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viernes, 24 de julio de 2026

MANCHA

Wilson Gorj

 

Por aquella época yo debía de tener unos quince años. Mi tía era novia del pastor de la iglesia del barrio: un hombre íntegro, de voz serena y mirada firme. Dudo que sacara dinero de la congregación, porque vivía con lo justo. Lo único de valor que tenía era una vieja bicicleta azul, ya desteñida, cuyo chirrido se reconocía desde lejos, como si anunciara su llegada.

Vivía solo, en un pequeño cuarto detrás de la iglesia, con paredes blancas y una ventanita. Había ido allí dos o tres veces con mi tía. Nunca vi un televisor encendido. Ni una radio. Siempre lo encontrábamos leyendo. Siempre el mismo libro: la Biblia.

Cerca de casa había un videoclub. Para entonces las cintas VHS ya habían desaparecido de las estanterías. El negocio sobrevivía con los días contados, aunque todavía nadie lo supiera. Uno de mis amigos trabajaba allí; atendía el mostrador, registraba los alquileres y ordenaba las películas que los clientes dejaban fuera de lugar.

Fue en uno de esos días sin importancia cuando vi salir de allí al pastor.

Llevaba una bolsa blanca con el nombre del videoclub impreso en rojo. Pedaleaba despacio, mientras la bolsa se balanceaba colgada del manubrio.

¿Qué películas llevaría?

Fueran las que fueran, no era asunto mío. Pero al día siguiente me tocó ir a alquilar un DVD para el fin de semana.

Mi amigo estaba detrás del mostrador, masticando algo mientras veía una película de acción con el volumen muy bajo. Esperé a que se fueran un par de clientes antes de acercarme con una comedia estadounidense en la mano.

Le pregunté con toda naturalidad, como quien no le da importancia:

—Ayer, ese pastor... el novio de mi tía... ¿qué alquiló?

Mi amigo ni siquiera lo pensó.

—No puedo decírtelo.

Solté una risa incómoda.

—Vamos, no seas así. Dime.

Negó con la cabeza.

—Hablo en serio. No puedo. Sería violar la privacidad de los clientes.

Lo dijo con un orgullo inesperado.

Me quedé un rato más, intentando averiguarlo de otra manera, pero fue inútil. Salí del videoclub con una sensación desagradable, como si hubiera intentado abrir una puerta que no me pertenecía.

De regreso, el sol caía sobre el asfalto y devolvía un calor sofocante. Ya me había olvidado del asunto del pastor cuando vi el gentío.

Siempre que hay gente reunida en medio de la calle, llega más gente. Me acerqué poco a poco para averiguar qué había pasado. Se había formado un círculo. Algunos hablaban en voz alta; otros solo observaban.

Cuando por fin pude ver, reconocí primero la bicicleta azul, caída de costado, con una de las ruedas todavía girando lentamente.

Después distinguí el cuerpo.

Estaba tendido sobre el asfalto, inconsciente.

No había sangre alrededor del pastor.

Un hombre decía que lo había atropellado un automóvil. Otro aseguraba que el conductor se había dado a la fuga. Alguien ya había llamado a una ambulancia.

Por un instante me quedé inmóvil. Entonces pensé en mi tía. Alguien tenía que avisarle. Pero antes de irme, mis ojos se posaron en la bolsa. Estaba allí, junto a la bicicleta, un poco arrugada. Pensé: el pastor iba camino de devolver las películas. O quizá iba a prestárselas a alguien. Miré alrededor. Nadie me prestaba atención. Todos estaban demasiado ocupados comentando el accidente. Me acerqué. Levanté la bicicleta y la apoyé sobre la acera. Después recogí la bolsa. Algunas personas me miraron.

—Es el novio de mi tía —expliqué, más alto de lo necesario.

Nadie respondió. Pero tampoco nadie me lo impidió. Empecé a alejarme, con la bicicleta en una mano y la bolsa en la otra. El corazón me latía descompasadamente. Di un respingo cuando la sirena anunció la llegada de la ambulancia. Avancé unos metros más y me detuve. Miré a ambos lados de la calle. No había nadie. Abrí la bolsa. Las manos me temblaban un poco mientras sacaba las cajas de plástico que contenían los DVD alquilados. Eran tres. Y todos tenían portadas con antiguos dibujos animados de Disney. Me quedé mirándolos, sin comprender. Di vuelta una caja y luego otra. Los títulos no decían nada distinto de lo que mostraban las ilustraciones: historias sencillas, felices, hechas para niños. El pastor no tenía hijos. Ni sobrinos que yo supiera. Ningún niño frecuentaba su casa. No encontraba ninguna explicación.

Antes de guardar otra vez las películas en la bolsa, se me ocurrió abrir las cajas y comprobar los discos. Podían contener otra cosa. Recordé a un amigo que escondía películas pornográficas dentro de cajas de películas inocentes. Una vez, su padre llevó un VHS de Mazzaropi para verlo con varias parejas de la iglesia. La incomodidad llenó la sala apenas empezó la proyección. Pero no era el caso. Los tres DVD correspondían exactamente a las coloridas portadas. Volví a guardarlos en la bolsa, la colgué del manubrio y monté en la bicicleta. Mientras pedaleaba sentía una sensación extraña. No era alivio. Tampoco decepción. Era otra cosa.

