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lunes, 11 de mayo de 2026

FALTA ENVIDO


Santiago Oviedo



—¡Maldito montón de chatarra! —escupió el teniente D’Alessandro. El otro lo miró unos segundos antes de contestar.

—Soy un androide clase 27, para servicios múltiples. No me parezco en nada a un montón de chatarra. Le toca mover a usted, teniente.

—¡Maldito montón de chatarra! —repitió D’Alessandro—. No te basta con hacer tus propias tareas con eficiencia; además, tenés que ganarme siempre al ajedrez. Y recordármelo con esa condescendencia de IA de principios del siglo pasado.

Alguna vez fue sencillo ganarle en este juego a las máquinas. Bastaba con jugar a la defensiva, sin ningún ataque aparente, y neutralizar las movidas contrarias. Pero a algún genio se le ocurrió que la máquina también debía ser paciente y dejaron de tener problemas; éramos los humanos los que no soportábamos las largas partidas de desgaste. ¡Ochocientos dieciséis movimientos, Gran Espacio! Y apenas estamos en la apertura.

Rob tamborileaba rítmicamente los dedos de su mano derecha sobre la mesa. No era que estuviera nervioso (si hubiera estado programado para eso); simplemente era una subrutina implantada para que pareciera más humano. Sin embargo, sus ojos con pupila de gato eran una prueba evidente de que se trataba de un organismo artificial. Y tenía pleno conocimiento de eso.

—No soy una máquina, teniente. Soy un androide; un ingenio mucho más sofisticado. Y estoy aquí para entretenerlo, además de realizar otras tareas. Pero si usted no mueve yo no puedo continuar.

—¡A la mierda con todo! No tengo ganas de seguir jugando. Te regalo la partida.

—Habría sido mía, de cualquier modo. Solo faltaban seiscientos veintitrés movimientos —sentenció Rob de manera impersonal, mientras procedía a guardar las piezas.

D’Alessandro creyó que iba ser imposible tolerar un solo segundo de la misión, pero se equivocó. Siempre se puede soportar un poco más, cuando no queda otra opción.

Por enésima vez puteó al analista al que se le ocurrió que la mejor manera para reducir costos en un vuelo espacial era con una tripulación de un único individuo. Sin embargo, como en un viaje al espacio profundo un humano aislado no puede tolerar la idea del vacío que rodea a la nave, se pensó en utilizar organismos cibernéticos. Pero hay situaciones en las que solo un ser humano puede tomar una decisión inmediata ante emergencias o cometer ciertos errores. Porque hasta ellos pueden ser necesarios frente a algunas circunstancias.

Además, aun pese a los costos, se sabía que las fotos siempre quedan lindas como instrumento para la política, así que se optó por una solución intermedia: una tripulación integrada por un humano y un androide clase 27, encargado tanto de brindarle compañía a aquel como también de otras tareas inherentes a la navegación. Y el vuelo del teniente D’Alessandro fue el primero de ellos.

Hora del almuerzo. El teniente D’Alessandro ingiere sus raciones y Rob permanece sentado frente a él en silencio. Ya sabía que a D’Alessandro no le gusta que lo interrumpan mientras come, pero sus instrucciones lo obligaban a acompañarlo.

Un periodo de descanso.

—¡Podrían haberme dado una androide, en lugar de un cascajo como vos!

—Se lo consideró contraproducente para su estabilidad emocional. Aun cuando el androide de apariencia femenina estuviera diseñado para simular las reacciones físicas de la copulación humana, se notaría que es un simulacro, con los riesgos psíquicos que eso podría desencadenar en usted. Por otra parte, no soy un cascajo. Soy un androide clase…

—No sería muy distinto de lo que le puede pasar a cualquiera, en una noche cualquiera —murmuró D’Alessandro, más para sí que para el otro, mientras recordaba sus últimas experiencias.

—… programado para almacenar registros de vuelo y brindarle compañía.

