viernes, 17 de abril de 2026

TERCERA EXPEDICIÓN A ILIROS IV

Santiago Oviedo

 

La cosa nos seguía manteniendo a la misma distancia que al principio. No se podía distinguir qué era, pero daba miedo. El Johnny había gritado que era como una araña gigantesca, pero ese cretino se daba con cualquier cosa y uno ya no le creía, con sólo acordarse del “bolonqui” que había hecho en la nave cuando consiguió aquella inmundicia de Béstor VI.

El Tano, mientras tanto, decía que aquello parecía una tormenta de polvo y estaba más pálido que los hielos de Nyara.

Lo único cierto era que eso era algo, pero no se podía adivinar qué. En este planeta de porquería la luz de su sol no puede atravesar las gruesas capas de nubes eternas y el viento

que sopla sobre la superficie levanta una espesa cortina de fina arena que entorpece la visión.

Éramos la tercera expedición a Iliros IV y quizá estábamos a punto de descubrir qué había ocurrido con las dos anteriores. Cuatro de nosotros –Howes, Di Lorenzo, Lindemann y yo– habíamos descendido en el Fisgón, mientras Mamá Gansa orbitaba más allá de la capa de nubes.

Nos encontramos, entonces, sobre la superficie de un planeta árido y ventoso, profundamente erosionado –como los desiertos terrestres de Arizona, el Mar Muerto o Talampaya, ampliados a proporciones planetarias–, con un laberinto de farallones y cañadones, resabio de las edades acuáticas de aquel mundo, un mundo muerto hacía milenios.

Dejamos a Lindemann al cuidado del módulo de exploración y los otros tres comenzamos a recorrer la región en busca de evidencia de las anteriores misiones. La única manera posible de reconocimiento era aquélla: a pie y con poderosas linternas; desde el aire no se podía ver nada y algo que contenía la arena interfería en los sensores.

Fue poco después de que perdimos de vista al Fisgón que divisamos aquella cosa. Antes de que pudiésemos reaccionar ya se había interpuesto entre la nave y nosotros y conjuntamente perdimos la comunicación con ella y con Mamá Gansa.

Vimos aquel manchón borroso que se nos acercaba y no pudimos hacer otra cosa que echarnos a correr, intentando distanciarnos de eso, alejándonos de la cápsula.

No sabíamos qué podía ser, pero causaba miedo. En la fuga acabamos por separarnos entre las formaciones erosionadas, enfundados en nuestros cascarones de plástico y metal, corriendo y saltando en una gravedad menor a la que estábamos acostumbrados. Y de repente me encontré solo.

Me volví y no distinguí si aquello aún me seguía. La estrella del sistema se debía de haber ocultado más allá de las nubes, bajo el horizonte, porque las sombras se hicieron más densas. Seguía sin tener respuestas desde el módulo y tampoco recibía nada de mis compañeros, y no supe bien qué hacer. Me di cuenta de que me sentía cansado y, sin tener plena conciencia de mis actos, me acurruqué junto a una roca y me dormí, o –mejor dicho– me sumí en una abandonada somnolencia.

En aquella duermevela no pude dejar de preguntarme qué hacía yo, un porteño, en aquel lugar. Luego de la decadencia de la Confederación Terrestre –frente al proteccionismo de la mayor parte de las culturas alienígenas–, la conquista del espacio profundo se había vuelto imposible para las grandes potencias enfrentadas en la Tierra; tenían que elegir entre abandonarla o trabajar juntos.

No lo hicieron. En vez de eso, volvieran a viejos sistemas: atrajeron a sus cuadrantes satélites y los desangraron aún más, con tal de poder costear sus proyectos. A cambio de eso, astronautas de aquellas regiones podían participar en las distintas misiones.

La Argentina –Sudameria-Argenta– era un país dominado; las pocas veces que había intentado emanciparse, la habían aplastado.

A mediados del siglo veinte, un gobernante había dicho: “El año 2000 nos encontrará unidos o dominados”. Se equivocó. En el año 2000 –y en el 2398– estábamos unidos y dominados; dominados como siempre nos habían tenido y unidos porque habíamos perdido más de la mitad de nuestro territorio. A decir verdad, estábamos algo más que unidos; estábamos bastante apretados.

La cúpula gobernante, mientras tanto, seguía servil con los dominadores. Había abandonado la hiperpoblada Buenos Aires y sus tradicionales Belgrano y Barrio Norte –que ahora eran los nuevas barrios bajos– y se había asentado en las periferia de la Ciudad Vieja, allí donde se había construido el antiguo Cinturón Ecológico, con sus cercas de seguridad y su policía privada. Y de su descendencia salían los que merecían el “honor” de explorar el espacio. De allí y de los eternos chantas.

Yo había surgido de este último grupo. No tenía la menor idea de qué era lo que propulsaba a las naves o de cómo se calculaba una ruta; me limitaba apretar los botones correspondientes y las computadoras hacían todo el trabajo. Lo único que me había interesado de este trabajo era la posibilidad de entrar en la ruta comercial Sol-Alfa de Cuervo y poder vestir el uniforme de Viajero, porque el astropuerto de Rávena ofrecía muchas emociones y me permitía el “levante” de alguna nativa que me bancara durante las licencias. Otros puertos eran más difíciles y no se dejaban de escuchar historias acerca de cómo quedaron los humanos que intentaron acoplarse con ciertas criaturas bien extrañas.

