Claudia Isabel Lonfat
Miro
por TV un documental sobre criaturas marinas. Siempre les envidié que pudieran
respirar con el agua entrándole por todos sus orificios. Yo me siento una
criatura discapacitada; si me entran dos gotas de agua por la nariz, me ahogo, a
tal punto que mis rinitis tienen el triste destino de curarse solas, o
prolongarse de manera indefinida, al no poder introducir dos gotas en mis
orificios nasales. Tampoco puedo conseguir abrir los ojos bajo el agua sin
temor a quedarme ciego por el cloro, las algas, los bichos microscópicos o
cualquier bacteria asesina durmiendo en las profundidades.
Un hombre investiga la vida anodina de los
peces. No sé si es un biólogo o un aficionado. Observa esas diminutas formas y
colores, sus peculiaridades, como danzan juntos y parecen un solo cuerpo creando
una coreografía. Entre ellas asoma otra criatura, muy diferente al resto. Parece
una deidad india por sus múltiples brazos; se encuentra cara a cara con un
pulpo, un pulpo hembra, al que puede diferenciar por el tamaño de sus
tentáculos.
Un mundo nuevo se abre ante sí, inesperado
y procaz. El pulpo tiende sus trampas para cazar, se camufla con todo lo que su
habitad le ofrece para sobrevivir en ese medio hermoso y hostil; conchas
marinas, caparazones abandonados por sus viejos moradores, esqueletos y demás
restos de otras formas de vida que puedan adherirse a sus tentáculos.
Hace una performance del camuflaje perfecto en forma de obra de arte; una
verdadera maravilla que ningún artista podría imitar. Así se esconde de sus
depredadores que a diario la merodean atraídos por su olor.
El hombre observa a cierta distancia, un
día, una semana, un mes, hasta que se hace el milagro inesperado: ella conecta
con él. Primero le arrima un tentáculo, estudia su morfología, su textura. Las
sopapitas le succionan la piel como una caricia, así de leve.
Cada día repite la misma ceremonia. A veces ella lo ignora o él no la encuentra.
Siente que lo está estudiando desde alguno de sus refugios. De pronto lo sorprende,
arrebatándole el cuerpo en un extraño abrazo. Ahora es una diosa que le ofrece
su confianza, entregándole todo: “Aquí estoy, este es mi cuerpo", le dice
con su ritual.
Pero ese mundo que no es tan peligroso
para él, sí puede serlo para ella. Tiembla cada vez que acecha el tiburón; que
poco a poco va ganando terreno descifrando sus movimientos. Ella va mudando sus
trincheras. Les muestra a las criaturas de su entorno, y al hombre, sus
variadas estrategias para burlar al depredador, pero esta vez falla, se distrae
jugando con los peces, danzando juntos la melodía del arrecife. Está lejos de
su bunker entre las rocas.
El tiburón llega y comienza una carrera
contra el tiempo. Cuando parece que la va a atrapar, algo mágico la salva; quizás
el destino, los peces amigos, las rocas, los esqueletos o la arquitectura del
fondo marino. Logra llegar al refugio; el tiburón también. Pero ella no
consigue meter su cuerpo completo a tiempo y pierde uno de sus tentáculos. Por
el momento el depredador se conforma, ante el estupor del hombre que ahora teme
por su vida, aún así no deja de filmar hasta que le falta el aire y debe subir a
la superficie. Siente que ella es su responsabilidad.
Dicen que cuando uno salva una vida, esa
vida le pertenece para siempre. Comprueba que no es solo un cliché, y que para
él comienza la vigilia. Sabe que ella puede sucumbir a una infección o que su
vulnerabilidad la hará presa fácil. Por eso vuelve angustiado cada día, con el
temor de no hallarla. Pero comprende que él no es una criatura marina, no puede
cuidarla todo el tiempo. Solo le acerca el alimento que necesita y que ya no
puede cazar, y espera confiado en que sabrá preservarse.
Piensa solo en ella. Le preocupa también
su obsesión por verla; se duerme y se despierta con el mismo pensamiento. Comprende
que todo es una locura. Es un molusco. Miles de personas los comen a diario sin
culpa, simplemente los arrojan al agua hirviendo, y ya. Pero él sabe que no es
un simple pulpo, que hay algo más en esa extraña forma de vida, más allá de sus
tres corazones y nueve cerebros; uno en cada tentáculo. Lo puede sentir cuando
sus ojos oscuros se clavan en los suyos. Sabe que jamás será el mismo, que algo
en su interior cambió para siempre.
Los meses pasaron de sobresalto en
sobresalto. El tentáculo que se llevó el tiburón creció de nuevo; como una flor
arrancada, volvió a surgir con toda su belleza. Pero de pronto su actitud
cambió, ella empezó a quedarse mucho tiempo en el bunker. Apenas salía para
cazar, hasta que simplemente dejó de hacerlo. También rechazaba la comida que
él le iba dejando. Se fue debilitando de a poco, pero igual se esforzó hasta
desovar. Luego salió derrotada, moribunda, sin herramientas ni estrategias. Hasta
los pequeños peces se llevaban pedazos de su cuerpo inerte.
De alguna manera ella le estaba diciendo
“Hasta acá llegué”, entonces él comprendió que nada podía hacer contra su
naturaleza. Tuvo el raro privilegio de ser testigo de su valentía y espectacular
final. Ella ya lo había dado todo. Era un milagro, y ahora se entregaba a su
destino, dejando que el tiburón la tomara entre sus fauces para ser finalmente
su alimento.
No hay vidas insignificantes, hasta un
cefalópodo lo entiende.

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