En la nada del espacio los días y las noches se confundían en medio de una misión de rutina, en la que la intervención del teniente D’Alessandro no había sido necesaria. Su única preocupación era cómo matar el tiempo mientras la viruta de metal en la que se hallaba se desplazaba de regreso hacia la Tierra.

—¡Vamos a probar otra cosa, Rob!

D’Alessandro le enseñó al androide las reglas del truco, pero el resultado no fue el que esperaba. Cantara lo que cantara, nunca conseguía que Rob entrara en un vale cuatro cuando él tenía los anchos y más de una vez le ganó solo con las negras. En poco el tiempo el marcador señalaba 12 buenas para el androide y 3 malas para el teniente.

—No puede ser —se quejó—. Te doy información errónea y la tuya es auténtica, porque no estás programado para mentir (gracias a las tres benditas leyes), pero no puedo ganarte.

—Perdón, teniente. El hecho de que usted me brinde información errónea no significa que yo la utilice. Me limito a jugar evaluando la probabilidad de que salga una carta u otra. ¿Quiere jugar otra mano?

Después de eso, D’Alessandro pasó el resto del viaje haciendo solitarios. A veces hacía trampas. Muchas. Porque las cartas le venían mal barajadas.

Se acercaba el momento del arribo a la Plataforma Musk y el posterior traslado a la Tierra en transbordador. D’Alessandro estaba eufórico y comunicativo.

—¿Sabés qué es lo gracioso de todo esto? —le preguntó a Rob, sin esperar contestación—. Que la plataforma va a estar llena de gente: técnicos, políticos y periodistas. Y voy a tener que decir que disfruté del viaje y de tu oxidada compañía.

El androide lo miró y pestañeó un par de veces, para transmitirle al humano la idea de perplejidad.

—Creo que no lo entiendo, teniente. No estoy oxidado; soy un androide clase 27 y durante toda la misión se quejó de mi presencia.

—Sí; pero si llego a decir que no pude convivir felizmente durante quince meses con un androide se tendría que volver al sistema clásico de tripulación y un grupo de políticos se va a oponer a esa clase de gastos. Bastante con que el resto apoyó a duras penas la financiación de este proyecto.

—¿O sea que usted y los del último grupo tienen intereses en común?

—¡Nada que ver! —rio D’Alessandro—. Son tan cretinos como los demás; solo buscan mejorar sus posiciones y aprovechar sus negociados. Y yo solo quiero mantener mi fuente de trabajo.

—No entiendo.

—Es como en el truco: se miente para obtener ventaja. Por suerte vos no tenés esos problemas.

—No crea, teniente. Atenderlo a usted me robó tiempo importantísimo, que habría podido dedicar a tareas más útiles o a “soñar con ovejas eléctricas”, como dicen algunos respecto de nosotros. En verdad, el mejor amigo de un androide es un cinoide.

—¿Un qué? ¡Ah!, esas imitaciones de perros que usan los ricachones que quieren tener una mascota que no les ensucie las alfombras. No sabía que hacían buenas migas con ustedes. ¡Suerte que a los androides no se les da bola! Si llegás a decir eso, ya veo tripulaciones de androides y cinoides desplazando a los astronautas humanos.

Plataforma Musk sí estaba repleta de gente y el teniente D’Alessandro mintió como cualquier buen astronauta preocupado por su futuro. Pero más se preocupó cuando un periodista pretendió ser original y le hizo un par de preguntas a Rob.

—Me siento muy satisfecho de haber participado en este vuelo. Se aprenden muchas cosas. Como dirían ustedes, los humanos, me siento muy contento —cerró el androide.

Luego se volvió hacia D’Alessandro y le guiñó un ojo. “Todavía no es el momento”, le murmuró por lo bajo.

El teniente no supo si dar un suspiro de alivio o preocuparse un poco más. Sacó el mazo de cartas de un bolsillo y –con un solo movimiento– lo partió en dos.