Cuando frené frente al portón de la casa de mi tía, ya sabía lo que tenía que decirle. Pero lo que había visto dentro de aquella bolsa seguía sin encontrar su lugar. Hasta hoy, cuando recuerdo aquel día, no pienso en el accidente. Pienso en la bolsa. Y en lo que creí que encontraría dentro de ella. Algo un poco sucio que no estaba en los DVD, sino en mí.

Wilson Gorj es originario de Aparecida, São Paulo, Brasil. Es escritor y fundador de Litteralux, antes Penalux, en Guaratinguetá, en el interior de São Paulo, una editorial con más de mil ochocientas publicaciones, incluyendo libros de poesía, cuentos, crónicas y novelas. Ha colaborado con obras literarias en antologías, periódicos, revistas y sitios web. Vidas sem nome (2025) es su quinto libro publicado, después de Sem contos longos (2007), Prometo ser breve (2010), Histórias para ninar dragões (2012) y A experimenta fraco da carne (2023).

 

 

 

sábado, 2 de mayo de 2026

MAESTRO MEDUSA

Wilson Gorj

 

Escultor galardonado, aclamado en numerosos salones de arte, su nombre se había convertido en sinónimo de realismo humano. Sus esculturas eran asombrosas, tal era la precisión del detalle: las venas se marcaban bajo la superficie de la arcilla, los músculos parecían tensarse, las expresiones faciales poseían sutileza y veracidad, los gestos se suspendían en un instante eterno. Había algo vivo en sus obras, como si estuvieran animadas por un alma, por algo mágico.

En el ámbito cultural, cualquiera de sus piezas era considerada el reflejo de un talento fuera de lo común, la traducción de su genialidad. Decían que sus esculturas no imitaban la vida: la capturaban. Por eso le habían dado un apodo que él mismo empezó a firmar con orgullo: Maestro Medusa.

Pero algo comenzó a inquietarlo. Los elogios ya no eran suficientes. Siempre los mismos comentarios, las mismas comparaciones, la misma admiración predecible. ¿No había llegado el momento de atreverse a más? Quería explorar un nuevo territorio, como si su arte necesitara un nuevo sentido.

Por la noche, pasaba largas horas en su estudio, con las manos cubiertas de arcilla seca, observando bloques informes como si esperara una respuesta. Sentía que su arte, tan perfecto, comenzaba a ser demasiado limitado. ¿Acaso su perfeccionismo artístico no sería capaz de ir más allá del género humano?

No un dios, no un cuerpo idealizado, sino algo más bruto, instintivo. Una bestia salvaje, otra fuerza de la naturaleza.

Se propuso un desafío, que hizo público en cuanto comenzó su nuevo proyecto. En el plazo de un mes presentaría una escultura animal a la altura de su reputación. Nada de alegorías. Nada de belleza domesticada. Una obra que lo sorprendería incluso a él mismo.

El anuncio agitó el ambiente artístico. Los críticos especulaban, los admiradores aguardaban. Todos ansiaban la nueva obra maestra del Maestro Medusa.

Pero, con el paso de los días, el silencio creció, hasta que el plazo se cumplió y no se presentó nada.

Llegaron los rumores. Algunos decían que el escultor había fracasado. Otros sugerían que el miedo a la imperfección lo había hecho retroceder. Hubo, sin embargo, quienes se preocuparon de verdad. El Maestro Medusa no era solo un artista célebre, sino un ícono local, orgullo de la ciudad.

Un pequeño grupo decidió ir a su residencia, aislada al borde del bosque. La subida fue difícil, el camino irregular. Cuando finalmente llegaron, se dieron cuenta de inmediato de que algo había ocurrido.

Por más que llamaron, nadie salió a recibirlos. Al encontrar la puerta sin llave, entraron en la casa, donde percibieron señales claras de una presencia reciente: platos acumulados en el fregadero, la cama deshecha, una toalla aún húmeda en el suelo. En la sala, en un rincón de la pared, encontraron una pequeña estatuilla de arcilla aún húmeda, flanqueada por dos velas negras encendidas, cuyas llamas parpadeaban sin viento.

Tras revisar todas las habitaciones, se dirigieron al taller, construido a pocos metros de allí.

El lugar mostraba una escena de trabajo interrumpido. Herramientas sucias reposaban sobre la mesa, bolsas de plástico cubrían montones de arcilla esparcidos por el suelo. En el centro, una tarima vacía.

De todo lo que vieron, lo que más llamó la atención fue un rastro inquietante a lo largo del suelo de madera. Seguía una línea casi perfecta, partiendo de la tarima, atravesando la puerta y avanzando en dirección al bosque.

Dos colores se mezclaban en el suelo: marrón y rojo.

Al principio pensaron que se trataba de distintos tipos de arcilla. Pronto comprendieron el error. Allí había solo había una única clase de arcilla.

El rojo era sangre.

También se descubrió por qué el rastro resultaba tan regular. En realidad, eran huellas. Huellas de felino, de un gran felino.

Wilson Gorj es originario de Aparecida, São Paulo, Brasil. Es escritor y fundador de Litteralux, antes Penalux, en Guaratinguetá, en el interior de São Paulo, una editorial con más de mil ochocientas publicaciones, incluyendo libros de poesía, cuentos, crónicas y novelas. Ha colaborado con obras literarias en antologías, periódicos, revistas y sitios web. Vidas sem nome (2025) es su quinto libro publicado, después de Sem contos longos (2007), Prometo ser breve (2010), Histórias para ninar dragões (2012) y A experimenta fraco da carne (2023).

 

BARRO DE LA TIERRA