un relámpago. Lo veo en el
escaparate. El cielo está libre de nubes y de truenos; también podría ser la
grieta del vidrio la que rompe la imagen. La grieta que hice yo. Ayer. Cuando
caí.
Sigo caminando; no debo dejarme ver
demasiado aquí. Aunque la policía no entra en este barrio, no son ellos a
quienes temo.
Un sonido a mis espaldas obliga a
mi cuello a girar con rapidez. Algo cruje, dentro de mí. Una ola de miedo
recorre mi cuerpo. El sonido resuena fuerte en el silencio del barrio.
Demasiado fuerte. Este entorno que alguna vez estuvo lleno de vida.
Sigo caminando. Tengo que irme de
aquí, antes de que ellos lleguen. Más rápido, debo hacerlo, pero la fractura en
la pierna, que con enorme esfuerzo me entablillé yo mismo, no ayuda a avanzar
con rapidez.
Todavía no entiendo cómo pude ser
tan estúpido. Tropezar con ese árbol que lleva años tirado allí. Podría pasar
por encima con los ojos cerrados, pero justo ahora, ahora que no puedo
permitirme dejar de ser móvil, fui tan idiota como para tropezar.
¿Te extraño demasiado? ¿Es eso? La
herida es reciente. No sé si algún día dolerá menos de lo que duele ahora, pero
debo seguir. Por ti. Eso te lo prometí. Eso se los debo a ustedes.
¡A ustedes!
¡Ahora no!
Me seco la lágrima del ojo y
continúo, tan bien como puedo. La idea de que una nueva vida estaba creciendo
cuando la tuya terminó de manera tan abrupta intensifica la ira por lo
ocurrido.
¡Concéntrate!
Vuelve a oírse un arrastrar
acelerado. Sigo avanzando a trompicones, intento ganar velocidad, pero los
latigazos de dolor que con cada paso se clavan hasta en mi cabeza me lo
impiden. Reprimo el impulso de mirar por encima del hombro y clavo la vista en el
final del callejón. Allí arde una de las últimas lámparas que aún tiene esta
calle. Me pregunto cuánto tiempo tardará en apagarse también esa; probablemente
mi luz se extinga en silencio mucho antes.
Eso no puede ser. Debo hacerlo. Por
ti. Por ustedes. Por nosotros.
Siento su aliento en mi nuca, sé
que ya es demasiado tarde. Todavía no entiendo cómo no jadean al acercarse más
rápido de lo que su físico parecería permitir, pero ya no importa. Está aquí.
Ese, el que una vez de más me crucé en el camino. O lo que sea que haga las
veces de pies. Las mutilaciones no han perdonado ninguna parte del cuerpo y los
dedos que cuelgan sueltos están negros y llenos de pus. Apestan aún más que el
resto de su cuerpo en descomposición, pero aun así siguen avanzando. Más rápido
de lo que yo quisiera.
¡Es demasiado tarde!
Lo huelo, lo siento y lo veo
irrumpir como un relámpago en mi visión. Debería seguir adelante, pero no puedo
evitarlo y miro por encima del hombro. El cuchillo, ya en alto, brilla a la luz
de la lámpara que se aproxima. Hago un último intento por acelerar, con escaso
éxito. Me lanzo hacia adelante, también fracaso. El cuchillo se hunde entre mi
omóplato izquierdo y lo que hay debajo. Alguna vez supe qué era eso, cuando aún
estudiaba; ahora me parece insignificante. Ese tiempo se siente como una
eternidad atrás; en un instante vuelvo a ver mi habitación de estudiante. Donde
viniste a verme por primera vez. Eso sí importa.
¿Sigue importando?
El cuchillo se hunde más; el dolor
supera al de mi pierna. Por eso me siento agradecido. Por un instante apenas,
luego un grito sale de mi boca y chillo como un cerdo al que están
despellejando. Lo oí una vez antes, en una granja cerca de donde crecí. Le
pregunté a mi padre qué era, señaló el tocino en mi plato.
—Están preparando el próximo trozo
de tocino que comeremos.
Me llevó un tiempo entender lo que
quería decir; cuando, media hora después, camino a la escuela, vi un grueso
chorro de sangre recorrer la calle, lo comprendí. Por un momento consideré
dejar de comer carne, pero no duró mucho. Me encogí de hombros y desterré aquel
chillido de mi mente.
Ojalá ahora también pudiera
encogerme de hombros, pero estoy seguro de que ese gesto solo provocaría más
dolor. Más chillidos como de cerdo. No sé explicarlo, pero no quiero hacerlo.
De algún modo que ni yo mismo comprendo, de pronto temo que entonces la gente
me mire de otra manera.
Nadie volverá a mirarte.
Hace mucho que nadie te mira.
Saber que eso es verdad no logra
ahuyentar el dolor.
Levanto la vista; la mueca
retorcida bajo la capucha de mi atacante apenas es visible, pero huelo la ira
que emana de él.
¿Sigue siendo un él? ¿O una ella?
¿Existe aún alguna diferencia?
Las cosas que definían al hombre y
a la mujer ya no son reconocibles. En la medida en que todavía sigan unidas a
su dueño. Hace unas semanas vi a alguien desnudo, revolcándose en sus propios
excrementos. Parecía una mujer, sin pechos; cuando miré con atención vi restos
de una barba, apelmazada por la suciedad. De su boca salía un gruñido animal,
más propio de los animales de la granja de mi antiguo barrio que de lo que cabe
esperar de un ser humano. Me arañó, yo logré zafar. Ya no podía caminar; mi
pierna se desgarró al intentar ponerme de pie. La amenaza que representaba era
pequeña, el asco que sentí al refugiarme en mi casa y cerrar las puertas con
llave fue infinito.