Santiago Oviedo nació en Buenos Aires en 1960. Desde sus orígenes como escritor de horror cósmico, amplió sus horizontes con la ciencia ficción, en su vertiente humanista y filosófica. Corrector de oficio y autor aficionado, sumó a eso actividades de articulista, editor y traductor de inglés de material de ciencia ficción y de literatura celta irlandesa. Entre los años 80 y 90 del siglo pasado integró las filas del histórico CACyF (Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía) y colaboró con la mayoría de las publicaciones surgidas de aquel colectivo. Último director del fanzine Nuevomundo, entre 2006 y 2016 editó como homenaje la revista electrónica NM, que rescató material de su predecesora, sirvió como palestra para nuevos escritos y aún se puede leer en línea:

(https://sites.google.com/view/revistanm/inicio).

viernes, 17 de abril de 2026

TERCERA EXPEDICIÓN A ILIROS IV

Santiago Oviedo

 

La cosa nos seguía manteniendo a la misma distancia que al principio. No se podía distinguir qué era, pero daba miedo. El Johnny había gritado que era como una araña gigantesca, pero ese cretino se daba con cualquier cosa y uno ya no le creía, con sólo acordarse del “bolonqui” que había hecho en la nave cuando consiguió aquella inmundicia de Béstor VI.

El Tano, mientras tanto, decía que aquello parecía una tormenta de polvo y estaba más pálido que los hielos de Nyara.

Lo único cierto era que eso era algo, pero no se podía adivinar qué. En este planeta de porquería la luz de su sol no puede atravesar las gruesas capas de nubes eternas y el viento

que sopla sobre la superficie levanta una espesa cortina de fina arena que entorpece la visión.

Éramos la tercera expedición a Iliros IV y quizá estábamos a punto de descubrir qué había ocurrido con las dos anteriores. Cuatro de nosotros –Howes, Di Lorenzo, Lindemann y yo– habíamos descendido en el Fisgón, mientras Mamá Gansa orbitaba más allá de la capa de nubes.

Nos encontramos, entonces, sobre la superficie de un planeta árido y ventoso, profundamente erosionado –como los desiertos terrestres de Arizona, el Mar Muerto o Talampaya, ampliados a proporciones planetarias–, con un laberinto de farallones y cañadones, resabio de las edades acuáticas de aquel mundo, un mundo muerto hacía milenios.

Dejamos a Lindemann al cuidado del módulo de exploración y los otros tres comenzamos a recorrer la región en busca de evidencia de las anteriores misiones. La única manera posible de reconocimiento era aquélla: a pie y con poderosas linternas; desde el aire no se podía ver nada y algo que contenía la arena interfería en los sensores.

Fue poco después de que perdimos de vista al Fisgón que divisamos aquella cosa. Antes de que pudiésemos reaccionar ya se había interpuesto entre la nave y nosotros y conjuntamente perdimos la comunicación con ella y con Mamá Gansa.

Vimos aquel manchón borroso que se nos acercaba y no pudimos hacer otra cosa que echarnos a correr, intentando distanciarnos de eso, alejándonos de la cápsula.

No sabíamos qué podía ser, pero causaba miedo. En la fuga acabamos por separarnos entre las formaciones erosionadas, enfundados en nuestros cascarones de plástico y metal, corriendo y saltando en una gravedad menor a la que estábamos acostumbrados. Y de repente me encontré solo.

Me volví y no distinguí si aquello aún me seguía. La estrella del sistema se debía de haber ocultado más allá de las nubes, bajo el horizonte, porque las sombras se hicieron más densas. Seguía sin tener respuestas desde el módulo y tampoco recibía nada de mis compañeros, y no supe bien qué hacer. Me di cuenta de que me sentía cansado y, sin tener plena conciencia de mis actos, me acurruqué junto a una roca y me dormí, o –mejor dicho– me sumí en una abandonada somnolencia.

