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miércoles, 8 de abril de 2026

TRAVESURAS DE CHAGALL

Marta Markoska

 

—Ese gordo creía que iba a ser un director famoso, él, con esa nariz torcida y jorobada como el pico de ese pájaro africano… maldita sea… olvidé cómo se llama… argh… la senectud, ¿por qué me estás venciendo, poniéndome el yugo como a una vieja yegua…?

Eso pensaba Jerry mientras se ajustaba el cuello de la camisa, se enderezaba la corbata y la adornaba con aquel alfiler dorado que tanto le gustaba a su esposa. Haría cualquier cosa por complacerla.

—¡Para desagradarla! —susurró una voz.

Jerry creyó que provenía de una sombra en la pared, con forma de mujer flotante. Le recordó a una de esas pinturas de Chagall que no le gustaban. De hecho, ahora que lo pensaba, Chagall no le agradaba en absoluto.

—¿Qué te crees que soy, una vaca? ¡Animal! —Carrie Ann le gritó por encima del hombro.

—¿A qué vienen esos gritos? Estoy viejo, no sordo.

—Pues estás jorobado y feo.

Esta vez lo gritó por encima del hombro derecho, fingiendo un estornudo.

La madre de Carrie Ann eligió ese nombre convencida de que su hija sería inteligente y capaz, ingeniosa, nada que ver con sus dos hermanas mayores, que se habían escapado de casa a los quince años. Carrie Ann respondió casándose a los treinta y cinco, ni más ni menos, como para demostrarle a todo el mundo que era lista y no solo encantadora.

Jerry no la consideraba ni lista ni encantadora, sino demasiado nerviosa, y a veces le decía en broma:

—Vamos, Carrie Ann, sigue… carry on

Y ella replicaba, sin demasiado éxito:

—Oye, Jerry, no me vengas con chapuzas. La vida es algo serio, Jerry, no seas un…

Él sabía perfectamente cómo terminaban esas frases cuando su mujer se enfurecía.

—Pero cariño, ¿no te encanta mi alfiler dorado? Lo elegí especialmente para ti.

—Vaya, vaya… ¿alguien está intentando hacer insinuaciones para hacerme reír?

—¿Qué te pasa hoy? ¿Por qué estás tan quisquillosa? Sabes… leí en alguna parte que el problema de la gente es que se toma demasiado en serio.

Cuando se sentía acorralado, Jerry rebuscaba en su memoria citas y proverbios leídos alguna vez, pero rara vez acertaba con el más adecuado.

—No tienes ningún argumento, Jerry. ¡Con tu eclecticismo! Menos mal que no eres epiléptico —se burló, otra vez con ese gesto de reproche, ahora por encima del hombro izquierdo, fingiendo estornudar.

—Vamos, cariño. La exposición no puede empezar sin nosotros.

—No, Jerry. Tu concierto no puede empezar sin ti… y el bar no puede abrir sin mí.

Carrie Ann solía echarse el ron garganta abajo como un capitán de submarino al que le hubieran anunciado que nunca volvería a la superficie. Una música suave y discreta llenaba la habitación, una de las piezas favoritas de Jerry, compuesta para ocasiones como aquella.

Un pensamiento le atravesaba la cabeza una y otra vez.

…no, no puede ser él quien ocupe mi lugar, no ese gordo, con esa nariz torcida y jorobada como el pico de ese pájaro africano… ella se vengará por mí, se vengará por mí…

Después de recoger a Carrie Ann, que había pasado la noche defendiendo el bar de los otros invitados hasta el último momento, como el último japonés en Iwo Jima, Jerry dejó atrás su nombre –que aún significaba algo en los círculos musicales– y, con el frac arrugado, abandonó el barco que se hundía.

La reconfortante repetición de las palabras “ella se vengará por mí, se vengará por mí…” no significaba nada para nadie, y menos aún para quien supuestamente debía vengarse por él.

Su esposa, como si percibiera el movimiento de los pensamientos en su mente sobria, respondió con precisión.

—Jerry, cariño, me estoy vengando de ti. Me estoy vengando de ti por no dejarme casarme con Chagall, por no dejarme soñar mi sueño… al menos convertirme en la esposa de un artista famoso, ya que no cumplí las expectativas de mi madre de convertirme en una artista de la que pudiera sentirse orgullosa. Jerry, cariño… yo… me estoy vengando de ti, ¡y esto no ha hecho más que empezar!

Entonces lo recordó.

La sombra que había visto en la habitación antes de salir era, en efecto, una de esas mujeres flotantes de Chagall, capaz de percibir sus pensamientos con más precisión de la que él mismo era capaz, advirtiéndole que ella no se vengaría por él… sino que algún día se vengaría de él.

Y ese día había llegado.

Pero ni siquiera eso impidió que Jerry decidiera no dejar nunca de burlarse de las pinturas de Chagall.


Traducción del macedonio al inglés: Aleksandra Spaseska

Marta Markoska (1981, Skopje, Macedonia del Norte) se graduó en el Departamento de Literatura Comparada de la Facultad de Filología “Blaze Koneski” de Skopje y obtuvo su maestría en Estudios Culturales Interdisciplinarios en Literatura en el Instituto de Literatura Macedonia de Skopje. Es escritora, poeta y magister macedonia reconocida por su obra literaria, destacando la publicación de su colección de poemas Headfirst Toward the Heights en Skopje en 2013. Su trabajo refleja una profunda conexión con la identidad femenina, la belleza y la salud desde una perspectiva cultural y existencial. Miembro del Instituto de Literatura Macedonia, ha ganado atención académica y artística por su voz poética auténtica y contemplativa. Su influencia trasciende el ámbito literario, abarcando temas sociales y filosóficos en el contexto macedonio.

 

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