Rosa Lía Cuello
Todavía puedo, como cuando era
chica, y mi mamá me contaba cuentos, me mostraba los dibujos de cada hoja, y
las letras. Amaba la voz de mi madre. Yo la escuchaba leer, cerraba los ojos y
me caía dentro del cuento.
Aún es posible, no sé
por cuánto tiempo. Sobre todo hoy, siento que voy a lograrlo. Justo ahora,
cuando la puerta de calle se cierra con furia y el olor a hierba y alcohol
invade todo.
Noche otra vez. Estas
cosas pasan siempre de noche, como en las películas. Ruidos de pasos que se
acercan. Luces apagadas La respiración se entrecorta, el sudor frío me
paraliza. En el mismo momento en que se abre la puerta de la habitación yo abro
la puerta del silencio y toco la sangre de mis muertos. Veo sus pálidas caras,
ellos estiran sus huesudas manos. Sus bocas son una mueca del destino.
Alguien tironea mi
cadena con la cruz y una voz pastosa grita, me empuja y golpeo contra algo
duro y frío. Un líquido rojo se esparce por el aire. No sé si duele. No hago
tiempo a caer que ya estoy otra vez en pie. No, no duele. No ahora, que es que
cuando me escabullo por los blancos pasillos de un cuento; allí me espera mi
amiga de la infancia, y me abraza con tristeza.
Nada puede doler. Ni los
borceguíes incrustándose en mí, sobre mí, alrededor. Ni siquiera la lluvia que
acabo de inventar en un mágico acto.
Una mano torpe y callosa
intenta retenerme, pero otras más suaves ya me están ayudando. Es la princesa,
mi amiga de la infancia Nos alejamos de allí, salimos corriendo hacia el bosque
que está detrás de la casa. Vamos entre los árboles viejos hasta un pozo en la
tierra, una trinchera. ¿Qué hace ese agujero profundo y estrecho en el patio
del palacio? En el fondo hay barro salpicado de flores blancas; piso pero no me
hundo, solo esquivo las flores que de pronto toman la forma de pequeñas caras. (Si
cruzamos el infierno, me dice mi amiga, ganamos).
La última vez fue mi
madre la que me condujo por estos caminos, y me daba la mano El juego de la
trinchera cansa, quita el aliento, después me despertaré con la boca seca, los
labios casi partidos.
Siento el cuerpo pesado
y húmedo. No deseo seguir corriendo, ya no. Cierro los ojos, quiero dormir pero
la voz áspera se amplifica, rebota en mi cuerpo, mis órganos sienten lo
extraño.
Alguien, desde lejos,
pregunta qué sucede, la voz pastosa contesta: métase en su vida. Yo
quiero contarle. No puedo, mi voz se pierde. De nuevo estoy en el cuento que mi
madre me contaba cuando niña. El del príncipe y el zapato de cristal, o el del
príncipe convertido en sapo. No recuerdo, mi memoria ahora es frágil, se
quiebra y oigo el ruido de los recuerdos desparramándose.
Otra vez aparece mi
amiga, que no sé dónde se había metido. Me ayuda a ponerme de pie, salimos del
barro. Las flores-rostros permanecen en su sitio, parecen manchadas por algo
que no distingo Con esfuerzo, transitamos por un bosque lleno de verde y aroma
a pino…
Ahora Se abre otra
puerta en el camino, sé que debo cruzarla, esta vez es imprescindible. Subimos
una escalera, la bruma blanca nos cubre los pies, ella me lleva de la mano,
cada tanto se da vuelta y sonríe. Hay campanas que no suenan pero las oigo. Es
como una música desconocida que me llama.
Esta sensación es vieja,
creí que ya no se repetiría. Pasó tanto tiempo desde la última vez, tanto
miedo, tanta sumisión, tanta lágrima.
¿Pienso por qué no
escapé antes, por qué no cerré la puerta con llave, y ahogué gritos, que
destrozan por centésima vez. Era yo, me cuestiono. ¿Quién era, quién soy? Ya no
lo recuerdo.
Eso me angustia y
comienzo a caer por un túnel estrecho. Siento paz.
Veo la imagen de una
flor que cae al barro, golpea sus pétalos y salpica las paredes. No mires, me dice,
mientras me tironea el brazo, no mires.
Igual no deseo abrir los
ojos, ni despertar de este cuento absurdo. Es una sensación de placidez la que
me embarga, un deseo de partir como nunca antes. Sigo cayendo en un agujero sin
final. Suelto su mano que intenta en vano retenerme.
Veo otra vez la sangre
de mis muertos y a mi madre que se acerca con sus ojos tristes y, me susurra:
vamos, basta, ya terminó…
No comprendo bien,
adónde me quiere llevar, tengo la mente obnubilada. El cuerpo no responde, la
noche quiere tragarme como una ciénaga oscura, pero de repente sale el sol, y
ya no llueve en los ojos de mi madre.
Ahora floto, soy una
mariposa que se escapa del cuento, me alejo despacio, me siento liviana, nada
me retiene. Vuelo hasta el techo de la habitación, ahí me detengo, y miro,
observo el desorden, la sangre en el piso y a un hombre que golpea con furia.
Abajo está lo que queda de mí.

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