En aquella duermevela no pude dejar de preguntarme qué hacía yo, un porteño, en aquel lugar. Luego de la decadencia de la Confederación Terrestre –frente al proteccionismo de la mayor parte de las culturas alienígenas–, la conquista del espacio profundo se había vuelto imposible para las grandes potencias enfrentadas en la Tierra; tenían que elegir entre abandonarla o trabajar juntos.

No lo hicieron. En vez de eso, volvieran a viejos sistemas: atrajeron a sus cuadrantes satélites y los desangraron aún más, con tal de poder costear sus proyectos. A cambio de eso, astronautas de aquellas regiones podían participar en las distintas misiones.

La Argentina –Sudameria-Argenta– era un país dominado; las pocas veces que había intentado emanciparse, la habían aplastado.

A mediados del siglo veinte, un gobernante había dicho: “El año 2000 nos encontrará unidos o dominados”. Se equivocó. En el año 2000 –y en el 2398– estábamos unidos y dominados; dominados como siempre nos habían tenido y unidos porque habíamos perdido más de la mitad de nuestro territorio. A decir verdad, estábamos algo más que unidos; estábamos bastante apretados.

La cúpula gobernante, mientras tanto, seguía servil con los dominadores. Había abandonado la hiperpoblada Buenos Aires y sus tradicionales Belgrano y Barrio Norte –que ahora eran los nuevas barrios bajos– y se había asentado en las periferia de la Ciudad Vieja, allí donde se había construido el antiguo Cinturón Ecológico, con sus cercas de seguridad y su policía privada. Y de su descendencia salían los que merecían el “honor” de explorar el espacio. De allí y de los eternos chantas.

Yo había surgido de este último grupo. No tenía la menor idea de qué era lo que propulsaba a las naves o de cómo se calculaba una ruta; me limitaba apretar los botones correspondientes y las computadoras hacían todo el trabajo. Lo único que me había interesado de este trabajo era la posibilidad de entrar en la ruta comercial Sol-Alfa de Cuervo y poder vestir el uniforme de Viajero, porque el astropuerto de Rávena ofrecía muchas emociones y me permitía el “levante” de alguna nativa que me bancara durante las licencias. Otros puertos eran más difíciles y no se dejaban de escuchar historias acerca de cómo quedaron los humanos que intentaron acoplarse con ciertas criaturas bien extrañas.

Pero luego vino aquel malentendido, esa injusta acusación sobre contrabando, y me trasladaron el Cuerpo de Exploración. Y así llegué a Iliros IV: con el ominoso precedente de dos misiones abortadas sin ninguna explicación –lo que obligó a preparar una costosa nave Delta: unidad de crucero y módulo de reconocimiento–, con el descubrimiento de una cosa que revolvía lo más profundo de mis temores, y con la certeza de una noche en

soledad.

Al día siguiente –o, por lo menos, así me pareció– intenté retornar hacia el módulo de desembarco. En el camino –monótono en sus tonos de gris– me topé con un par de sorpresas desagradables: los cadáveres de Howes y de Di Lorenzo.

Se hallaban bastante distanciados y en condiciones totalmente diferentes. Di Lorenzo estaba recostado contra una duna, semienterrado hasta la cintura, con su traje completamente destrozado, la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta en un grito eterno, acallado por toda la arena que le rellenaba la garganta, la nariz y los oídos; Howes estaba caído de bruces, exangüe y envuelto en una especie de tela de araña.

No pude dejar de estremecerme y apuré mis pasos. Tuve que dejarlos donde estaban; no tenía forma de llevarlos conmigo ni de enterrarlos dignamente. Mis pensamientos eran un hervidero de ideas descabelladas y cada sombra era un peligro desconocido. No sentía un temor que pudiera llegar a ser pánico, pero me preocupaba el no poder hallar una respuesta.

