Mostrando entradas con la etiqueta Peyman Ardeshiry. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Peyman Ardeshiry. Mostrar todas las entradas

viernes, 30 de enero de 2026

EN LAS GARRAS DEL DIABLO

Peyman Ardeshiry

 

El anciano vivía solo en el bosque. Los habitantes de la aldea, situada junto al arroyo, no tenían buena opinión de él: algunos lo consideraban irreligioso y blasfemo; otros, aliado del Diablo; y otros más, relacionado con espíritus y genios. En realidad, esta creencia no carecía por completo de fundamento.

El anciano no participaba en ninguna ceremonia religiosa; mejor dicho, sentía aversión por ellas. Tampoco tenía buena relación con las personas creyentes y devotas, y se rumoraba que era un borracho empedernido que se entregaba a la bebida en su pequeña cabaña del bosque.

En más de una ocasión, personas que habían ido al bosque a recoger leña aseguraban haber visto sucesos extraños relacionados con el anciano.

Una vez, un joven campesino que atravesaba el bosque oyó voces de varias personas que provenían del interior de la cabaña del anciano. Conociendo el carácter solitario del viejo, la curiosidad lo llevó a acercarse, pero al mirar por la ventana no vio a nadie más que al anciano.

La mayor enemistad del viejo era con Mirza. Ambos tenían aproximadamente la misma edad. Mirza era un anciano piadoso: si alguien moría en la aldea, él lavaba el cuerpo del difunto y luego, junto a la tumba, recitaba oraciones. Así como los aldeanos sentían odio hacia el anciano solitario del bosque, profesaban un profundo respeto y afecto por Mirza. Su pureza, su rectitud y su fe en Dios atraían a la gente.

Muchos años atrás, cuando Mirza y el anciano aún eran jóvenes, había surgido una disputa entre ellos, y Mirza había expulsado al anciano de la aldea por su irreligiosidad, su libertinaje y su burla de los rituales religiosos. De ese modo, el anciano fue repudiado y comenzó a vivir en una cabaña de madera en medio del bosque.

Los años pasaron uno tras otro hasta que finalmente se cerró el libro de la vida del anciano. La noticia de su muerte no causó la menor tristeza entre los aldeanos. Solo Mirza decidió enterrarlo en el pequeño cementerio del pueblo, como a cualquier otro siervo de Dios.

Mirza fue solo al bosque y, con el caballo que lo acompañaba, llevó el cuerpo del anciano a la aldea. Lo condujo a una habitación cercana al cementerio, utilizada para lavar a los muertos. Colocó el cuerpo sobre una piedra y luego trajo dos baldes de agua del río. Lavó el cadáver y lo envolvió con unas telas blancas que llevaba en las alforjas del caballo.

Ningún aldeano acudió al entierro del anciano. En realidad, estaban contentos de que un individuo irreligioso y de naturaleza diabólica hubiera desaparecido de entre ellos.

Mientras Mirza lavaba el cuerpo, nubes negras cubrieron el cielo y comenzó a llover. Sabía que después del entierro no podría rezar por el alma del muerto bajo una lluvia tan intensa, por lo que decidió recitar algunas oraciones allí mismo, en la pequeña habitación donde había lavado el cuerpo, para aliviar al menos parte de los muchos pecados del anciano.

Se sentó junto a la pared y comenzó a rezar, mientras el cuerpo inerte del anciano yacía frente a él.

Mientras oraba, sintió que algo cambiaba y se movía en el ángulo de su visión. Levantó un poco la mirada y presenció el acontecimiento más aterrador de toda su vida: las manos y el cuerpo del anciano, envueltos en el sudario blanco, se movían.

El terror paralizó a Mirza. Las manos del muerto apartaron parcialmente el sudario, el cuerpo se incorporó a medias e intentó levantarse. No había tiempo para dudar. Mirza se levantó y huyó con todas sus fuerzas, mientras el cadáver también se ponía en pie y, con movimientos extraños y descoordinados de sus miembros casi rígidos, lo perseguía.
Mientras corría bajo la lluvia, Mirza miró hacia atrás con desesperación y vio al muerto siguiéndolo a poca distancia. Solo Dios sabía cómo aquel cuerpo había logrado levantarse y correr con tal velocidad.

Al ver al muerto tan cerca, sin darse cuenta de lo que hacía, Mirza le arrojó con fuerza el libro sagrado que llevaba en la mano. Era un pecado grave, pero el miedo no le permitía pensar con claridad.

En cuanto el libro tocó el cuerpo del muerto, toda su agitación cesó y cayó nuevamente inerte al suelo.

