Santiago Oviedo
La cosa nos seguía
manteniendo a la misma distancia que al principio. No se podía distinguir qué
era, pero daba miedo. El Johnny había gritado que era como una araña
gigantesca, pero ese cretino se daba con cualquier cosa y uno ya no le creía,
con sólo acordarse del “bolonqui” que había hecho en la nave cuando consiguió
aquella inmundicia de Béstor VI.
El Tano, mientras tanto, decía que aquello
parecía una tormenta de polvo y estaba más pálido que los hielos de Nyara.
Lo único cierto era que eso era algo,
pero no se podía adivinar qué. En este planeta de porquería la luz de su sol no
puede atravesar las gruesas capas de nubes eternas y el viento
que sopla sobre la
superficie levanta una espesa cortina de fina arena que entorpece la visión.
Éramos la tercera expedición a Iliros
IV y quizá estábamos a punto de descubrir qué había ocurrido con las dos
anteriores. Cuatro de nosotros –Howes, Di Lorenzo, Lindemann y yo– habíamos
descendido en el Fisgón, mientras Mamá Gansa orbitaba más allá de la capa de
nubes.
Nos encontramos, entonces, sobre la
superficie de un planeta árido y ventoso, profundamente erosionado –como los
desiertos terrestres de Arizona, el Mar Muerto o Talampaya, ampliados a
proporciones planetarias–, con un laberinto de farallones y cañadones, resabio
de las edades acuáticas de aquel mundo, un mundo muerto hacía milenios.
Dejamos a Lindemann al cuidado del
módulo de exploración y los otros tres comenzamos a recorrer la región en busca
de evidencia de las anteriores misiones. La única manera posible de
reconocimiento era aquélla: a pie y con poderosas linternas; desde el aire no
se podía ver nada y algo que contenía la arena interfería en los sensores.
Fue poco después de que perdimos de
vista al Fisgón que divisamos aquella cosa. Antes de que pudiésemos reaccionar
ya se había interpuesto entre la nave y nosotros y conjuntamente perdimos la
comunicación con ella y con Mamá Gansa.
Vimos aquel manchón borroso que se
nos acercaba y no pudimos hacer otra cosa que echarnos a correr, intentando
distanciarnos de eso, alejándonos de la cápsula.
No sabíamos qué podía ser, pero causaba
miedo. En la fuga acabamos por separarnos entre las formaciones erosionadas,
enfundados en nuestros cascarones de plástico y metal, corriendo y saltando en
una gravedad menor a la que estábamos acostumbrados. Y de repente me encontré solo.
Me volví y no distinguí si aquello aún
me seguía. La estrella del sistema se debía de haber ocultado más allá de las
nubes, bajo el horizonte, porque las sombras se hicieron más densas. Seguía sin
tener respuestas desde el módulo y tampoco recibía nada de mis compañeros, y no
supe bien qué hacer. Me di cuenta de que me sentía cansado y, sin tener plena conciencia
de mis actos, me acurruqué junto a una roca y me dormí, o –mejor dicho– me sumí
en una abandonada somnolencia.
En aquella duermevela no pude dejar
de preguntarme qué hacía yo, un porteño, en aquel lugar. Luego de la decadencia
de la Confederación Terrestre –frente al proteccionismo de la mayor parte de
las culturas alienígenas–, la conquista del espacio profundo se había vuelto
imposible para las grandes potencias enfrentadas en la Tierra; tenían que
elegir entre abandonarla o trabajar juntos.
No lo hicieron. En vez de eso,
volvieran a viejos sistemas: atrajeron a sus cuadrantes satélites y los
desangraron aún más, con tal de poder costear sus proyectos. A cambio de eso, astronautas
de aquellas regiones podían participar en las distintas misiones.
La Argentina –Sudameria-Argenta–
era un país dominado; las pocas veces que había intentado emanciparse, la
habían aplastado.
A mediados del siglo veinte, un gobernante
había dicho: “El año 2000 nos encontrará unidos o dominados”. Se equivocó. En
el año 2000 –y en el 2398– estábamos unidos y dominados; dominados como siempre
nos habían tenido y unidos porque habíamos perdido más de la mitad de nuestro
territorio. A decir verdad, estábamos algo más que unidos; estábamos bastante
apretados.
La cúpula gobernante, mientras tanto,
seguía servil con los dominadores. Había abandonado la hiperpoblada Buenos
Aires y sus tradicionales Belgrano y Barrio Norte –que ahora eran los nuevas
barrios bajos– y se había asentado en las periferia de la Ciudad Vieja, allí
donde se había construido el antiguo Cinturón Ecológico, con sus cercas de
seguridad y su policía privada. Y de su descendencia salían los que merecían el
“honor” de explorar el espacio. De allí y de los eternos chantas.
Yo había surgido de este último grupo.
No tenía la menor idea de qué era lo que propulsaba a las naves o de cómo se
calculaba una ruta; me limitaba apretar los botones correspondientes y las
computadoras hacían todo el trabajo. Lo único que me había interesado de este
trabajo era la posibilidad de entrar en la ruta comercial Sol-Alfa de Cuervo y
poder vestir el uniforme de Viajero, porque el astropuerto de Rávena ofrecía
muchas emociones y me permitía el “levante” de alguna nativa que me bancara
durante las licencias. Otros puertos eran más difíciles y no se dejaban de
escuchar historias acerca de cómo quedaron los humanos que intentaron acoplarse
con ciertas criaturas bien extrañas.