Finalmente, pude distinguir la silueta del Fisgón. Una exclamación entrecortada se transformó en eco dentro de mi casco. Desde donde estaba, me pareció ver a Lindemann

en el interior de la nave, forcejeando con algo gelatinoso y cambiante como una masa de serpientes. Al mismo tiempo, vi cómo aquella cosa que me había perseguido el día anterior se precipitaba hacia mí desde un flanco.

Ya era tarde para escapar; ya era tarde para cualquier cosa. Aquello era un torbellino de sombras que me envolvía y se fundía con mi ser; una negrura como la noche más oscura: asfixiante, informe. Aterradora. Y en medio de esa vorágine de sensaciones imposibles creí acceder a unos monstruosos conocimientos del Universo, a unos planos de conciencia inhumanos, comprensibles sólo parcialmente.

Vislumbré abismos de tiempo de magnitud abrumadora, anteriores y posteriores al Origen, y vi el centro del Todo tal como sólo unos pocos pueden llegar a imaginarlo. Una voz, una vibración, pulsaba en las células de mi cerebro con un ritmo totalmente desconocido, pero, que transmitía unos conceptos que comenzaron a generar nuevas imágenes en mi mente.

Y esas imágenes me hablaban. Y yo las comprendía.

—Este lugar no es para tu especie; está más allá de sus posibilidades. Somos la conciencia, el alma de una civilización que floreció cuando este planeta era fértil y crecía; nosotros también crecimos y logramos la fusión de nuestros espíritus y ya no importó lo

que ocurriera con este mundo. Porque estamos con él; somos él. Por eso es imposible que ustedes se mezclen con nosotros, que pisen este suelo. Sus mentes primitivas se desquician el entrar en contacto con nuestros pensamientos, con nuestra esencia, y liberan –materializan– los monstruos y los miedos que ocultan en lo más recóndito de sus conciencias. Y uno de sus mayores temores es el de la muerte. Pero tú no le temes. Aprovecha entonces e informa a los tuyos que este mundo les está vedado. Ve, diles y no vuelvas. Te compadecemos.

No supe nada más hasta que recuperé el conocimiento. El paisaje era gris y desolado; la única nota de color la daba la nave, que resplandecía como una langosta metálica lista para levantar vuelo. En su interior estaba caído el Alemán, cubierto por picaduras de serpientes. Pero yo sabía que en ese planeta no existían tales alimañas.

Recordaba un sueño pavoroso en el que una entidad no humana me perdonaba la vida, confiándome una tarea de mensajero. En mi interior temía que se tratara de algo más que de un sueño. Me comuniqué con el comandante en Mamá Gansa y le conté lo sucedido; cuando me pidió más explicaciones le dije fastidiado que luego le presentaría el informe. Yo tampoco llegaba a comprender todo. Quizá no entendía nada.

Encendí los motores del Fisgón y esperé a que la computadora de a bordo programara una ruta de encuentro con Mamá. Me senté en mi butaca, aguardando el momento del despegue, y una oleada de verdadero espanto se apoderó de mí cuando finalmente todo se me hizo claro.

No había merecido ningún tipo de perdón; aquello no había sido una demostración de piedad, sino la broma más macabra que pudiera llegar a imaginarse, la más evidente demostración de la incompatibilidad entre dos especies, un tormento comparable al de un gigante que se divierte arrancándole las alas a un mosquito: una vez más me veía arrojado a la vida.