Mirza se detuvo. Se acercó con cautela al cadáver y entonces comprendió que había cometido un gran pecado al lanzar el libro sagrado; aun así, no podía negar que aquel libro había destruido la fuerza demoníaca del muerto. Empapado por la lluvia, recogió el Corán y, tras asegurarse de que el cuerpo permanecía inmóvil, regresó a la aldea.

Cuando los aldeanos se enteraron de lo ocurrido, expresaron opiniones casi idénticas.

—Los que movían el cuerpo eran espíritus demoníacos.

—El alma impura del anciano no podía soportar que Mirza rezara sobre él; incluso después de muerto se oponía a la religión.

—Era un siervo del Diablo. Mejor que haya muerto.

En lo que todos coincidieron fue en que el cadáver no debía ser enterrado en el cementerio del pueblo, junto a las demás tumbas, pues podría causar problemas. Mirza también estuvo de acuerdo. Por eso, varios hombres de la aldea, bajo la intensa lluvia, cargaron el cuerpo y se dirigieron al bosque.

Una vez más, Mirza fue el primero en actuar y colocó el cadáver sobre el caballo. Los demás hombres temían tocar aquel cuerpo funesto.

Enterraron al anciano en el bosque, cerca de su cabaña, y regresaron al pueblo. La lluvia había cesado y la luz dorada del sol se abría paso entre las nubes.

 

Mirza fue al río a llenar su odre. Antes de sumergirlo en el agua, vio reflejada junto a su propia imagen la sombra de otra persona. Giró la cabeza y vio a un joven de unos veinticinco años, de aspecto pulcro. Su rostro le era desconocido.

—¿Eres forastero? —le preguntó.

—Sí y no. He venido a ver a mi padre; mejor dicho, he venido a rezar sobre la tumba de mi padre.

—¿Quién es tu padre? —preguntó Mirza, sorprendido.

—El anciano que vivía solo en el bosque.

Mirza observó con mayor atención el rostro del joven.

—Pero hasta donde sabemos —argumentó—, ese anciano no tenía esposa ni hijos.

—Ah, ustedes no lo saben. Mi padre fue a la ciudad en su juventud y se casó. Yo fui el fruto de ese matrimonio. Mi madre nunca aceptó vivir en la aldea, por eso mi padre la dejó y regresó a su tierra natal. Ella murió un año después de mi nacimiento y desde entonces vivo con su única hermana.

—Es una historia extraña. ¿Cómo te enteraste de la muerte de tu padre?

—Siempre recibía noticias suyas de lejos. Cuando los aldeanos venían a la ciudad a vender sus productos, me informaban sobre la aldea.

—Durante años no visitaste a tu padre. ¿Por qué regresaste ahora?

—¿Acaso está mal rezar?

—No…

—Entonces debemos ir al bosque, ¿verdad?

—¿Sabes que tu padre fue enterrado en el bosque?

—Sí, me enteré de todo.

—¿De todo?…

—Sí… Ah, ya entiendo a qué se refiere. No me importan las cosas que la gente decía de mi padre.

—Muy bien, ven conmigo y vayamos al bosque.

Caminaron juntos. Al cabo de un tiempo, la cabaña apareció a lo lejos.

—La tumba de tu padre está cerca de la cabaña —dijo Mirza señalando la cabaña de madera—, junto a ese arbusto de frambuesas.

Luego se volvió para despedirse del joven, pero con gran sorpresa vio que había cambiado de forma y adoptado un aspecto monstruoso. El joven soltó una carcajada repugnante. La espalda de Mirza se estremeció.

—¿Qué imbécil, aparte de ti, creería que el anciano tenía un hijo? —dijo el joven—. Pobre de ti, fuiste engañado. El Diablo tiene mil y un rostros. —Mirza intentó huir, pero el joven lo sujetó con una fuerza demoníaca, y agregó—: Desdichado. Mi poder no se compara con el tuyo, viejo débil. Olvídate de escapar.

Mirza comprendió que aquella criatura diabólica podía matarlo con facilidad, así que permaneció inmóvil.

El joven lanzó otra carcajada y empujó al anciano hacia adelante. Caminaron hasta llegar junto a la cabaña.

El joven tomó una pala que estaba apoyada allí y se la dio a Mirza, empujándolo hacia la tumba del anciano.