Pero luego vino aquel malentendido,
esa injusta acusación sobre contrabando, y me trasladaron el Cuerpo de
Exploración. Y así llegué a Iliros IV: con el ominoso precedente de dos misiones
abortadas sin ninguna explicación –lo que obligó a preparar una costosa nave
Delta: unidad de crucero y módulo de reconocimiento–, con el descubrimiento de
una cosa que revolvía lo más profundo de mis temores, y con la certeza de una
noche en
soledad.
Al día siguiente –o, por lo menos, así
me pareció– intenté retornar hacia el módulo de desembarco. En el camino –monótono
en sus tonos de gris– me topé con un par de sorpresas desagradables: los
cadáveres de Howes y de Di Lorenzo.
Se hallaban bastante distanciados y
en condiciones totalmente diferentes. Di Lorenzo estaba recostado contra una
duna, semienterrado hasta la cintura, con su traje completamente destrozado, la
cabeza echada hacia atrás y la boca abierta en un grito eterno, acallado por
toda la arena que le rellenaba la garganta, la nariz y los oídos; Howes estaba
caído de bruces, exangüe y envuelto en una especie de tela de araña.
No pude dejar de estremecerme y
apuré mis pasos. Tuve que dejarlos donde estaban; no tenía forma de llevarlos
conmigo ni de enterrarlos dignamente. Mis pensamientos eran un hervidero de
ideas descabelladas y cada sombra era un peligro desconocido. No sentía un
temor que pudiera llegar a ser pánico, pero me preocupaba el no poder hallar una
respuesta.
Finalmente, pude distinguir la silueta
del Fisgón. Una exclamación entrecortada se transformó en eco dentro de mi
casco. Desde donde estaba, me pareció ver a Lindemann
en el interior de
la nave, forcejeando con algo gelatinoso y cambiante como una masa de
serpientes. Al mismo tiempo, vi cómo aquella cosa que me había perseguido el
día anterior se precipitaba hacia mí desde un flanco.
Ya era tarde para escapar; ya era
tarde para cualquier cosa. Aquello era un torbellino de sombras que me envolvía
y se fundía con mi ser; una negrura como la noche más oscura: asfixiante,
informe. Aterradora. Y en medio de esa vorágine de sensaciones imposibles creí
acceder a unos monstruosos conocimientos del Universo, a unos planos de conciencia
inhumanos, comprensibles sólo parcialmente.
Vislumbré abismos de tiempo de magnitud
abrumadora, anteriores y posteriores al Origen, y vi el centro del Todo tal
como sólo unos pocos pueden llegar a imaginarlo. Una voz, una vibración,
pulsaba en las células de mi cerebro con un ritmo totalmente desconocido, pero,
que transmitía unos conceptos que comenzaron a generar nuevas imágenes en mi
mente.
Y esas imágenes me hablaban. Y yo las
comprendía.
—Este lugar no es para tu especie; está
más allá de sus posibilidades. Somos la conciencia, el alma de una civilización
que floreció cuando este planeta era fértil y crecía; nosotros también crecimos
y logramos la fusión de nuestros espíritus y ya no importó lo
que ocurriera con
este mundo. Porque estamos con él; somos él. Por eso es imposible que ustedes se
mezclen con nosotros, que pisen este suelo. Sus mentes primitivas se desquician
el entrar en contacto con nuestros pensamientos, con nuestra esencia, y liberan
–materializan– los monstruos y los miedos que ocultan en lo más recóndito de
sus conciencias. Y uno de sus mayores temores es el de la muerte. Pero tú no le
temes. Aprovecha entonces e informa a los tuyos que este mundo les está vedado.
Ve, diles y no vuelvas. Te compadecemos.
No supe nada más hasta que recuperé
el conocimiento. El paisaje era gris y desolado; la única nota de color la daba
la nave, que resplandecía como una langosta metálica lista para levantar vuelo.
En su interior estaba caído el Alemán, cubierto por picaduras de serpientes.
Pero yo sabía que en ese planeta no existían tales alimañas.
Recordaba un sueño pavoroso en el
que una entidad no humana me perdonaba la vida, confiándome una tarea de
mensajero. En mi interior temía que se tratara de algo más que de un sueño. Me
comuniqué con el comandante en Mamá Gansa y le conté lo sucedido; cuando me
pidió más explicaciones le dije fastidiado que luego le presentaría el informe.
Yo tampoco llegaba a comprender todo. Quizá no entendía nada.
Encendí los motores del Fisgón y esperé
a que la computadora de a bordo programara una ruta de encuentro con Mamá. Me
senté en mi butaca, aguardando el momento del despegue, y una oleada de
verdadero espanto se apoderó de mí cuando finalmente todo se me hizo claro.
No había merecido ningún tipo de
perdón; aquello no había sido una demostración de piedad, sino la broma más
macabra que pudiera llegar a imaginarse, la más evidente demostración de la
incompatibilidad entre dos especies, un tormento comparable al de un gigante
que se divierte arrancándole las alas a un mosquito: una vez más me veía
arrojado a la vida.
Santiago Oviedo nació en Buenos Aires en 1960. Desde sus orígenes como escritor de horror cósmico, amplió sus horizontes con la ciencia ficción, en su vertiente humanista y filosófica. Corrector de oficio y autor aficionado, sumó a eso actividades de articulista, editor y traductor de inglés de material de ciencia ficción y de literatura celta irlandesa. Entre los años 80 y 90 del siglo pasado integró las filas del histórico CACyF (Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía) y colaboró con la mayoría de las publicaciones surgidas de aquel colectivo. Último director del fanzine Nuevomundo, entre 2006 y 2016 editó como homenaje la revista electrónica NM, que rescató material de su predecesora, sirvió como palestra para nuevos escritos y aún se puede leer en línea:
(https://sites.google.com/view/revistanm/inicio).

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