Santiago Oviedo nació en Buenos Aires en 1960. Desde sus orígenes como escritor de horror cósmico, amplió sus horizontes con la ciencia ficción, en su vertiente humanista y filosófica. Corrector de oficio y autor aficionado, sumó a eso actividades de articulista, editor y traductor de inglés de material de ciencia ficción y de literatura celta irlandesa. Entre los años 80 y 90 del siglo pasado integró las filas del histórico CACyF (Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía) y colaboró con la mayoría de las publicaciones surgidas de aquel colectivo. Último director del fanzine Nuevomundo, entre 2006 y 2016 editó como homenaje la revista electrónica NM, que rescató material de su predecesora, sirvió como palestra para nuevos escritos y aún se puede leer en línea:

(https://sites.google.com/view/revistanm/inicio).

viernes, 12 de diciembre de 2025

VERDE SOBRE VERDE

Santiago Oviedo

 

El cuchillo sajó la garganta del adversario e imaginó que el rancio hedor de las heces de ese cuerpo que se desplomaba le hería las fosas nasales. Contuvo la náusea y limpió la hoja del arma. Aún no se había acostumbrado a esa forma de matar. Al estertor cortado súbitamente y a la consecuente dilatación de los esfínteres de la víctima.

Recogió el arma del muerto y sus cargadores de reserva. Ya tenía un problema menos.
Aislado de su unidad –quizá era el único sobreviviente–, profundamente infiltrado en las líneas enemigas, dudaba de poder alcanzar el punto de reunión a la hora fijada.

El desembarco al anochecer se había desarrollado sin inconvenientes. Los comandos se agruparon en la playa bajo la niebla, se dividieron en los piquetes preestablecidos y marcharon hacia el objetivo.

—Tengo una fea sensación —le cuchicheó Vázquez por el intercomunicador.

—¡Shhh! —intervino el sargento.

No era el único. Todos tenían ese nudo en el estómago. Aún resonaban en sus oídos los estertores de aquel ballenero artillado japonés mientras se hundía en las aguas heladas.
Era innegable que la nave aislada había sido lo que se llama un excelente “blanco de oportunidad”. Quizá lo inoportuno era el torpedeo antes del inicio de la misión. Tal vez era solo un cebo.
Se acercó a Vázquez y le gritó a través del traje con el transmisor desconectado.

—El cretino del capitán se podría haber reservado para la vuelta.

—Es un buen combatiente —le contestó el otro—; lo demostró en cada uno de los bandos en los que sirvió. Pero no mide las consecuencias... Los que empezaron la guerra eran como él.

Por toda contestación, trató de escupir hacia un costado. No pudo. Estaba encerrado en el traje. Tuvo que tragárselo todo. La flema. La guerra. Tres años metido en eso.

Primero habían sido las protestas pacíficas y las interferencias contra el accionar de los buques factoría o ante el vertido de sustancias tóxicas. Luego fueron las marchas contra los cuarteles y las refinerías. Por último, se había llegado a lo que era de esperar.

Las potencias –tanto las menguantes como las más prósperas– y los capitanes de la industria de la guerra habían descubierto un nuevo tablero de batalla. Esta vez todo el mundo se encontró jugando la partida cuando cada poderoso apadrinó una ideología. La causa original se desvirtuó y la Danza de la Muerte –ejecutada por los músicos de siempre– se bailaba al compás de la misma tonada en todo el planeta.

Excusas no faltaron: la desaparición de especies; los daños colaterales por acciones militares, como los incendios en las plataformas petroleras o las fugas radiactivas de centrales nucleares. Las alianzas se forjaban y se rompían a una velocidad inaudita y con los aliados más inverosímiles.

Después de aquel diálogo, el ritmo de la marcha los separó y no hubo más palabras. Cuando llegaron al objetivo –a la hora prevista, como correspondía–, las instrucciones fueron impartidas por gestos secos y perentorios.

Observaron el blanco. La base de misiles estaba ahí, pero había más efectivos acantonados de los que se esperaba. Tal vez el ataque al buque había generado esa temida situación de alerta. Sin embargo, no iban a echarse atrás. Revisaron por última vez sus trajes QBN y alistaron las armas.

Los relojes marcaron la hora. Inexorables.