—Cava la tumba —le ordenó con voz extraña. Mirza comenzó a cavar, cavó y cavó hasta abrir un pozo profundo, pero no había rastro alguno del cadáver. Al ver la expresión atónita de Mirza, el joven soltó una risa estruendosa—. Maldito anciano… El Diablo tiene mil y un rostros —dijo—. Dime, ¿te gustaría ocupar su lugar en la tumba? —Mirza se sintió invadido por el pánico. Presentía que algo terrible estaba a punto de ocurrir. El joven continuó—: Para mí sería muy fácil enterrarte aquí, pero… veamos, quizá pueda darte una oportunidad. Parece que hace años abandonaste los deseos carnales, ¿no es así? —Mirza guardó silencio. El joven prosiguió—: Tal vez puedas comenzar una nueva vida. Entonces verás que una vida entregada a los deseos también es muy placentera. Dime, ¿eliges la muerte o una vida nueva?

Mirza volvió a callar. El pensamiento de la muerte le hacía temblar la espalda. Quizá, a pesar de su vejez, aún podía vivir muchos años. Esa idea encendió una esperanza falsa en su corazón. Dejó caer la pala y se acercó al joven, que sonreía con malicia…

Desde aquel día, el anciano comenzó a vivir en la cabaña del bosque. Los aldeanos decían que había perdido la razón y se había vuelto irreligioso e incrédulo.

Peiman Ardeshiry nació y vive en la ciudad de Shiraz, Irán. Ha publicado más de treinta libros en su país, tanto para adultos como infantiles, abordando los más diversos géneros. Los títulos de algunas de sus obras (traducidas fonéticamente), son: Madar, Gozhpasht parseh, Npamsar etesh, Afsaneh cpehei parsi, Hadeseh dar Porspolis y Esh dokhtar Ler.


jueves, 11 de diciembre de 2025

UN ACONTECIMIENTO EN TRES DIMENSIONES

Peyman Ardeshiry

Saeed abandonó a regañadientes el refugio tibio de su cama. El teléfono llevaba un rato insistiendo desde el recibidor, llenando la casa de ese timbre metálico que perfora la calma. Avanzó a medias, aún envuelto en el sopor, descolgó el auricular y murmuró:

—¿Sí?

—¿Dónde te metes, muchacho? ¿Por qué no contestas?

—¿Qué quieres…? Estaba dormido.

—Son las diez y media de la mañana. ¿Hasta cuándo piensas dormir?

—Dime qué necesitas. No estoy de humor.

—Esta noche te toca hacer guardia frente a la morgue.

Saeed sintió cómo el poco descanso que llevaba encima se le desplomaba como un castillo de naipes.

—Dios mío… Debe ser una broma. ¿Qué idiota decidió eso?

—Yo mismo vi tu nombre en la lista.

—¿Y me llamas solo para darme esta alegría?

—Hubieras debido enterarte antes. A muchos guardias no les sienta bien ese turno.

—¿Algo más?

—No irás a volver a dormir, ¿verdad?

—Necesito prepararme para esta noche. Adiós.

Sin esperar respuesta, colgó. Aún le quedaba un año de servicio militar, y cada guardia nocturna —tres por semana, como un castigo puntual— lo acercaba un poco más a la extenuación.

Regresó al dormitorio y se arropó con fuerza. No había tortura más refinada que abandonar una cama caliente.

Como si una guardia no fuera ya lo bastante desagradable, pensó con amargura… y encima frente a la morgue.

A pesar del sueño reparador de la noche anterior, sus párpados volvieron a cerrarse. Lentamente cayó en esa frontera deliciosa entre la vigilia y el sueño.

Pero no llegó a cruzarla. El timbre de la puerta irrumpió con violencia, como un hachazo en la quietud de la casa. Quien llamaba mantuvo el dedo sobre el timbre, sin piedad. Saeed se levantó sobresaltado, mascullando una maldición. No había nadie más en casa, así que debía enfrentarse él mismo a la interrupción.

Al abrir la puerta, se encontró con un anciano andrajoso.

—Señor, ayúdeme. Estoy enfermo… No tengo dinero para mi esposa y mis hijos.

Saeed, irritado y desvelado, perdió toda paciencia.

—¿No entiendes? ¿Por qué llamas así? ¡La gente duerme!

—Por Dios, ayúdeme…

—No quiero verte por aquí otra vez. Lárgate. Y no vuelvas a tocar el timbre, o atente a las consecuencias.

Cerró la puerta con brusquedad, profiriendo insultos dirigidos a nadie y a todos. El sueño se había evaporado, sustituido por una creciente furia. Unos minutos después se metió bajo la ducha; el agua caliente logró disipar parte del malestar.

 

A las diez de la noche, Saeed tomó el arma del guardia anterior y se instaló en una silla cercana –aunque no demasiado– a la puerta de la morgue. El guardia saliente le dijo:

—Tengo una radio portátil. Te la dejo si quieres. Va bien para espantar el sueño.

—No, gracias. No creo necesitarla.

—Como quieras. Adiós.