—Todo va a salir bien —dijiste tú;
en tu voz era evidente que no lo creías.
No salió bien. Por más que buscaste
un medio para revertir los efectos, no encontraste nada. Te volviste cada vez
más silenciosa, aunque no fuera tu culpa. Formabas parte del programa que
produjo este resultado terrible, pero no eras la causa. Fuiste la única que
gritó que no podía hacerse así, pero te apartaron sin escrúpulos y te sacaron
del programa. Tuviste razón, pero eso fue un consuelo miserable cuando quedó
claro cuán grave había sido el error.
El programa científico que debía
resolver algunos de los grandes problemas de salud se convirtió en el mayor
fiasco de la historia de la medicina. El número de víctimas, según los
estándares de algunos grandes de este mundo, estaba “dentro de lo aceptable”,
pero se detuvo rápidamente cuando se hizo evidente la magnitud del daño y los
afectados fueron confinados en guetos. A la espera de su muerte y de que el
problema desapareciera de forma natural.
Este barrio, al que tú seguías
viniendo, contra toda lógica, para intentar encontrar una solución. Este
barrio, donde ellos no distinguían entre quienes querían ayudarlos y quienes
querían dejarlos desaparecer en silencio. Esta calle donde tú, donde ustedes…
Mi atacante gira el cuchillo;
siento que mi hombro sigue el mismo destino que las extremidades de las
desafortunadas víctimas de estos experimentos atroces. Diseñados para hacer a
las personas más resistentes a todo tipo de enfermedades. Un objetivo noble,
parecía. El método no lo era.
No hacían falta pruebas, decían. Un
simple resultado de esa ansia eterna de dinero. Los modelos, respaldados por
inteligencia artificial, eran lo suficientemente sólidos como para prever todas
las variantes posibles. Sin necesidad alguna de pruebas en animales o humanos.
Sin grupos de control, sin…
Nada podía salir mal. Probar en
humanos era cosa del siglo pasado. Parecía. Hasta que aparecieron los primeros
síntomas. Horribles deformaciones físicas y cambios de carácter. Tierra de zombis,
como en las películas.
La incredulidad fue la primera
reacción; el encubrimiento vino enseguida, pero tú no quisiste aceptarlo.
Tenías que encontrar una solución. Aunque el número de desdichados fuera
aceptable a los ojos de la ciencia, no ibas a rendirte y buscarías una salida
para estas personas que ya no tenían voz ni esperanza.
Hasta que viniste una vez de más a
este callejón y un zombi no te dio oportunidad de huir. Como parece que me
ocurre a mí ahora. Estúpido y desafortunado. No debería haber vuelto aquí, pero
tenía que hacerlo, debo continuar tu trabajo.
Eso ya no será posible.
El dolor ha cedido; creo saber qué
significa eso.
Ya voy, amor.
Demasiadas veces miré el rostro de
este semejante en descomposición; no quiero volver a hacerlo, pero el que clavó
el cuchillo en mi espalda empuja mi cabeza. Me retuerzo hacia un lado, él
presiona con más fuerza.
—Mira. —Su voz suena ronca; una
sacudida recorre mi cuerpo. La voz fue lo primero que estos desdichados
perdieron. Esto no puede ser—. Hay una vacuna.
Las palabras llegan hasta mi
cerebro; no las entiendo.
—¿Cómo…?
—La hay desde hace tiempo.
Por primera vez lo miro de verdad.
La mirada animal ha desaparecido. La confusión inunda mi mente.
—¿Desde hace tiempo?
Asiente; la incredulidad invade mi
cuerpo moribundo.
—Si funciona, ¿por qué quieres
matarme? —consigo decir con dificultad.
Mi respiración se vuelve
burbujeante; toso. La sangre salpica al hombre, que la limpia con indiferencia.
Esto es imposible.
—Ustedes hablaban demasiado. —Niega
con la cabeza.
Mi propia cabeza da vueltas. No
entiendo nada, hasta que todo encaja.
—¿Ellos les dan la vacuna a cambio
de nuestra muerte? —La ira hace un último intento por sacudir mi cuerpo casi
sin vida—. ¿Por qué debemos morir si existe una vacuna?
—Nunca habrían guardado silencio.
Tiene razón.
El hombre se pone de pie. Se ve
distinto a los demás; su piel está llena de agujeros, pero parecen estar
sanando.
—¿Esperabas algo distinto?
—pregunta.
Mi respiración se ralentiza; apoya
el pie en mi hombro y presiona. El dolor expulsa lo que quedaba de vida.
—No —Es lo último que digo.
Su risa entrecortada es lo último
que oigo.
Los zombis realmente han ganado, es
el último pensamiento que cruza mi mente.
Luc Vos nació en Herk-de-Stad, Bélgica en 1968. Criado en el campo y tras trabajar en la ciudad durante algunos años, comenzó a escribir en 2003. Actualmente vive en Heultje-Westerlo, Bélgica. Empezó escribiendo historias de fantasía, pero luego empezó a explorar múltiples géneros: thrillers, historias juveniles, historias románticas y algunos thrillers psicológicos. Finalmente descubrió su género favorito: el thriller. Asesinos en serie y personas con problemas, descubriendo qué las motiva y por qué hacen lo que hacen. Entre sus obras publicadas más recientes merecen destacarse ZEVEN (2022). La novela corta de suspense Spijt? (2023), y poco después una colección de cuentos ultracortos, Bläckkoekjes, 009 en 75 andere ultra-short stories. Paternoster, un nuevo thriller de la serie "Anne Verelst", se publicó en 2023.

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