Pero luego vino aquel malentendido, esa injusta acusación sobre contrabando, y me trasladaron el Cuerpo de Exploración. Y así llegué a Iliros IV: con el ominoso precedente de dos misiones abortadas sin ninguna explicación –lo que obligó a preparar una costosa nave Delta: unidad de crucero y módulo de reconocimiento–, con el descubrimiento de una cosa que revolvía lo más profundo de mis temores, y con la certeza de una noche en

soledad.

Al día siguiente –o, por lo menos, así me pareció– intenté retornar hacia el módulo de desembarco. En el camino –monótono en sus tonos de gris– me topé con un par de sorpresas desagradables: los cadáveres de Howes y de Di Lorenzo.

Se hallaban bastante distanciados y en condiciones totalmente diferentes. Di Lorenzo estaba recostado contra una duna, semienterrado hasta la cintura, con su traje completamente destrozado, la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta en un grito eterno, acallado por toda la arena que le rellenaba la garganta, la nariz y los oídos; Howes estaba caído de bruces, exangüe y envuelto en una especie de tela de araña.

No pude dejar de estremecerme y apuré mis pasos. Tuve que dejarlos donde estaban; no tenía forma de llevarlos conmigo ni de enterrarlos dignamente. Mis pensamientos eran un hervidero de ideas descabelladas y cada sombra era un peligro desconocido. No sentía un temor que pudiera llegar a ser pánico, pero me preocupaba el no poder hallar una respuesta.

Finalmente, pude distinguir la silueta del Fisgón. Una exclamación entrecortada se transformó en eco dentro de mi casco. Desde donde estaba, me pareció ver a Lindemann

en el interior de la nave, forcejeando con algo gelatinoso y cambiante como una masa de serpientes. Al mismo tiempo, vi cómo aquella cosa que me había perseguido el día anterior se precipitaba hacia mí desde un flanco.

Ya era tarde para escapar; ya era tarde para cualquier cosa. Aquello era un torbellino de sombras que me envolvía y se fundía con mi ser; una negrura como la noche más oscura: asfixiante, informe. Aterradora. Y en medio de esa vorágine de sensaciones imposibles creí acceder a unos monstruosos conocimientos del Universo, a unos planos de conciencia inhumanos, comprensibles sólo parcialmente.

Vislumbré abismos de tiempo de magnitud abrumadora, anteriores y posteriores al Origen, y vi el centro del Todo tal como sólo unos pocos pueden llegar a imaginarlo. Una voz, una vibración, pulsaba en las células de mi cerebro con un ritmo totalmente desconocido, pero, que transmitía unos conceptos que comenzaron a generar nuevas imágenes en mi mente.

Y esas imágenes me hablaban. Y yo las comprendía.

—Este lugar no es para tu especie; está más allá de sus posibilidades. Somos la conciencia, el alma de una civilización que floreció cuando este planeta era fértil y crecía; nosotros también crecimos y logramos la fusión de nuestros espíritus y ya no importó lo

que ocurriera con este mundo. Porque estamos con él; somos él. Por eso es imposible que ustedes se mezclen con nosotros, que pisen este suelo. Sus mentes primitivas se desquician el entrar en contacto con nuestros pensamientos, con nuestra esencia, y liberan –materializan– los monstruos y los miedos que ocultan en lo más recóndito de sus conciencias. Y uno de sus mayores temores es el de la muerte. Pero tú no le temes. Aprovecha entonces e informa a los tuyos que este mundo les está vedado. Ve, diles y no vuelvas. Te compadecemos.

No supe nada más hasta que recuperé el conocimiento. El paisaje era gris y desolado; la única nota de color la daba la nave, que resplandecía como una langosta metálica lista para levantar vuelo. En su interior estaba caído el Alemán, cubierto por picaduras de serpientes. Pero yo sabía que en ese planeta no existían tales alimañas.

Recordaba un sueño pavoroso en el que una entidad no humana me perdonaba la vida, confiándome una tarea de mensajero. En mi interior temía que se tratara de algo más que de un sueño. Me comuniqué con el comandante en Mamá Gansa y le conté lo sucedido; cuando me pidió más explicaciones le dije fastidiado que luego le presentaría el informe. Yo tampoco llegaba a comprender todo. Quizá no entendía nada.

Encendí los motores del Fisgón y esperé a que la computadora de a bordo programara una ruta de encuentro con Mamá. Me senté en mi butaca, aguardando el momento del despegue, y una oleada de verdadero espanto se apoderó de mí cuando finalmente todo se me hizo claro.

No había merecido ningún tipo de perdón; aquello no había sido una demostración de piedad, sino la broma más macabra que pudiera llegar a imaginarse, la más evidente demostración de la incompatibilidad entre dos especies, un tormento comparable al de un gigante que se divierte arrancándole las alas a un mosquito: una vez más me veía arrojado a la vida.

Santiago Oviedo nació en Buenos Aires en 1960. Desde sus orígenes como escritor de horror cósmico, amplió sus horizontes con la ciencia ficción, en su vertiente humanista y filosófica. Corrector de oficio y autor aficionado, sumó a eso actividades de articulista, editor y traductor de inglés de material de ciencia ficción y de literatura celta irlandesa. Entre los años 80 y 90 del siglo pasado integró las filas del histórico CACyF (Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía) y colaboró con la mayoría de las publicaciones surgidas de aquel colectivo. Último director del fanzine Nuevomundo, entre 2006 y 2016 editó como homenaje la revista electrónica NM, que rescató material de su predecesora, sirvió como palestra para nuevos escritos y aún se puede leer en línea:

(https://sites.google.com/view/revistanm/inicio).

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