El primer misil portátil filoguiado fue el preludio para una lluvia de fuego que perforó el perímetro. Los asaltantes se lanzaron por las brechas con el ímpetu del granizo, vomitando metralla y destrucción. Se colocaron las cargas explosivas, que estallaron iluminando la noche como una erupción volcánica. El ataque fue un éxito. Pero la superioridad numérica del enemigo no podía sino jugar el papel que le tocaba.

El contraataque fue arrollador y el repliegue se transformó en desbandada. Los hombres perdieron el contacto entre sí y se lanzaron en una carrera desenfrenada hacia la playa. La desolación que se había aposentado en la base se extendió a todo el terreno. En las escaramuzas individuales primaban las granadas de gas nervioso. Las defensas del enemigo hicieron un bombardeo en alfombra de la faja costera con cargas neutrónicas. En respuesta, los satélites espías de los incursores ordenaron un ataque de misiles con cabezas portadoras de bacterias de acción fulminante, para formar una cubierta que cubriera la retirada de la propia tropa.

El humo casi constante y los pulsos electromagnéticos hacían imposible el uso de los drones y de las comunicaciones. Los combatientes parecían ser la única cosa viva en la tierra desolada. Los marchitos árboles defoliados eran mudos testigos del combate.

Mientras corría, vio desaparecer a Vázquez, desmembrado por un impacto directo. Al poco tiempo se quedó sin parque. Siguió corriendo, empuñando solo su cuchillo de comando.
A lo lejos alcanzó a distinguir el mortecino reflejo del delgado borde de uña de la luna creciente sobre las aguas del mar. Estaba a tiempo. Aún no amenazaba con despuntar el alba.

Corrió a través de las resplandecientes dunas radiactivas hacia la costa. Alcanzó a distinguir la baja silueta de la balsa neumática –una tonina varada en la playa– y aceleró su marcha.
Súbitamente, unos fogonazos restallaron a su costado. Una patrulla del enemigo le estaba dando alcance. Se hallaba a solo doscientos metros de la salvación. A ciento cincuenta.

Una ráfaga le segó las piernas y rodó por la arena. Supo que iba a morir. El aire que entró por las rasgaduras de su uniforme sabía a contaminación química y a millones de virus en tren de multiplicación.

Pero treinta segundos es un tiempo demasiado largo para fallecer. Mientras se le hinchaba la lengua en la boca y se le cerraba la tráquea, pudo ver cómo la embarcación se alejaba buscando la protección del submarino. Observó a los uniformados corriendo por la playa envueltos en sus grotescos trajes protectores. Pudo preguntarse qué sentido había tenido que los movimientos pacifistas y ecologistas iniciaran aquella violenta escalada contra instalaciones militares y plantas industriales. Intentó comprender el sentido del lema “Extirpar lo dañino para que sobreviva la naturaleza”.

De repente, algo atrajo su atención. Un objeto se movía en aquel yermo. Algo que no se tendría que estar moviendo.

Con un agónico esfuerzo, logró aprehender su última visión consciente. Era un cangrejo de caparazón tornasolado. Un mutante. Un verdadero guerrero del arco iris, impertérrito en el medio de ese infierno. Una criatura que sobrevivía.

Antes de que se apagaran sus signos vitales, él –un hombre agonizante– tuvo las respuestas que nunca pidió.

Santiago Oviedo nació en Buenos Aires en 1960. Desde sus orígenes como escritor de horror cósmico, amplió sus horizontes con la ciencia ficción, en su vertiente humanista y filosófica. Corrector de oficio y autor aficionado, sumó a eso actividades de articulista, editor y traductor de inglés de material de ciencia ficción y de literatura celta irlandesa. Entre los años 80 y 90 del siglo pasado integró las filas del histórico CACyF (Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía) y colaboró con la mayoría de las publicaciones surgidas de aquel colectivo. Último director del fanzine Nuevomundo, entre 2006 y 2016 editó como homenaje la revista electrónica NM, que rescató material de su predecesora, sirvió como palestra para nuevos escritos y aún se puede leer en línea:

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EL BESO DE LA DRÍADA