La noche se fue haciendo más honda y silenciosa. Saeed, sin otra tarea que acompañar el paso del tiempo, se hundió en sus pensamientos. Las agujas del reloj avanzaban con la paciencia de un verdugo, y sus párpados, cada minuto más pesados, parecían seguir el mismo ritmo. Apoyó el arma contra la pared, colocó la mano bajo la barbilla y cerró los ojos.

Qué placer sería dormir ahora en mi cama… dormir sin interrupciones, sin frío, sin miedo.

Se dejó llevar por esa imagen doméstica, tan dulce. El sueño ya estaba a punto de atraparlo cuando un leve golpe sonó en la puerta. Un golpeteo suave, casi tímido.

Saeed abrió los ojos con esfuerzo. Se puso en pie arrastrando el cansancio y caminó hacia la puerta. La abrió.

Y entonces lo comprendió todo de golpe, como una descarga eléctrica que atraviesa la mente.

Aquella no era la puerta de su casa. Era la puerta de la morgue.

Allí dentro solo había cadáveres. ¿Quién podía haber tocado?

El pensamiento pasó fugazmente, pero para entonces la puerta ya estaba abierta de par en par.

Y frente a él, enmarcado por el frío de la sala, estaba el rostro familiar del mendigo que esa misma mañana había llamado a su casa. Tenía un aspecto extraño, antinatural. Algo en su mirada no pertenecía al mundo de los vivos.

Saeed lanzó un grito desgarrador, un sonido nacido del terror puro. Retrocedió a toda prisa. El miedo lo gobernó por completo; corrió sin pensar, hasta chocar violentamente contra algo. Después, la oscuridad.

 

Despertó a la mañana siguiente en una cama de hospital. Un enfermero se acercó, compasivo:

—Pobre muchacho… Lo que te pasó fue terrible. Me imagino el susto.

Saeed sintió que el recuerdo lo envolvía como un sudario.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó.

—Todo coincidía. El hombre que viste frente a la morgue murió cinco minutos antes de que empezaras tu turno. Lo trajeron directamente allí.

—¿Entonces por qué el guardia anterior no me lo dijo?

—Quizá no quiso asustarte.

Saeed murmuró:

—Dios mío… es increíble. ¿Cómo puede un muerto volver a la vida?

—No es tan extraordinario —explicó el enfermero—. A veces dejamos a quienes sufren un infarto una o dos horas en reposo, por si muestran signos de vida otra vez. Este pobre hombre murió en la calle. Nadie pudo asistirlo.

—¿Y ahora está vivo?

—No. Dio unos pasos fuera de la morgue y volvió a morir. Imagino que ver tantos cadáveres lo asustó incluso más que a ti. Lo siento mucho. Ha sido un mal episodio para todos.

Saeed suspiró.

—Ayer por la mañana fue a mi casa pidiendo ayuda. Le abrí dos veces: una en mi hogar, otra en la morgue. Qué mundo tan extraño.

—En fin, ya pasó. Creo que puedes irte. ¿Te sientes bien?

—Sí, completamente.

Saeed abandonó el hospital con la cabeza llena de sombras.

Lo humillé ayer… y anoche me devolvió el susto. Pero qué experiencia tan extraña. ¿Será esto cotidiano para los médicos?

Decidió visitar a un amigo que vivía en el séptimo piso de un edificio. Pasó allí una hora y luego se despidió. Entró en el ascensor y apretó el botón de la planta baja.

El ascensor se puso en marcha con movimientos torpes, irregulares.

Saeed sintió un presentimiento oscuro.

El ascensor aceleró.

Lo que Saeed no sabía era que el ascensor estaba cayendo.

Unos segundos después, el impacto lo sacudió todo. Sintió un dolor insoportable en la cabeza. Después, nada.

 

Abrió los ojos de nuevo, pero el mundo era distinto. Se incorporó con facilidad y atravesó la puerta cerrada del ascensor sin resistencia. En el pasillo, por tercera vez, estaba el mendigo harapiento, observándolo en silencio.

El terror lo empujó hacia el interior del ascensor. Y allí vio su propio cuerpo, tendido en el suelo, cubierto de sangre.

Saeed había muerto.

Y esta vez, lo que veía no era el espíritu del mendigo.

Era el espíritu de un muerto mirando al espíritu de otro.

Peiman Ardeshiry nació y vive en la ciudad de Shiraz, Irán. Ha publicado más de treinta libros en su país, tanto para adultos como infantiles, abordando los más diversos géneros. Los títulos de algunas de sus obras (traducidas fonéticamente), son: Madar, Gozhpasht parseh, Npamsar etesh, Afsaneh cpehei parsi, Hadeseh dar Porspolis y Esh dokhtar Ler.

 

FATA MORGANA